Había un precioso
jardín que, nada más verlo, hacía
soñar. Estaba allí, junto a la casa del
Señor. La puerta, siempre abierta, era
invitación silenciosa para todo aquel que deseara
encontrar un momento de paz y de sosiego. El mismo
Señor acudía todas las tardes a pasear por su
jardín.
Siempre se fijaba, era
inevitable, en un cañaveral en el que destacaba una
preciosa caña de bambú plantada, con sus
hermanas, en el centro de un rico conjunto de flores y
plantas. Ella y sus compañeras ofrecían, en
grupo, un espectáculo peculiar: daban sombra, eran la
imagen de la fortaleza y de la grandiosidad de la
creación. Ciertamente, entre todas las cañas
hermanas, ella la hermosa caña, llamaba la
atención por su esbeltez, altura y elegancia. Toda la
gente pensaba que era la preferida del Señor. Le
encantaba verla así: más alta, robusta y bella
que las demás plantas. Era la más fuerte y
recia ante los vientos invernales, e imperturbable ante los
calores del verano. Pronto se dio cuenta de que, ella, la
más destacada caña de bambú, era
"especial" para el Señor.
Un día se acercó
el Señor al jardín y, como siempre, fue a
contemplar el hermoso conjunto que formaban las cañas
hermanas. Con mucho amor, serenidad y firmeza le dijo a la
más esbelta:
- Mi querida
caña de bambú, te necesito
Ella no entendía que el
Señor se hubiera dignado a dirigirse personalmente a
ella. Tampoco comprendía por qué el
Señor le había concedido el privilegio de
decirle: "Te necesito". Veía claramente que el
Señor le hablaba con un amor especial. Por ello no le
costó nada responder:
- Estoy en tu
jardín, Señor, soy toda tuya..., cuenta
conmigo para lo que quieras.
El Señor escuchaba
atentamente la respuesta disponible de la vigorosa
caña de bambú. No esperaba otra cosa de su
planta predilecta. Pero no quería precipitarse en su
propuesta, no quería herirla, ni lastimarla. Deseaba
proponerle su proyecto de amor, de tal manera, que ella lo
pudiera aceptar con la misma ternura que él
ponía en sus palabras. Lentamente, como si comunicara
un misterio prosiguió:
- Es que, mi
querida caña de bambú, para contar contigo
tengo que arrancarte.
- ¿Arrancarme?
¿Hablas en serio? ¿Por qué me hiciste
entonces la planta más bella de tu jardín?
¿Por qué me hiciste crecer junto a unas
cañas hermanas?. Por favor, Señor,
cualquier cosa menos esto .
El Señor, poniendo
más ternura aún en sus palabras, con la
serenidad que sólo viene del amor, no retiró
la propuesta:
- Mi querida
caña de bambú, si no te arranco no me
servirás.
Quedaron un largo rato los dos
en silencio. Parecía que no sabían qué
decir. Hasta el viento detuvo su ímpetu respetando el
misterio. Los pajarillos del jardín olvidaron su
vuelo y su canto. Lentamente..., muy lentamente..., la
caña de bambú inclinó sus preciosas
ramas y hojas, y dijo con voz muy queda:
- Señor, si
no puedes servirte de mí sin arrancarme,
arráncame.
- Mi querida caña
de bambú -añadió el
Señor-, aún no te lo he dicho todo. Es
necesario que te corte las hojas y las
ramas.
- Señor, no me
hagas eso. ¿Qué haré yo entonces en el
jardín? Seré un ser
ridículo.
Y otra vez le dijo el
Señor:
- Si no te corto
las hojas y las ramas no me servirás.
Entonces el sol, estremecido,
se ocultó. Los pájaros huyeron del
jardín pues temían el desenlace. Temblando...,
temblando..., la caña de bambú decidida y
abandonada sólo pudo decir estas palabras:
- Pues...,
córtamelas.
Continuó el
Señor:
- Mi querida
caña de bambú, todavía me queda algo
que me cuesta mucho pedirte: tendré que partirte
en dos y extraerte toda la savia. Sin eso no me
servirás.
La caña de bambú
ya no pudo articular palabra. Silenciosa y amorosamente
abandonada, se echó en tierra, ofreciéndose
totalmente a su Señor.
Así el Señor del
jardín arrancó la caña de bambú,
le cortó las hojas y las ramas, la partió en
dos y le extrajo la savia.
Después la llevó
junto a una fuente de agua fresca y cristalina, muy cercana
a sus campos. Las plantas de aquellas tierras del
Señor hacía tiempo se morían de sed,
estando tan cerca del agua. Un pequeño roquedal
impedía que el agua llegara a los campos. Con mucho
cariño el Señor ató una punta de la
caña de bambú a la fuente, y la otra la
colocó en el campo. El agua que manaba de la fuente
comenzó, poco a poco, a desplazarse hacia las tierras
cercanas, también propiedad del Señor, a
través de la caña de bambú.
El campo comenzó a
humedecerse y reverdecer. Cuando llegó la primavera
el Señor sembró arroz. Fueron pasando los
días hasta que la semilla creció, y
llegó el tiempo de la cosecha.
Y fue tan abundante que, con
ella el Señor pudo alimentar a su pueblo.
Cuando la caña de
bambú era alta y esbelta, la más bella de sus
hermanas, vivía y crecía sólo para
sí misma..., hasta se autocomplacía en su
elegancia y esbeltez.
Ahora, humilde y echada en el
duro suelo del roquedal, se había convertido en
prolongación de la fuente de vida que el Señor
utilizaba para alimentar su casa y hacer fecundo su
Reino.
¿Qué
quieres que haga por ti?...
Y tú,
¿qué estás dispuesto a hacer por
mí?
Súplica
personal para personalizar
Señor Jesús,
concédeme el don espiritual de comprender bien
quién eres para mí. La iluminación
interior que necesito para ver cómo actúas en
mí. Necesito comprender que estás en
mí. Sólo Tú me puedes transformar. Me
dejo en tus manos, sí, para que me modeles a imagen
de tu amor.
Señor te abro la puerta
de mi alma y de mi vida para que puedas "hacer de mí"
una obra de tu amor. Que yo pueda experimentar que tu amor
es fuerte como la muerte y como la vida.
Haz que sea capaz de ver, de
mirar, de escuchar, de atender y oír tu voz y tu
Palabra. Deseo sentir tu corazón junto al mío,
tu mirada en mis ojos, tu presencia en mi vida..., siempre
en mi vida.
Te suplico que hagas por
mí y en mí lo que te plazca. Sólo
quiero responder a tu amor.
Y tú,
dice el Señor, ¿qué estás
dispuesto a hacer por mi?
Señor, Dios mío,
todo..., quiero vivir en ti, estoy dispuesto a dejarme en
tus manos amorosas. Sólo deseo ser en ti y vivir
siempre en tu amor. Nada más. Sólo deseo amar
y dejarme amar por ti. Abandonarme en tu amor.
Estoy dispuesto a ser cada vez
más pobre de alma, y más pobre en la vida.
Para ello te suplico que tú me hagas pobre, y me
concedas la humildad de María que, desde el silencio
oculto de Nazareth, donde pronuncia su "fiat", y a lo largo
de toda su vida, acepta tu voluntad amorosamente,
sencillamente, generosamente, gozosamente..., con una
alegría que no tiene fin.
Estoy dispuesto a compartir el
misterio de entrega de Cristo; a sumergirme en Él,
esconderme en Él, perderme en Él, fundirme en
Él, desaparecer en Él... para después
poder ser su testigo entre mis hermanos. Y llevar su paz a
los que me necesiten y a los hermanos que constituyen mi
entorno fraterno o familiar, de quienes deseo sentirme
humilde servidor.
Quiero estar disponible para
vivir entre mis hermanos de modo que el perdón sea el
centro de todo, junto con la paciencia, la pobreza, la
presencia, la oración. Quiero vivir mi entrega de una
manera cada vez más sencilla, y a la vez más
clara, cada vez más callada, y al mismo tiempo
más elocuente, más real, más viva,
más concreta, más palpablemente significativa.
Y sin pretensiones...
Quiero pasar siempre
desapercibido, que sólo tú seas el
protagonista de todo en mí, sólo tu Palabra la
que resuene en mis labios, sólo tu amor el que vibre
en mi corazón, sólo tus gestos de ternura los
que nazcan de mis manos.
Deseo ser disponible y ser
digno de llevar contigo la cruz y hacer míos los
sufrimientos de la Iglesia. Quiero vivir en la actitud
interior de quien desea ser una ofrenda de amor a tu gloria
y para la salvación de todos, especialmente de los
excluidos de la sociedad. Quiero estar plenamente disponible
a la obra y a la acción del Espíritu Santo en
mí. Que Él me selle con el sello de fuego del
amor, que Él me purifique y me sane, que Él
fortalezca lo que hay en mí de pobreza y de
debilidad.
Estoy dispuesto a unirme al
abandono y a la entrega incondicional de Cristo en las manos
del Padre, viviendo siempre no sólo con el deseo de
ofrecer lo que tengo y lo que soy, sino de hacer la
donación total de mi propia vida con Él, por
Él, en Él y como Él.
Quiero estar en condiciones de
realizar el proyecto de Amor que Él tiene para
mí y en mi vida. Quiero que Él encuentre en
mí un lugar para su descanso, y que pueda convertir
mi alma y mi vida en un ámbito de intimidad donde se
ora sin interrupción. Estoy dispuesto a ser
consciente de que el Padre vive y mora en mí, que el
Señor Jesús, el Hijo, está en
mí..., y poder percibir la fuerza de la acción
del Espíritu en mi alma y en mi vida. Ser templo de
la Trinidad, morada de Dios donde todos, especialmente los
más pobres y sencillos, los más débiles
y pequeños &emdash;los enfermos, y los excluidos, los
marginados y los olvidados de la sociedad&emdash; se puedan
sentir acogidos como en su casa.
Estoy dispuesto a ser tu
testigo y a comunicar tu luz y tu paz, tu alegría y
tu gozo, tu esperanza y la gracia de tu amor. Estoy
dispuesto a vivir siempre en tu voluntad. A querer solo lo
que Tú quieres; a no querer lo que Tú no
quieres y a quererlo todo tal y como Tú lo
quieres.
Y... finalmente, estoy
dispuesto a reconocer mi pobreza y mi incapacidad de
conseguir nada de todo esto, si Tú, Señor, no
me concedes el don de tu gracia.