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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
LUGAR DE LA
CONTEMPLACIÓN: EL CORAZÓN
El contemplativo reza y medita de modo diferente al de
los que no son propiamente contemplativos. Su
meditación no consiste en la reflexión
discursiva sobre la palabra de Dios leída en un texto
sagrado. Diríamos que se parece más a una
repentina intuición o una clara visión directa
del propio estado interior. Tiene conciencia repentina y
directa de los propios pecados y de la infinita bondad y
misericordia de Dios.
Es una experiencia espontánea, no inducida por un
esfuerzo voluntario de reflexión a partir de una
lectura o de un discurso o sermón. Se trata de un
conocimiento psicológico-espiritual unido
directamente a una auténtica experiencia de Dios. No
se trata de un saber únicamente humano. Es una
experiencia en la que toma parte el mismo Dios.
El contemplativo acaba generalmente por abandonar la
práctica de la meditación reflexiva sobre
asuntos como la naturaleza caída del hombre y la
bondad infinita de Dios. Basta con que concentre su
atención sobre conceptos como pecado o
Dios para que se desencadenen inmediatamente
pensamientos y sentimientos directamente relacionados con
esas realidades de tan profundo significado espiritual.
La inteligencia lógica no ayuda mucho en realidad
para hacer una buena oración. Como es sabido, la
inteligencia lógica no interviene
prácticamente en el desarrollo del amor. Al
contrario, tiende a bloquear el crecimiento en el amor de
Dios. De hecho, la inteligencia se ocupa más de las
cosas terrenas que de las del cielo. En las cosas del
espíritu, la inteligencia humana es más
tinieblas que luz. La palabra de Dios no es para ser
entendida por la razón. Va dirigida directamente al
corazón del hombre.
Para una mejor comprensión de cuanto venimos
diciendo, nos basta con observar la relación
madre-hijo. La madre no se relaciona con el hijo
pequeño &emdash;el niño&emdash; a base de
argumentos razonables. La madre intenta llegar al alma del
hijo &emdash;su sensibilidad emocional&emdash; para
construir y mantener allí una adecuada
relación con ella. En más de una
ocasión, Cristo nos advierte en su evangelio: "Si no
os hiciereis como niños, no entraréis en el
reino de los cielos" (Mt 18,3).
Por "reino de los cielos" debemos entender aquí la
auténtica Iglesia de Jesucristo, representada por la
unión fraternal de los hombres que, en primer lugar,
reconocen y profesan a Jesucristo como Señor. Y de
ahí que todos los cristianos se esfuercen
sinceramente por vivir en paz y armonía unos con
otros, siguiendo las soberanas directrices del divino
maestro.
Es deseo, reiteradamente expresado por Jesucristo, que
todos los hombres formen parte de ese "reino": "Tengo
también otras ovejas que no son de este aprisco. Es
preciso que yo las traiga y ellas oirán mi voz, y
habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Jn
10,16).
Todos los discípulos de Cristo somos,
insistentemente, invitados por el maestro para que [con
nuestro ejemplo y nuestras plegarias] atraigamos a
nuestros hermanos a fin de que se integren en ese
"rebaño" [para que formen parte de ese
"reino"]. "Id, pues, y haced discípulos
míos en todos los pueblos, bautizándolos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado..." (Mt 28,19-20).
Ya sabemos que, como nos enseña una larga
experiencia, esa unidad del rebaño de Cristo no se
conseguirá a base de una persuasión
intelectual. El mismo Cristo no empleó sabios
argumentos de inteligencia lógica para atraer
discípulos a su causa. Empleaba un lenguaje sencillo
y persuasivo como el de la madre y el del padre en su
relación familiar con los propios hijos.
El razonamiento lógico no ayuda realmente a
contemplar. Si ayudase, la mayoría de los
contemplativos sería de intelectuales.
La realidad demuestra exactamente lo contrario. Aunque
esto no quiere decir que la inteligencia y la cultura se
opongan a la vida de oración contemplativa. Nada de
eso. Existe, sí, una explicación para esa
constatación de que la mayoría de los
contemplativos no sean intelectuales.
La explicación está en que el intelectual,
más que los otros, se inclina más a buscar a
Dios por las luces de su inteligencia que por la simplicidad
del corazón. Dios no es complejo ni difícil de
entender como lo son, en cambio, ciertas relaciones de las
materias que se estudian en otras disciplinas
científicas: las matemáticas, la
física, la química, la electrónica, la
astrofísica, la medicina, etc.
Dios es sencillo, tan sencillo como lo es la madre para
el pequeñín con que ella se relaciona.
Decididamente, para conocer a Dios, para abordarlo y para
relacionarse íntimamente con él, el
único camino que existe es el de la simplicidad de un
niño. Todos los niños son naturalmente
contemplativos. El objeto de su contemplación es su
propia madre o aquella persona que haga sus veces.
También, bajo este punto de vista, la simple
razón humana nos dice que Jesús tiene
razón al afirmar: "Si no os convertís y os
hacéis como niños, no entraréis en el
reino de los cielos" (Mt 18,3).
Cuando el contemplativo, recogido en la presencia de
Dios, piensa en el pecado, no piensa en ningún.
acontecimiento particular de su propia vida. Considera
únicamente la infinita distancia que media entre Dios
y él. Se preocupa con un inmenso deseo de acercarse
lo más posible a aquellos que le aman extremadamente.
Sufre con la dificultad que siente de acercarse al bien
amado. Se espanta de las aparentes indiferencias e, incluso,
fugas simuladas (sequedad espiritual) de aquel a quien ama
más que a su vida.
Continuamente se arrepiente de sus debilidades y de su
tibieza delante de aquel que le llama con inefable ternura.
Todos esos sentimientos tan contradictorios le hacen sufrir
lo indecible. Generalmente acaban despertando en él
un impulso irresistible de caminar resueltamente en busca
del bien amado, poniendo en el empeño toda suerte de
renuncias y de actos de generosidad. Lo curioso es que de
toda esa tempestad interior nada se trasluce al exterior del
contemplativo. Éste aparece a los ojos de los
demás extremadamente tranquilo, relajado y en medio
de una paz envidiable.
El contemplativo no depende, en su actividad orante, de
raciocinios discursivos. El contemplativo ora a base de
intuición. Sus pensamientos y sus sentimientos
espirituales aparecen espontáneamente como
visión directa de la verdad.
La oración personal del contemplativo es siempre
muy sencilla, directa y espontánea, semejante al
lenguaje balbuciente de los niños. No tiene nada de
estructurado. Para una buena oración comunitaria es
evidente que debe de haber un mínimo de estructura o
simple preparación, ya sea por lo que respecta a las
personas que en ella participan, ya sea en el desarrollo
mismo de la oración.
Así, por ejemplo, la liturgia eucarística y
la oración comunitaria de la liturgia de las horas
siguen un ritmo previamente organizado que no se observa en
la oración estrictamente personal de las personas
profundamente contemplativas. La relación del
contemplativo con Dios se desarrolla de una manera
totalmente libre, como se desarrollan, por ejemplo, las
relaciones hijo-madre.
No debemos pensar, sin embargo, que el contemplativo no
valore la oración comunitaria y litúrgica. Al
contrario, demuestra gran aprecio por esas formas de orar
pública y solidariamente con sus hermanos. Si las
formas litúrgicas de orar obedecen a una determinada
preparación y a métodos específicos en
su desarrollo, la oración privada y personal es
totalmente libre y espontánea. Sigue el ritmo variado
del corazón y de las necesidades del momento.
El contemplativo ora raras veces con palabras. Su
relación personal con Dios se desarrolla al calor y
al unísono de los sentimientos y de las emociones del
momento.
Esta clase de oración no es tanto acción
como sobre todo vivencia. Esta puede expresarse por
monosílabos e interjecciones de admiración, de
alegría, de dolor, de soledad, de gratitud, etc.
Las grandes emociones, más o menos repentinas, no
se expresan por largos discursos ni detalladas
explicaciones. Se expresan con exclamaciones cortas y
tajantes, y sobre todo expresivas. De ese modo, el que
experimenta el acontecimiento tendrá una
noción más exacta de su verdadera naturaleza.
Asimismo, reaccionará también más
prontamente y con mayor intensidad ante esa
manifestación.
Contemplar no consiste esencialmente en entregarse a
largas horas de oración vocal o de meditación
reflexiva. El contemplativo vive y se mueve continuamente en
la presencia de Dios, en medio de sentimientos de reposo
tranquilo o de variadas emociones que se refieren a los
acontecimientos externos e internos de la vida. Participa de
la vida común de la comunidad en que habita. La
esencia de su vida de oración consiste en una
continua vivencia interna y externa de la presencia de Dios
y en la viva expresión de los sentimientos, ligados
de un modo u otro a esa vivencia.
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