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Jean Lafrance
Textos sobre la
oración

Si pasas un día por Chartres,
detente ante el pórtico norte de la Catedral. En
el vano izquierdo, en el segundo cordón de la
superficie abovedada, el escultor ha reproducido las seis
escenas de la vida contemplativa.
Se ve en ellas a la Virgen que se recoge, abre
su libro, lee, medita, enseña y entra en
éxtasis.
Primero se recoge antes de entrar en
oración. Tiene la mano izquierda sobre el libro de
las Escrituras y lleva la mano derecha a la altura del
corazón como si quisiera enseñarte, que para
orar hay que conservar el corazón puro y silencioso.
Como Salomón, pide a Dios un corazón
silencioso que sepa escuchar. La primera actitud de la
oración, es acoger, escuchar y recibir el buen
Espíritu, el don espiritual que el Padre comunica a
los que se lo piden.
En un segundo tiempo, abre el libro de las
Escrituras para recibir el pensamiento de Otro y no el
nuestro. Nosotros no hacemos la vida verdadera y la
oración, la recibimos y la descubrimos de Dios, en el
orden de la gratuidad y del misterio. Entonces ella puede
leer, no para saber, sino para penetrar el sentido profundo
de las palabras.
En cuanto hayas encontrado lo que buscabas,
imita a la Virgen y cierra el libro para rumiar
interiormente la Palabra y dejarla que baje al fondo de tu
corazón: "He puesto la palabra dentro de vuestro
corazones" dirá Pablo. La lectura sabrosa y viva de
la Palabra te dispone para que encuentres a Dios en la
contemplación. Deja que las cosas vengan a ti y
estate ante el misterio con las manos abiertas de par en
par.
Al meditar la palabra, oirás de pronto
al Verbo de Dios que te habla en lo íntimo de tu
corazón. Esta es la obra del Maestro interior que es
el Espíritu Santo.
Luego la Virgen enseña la Palabra
gustada y meditada. No es tan sólo una experiencia de
Cristo en el contacto vivo y personal, sino la
transmisión de la experiencia viva de Jesús
que, en su conciencia de hombre se siente hijo de Dios.
Y finalmente la Virgen entra en
éxtasis. Es la salida de sí misma para
encontrar su dicha y su alegría en Dios. No busca el
descanso de la contemplación para sí misma
sino para Dios que es el último término de su
oración. Toda oración verdadera debe llevarte
un día a no encontrar alegría más que
en Dios. Orarás de verdad el día en que
estés totalmente ocupado en adorar a Dios, en
contemplar su amor y en darle gracias no sólo por los
dones que te ha hecho, sino sobre todo por la venida de
Jesucristo a la tierra.
Sólo se ora bien en el éxtasis.
Si te ejercitas así, en los silencios de la
oración, te dispones a dejarte arrastrar por el
movimiento del Espíritu. Estás oculto a tu
propia oración y no tienes conciencia de orar. Pero
no depende de ti el obtener este don de la
contemplación, que no viene por tus méritos,
sino de la misericordia de Dios.
Ruega para que obtengas de Dios esta
visión de su rostro prometida a los corazones
puros.
Si hay hombres que emplean su vida en rezar,
es para mantener viva y activa esa fe que Jesús desea
encontrar en el corazón de todos los suyos. Para
comprender esto, hay que remontarse al corazón de la
Trinidad y entender que Jesús, en cuanto hombre, ha
sido el primero en orar sin cesar y sin desfallecer. El es
nuestro modelo, el gran suplicante, nuestro Intercesor ante
el Padre. En el corazón de los Tres, el Hijo es sin
cesar colmado por el Padre; está en estado de
perpetua escucha por su parte, porque él está
en estado perpetuo de súplica por el suyo.
Y en medio de la tierra, Jesús no
dejó de proseguir esta oración,
esperándolo todo de su Padre, el ser como el obrar y
devolviéndole sin cesar toda la gloria y todo el
gozo. Suplicaba siempre en el tiempo y era escuchado a cada
instante. Por eso podía decir: Padre, te doy gracias
porque me has escuchado. Yo sé que siempre me
escuchas.
Su oración era una respiración
permanente, pedía el amor al Padre (por tanto, al
Espíritu Santo) y al instante mismo el Padre
escuchaba su petición, concediéndole el
Espíritu. Su oración tenía la densidad
de un instante, lo cual me permite decir que la respuesta
estaba incluida en la petición. Por eso su
oración era al mismo tiempo súplica y
acción de gracias. Esto nos resulta difícil de
comprender, porque vivimos en el tiempo y no vemos llegar lo
que habíamos pedido, mientras que Jesús nos
asegura que el Padre nos escucha siempre. Para nosotros, la
oración está ligada al tiempo y por tanto a la
perseverancia.
Cuando no vemos que ocurra algo es cuando
más tentados nos sentimos a bajar los brazos.
Sólo la fe puede mantenernos; por esto la
cuestión que atormenta a Cristo es precisamente esta:
¿encontrará fe cuando venga a la tierra?
¿encontrará hombres que se mantengan y
perseveren lo suficiente en la oración para creer que
han sido ya escuchados?
La prueba de la fe perseverante autentifica la
cualidad de la oración. Como en el perdón de
las ofensas, al que la oración está ligada, se
perdona una, dos, diez, setenta veces; pero un buen
día se corre peligro de cesar. Por eso he sentido
siempre admiración ante las palabras de K. Rahner,
que me parecen la mejor definición de lo que es un
hombre de oración: "Debemos ser hombres de Dios, y
para decirlo más sencillamente, hombres de
oración con el suficiente valor para arrojarnos en
ese misterio de silencio que se llama Dios sin recibir
aparentemente otra respuesta que la fuerza de seguir
creyendo, esperando, amando y por tanto orando".
En el fondo, cuanto más se avanza en la
vida de oración, más se penetra en el misterio
del silencio de Dios. Uno mismo se ve reducido al silencio;
no se sabe ya lo que hay que decir, e incluso pedir. Sin
embargo, se está convencido en lo más hondo de
que la oración es la única cosa importante, la
única a la que vale la pena consagrarle la vida.
La gran cuestión es entonces la
perseverancia: "Todos los cabellos de vuestra cabeza
están contados" "Con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras vidas".
De vez en cuando el Señor se encarga de
recordarnos nuestra poca fe y nuestro miedo a la
oración: Hombre de poca fe... ¡Hombre de
oración! Y entonces comprendemos nuestro verdadero
pecado. La fe es el único combate de la vida: seguir
creyendo que el Padre nos escucha y nos atiende cuando no se
ve ningún resultado.
Me gusta invocar al Espíritu, pues
él penetra el fondo del corazón, conoce todos
mis deseos y formula al Padre una oración y una
petición que corresponden a los designios de Dios. Y
luego, naturalmente, está la Virgen Santísima.
Jamás he recurrido tanto a ella como en estos
momentos. Cada noche me despierto hacia medianoche para
rezar los misterios gozosos. Creo que el Espíritu
Santo y la Virgen son mis dos grandes intercesores
orantes.
Si entre la multitud surge alguien que te
reconoce y te llama por tu nombre, experimentas de pronto
como un nuevo nacimiento; desde el momento en que una
verdadera amistad nace entre dos personas, existe siempre un
antes y un después, entre los cuales se puede decir:
Ya no soy el mismo. Cuando abres la Biblia, ves
también a hombres satisfechos o insatisfechos, santos
o pecadores, a quienes el encuentro con Dios hace felices
porque su vida ha encontrado de pronto un sentido nuevo.
Todos aquellos a quienes Dios ha salido a su encuentro
podrían decir: ¿qué sería yo sin
ti que viniste a mi encuentro? Quien quiera que seas, eres
el hermano de estos hombres en su aventura. Aunque fueras el
mayor de los pecadores, el más desequilibrado y el
más pobre, todas estas situaciones son una
oportunidad que se ofrece a Dios para salir a tu encuentro.
En la oración, grita este deseo de ser seducido por
Dios y levanta ante El esas montañas de sufrimiento.
Si oras con fe y en verdad, Dios transportará esas
montañas al mar. Ora el tiempo suficientemente fuerte
para que él transforme esa amargura en dulzura. En el
seno de esta paz austera te descubrirás amado de
Dios. Nada se le escapa, te ve en lo secreto y te ama. Deja
que resuenen en ti estas palabras de Isaías: No
temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre.
Tu eres mío. Si pasas por las aguas yo estoy contigo,
si por los ríos no te anegarán. Si andas por
el fuego no te quemarás, ni la llama prenderá
en ti. Porque yo soy Yahvé tu Dios, el Santo de
Israel, tu salvador. He puesto por expiación tuya a
Egipto, a Kus y Seba en tu lugar, dado que eres precioso a
mis ojos, eres estimado y yo te amo. No temas pues, ya que
yo estoy contigo. (Is 43,1-5)
El orante tiene por misión estar en pie
delante de Dios, en su presencia. Subyacente a este ponerse
en presencia de Dios, existe la convicción de que
Dios conoce el corazón del hombre: "Antes de haberte
formado yo en el seno materno, te conocía". Conocer a
Dios o ser conocido por él, es ponerse en
relación con El, ser introducido a su intimidad,
experimentar su presencia, participar de su vida.
Dios está cerca de ti y te ve. Dios
está atento a tu oración, escucha, oye,
está cerca, acoge, te da audiencia. "Pues
Yahvé ha oído la voz de mis sollozos.
Yahvé ha oído mi súplica. Yahvé
acoge mi oración" (Salmo 6)
Dios no es tan sólo un oyente pasivo
que registra tus peticiones, él te contesta y entabla
un diálogo contigo: "Yo te llamo, que tú, oh
Dios me respondes" (Salmo 17) "Mi corazón tu sondeas,
de noche me visitas" (Salmo 17) De hecho Dios vuelve su
rostro hacia ti y de este modo te salva.
Muy a menudo, es por no comenzar por esta
puesta en la presencia de Dios Santo y cercano por lo que tu
oración se convierte en monólogo. No empleas
bastante tiempo en recogerte para llegar a la oración
pacificado interiormente. Antes de entrar en oración,
camina con calma, respira profundamente y pon todas tus
preocupaciones y cuidados en manos del Señor. Aunque
pases diez minutos en tomar tan sólo conciencia de
esta presencia, no habrás perdido el tiempo. Luego te
abres totalmente con el Espíritu Santo que
hará el resto alimentando tu diálogo con el
Padre.
Recuerda muy bien esto: estás delante,
estás cerca, eres visto, eres escuchado, eres amado.
"Pongo a Yahvé ante mí sin cesar, porque El
está a mi diestra, no vacilo (Salmo 16).
Estás aquí en el centro de la
vida cristiana, pues todo se reduce finalmente, a descubrir
la voluntad de Dios y cumplirla. Pero si es verdad que te
resulta fácil discernir esta voluntad a través
de los mandamientos, dudas a menudo de que puedas descubrir
lo que Dios espera de ti, en particular en tu
situación presente.
Si quieres conocer la voluntad de Dios, la
condición es "hacerte disponible", es decir, ante una
opción que tengas que hacer, el rehusar o preferir
tal o cual alternativa, abandonando todo prejuicio que
impida a Dios el darte a conocer en que dirección
quiere que te comprometas. En una palabra no debes tener
ninguna idea sobre la cuestión y aceptar entrar en
los planes de otro que desvía siempre los tuyos.
Es tal vez la disposición fundamental
para realizar una elección según Dios. Pero
tal vez te hagas una pregunta: ¿cómo hacerme
disponible si no lo estoy? Te diría que es preciso
que te detengas, que te distancies de ti mismo y que
interpeles a tu propio juicio. Son otras tantas actitudes
que se viven bajo la mirada de Dios, en la oración,
para descubrir las resistencias a la voluntad de Dios.
Puede ocurrir que a través de esta
oración, Dios te muestra claramente lo que espera de
ti, pero no es ésta su costumbre; prefiere hablarte
por medio de signos. No tomes demasiado pronto tus buenas
intenciones por voluntades de Dios.
Hay también otra manera de descubrir
esta voluntad, y es interrogar a tu afectividad profunda. Si
gozas de una paz duradera y de una verdadera alegría,
puedes decir que los proyectos que acompañan a tus
sentimientos son queridos por Dios, pues el Espíritu
Santo obra siempre en la alegría, la paz y la
dulzura. Si por el contrario estás triste, desanimado
e inquieto, puedes suponer que el proyecto está
inspirado por el espíritu del mal. No puedes tener
ninguna certeza si te fías del sentimiento de un solo
instante. Por el contrario, si, a lo largo de un
período más o menos dilatado, tal
decisión va siempre ligada a la alegría y su
contraria a la tristeza, hay motivo para creer que es Dios
quien te envía la consolación del
Espíritu y te sugiere que realices la acción
correspondiente.
Con mucha frecuencia la paz se estabiliza en
tu corazón después de esa opción libre.
La experiencia de consolación o desolación que
sigue a la elección confirmará esto
último y te indicará claramente si
estás en la voluntad de Dios.
Poco a poco lograrás realizar
elecciones verdaderamente espirituales, interpretando de
manera cada vez más clara los signos de Dios, ya se
trate de grandes decisiones que comprometan tu existencia o
de opciones relativas a tu vida diaria. Por otra parte, esta
educación de tu libertad deberá continuarse
toda tu vida y cuanto más fiel seas en la respuesta a
las solicitudes del Espíritu, más
fácilmente descubrirás lo que te pide.
Jesús invita a todos los que le reciben
a comer cara a cara con el Padre, pero pone condiciones:
"Estate presto, con tu lámpara encendida (Mt 25,7),
ceñida la cintura, con el vestido de bodas (Mt
22,11)" Para eso debes velar en la oración, en el
lugar oportuno (Mt 24,44) pues el dueño va a venir a
buscarte tarde, a la noche o al amanecer (Lc 12,38). Debes
estar pronto a marchar y dejarlo todo. Por eso debes velar y
orar, con perseverancia para no perder el momento de su
venida.
Si quieres entrar en la comunión con
Cristo, debes compartir su éxodo, abandonando el
equipaje inútil y dejándolo en consigna para
iniciar el camino. No tengas ningún cuidado: lo
encontrarás al otro lado, a la llegada. Dios se cuida
de ello, y ha contratado un servicio de recuperación
por el que encontrarás todo multiplicado por cien (Lc
18,29-30). El equipaje más pesado que tienes que
abandonar eres tú mismo (Lc 9,23). Deja todo y
déjate guiar únicamente por la palabra de Dios
(Hb 11,8)
Tal vez te preguntes: ¿ por qué he
de abandonar todo aquello en lo que me apoyo para ir hacia
Dios? Todas estas criaturas son buenas y reflejan la imagen
del Creador. Pero por muy hermosos que sean los rostros y
por muy buenos que sean los seres con los que te tratas,
debes abandonar todo esto. ¿es preciso dejar todo esto?
Y Cristo te dice: "déjalo todo".
Para comprender esto tienes que recibir una
luz extremadamente profunda sobre la santidad de Dios y
sobre la nada del hombre. Poco a poco, Dios apartará
su mano y le verás de espalda, porque su rostro no
puedes verlo. Como Moisés, cae de rodillas sobre el
suelo y mantente en adoración.
En la Cena, hay todavía un gesto
capital: "Tomad y comed todos... bebed todos de él".
Al invitarte a comer su Cuerpo y a beber su sangre,
Jesús te compromete en su sacrificio. Te invita a
entrar con él y en él la ofrenda que hace de
su vida al Padre. Ese mismo es el sentido de las palabras de
Jesús que tu has orado un poco más arriba: "Si
alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz y
me siga". Es también el sentido de la pregunta de
Jesús a los hijos de Zebedeo: "¿Podéis
beber mi cáliz?.
Si aceptas compartir su cáliz, debes ir
hasta el extremo del don de ti mismo como Jesús.
"Sabiendo Jesús que había llegado su hora de
pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".
Después de haber contemplado la Cena,
tienes que descubrir el sentido de tus eucaristías de
cada día. No puedes comer este pan y beber este
cáliz sin desear con todas tus fuerzas compartir el
sacrificio de Cristo. Se puede preguntar si tantos
años de vida litúrgica con todas las reformas
que has conocido no te han hecho perder el fruto espiritual
de la Eucaristía: el don de Cristo bajo la forma de
su palabra y de su cuerpo. Lo que constituye el sacrificio
de la Alianza, es el Señor Jesús, pues el
banquete de la Eucaristía es el de un cuerpo
entregado y de una sangre derramada. No te basta con
participar de la Eucaristía por medio de los gestos,
además tienes que compartir el compromiso de
Jesús, que entrega su vida al Padre amando a los
suyos hasta el fin; si no vives el signo y no la
realidad.
¿Has tomado conciencia de este don que te
hace Cristo de su Cuerpo glorificado? Es toda la fuerza de
su amor la que se apodera de lo más íntimo de
tu ser. Te da su vida y por ella te hace participar en el
diálogo de amor que le une al Padre. Jesús lo
dirá con claridad en el discurso sobre el pan de
vida: "Lo mismo que me ha enviado el Padre que vive y yo
vivo por el Padre, también el que me coma
vivirá por mí".
Pero hay aún más: es la manera
como Cristo te encuentra y te entrega su Cuerpo. No viene a
ti de una manera estática. Viene para renovar en ti
su Encarnación redentora y para reproducir en ti este
movimiento que le lleva a su Padre devolviéndole la
humanidad convertida en su propio Cuerpo. En la
Eucaristía la unidad del Cuerpo se realiza y se
convierte en Jesús en ofrenda al Padre.
A lo largo de esta contemplación, debes
pedir al Espíritu Santo (es el sentido de la segunda
epiclesis) que te asimile al sacrificio de Jesús,
enseñándote a entregar tu vida al Padre: "Que
él (Espíritu Santo) nos transforme en ofrenda
permanente para que gocemos de tu heredad". Jesús te
enseña así a entregarte, no sólo en la
misa sino en los detalles de cada día, por un
abandono total al Padre en todos los avatares de tu vida. La
Eucaristía es el acto supremo de la caridad de
Jesús, que transforma tu corazón para hacer de
tu existencia un acto de amor al Padre y a los hermanos.
En la Eucaristía, tu vida se convierte
en el verdadero sacrificio espiritual del que habla Pablo:
"os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios a
que ofrezcáis vuestros cuerpos como una
víctima viva, santa, agradable a Dios: tal
será vuestro culto espiritual". Tu vida adquiere una
dimensión eterna cuando se ofrece al Padre con la de
Cristo. La más pequeña de tus acciones, si
expresa de verdad tu amor al Padre y a los hermanos, es una
oración de alabanza, de adoración y de
intercesión; es un sacrificio espiritual.
Pero sábete también que no se
edifica lo eterno con cosas insignificantes; para que tu
vida se convierta en oración, es preciso pues que sea
auténtica y que exprese la entrega real de ti a los
demás.
Toda tu vida se convierte entonces en
oración. La oración de Cristo, era la
oblación de su vida en el sacrificio de la Cruz.
Cristo oraba en todas partes y siempre, pues, cumpliendo la
voluntad del Padre, no hacía sino manifestar entre
los hombres su diálogo incesante y secreto con su
Padre. Tienes la seguridad de que es acogida por Aquel que
ha glorificado a su Hijo; en una palabra, te une
íntimamente al misterio de la Santísima
Trinidad. En la Eucaristía, la ofreces de una manera
global y en tu vida concreta la entregas gota a gota en el
cumplimiento de la voluntad del Padre. Sé sincero en
la oblación y no hurtes nada a tu holocausto.
Doy por supuesto desde ahora, que has tomado
la decisión de ponerte de rodillas y de gritar a
Dios, aunque no sea más que un cuarto de hora. Una
decisión así depende de tu voluntad, aunque el
Espíritu Santo esté en su origen para vencer
esta imposibilidad de orar.
El que puede orar un cuarto de segundo puede
orar todo el tiempo. Es una cuestión de costumbre y
fidelidad. Cuando los apóstoles dicen a Cristo:
"Señor enséñanos a orar", sienten que
les falta algo y que debe realizarse en ellos una
liberación. Una vez que ha tenido lugar ese
desbloqueo, todo lo demás (distracciones,
preocupaciones, fatiga) no tiene gran importancia. Basta
volver al desbloqueo inicial, al primer cuarto de segundo,
al primer grito que has lanzado a Dios y en el cual el Padre
ha reconocido el grito de Jesús en la Cruz.
Desde el momento que el hombre quiere orar,
los demonios tratan de impedírselo; saben en efecto
que nada les hace más daño que la
oración. Ahora bien, si deseas de verdad orar y no
tienes valor para ello, te aconsejo que vayas a llamar a las
puertas de la Virgen; desde ahí, existe una gran
esperanza de conseguir la gracia de la oración y
dejar a un lado todos los temores. Como lo hizo con los
apóstoles en el Cenáculo, Ella
sostendrá tu fe y tu perseverancia para que
perseveres en la súplica.
Ahí es donde debes poner todo tu
esfuerzo, aunque te parezca descorazonador y aparentemente
estéril. Orar no es fácil, por mucho que se
diga; más aún orar es duro, sino hubiera sido
así, no hubieras sido llamado al orden por el mismo
Jesús. No se trata de buscar una seguridad
fácil, como una especie de olvido del mundo; la
oración es una cosa totalmente distinta, pues
implanta en ti una disciplina de vida.
La oración del corazón es un don
de Dios, se te dará cuando Dios quiera y en el
momento en que menos lo esperes, para que comprendas que es
una gracia. Puedes hacer esta experiencia. Llegas a la
oración, te sientas en un sitio tranquilo, ante el
sagrario por ejemplo, cierras tus ojos y diriges tu
espíritu hacia tu corazón, es decir hacia lo
más profundo de ti mismo. Entonces llamas al
Espíritu con gran insistencia y luego repites
despacio: Señor ten misericordia de mí. De
tiempo en tiempo haces unas pausas en silencio sin decir
nada, o entrecortas tus palabras con profundos
silencios.
Y luego en el momento en que menos lo pienses,
en un segundo plano de tu conciencia, mucho más
allá de tus ideas y tus sentimientos,
sorprenderás que la oración está en
marcha en ti. Incluso te sucederá a menudo que se te
imponen luces referentes a tu vida, que te da Dios sin que
tú lo sepas, o decisiones que debas tomar. Es el
dulce murmullo del Espíritu que educa tu
corazón y le conduce hacia la verdad entera.
Por eso el fin de la oración es la
invasión de tu corazón por el poder y la
dulzura del Espíritu Santo. Es el enviado del Dios
Altísimo que se ha convertido en tu abogado. Te toca
a ti, pedírselo al Padre, en el nombre de
Jesús, pero no depende de ti el que se te conceda; es
decir la calidad de la oración es obra única
de Dios. Puedes disponerte a recibir este don de la
oración, puedes pedirlo, pero debe ser recibido a su
tiempo. "Me pareció que era voluntad de Dios que me
esforzase en buscar y encontrar, y no encontraba, y sin
embargo me pareció bueno el buscar y no estaba en mi
mano el encontrar (San Ignacio).
Si la calidad de tu oración no depende
de ti, la cantidad depende de tu buena voluntad y puedes
repetir sin cansarte el Nombre de Jesús. La
oración no se aprende más que en la
oración. Y si, aparentemente no obtienes
ningún resultado, no saques la conclusión de
que has orado mal; en primer lugar has dado gusto a Dios, y
esto ya es mucho y además has tenido la
alegría de estar charlando con El.
Colócate ante la Virgen en la actitud
que ella tenía en la Anunciación, de cara al
Todopoderoso: Heme aquí... Está ahí,
con sencillez, sin artificios ni rodeos, en la verdad de su
ser recibido de Dios, dejándose hacer y amar por
él.
Después de Jesús, fue la primera
en entrar en el Reino de las Bienaventuranzas, por eso es
modelo y fuente de gracia para ti. Escucha las palabras de
María, mira y penetra sus actitudes profundas.
Contemplándola sin prisas, te haces semejante a ella:
un corazón disponible y pobre, preparado para ser
invadido por Dios.
Por eso Dios puede obrar en ella maravillas y
hacer de ella la madre de su Hijo único. Una vez que
ha reconocido la llamada de Dios, no tiene ya reserva alguna
y se entrega a él totalmente en la fe. Cree en la
omnipotencia creadora de su Palabra, pues sabe que no hay
nada imposible para Dios, que cambia la esterilidad de los
pobres en fecundidad de una riqueza inaudita.
Es el modelo del don de tu ser a Dios. Deseas
regular el don de tu persona, mientras tengas previstos
límites, eres demasiado todavía poseedor de tu
oblación. Dios te pide una disponibilidad absoluta y
te llama a menudo a entregar lo que no habías
previsto. María en modo alguno soñaba en
llegar a ser la Madre del Prometido, pero como estaba
disponible y abierta, nada le sorprende en la llamada de
Dios.
Puedes recitar con sencillez el Rosario,
repasando en tu memoria las palabras de la Virgen, para que
ella reproduzca en ti sus profundos sentimientos.
En la oración al Espíritu Santo
hay algo que desconcierta; le pides que te visite, que te
llene de sus dones, que te de su luz, que te llene de su
amor, en fin que venga a ti. ¿Pero qué es lo que
tú experimentas de todo esto? ¿En qué
porcentaje es esto verdad para ti?
Hay que admitir que cuanto más suplicas
al Espíritu que te invada, mayor es la desesperante
impresión, no solo de no estar lleno, sino de
hundirte más aún en tu pobreza. No sientes
nada. La experiencia del Espíritu es el misterio
más profundo que te es dado vivir: No lo puedes
imaginar porque es espíritu, ni prenderlo porque es
viento (Hechos,2). Es un río que nada puede contener
(Jn,7), un fuego que no quema (Hechos, 2). En fin es una luz
que no se ve.
Y sin embargo si la Escritura ha utilizado
para él imágenes de fuego, luz, rocío,
fuente, es porque se dan en ti efectos que proceden de la
experiencia. El Espíritu edifica en ti el hombre
nuevo. Es en verdad el Espíritu creador que llena tu
corazón de gracia y de luz, para que todo tu ser,
creado por Dios, sea restaurado y edificado en el Amor.
Así cuando Dios te toca de un manera
inmediata, es un cero de presencia sentida y de experiencia.
En un instante, te encuentras movido, atraído hacia
Dios, sin poder querer otra cosa que a él mismo. Es
la paz y la alegría, a menudo no sentidas, que se
traducen en silencio, en las profundidades del ser. Siempre
se dará un desfase cuando intentes traducir esta
experiencia en palabras e ideas.
Si no puedes alcanzar a Dios directamente,
podrás sin embargo reconocerlo por la huella que deja
en tu vida real. Quisiera darte sencillamente dos puntos de
referencia que podrán ayudarte a verificar si tu
caminar con Dios es acertado.
Si, a lo largo de los años, tu vida
espiritual no fomenta en ti el sentido de la realidad y el
aumento de tu libertad interior, es que la conduces al
revés. Cuanto más te arraigues en esta vida de
Dios tanto mayor consistencia tendrá tu vida.
Serás por ejemplo, más sensible
a la belleza de un paisaje, a los rasgos de un rostro que se
imprimirán muy fuerte en ti y te llenarás de
admiración ante la singularidad de cada persona.
Sobre todo serás capaz de amar con ternura y fuerza a
todos aquellos con quienes te encuentres.
Ahí es donde se da la curación
real que aporta el Espíritu Santo. La larga y
paciente búsqueda de Dios debe normalmente ayudarte a
desprenderte de tus temores y miedos religiosos y en cuanto
sea posible, de tus trabas psicológicas. El
Espíritu Santo no los borra con un golpe de
lápiz mágico, pero vives con estos temores
como con viejos camaradas que se esfuman poco a poco; no te
inquietan ni te plantean problemas. Llegas incluso a amarlos
y a ofrecerlos al Espíritu para que haga con ellos lo
que quiera.
El Espíritu te forma poco a poco a
imagen de Dios y te hace progresivamente más sincero
y más libre en medio de los hombres. Si creces en el
sentido de la realidad y de la libertad interior, puedes
creer que te conduce el Espíritu.
Cuando un agua está turbia, hay que
dejarla reposar bajo la cálida claridad del sol para
que las impurezas se depositen en el fondo y el agua
aparezca pura en la superficie.
Lo mismo sucede con tu vida cristiana que se
decanta poco a poco en la oración, bajo la mirada de
Dios. El Espíritu Santo inclinará tu
corazón hacia tal o cual forma de pobreza para mejor
orientar tu vida en el sentido de la voluntad de Dios. Sobre
todo aprenderás a estar delante de Dios, para
él solo.
Cuando trabajas o descansas, obras demasiado
por un fin. Te olvidas de lo maravilloso que es estar,
sencillamente estar, sin pensar en más. La
oración te hace estar delante de Dios.
La elección espiritual a la que se te
invita es descubrir la voluntad de Dios sobre ti en un
momento dado de tu vida para orientarla. No te puedes fiar,
de las solas luces de tu razón, tienes necesidad de
una revelación superior del Espíritu para
comprender el designio de amor de Dios para contigo.
La oración continua, la
contemplación del Evangelio, purifican tu
corazón y te invitan así a entregar a Dios lo
más íntimo de tu ser.
En el punto de partida, se da la certeza de
que el Espíritu Santo quiere realizar en ti algo que
te resulta imposible de definir de antemano. Habitualmente
vienes a la oración con problemas precisos para los
cuales quieres soluciones inmediatas. No puedes entonces
descubrir la voluntad de Dios que exige una ausencia de
cuestión previa y un olvido de lo que eres o de lo
que haces.
Deja, pues fuera tus problemas y ábrete
a Dios para someterte a una presencia efectiva del
Espíritu que quiere realizarte. En la oración,
te conviertes en el lugar de paso del Espíritu,
dejando caer poco a poco tus defensas y tus seguridades.
Por eso la voluntad de Dios no pide
habitualmente conductas extraordinarias o sensacionales.
Dios trabaja en el tejido mismo de tu existencia, POR TANTO
SU VOLUNTAD APARECERÁ A NIVEL DE TU VIDA DIARIA. Te
pide sobre todo, que aceptes con plena lucidez tu ser de
hombre, con sus límites y sus deficiencias, a
través de las cuales te purifica.
CONTINUA ORANDO TOMANDO NOTA EN TU VIDA DE LAS
LLAMADAS PRECISAS Y DE LOS DESEOS QUE EL ESPíRITU TE
SUGIERE, pues siempre te habla a través de tus
aspiraciones profundas haciéndote descubrir la
voluntad de Dios. Y luego, trata concretamente de traducir
como quieres realizar esa elección,
acomodándola a la necesidad.
En todo caso, si has elegido según
Dios, experimentarás una gran alegría en ti.
La paz y la alegría son siempre las señales de
la acción de Dios en ti, aún cuando esta
alegría exija de tu parte un sacrificio real. Al
mismo tiempo poco a poco, se formará en ti ese
espíritu de discernimiento espiritual que te
hará "sentir" la voluntad de Dios en todos los
acontecimientos de tu vida.
A todos los que experimentan resistencia al
Rosario, sentíos libres ante esta exigencia cotidiana
y preguntaos:
¿qué es lo que más me ayuda
a guardar el contacto con Cristo a lo largo del día,
a vivir bajo la mirada benevolente del Padre, en la libertad
de la oración del Espíritu en nosotros? Para
muchos esta actitud será una verdadera
liberación y podrán situarse ante el Rosario
sin apremio y sin embargo sin descuido.
Poco importa que meditemos o no, que tengamos
distracciones o no, la recitación lenta y atenta del
Rosario nos hará entrar en la oración misma de
la Virgen. No se trata de reflexionar o de pensar, sino de
murmurar con los labios una súplica
estrujándola en nuestro corazón: ¡Santa
María, Madre de Dios, ruega por nosotros,
pecadores!
Poco a poco y sin darnos cuenta, la
oración de fuego del Espíritu se nos
encenderá en el corazón. Volveremos así
a una ley de la oración: Cuánto más nos
sentimos llamados a realizar la oración del
Espíritu en nuestro corazón más debemos
agarrarnos a una oración sencilla, importa poco que
sea mental o vocal.
Hay que haber sufrido mucho en la vida de
oración para comprender que no se va directamente a
Dios sin pasar por esos intermedios que San Ignacio llama
"mediadores". A menudo invita al ejercitante al empezar la
oración, a suplicar a Cristo, a la Virgen o a los
Santos para que le introduzcan ante el Padre. Si
queréis convenceros de lo bien fundado de este
consejo, ponedlo por obra el iniciar una hora de
oración.
Si llegáis a la oración y no
conseguís entrar en contacto con Dios, tomad el
Rosario y recitad lentamente una o dos docenas; muy pronto
veréis el resultado. Sorprenderéis a vuestro
corazón en "flagrante delito" de oración y
seréis introducidos, sin daros cuenta en el
corazón de la Santísima Trinidad por la
oración de María.
A algunos les gustará recitar el
Rosario de una sola vez los días en que tienen
tiempo. A otros les gustará decirlo a lo largo del
día, al hilo de los acontecimientos o de los rostros
encontrados, o mejor todavía para santificar su
trabajo, o en los momentos de tiempo libre. El Rosario
aparece entonces como un especie de hilo de oro que enlaza
los instantes de una vida y los unifica en una mirada puesta
en Jesucristo y en su Madre.
Los que perseveran en esta oración, a
veces austera y árida, están en el camino de
la oración contemplativa del Espíritu. Si no
pueden pasar una jornada sin haber rezado el Rosario, les
llegará algún día una gran gracia.
Verán los cielos abiertos y a Jesús sentado a
la derecha del Padre sin cesar de interceder por los que se
acercan a él con confianza. Igualmente
entrarán en la oración de María en el
cenáculo que no cesa de pedir el Espíritu,
uniéndose a la oración de su Hijo: Pedid al
Padre y os dará otro Paráclito para que
esté con vosotros siempre.
La fe supone humildad, pues los actos de
confianza son privilegio de los humildes. Mediremos nuestra
humildad por nuestra confianza porque, para tener confianza,
es preciso no mirarse a uno mismo, sino únicamente a
Dios y a lo que él quiere.
La dificultad de la fe es la misma que la de
la humildad: se trata siempre de dar preferencia al
pensamiento de Dios y no al nuestro.
La humildad no consiste en estar descontento
de sí mismo, tampoco es la confesión de
nuestra miseria o de nuestro pecado, ni tan siquiera, en
cierto sentido, de nuestra pequeñez. La humildad
supone, en el fondo, mirar a Dios antes que a uno mismo y
medir el abismo que separa lo finito del infinito. Cuanto
mejor se ve esto (mejor dicho, se acepta el verlo)
más humilde se hace uno.
A partir del momento en que ha puesto su
confianza en Dios, sabe que los acontecimientos están
gobernados por su mano paternal y vive de su gracia.
Entonces puede proclamar como la Virgen que Dios es Santo.
Pero para celebrar la gloria de este rostro, hace falta algo
más que la evidencia, es preciso el "amor".
Para el hombre de oración, la
celebración de la gloria de Dios no es un deber, o
una deuda a saldar, sino la expresión tan
auténtica como le sea posible de su admiración
ante este rostro. Es la cumbre de su vocación de hijo
del Padre, de hermano de Cristo y de templo del
Espíritu Santo.
El hombre que ha encontrado la oración
del corazón se ha convertido en un templo vivo que
adora sin cesar en espíritu y en verdad, es un icono
de la gloria del resucitado. El templo de su cuerpo se ha
convertido en una casa de oración, en la cual
glorifica a Dios, como Jesús se convirtió en
el templo nuevo.
Toda la existencia se siente como un acto
litúrgico. "Ya comáis, ya bebáis o
hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de
Dios" El aldeano en su campo, el obrero en su taller, el
profesor en su clase, pueden liberar la nueva
creación que desea vivamente la revelación de
los hijos de Dios, si purifican sus gestos y sus miradas por
la oración de Jesús. Es la oración en
la vida, o la contemplación en la acción.
Si entras con la suficiente profundidad en el
misterio de la persona de Jesús, comprenderás
que ha venido a liberarte recreándote a imagen de
Dios. Pero no realiza esta recreación de una manera
espectacular, lo hace al modo del siervo sufriente. No pases
a la ligera y demasiado deprisa y acepta el ser
profundamente desconcertado por la locura de la cruz.
Sólo se conoce a Jesús
comprometiéndose a seguirle. Entregarte a él
con todas tus fuerzas y con todo el amor de tu
corazón, es aceptar el ser arrastrado allí
donde no quisieras, es decir a la Pasión. Cuando
Cristo te invita a seguirle y a llevar su Cruz, te propone
que te vacíes del sueño de tu vida para
entregarte realmente a El. No entregas tu vida a una causa,
un sistema o una ideología sino a una Persona.
Pero no basta el aceptar verbalmente el
seguimiento de Cristo: el misterio de la Cruz hay que
vivirlo en toda su existencia de hombre por una
asimilación cada día más verdadera al
Señor Jesús. El misterio de la Cruz que tanto
asusta al hombre moderno, celoso de cierta plenitud,
sólo puede ser comprendido en el Amor, sino la Cruz
está plantada en el absurdo y se convierte en un
falso escándalo.
Sólo el que abandona y entrega las
cosas y los seres a los que ama puede adueñarse de
ellos en una relación gratuita de amor. Entonces el
don de ti mismo implica un doble movimiento. En primer lugar
la aceptación de tu realidad de hombre. El
Señor pide que desarrolles a fondo todos los dones
que ha depositado en ti. Muchas dificultades provienen de
que tú rehúsas el aceptarte tal como eres con
todos los poderes que se encuentran en ti.
Pero el verdadero amor de Cristo supone
también que no te encierres en sus dones
guardándolos celosamente para ti. En esto consiste el
pecado: en vez de hacer de ellos el medio de relación
al Padre y a los demás, los haces servir para tu
propio fin. Renuncia a tener ideas propias y acepta lo
inesperado de la persona de Cristo.
A Cristo le toca el purificarte en tus fuerzas
vitales. Dejándote llevar por él, te purifica
de tu tendencia a echar mano de tus legítimas
posesiones. Es preciso pues que cargues con la cruz de cada
día, es decir este conjunto de purificaciones que te
proporcionan las circunstancias de la vida. Pero ten cuidado
y no fabriques la cruz en tu taller personal, déjale
a Cristo que te cargue con su cruz. Aceptando así el
perder tu vida, la salvarás. Sólo posees
aquello a lo que renuncias.
Busca,
llama, pide, intercede. Todo lo que pidas en una
oración llena de fe, lo
conseguirás.
Si no experimentas los límites de tus
fuerzas humanas y no compartes nunca la miseria material o
espiritual de tus hermanos, tu oración se
mantendrá siempre refinada y respetuosa, pero no
superará nunca el estadio de las peticiones mundanas
y no llegará a los oídos de Dios.
Si tienes tiempo, antes de entrar en
oración, vuelve a leer las parábolas en las
que Cristo habla de la oración: la higuera
estéril, el amigo importuno y luego todo lo que dice
Jesús acerca de la eficacia de la oración.
Compara tu oración con la del amigo
importuno o la de la viuda y comprende lo tímida que
es tu oración. Dios conoce el fondo de tu
corazón y participa de tu angustia. Antes de saber
como hay que orar, importa mucho más saber como no
"cansarse nunca", no desanimarse nunca, ni deponer las armas
ante el silencio aparente de Dios.
Que la intrepidez se adueñe de ti como
de la viuda ante el Juez. Vete a encontrar a Dios en plena
noche, llama a la puerta, grita, suplica e intercede. Y si
la puerta parece cerrada, vuelve a la carga, pide, pide
hasta romperle los oídos. Será sensible a tu
llamada desmesurada pues ésta grita tu confianza
total en El.
Déjate llevar por la fuerza de tu
angustia y el asalto de tu impetuosidad. En algunos
momentos, el mismo Espíritu Santo formulará
él las peticiones en lo más íntimo de
tu corazón con gemidos inefables.
¿has oído gemir a un enfermo presa
de un intenso sufrimiento? Nadie puede permanecer
inmóvil a esta queja a menos que tenga un
corazón de piedra. En la oración, Dios espera
que metas ese bemol de violencia, de vehemencia y de
imploración para volcarse sobre ti y escuchar tu
petición.
Si supieses lo atento que está Dios al
menor de tus clamores, no dejarías de suplicarle por
tus hermanos y por ti. El se levantaría entonces y
colmaría tu espera mucho más allá de tu
oración. Se puede esperar todo de una persona que ora
sin cansarse y que ama a sus hermanos con la ternura misma
de Dios.
Una oración así supone, es
cierto, la fe, pero cómo podrías tu orar con
tanta perseverancia si no tuvieses una confianza total en
Dios que te escucha y te ama. También aquí,
Cristo te recuerda que no hay comparación entre lo
que pides y la respuesta del Padre: "Yo os aseguro, si
tenéis fe y no vaciláis, no solo haréis
lo de la higuera, sino que si decís a este monte:
Quítate de aquí y arrójate al mar,
así se hará".
No puedes ver el sufrimiento de tus hermanos
sin ser el amigo importuno que llama a la puerta de Dios a
tiempo y a destiempo. Mide el alcance de estas palabras de
Jesús: "Y todo cuanto pidáis con fe en la
oración, lo recibiréis".
La
necesidad de un cuarto de hora de oración al
día.
No soy yo el que te da este consejo, sino la
misma Santa Teresa de Ávila. Había abandonado
casi totalmente la oración después de su
profesión en el Carmelo de la Encarnación de
Ávila y la vuelva a iniciar a los 28 años, a
la muerte de su padre. A petición de sus hermanas
carmelitas empieza a "escribir algunas cosas de
oración". Se encuentra en ella una frase
extraordinaria en la que dice esto: "Respondo de la
salvación de aquel que haga un cuarto de hora de
oración al día".
Para Teresa no se trata de un seguro de vida,
sino quiere decirte sencillamente que si haces de verdad
oración cada día, van a sucederte , la gloria
de Cristo resucitado va a invadirte progresivamente y a la
larga ahogará al hombre viejo. En esto sentido afirma
que el pecado puede cohabitar en ti con la
oración.
Teresa de Ávila sabe muy bien que
aumentarás la dosis. El Espíritu Santo te
dará a gustar el agua viva y a diferencia de otras
bebidas, no te saciarás nunca. La oración,
cuanto más la posees, más la deseas. En el
terreno de la oración, por el Espíritu Santo
tú harás mucha oración. Pero empieza
primero por un cuarto de hora. Luego, te apasionarás
por la oración y presentirás, con deseo y
temor que puede llegar a ser una vida interior a tu propia
vida.
Ahora bien, si te propones hacer un cuarto de
hora de oración cada día, puedes prever
numerosas infidelidades; no hacerla, acortarla, o lo que es
más peligroso, hacer como si la hicieses a tus
propios ojos o ante los de Dios. Encontrarás muchas
excusas: el trabajo, el cansancio, lo aburrido de la
oración, la impresión de que pierdes el
tiempo; en este terreno somos bastante imaginativos. Pero si
has tomado la decisión de hacer oración cada
día, hay una regla fundamental que podríamos
enunciar así: las infidelidades no tienen ninguna
importancia, con tal de que las reconozcas como tales y
sobre todo que no te instales en ellas.
Si durante muchos meses no haces
oración, pero estás atormentado por ello,
estás salvado. Por el contrario, si haciendo
oración, dejas penetrar en ti la turbación,
estás en peligro. Estoy pensando en todos aquellos
que afirman: la oración no es para mí, o vale
más que entregarse a los demás que perder
así el tiempo, o los que hacen objeciones más
sutiles sobre la posibilidad misma de la oración o
sobre la forma de hacerla.
Teresa define así la oración:
"Tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con
quien sabemos nos ama". Te invita sencillamente a dejar que
la presencia trinitaria, que impregna el fondo de tu ser,
suba a la superficie de tu conciencia para investirlo por
entero de un sentimiento de alegría. Me dirás
tal vez que la oración no es siempre para ti un
tiempo de alegría, y es cierto pero poco a poco,
irás distanciándote de lo que experimentas
para poner únicamente tu alegría en Cristo
resucitado.
La oración es el comienzo del cielo en
tu corazón, pero el cielo no está nunca fuera
de ti, está siempre escondido en el fondo de tu
corazón y es de dentro de donde brotará el
agua viva.
Seguramente os habréis encontrado con
hombres y mujeres de oración; entre ellos monjes,
laicos, sacerdotes, ancianas, monjas o jóvenes, en su
mayoría gente sencilla y pobre. Estas personas "han
sido captadas" por la oración, aunque está
oculta en el fondo de su corazón, es invisible;
sólo la mirada del Padre ve en lo secreto.
Estas personas continúan su vida
normalmente: trabajan, hablan, duermen, comen y oran con sus
hermanos, pero si no tenéis "ojo" en el sentido de
"ver a través", no os daréis cuenta de que
están siempre en oración en el santuario
interior de su corazón. Se comprende que oculten su
tesoro, pues es lo mejor y más precioso que
tienen.
Si les preguntáis un poco, os
dirán que esta oración continua es una gracia
recibida, y algunos, por no decir todos,
añadirán que la han recibido por
intercesión de la Virgen. Para muchos, el humilde
rezo del Rosario fue el camino de humildad y de pobreza que
les sumergió en la oración continua. Basta
hacer uno mismo la experiencia al comienzo de la aventura de
la oración. Nos rompemos la cabeza para encontrar el
contacto con Dios o para hacer silencio, y no lo
conseguimos. Nos ponemos a recitar el Rosario y la
oración habita en el corazón antes de que nos
hayamos puesto a pensar en Dios.
Hay ahí un secreto inaccesible a los
sabios y a los inteligentes, pero revelado únicamente
a los pequeños. No lo explico, sólo lo
constato e invito a los lectores a que ellos mismos hagan la
experiencia y juzguen por los resultados. Si no se puede
explicar ni conocer el origen o el término de esta
experiencia que nos supera, se puede al menos, dice San
Bernardo, "discernir el momento de su venida y la hora de su
retirada". ¿Por qué este discernimiento? Para
dar gracias cuando la oración se presenta y para
desearla cuando se ausenta.
Parece que en el momento que se repite la
invocación "Santa María, Madre de Dios, ruega
por nosotros, pecadores", la oración irrumpe en
nuestro corazón. La oración que se inscribe
aquí abajo en nuestras pobres palabras humanas
repercute en la oración de la Virgen en el cielo.
Somos muy conscientes de que María ha tomado el
relevo de nuestra oración y que intercede por
nosotros junto a Jesús, siendo aún más
conscientes de que no hay más que una
intercesión: la de Jesús al Padre (Heb 7,25).
María, en la gloria del cielo, intercede por nosotros
y nos hace experimentar las arras de la oración del
Espíritu. Algunos días, tenemos como la
intuición de compartir su oración del
corazón y que nos parece bueno estar allí
sencillamente con ella. Otras veces repasamos en la memoria
del corazón el hilo de los acontecimientos de la
jornada y descubrimos los humildes pasos del Señor,
sus llamadas discretas y también los rechazos que le
hemos opuesto haciéndonos los sordos.
Como las cuentas del Rosario, estos
acontecimientos forman un todo que presentamos al
Señor en la acción de gracias y el
arrepentimiento. A veces, en fin, esta oración del
corazón se identifica con el silencio y el descanso
bajo la mirada del Padre.
Que María nos conceda el acoger la
oración del Espíritu en nosotros como Dios
quiere, tanto en la alegría como en la sequedad.
En ocasión de un retiro o unos
ejercicios, pregúntate si oras de verdad, es decir:
¿cuando entras en una Iglesia o haces oración en
tu cuarto, te pones verdaderamente de rodillas? Si es
así, vuelve a empezar lo más a menudo posible
y déjate penetrar por esa actitud; conseguirá
hacer de ti un hombre invadido por la oración,
envuelto en la luz de Dios, en una palabra un hombre ebrio
de Espíritu, pues el fin de la oración es
precisamente la adquisición del Espíritu
Santo.
Dice San Juan Crisóstomo: "La Sagrada
Escritura llama a la gracia del Espíritu Santo unas
veces fuego, otras agua, dando a entender que estos nombres
indican no la sustancia, sino la operación. Fuego,
para mostrar el ardor y la fuerza de la gracia, agua para
señalar que refresca y purifica el alma de los que la
reciben." La Misericordia de Dios nos arranca del
corazón un grito que toca el corazón de Dios.
No tienes excusa alguna para no querer o no lanzar ese
grito, pues aquí, querer y poder, son la misma cosa.
Entonces, antes de cualquier oración, ponte de
rodillas despacio y conscientemente, proclamando que no
estás en primer plano, aunque tengas dudas sobre
Dios, que es quien está en primer lugar.
Si encuentras resistencias que te impiden
hacerlo, no insistas. Pide con sencillez la gracia de estar
de rodillas: Dios mío, muéstrame tu rostro y
enséñame aceptar estar en segundo plano. Si de
verdad estás convencido de todo esto, tu vida de
oración no podrá continuar como hasta ahora.
Entre tanto, si ni siquiera consigues orar de esa manera,
pero tienes el deseo de hacerlo, pide a los que pueden orar
que lo hagan por ti. Hay hombres y mujeres cuya
vocación es suplicar en el nombre de sus
hermanos.
Lo que caracteriza a esta oración, es
que no hay que esforzarse para entrar en ella porque te
impregna y te envuelve por todas partes. Es en verdad un
baño en el agua viva de la oración. Si
estás en la soledad, busca un lugar donde esté
la Eucaristía y entra en la oración de Cristo.
Puedes también deslizarte en la oración de
María, que perseveró en el Cenáculo en
la intercesión o entra en la oración de los
santos.
El que puede orar un cuarto de segundo puede
orar todo el tiempo. Es una cuestión de costumbre y
de fidelidad.
A propósito de la mujer
adúltera, que se quedó sola ante Cristo, San
Agustín hace esta magnífica reflexión:
"No hay más que dos cosas, la miseria y la
misericordia". A mí me gusta añadir: en medio
está el grito silencioso de esta mujer que agita
violentamente el corazón de Cristo y le mueve a
compasión.
Lo mismo le pasa a la oración frente al
misterio insondable de la Santísima Trinidad. Es
ciertamente una oración de adoración, pero
ésta no es posible sino a partir de un grito de
súplica que es la confesión de tu miseria.
Dios te hace toda clase de regalos y crees que te ama por
esos dones, siendo así que es tu miseria lo que le
regocija y seduce. Así se desvela un misterio muy
extraño, accesible únicamente a los pobres: te
enseña el arte de considerar tu miseria como si fuese
una perla preciosa, difícil de encontrar y digna de
la búsqueda más apasionada.
El Espíritu Santo (don de ciencia) te
sugiere, haciéndotelo saborear delicadamente con que
ternura Jesús ama tu miseria y te aconseja que la
acojas, no con la lucidez despiadada sugerida por el
demonio, sino en la lucidez más profunda del
Espíritu Santo. Cuando el demonio te muestra tu
miseria, te desesperas, mientras que el Espíritu
Santo lo hace con dulzura y descubres con estupor que tiene
todo poder sobre el corazón de Dios, pues le
seduce.
En la oración, hay que tener la mirada
perdidamente fija en su amor misericordioso para presentir
que tu miseria es amable. No temas desplegarla bajo su
mirada porque tan pronto como se ha iniciado este
movimiento, comienza la caza que te precipita hacia el
encuentro en el que te espera Cristo.
Viendo a Dios cara a cara, te ves tal como
eres tú y comprendes cuanto se complace Dios viendo
el esplendor de tu pobreza. Cuanto más te coloques en
el fondo de tu miseria tanto más podrás gritar
hacia El, es entonces cuando te arrancará de los
bajos fondos. Ahí esta el secreto de la
oración continua. Las tentaciones y las pruebas te
enseñarán a orar.
No es tu grito el que toca el corazón
de Dios, sino es él el que ahonda tu corazón
en profundidad para que puedas escuchar el grito de Dios.
Dios llama a la tierra y tú le das diferentes
respuestas. Y él continúa llamando hasta el
día en que tú le respondes: "Aquí el
pobre que te llama y tiene necesidad de ti, porque no puede
más...", entonces Dios está cerca del pobre,
del corazón quebrantado que le invoca de verdad.

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