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Santa Teresa de
Lisieux - Consejos y recuerdos
(índice)
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II
HUMILDAD
- POBREZA
ESPIRITUAL
-
ESPÍRITU
DE INFANCIA
- CONFIANZA
HUMILDAD
- 1
Entre todas las virtudes, la humildad, sobre todo,
alcanzó en santa Teresa del Niño Jesús los últimos limites. Siguió
el «Camino de la infancia espiritual» precisamente para ser más
humilde y más pequeña, o mejor, este Camino, seguido fielmente, la
hizo humilde y sencilla como un niñito.
*
- 2
Sor Teresa del Niño Jesús miraba con alegría el hecho de
que, no obstante sus nueve años de vida religiosa, había permanecido
siempre en el noviciado, sin formar parte del
Capitulo conventual, y había sido considerada como una «pequeña»
(Nota 1)
«¡Señor, sufrir y ser
despreciado!»
3
Cuando sufrió la tribulación, tan humillante, de la
enfermedad de nuestro venerado padre, demostró que sus deseos de
desprecio no eran letra muerta. ¡Cuántas veces, desde su
adolescencia, no había ella repetido con entusiasmo aquel dicho de
S. Juan de la Cruz: «Señor, sufrir y ser despreciado por vos!». Este
era el tema de nuestras aspiraciones cuando en las ventanas del «Belvedere»
platicábamos
juntas sobre la vida eterna
(Nota 2)
Querer que se os mande y se
os reprenda.
4
«Sería necesario, sobre todo, me decía ella, ser humilde de
corazón, y vos no lo sois mientras no queráis que todo el mundo os
mande. Estáis de buen humor mientras las cosas os salen bien; pero
tan pronto como no van a vuestro gusto, vuestro rostro se
ensombrece. No está en esto la virtud. La virtud está en «someterse
humildemente bajo la mano de todos»
(Nota 3) , en gozaros de todo aquello que supone: una reprensión
para vos. Al principio de vuestros esfuerzos, la contrariedad
aparecerá al exterior y las criaturas os juzgarán muy imperfecta;
pero ahí está el mejor negocio, pues practicaréis la humildad, que
consiste, no en pensar o en decir que estáis llena de defectos, sino
en gozaros de que los otros lo piensen y aun lo digan.
- 5
«Debiéramos estar muy contentas de que el prójimo nos
vitupere alguna vez, pues si nadie se ocupase de hacerlo, ¿qué sería
de nosotras? Va en ello nuestra ganancia...».
- En una fiesta de Comunidad en la que se habla representado
una «piadosa recreación» compuesta por ella, fue censurada por su
larga duración, y se la mandó interrumpir
(Nota 4) Yo la sorprendí, entre bastidores, enjugándose algunas
lágrimas; luego, habiéndose recobrado, permaneció tranquila y dulce
bajo la humillación.
- Sor Teresa del Niño Jesús
aceptaba con una alegría celestial cualquier reproche:, no sólo de
las Superioras, sino también de las inferiores. Así, se dejaba decir
por parte de las novicias cosas desagradables, sin reprenderías
nunca de momento.
*
6
«Estoy dispuesta a aceptar las observaciones cuando son
justas, le decía yo; puesto que obro mal, me avengo a ello. Pero no
puedo soportar las reprensiones cuando no he faltado.
- A mí, replicó ella, me sucede todo lo contrario:
prefiero ser acusada injustamente, pues así no tengo nada que
reprocharme, y se lo ofrezco a Dios con alegría; después me humillo
al pensar que sería muy capaz de hacer aquello de que se me acusa».
7
«Me parece, confesaba ella con sencillez, que la humildad es
la verdad. No sé si soy humilde, pero sé que veo la verdad en todas
las cosas».
Era costumbre suya clasificarse entre los débiles,
de donde vino el apelativo de «almas pequeñas».
En las instrucciones particulares que daba a cada
una de sus novicias siempre se insistía en la humildad. El fondo de
su doctrina era enseñarnos a no afligimos al ver que éramos la
debilidad misma, sino antes bien a gloriarnos en nuestras
imperfecciones...
(Nota 5)
«¡Es tan dulce sentirse débil y
pequeña!», decía ella
(Nota 6)
«Tenéis una perrita...»
8
En una ocasión en que Sor Teresa del Niño Jesús me había
hecho ver todos mis defectos, me sentía triste y un poco
desamparada. «Yo que tanto deseo poseer la virtud, me decía a mí
misma, heme aquí muy lejos de ella: desearía ardientemente: ser
dulce, paciente, humilde, caritativa; ¡ah, nunca llegaré a serlo! .
. . ». Sin embargo, por la tarde, en la oración, leí que al expresar
santa Gertrudis este mismo deseo, Nuestro Señor le había contestado:
«En todas las cosas y por encima de todo ten buena voluntad:
esta. sola disposición dará a tu alma el brillo y el mérito especial
de todas las virtudes. Quien tiene
buena voluntad, deseo sincero de procurar mi gloria, de darme
gracias, de compartir mis sufrimientos, de amarme y de servirme
tanto cuanto todas las criaturas juntas, ése recibirá indudablemente
recompensas dignas de mi liberalidad, y su deseo le aprovechará a
veces más de lo que aprovechan a los otros sus buenas obras».
9
Muy contenta con este buen pensamiento, enteramente a mi
favor, se lo comuniqué a nuestra queridita Maestra, la cual pujó la
postura y añadió: «¿Habéis leído lo que se cuenta en la vida del
Padre Surin? Estaba haciendo un exorcismo, y los demonios le
dijeron: «Salimos adelante con todo; lo único que no logramos hacer
es resistir a esa perra de la buena voluntad»
(Nota 7) Pues bien: si no tenéis la virtud, tenéis en cambio una
«perrita» que os salvará de todos los peligros; ¡consolaos, ella os
llevará al Paraíso!
- ¡Ah! ¿Qué alma no desea poseer la virtud? ¡ Este
es el camino común! ¡ Pero qué pocas son las que aceptan caer, ser
débiles, las que se gozan de verse por tierra y
de que los demás las sorprendan caídas!
Motivos de humillación
10
Un día que yo estaba desanimada, y atribuía este estado de
depresión a mi fatiga, ella me dijo: . «Cuando no practicáis la
virtud, no habéis de creer nunca que es debido a una causa natural,
como la enfermedad, el tiempo, o el mal humor. Debéis buscar un gran
motivo de humillación y colocaros entre las almas pequeñas,
puesto que no podéis practicar la virtud sino de una manera tan
débil. Lo que ahora necesitáis no es practicar las virtudes
heroicas, sino adquirir la humildad. Para ello será necesario que
vuestras victorias vayan siempre mezcladas con algunas derrotas, de
suerte que no podáis complaceros en ellas. Por el contrario, su
recuerdo os humillará, mostrándoos que no sois un alma grande. Hay
algunas que mientras están en este mundo no tienen nunca la alegría
de verse apreciadas de las criaturas lo cual les impide creer que
tienen la virtud que ellas admiran en otras.
«Un pequeño sistema...»
- 11
«Últimamente, me dijo, sentí un movimiento natural contra
una Hermana; creo que ella no se dio cuenta, pues el combate era
interior. Sin embargo, he fomentado en mí el pensamiento de que
aquella religiosa me había hallado sin virtud, y me he sentido muy
dichosa pensándolo así».
- Otra vez, en una ocasión semejante, me decía: «Me
colma de. alegría el haber sido imperfecta, Dios me ha concedido hoy
grandes gracias, es un buen día...». Yo le pregunté entonces cómo
podía probar esos sentimientos. «Mi pequeño sistema, me contestó,
consiste en estar siempre alegre, en sonreír siempre, lo mismo
cuando caigo que cuando consigo una victoria».
*
12
Esta alma, tan fuerte, dudaba tanto de si misma que se creía
capaz de los más grandes pecados,. Había escrito al pie de una
estampa de Jesús crucificado éstas palabras, que traducían las
disposiciones habituales de su alma: «Señor, vos sabéis que os
amo...
(Nota 8) , pero tened piedad de mi, pues no soy más que un
pecador»
(Nota 9)
*
- 13
Me recordaba una pequeña anécdota en la que había tocado como
con el dedo la frivolidad humana, a la que nadie puede sustraerse.
- La noche de Navidad de 1887,
noche en que esperaba entrar en el Carmelo, fue para ella de
extraordinaria aflicción: viéndose todavía en el mundo, a pesar de
todas sus diligencias, su alma agonizaba.
- «¡Pues bien!, me dijo ella más tarde; ¿queréis creer que a
pesar de este océano de amargura en el que me veía abismada, estaba
contenta de estrenar mi bonito
sombrero azul, adornado con una paloma blanca?
¡Qué extrañas son estas sinuosidades de la naturaleza!».
La verdadera alegría
- 14
Yo notaba que cualquiera cosa de 1a que uno se alegra, un
pensamiento festivo, aun piadoso, acaba por cansar el corazón cuando
nos apegamos a ella, y que la persistencia de una alegría se
convierte en tristeza. Ella me contestó:
- - «Sólo en Dios se halla el
reposo, y la verdadera alegría que no cansa nunca es la que nace del
desprecio de sí mismo. Por eso, a propósito de vuestra debilidad de
ayer... (yo había derramado algunas lágrimas, pues me costaba ir a
visitar a las enfermas después de Maitines, por estar muy cansada, y
una Hermana lo había visto): si la Hermana que os ha sorprendido os
juzga sin virtud y vos misma convenís en ello de todo corazón, he
ahí la verdadera alegría.
- - ¡Oh! Tenéis razón. Comprendo
muy bien lo que debería hacer, lo veo claramente, y, sin embargo, no
puedo obrar. ¡No, yo no llegaré nunca a ser buena!
- - Sí, sí, llegaréis: Dios os hará
llegar.
- - Sí, pero las criaturas no se
darán nunca cuenta de ello, y si caigo siempre, se me juzgará
siempre imperfecta, mientras que en vos ellas reconocen la virtud.
- - ¡Es porque nunca lo he deseado!
Lo que hace falta es que se os juzgue siempre imperfecta: ahí está
vuestra ganancia. La dicha consiste en creerse a sí misma imperfecta
y en hallar perfectos a los demás. Con que se os juzgue sin virtud
no se os quita nada ni os vuelve más pobre; las otras son las que
pierden alegría interior, pues nada hay más dulce que pensar bien de
nuestro prójimo. Tanto peor para los que os juzgan
desfavorablemente, y tanto mejor para vos, si os humilláis por amor
de Dios.
15 - Yo le
confesaba: «Me encuentro en una disposición de espíritu en la que me
parece que ya no pienso.
- No importa, me
contestó: Dios conoce vuestras intenciones. Y empleando adrede para
hacerme sonreír un jerga especial bien conocida de nosotras dos,
añadió: «Tanto seréis dichosa, cuanto seáis humilde».
(Nota 10)
*
- 16
- ¡Oh, cuando pienso, le decía yo, en todo lo que tengo que
adquirir!
- ¡Decid mejor:
perder!... Jesús llenará vuestra alma de esplendores a medida
que vos la desembaracéis de imperfecciones.
*
- «No llegaréis a practicar la virtud, me decía ella con
frecuencia: queréis escalar una montaña, y Dios quiere
haceros descender al fondo de un valle fértil donde
aprenderéis
el desprecio de vos misma».
El Santo que jugaba al
columpio
- 17
Yo soñaba siempre con dar buen ejemplo a mi alrededor,
quería que las novicias me tomasen por modelo; por eso, cuando tenía
la desgracia de caer, lo creía todo perdido:
- «Eso, me decía ella, es buscarse
a si misma, un celo falso y una ilusión. Se cuenta que un Obispo,
deseando conocer a un Santo que gozaba de alta reputación, fue a
buscarle, acompañado de los grandes de su séquito. El Santo, viendo
venir de lejos al Prelado con su corte, tuvo un movimiento de
vanidad; por lo que, queriendo reaccionar y viendo a unos niños que
jugaban en un columpio sobre el tronco de un árbol, hizo bajar
prontamente a uno y ocupó su lugar. El Obispo le tomó por loco y se
volvió sin más examen.
- »Así, con frecuencia, el alma no
se halla con suficiente fuerza para soportar la alabanza; entonces
debe sacrificar, a veces, por su propia santificación aun lo que en
apariencia es un bien. Habéis de alegraros de caer, porque, si
cayendo no hay ofensa de Dios, ha de hacerse expresamente a fin de
humillarse».
Como la Santísima Virgen...
- 18
Era indiferente a lo que se pensaba de ella, hasta cuando
las demás se desedificaban de alguna apariencia. Por eso, al
principio de su enfermedad, viéndose obligada a ir a tomar medicinas
algunos minutos antes de la comida, una Hermana anciana se
sorprendió de ello, y se quejó, pareciéndole que faltaba a la
observancia regular. Sor Teresa del Niño Jesús no habría necesitado
más que decir una palabra para excusarse y devolver la calma a
aquella Hermana. Sin embargo, se guardó bien de hacerlo, tomando
como ejemplo la conducta de la Santísima Virgen, que prefería
dejarse difamar antes que excusarse ante san José. Ella me hablaba
muchas veces de esta conducta, tan sencilla y tan heroica.
- A imitación de María, su gran
táctica era el silencio. Gustaba de «guardar todas las cosas en su
corazón»(Nota
11), anto sus alegrías como sus penas. Esta reserva constituyó
su fuerza y el punto de arranque de su perfección, algo así como su
sello exterior, pues era notable sobre toda
ponderación.
POBREZA ESPIRITUAL
- 19
Como recuerdo de mi Profesión, mi querida Hermanita me
pintó un escudo de armas que yo había compuesto con la divisa:
«Quien pierde gana». Ella me explicaba que en la tierra era
necesario perderlo todo, dejarse despojar de todo para llegar a la
pobreza de espíritu.
*
- 20
Prefería que las otras recibiesen gracias interiores
antes que recibirlas ella misma; y yo vi cómo habiendo encontrado un
libro que le hacía mucho provecho, se lo pasaba, sin acabarlo, a las
Hermanas, y no lograba nunca terminar la lectura.
- Si Dios le concedía luces, nos
las comunicaba en cuanto le era posible... Pero hubo a veces luces
de éstas, vivas y penetrantes, que no hicieron sino mostrársele, sin
dejar en ella recuerdo alguno: «Al punto quería recobrarlas, me
dijo, pero era imposible; entonces, en lugar de fatigarme en buscar
lo que había producido aquella alegría en mi alma, me contentaba con
gozar del bálsamo que me había dejado, sin saber cómo había venido,
y me sentía dichosa con esta pobreza. . . .»
- Como los niñitos que no tienen
nada propio y dependen absolutamente de sus padres, ella deseaba que
se viviese al día, sin hacer provisiones espirituales.
*
- 21
«Si Dios quiere pensamientos bellos y sentimientos
sublimes, tiene a sus ángeles... Hasta podría crear almas tan
perfectas que no tuviesen ninguna de las debilidades de nuestra
naturaleza. Mas no: él cifra sus complacencias en las pobrecitas
criaturas débiles y miserables. ... ¡Sin
duda que esto le gusta más!».
No apoyarse en nada
22
Sor Teresa traía a la memoria las palabras y los pasajes de
los Libros Santos para alimentar su piedad.
Yo le dije: «¡Eso es
lo que yo querría hacer, pero no tengo bastante memoria!».
- ¡Ah! ¿De modo que
queréis poseer riquezas, tener posesiones? Apoyarse en eso es
apoyarse en un hierro ardiente: queda siempre una pequeña marca. Es
necesario no apoyarse en nada, ni siquiera en lo que puede ayudar a
la piedad. La nada, en verdad, consiste en no tener ni deseo ni
esperanza de alegría. ¡Qué dichoso es uno entonces!
¿Dónde se hallará alguien que esté perfectamente exento de la
vergonzosa búsqueda de sí mismo?, dice la Imitación de Cristo:
Habrá de buscársele muy lejos y en los últimos confines de la tierra
(Nota 12) Muy lejos, es decir, muy bajo... Muy bajo en
su propia estimación, muy bajo por su humildad; muy
bajo, es decir, alguien que sea
enteramente pequeño...».
«Todo el mundo busca los
pronósticos»
- 23
Ella me decía:
- «Os entregáis demasiado a lo que
hacéis, como si cada cosa fuese vuestro último fin, y estáis
constantemente deseando haberlo logrado, os sorprendéis de caer. ¡Es
necesario contar siempre con caer!
(Nota 13) Os preocupáis del futuro como si fueseis vos quien
debe disponerlo; así, comprendo vuestra ansiedad. Os estáis diciendo
continuamente: ¡Oh Dios mío!, ¿qué saldrá de mis manos? Todo el
mundo busca de esta manera los pronósticos, es
lo corriente; quienes no los buscan son únicamente los pobres
de espíritu».
Vanidad de la estimación de
las criaturas
- 24
Yo manifestaba el deseo de que las criaturas tomasen en
cuenta mis esfuerzos y notasen mis progresos.
- «Obrar así, replicó vivamente Sor
Teresa, es imitar a la gallina, que tan pronto como ha puesto, se lo
advierte a todos los que pasan. Vos queréis, como ella, que luego
que habéis obrado bien, o que vuestra intención ha sido
irreprochable, todo el mundo lo sepa y os estime...
- »Gran vanidad es querer ser
apreciada de veinte personas que viven con nosotras, y de las cuales
cada una se ocupa, en su pequeño centro, de sus respectivas
intenciones, de su salud, de su familia, de sus progresos
espirituales o de sus intereses personales, que dejan escapar
palabras más o menos felices! Pero al leer las semblanzas de los
santos, pienso que también ellos estuvieron sujetos a muchas
debilidades, que de su boca salieron en algunos casos expresiones
enteramente humanas, a veces vulgares. Entonces pienso que no quiero
ser amada ni estimada más que en el cielo.. , pues solamente allí
será todo perfecto».
*
- 25
Al contrario de mi querida hermanita, que no tenía más
que un deseo, el de que nadie se percatase de sus sacrificios, yo,
siempre seducida por la vanagloria, me esforzaba en atraer la
atención sobre lo que hacía. Ella me decía entonces:
- «¡Os empeñáis en hacer que
vuestras obras rindan! Hay muchos que se dedican a eso. Yo,
por mi parte, me guardo mucho de hacerlo; tendría miedo de no ganar
bastante. Por el contrario, escondo cuanto me es posible lo que hago
y lo pongo en el banco de Dios, sin preocuparme de si rinde o
no».
Mantas gastadas e interés
personal
- 26
Un día que apaleábamos unas mantas, se me ocurrió decir
de mal talante que tuvieran más cuidado, pues estaban muy
deterioradas.
- Sor Teresa del Niño Jesús me hizo
entonces esta observación: «¿Qué haríais si no estuvieseis vos
encargada de remendar esas mantas? ¡Obraríais con desinterés de
espíritu! Si entonces advirtieseis que fácilmente se pueden
desgarrar, obraríais sin apego. Por lo tanto, cuidad de que en
ninguna de vuestras acciones se deslice ni la más
ligera sombra de interés personal».
«Hacer el sacrificio de no
recoger los frutos»
- 27
«Hasta la edad de catorce años, me confidenció ella,
practiqué la virtud sin sentir su dulzura; no recogía los frutos:
era mi alma como un árbol cuyas flores caen a medida que se abren.
Haced a Dios el sacrificio de no coger los frutos, es decir, de
sentir durante toda vuestra vida repugnancia en sufrir, en ser
humillada, en ver todas las flores de vuestros deseos y de vuestra
buena voluntad caer en tierra sin producir nada. En un abrir y
cerrar de. ojos, al momento de morir, él hará madurar hermosos
frutos en el árbol de vuestra alma».
- Dios tuvo a bien demostrarme
cuánta razón tenía mi Teresa, pues leí en el Eclesiástico este
pasaje, que le comuniqué y la encantó:
-
«Había un hombre falto de fuerza y muy necesitado, y Dios le miró
con ojos benignos, le alzó de su abatimiento y le hizo levantar la
cabeza; muchos se maravillaron, y glorificaron a Dios. Abandónate en
Dios y sé fiel, pues le es fácil al Señor enriquecer de un golpe al
pobre. Su bendición se
apresura a recompensar al justo y hace
fructificar sus: progresos en un breve instante»
(Nota 14)
ESPÍRITU DE INFANCIA
- 28
Nuestra querida Maestra nos enseñaba en todo momento su
«Caminito». Así llamaba a su espiritualidad, es decir, a su sistema
de ir a Dios. «Para andar por el caminito, declaraba, hay que
ser humilde, pobre de espíritu y sencillo».
-
¡Cómo habría ella gustado, de haberla conocido, esta oración de
Bossuet!
(Nota 15)
-
«¡Gran Dios! ..., no permitáis que ciertos espíritus, de los que
unos se clasifican entre los sabios y otros entre los espirituales,
puedan jamás ser acusados ante vuestro inapelable Tribunal de haber
contribuido en algún modo a cerraros la puerta de no sé cuántos
corazones, por el solo hecho de que vos queríais entrar en ellos de
una manera cuya sola sencillez les extrañaba, y por una puerta que,
aunque está abierta de par en par por los santos desde los primeros
siglos de la Iglesia, ellos, tal vez, no conocían aún
suficientemente. Antes bien, haced que, volviéndonos todos tan
pequeños como niños, a la manera que Jesucristo lo ordenó,
podamos entrar una vez por esta puertecita, a fin de poder después
enseñársela a los demás más segura y más eficazmente».
-
Así sea.
-
- 29
Teresa supo maravillosamente, con la luz revelada a los
pequeños, descubrir esta puerta de salud y enseñársela a los otros.
¿No han fijado, acaso, tanto la Sabiduría divina como la sabiduría
humana en este espíritu de infancia «la verdadera grandeza del
alma?». Por ejemplo, dos grandes filósofos chinos, anteriores a la
era cristiana, así lo habían establecido en estas poderosas
definiciones:
-
«La virtud madura tiende al estado de infancia». (Lao-Tsé, siglo
VII antes de Jesucristo).
-
«Es grande el hombre que no ha perdido su corazón de niño». (Meng-Tsé,
siglo IV antes de Jesucristo)
(Nota 16)
-
Para nuestra Santa, este «caminito»
consistía prácticamente en la
humildad, como ya he dicho.
-
Pero se traducía también por un
espíritu de infancia muy acusado.
-
Por eso, gustaba ella mucho de hablarme sobre estas sentencias
que sacaba del Evangelio:
- «Dejad que se me acerquen los niñitos, pues de
ellos es el reino de los cielos... Sus Ángeles contemplan
continuamente el Rostro de mi Padre Celestial... Quien se hiciere
pequeño como un niño, será el más
grande
en el reino de los cielos. Jesús abrazaba a los niños después de
haberles bendecido». EVANGELIO.
-
Ella había copiado estas palabras, tal como las reproducimos
(Nota 17), en el reverso de una estampa sobre la que estaban
pegadas las fotografías de nuestros cuatro hermanitos, que habían
volado al cielo en tierna edad. Me la regaló, guardándose otra
parecida en su breviario. Las fotos están ahora borradas, en parte,
por el tiempo.
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30
A estos textos evangélicos había añadido otros, sacados
de la Sagrada Escritura, que la encantaban, y siempre en relación
con el Espíritu de infancia:
«Dichosos aquellos a quienes Dios justifica sin
las obras, pues al que trabaja, el salario no se le cuenta como una
gracia, sino como una deuda... Reciben, pues,
un don gratuito
los que sin hacer las obras son justificados por la gracia en virtud
de la redención, cuyo autor es Jesucristo». (Epístola de San
Pablo a los Romanos 4, 4-6)
«El Señor conducirá a los pastos su rebaño. Reunirá a los
corderitos y les tomará en su regazo».
Isaías, cap. XL, 11.
En el reverso de otra estampa grande, había reunido otras citas
escriturísticas, algunas de las cuales repetían las precedentes.
Pero es interesante ver hasta qué punto esclarecían su Camino.
«¡Si alguno es pequeñito, que venga a mí!»
(Proverbios) «Quien se hiciere pequeño como un niño, será el más
grande en el reino de los cielos. . . » (Evangelio)
El Señor reunirá a
los corderitos
y les tomará en su regazo.
«Como una madre
acaricia a su niño, así
os consolaré yo: os llevaré sobre mi regazo y os acariciaré sobre
mis rodillas». (Isaías 46, 13).
«De la misma manera que
un padre
siente ternura para con sus hijos, el Señor siente compasión para
con nosotros; tanto como dista el levante del poniente, tanto ha
alejado él de nosotros los pecados de que somos culpables. El Señor
es compasivo y lleno de dulzura, parco en castigar y abundante en
misericordia» (Salmo 102, 12)
31
Amaba también muy particularmente otra estampa que
representaba a un niño sentado sobre las rodillas de Nuestro Señor y
haciendo esfuerzos por alcanzar su divino rostro y besarlo.
Le enseñé un recordatorio con la fotografía de un niño, muerto
en tierna edad; ella señaló con su dedo el rostro del niño, diciendo
con ternura y orgullo:
«¡Están todos bajo mi dominio!», como si previese ya su título
de «Reina de los Pequeñitos».
32
Sor Teresa del Niño Jesús era alta, medía un metro
sesenta y dos, mientras que la Madre Inés de Jesús era mucho más
baja. Yo 1e dije un día:
«Si se os hubiese dado a escoger, ¿qué hubierais preferido: ser
alta o baja?
Y me contestó sin vacilar:
«Hubiera escogido ser baja para ser
pequeña en todo».
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Devoción al misterio de la
Encarnación y del Pesebre
- 33
Festejaba con la mayor piedad todos los años el 25 de
marzo, pues decía ella: «Este es el día en que Jesús, en el seno de
Maria, fue más pequeño».
-
Pero amó muy particularmente el Misterio del Pesebre. Allí le
reveló el Niño Jesús todos sus secretos sobre la sencillez y el
abandono.
-
Al contrario del heresiarca Marción, que decía con desprecio:
«Quitadme esos pañales y ese pesebre indignos de un Dios», Teresa
estaba prendada de la humillación de Nuestro Señor al hacerse
pequeñito por amor nuestro.. Ella escribía con gusto sobre las
estampas de Navidad que pintaba este texto de San Bernardo:
«Jesús, ¿quién os hizo tan pequeño? - ¡El Amor!».
-
El nombre de Teresa del Niño Jesús, que le había sido
dado a los nueve años, cuando manifestó su deseo de hacerse
carmelita, continuó siendo siempre para ella una actualidad, y se
esforzó constantemente por merecerlo. Haría esta oración: «Oh,
Niñito Jesús, mi único tesoro: yo me abandono a tus divinos
caprichos; no quiero otra alegría que la de hacerte sonreír. Imprime
en mí tu gracia y tus virtudes infantiles, a fin de que el
día de mi nacimiento en el cielo, los Ángeles y los Santos
reconozcan en mí a tu pequeña esposa:
Teresa del Niño Jesús».
-
Estas virtudes infantiles que deseaba, habían causado antes que
su admiración la del austero San Jerónimo, que no fue por eso
tachado de
puerilidad.
Ladrones del cielo
34
«Mis protectores del cielo y mis privilegiados son los que
lo han
robado como los santos Inocentes y el buen ladrón. Los grandes
santos lo han ganado por sus obras; pero yo quiero imitar a
los ladrones, quiero obtenerlo por astucia, una astucia de amor que
me abrirá la entrada, a mí y a los pobres pecadores. El Espíritu
Santo me anima a ello, puesto que dice en los Proverbios: «¡Oh,
pequeñín! Ven, aprende de mí la
astucia!» (Proverbios 1, 4).
La morada de los niñitos
- 35
Le hablaba yo de las mortificaciones de los santos; ella
me contestó: «¡Qué bien ha hecho Nuestro Señor con advertirnos de
que en la casa de su Padre hay muchas moradas! (Juan 14, 2) De
lo contrario nos lo hubiera dicho...
-
»Sí, si todas las almas llamadas a la perfección hubieran
debido, para entrar en el cielo, practicar esas maceraciones, él nos
lo hubiera dicho, y nosotros, nos las hubiéramos impuesto
valientemente. Mas él nos anuncia que
en su casa hay muchas moradas. Si hay las de las grandes
almas, la de los Padres del desierto y la de los mártires de la
penitencia, debe haber también la de los niñitos. Nuestro
lugar está reservado allí, si le amamos mucho a El y a nuestro Padre
celestial y al Espíritu de Amor».
-
Sor Teresa del Niño Jesús era, ya se ve, un alma muy sencilla,
que se santificó por medios ordinarios.
-
Se comprende que la frecuencia de dones extraordinarios en su
vida hubiera sido contraria a los que decía ser los designios de
Dios sobre ella.
Su vida había de ser sencilla para servir de
modelo a las almas pequeñas.
Los niñitos no se condenan
- 36
«¿Qué haríais, le decía yo, si pudieseis volver a empezar
vuestra vida religiosa?
-
- Me parece, respondió, que haría lo mismo que he hecho.
-
- Entonces, ¿no compartís el sentimiento de aquel solitario que
afirmaba: «Aunque hubiese vivido largos años en la penitencia,
mientras me quedase un cuarto de hora, un soplo de vida, temería
condenarme?».
-
- No, no puedo compartir ese temor; soy
demasiado pequeña para condenarme: los niñitos no se
condenan».
Pasar bajo el caballo
- 37
Toda desanimada, con el corazón todavía oprimido por un
combate que me parecía insuperable, fui a decirle: «¡Esta vez es
imposible, no puedo sobreponerme!
-
- Eso no me maravilla, me respondió. Somos demasiado pequeñas
para sobreponernos a las dificultades; es necesario que
pasemos por debajo de ellas».
-
Me recordó entonces este episodio de nuestra infancia:
-
«Nos hallábamos en casa de unos vecinos
(Nota 18) , en Alençon; un caballo nos impedía la entrada al
jardín. Mientras las personas mayores buscaban un modo de pasar,
nuestra amiguita
(Nota 19) no halló otro más fácil que el de pasar
por debajo del animal. Se deslizó la primera, y me tendió la
mano; yo la seguí arrastrando a Teresa, y sin curvar mucho nuestra
pequeña estatura, logramos nuestro objeto.
-
«Ved lo que se gana con ser pequeña, concluyó ella. No hay
obstáculos para los pequeños; se cuelan por todas partes. Las almas
grandes pueden pasar sobre los negocios, examinar las dificultades,
llegar por el razonamiento o por la virtud a colocarse por encima de
todo; pero nosotras, que somos pequeñitas, hemos de guardarnos mucho
de intentarlo. ¡Pasemos por debajo!
-
«Pasar por debajo de los
asuntos es no mirarlos de demasiado cerca, no
razonarlos»
(Nota 20)
Dirigir la intención
- 38
Durante su enfermedad, aceptaba los remedios más
repugnantes y los tratamientos más penosos con una paciencia
inalterable, aun dándose cuenta de que era cosa perdida; pero nunca
manifestó la fatiga que se le seguía de ello. Me confidenció haber
ofrecido a Dios todos aquellos cuidados inútiles por un misionero
que no tendría ni tiempo ni medios para cuidarse, pidiendo que todo
aquello le fuese provechoso... Como yo le manifestase mi pena por no
tener tales pensamientos, me contestó:
-
«Esta intención explícita no es necesaria para un alma que se ha
entregado enteramente a Dios. El niñito, en el seno de su madre,
toma la leche maquinalmente, por decirlo así, sin presentir la
utilidad de su acción, y mientras tanto vive y se desarrolla; sin
embargo, no es ésa su intención».
-
Y me decía además: «Un pintor que trabaja para su maestro no
necesita repetir a cada pincelada: esto es para el señor tal,
esto es para el señor tal... Basta con que se ponga al trabajo
con la intención de trabajar para su maestro. Bueno es recoger
frecuentemente el pensamiento y dirigir la intención pero sin
apremio de espíritu. Dios adivina los pensamientos bellos y las
intenciones ingeniosas que quisiéramos tener. El es un Padre y
nosotros sus hijitos».
«Jesús
no puede estar triste a causa de nuestros
regateos»
- 39
Yo le
decía: «Tengo que trabajar, si no
Jesús estaría triste...».
-
- «¡Oh, no! Estaríais triste vos. El
no puede estar triste a causa de nuestros regateos
(Nota
21)
¡Pero, qué pena para nosotros no darle todo
lo que podemos!».
Ser santa
sin crecer...
40
Porque era
profundamente humilde, Sor Teresa del Niño
Jesús se sentía incapaz de subir la
«áspera escalera de la perfección»;
por eso se dedicó a volverse cada vez más
pequeña, a fin de que Dios se hiciese completamente
cargo de sus cosas y la llevase en sus brazos, como
acaece en las familias con los niñitos. Quería
ser santa, pero sin crecer, porque así como las
pequeñas travesuras de los niños no contristan
a sus padres, así las imperfecciones de las almas
humildes no pueden ofender gravemente a Dios, y sus faltas
no les son tenidas en cuenta, según el dicho de los
Libros Santos: «A los niños se les perdona
por compasión» (Sabiduría 6, 6) . En
consecuencia, se guardaba mucho de desear ser perfecta y de
que las demás la creyesen tal, pues con eso
habría crecido, y Dios la dejaría andar
sola.
*
- 41
«Los
niños no trabajan para ganarse una
posición, decía ella; si son buenos, es
para complacer a sus padres. Por eso, no se ha de
trabajar para llegar a ser santas,
sino para agradar a Dios».
Cómo
besar el crucifijo
- 42
Durante
su enfermedad, habiéndome portado imperfectamente,
y arrepintiéndome mucho de ello, me dijo:
«Besad el crucifijo ahora mismo.»
-
Yo le besé en los pies.
-
- «¿Es ahí donde una hija besa a su
padre? ¡Pronto, pronto; se besa el
rostro!».
-
Yo lo besé.
-
- «Y ahora se deja una besar».
-
Hube de arrimar el Crucifijo a mi mejilla, y entonces
me dijo:
-
- «¡Esta vez
está bien, todo queda
olvidado!».
El
patrimonio de los niñitos
- 43
«Nuestro
Señor respondía en otro tiempo a la madre
de los hijos de Zebedeo:
-
«Estar a mi derecha y a mi izquierda pertenece a
aquéllos a quienes mi Padre se lo ha
destinado» (Mateo 20, 23; Marcos 10, 40) . Me figuro
que estos puestos de elección, rehusados a los
grandes santos, a los mártires, serán el
patrimonio de los niñitos...
-
«¿No hacía ya David esta
predicción cuando dijo que el pequeño
Benjamín presidirá las asambleas (de los
santos)?» (Salmo 67, 28)
-
Le preguntaban una vez bajo qué nombre
deberíamos invocaría cuando estuviese en el
cielo.
-
«Me llamaréis Teresita
respondió
humildemente».
CONFIANZA
- 44
Sus
conversaciones sobre el amor y la misericordia de Dios no
se agotaban nunca. Su confianza era invencible, y si
deseaba desde su adolescencia «llegar a ser una
Santa y una gran Santa», como lo declara en el
capítulo IV de su Vida, su ambición
iba a perderse en la infinita riqueza de los
méritos de Jesús, «que eran propiedad
suya», decía ella. Por eso, aun las
más altas esperanzas no le parecían
temerarias.
-
Aseguraba que no se había de temer el desear demasiado, el pedir
demasiado a Dios: «En la tierra hay gentes que saben hacerse
invitar, que se cuelan por todas partes... Si pedimos a Dios algo
que no entraba en sus cálculos darnos, es tan poderoso y tan rico,
que se le hace ya puntillo de honor decirnos que no, y lo da...»
|
45
Pero no
empleaba nunca esta santa audacia para solicitar
consuelos, ni aun aligeramiento de penas. En cuanto a las
gracias temporales, era muy circunspecta. Creía
que Dios no le rehusaría nada, y usaba de una gran
reserva «por miedo, confidenciaba ella, de que Dios
se creyese obligado a escucharla». Por consiguiente,
cuando pedía un favor o un alivio, era por
complacer a los demás, y aun entonces hacía
«pasar sus oraciones por manos de la
Santísima Virgen» y daba esta razón:
«Pedir a la Santísima Virgen no es lo mismo
que pedir a Dios. Ella sabe muy bien lo que tiene que
hacer con mis pequeños deseos, si los ha de
trasmitir o no...; en fin, a ella le toca juzgar, para no
forzar la voluntad de Dios a que me escuche, para dejarle
hacer en todo su voluntad».
Cuando expresaba su deseo de «hacer el bien en
la tierra después de su muerte», ponía
como condición que «miraría los ojos
de Dios para saber si aquello era su
voluntad». Nos hacía notar que este
abandono imitaba la oración de la Santísima
Virgen, la cual en Caná se contenta con decir:
«No tienen vino» (Juan 2, 3) Del mismo modo,
Marta y María dicen solamente: «Aquél
a quien vos amáis está enfermo» (Juan
11, 3) Ellas exponen sencillamente
sus deseos sin formular una petición, dejando a
Jesús en libertad de hacer lo que
quiera.
Quietismo,
no
46
Aunque
caminó por esta vía de confianza ciega y
total, que ella llama «su caminito» o «Camino de
infancia espiritual», nunca descuidó la cooperación
personal, antes bien dio a ésta una importancia que
llenó toda su vida de actos generosos y continuados,
-
Así lo entendía ella y así nos
lo enseñó constantemente en el
noviciado.
-
Un día que yo había leído estas
palabras en el Eclesiástico: «La
misericordia prepara a cada uno su lugar según el
mérito de sus obras y según la prudente
conducta de su peregrinación en esta vida»
(Eclesiástico 16, 15), le hice observar que ella
tendría un hermoso lugar, pues había
dirigido su barca con una sublime prudencia; pero
¿por qué se decía: según el
mérito de sus obras?
-
Me explicó entonces con energía que el
abandono y la confianza en Dios se alimentaban del
sacrificio. «Hay que hacer, me dijo, todo
cuanto está en nosotros, dar sin medida,
renunciarse continuamente, en una palabra, probar nuestro
amor por medio de todas las buenas obras que están
en nuestro poder... Pero como, al fin de cuentas, todo
esto es bien poca cosa..., es necesario, cuando hayamos
hecho todo lo que creemos deber hacer, confesarnos
«siervos inútiles» (Lucas 17, 10),
esperando, no obstante, que Dios nos dé por
gracia todo lo que deseamos.
-
«He aquí lo que esperan las almas
pequeñas que
«corren» por el camino de infancia: Digo
«corren» y no
«descansan».
-
-
47
Mi
querida Hermanita me inculcaba a cada momento este deseo
humildemente confiado, del cual vivía
intensamente. Esta era la atmósfera que respiraba
como el aire.
Era yo todavía postulante cuando la noche de
Navidad de 1894 hallé en mí zapato una
poesía que Teresa me había compuesto a
nombre de la Santísima Virgen. Allí
leí esto:
|
- Tu
corona trenzará
- Jesús,
si buscas su Amor.
- Un
día te hará reinar,
- si le
das tu corazón.
-
- Tras la
noche de la vida
- verás
su dulce mansión,
- y a
aquella cumbre divina
- volará
tu alma veloz.
|
|
En su Acto de ofrenda al
Amor Misericordioso de Dios, hablando de su propio amor, ella
termina así:
«...¡ Que este martirio, después de haberme preparado para
comparecer delante de Vos, me haga por fin morir, y que mi alma
se lance sin demora
al eterno abrazo de Vuestro Misericordioso Amor! . . .»
Estaba, pues, siempre bajo la impresión de esta idea, cuya
realización no ponía en duda, según el dicho de nuestro Padre San
Juan de la Cruz, que ella se apropiaba: «Cuanto más quiere darnos
Dios, tanto más nos hace desear»
(Nota 22)
48
Basaba su esperanza relativa al Purgatorio sobre el
abandono y el Amor, sin olvidar su tan amada humildad, virtud
característica de la infancia. El niño ama a sus padres, y no tiene
otra pretensión que la de abandonarse totalmente en ellos, pues se
siente débil e impotente.
Me decía: «¿Riñe un padre a. su hijo cuando él mismo se acusa?
¿Le impone un castigo? No, seguramente, sino que le estrecha contra
su corazón.
En apoyo de este pensamiento me recordó una historia que
habíamos leído en nuestra infancia: Habiendo salido un rey de caza,
perseguía a un conejo blanco, que sus perros estaban a punto de
alcanzar; en esto, el conejito, viéndose perdido, retrocedió
rápidamente y saltó a los brazos del cazador. Este, conmovido ante
tanta confianza, no quiso separarse más del conejo blanco ni
permitió que nadie le tocara, reservándose el cuidado de
alimentarle.
«Así obrará Dios con nosotras,, me dijo, si perseguidas por la
justicia, figurada en los perros, buscamos refugio en los brazos
mismos de nuestro Juez...».
49
Si es verdad que al decir esto pensaba en las almas
pequeñas que siguen el Camino de la Infancia espiritual, no por eso
excluía de esta esperanza atrevida aun a los grandes pecadores.
Por eso Sor Teresa del Niño Jesús pudo escribir en su
manuscrito: «¡Ah, lo sé! Aún cuando yo tuviese sobre la conciencia
todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería nada de mi
confianza; iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a
arrojarme en los brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo pródigo,
he oído las palabras que dirige a santa Magdalena, a la mujer
adúltera, a la Samaritana. ¡No! Nadie podría asustarme, pues sé a
qué atenerme respecto de su amor y de su misericordia. Sé que
toda esa multitud de ofensas se abismaría en un abrir y cerrar de
ojos, como una gota de agua arrojada en un brasero ardiendo»
(Nota 23)
50
Inmediatamente después de mi entrada en el Carmelo, había
pedido permiso para leer la historia de los Padres del desierto.
Había sacado de ella algunas notas, entre las cuales ésta, que
impresionó a mi querida Hermanita hasta tal punto que sintió no
haberla introducido en su autobiografía, y recomendó con instancia
que se le añadiese:
«Una pecadora, llamada Paesia, asolaba la comarca con sus
escándalos. Un Padre del desierto, Juan el Nain, fue a buscarla, y
como la exhortase a la penitencia de sus pecados, ella le dijo:
Padre mío: ¿hay todavía posibilidad de penitencia para mí?
- Sí, dijo el Santo; os lo aseguro.
- Llevadme a donde creáis conveniente para hacerla, le respondió
ella.
»Se levantó en seguida, y le siguió sin decir nada en su casa,
sin siquiera decir una palabra a nadie.
»Como hubiesen entrado en el desierto y se acercase la noche,
Juan hizo un montón de arena en forma de almohada, lo señaló con el
signo de la cruz, y dijo a Paesia que se acostase. Luego, él se
colocó más lejos para dormir también, después de haber orado. Pero,
habiéndose despertado a media noche. vio un rayo de luz que
descendía del cielo sobre Paesia y que servía como de camino a
muchos ángeles que llevaban su alma al cielo. Sorprendido de esta
visión, fue hacia Paesia, a quien empujó con el pie para ver si
estaba muerta, y vio que había entregado su alma a Dios. Al mismo
tiempo, oyó una voz milagrosa que le decía: Su penitencia de una
hora ha sido más agradable a Dios que la que otros hacen durante
largo tiempo, pues éstos no la hacen con tanto fervor como aquélla»
(Nota 24)
51
Muchas veces, Sor Teresa me había hecho notar que la
justicia de Dios se contentaba de bien poca cosa cuando el motivo de
obrar era el amor, y que entonces moderaba hasta el exceso la
pena temporal debida al pecado, pues Dios es todo dulzura.
«He comprobado por experiencia, me confidenció, que después de
una infidelidad, aun ligera, el alma debe sufrir durante algún
tiempo cierto malestar. Entonces me digo a mí misma: «Hija mía, es
el precio de tu falta», y soporto pacientemente el pago de la
pequeña deuda».
Mas a eso se limitaba, así lo esperaba ella, la satisfacción
reclamada por la justicia, en los que son humildes y se abandonan en
Dios con amor. No veía abrirse para ellos la puerta del Purgatorio;
antes bien, pensaba que el Padre de los cielos, respondiendo a su
confianza con una gracia de luz a la hora de la muerte, haría nacer
en sus almas, a la vista de su miseria, un sentimiento de contrición
perfecta que borrase toda deuda.
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