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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
LA VIDA
CONTEMPLATIVA ES FRUTO DE LA GRACIA
Para aprender a contemplar y a orar contemplativamente es
necesario comenzar a rezar con la mayor intensidad interior
posible. Se ha de evitar la abundancia de palabras. Se debe
aprender a orar con el menor número posible de
palabras. Insistir, mientras sea posible, en rezar con una
sola palabra, incluso con monosílabos. Por ejemplo:
Dios, sí, no, ¡oh!, ¡más! etc.
La palabra mejor para rezar contemplativamente
-monosílaba o no- es siempre aquella que mejor
expresa la naturaleza de la propia oración en el
momento presente.
Para mejor entender esto que venimos diciendo es preciso
explicar primero la naturaleza de la oración.
Ésta se describe como "una oración sencilla,
reverente y consciente, llena de deseo de crecer en amor y
de superar o vencer el mal".
El mal de que aquí se habla, sea por
instigación, sea por obra, se resume en el pecado.
Por eso, cuando deseamos ardientemente rezar por la
conversión de los pecadores, debemos siempre pensar
únicamente en las terribles destrucciones causadas
por el pecado.
Santa Teresa de Jesús sugiere una
interpretación personal: "La oración mental no
es otra cosa, a mi modo de ver, que lo que es un tratar de
amistad, un estar muchas veces a solas con aquel que sabemos
nos ama (Vida 8).
Cuando la mística santa del siglo XVI habla del
amor, debemos pensar únicamente en el significado de
la palabra DIOS y despertar en nosotros el deseo de estar
con él. Esta palabra significa todo cuanto de bueno
existe. Dios es la única fuente de todo bien.
Él es la misma bondad, el amor en persona.
Por tanto, mal o pecado y Dios son las dos palabras
más importantes en la vida de oración. El
contemplativo prefiere alimentar su oración con las
grandes síntesis comprendidas en esos dos
monosílabos.
Para orar o para contemplar con esas palabras no es bueno
investigar la naturaleza gramatical o semántica de
las mismas. Dejarse llevar por esa actividad intelectual es
más trabajo que el que supone la oración en
si. Sería, ni más ni menos, bloquear la
oración contemplativa. Ésta -ya lo hemos dicho
antes- se caracteriza sobre todo por la vivencia y
experiencia interior.
Es cierto que la oración contemplativa y la
contemplación propiamente dicha no son fruto del
estudio, sino de la gracia. Y esta gracia la recibe todo
aquel que se abre a ella y que, interna y externamente,
está dispuesto a recibirla.
Las dos palabritas pecado y Dios no tienen por qué
ser tomadas obligatoriamente para motivar la oración
contemplativa. Es cuestión de elección
personal. La gracia puede inclinarnos por otras palabras con
otros objetivos u otros significados. Lo importante es que
la palabra elegida se mantenga fija en la mente cuando
queramos orar con palabras sencillas o aisladas.
Aquel que no se sienta inclinado a orar con palabras
habrá de rezar de otra manera, como más le
convenga en ese momento.
La sencillez de la verdadera oración no impide que
ésta sea frecuente. En realidad, no sólo es
frecuente, sino que tiende a transformarse en un estado
permanente: el estado de oración.
En un momento dado, impulsado por la gracia, el
contemplativo entra en determinado estado de oración
y en él permanece hasta conseguir que su plegaria
reciba una respuesta.
En la vida de oración, los acontecimientos se
suceden de modo semejante a lo que acontece en la vida
ordinaria de las personas. Si alguien se encuentra
inopinadamente en una gran dificultad imprevista, grita
espontáneamente: "¡Socorro!, ¡socorro? , o
"¡Fuego!, ¡fuego! Y así continuará
gritando hasta que su demanda urgente sea atendida.
Cuando el contemplativo se vale de una determinada
palabra para orar, no insiste en una clase particular de
pecado. No tiene en su mente el orgullo, por ejemplo, o la
envidia, o la lujuria, o cualquier otro pecado particular
por grave que sea. Únicamente trata de bucear en la
realidad espiritual significada por la palabra.
En la vida espiritual, el hecho más serio que
afecta siempre destructivamente al equilibrio del alma
amante del Señor no es este o aquel pecado
particular. Es siempre aquel hecho muy lamentable del
pecador, que se encuentra apartado de la amistad de un Dios
infinitamente bueno y amable.
La tradicional clasificación de los pecados en
graves o leves, en más graves o menos graves, de
acuerdo con la norma de conducta transgredida o de ofensa
hecha a Dios o a los hombres, no interesa mucho al
contemplativo. Lo realmente grave y lamentable en grado
superlativo para él es la estremecedora
situación del hombre que rompe su relación de
amistad con Dios. Sentirse el hombre separado de Dios es
para él algo espantoso, terrible, que le roba la paz
del alma y se convierte en su mayor tormento.
Por el pecado yo mismo pierdo mi dignidad de hijo de
Dios; por el pecado me encuentro solo y desamparado de mi
Padre, a quien abandoné en un loco gesto de
rebeldía; por el pecado me encuentro sumido en la
más absoluta pobreza y en una aflicción tan
grande que sólo me queda gritar, con una
exclamación desesperada: "¡Padre mío!...
¡Padre mío!... ¡Socorro!...
¡Ayuda!
"
Es difícil describir con palabras el estado
espiritual del hombre en pecado. Únicamente la triste
experiencia personal nos lo puede enseñar.
Sólo la pérdida de aquel de quien dependemos
en todo puede revelarnos todo el inmenso &endash;infinito-
valor de ser hijo adoptivo de un Padre todo ternura y amor
absolutamente gra-tuitos.
Si le escuchamos con atención, él mismo nos
enseñará el profundo significado de nuestra
filiación divina. Él lo hace mejor que
cualquier sabio escriturista versado en la sagrada Biblia.
¡ Y escuchemos cómo nos habla, cómo gime
y grita en lo íntimo de nuestro corazón!
Solamente la persona espiritualmente sorda o perversa,
totalmente enfangada en la sucia materia del pecado,
podrá dejar de escuchar ese grito interior de Dios,
nuestro Padre.
La propia palabra pecado horroriza al alma contemplativa,
hasta el punto de que llega a sentirse abismada en la
más absoluta miseria. El hombre contemplativo de tal
modo llega a sentir asco y repugnancia del pecado, que,
incluso físicamente, se derrumba por el peso moral
del mismo, y llora por la pobre humanidad, inconsciente de
la pérdida de su propio y maravilloso destino
original.
Lo que se dice del pecado vale para el contemplativo
tanto cuanto vale lo que se refiere a la palabra de
Dios.
Al meditar la palabra de Dios, el contemplativo no se
ocupa de ninguna obra particular de Dios. No considera
virtud particular alguna, como la humildad, la caridad, la
paciencia, la sobriedad, la templanza, la esperanza, la fe,
la castidad o la pobreza evangélica. Se ocupa
solamente de la realidad espiritual de la palabra de Dios.
Las virtudes particulares son únicamente aspectos de
esa misma realidad.
La unión con Dios comprende la práctica de
todas las virtudes. El que está en Dios posee todos
los bienes. Posee a Dios en su plenitud. Por eso ya no puede
ambicionar más. Allí donde Dios predomina,
todo lo demás, fuera de Dios, es vacío y nada.
Cuando alguien se vuelve contemplativo, no se hace tal por
sí mismo.
Nadie llega a ser contemplativo por si mismo. Cuando uno
llega a la contemplación, sabemos que no es obra
suya, sino de Dios.
El contemplativo es siempre obra de Dios. Si tiene
algún mérito en ser contemplativo, éste
se limita a la docilidad con que esa persona se deja
trabajar y moldear por aquel que nos llama, nos quiere y nos
ama.
En una de las capillitas de oración de la sede
provincial de los Hermanos Maristas de México Central
(Quinta Soledad), se lee, debajo del tabernáculo,
esta sugestiva frase:
"TÚ ME SEDUJISTE, YAVÉ,
Y YO ME DEJÉ SEDUCIR".
Estas significativas palabras compendian de modo perfecto
el misterioso proceso espiritual que transforma al hombre
natural en un autentico contemplativo. El fenómeno de
la seducción amorosa es siempre el resultado de un
doble movimiento afectivo. Una persona que ama
apasionadamente a otra que se entrega totalmente y se deja
amar.
No hay amante que ame más apasionadamente a una
persona que el mismo Dios. El nos engendró y no se
cansa de buscarnos, de atraernos, hasta que nos haya
conquistado definitivamente.
Por otra parte, el hombre seducido por Dios es tal
solamente a partir del momento en que ama apasionadamente a
aquel que irresistiblemente le atrae. Todos los amores
humanos no pasan de pálidas imágenes de lo que
acontece entre la persona que se entrega por entero y Dios,
que nos ama apasionadamente.
El gran sufrimiento de los que se dejan conquistar por la
grandeza del amor de nuestro Señor Jesucristo es
precisamente el pecado. Éste implica siempre un
amarguísimo sentimiento de pérdida del
más precioso don de la vida: el amor.
El pecado está en relación al amor como el
agua está en relación al fuego, o más
todavía, como la noche lo está con
relación al día. El amor es vida, mientras que
el pecado, por el contrario, es muerte.
Es triste, muy triste para el contemplativo la idea de
que, a pesar de su buena voluntad, no consigue ser para su
Señor únicamente fuego de amor, luz y vida.
Por más que se esfuerce, no consigue librarse
totalmente de cualquier mancha de pecado. Y es que,
desgraciadamente, el pecado forma parte del hombre. Mas esa
realidad es un peso, una mancha que le humilla profundamente
y le mortifica cruelmente.
Podríamos preguntarnos: ¿Por qué esto
es así? ¿Por qué debemos pagar un precio
tan alto para amar, si no podemos vivir sin ese sufrimiento
de querer amar más y no poder conseguirlo?
Para poder vislumbrar algo de ese misterio es necesario
recordar que ésta es una realidad de nuestra vida
sobre la tierra. No venimos a este mundo para echar
raíces en él. Sabemos que la vida sobre la
tierra es de paso, un mero tránsito. La felicidad no
se nos da gratuitamente. Debemos conquistarla con trabajo y
perseverancia. La vida en la tierra no es más que una
espera en el vestíbulo de la eternidad, en el que
debemos esperar con paciencia nuestra entrada en la
bienaventuranza de un cielo eterno.
Nacemos todos en pecado. Y como nada impuro puede entrar
en el cielo -la "tierra prometida"-, el Señor nos
conduce al desierto para una previa purificación. Por
eso contemplación no es precisamente felicidad. Es
más bien tiempo de trabajo y de sufrimiento, de
ejercicio y de ensayo de la nueva vida que el Señor
nos tiene prometida. Él mismo nos dice que va delante
de nosotros para prepararnos un lugar adonde nos
llevará después. Allí nuestra vida ya
no conocerá sufrimiento ni miedo, cosas que son
sólo patrimonio de nuestra condición de pobres
pecadores.
El gran principio que orienta al contemplativo en sus
trabajos de incesante y exhaustiva búsqueda es: En la
medida en que poseas a Dios estarás libre de pecado,
y en la medida en que estés libre de pecado
poseerás a Dios.
Desde el punto de vista de eficacia espiritual, un grito
interior -tal vez imperceptible- es realmente
manifestación de la persona en si, de lo que ella es
en esencia. Ese grito que sale de lo más
íntimo de nuestro ser es la expresión del
hombre, de lo que él tiene de más
auténtico. El clamor que irrumpe de lo más
recóndito y profundo del hombre conmueve el
corazón de Dios más fácilmente que los
largos salmos, recitados más o menos
automáticamente.
¿Y por qué un grito espontáneo o una
brevísima exclamación dirigidos a Dios tienen
tanto poder sobre su divino corazón? Es fácil
de entender. La madre no se deja impresionar por una larga
perorata o vano parloteo del hijo. En cambio, se asusta y
corre en auxilio del hijo cuando éste la llama con
voz fuerte y angustiada, aunque sea una sola vez:
"¡Ma-má-a-a-a!
"
Ese grito y esa interjección del hijo expresa para
la madre todo un mundo de emociones, que ella conoce muy
bien y que sólo ella será capaz de remediar.
Orar de este modo es orar con toda la fuerza de nuestro ser,
con toda nuestra alma.
Esa oración es profunda, porque sale de lo
más íntimo de la persona. Con esta
oración el hombre llega a conocer la verdadera
naturaleza de Dios: al todopoderoso, al omnisciente, al todo
misericordia, al creador de todo cuanto existe, al eterno,
al amor de los amores...
El contemplativo vive expuesto a ese Dios y es
continuamente transformado por él. La gracia
todopoderosa de Dios transforma al hombre y hace de
él una persona semejante al propio Dios. De igual
modo que el Padre ejecuta al instante el menor deseo y
petición del Hijo, Jesucristo, él
también atiende con paternal presteza la menor
petición o deseo de aquellos que se asemejan a su
Hijo divino.
El modo correcto de orar para ser inmediatamente atendido
por Dios es orar a la manera de Jesucristo cuando oraba a su
eterno Padre. Y aquel que es capaz de orar como oraba
Jesús puede estar seguro de que su oración
será escuchada por el Padre.
Para orar como oraba Jesús no es preciso que
seamos necesariamente iguales a Jesucristo. Ninguno es tan
santo como Jesús. Sin embargo, un pecador puede, en
principio, rezar como rezaba Jesús. También
él será escuchado por Dios y atendido en sus
angustias y necesidades verdaderamente espirituales.
Podemos pensar, con toda razón, que el
Señor procura estar siempre muy atento cerca del
hombre malo y pecador, algo así como lo está
la madre, siempre próxima al hijo enfermo y
necesitado. Los hijos sanos juegan y brincan, trabajan,
estudian... "Jesús come con los pecadores..." " No he
venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Lc
5,32).
Incluso los humanos, intrínsecamente malos y
pecadores, difícilmente nos resistimos a un enemigo
declarado cuando nos suplica auxilio en una situación
de extrema necesidad. La angustiosa llamada de
"¡Socorro!" es capaz de mover incluso los corazones
ordinariamente insensibles al sufrimiento ajeno.
La gracia puede transformar realmente el corazón
lleno de odio y convertirlo, hasta el punto de llegar a
sentir profunda compasión por un enemigo.
¿Qué pensar, entonces, del
misericordiosísimo corazón de Jesús
para con el pecador en apuros? Dios posee en plenitud todas
las diversas buenas cualidades del hombre. Por
misericordiosa disposición suya, participamos de sus
atributos divinos, ya que nos hizo a su imagen y
semejanza.
Dios es misericordioso por esencia de su ser. Por eso
podemos decir que todo él es misericordia. Esta
verdad es capaz de despertar una confianza infinita en
nuestro Señor Jesucristo.
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