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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(índice)
Contemplación y
silencio
El peregrino del silencio,
para poder avanzar con alegría, sin prisas
inquietantes y sin pausas adormecedoras, debe abandonar al
lado del camino las propias evidencias y, con ellas, la
tentación por la eficacia.
Hay expresiones comunes entre
los orantes que deberían desterrarse. Por ejemplo
"hacer oración". ¿Es que la oración se
hace, o se fabrica a base de pensamientos, palabras o
actitudes? ¿Es que la oración la puedes hacer
tú?
Yo diría, más
bien, que la oración se vive o, en todo caso, se
recibe como un don.
Nuestra actitud orante
tendrá que estar definida por la donación, la
entrega, la expresión de amor y también la
escucha, la espera, la mirada y la
atención.
¡Qué poco sabemos
de Dios! Sí, sabemos poco porque hacemos "nuestra"
oración. Hablamos y no escuchamos. Decimos y no
miramos. Buscamos darnos y no esperamos.
Ante el misterio de amor que
es Dios, al peregrino contemplativo sólo le cabe
abandonarse en un gran silencio, a la espera de la palabra.
Es el camino del silencio prolongado, lento, lleno de amor y
entrega y, también, lleno de la paz de quien tiene
bastante con estar amando, mirar gozando, y suplicar
esperando.
Señor: te amo, te
espero, te ansío, te busco, te espero. Ven,
Señor, ven. Maran atá.
Tienes las puestas de mi vida
abiertas de par en par. Llénalas de luz y de amor.
Todo es tuyo, solo tuyo. Quiero ser un solo "todo en
ti".
Llega un momento en la vida
del orante en que descubre que el mismo silencio elocuente
de su alma abandonada y entregada, abierta plenamente al
amor, es ya, en sí misma, oración.
Sí, amigo peregrino: no
lo dudes. Tu silencio es tu mejor oración. No hagas
"tu" oración. Prepárate, abandónate y
espera, calla. Dios hace en ti la oración. Así
estás haciendo camino para conocer a Dios.
Es esta una etapa de la vida
contemplativa a la que se accede después de un largo
y lento proceso de purificación de la propia vida y
oración. El peregrino del silencio llega a ella a
base de esfuerzo pero, sobre todo, gracias a la
conducción del mismo Espíritu Santo, a la obra
de su gracia, porque es Él quien, en verdad, hace el
camino en el orante.
Por este motivo, el peregrino
del silencio descubre que aprender a orar es aceptar la
pobreza de callar y sentir el silencio. Es éste
un silencio que, a la larga, resulta elocuente.
En nuestra oración no
somos escuchados porque hablamos mucho, sino por la pureza
de nuestro corazón y el fervor de nuestro
deseo.
San Agustín dice que
hay que desconfiar de las largas súplicas que cansan
la atención. Son conocidas sus precisas palabras:
"Una cosa es un largo discurso y, otra, un largo
amor".
El peregrino del silencio
busca vivir en una comunión continua, intensa e
ininterrumpida con el Señor. Porque la
contemplación no tiene su inicio en una necesidad
nuestra, sino que empieza en la experiencia de la presencia
y del amor del Padre en nuestra propia vida.
La respuesta del peregrino a
esta presencia de amor no consiste tanto en palabras sino,
más bien, en una actitud interior de
admiración, alabanza, acción de gracias,
súplica y, sobre todo, amor, un amor continuado,
silencioso, plasmado en los gestos concretos y sencillos de
nuestra vida.
Hay quien dice que la
oración contemplativa exige una cierta
desconexión de la vida. Nada más lejos de ser
exacto. La plegaria contemplativa es aquélla
oración silenciosa, pero intensa, que hacemos con
nuestra misma vida. O aquel encuentro contemplativo que
vivimos desde nuestra entrega concreta en la ruta de todo el
día.
A partir de esta experiencia,
el peregrino del silencio percibe la unidad entre su vida
concreta diaria y su oración. Es en ese todo donde
hace su ruta. Es este su camino.
Busca, por ello, un estilo de
vida que sea el ambiente adecuado para su
peregrinación. Todo, absolutamente todo,
servirá para vivir en unión con el Padre
revelado por Jesucristo y acoger la presencia y el amor del
Padre en la fe.
El peregrino de la
contemplación cuando ora intenta responder con la
vida y con el amor a la llamada de la fe. Es una
invitación de la gracia, es el mismo Espíritu
Santo quien mueve el corazón a decir, con toda la
fuerza: "¡Padre, Padre, Señor
Jesús!".
Entonces, el silencio es quien
guía al peregrino hacia una oración que es
mirada viva y penetrante, propia de aquéllos que
viven en profundidad. Porque la contemplación es la
mirada directa, silenciosa, limpia, que dirigimos a Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la mirada de amor,
que no es nuestra, la que nos conduce a la fiesta de
comunión que es la Trinidad.
El peregrino del silencio vive
consciente de la inhabitación trinitaria. La Trinidad
está en él y él está en la
Trinidad. No es un camino suyo, es de Dios.
¿Sabes, peregrino del
silencio, que haces un camino que no es tuyo?. Tu pones tu
pobreza, tu deseo y tu silencio. Dios pone el resto. Orar
será para ti dejar crecer la oración en tu
vida. El don del Espíritu en ti.
Es el silencio vivo de la
presencia y del amor de Dios el que alienta la vida y el
andar del peregrino del silencio. Su respuesta estará
en los gestos y en la actitud concreta en la vida. A partir
de estos presupuestos podremos decir que el mismo silencio
del peregrino ya es oración, porque para él
orar es vivir el don del silencio.
"Que la tierra de mi alma
calle en tu presencia, Señor, porque las palabras que
tú pronuncias solo pueden ser oídas desde un
profundo silencio".
Por esto, orar es un modo de
vivir en el cual Dios, día tras día, va
tomando más la iniciativa. Él se hace presente
con su amor y el peregrino vive una respuesta concreta, pero
silenciosa, a este amor. Él conduce, el peregrino se
deja llevar.
Es también una manera
irreversible de vivir todas las realidades con un
único objetivo en el fondo: ser fiel al obrar de
Cristo que se entrega al Padre; escuchar su oración y
dejarla hacer en la propia alma. Orar es, entonces, dejarte
poseer por Cristo, hacer un camino de identificación
con Cristo, de vida concorde con su palabra.
Orar es vivir atento,
disponible, abierto para ver y ser visto por Dios, libre
para oír y ser oído por él, anclado en
la realidad de la vida para poder responder con realismo; es
una vida en actitud de respuesta a Dios, escucha amorosa de
su palabra y de sus constantes invitaciones al amor;
adoración de su presencia real en la
Eucaristía; atención a su amor expresado y
manifestado en la vida de los hombres.
Orar es vivir en constante
acción de gracias y alabanza, agradecida
receptividad, simplicidad silenciosa y maravillada ante el
don de poder vivir en Él, ante la gracia
extraordinaria de poder ser de Él, del
Señor.
Esta oración se
traducirá en la vida en optimismo, alegría,
amabilidad, esperanza, capacidad de acogida y dulzura con
los hermanos.
Vida interiormente unificada y
centrada en Dios, llena de silencio, que es camino de
comunión con Dios, con los hermanos, con la
naturaleza, con la vida. Vida que recoge y asume los anhelos
de esperanza que laten en la propia existencia y en el
camino de todos los hombres para mostrarlos al Padre y vivir
en actitud de espera ante la silenciosa novedad que nos
libera. Limpiar incesantemente el corazón. Vida de
transparencia ante la mirada de amor del Padre.
Mientras tanto, el peregrino
hace de toda su vida un gesto de amor, servicio y entrega a
los hermanos.
Orar es perderse en gratuidad
ante el rostro de Cristo, el Hijo amado del Padre; vivir y
testificar la luz que irradia de Él, orar siempre y
en todo lugar, olvidando que se ora y sin saber ya
qué es orar, porque en realidad ya no es nuestra la
oración; es la oración que hace en nosotros
Cristo, nuestro hermano, el único que puede adorar al
Padre en espíritu y en verdad.
Orar exige vivir caminando. El
peregrino del silencio pierde las propias evidencias. Su
único apoyo es el saber que puede caminar gracias a
la fuerza de la presencia del Padre en su propia vida, es
orar en constante actitud de caridad teologal, en una
realización concreta de la respuesta de fe a un amor
del Padre que, constantemente, se nos da.
Peregrino del silencio: es
hermoso tu camino. Hazlo con la conciencia de que vives
inundado del don de una fe que es amor, respuesta a un amor
que se te da como don. Vive siempre abierto al misterio de
amor que es Dios, en un abandono pleno en sus manos y en una
disponibilidad total ante Cristo, Camino, Verdad y
Vida.
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