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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
ORACIÓN Y
DISTRACCIÓN
Antes de intentar entrar en la vida contemplativa es
necesario corregir, en la propia vida concreta, todo aquello
que pudiera constituir un grave obstáculo a una
unión más íntima con Dios. La
búsqueda de la intimidad con Dios es señal de
que carecemos de algo necesario para la perfección
humana.
Todos los hombres tienden a perfeccionar el ideal de su
ser. Pero la perfección humana es, en la
práctica, sólo un ideal imposible de alcanzar
concretamente en toda su plenitud. Únicamente
Jesucristo vive una unión total con el Padre.
Aquellos que procuran imitarle en este aspecto de la
existencia humana tienen solamente un éxito relativo
en su esfuerzo de santificación. Nadie puede llegar a
ser tan santo como aquel tres veces santo, el Hijo de
Dios.
Ser santo significa vivir unido a Dios. Pero existen
innumerables grados de santidad o de unión con Dios.
No existen metas preestablecidas para el que se decide a
caminar por la senda de la santidad. Solamente existe la
indicación de la dirección a seguir. Y
ésta nos viene dada por el ideal: "Amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda
tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5). Este es el mayor y
el primero de los mandamientos. El segundo, semejante a
éste, es: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo (Lev 19,18). En estos dos mandamientos se resume toda
la ley y los profetas" (Mt 22,37-40).
La santidad real de cada persona está en el grado
de mayor o menor perfección con que consigue vivir
ese ideal. En esto consiste la vida cristiana y la vida
espiritual. El resto son detalles, aspectos parciales de los
que se habla para esclarecer, para comprender mejor el modo
de conducirse en el esfuerzo personal de
santificación a que todos aspiramos en lo intimo de
nuestro corazón. Por desgracia, muchos no escuchan
este llamamiento...
Uno de los aspectos importantes para poder iniciar un
efectivo programa de santificación personal por el
ejercicio de la vida contemplativa es la purificación
del pecado.
La palabra pecado se toma aquí en un sentido
amplio, por ejemplo: apego a las cosas materiales y a
comportamientos y actitudes egoístas. El mayor de
esos apegos es ciertamente el del egoísmo.
El pecado constituye el obstáculo más serio
entre nosotros y Dios. Removerlo, arrancarlo de nosotros es
condición imprescindible para cualquier progreso real
en la virtud. También los aspectos espiritualmente
negativos de nuestro pasado deben ser debidamente elaborados
de modo que los podamos integrar pacíficamente. Un
hecho negativo de la vida pasada está correctamente
integrado y debidamente asumido si ante un recuerdo
ocasional y espontáneo del mismo no produce en
nosotros ninguna convulsión emocional interna, ni
siquiera perturba nuestra paz y seguridad internas.
La pura representación de los recuerdos de
acontecimientos negativos o pecaminosos de la vida pasada no
favorece un auténtico cuidado espiritual. Éste
consiste fundamentalmente en una comprensión positiva
de los hechos y en la humilde aceptación de las
inevitables consecuencias dinámicas de los mismos,
con espíritu de reparación y de
penitencia.
Veo que aquí es necesaria una orientación
para los que se esfuerzan en iniciarse en la vida
contemplativa.
Me refiero al problema de las distracciones. En
épocas pasadas, las personas que se quejaban de
exceso de distracciones en la oración eran orientadas
a alejar esos pensamientos incómodos mediante la
represión forzada de la voluntad. Decían los
"directores" espirituales que era necesario no tomar en
cuenta la presencia de tales pensamientos importunos.
Aconsejaban, simplemente, la actitud de mirar por encima de
tales pensamientos, como si no existiesen.
Actualmente sabemos que esas "técnicas" para
librarse de ideas y de pensamientos inoportunos en la
oración no son lo más adecuado. En la
práctica, dichas técnicas llevan al sujeto a
ocuparse más de las distracciones que de la
oración misma. Sabemos que mientras lucha contra la
distracción esa persona ya no ora, sino que se
enzarza en una batalla interior para librarse de las
distracciones.
Sin embargo, existen medios más eficaces y
más rápidos para reducir la fuerza de una
distracción que trata de invadir nuestra mente y
nuestro corazón cuando rezamos.
Esta técnica consiste en lo siguiente:
Apenas te das cuenta de que, cuando te dispones a orar,
tu atención se ocupa de cosas que nada tienen que ver
con la oración, entonces: 1) interrumpe
momentáneamente la oración; 2) por unos
momentos fija tu atención voluntariamente sobre el
objeto de la distracción y toma plena conciencia de
ella; 3) procura descubrir el motivo de esa insistencia del
pensamiento que se interfiere en tu oración; 4) toma
conciencia muy en serio de esa distracción y trata de
conseguir y descifrar el porqué de ella en el preciso
momento en que aparece.
Se trata, en resumen, de interrumpir la oración
por unos instantes, para ocuparte deliberadamente con pleno
conocimiento y total atención de la
distracción. Haz la experiencia y verás que,
enseguida, la distracción desaparece y
recuperarás la paz interior. Vuelve enseguida a tu
oración. Ya estás libre de la
distracción. La distracción se vuelve tanto
más insistente cuanto más fuerza nos hacemos
para reprimirla. Toda esta represión produce una
reacción en sentido completamente opuesto.
Nuestra mente tiende a ocuparse de aquello que más
nos interesa. Son siempre las cosas más
significativas para nosotros las que más nos
interesan. Nos ocupamos espontáneamente de un mismo
asunto en cuanto éste nos interesa por cualquier
motivo.
El hombre no es un ser estático hecho de una vez
para siempre. El hombre es un ser en continuo proceso de
transformación, condición ésta que hace
de él algo extremadamente versátil e
inestable.
Este hecho explica nuestra dificultad para mantener la
atención fija por mucho tiempo en una misma cosa. Y
porque nos transformamos continuamente, variamos
también constantemente de intereses. Por tanto, si
queremos permanecer por un lapso de tiempo mayor ocupados
por un mismo centro de atención, es necesario
procurar mantener vivo el interés por la cosa en
cuestión.
Sustentar el interés por un determinado objeto de
consideración es problema de motivación y
ésta es la dinámica mental, que funciona en
base a un conocimiento previo de valores. La
búsqueda, el descubrimiento y la vivencia de valores
es expresión existencial de la propia vida. Nos
movemos en el mundo por energías vitales de
atracción y de repulsa de las cosas materiales y
morales con que tropezamos en nuestro constante disloque
entre el tiempo y el espacio. La inteligencia percibe los
diferentes valores y la voluntad nos permite
localizarlos.
El valor humano y espiritual que mayor atracción
ejerce sobre el hombre es sin duda el otro. El
otro forma parte de nuestro ser. Vivir sin comunicarse y
sin relacionarse con el otro sería no existir
plenamente como hombre. La energía interna que nos
permite entrar en comunicación con el otro se
llama AMOR.
Por eso el hombre normal se siente siempre impulsado a
buscar al otro. El otro que satisface al hombre a nivel
psico-fisiológico y psico-social es otra persona o un
símbolo de la misma.
A nivel espiritual-racional necesitamos de Dios para
nuestro complemento trascendental. Vida contemplativa es un
voluntario enfoque existencial sobre los valores
trascendentales. Dios, por tanto.
Contemplar a Dios produce una sensación de mayor
plenitud existencial que si nos limitásemos a
contemplar a una persona de carne y hueso muy agradable, o
algún objeto material bellísimo. Una
auténtica experiencia de Dios es experiencia
culminante por excelencia. El simple y sincero deseo de
entrar en comunicación íntima con Dios ya es
amor, amor que transmite siempre mucha paz. Y es que
allí donde está Dios hay paz. Y allí
donde no hay paz Dios no está.
Tratar la distracción como arriba hemos explicado
implica también reconocer la inutilidad de luchar
directamente contra ella. La mayoría de las
distracciones que interfieren en nuestra oración no
pueden ser vencidas por la fuerza de la voluntad. Son
más fuertes que nosotros mismos. Entregarse por uno o
dos minutos a ellas es una estrategia que nos permite
suscitar en nosotros mismos dos actitudes extremadamente
útiles en la vida de oración:
1) El humilde reconocimiento de nuestra pobreza y de
nuestra impotencia cuando se trata de ir a Dios, cuando
él nos llama: "Sin mí nada podéis
hacer" (Jn 15,5). Y también: "Ninguno puede venir a
mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae" (Jn
6,44). Jesús nos alienta para que no desfallezcamos
en la importante obra de la contemplación: "No temas,
pequeño rebaño, porque ha sido del agrado de
vuestro Padre daros el reino" (Lc 12,32).
2) El descubrimiento de la necesidad de entregarse
confiadamente en las manos misericordiosas de Dios; en el
camino de la santidad, Dios es nuestro compañero de
viaje. Él lo vigila todo, tiene previsión de
todo, nos alienta y nos ampara.
Estas dos actitudes favorecen nuestra docilidad a la
gracia. Si el Señor nos ve dóciles y fieles a
sus invitaciones, a sus inspiraciones, no podrá por
menos de apoyarnos en nuestro flaco esfuerzo por alcanzarlo.
El mismo inicia el combate contra nuestros enemigos. ¿Y
quién puede contra Dios? Cuando ve que estamos a
punto de perecer en manos de nuestros enemigos, él
nos toma en sus poderosos brazos para protegernos, para
consolarnos, para darnos paz y seguridad en torno a su
tierno corazón de padre y de madre.
Por último, es necesario reconocer que pocas
personas serán capaces de orar durante media hora sin
distracción alguna. No existe una técnica
indefectible para acabar con las distracciones de una vez
por todas.
Las diferentes técnicas aconsejadas para resolver
el problema de las distracciones en la oración, en
realidad no consiguen acabar totalmente con esa dificultad.
Únicamente la reducen. No tenemos noticia de la
existencia de contemplativos que sean capaces de no padecer
o no haber padecido alguna vez por causa de las
distracciones en su esfuerzo para permanecer durante largo
tiempo en amoroso coloquio intimo con el Señor. Por
eso, para ser un auténtico contemplativo, se necesita
armarse de valor para no desanimarse ante las inevitables
dificultades de todo género que pueden surgir a lo
largo del accidentado camino de perfección
espiritual.
El contemplativo es un convertido. Y la actitud de
conversión lleva consigo siempre el arrepentimiento
de los pecados. Ésta es, por otra parte, una de las
grandes preocupaciones naturales del contemplativo. Por esta
razón, además de pedir todos los días
perdón a Dios por sus infidelidades en el amor,
suplica constantemente para que el Señor se digne
purificarle más y más cada día. Y la
razón es porque le ama y quiere amarle más
cada día. El que ama al Señor trata de hacerse
cada día menos indigno de aparecer ante los ojos de
su amado.
El sufrimiento es útil en la vida de
oración. Por experiencia personal, sabemos que el
sufrimiento nos enseña a descubrir el camino que nos
lleva a Dios. Y el primer fruto de la experiencia del
sufrimiento, amorosamente asumido en la búsqueda de
Dios, es la purificación.
¿No es verdad que "son bienaventurados los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios"? Por el
hecho de no ser fácil alcanzar la perfecta pureza de
corazón, podemos comprender muy bien la dificultad de
ver perfectamente a Dios cara a cara.
Esta dificultad contraría las optimistas
expectativas del muy tierno principiante en la vida de
oración. Y ello es, generalmente, causa de desaliento
y angustia. En realidad, todos los hombres padecemos cierto
grado de angustia por causa de la contradicción
interna inherente al conflicto que se genera por dos
tendencias opuestas: el deseo profundamente arraigado de ir
a Dios y, al mismo tiempo, la tendencia casi invencible de
buscar la satisfacción de la exigencia
psico-fisiológica del placer periférico de los
sentidos.
La experiencia de la contemplación nos
enseña también que en este mundo no hay plena
seguridad ni paz que dure siempre. La vida es inestable por
naturaleza. Transforma continuamente todas las cosas,
incluso al hombre. Cambiamos constantemente nosotros sin
poder cambiar el modo de ser de las cosas.
Pero esta visión realista de la existencia del
hombre en el mundo no debe sernos motivo de pena y miedo de
vivir. No estamos solos. "No se turbe vuestro
corazón. ¿Creéis en Dios?; creed
también en mí... No os dejaré
huérfanos. Yo volveré a vosotros... Vosotros
me volveréis a ver, porque yo vivo y vosotros
viviréis. Aquel día conoceréis que
estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros"
(Jn 14,1.18-20).
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