Tentaciones
contra la fe
2
No
hablaba a nadie acerca de la gran prueba de sus
tentaciones contra la fe, que volvió tan
sombrío el cielo de su alma durante los dieciocho
últimos meses de su vida.
Me dijo que sólo se había confiado al
Revrendo Padre Godofredo Madelaine, el cual le
había aconsejado copiar el Credo y llevarlo
sobre su corazón, lo que ella hizo al instante.
Hasta lo escribió con su sangre.
Sabía yo que ella hubiera querido confiarme
todas sus penas; le parecía que este desahogo la
hubiera consolado, pero temía hacerme participar
de sus dudas, y prefirió soportarlas enteramente
sola.
Cuando le hacía preguntas acerca de su prueba
interior, se contentaba con mirarme con sus ojos
profundos, diciéndome: «¡Si supierais!
... ¡Oh, si pasaseis sólo cinco minutos por
las tentaciones que sufro!».
3
A veces,
parecía dejar escapar su doloroso secreto, y en
medio de una conversación del todo ajena a este
asunto me decía con un tono de voz angustiado:
«¿Pero, hay un cielo?... Habladme del
cielo...». Yo trataba entonces de decirle toda clase
de cosas hermosas sobre el cielo y sobre Dios; hubiera
querido desahogarme con ella, pero, ¡ay!, mis
palabras no hallaban eco.
A veces me veía interrumpida por un
«¡Ah!» desolado; pero casi siempre era
necesario cambiar de conversación, pues mis
propósitos parecían aumentar su tormento.
Sufría mucho viéndola en esta
prueba.
Mi querida Teresita, ante mis esfuerzos impotentes,
me decía que pidiese por ella; luego ya nada se
traslucía al exterior. Triunfaba de sus
tentaciones haciendo frecuentes actos de fe y componiendo
sus poesías, que eran el eco de un alma abrasada
de amor.
Hermoso
sueño y verdadero ánimo
4
Como
nuestro Padre San Juan de la Cruz ella vivía1a
«con arrimo y sin arrimo» (Nota
1)
Yo, que no saboreaba, al menos en la práctica,
estas máximas austeras, estaba admirada de las
ruinas que amontonaban en mi alma, por la
destrucción que obraba en mi «yo» la
formación religiosa, y echaba de menos las
impresiones vivas y ardientes sentidas en otro
tiempo.
«En el mundo, le dije, me enardecía,
sentía palpitar mi corazón de celo, era
emprendedora. ¡Por la gloria de Dios hubiera ido
hasta el fin del mundo, no hubiera temido a las fieras;
mientras que al presente todas estas impresiones vivas
están apagadas, y no me siento con ánimo
para nada!
- Eso, me respondió, era la juventud. El
verdadero ánimo no está en ese ardor de un
momento que empuja a la conquista de las almas al precio
de todos los peligros imaginables, los cuales no
añaden sino un encanto más a ese hermoso
sueño; está en quererlo con angustia del
corazón y al mismo tiempo en rechazarlo, por
decirlo así, como Nuestro Señor en el
Huerto de los
Olivos».
Las
cruces del mundo y las cruces de la vida
religiosa
5
«Se
piensa comúnmente en el mundo, me dijo, que no
tenemos nada que sufrir, o que, a lo sumo, se trata de
sufrimientos pueriles, y se dice:
«¡Enhorabuena! ¡Las cruces que se
encuentran en el mundo son las únicas que Se
pueden llamar cruces!»
»Es verdad que en el mundo hay cruces muy
grandes y muy pesadas... Las de la vida religiosa son
alfilerazos cotidianos; la lucha se desarrolla en un
terreno completamente distinto. Hay que combatirse a
sí mismo, hay que destruirse a sí
mismo: aquí es donde se consiguen las
verdaderas victorias. ¡Cuántos hay que vienen
del mundo al claustro después de haber perdido a
los padres, a los hijos, cuyo ánimo varonil y
fortaleza de alma causan admiración, y que luego
frente a la cruz de la vida religiosa se hallan con
frecuencia desanimados! Yo misma he comprobado
aquí que las naturalezas más fuertes en
apariencia son las que más fácilmente se
abaten en estas cosas pequeñas: ¡tan verdad
es que la mayor de las victorias es la de vencerse a
sí mismo!
- ¡Oh, sí, contesté yo, el
renunciamiento en las cosas pequeñas es demasiado
difícil! ¡Yo no llegaré nunca a
conseguirlo! Tomo buenas resoluciones, veo claramente lo
que tengo que hacer; luego, a la primera ocasión,
me dejo vencer, es más fuerte que yo.
- Os desconcertáis tan fácilmente
porque no suavizáis de antemano vuestro
corazón. Cuando estáis irritada contra
alguien, el medio de encontrar la paz es rogar por esa
persona y pedir a Dios que la recompense por haceros
sufrir. Acontece, sin embargo, que a pesar de todos sus
esfuerzos Dios permite algunas debilidades en ciertas
almas, pues les sería muy perjudicial tener una
virtud sentida, es decir, creer poseerla y que los
demás se la reconociesen».
*
6
En cuanto
a nuestra vida de clausura sin ningún apostolado
activo, ella juzgaba que lo más duro para la
naturaleza es trabajar sin ver nunca el fruto del propio
trabajo, trabajar sin aliciente, sin distracciones de
ninguna clase; que el trabajo más penoso de todos
es el que se emprende sobre sí mismo, para llegar
a vencerse.
«...Tus
obras no se ven»
7
He
aquí un ejemplo de las «cruces» que se
encuentran en la vida religiosa:
Durante mi postulantado fui puesta en la
ropería (Nota
2),
con la encomienda de desempeñar algunos servicios
en la enfermería. Pero desde mi entrada se me
pidieron trabajos enteramente distintos de aquellos para
los que «se me esperaba».
Tuve que pintar un medallón sobre una casulla,
luego una multitud de pequeños objetos que las
Hermanas me traían para embellecerlos con miras a
la fiesta de Santa Inés, onomástico de
nuestra Madre.
Como quien me mandaba todo esto era mi primera de
oficio, lo hacía dócilmente, y, sin
embargo, hubiera preferido coser.
Pero luego, dándose cuenta esta religiosa de
que el trabajo de la ropería se retrasaba, se
quejó, lo cual me causó grandes penas, que
yo confiaba a mi Teresa.
La noche de Navidad hallé en mi zapato una
poesía, que ella me dirigía bajo el nombre
de la Santísima Virgen (yo me llamaba entonces
María de la Santa Faz); he aquí un
fragmento:
- No Le
inquiete la labor
- que has de
cumplir cada día,
- tu solo
quehacer, María,
- en la vida
es el amor.
-
- Puedes
decir a quien diga
- «que
tus obras no se ven»:
- amo mucho,
y en la vida
- el amor es
mi quehacer.
Mi querida Hermanita hizo esta poesía de
propia iniciativa, sin que mediase petición de
parte mía. Deseaba animarme, consolarme, y lo
consiguió
perfectamente.
A
propósito del sufrimiento
8
«Yo
tenía, me dijo, una capacidad muy grande para
sufrir y muy reducida para gozar: no podía
soportar el gozo. Por eso, el gozo me quitaba enteramente
el apetito, mientras que los días en que
sufría mucho comía por cuatro: ¡al
revés de todo el mundo!».
Aunque deseaba el martirio, Sor Teresa no buscaba el
sufrimiento por el sufrimiento; lo amaba porque era para
ella un medio de probar a Jesús su amor, de la
misma manera que nuestro Señor deseaba el bautismo
de sangre para mostrarnos el suyo, aunque al mismo tiempo
lo temía según su naturaleza humana.
Además, cuando ella expresa a Dios su deseo de
sufrir mucho por Él, siempre subordina su
oración a los designios de la Providencia sobre
ella. Y aun al final de su vida, esta disposición
de abandono total al beneplácito divino
ejerció en su alma una influencia tan
predominante, que la hacía exclamar: «No
deseo ni el sufrimiento ni la muerte, y sin embargo, los
amo a los dos. Hoy por hoy, sólo me guía el
abandono total; ya no sé pedir nada con ardor,
excepto el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios
sobre mi alma».
No
pedir consuelos
9
Su
mortificación interior era tan grande, que nunca
pidió a Dios el menor consuelo. He aquí un
episodio, que dió origen a la lección que
ella me enseñó a este
propósito:
En los comienzos de mi vida religiosa, yo luchaba;
sufría muchas derrotas, conseguía pocas
victorias, y el desaliento estaba a la orden del
día. Los consejos, tan sabios, de mi Hermanita me
penetraban profundamente el alma; pero cuanto más
los saboreaba, tanto más sufría por no
poder llevarlos a la práctica. Me decía a
mí misma: «No, nunca tendré la fuerza
para llegar hasta el fin; prefiero tener menos en el
Paraíso, no puedo adelantar».
Estando en esta perplejidad, me dirigí a la
Santísima Virgen, suplicándole, me diese.
un pequeño consuelo o bien un sueño. Fui
escuchada.
Mientras
dormía me vi en el patio, llorando mucho. Con el
corazón oprimido por la angustia, levanté
los ojos: una inmensidad de cielo me rodeaba.
Había en él algunas nubecillas y, entre
ellas, coronas entrelazadas: eran como nimbos rematados
por una estrella. Había miles, cantidades
innumerables, y a medida que las nubecillas se apartaban,
yo descubría otras más. Me quedé
jadeante, mis lágrimas se secaron, y veía
que el horizonte estaba todo rojo, rojo de sangre, y
aquel rojo era cada vez más subido.
Entonces comprendí que no debía
trabajar para mí, sino que era necesario trabajar
para complacer a Dios y salvarle almas; ganar, sí,
el Paraíso, pero para los pecadores. Y puesto que
una madre da a luz con dolor, era necesario que yo
sufriese mucho para engendrar muchas almas.
Como mi corazón se abriera y dilatara ante la
belleza de mi misión, me desperté y, toda
feliz, conté este sueño alentador a nuestra
querida Maestra. Ella me dijo con viveza: «¡Ah!
¡He ahí una cosa que yo nunca hubiera hecho!
...; ¡pedir consuelos! Puesto que os queréis
parecer a mi, ya sabéis que yo digo:
¡Oh! No temáis, Señor, que yo os
despierte. Yo espero en paz el Reino de los cielos»
(Nota
3)
«¡Es tan dulce servir a Dios en la noche de
la prueba! ¡No tenemos más que esta vida para
vivir de fe! ...».
«Sin
duda, dormía»
10
Durante
su última enfermedad, ella misma estaba muy lejos
de ser llevada por el camino de los consuelos.
Después de una de sus comuniones, nos
dijo:
«Es como si hubieran puesto a dos niños
juntos, y los niños no se dijesen nada; no
obstante, yo he dicho alguna palabrita a Jesús,
pero él no me ha respondido: ¡sin duda
dormía!».
No
hacerse compadecer
11
Un
día de colada, me quejaba de estar más
fatigada que las otras, pues, además del trabajo
común, había realizado una labor que se
ignoraba. Ella me contestó: «Quisiera veros
siempre como un soldado valiente que no se queja de sus
penalidades, que llama a. sus heridas rasguños,
que está continuamente dispuesto a aliviar a los
demás y a juzgar muy graves sus más
pequeños males».
Me hizo confesar, a continuación, que yo
sentía mi cansancio tanto más cuanto
más las otras lo ignoraban. «¿Por
qué no tenemos valor? ¡Porque no somos
comprendidas! Sí se le dijera a una Hermana:
«Estáis fatigada, id a descansar», en
seguida se sentiría menos fatigada... Es portarse
a lo vulgar querer que cuando nos sentimos mal los
demás lo sepan. La beata Margarita María,
habiendo tenido dos panadizos, juzgaba que sólo le
había hecho sufrir el primero, pues el segundo, no
habiendo podido quedar oculto, había sido objeto
de la compasión de las Hermanas».
«Si os compadecen, será un consuelo. Si
no os compadecen, ¡alegraos de ello! En vuestro
lugar yo preferiría esto último, y me
complacería en ello. Todo o nada: o
compasión cuando vuestro dolor lo merezca, o un
gran olvido, y para que sea más grande
¡cooperad a él! ... Haced resaltar las penas
de las otras, los títulos que tienen para ser
compadecidas, consoladas más que
vos...».
Domingos
y días de fiesta
12
Le
hacía observar también que ocupaciones
imprevistas me impedían aprovecharme del tiempo
libre de los domingos y días de fiesta. Ella me
respondió: «¿Sabéis cuáles
son mis domingos y días de fiesta?...
Aquéllos en los que más probada
soy».
DUEÑA
DE SI MISMA
13
Sor
Teresa juzgaba las cosas con verdad. No se excitaba.
Estábamos seguras de hallar en ella un consejo
prudente y ponderado. Nada precipitada en su conducta,
tenía un dominio de si misma muy
notable.
Nos aconsejaba que no la confiásemos nunca una
pena, una tentación, mientras estuviésemos
todavía agitadas. Si no teníamos la fuerza
de esperar, nos escuchaba, no obstante, pero nos
decía: «No contéis, ni aun a nuestra
Madre, una dificultad con el fin de que cese aquello de
que os quejáis; sino abriros por deber, con
desasimiento de corazón. Mientras no
sintáis este desasimiento, mientras haya en
vosotras aunque no sea más que una chispa de
pasión, es más perfecto callarse y esperar
a que se tranquilice vuestra alma; de lo contrario la
conversación no hará más que enconar
las cosas».
*
14
Nada la
podía irritar o descomponer. Las amenazas de
persecución, los cataclismos de aquí abajo
hacían que sus cantos subiesen más alto. La
paz y la tranquilidad se reflejaban en su rostro en todo
momento y quería ver en sus novicias la misma
serenidad, no permitiendo, por ejemplo, que
frunciésemos el ceño, lo cual es indicio de
alguna preocupación.
*
15
Un
día, en la fiesta de nuestra Madre Priora, estando
Sor Teresa del Niño Jesús representando a
Juana de Arco sobre la pira, poco faltó para que
se quemase a causa de una imprudencia. Pero a una orden
de nuestra Madre de que no se moviese del sitio, mientras
se esforzaban en apagar las llamas que crepitaban a sus
pies, ella permaneció tranquila en medio del
peligro, ofreciendo su vida a Dios, como más tarde
nos confidenció.
*
16
Cuando
sobrevenía algún accidente, ella reparaba
los estragos con una tranquilidad perfecta. Poco
después de mi entrada en el Carmelo me
aconteció derramar todo un tintero sobre la blanca
pared de nuestra celda y sobre el entarimado:
acudí a ella fuera de mí: «Venid en
seguida, le dije. -¡Para ayudarme, según me
parecía, hubiera sido necesario volar!
Ella, siempre dueña de sí misma, a
duras penas pudo mantener su porte serio. Es verdad que
mi aspecto era lastimoso, a lo que se
añadía aún el gran velo de
crespón que pendía de mi gorro de
postulante. Mirándome, mientras sonreía, me
dijo con dulzura:
«No tengáis pena, en seguida vamos a
reparar el desastre; vuestro velo me representa ese lago
de tinta de que me habláis, pero vamos a hacer que
desaparezca». Y cogiendo tranquilamente los
utensilios necesarios, reparó, en efecto, muy
pronto la desgracia, aunque sin darse prisa. Y yo,
estupefacta, admiraba aquella su calma, que la
impedía desconcertarse ante los contratiempos de
la vida.
Sentía pena, sin embargo, cuando le
acontecía cometer una falta contra la pobreza
rompiendo un objeto cualquiera.
17
El mismo
año de su muerte -el 2 de febrero de 1897-, siendo
servidora en el refectorio, rompió uno de los
cristales de la ventanilla de servicio con la esquina de
la tabla de servir. Como estaba ya muy enferma, no pudo
disimular con bastante prontitud su agitación, y
la vi llorar.
Después de la comida de la Comunidad, mientras
la ayudaba a reunir los restos del cristal, quise
consolarla, pero me dijo: «Había pedido a
Dios tener hoy una gran pena que ofrecerle en honor de mi
hermanito Teófano Vénard, de cuyo martirio
es hoy el aniversario: ¡Pues bien, hela aquí!
Yo no la hubiera escogido, pues es una falta contra la
pobreza; pero ha sido involuntaria: se la presento a Dios
como un sacrificio de agradable
olor».
INSTRUMENTOS
DE DIOS
18
Puesto
que mi querida Teresita era mi ideal, y yo me abrasaba en
el deseo de imitarla, se lo manifestaba muchas veces. A
cada temor que yo le comunicaba ella oponía
respuestas que volvían mi alma a la verdad, pues
yo era inclinada a estimar lo que brilla.
«Ya veis, le dije yo, que Dios os ama
particularmente, pues os pone en primera fila
(Nota
4)
y permite que seáis estimada y amada de las
criaturas; ¡porque no podéis negar que cada
una de nosotras, en la Comunidad, os busca y os
ama!
- Eso no me añade nada, me respondió, y
no soy, realmente, más de lo que Dios piensa de
mí. En cuanto a amarme más porque me pone
en primera fila y permite que sea su intérprete
cerca de unas pocas novicias, me parece que es todo lo
contrario. Dios me constituye en sierva de ellas. Para
vosotras, no para mi, ha puesto Dios en mí
encantos de virtud exterior.
19
»Me
comparo muchas veces a una pequeña escudilla de
leche: todos los gatitos van a beber en ella y hasta
disputan, a veces, a quién le tocará
más; ¡pero allá en el fondo, apartado,
el Niño Jesús vigila! «Me gusta que
bebáis en mi escudilla, dice, pero voy a vigilar
para que no la volquéis». En efecto,
él cuida de eso. Por lo demás, seria
difícil quebrarla, pues está en el suelo...
También las prioras están llenas de gracias
para las otras, pero están sobre una mesa, hay
más peligro: ¡el honor es siempre peligroso!
Dios pone, a medida que lo necesitáis, leche en su
pequeña escudilla, ¡y vosotras decís
que es para mi más que para vosotras! ¡Pero
no soy yo quien se aprovecha, sino vosotras!
- Si, pero es señal de que pone en vos su
confianza. Estáis colocada en un puesto de honor,
estando en un puesto de abnegación. ¡Dios
está seguro de vos!
- ¡Ah, no sabéis lo que decís!
Humanamente hablando, los más privilegiados son
los que Dios se reserva para sí solo. Por ejemplo:
El tiene dos vasitos de incienso; se reserva uno para
sí y hace exhalar el perfume del otro ante las
criaturas: ¿cuál de los dos es más
privilegiado?
20
»El
tiene graciosas cestitas: unas, las guarda en el
almacén; otras, las pone en el escaparate para
atraer a los que pasan. A éstas, les ata unas
cintas de color rosa y azul para que parezcan más
bonitas, pero esto no añade nada a su
intrínseco valor de cestas, y las que están
en los armarios del almacén son tan bonitas, y
aún más, pues casi se necesita un milagro
de su gracia para que las cestitas que él pone en
el escaparate conserven su frescura. ¡Y he
aquí que vos envidiáis a
éstas!
- ¡Ah! No envidio eso en sí mismo, sino
porque vos lo tenéis.
- Bien. Si yo fuese favorecida con gracias
extraordinarias, no podríais, no obstante,
desearlas, porque sería una falta venial»
(Nota
5)
21
Entonces
yo asumí una expresión de tristeza y
enrojecí al contestar: «Me costaría
mucho privarme de ese deseo... Confieso que esto es una
niñería. La prueba está en que si yo
recibiese gracias extraordinarias y vos no las tuvieseis,
desearía no tenerlas: tanta es la confianza que
tengo en el camino por donde os lleva Dios.
- Un alma, replicó ella, no es santa porque
Dios la tome como instrumento. Es como si un artista
cogiese tal o cual pincel. ¿Por qué coge a
éste, mientras al otro lo deja a un lado? No es
menos pincel que el otro, y tal vez es mejor. En todo
caso, el ser empleado por el maestro no le añade
nada al primero.
- ¿Qué es, pues, lo que vale?
- Reconocer esta verdad, no atribuirse nada, no
juzgar más grande esto o aquello, referirlo todo a
Dios. (Nota
6)
22
»Del
mismo modo que una llama pequeña, débil y
temblorosa, puede provocar un gran incendio, así
Dios se sirve de quien quiere para extender su reino. Un
libro ordinario, y aun profano, puede servir para ello.
No hay por qué, pues, enorgullecerse cuándo
somos tomados como instrumentos. Dios no tiene necesidad
de nadie».
Sin embargo, yo insistía
aún:
«Las luces me vienen por vos, le decía yo
por centésima vez, mientras que a vos, Dios os
habla directamente.
- Eso no es una señal de predilección
hacia mí, al contrario. Nuestro Señor, como
os digo, me constituye en siervecita vuestra. El me dice
tal o cual cosa expresamente para vosotras. Yo
debería, antes bien, sentir mi inferioridad en
esta circunstancia. Dios, en efecto, nos habla a
través de los libros, a través de las cosas
exteriores; se sirve muchas veces de objetos materiales;
pues bien: todo eso está a nuestro servicio. De la
misma manera, lo que nos viene a través de ciertos
Santos es mucho más para nosotros que para su
gloria propia. Dios les exalta para nosotros.
También ellos son nuestros servidores. Si, en
verdad: «Todo es nuestro, todo es para
nosotros» (Nota
7)
SANTIDAD
Y GLORIA
23
«Hay
Santos a quienes conocemos porque están más
cerca de nosotros, pero nada prueba que sean los
más grandes. De igual modo, juzgamos a las
estrellas según su distancia, pero su verdadera
belleza sólo Dios la conoce. Algunas, que nos
parecen pequeñitas, o que no vemos en modo alguno,
son incomparablemente más bellas que las que
llamamos «de primera magnitud».
24
»En
la tierra no se puede saber... Muchas veces, a medida que
las almas suben, pierden la estima de los que las rodean.
De igual modo que un globo, elevándose en los
aires, parece cada vez más pequeño,
así la santidad más sublime es a veces
menospreciada. Sabiendo esto, «¿haremos caso
de la gloria que los unos reciben de los otros?»
(Juan 5, 44)
25
»Nada
nos asegura que los Santos canonizados sean los
más grandes. Dios les ha puesto de relieve para su
gloria y para nuestra edificación, más que
para ellos mismos. He leído esto: el amor que los
Santos se tendrán los unos a los otros en la
eternidad no se medirá según su respectiva
grandeza y elevación en la gloria, sino que
habrá simpatías entre ellos. Podremos amar
a almas pequeñitas con un afecto mucho más
grande que a otras almas mucho más santas. Este
pensamiento me ha encantado siempre.
26
»¿Creéis que los santos canonizados son
los más amados sobre la tierra? ¡Ah!,
¿quién ama desinteresadamente en la tierra?
¿Qué santo es amado por sí mismo? Se
le alaba, se escribe su vida, se le preparan fiestas
magníficas, hay solemnidades religiosas.
«Echemos el resto», y veamos a esas personas
agitarse alrededor de una colgadura, contrariarse porque
no todas las cosas salen bien, o alegrarse porque nada
sale en contra de su voluntad. Se grita, se
tumultúa en el ardor de los preparativos... Luego
se habla del órgano, de los sermones... Y ¿el
Santo? ¡Ah! Prefiero permanecer escondida a tener
una media gloria. Sólo de Dios espero la alabanza
que merezco.
27
»Los
Santos no son santos porque se les reconozca por tales,
ni son más grandes porque se haya escrito su
Vida. ¿Quién sabe si no es a otro
santo -desconocido- a quien debemos el bien hecho con tal
obra, sea que él la haya inspirado, dirigido, o
que haya dispuesto a las almas para gustarla?
¡Cuántas cosas se verán más
tarde! Pienso a veces si no seré yo, tal vez, el
fruto de los deseos de alguna alma pequeña, a la
que deberé todo lo que poseo...
28
«Luego
la gloria para Dios sólo; nosotros no debemos
desear más que una cosa; que esa gloria se
realice, y estar igualmente contentos de que se realice o
por nuestro medio o por medio de los otros.
¡Qué ilusión juzgar a los Santos
según lo que se piensa de ellos!
¡Cuántas santas carmelitas han tenido
circulares (Nota
8)
mal
escritas y, por eso, no han recibido honor alguno,
mientras que otras, de virtud muy ordinaria, han parecido
encantadoras porque su Madre Priora sabía manejar
la pluma!
29
»No
puedo, verdaderamente, desear una gloria que pende de un
cabello: ¡es una lotería! Y si los Santos
volviesen a la tierra a decirnos lo que piensan acerca de
lo que de ellos se ha escrito, quedaríamos muy
sorprendidos... Sin duda, confesarían que no se
reconocen en el retrato que se ha trazado de su alma...
(Nota
9)
30
»¿De
quién somos perfectamente conocidos en la tierra y
de quién perfectamente amados?
»Por mi parte no deseo ser amada más que
en el cielo. Mi alegría consiste en pensar que
allí todos me amarán, aun los que menos me
amaron en este mundo... Me parece que el amor que darnos
a los Santos en la tierra es más para nosotros que
para ellos, pues . somos nosotros quienes
recogemos el bien, somos nosotros quienes nos
aprovechamos.
31
»Todo puede ser igualmente apreciado aquí
abajo... En una «Vida», se alaba a un Santo
porque estuvo exento de las tentaciones de la carne; en
otra, se alabará al Santo porque venció
esas mismas tentaciones... ¿Dónde está
la gloria? ¿Qué es lo verdadero, puesto que
de cualquier lado que uno se vuelva todo es digno de
elogio?...
32
»La gloria humana es pura nada. Los artistas, por
ejemplo, se la disputan entre sí. E1 resto del
mundo, totalmente ignorante de sus obras, no se ocupa de
ellos para nada. No tienen, pues, más que un
reducido número de admiradores; en su locura,
están contentos. Lo mismo sucede con la gloria
exterior aneja a la santidad: no habrá nunca
más que un reducido número de personas que
la admirarán, que amarán a tal o cual
santo, que leerán su «Vida».
33
»Todo
está sujeto a la envidia. Desde la infancia
aparece su germen. San Agustín cuenta la historia
de dos niñitos que tenían la misma nodriza:
cuando uno veía que llegaba el turno a su
hermanito, lanzaba gritos de rabia y se revolvía
con cólera. Sin embargo, no hubiera sido capaz de
tomar una gota más de leche.
34
»Por
mi parte, confieso que nunca he buscado la gloria. El
desprecio tenía para mi corazón
algún atractivo, pero reconociendo que esto era
aún demasiado glorioso, me resolví
apasionadamente por el olvido».
35
Me dijo,
no obstante, que al igual que yo, ella estaba
entusiasmada por lo bello, por lo sublime, por lo
perfecto, y que había probado ese cierto
sentimiento de destierro, esa tristeza que se siente
cuando uno se cree inferior o menos privilegiado que
otros a quienes oímos alabar.
Le pregunté cómo había combatido
esta impresión.
«La he soportado, me contestó
humildemente, y me he aplicado a amar mi inferioridad...:
así, ella ha llegado a hacérseme tan dulce
como todo lo
demás».
DESEO
DE LA MUERTE
36
Sor
Teresa tuvo siempre la intuición de que su vida
sería corta, lo cual le hizo despreciar todas las
cosas perecederas.
Cuando quería comprobar si su grado de amor de
Dios se mantenía siempre igual, se preguntaba si
la muerte seguía teniendo para ella el mismo
atractivo. Una jornada demasiado próspera, una
viva alegría, le eran penosas, porque
tendían a debilitar su deseo de la
muerte.
*
«¿Por qué me ha de causar miedo la
muerte?, me dijo; nunca he obrado sino para Dios». Y
como se le hiciese esta reflexión:
«¿Moriréis, tal vez, el día de
tal fiesta?...», ella respondió: «No
tengo necesidad de un día de fiesta para morir: el
día de mi muerte será para mí el
más grande de todos los días de
fiesta».
FELICIDAD
Y RECOMPENSA CELESTIALES
37
Para
asegurarme acerca de la felicidad inalterada del cielo,
me decía y me repetía: que Dios
sabría disponer tan bien todas las cosas, que no
tendríamos nada que envidiarnos los unos a los
otros.
A fin de comunicarnos esta convicción, ella se
apoyaba en los hechos más menudos que
ocurrían a su alrededor.
Viéndome arreglar las flores artificiales
combinándolas de manera que pudiese sacar partido
aun de las más pequeñas para mejorar a las
más marchitas, de tal modo, que una vez terminado
el ramillete, no se reconocía en él a
aquél cuyo arreglo me habían confiado, me
dijo que esto le suministraba un ejemplo sorprendente de
lo que haría Dios cuando nos pusiese de relieve
después. de haber hecho desaparecer todas nuestras
miserias. Se verá entonces al más grande de
los Santos puesto de relieve por el más
pequeño, y al más pequeño se le
verá muy grande por la proyección de gloria
que le dará el mayor.
38
El
Evangelio de los obreros de la última hora,
pagados lo mismo que los que habían soportado el
peso de la jornada (Mateo 20, 1-16), la encantaba:
«Mirad, nos decía: si ponemos toda nuestra
confianza en Dios, haciendo los pequeños esfuerzos
posibles y esperándolo todo de su misericordia,
recibiremos tanto como los grandes
Santos».
39
Habiéndome
dado una de mis amigas una muñeca, se la
ofrecí a nuestra Madre el día de su santo;
y mientras las demás Hermanas aportaban cosas
magníficas, mi modesto regalo causó mayor
placer que todo lo demás.
A propósito de esto, nuestra querida Hermanita
me dijo: «Así obrarán los Santos con
nosotras: ellos son nuestros hermanos mayores, nos
harán regalos y nos hallaremos
ricas...
»Las Hermanas que han confeccionado cofrecitos
espléndidos, objetos de valor y de paciencia me
representan a los Santos que han realizado obras y dejado
escritos admirables. Y sin embargo, vuestra
muñequita ha llamado la atención... ¡y
eso que era un juguetito que se os había
dado! ¡No era obra
vuestra!».