9
Algo antes de morir, Sor Teresa dijo delante de mí a la
Madre Inés de Jesús: «Tengo que daros un pequeño consejo: convendría
que las Prioras recomendasen a las enfermeras que éstas obligasen a
sus enfermas a pedir todo lo que les haga falta. Esto es muy
necesario, Madre mía...»
(Nota
2)
Me lo dijo también a mi, que
estaba empleada en este oficio. De este hecho
dedujimos que hablaba por experiencia, pero era
demasiado tarde para poner remedio eficaz. ¡De
cuántas cosas no se privaría! Estos sacrificios son
secreto de Dios, pues aun pensando aliviarla la
hacíamos sufrir.
Así, por ejemplo, la
enfermera, una buena anciana, un poco sorda,
creyendo que tenía frío, cuando estaba ardiendo de
fiebre, la cubría hasta la cabeza y, viendo que su
enferma recibía todo lo que ella le daba, le llevaba
aún más mantas. Sor Teresa se dejaba hacer. Cuando
yo volví, la encontré empapada en sudor. Toda
sonriente, me contó este episodio, sin que ni una
sola palabra de descontento, saliese de sus labios.
Por el contrario, me dijo «que lo había aceptado
todo por espíritu de obediencia a su primera
enfermera».
No hacer nada sin permiso
10
Sor Teresa del Niño Jesús nos recomendaba con mucha
frecuencia que fuésemos muy fieles en pedir nuestros permisos.
«En cuanto a mí, me dijo, cuando me había olvidado de hacerlo el
sábado y no pensaba en ello en el momento en que hubiera podido
pedirlos, me privaba de cualquier cosa indispensable antes que obrar
por mí misma.(Nota
3)
»Yo era muy escrupulosa en esto, y me veía muy atormentada
cuando tenía que hacer alguna cosa sin la autorización de nuestra
Madre. Así, Dios permitió que ella no me mandase escribir mis
poesías a medida que las componía, y no quise pedírselo por miedo de
faltar a la pobreza Esperaba, pues, la hora de tiempo libre, y a
duras penas me acordaba a las ocho de la tarde de lo que había
compuesto por la mañana. Estas pequeñas nadas constituyen un
martirio, es verdad; pero hay que guardarse mucho de disminuirías
permitiéndonos, o procurando que se nos permitan, mil cosas que
harían la vida religiosa agradable y cómoda. No hay que concederse a
sí misma ninguna holgura»
(Nota
4)
Cuando entró en el Carmelo, a los quince años, su caligrafía,
mal formada, disgustó a la Madre Inés de Jesús.
Teresa le propuso entonces escribir en redondilla, lo cual le
era mucho más cómodo; pero no se lo permitieron, y se sometió,
poniendo interés en corregirse. Sólo al final de su vida le fue dado
el permiso.
Conformarse a los usos
11
Aunque nos recomendó obrar lo más perfectamente posible,
juzgaba que no era necesario tratar de obrar mejor que las otras,
sino conformarse en todo a los usos, pues un celo indiscreto puede
perjudicar a sí misma y a las demás. «Por ejemplo, me decía, si
estáis en retiro riguroso, descargada de las labores de la
Comunidad, y hay ropa que tender en el granero, no os mezcléis con
las Hermanas que hacen ese trabajo. Aunque se trate de un acto de
caridad, es mejor abstenerse, como es costumbre, porque, una vez
pasado vuestro fervor, la obligación que os habéis impuesto podría
convertirse en cansancio para vuestra alma y cansar a las demás, las
cuales se creerían obligadas a imitar vuestro ejemplo y tendrían
miedo de rehusar algo a Dios no haciéndolo.
»O bien: si accidentalmente se pide a una Hermana ayuda para un
oficio que no es el suyo, ha de conformarse en todo a lo que se le
ha indicado, aun en el caso de que ella conciba el trabajo de una
manera más perfecta, pues de lo contrario se corre el riesgo de
disgustar a las oficialas habituales, que pueden tener sus razones
para obrar como obran y que las demás ignoran.
»Puesto que en la vida acontece que la continuidad de una cosa
cansa, es mejor no emprender, en plan de costumbre, sino lo que se
cree poder cumplir con perseverancia.
POBREZA
12
Habiéndome pedido una Hermana que le prestara
algunas poesías que yo había copiado en hojas
volantes, no me mostré de buen humor. Me decía a mí
misma: «Hubiera hecho mejor con copiarlas en un
cuaderno como lo hacen las demás; ¡así, al menos, no
me expondría a perderlas!».
Sor Teresa del Niño Jesús me
miró fijamente, y me dijo: «Deberíais estar gozosa
de desprenderos; deberíais, no sólo prestarlas con
alegría, sino obrar de suerte que os las volvieran a
pedir. Puesto que deseáis hacer tanto bien a las
almas componiéndolas, deberíais gozaros en
prestarlas, pero en prestarlas en plan de
apostolado. Se cuenta de san Luis Gonzaga que nunca
reclamaba un objeto prestado, por espíritu de
pobreza».
*
13 Otra vez
me dijo: «Hace un instante os quejabais de que
habían revuelto vuestra canastilla de labor, de que
os faltaba esto o aquello. Deberíais estar contenta
de ello y deciros: soy pobre, es, pues, natural que
me falte alguna cosa; han hecho bien con servirse de
ella, pues no es mía».
*
14 Me habían
pedido un alfiler que me era muy útil, y lo
lamentaba. Sor Teresa del Niño Jesús me dijo: «¡Oh,
qué rica sois! No podéis sentiros dichosa... ».
*
15 «He
observado que siempre se da más aún de lo que
se pide, pero hay pocas almas que se dejan coger
lo que les pertenece. Eso es lo difícil. Y sin
embargo, ahí están las palabras del Evangelio: «Si
se os pide lo que os pertenece, no lo reclaméis»
(Lucas 6, 30)
*
16 «Quisiera
quedarme, como recuerdo,, con esta estampa que os
pertenece, le decía yo durante su enfermedad.
- ¡ Ah, todavía tenéis
deseos!... Cuando esté con Dios, no pidáis nada de
lo que he tenido a mi uso; recibid sencillamente lo
que se os quiera dar. Obrar de otra manera sería no
estar desprendida de todo; en lugar, de haceros
dichosa, eso os haría desgraciada. Sólo en el cielo
tendremos el derecho de poseer».
*
17 Poco
tiempo después de su muerte, habiéndome propuesto
una de nuestras Hermanas que hiciese las diligencias
necesarias para obtener algún objeto que hubiese
pertenecido a mi hermana querida, yo se lo consulté
a ella, preguntándole: «¿Cómo he de obrar?», y abrí
los Santos Evangelios para hallar allí la respuesta.
Leí: «Como un hombre que, partiendo de viaje,
abandona su casa y lo deja todo en manos de sus
servidores» (Mateo 25, 14)
*
18 Sor
Teresa del Niño Jesús, por amor de Dios, gustaba
servirse de los objetos más feos y más usados. Digo
por amor de Dios, pues naturalmente, con su
temperamento de artista, hubiera preferido las cosas
de buen gusto y no deterioradas. Me di cuenta de
ello un día que había echado yo una mancha
irreparable en su reloj de arena
(Nota
5).
Noté la violencia que se tuvo
que hacer para seguir conservándolo de esta manera y
para no dejarme traslucir el sacrificio que le había
impuesto sin querer.
*
19 No se
cuidaba en absoluto de que sus ropas le cayeran bien
o le viniesen demasiado largas. En apariencia, era
del todo indiferente en cuanto a su exterior, sin
negligencia alguna de su parte; pero en todas las
cosas, cuanto más se acercaba a la verdadera
pobreza, tanto más contenta estaba. Ella misma se
remendaba sus alpargatas y sus vestidos hasta el
extremo límite de lo posible.
*
20 Siempre
dentro del mismo espíritu, si tenía un libro o una,
estampa con canto dorado, los raspaba
cuidadosamente. Como su canastilla de labor se
empezase a destejer, una Hermana la ribeteó con una
cinta de terciopelo viejo, pues esta tela no se
gasta, dura mucho. Aunque muy ocupada, Teresa
deshizo el trabajo y volvió a colocar el terciopelo
al revés, es decir, la trama al exterior, para que
pareciese más pobre y menos bonito.
Habiendo dado una novicia
aceite de linaza a su escritorio de celda, el cual
ordinariamente está pobremente teñido de nogalina,
se lo hizo lavar inmediatamente con un cepillo. Y no
permitió que los muebles de su celda estuviesen
barnizados de esta manera sino porque los había
encontrado así a su llegada; pero le disgustaban
mucho, y si sólo ella los hubiera tenido, los
hubiera lavado sin piedad.
*
21 A mi
entrada en el Carmelo, se deshizo, para dármelos a
mí, de su escritorio y de su pila de agua bendita, y
de los graneros tomó para sí objetos fuera ya de
uso.
Modelo nuestro en todas las
cosas, Sor Teresa no tenía nada más que lo que
rigurosamente necesitaba, y desechando
cuidadosamente todo lo que sabía a comodidad.
*
22 No tuvo
en el Carmelo más que un par de tijeras de niña, que
había traído del mundo y que eran muy insuficientes
para sus labores.
Durante toda su vida religiosa
se sirvió de una lámpara cuyo mecanismo no
funcionaba ya, sino que era necesaria la ayuda de un
alfiler para subir la mecha. Pero lo hacía con tanta
gracia, que parecía natural tomarse aquel trabajo, y
cualquiera se engañaba, creyendo que prefería esta
lámpara a otra mejor.
*
23 Cuando
necesitaba un cortaplumas, si no tenía tiempo de
volverlo al taller de pintura, lo dejaba tirado en
el suelo, fuera, junto a la puerta de su celda, para
dar bien a entender que no formaba parte de los
objetos que tenía a su uso.
*
24 Para
escribir su manuscrito se procuró, por medio de
nuestra hermana Leonia, un cuaderno muy barato y de
muy mal papel. Al empezar, creyó que sólo emplearía
uno, por eso, su sorpresa fue grande cuando se vio
obligada a pedir otro.
En cuanto a la parte que
dirigió a la Madre Maria de Gonzaga, parte que ella
redactó cuando estaba ya muy enferma, fue necesario
obligarla a que escribiese menos cerrado, dejando
una distancia conveniente entre las líneas, y en un
papel cuadriculado.
Cuando componía sus poesías
las anotaba en trocitos de papel, que todo el mundo
desechaba, de todos los colores y tamaños; por eso,
sus borradores son casi ilegibles.
Se servía de las plumas hasta
el límite extremo. Al final de su vida, sujeta a .un
régimen lácteo, las mojaba en un poco de leche
puesta a su disposición. Hacía esto, según decía,
«para suavizarlas».
*
25 Temiendo
la Madre Inés de Jesús, en la Profesión de su
Hermanita, que el crucifijo de Teresa fuese
demasiado pesado y pudiese lastimarla, le dio el
suyo, que era más pequeño. Sor Teresa no me ocultó,
más tarde, el sacrificio que esto le costó, pues
había soñado con tener un gran crucifijo; pero no
hizo reclamación alguna, y conservó el pequeño
durante toda su vida. Fue el que tuvo entre sus
manos al morir, y el que se conserva todavía hoy en
su urna.
ESPÍRITU DE
MORTIFICACION EN LAS COMIDAS, EN LAS RECREACIONES Y
EN LAS VISITAS
26 Aprovechaba todas las pequeñas ocasiones de
mortificación que no pueden dañar a la salud, y se
las imponía siempre y en todo tiempo. Se trata de
prácticas bien pequeñas, sin duda, pero Dios muestra
lo mismo su potencia en la creación de las cosas
infinitamente pequeñas, y parece que Teresa ha
manifestado su fuerza precisamente en la
multiplicidad de actos microscópicos, si es lícito
expresarse así.
*
27 Mi
querida Hermanita me confió haber sentido, desde su
más tierna infancia, una repugnancia instintiva por
las comidas. No podía comprender que las gentes se
invitasen para eso, que éste fuese el fin de algunas
reuniones. «Tan pronto como se desea gozar de la
presencia de alguno, decía ella, se le invita a
comer. ¡Qué extraño! Debería sentirse vergüenza en
comer, y esconderse. ¡Ah! Si Nuestro Señor y la
Santísima Virgen no hubieran comido, no me hubiera
podido nunca consolar de tener que hacerlo!».
Al final de su vida, cuando
estaba tan enferma, tuvo caprichos en cuanto al
alimento. Por eso, me dijo con un poco de tristeza:
«¡Esto me humilla mucho! Pero lo deseo, pues es
voluntad de Dios que pase por esta debilidad».
Pureza de intención en el refectorio
28
Interrogada sobre su manera de santificar sus comidas, me contestó:
«Hay que realizar esta acción, de suyo tan baja, en unión de Nuestro
Señor.
»Con mucha frecuencia me vienen en el refectorio las más dulces
aspiraciones de amor. A veces me veo obligada a detenerme... ¡Qh, me
encanta el pensar que si Nuestro Señor hubiera estado en mi lugar,
delante de mi ración, él hubiera comido ciertamente! Tomaría lo que
le fuese ofrecido... Además, es muy probable que durante su vida
mortal haya gustado los mismos manjares que yo. La Santísima Virgen
le hacia sopa. Se alimentaba de pan, de frutos, de legumbres, de
pescado...».
En estos y parecidos pensamientos se entretenía, y su alma se
exhalaba en perfume de amor.
*
29
He aquí las penitencias que se permitía en el refectorio,
pues las otras le estaban prohibidas:
Cuando el mango de su cuchillo o de su cuchara no estaba
suficientemente enjuagado y, ligeramente pegajoso, se adhería a su
mano, se guardaba muy bien de poner fin a esta mortificación, que
le costaba mucho, y la sufría hasta el final de la comida.
Un año en que, durante las últimas semanas de Cuaresma, se leía
un libro sobre la Pasión de Nuestro Señor, me dijo que «le repugnaba
tanto tomar el alimento escuchando aquella lectura, que se veía
obligada a realizar casi furtivamente, aquel acto que le parecía tan
bajo, y a privarse de beber hasta que la lectora se paraba un
instante o la lectura era menos emocionante». Entonces, bebía
rápidamente y como a hurtadillas, «porque, decía, a pesar de todo,
el comer es una necesidad, pero en cuanto al beber, puede uno
privarse, es un alivio».
Me contó este hecho, no para animarme a seguir su ejemplo, sino
para manifestarme lo conmovida que estaba por el relato de los
sufrimientos de Nuestro Señor.
*
30
En el refectorio, Sor Teresa. del Niño Jesús observaba
pequeñas rúbricas infantiles que nos confiaba con sencillez:
«Me figuro estar en Nazaret, en la casa de la Sagrada Familia.
Si me sirven, por ejemplo, ensalada, pescado frío, vino, o
cualquiera otra cosa de sabor fuerte, se lo ofrezco al buen san
José. A la Santísima Virgen le doy las raciones calientes, los
frutos muy maduros, etc.; y los alimentos de los días de fiesta,
particularmente la papilla, el arroz, las confituras, se los ofrezco
al Niño Jesús. Por fin, cuando me traen una comida mala, me digo
alegremente: ¡Hoy, hijita mía, todo esto es para ti!».
Nos ocultaba su mortificación bajo apariencias graciosas. Sin
embargo, un día de ayuno en que nuestra Rda. Madre le había impuesto
un alivio, una de las novicias la sorprendió condimentando con
ajenjo aquella dulzura demasiado a su gusto.
Otra vez, la vi beber lentamente una medicina execrable.
«¡Pero, daos prisa, le dije yo: bebedlo de un trago!
- ¡Oh, no! ¿No he de aprovecharme de las pequeñas ocasiones que
se me ofrecen para mortificarme un poco, puesto que me están
prohibidas las mortificaciones grandes?».
Cómo santificar las recreaciones
31
«En la recreación, más que en parte alguna, decía Sor Teresa,
hallaréis ocasión de ejercitar vuestra virtud. Si queréis sacar de
ella un gran provecho, no vayáis con la intención de recrearos, sino
con la de recrear a las demás; practicad en ella un gran desapego de
vos misma.
»Por ejemplo, si estáis contando a una de vuestras Hermanas una
historia que os parece interesante, y ella os interrumpe para
contaros otra cosa, escuchadla con interés, aunque no os interese en
absoluto, y no procuréis reanudar vuestra conversación primera.
Obrando así, saldréis de la recreación con una gran paz interior y
revestida de una fuerza nueva para practicar la virtud, pues no
habréis buscado satisfaceros, sino complacer a las demás. ¡Si se
supiera cuánto se gana en renunciarse a sí mismo en todas las cosas!
- ¡Vos sí que lo sabéis bien! ¿Habéis obrado siempre así?
- Sí, me he olvidado de mi misma, he procurado no buscarme en
nada».
¡Qué verdadero es este testimonio! Ella practicaba, en efecto,
la perfecta abnegación con tanta soltura, que se la hubiera podido
creer natural en ella. Y sin embargo, esta abnegación era debida a
su generosa correspondencia a la gracia de Dios. Testigo, esta
confidencia:
Como yo le hiciese notar que en recreación se siente a veces una
verdadera picazón de decir algún dicho ingenioso, me confesó que
había probado esta tentación. ¡Nada extraño que, con su espíritu
vivo, réplicas finas y picantes le hayan quemado los labios! Pero
siempre salió victoriosa en el arte de, abstenerse de brillar.
Abnegación en las
visitas
32 En el
locutorio escuchaba en silencio, no tomando la
palabra más que cuando se le preguntaba. Su reserva
era tal, que aun dentro de nuestra propia familia se
la juzgaba insignificante, y se decía «que habiendo
entrado demasiado joven en el convento, su
instrucción había sido truncada, y que de ello se
resentiría toda su vida».
*
«Cuando yo no sea ya de este
mundo, nos dijo a nosotras, sus tres hermanas,
cuidad de no vivir vida de familia, de no contaros
nada de las visitas sin permiso, y ni aun de
preguntar, a no ser que se trate de cosas útiles y
no sólo divertidas».
*
En cuanto al locutorio,
buscaba siempre el modo de esquivarse de él cuando
preveía que iba a encontrar gusto, mientras que, por
el contrario, se quedaba sin hacerse de rogar cuando
se trataba de sacrificarse.
DESAPEGO
33 Cuando
Sor Teresa estaba enferma se lo decía por obediencia
a nuestra Madre, sin ocuparse de ser atendida o no,
y si alguna cosa le faltaba, pensaba que Dios estaba
seguro de su paciencia, de lo cual se enorgullecía y
se gozaba.
*
«Cuando emprendáis un trabajo,
me decía, es necesario que lo hagáis con
desprendimiento, que permitáis que vuestras Hermanas
os den consejos y aún que lo retoquen en vuestra
ausencia, y que os hagan perder, en consecuencia,
varias horas de esfuerzo si por ventura no tienen el
mismo gusto que vos. Aun más: si vuestra labor, de
esta suerte retocada, pierde valor, os debéis
alegrar de ello, pues se ha de trabajar no tanto con
el fin de realizar una obra perfecta cuanto con el
de hacer la voluntad de Dios»
(Nota
6)
Amor propio
34
Durante su enfermedad imaginé, para aliviarla, toda una
táctica, que llevé a la práctica tan rápidamente y le parecía tan
ingeniosa que me miraba toda sorprendida. Me agradeció entonces mi
caritativa prontitud, mi destreza, y añadió:
«Si os hubiesen mandado esto, si hubiese sido idea de vuestra
primera de oficio, ¿lo habríais ejecutado con tanta alegría?». Y,
desarrollando su pensamiento, me demostró lo muy inclinada que está
la naturaleza a encontrar fácil lo que nace de la propia inspiración
personal, mientras que por el contrario siempre hay peros y
condiciones
cuando se trata de adoptar las ideas de los otros. Así, vemos con
buenos ojos los alivios que se dan .a las demás cuando los hemos
obtenido por nuestra mediación. Si no intervenimos en su concesión,
¡mil tentaciones se levantan en nuestro corazón, y hallamos modos de
desaprobar todo aquello en lo que no hemos puesto las manos!».
Sacrificio de los afectos familiares
35
Un nuevo ejemplo de su desapego resalta de su conducta
cuando sacaban alguna fotografía de un grupo de Comunidad.
Estando encargada yo de preparar el aparato, cuando era llegado
el momento de colocarme no hallaba lugar disponible entre las
novicias, por haberse ya éstas reunido en torno de nuestra Maestra
de manera que pudiesen estar lo más cerca posible de ella. Mi
querida Hermanita las dejaba hacer, no sin lamentar, sin embargo,
alguna vez, el que no tuviesen la delicadeza de proporcionarnos la
dicha de estar la una cerca de la otra. Me confesó que esto le había
hecho sufrir.
Una vez, no obstante, alteró este modo habitual de comportarse:
fue en el grupo del lavado»: en aquella ocasión ella rogó a Sor
Marta de Jesús que se alejase un poco para dejarme sitio.
En verdad, no hubiera sido posible encontrar un corazón más
afectuoso que el suyo, pero sólo en la intimidad nos testimoniaba a
nosotras, sus hermanas, toda su ternura.
Habiendo leído que ciertos Santos se alejaban de sus parientes
por deseo de perfección o modificaban sus relaciones para con ellos,
ella nos decía «que estaba muy gozosa de que hubiera muchas
moradas (Juan 14, 2) en la casa de Dios», añadiendo que «la suya
no sería la de los grandes santos, sino la de los pequeños, los
cuales aman mucho a su familia».
RENUNCIAMIENTO
«No pactar con el
mundo»
36 Cuando,
desterrada en el mundo, me veía obligada a seguir la
corriente del ambiente en que vivía, mi querida
Teresita probaba una pena profunda; sobre todo un
día en que había de asistir a una velada de baile.
Lloró, me dijo, como nunca
había llorado, y me rogó que la visitase para
hacerme sus recomendaciones. Como me pareciese que
exageraba un poco y que era demasiado severa, pues
no hay que ponerse en ridículo, ella se mostró
indignada y me dijo con energía: «¡Oh, Celina!
Considera la conducta de los tres jóvenes Hebreos,
que prefirieron ser arrojados en un horno ardiente
antes que doblar la rodilla delante de la estatua de
oro; y tú, la esposa de Jesús, ¿quieres pactar con
el mundo, adorar su ídolo entregándote a placeres
peligrosos? Acuérdate de lo que te digo de parte de
Dios; mira cómo recompensó la fidelidad de sus
servidores y trata de imitarles».
Después de tomar la firme
resolución de no bailar, y no sabiendo cómo
arreglármelas para poner en práctica mis designios,
me metí en el bolsillo un gran crucifijo y recé una
fervorosa plegaria.
Estaba la velada casi
terminada y había resistido todo el tiempo a las
apremiantes. solicitaciones que se me habían hecho,
hasta el punto de disgustar a ciertas personas,
cuando, yo no sé cómo, me vi arrastrada por un
joven. Pero me fue imposible ejecutar un sólo
paso de baile. Era verdaderamente extraño. Cada vez
que la música se reanudaba, el pobre señor trataba
de lanzarse, y yo hacía verdaderamente lo posible;
¡trabajo inútil! Por fin, después de pasearse
conmigo muy religiosamente, se esquivó, rojo
de confusión.
En cuanto a mí, no me hallaba
en manera alguna turbada, y me volví muy contentas
entre las señoras que estaban de mironas y a quienes
divertí mucho contándoles mi aventura.
«Hacer su propia voluntad no
haciéndola»
37
Algunos meses después de mi entrada en el Carmelo,
hallando la vida religiosa un poco dura para la naturaleza, fui
animada por Sor Teresa del Niño Jesús:
«Os quejáis de no hacer vuestra propia voluntad, me dijo: esto
no es justo. Admito que no la hacéis en los detalles de cada
jornada, pero ¿la vida en sí, no es la que habéis escogido? Luego
hacéis vuestra voluntad no haciéndola, pues sabíais muy bien lo
que abrazabais viniendo al Carmelo.
»Os confieso que yo no me quedaría aquí ni un minuto a la
fuerza. Si se me forzase a vivir esta vida, no podría vivirla; pero
soy yo quien la quiere... Quiero todo aquello que me contraría. Sí,
soy yo quien quiere todo lo que es contra mi voluntad, pues dije muy
alto el día de mi Profesión: «que quería ser carmelita de grado y de
libre voluntad»
(Nota
7)
*
38
En el mes de marzo de 1895, estando en el jardín con las
novicias, descubrí una campanilla blanca. Me eché a cogerla, pero
Sor Teresa del Niño Jesús me retuvo diciéndome: «Eso no está
permitido». El pensar que ya no podría ni coger una flor me pareció
tan duro que las lágrimas brillaron en mis ojos. Era un domingo. Al
volver a nuestra celda, quise consolarme componiendo un cántico que
expresase todo lo que había yo abandonado por hallar a Jesús, pero
sólo me salió este final:
«La flor que cojo, ¡oh, Rey mío!,
Eres «Tú»
Teresa, a quien fui a confiar mi pena, no dijo nada, pero
algunos días después me trajo una poesía titulada: «El cántico de
Celina», que fue publicado más tarde con el titulo de «Lo que yo
amaba».
En cada línea brilla, junto con su esperanza, su desprendimiento
de las cosas de este mundo.
Ejemplos de renunciamiento
39
Los escribo, o porque yo misma fui testigo de ellos, o
porque ella me los confidenció para exhortarme al sacrificio.
Nuestra Madre había leído en recreación un día que ella estaba
ausente una carta en que se hacía referencia a Sor Teresa del Niño
Jesús. Me pidió que se la enseñase. Yo se la pasé con permiso.
Algunos días después tuve necesidad de la carta. Me la devolvió;
y como yo le preguntase si le había interesado, se vió obligada a
confesarme que no la había leído. Se la remití de nuevo para que la
leyese, pero fue inútil, no la abrió. Así mortificaba ella en todas
las cosas sus más inocentes deseos, y en esta ocasión quiso
castigarse particularmente por habérmela pedido.
No se informaba nunca de las noticias. Si veía un grupo de
Hermanas a las que la Madre Priora parecía contar alguna nueva, se
guardaba mucho de ir a su lado.
*
40
A mi entrada en el Carmelo, el 14 de septiembre de 1894,
Sor Teresa del Niño Jesús se alegró viendo realizado su más
entrañable deseo, pues iba a poder ella misma instruirme y guiarme
en su «Caminito». Sin embargo, cuando franqueé la puerta de la
clausura, su primer acto fue un renunciamiento. Después de haberme
abrazado como las demás religiosas, se marchaba ya, cuando nuestra
Madre Inés de Jesús le hizo señas para que fuese a esperarme a la
celda que se me había destinado. Ella tenía derecho como «ángel» y
ayudante de la Maestra de novicias, pero no hubiera ido sin aquella
indicación.
*
41
Del mismo modo, a la entrada en el Carmelo de Sor María
de la Eucaristía
(Nota
8),
en el momento de ir la Comunidad a buscarla .a la puerta conventual,
Sor Teresa del Niño Jesús, formando grupo con las más jóvenes se
mantuvo en lugar separado. Una Hermana le dijo: «Adelantaos: veréis
a vuestra familia mientras la puerta está abierta»
(Nota
9)
pero ella no se movió.
Se ha de advertir que por estar los locutorios en construcción,
no habíamos visto a nuestros parientes desde hacía un año. Como yo
le hiciese más tarde el reproche de haber sido la única en faltar a
la cita, me dijo que se había privado para mortificarse, añadiendo
que este sacrificio le había costado mucho.
*
42
Algunas veces sentía ella verdadero deseo de echar una
mirada al reloj del coro, durante la oración o en otras
circunstancias. Se privaba siempre, y esperaba pacientemente a que
sonase la hora: «Tengo prisa, es verdad, pero no adelanto nada con
saber si faltan todavía cinco o diez minutos».
*
43
Soportaba con una paciencia de ángel y por espíritu de
mortificación los excesivos cuidados que le prodigaba su primera de
oficio en el Torno. Era una buena anciana, muy lenta y muy
maniática, que le cuidaba sus manos llenas de sabañones y de grietas
durante el invierno. Esta Hermana le envolvía los dedos uno por uno
en una multitud de pequeñas vendas. Un día ya no quedaba libre más
que la última falange del dedo meñique, ¡pero no tardó en ser
amortajada como las otras! ¡Y, ante mi estupefacción, Sor Teresa
reía!
*
44
Durante su enfermedad, nos trajeron una caja de almendras
de bautismo
(Nota
10)
muy lindamente pintada. La ponderaron delante de ella, pusieron la
caja sobre la mesa, no lejos de su lecho, olvidando enseñársela:
ella se abstuvo de pedirla.
Sacrificios
45 Mi
querida Hermanita me confió que a fin de excitar a
la virtud a su compañera de noviciado, una Hermana
conversa, a quien trataba de dirigir, fingió tener
ella misma necesidad de toda una dirección cotidiana
de los actos para adelantar en la perfección.
Cada día le ofrecían al Niño Jesús un don
especial: a veces flores o frutos, a veces vestidos,
o bien le hacían oír conciertos melodiosos con
instrumentos de música que variaban sin cesar.
Método que iba muy en contra de sus gustos de gran
sencillez, pero al que se dedicaba con tanta gracia,
que su compañera podía quedar persuadida de que esos
estimulantes le eran necesarios a Sor Teresa.
*
46 Al
principio mismo de mi vida religiosa, pasando en el
jardín junto a una parra, le ofrecí algunos pequeños
«pámpanos», que tanto gustábamos de chupar cuando
éramos pequeñas. Pero los rehusó, diciendo que en el
Carmelo estaba prohibida esta satisfacción que
tantos recuerdos infantiles despertaba en ella.
Insistí aquella vez -era un día de fiesta-,
esperando que aceptaría en aquella ocasión lo que se
le ofrecía. Todo fue inútil: «He prometido al Niño
Jesús, me dijo, no gustar de los «pámpanos» de la
parra sino en su Reino»
Amplitud de miras en la mortificación
47
Por el contrario, tuve ocasión de experimentar su
amplitud de miras para no impedir a una postulante una distracción
que podía causarle provecho. Cuando yo entré, me hizo observar que
desde la ventana de nuestra celda se divisaba, a lo lejos, entre dos
casas, la vía del ferrocarril, y me dijo: «Estaréis contenta de ver
pasar el tren... ».
No me hizo ninguna alusión a la mortificación que habría
consistido en privarme de este inocente placer. ¡Pero Dios tuvo a
bien imponérmela, pues la construcción de un nuevo edificio me
ocultó, casi en seguida, la vía del ferrocarril!
Sor Teresa no buscaba para mortificarse cosas extraordinarias,
ni era de un rigorismo absoluto respecto a las satisfacciones
permitidas. En esto, como en todo lo demás, procedía con sencillez y
no rehusaba bendecir a Dios en sus obras. Así, gustaba de tocar los
frutos, el melocotón en particular admirando su piel velluda;
igualmente, de distinguir, unos de otros, los perfumes de las
flores. Pero si hubiese sentido un placer natural, aun en estas
cosas inocentes, ella se hubiera privado en seguida, lo cual hacía
fielmente, puesto que en el momento de morir no tenía que
reprocharse en su vida sino el haberse permitido, una vez y por un
instante, el placer de respirar un frasco de agua de Colonia que le
habían dado en un viaje.
INSTRUMENTOS DE PENITENCIA
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Antes de su entrada en el Carmelo, Teresa se desvió
deliberadamente de esta forma de mortificación. Ya religiosa, fue
muy fiel a las ordenaciones de la Regla, y, en cuanto se le
permitió, llevó los instrumentos de penitencia supererogatoria
usados en el monasterio. Por mi parte, habiendo experimentado que
cuando se lleva esta clase de objetos se evitan instintivamente
muchos movimientos dolorosos, y que para la disciplina se atiesa una
de suerte que se sufra menos, le revelé a mi virtuosa Hermanita mi
experiencia, y ella exclamó:
«¡Ah! ¡A mí no me pasa eso! Juzgo que no vale la pena hacer las
cosas a medias. Yo tomo la disciplina para hacerme daño, y deseo
hacerme lo más posible». Me confesó que, a veces, le venían las
lágrimas a los ojos, pero que se esforzaba por sonreír, a fin de no
manifestar en su rostro la huella de los sentimientos de su corazón,
gozosa de sufrir en unión con su Amado, para salvarle almas.
Sin embargo, había ella notado que las religiosas más inclinadas
a las austeridades sangrientas no eran las más perfectas, y que aun
el amor propio parecía encontrar un alimento en las penitencias
corporales excesivas. Esto contribuyó no poco a mostrarle el peligro
que en ellas había
(Nota
11).
Nos decía que todas las penitencias corporales no eran nada
comparadas con la caridad.
*
49
Durante su noviciado -lo supe en los últimos
meses de su vida- una de nuestras Hermanas, habiendo
querido hacerle el favor de sujetarle el escapulario por
la espalda, le atravesó por descuido la epidermis con su
gran alfiler, sufrimiento que ella soportó durante
varias horas con alegría.