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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
CONTEMPLACIÓN
Y SALUD La orientación general de la vida del
contemplativo se caracteriza por una clara actitud de
moderación. No se puede afirmar de él que sea
una persona específicamente moderada en esto o en
aquello, como, por ejemplo, en el comer, en el beber, en el
dormir, etc. Pero la característica de prudencia y de
templanza del verdadero contemplativo afecta a todas las
manifestaciones de su personalidad. El contemplativo se
mueve equidistante entre dos extremos.
No busca el exceso en la oración formal ni abusa
de los compromisos sociales. La única cosa que no le
preocupa limitar es el amor. Su aspiración
aquí y su esfuerzo lo tiene puesto en el ser
infinito, sin que, evidentemente, espere llegar nunca a
alcanzar esa medida.
La exageración y el exceso en cualquier aspecto de
la vida, incluida la vida de oración, perturban
siempre de cualquier modo el equilibrio
psico-fisiológico del hombre.
Las imprudencias de comportamiento están siempre
generalmente relacionadas con la necesidad de realizarse. El
activismo o cualquier otro exceso acaban siempre por alienar
la realidad de la vida, como producen también
alienación el abuso del alcohol, de la droga, del
tabaco, del sexo... Todos estos excesos son una
manifestación de la relación patológica
con una experiencia que llega a tocar e influir en la
disposición interna de la persona.
La relación patológica con una realidad
personal acaba siempre por perturbar, más o menos
profundamente, tanto en cosas como en experiencias
personales, y quienes le rodean se vuelven más o
menos extraños y superfluos para él.
La personalidad del individuo que comete excesos presenta
tres elementos característicos muy a tener en cuenta:
una relación patológica, el modo de obrar que
altera sus disposiciones anímicas y la tendencia a
romper con toda relación interpersonal o de
amistad.
Un eventual abuso excepcional no siempre causa graves
trastornos de salud o de personalidad. El gran peligro
está en la necesidad de repetir obsesivamente, sin
cesar, ese abuso o exceso. La obsesión limita la
voluntad. Y esa limitación impide al sujeto en
cuestión cumplir sus buenas intenciones,
reiteradamente renovadas.
El comportamiento de una determinada persona que se
limita a excesos y exageraciones de todas clases, en
cualquier aspecto de la vida, oculta siempre una
depresión latente, que lleva al sujeto a experimentar
en sí una sensación de progresiva
disminución de la vida. Reacciona a esa
impresión funesta con un exceso cualquiera, el cual
tiene por objeto la necesidad de sentir la sensación
de vida.
El aspecto activo de la vida contemplativa no sigue un
ritmo uniforme a lo largo de la existencia. Acontecimientos
normales diversos, comunes a todos los hombres, hacen que
ese ritmo sea ya acelerado, ya disminuido e, incluso a
veces, casi suspendido por completo.
Dolencias más o menos graves, trastornos de
naturaleza neurótica y, sobre todo, alteraciones de
las funciones psico-biológicas pueden afectar tanto a
la vida física cuanto a la mental y a la
espiritual.
Estos y otros cambios naturales influyen en el ritmo de
vida del contemplativo. Este hecho lleva a recomendar a la
persona sinceramente empeñada en crecer en el amor a
Dios y a los hombres a no desmayar, a cultivar decididamente
un permanente estado de sana alegría-de-vivir.
Por otro lado, se requiere un buen sentido común,
de modo que cualquier persona se responsabilice en conservar
el propio estado de salud, tanto física como mental y
espiritual. Debe el contemplativo saber que cerca del 85 por
100 de las dolencias que afligen al hombre son, en general,
"fabricadas" inconscientemente por el propio sujeto. La
práctica de las reglas de higiene física,
mental o espiritual constituye una condición
indispensable de vida normal, más o menos feliz, y de
longevidad.
Una vida religiosa sólo se construye sobre los
fundamentos de una disposición tranquila, saludable y
vigorosa, tanto del cuerpo como del espíritu. La
salud del cuerpo y del alma exige una buena disciplina de
vida en todas sus manifestaciones: alimentación,
trabajo, reposo, emotividad, relaciones sociales, deporte,
estudio, diversión...
A pesar de todo, nadie está completamente
protegido contra cualquier enfermedad imprevista. Por eso es
también necesario estar prevenido.
Si la dolencia o la enfermedad vienen, el contemplativo
tratará de cultivar la paciencia. Esperará con
humildad en la misericordia de Dios. El sufrimiento
soportado por amor a Dios puede ser incluso más
meritorio y más útil para la salvación
del mundo que lo puedan ser las inefables alegrías de
una profunda vida de oración contemplativa.
Hoy existe una amplia literatura que trata
prácticamente de todos los aspectos de higiene
preventiva para una vida más sana, más llena y
más eficaz en todos los sentidos: salud, higiene,
alimentación, relación interpersonal, trabajo,
reposo, equilibrio emocional.
Quien de veras se interesa por crecer, sobre todo en el
amor de Dios y en el apostolado entre los hermanos en
Cristo, encuentra siempre el camino justo de
moderación en todo.
Quien generosamente se entrega a la vida contemplativa,
difícilmente yerra por exceso o por omisión en
su empresa.
Quien ama de verdad busca ser fiel, cueste lo que cueste.
Un grande y auténtico amor a Jesús lleva al
contemplativo a preocuparse muy poco por problemas de
alimentación y de vestuario. "Mirad a los
pájaros... Ellos no siembran ni cosechan, no tienen
ni despensa ni granero, y, sin embargo, Dios los alimenta...
Mirad a los lirios del campo cómo crecen; no hilan ni
tejen, pero yo os digo que ni Salomón en todo su
esplendor se vistió como uno de ellos... No
andéis buscando qué comeréis y
qué beberéis, y no andéis ansiosos...
Buscad antes el reino de Dios y su justicia, y todas esas
cosas se os darán por añadidura" (Lc
12,24-31).
La moderación y el equilibrio humanos se consiguen
más fácilmente con una sincera
despreocupación de las cosas de la tierra que con una
excesiva introspección y angustiosa actitud
voluntarista. Se trata de confiar más en el
Señor, a quien amamos apasionadamente, que en nuestra
propia inteligencia y capacidad de adaptarnos a nuestra
realidad del momento presente.
He aquí la gran lección que nos legaron y
nos legan, los numerosos santos que proliferan en todos los
tiem-pos y lugares del reino de Dios sobre la tierra.
El contemplativo no tiene realmente otra cosa que hacer
que vivir, en cada momento de su existencia, la intimidad
afectiva con aquel a quien se ha consagrado
irrevocablemente. La constante purificación de todo
lo que ocupa el lugar reservado a Dios en el corazón
del hombre es una condición de crecimiento
espiritual.
Cualquier seguidor sincero de Jesús no puede
pactar con nada que pueda obstaculizar el reinado soberano
de su Señor. El corazón, la inteligencia y el
propio cuerpo del contemplativo pertenecen al Señor y
deben estar totalmente a su servicio. El hombre que se
entrega incondicionalmente a Dios ha de olvidarse de
sí mismo. A partir de su incondicional
consagración al Señor, ya no se pertenece.
Pasa a ser, en las manos de Dios, un simple instrumento para
la salvación del mundo.
El verdadero amante tiene un solo deseo, que eclipsa a
todos los demás: estar enteramente disponible al
servicio del amado por encima de todas las cosas.
Se trata de aprender a detestar casi instintivamente todo
aquello que aparezca en nuestra mente y en nuestro
corazón y que directamente se oponga a nuestra
intimidad personal con Jesús. Nuestro amor a
Jesucristo nos exige que entre él y nosotros no
exista absolutamente nada que lo estorbe.
Cuando el amor de Dios invade el corazón del
hombre, el divino huésped lo absorbe todo por
completo. Ya no queda en él espacio para nada que no
sea Dios. Sólo él y yo habitamos en nuestra
inmensa soledad. El espacio físico y espiritual
más densa y ricamente ocupado es siempre la soledad a
dos: Dios y yo.
¡Qué pobres y qué necios son aquellos
cristianos y religiosos que se lamentan de padecer la
soledad interior! Viven realmente solos o ignoran por
completo que cargan con el mundo entero en su mezquino
corazón. ¡Qué ciegos, sordos y pobres
están todos los que así piensan! Son como
mendigos desesperados de la vida y muertos de hambre, que
duermen, sin saberlo, encima de sacos repletos de
dinero.
El mayor obstáculo para nuestra unión
íntima con Dios es ciertamente el pecado. Pero es
mejor no ocuparnos demasiado de él. La mejor manera
de curar esa llaga fétida es vivir con la conciencia
limpia, seguros del amor y de la misericordia infinita del
Señor, que nos sustenta.
Nosotros no podemos curarnos a nosotros mismos.
Sólo él puede y quiere curarnos. Si le somos
fieles, si cumplimos su voluntad, la curación
será segura y definitiva. Hipotéticamente,
alguna vez Dios se apartará de nosotros.
Desgraciadamente, podemos serle rebeldes y huir de
él. Ser fiel y dócil y dejarse amar por
él es el rescate de nuestra abominable miseria. Por
desgracia, mi pecado no es algo extraño a mi ser,
sino que es inherente a lo que soy. No tengo pecado, pero yo
soy pecado. Un doliente. Yo soy la misma dolencia, la misma
enfermedad. Sólo Jesús, médico divino,
puede curarme.
Para orar contemplativamente en sentido más
profundo es necesario abandonar e! pensamiento y la
experiencia personal de todas las cosas creadas. Esta es una
condición indispensable para olvidarse uno de
sí mismo y poder fijar toda la atención en
Dios como tal o en una de las tres divinas personas: el
Padre, Jesucristo o el Espíritu Santo.
Lo más difícil de apartar de nuestra
memoria es el constante recuerdo de nuestro yo: nuestras
sensaciones, percepciones, sentimientos y experiencias,
tendentes a ocupar el centro de nuestros pensamientos.
En la oración contemplativa, y más
todavía en la contemplación propiamente dicha,
el centro de todo cuanto acontece en torno nuestro es el
Señor. Nosotros funcionamos únicamente como el
que mira, oye, comprende, recibe... Somos meros espectadores
y, como tales, reaccionamos espontáneamente. El y
sólo él es el divino actor que anima la
escena. Lo único importante en ese momento de
profunda intimidad con Dios es lo que él dice y hace
con nosotros.
Toda nuestra atención, nuestros sentimientos y
nuestras actitudes son reacciones causadas directamente por
él. Todo sucede al modo de lo que ocurre en un idilio
amoroso entre la madre y su pequeñín, a quien
ella ama entrañablemente. La animadora de la escena
es la madre, no la criatura. Ésta no es más
que el objeto al que se dirigen las miradas, los gestos y
las palabras cariñosas de la madre, cualquier
expresión, en fin, que tenga algún significado
para el hijo.
La madre sabe muy bien que todo lo que acontece en
aquellos momentos va dirigido al único objeto de su
predilección. El hijo se siente blanco de todo cuanto
viene de su madre. No es capaz de razonar todavía, no
entiende el significado exacto de todo aquello que percibe.
Se limita a observarlo todo y, por un mecanismo
automático de su incipiente consciencia, se da cuenta
de que todo aquello que ocurre es algo extraordinariamente
bueno para él. Su frágil sistema nervioso
actúa, de modo automático, los
estímulos amorosos de la madre sin entender
aún perfectamente el significado más profundo
de esa experiencia.
Pues bien, el Señor es para nosotros mucho mejor
de lo que es la mejor de las madres del mundo. Nos es
imposible comprender en toda su extensión y magnitud
su inmenso amor, la grandeza de su misericordia para con
nosotros, frágiles criaturas suyas.
Lo que Dios nos pide es que nos dejemos amar por
él. Que él pueda servirse de nosotros en su
incomprensible bondad, totalmente gratuita, para ejercer con
nosotros su misteriosa paternidad y maternidad divinas.
Él nos creó para tener a quien poder amar de
manera semejante a como la madre ama a su hijo, para
realizar de modo excelente su íntimo deseo de
maternidad.
Nuestro papel en ese místico juego contemplativo
consiste en estar dispuestos y abiertos para dejarle a Dios
la iniciativa de hacer en nosotros cuanto desee.
Limitémonos a recibir, escuchar y comprender lo que
él nos quiere dar a entender. Así podremos
crecer a su divina sombra, amparados por su poderosa mano de
Padre y de Madre. La mayor alegría de Dios -si es que
podemos hablar así- es la de ocuparse de nosotros los
hombres, sus hijos muy amados. ¡Qué triste seria
desconocer la divina predilección del Señor
por nosotros! Ciertamente, seríamos unos hijos
ingratos... Sin alma...
Todo esto implica en nosotros la destrucción de
todo egoísmo. Si confrontamos, en un sentido
valorativo, la arcilla inerte con el artista alfarero, no lo
dudaremos: el hombre representa un valor muy superior al
barro informe y totalmente privado de vida. El hombre es
depositario de una potencialidad fabulosa. Puede hacer
innumerables cosas; puede percibir y leer el significado
existencial de todas las cosas perceptibles por los
sentidos. Puede experimentar variadísimos estados de
conciencia.
El hombre es el ser más poliforme,
polifacético y polivalente del universo conocido. La
arcilla, barro deleznable, en sí misma no es
más que un aglomerado de partículas de tierra
y de agua. Totalmente impotente para crear, para percibir y
para entender lo que con ella acontece.
Sin embargo, en las manos del artista la arcilla se
transforma. Con ella se pueden representar muchísimas
cosas. Es capaz de asumir una infinita variedad de formas
bellísimas, tales como vasos y otros objetos
realizados por famosos artistas, que enriquecen las salas de
todos los museos del mundo y que adornan asimismo ricos
palacios.
Si trasladamos la sencilla imagen arriba descrita al
ámbito de la contemplación, el divino alfarero
artista es el Señor. Nosotros somos la arcilla.
Ésta yace abandonada, desconocida y sin valor alguno,
oculta en el seno de la tierra, donde duerme un sueño
de muerte. Así es y así será hasta el
momento en que el Señor la vea y decida servirse de
ella para poner por obra su divina arte creadora.
Crear es fundamentalmente jugar, divertirse. El juego de
los niños no tiene utilidad práctica para la
vida de los hombres sobre la tierra. Pero el juego tiene
suma importancia para los niños. Sin él,
éstos no podrían vivir. Su existencia
sería un drama. Probablemente acabarían por
morir de tristeza.
El juego lo es todo para el niño. Es aprender a
conocer las cosas y a conocerse a sí mismo. Es
ejercitar poco a poco sus riquísimas y
variadísimas aptitudes y dotes humanas. En el juego
el niño se siente un pequeño creador, un
artista capaz de dar vida a las cosas que caen en sus manos.
El niño experimenta la alegría-de-vivir cuando
puede jugar. ¡Es como se siente feliz!
Nosotros somos la arcilla, un juguete en las manos del
divino artista. El centro de la escena es el Señor.
Nosotros -la arcilla y el juguete- no somos nada.
Absolutamente impotentes. "Sin mí, nada podéis
hacer" (Jn 15,5). En sus divinas manos seremos transformados
en algo muy especial, hermoso y rico.
Dios se complace en la obra de sus manos. En el
misterioso juego de la contemplación el
acontecimiento más importante no es la
transformación que se opera en nosotros, sino la
alegría de Dios en poder transformarnos. "En verdad
os digo que habrá más alegría por ella
(la oveja perdida) que por las noventa y nueve no perdidas"
(Mt 18,13). Y en otro lugar nos dice Jesús: "En
verdad os digo que habrá mayor júbilo en el
cielo por un solo pecador que hizo penitencia (es decir, que
se deja trabajar por mí) que por los noventa y nueve
justos que no necesitan de penitencia (es decir, que ya
fueron trabajados por mí)" (Lc 15,7).
Contemplar o rezar contemplativamente es, esencialmente,
abandonarse con plena confianza en las manos de Dios y
dejarse trabajar por él.
Debemos asistir con atención participativa a todo
lo que Dios hace con nosotros. Participar con humildad y
gratitud en todo lo que él tenga a bien emprender en
nuestro provecho.
El verdadero importante en esta tarea es él, no
yo. Yo no soy más que un objeto dócil en sus
manos de Padre, de Madre, de artista. Yo no tengo nada que
hacer. Sólo él hace todo cuanto dentro de
mí sucede. Yo sólo debo dejarle hacer. Todo
únicamente para su mayor gloria.
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