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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(índice)
Carta de ruta del
peregrino del silencio
Hermano, hermana: Has recibido
del Padre la gracia de sentirte invitado a emprender un
camino. Es un don de su amor. Tú sólo has de
poner, por tu parte, el deseo sincero de caminar, la
ilusión por avanzar en el camino.
Empieza a andar con una gran
disponibilidad de vida, con el corazón lleno de
acción de gracias. Repite con Jesús:
«Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas
cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la
gente sencilla».
Para tu peregrinación
debes llevar tu mochila. Pocas son las cosas que necesitas:
la palabra de Dios que será lámpara de tus
pies y luz para tus pasos.
Te será necesaria una
gran capacidad de donación y entrega, junto al deseo
de vivir el mandato de Jesús:
«Olvídate de ti mismo».
Carga también con tu
cruz. La cruz que hay en tu vida, sea pequeña o
grande, es la tuya... No puedes dejar de lado la cruz de los
demás. El camino de la plegaria contemplativa te
exige, además, asumir y hacerte solidario de la cruz
de los demás. Piensa que no podrás orar si
pasas de largo frente al hermano herido al lado del camino.
Recuerda la parábola del Buen Samaritano.
Si te largas a andar por el
camino de la contemplación has de asumir, antes de tu
partida, todo lo que esconde el camino, aceptarlo por
adelantado y vivirlo cuando toque.
Ten una gran confianza, pues
es el Señor quien te dice, en palabras del profeta
Isaías: «No temas, que yo te he rescatado, te
he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si
pasas por las aguas yo estoy contigo, si cruzas los
ríos no te anegarán. Si pasas por el fuego no
te quemarás, ni la llama prenderá en ti.
Porque yo soy Yavéh, tu Dios, el Santo de Israel, tu
salvador... Eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te
amo. Pondré la humanidad en tu lugar y los pueblos en
pago de tu vida. No temas, que yo estoy
contigo».
Tómate tiempo para
deletrear cada una de estas palabras que el Señor te
dice. Escríbelas para colocarlas delante de ti como
un memorial.
Recuerda: has de descalzar tus
pies, porque estás en tierra de Dios.
Se muy pobre de alma. Acepta
con paz tus limitaciones. Y, sobre todo, confía,
descalza tus pies y ten un corazón simple como de
niño, grande y fuerte como de madre. Un
corazón bondadoso como el cielo, que a todos acoge. Y
un corazón cálido, como el sol de
invierno.
Descalza tus pies. El camino
de la contemplación exige una purificación
constante de tu existencia.
Que puedas mirarlo todo con
ojos limpios, peregrino del silencio. Sólo con ellos
verás a Dios.
Busca, ama la sencillez, la
simplicidad, la transparencia.
Renuncia a las intenciones
dobles y aprende a mirar siempre a los ojos.
Descalza tus píes para
poder ser sensible. Aprende a vivir la sensibilidad para las
pequeñas cosas. Descubre la necesidad de traducir
todo lo que veas en un motivo de súplica o de
alabanza y acción de gracias al Padre.
Libera tu vida de todo lo que
sea desamor, incomprensión, crítica
destructiva, discordia, división... vive la verdad
del amor a tus hermanos y no pongas límite a tu
amor.
La oración necesita que
descalces tus pies y que, desde tu actitud de alma pobre,
puedas reconocer en todos al hermano y en cada hermano el
rostro de Cristo presente en él.
Descalza los pies de tu alma
con tu capacidad constante de perdón. Que en tu andar
nunca se ponga el sol sobre tu enfado.
Vive reconciliado. Busca la
paz interior. No tengas miedo. Recuerda siempre que el
Señor camina contigo. Él es tu fuerza, el
motivo de tu confianza.
Detrás de cada problema
y dificultad de la vida, encontrarás la mirada atenta
del Señor resucitado que te dice: «No temas,
soy yo, estoy contigo, que tengas paz».
Sé exigente contigo
mismo, pero también deberás saber perdonarte
tus propios errores, aceptar tus cansancios y reconocer tus
caídas. Es importante que vivas siempre reconciliado
contigo mismo.
Vive la reconciliación
con los demás. Crea comunión en tu entorno,
que predomine en ti la disponibilidad cordial y acogedora,
la comprensión y la alegría comunicativa y
esperanzada. Que todos puedan encontrar en ti la mano amiga
que hace más llevadero el peso de la vida.
Que tus palabras sean siempre
de aliento y de amistad. Renuncia a las palabras duras e
hirientes.
No juzgues, no midas, no dejes
nunca a nadie por «imposible», ni creas que
«ya los conoces demasiado».
Confía en las personas,
recuerda que en todos hay un rincón de bondad
escondido en la maleza de las apariencias, rincón de
bondad que tus propios ojos no pueden ver a causa de los
prejuicios que tienes de la personas o de las opiniones que
los demás te hacen llegar sobre ellas.
Procura dirigir tu mirada a
esta bondad que hay en el corazón de todo hombre.
Sólo así podrás vivir reconciliado. El
vivir la reconciliación fraterna es una
condición necesaria para tu ruta contemplativa. Pues
no podrás ver a Dios si no puedes mirar con amor a
tus hermanos. No podrás escuchar a Dios, si no los
escuchas a ellos, no podrás vivir en comunión
con Dios, si no estás en comunión con tus
hermanos.
Ama la naturaleza, el sol, el
aire, el mar, la tierra, los pájaros, los
árboles, las flores, los animales... Todos son
hermanos en la creación. Son todos ellos obras del
Señor. Descubre su mano y su presencia en todo lo
creado.
Vive reconciliado con la
tierra y así encontrarás en ella un motivo de
diálogo y alabanza al Creador. San Francisco nos
enseñó a dar a todas las criaturas el dulce
nombre de «hermano» y encontraba en la obra de
Dios una ocasión de diálogo con el
Creador.
El amor por la naturaleza te
llevará a vivir en la sencillez y simplicidad de un
espíritu abierto, amplio, acogedor.
Recuerda que Dios se muestra
en el fondo de las criaturas. Ellas son reflejo de su
bondad, de su luz y de su amor. Jesús, el
Señor, era amigo de explicar las verdades más
profundas del Reino a través de ellas: eran sus
parábolas. Nos dejó el memorial de su amor
expresado en el sencillo gesto de compartir el pan y beber
todos de la misma copa; nos habló de la confianza en
la Providencia por medio de lo que todos podemos observar:
los lirios del campo y los pájaros del cielo; nos
explicó la obra del Reino comparándola con la
sal, con la luz y con la levadura escondida en la masa.
Ama también el silencio
expresivo de la naturaleza. Y así como buscas el aire
fresco del bosque para purificar tus pulmones, o el agua
cristalina de la fuente para calmar tu sed, busca en tu vida
espacios de silencio y serenidad para renovar tu
diálogo constante con Cristo.
No vivas distraído ni
disperso. Ten los ojos siempre abiertos para descubrir la
presencia de Dios en tu vida. Vive la atención
contemplativa &endash;eres peregrino del silencio-,
así podrás descubrir los pasos del
Señor en tu historia. Él está presente
en todo, sale a tu encuentro constantemente... Él
siempre está. Únete a esta presencia con tu
pensamiento y con tu amor. Haz memoria de Él y
mantenla viva en tu corazón.
Procura que tu vida no
esté invadida por el desasosiego y por las prisas. No
dejes que las preocupaciones arraiguen en ti y lleguen a
angustiarte. Que la confianza en el Dios que lo puede todo
te dé paz. Vive para ello la pobreza de alma de quien
puede decir que en su vida sólo hay dos cosas: el
presente que Dios me regala y confianza; nada
más.
Que tu corazón sea
acogedor. Ten actitud de escucha, y que tu escucha sea un
Don.
Procura integrar en tu vida
las actitudes de Marta y de María, las hermanas de
Lázaro y amigas de Jesús. Las dos recibieron
la visita del Señor en su casa con toda su capacidad
de amor, pero cada una de ellas lo expresa de una forma
distinta. Son dos rostros diferentes pero complementarios de
una misma disponibilidad de corazón: el servicio y la
escucha.
Aprende de Marta el sentido de
acogida y de servicio. Ella manifiesta su amor a Cristo
expresándolo en pequeños gestos. Marta procura
complacer sirviendo.
María, por su parte,
ofrece el don gratuito de su atención y de su
escucha. Y recibió el hermoso elogio del
Señor: «María ha escogido la mejor
parte, y no le será quitada».
Tú, peregrino en la
ruta contemplativa, debes buscar estos tiempos gratuitos de
atención y de escucha del Señor. Que tu primer
objetivo orante sea el de aprender a mirar y a escuchar. La
vida de relación interpersonal te servirá de
escuela para hacer este aprendizaje. Pero después,
con constancia y confianza, busca el silencio y la gratuidad
de unos tiempos ofrecidos al Padre, simplemente para mirar y
para sentirte mirado por Él con amor. También
para escuchar su voz y su presencia.
En los primeros pasos de tu
peregrinar, busca también vivir la súplica y
la intercesión. Con ello experimentarás que se
realiza en ti la conexión entre tu vida y tu
oración. Todo puede entrar en tu silencio. Intercede
mientras trabajas. Suplica por las personas que se
relacionan contigo. Pide al Señor su ayuda y
colaboración en tus obligaciones. Aunque
también necesitarás vivirlo todo y hacerlo
todo con la convicción de que eres tú el
colaborador de Dios.
Deja que Dios penetre en todos
los rincones de tu vida. Permite entrar su luz y su
presencia en tus pensamientos, palabras y obras.
Más importante que
llevar una cruz o tener una imagen de Cristo encima de tu
mesa es tenerlo siempre vivo y presente en tu
corazón. Es tu respuesta al saludo de Jesús:
«La paz esté contigo».Es el canto de
alabanza que ofreces al Padre con amor. Es la oración
de la vida. Que todo en tu vida pueda ser
oración.
Si quieres entrar de lleno en
un camino de plegaria contemplativa haz de tu vida un don de
amor absoluto. Busca siempre la fidelidad constante,
creciente y plena al amor. No permitas que las
pequeñas infidelidades de tu vida difuminen el deseo
sincero de una vida de comunión plena con el
Señor. Haz tuya la respuesta del apóstol Pedro
a la pregunta de Jesús: «Pedro ¿me
amas?» «Tú lo sabes todo, Señor,
tú sabes que te amo». Pedro decía
estas palabras a Jesús pocos días
después de haberlo negado por tres veces.
En tu vida hay también
infidelidad y pecado. No te dejes abrumar por ellos. Lucha
por superarlos, pon siempre tu buena voluntad, y cuenta con
su gracia para ser fiel. Siempre podrás encontrar la
comprensión y el perdón del Padre en tu
vida.
Valora el sacramento de la
reconciliación, es un momento fuerte de gracia en el
que podrás ver los brazos del Padre que te esperan y
te alientan nuevamente hacia un camino nuevo de fidelidad,
de entrega. Un camino que te conduzca a la
oración.
Pero no olvides: deja que el
amor mueva tu vida. Recuerda que has hecho de ella un camino
de entrega; conviértelo todo en una expresión
de amor. Haz de tu propia vida un don. Traduce tu vida en
una ruta de oración.
El Señor está en
todas partes. Descubre esta presencia. El ésta en los
hermanos, en lo más profundo de tu propia intimidad,
como dice San Agustín. Puedes ver su presencia en la
naturaleza.
Pero piensa que Él
está realmente presente en la Eucaristía.
Estima esta presencia. Responde a ella con frecuentes
visitas. Él está, Él te ama y Él
te espera. Con esta convicción tienes bastante para
sentirte y saberte constantemente invitado.
No vivas de forma superficial
la participación en la Eucaristía. Es el
momento fuerte que puedes tener todos los días para
unirte vivencialmente con Cristo y con la Iglesia. Que la
comunión diaria sea alimento y bebida de tu caminar
contemplativo. En la misa de cada día vives de forma
real lo que siempre quieres vivir en tu corazón:
estar en constante comunión con Dios, hacerlo todo en
Él. Sabes bien que esta es la verdadera
manifestación de la oración
contemplativa.
Déjate encontrar por
Cristo: hazte siempre el encontradizo. No huyas. Dale a
Él tiempo para entrar en ti, para hablarte al
corazón y recordar su amor siempre nuevo, siempre
primero.
Acuérdate de
Jesucristo, une a su cruz tu propia cruz y los sufrimientos
y cruces que veas en la vida de los hombres.
En Él está la
salvación. Vive la experiencia de saberte salvado por
su entrega de amor al Padre. Une toda tu vida a la cruz
salvadora y, como peregrino del silencio, recuerda que eres
intercesor ante el Padre por las necesidades de todos los
hombres.
Es fundamental que tú,
peregrino de la ruta del silencio, vivas abandonado en las
manos del Padre, porque tu camino es el abandono, tu
oración constante es la de Jesús: «Padre,
me abandono en tus manos». Tu vida solo puede ser el
«haz de mí lo que quieras, cuando tú
quieras y como tú quieras, porque te
amo».
Tu paz, tu canción, tu
alegría nacerá cuando puedas decir con gozo:
«Hagas lo que hagas de mí, te doy gracias,
porque te amo».
Por tu parte, para vivir el
abandono, pon el deseo, y quizás la decisión,
de hacerte peregrino de la contemplación por la ruta
del silencio. La invitación es un don de la gracia
del Padre. Los pasos concretos te los irá mostrando
el Señor. Él también probará tu
fidelidad de peregrino.
¿Cómo lo
hará? Él sabe. Dios tiene un Plan de Amor para
ti. Tu vida consiste en realizarlo; tu respuesta será
siempre vivir en la fe el camino que Dios quiere para ti.
Que Él vea que tú siempre estás, que
eres fiel, que sigues deseando, a pesar de las dificultades
del camino.
Puede ser que Dios pruebe tu
fidelidad «callando», o que permita que no
«sientas nada» en tu oración; incluso puede
permitir que tengas dudas de fe. Puede ser que la cruz se
haga fuertemente presente en tu vida, en tu cuerpo o en tu
alma. Ten paz y confía. Sé fiel a su respuesta
de amor.
Únete a María en
su disponibilidad, en su silencio, en su fidelidad. Que
puedas decir siempre "Sí, que se haga en mí
según tu palabra".
Acércate también
a la experiencia de Elías en el monte Orbe. Hazlo con
un corazón de discípulo. Recuerda que existes
y vives gracias a la mirada de Dios en ti. Mirada de amor,
mirada que reposa siempre en ti. En esta mirada que viene a
tu vida el rostro de Dios se desvela y entonces nace esta
relación de amistad profunda en la que dos seres, el
Creador y la criatura, Dios y tú, se miran a los
ojos.
Tu oración será
siempre tratar de amistad con quien sabes que te
ama.
¿Quieres sabe si avanzas
en la ruta contemplativa? ¿Quieres saber si, de verdad,
estás realizando tu vocación de peregrino? Te
bastará ver claramente el indicativo. La señal
de que estás en el camino del conocimiento de Dios es
el deseo de conocerle más.
Queda mucho por decir en esta
carta de ruta. Pero, hermano, hermana, peregrinos del
silencio, quiero concluirla con dos palabras finales.
Podrás comprobar que cuando Dios te ama y tienes el
gozo de percibir su amor, todo tu ser cambia en lo
más profundo.
Haz, pues, con Moisés,
esta triple petición: «Dame a conocer tus
caminos, hazme conocer tu gracia, concédeme, por
favor, el don de poder ver tu gloria».
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