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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
CORAZÓN
PURO Y BUENA VOLUNTAD
Para llegar a la verdadera contemplación se debe
confiar más en el entusiasmo y en la genuina
alegría espiritual que en la fuerza de la
voluntad.
Éste es un trabajo que exige prudencia y cautela.
Un imprudente esfuerzo de voluntarismo puede incluso causar
daño al equilibrio de la propia personalidad.
Como regla general para buscar la auténtica
contemplación, podría aconsejar ésta:
cuanto más tranquila y alegremente procedas, tanto
más sencilla, humilde, espiritual y auténtica
será tu oración contemplativa.
Si, por el contrario, te empeñas en trabajar
valiéndote de actitudes artificiosas y
mórbidas, los resultados serán más bien
decepcionantes. Es por esto que se recomienda mucha cautela
al que de veras desea ser un contemplativo.
Existen diversos abusos, más o menos peligrosos,
que se deben evitar al tomar ese camino espiritual.
Uno de ellos es la pura y simple representación de
pensamientos, imágenes, fantasías, deseos y
sentimientos. Estas diferentes actividades de la mente
tratan de desviar la atención del único objeto
que buscamos. Toda representación desencadena una
reacción interna que viene a reforzar ese descontrol
de la mente, lo que divide peligrosamente el equilibrio
interior.
¿Qué se podría hacer, entonces, frente
a esas distracciones que tienden a bloquear el vuelo libre
del alma sedienta de Dios? La primera actitud a tomar en
cuenta es la de tener paciencia, la de no perder la cabeza.
En vez de reprimir esas "tentaciones", es mejor enfrentarse
a ellas tranquilamente y preguntarse a si mismo respecto del
significado de las mismas en el preciso momento en que se
presentan, tanto en el aspecto vital como en el espiritual.
Acto seguido, tomar una actitud tranquila de defensa:
vigilar la propia voluntad para no dejarse enrollar por esas
distracciones. Y, por último, suplicar al
Señor con humildad y sinceridad que envíe su
Espíritu de fuerza y de calor.
La propia consciencia de que por nuestro esfuerzo
personal no conseguiremos dar un paso hacia el Señor,
es condición indispensable para que él nos
envíe su gracia. Nosotros no tenemos la menor aptitud
para salvarnos. Sólo él nos puede salvar. Sin
él, nada se ha hecho. Pero "todo lo puedo en aquel
que me conforta
" como afirma san Pablo.
Si el Señor no construye la casa, vano será
nuestro esfuerzo..." (Sal 127,1) para aprender a
contemplar.
En las construcciones personales, la dimensión de
nuestra espiritualidad no tendrá cimientos
suficientemente sólidos. Si el Señor no nos
orienta [y aconseja], construiremos nuestra casa
sobre arena. Nuestras vanas ilusiones están
destinadas a desmoronarse con la primera tempestad, por leve
que sea.
La gracia divina no actúa por impulsos naturales,
sino que actúa con una suave fuerza semejante al
suave y constante crecimiento de una planta. Por eso el
trabajo de aprendizaje de la oración contemplativa
requiere un previo ejercicio de amar con alegría en
la tranquila disposición de paz y de reposo del
cuerpo y del alma.
Es necesario saber esperar con alegría y con
modesta delicadeza a que el Señor tome la iniciativa
para celebrar el encuentro. Sin la luz interior que precede
a la manifestación del Señor,
difícilmente podrá ser percibido.
Vale la pena saber esperar, por cuanto que la espera
aumenta el deseo de estar con él. En la vida de
oración, nada puede forzarse. El Espíritu
sopla cuando quiere y donde quiere. Es inútil querer
violentarlo.
Es más. Aparte de inútil, sería
contraproducente. El Señor es como una madre
amantísima que sale en busca de su hijo, y cuando lo
encuentra le abraza entrañablemente, le estrecha
contra su corazón y le cubre de tiernos y
cálidos besos.
La condición para que Jesús proceda de un
modo semejante con nosotros es que nosotros nos presentemos
ante él como si fuésemos niños
pequeños: con sencillez, con confianza, con verdad,
con sinceridad, con lealtad, con amabilidad, con
corrección, con espontaneidad, dispuestos a lo que
él nos pida...
Experimentados contemplativos llegan a aconsejar a los
que quieren tomar esa vía espiritual a no expresar
directamente al Señor su íntimo deseo de
amarle. Afirman que es mejor ocultar ese deseo a los ojos de
Dios. Y lo justifican diciendo que, cuanto más
ocultemos ese deseo al Señor, tanto más
claramente lo echará de ver.
Esa paradójica explicación revela, en
realidad, toda la riqueza de una fina psicología.
En efecto, si dos personas se aman secretamente, es
decir, si cada cual por su lado procura esconder sus
sentimientos al otro, ambos estarán viviendo el
inefable encanto de un auténtico amor
recíproco. En el momento en que se revelan mutuamente
ese secreto, todo ese encanto se viene abajo.
Sin embargo, este encanto se puede vivenciar de una
manera mucho más delicada y gratificante de lo que
corresponde a una concreta relación amorosa entre dos
personas.
Amar en secreto también es amar. Para nadie es un
secreto que el Señor nos ama locamente. Pero nunca
tendremos una ocasión más clara y gozosa para
un encuentro con él, si no le dejamos tomar la
iniciativa de descubrirnos ese amor. Por eso, nuestro
consejo: estimulemos el deseo de nuestro amor secreto y
sepamos esperar pacientemente el momento en que él
quiera manifestársenos.
En la medida en que el hombre busca a Dios con lealtad y
deseo sincero, el corazón crece en pureza. Se
purifica de la prepotencia de la carne y así hace
más fácil la unión íntima con el
Señor. Él ve al hombre puro más
claramente que nadie, sabe que le busca para complacerse con
él, como al más amable de todos los padres,
como a la más amorosa de las madres. Cuanto
más purificado esté el corazón del
hombre de todas las cosas terrenas, tanto más se
volverá un hombre espiritual para Dios, que es puro
Espíritu.
Muchas personas piadosas desvirtúan la realidad
espiritual en que desean vivir. La vida espiritual es para
ser vivida en la intimidad del corazón. El ansia por
expresarla con señales o gestos externos,
exclamaciones, palabras o actitudes diversas, como
acostumbramos a hacer cuando queremos expresar un
sentimiento humano a un amigo, desfigura la realidad
espiritual interior.
La contemplación es tanto más verdadera, y
por tanto más eficaz, cuanto más sencilla y
más íntimamente es vivida. Hemos de procurar
relacionarnos con el Señor de manera sencilla,
directa y misteriosa, como él se relaciona con
nosotros.
Cada uno sabe que la manera que el Señor tiene de
relacionarse con nosotros es muy semejante a la que los
hombres tienen de relacionarse entre si. La única
diferencia está en el hecho de que Dios se comunica
con nosotros a nivel espiritual, en que los símbolos
son espirituales. Y éstos solamente se pueden
percibir por los sentidos internos de la fe, de la
intuición, del conocimiento, de la experiencia
interna...
Sin embargo, un gran amor oculto, un secreto amor
apasionado por Dios, no puede permanecer mucho tiempo
encubierto. Se trata de una vivencia más del alma, de
la que participa también el cuerpo en la parte que le
corresponde.
Cuerpo y alma forman una unidad funcional inseparable en
el hombre vivo. Cuando el Señor, en su infinita
misericordia, comienza, por fin, a revelarse al alma que le
busca con tanto afán, si ésta es
suficientemente abierta y sensible, comienza a salirse de
sí. Su amor contemplativo puede llegar a alcanzar una
tal intensidad que el alma, ebria de entusiasmo y de
alegría, no puede contenerse más. El
Espíritu Santo puede llegar a inflamar su vacilante
corazón hasta tal punto que no pueda resistir por
más tiempo sus impulsos y comience a hablar de Dios
en voz alta, como lo haría una persona locamente
enamorada.
Le brotan entonces espontáneamente de su boca
palabras inflamadas de ternura, como: ¡Jesús!
¡Señor! ¡Dios mío!
¡Padre!...
Pero esa explosión exterior de sumo afecto
interior no apaga, por eso, la llama que arde interiormente
en el contemplativo. Al contrario, es como leña que
sólo puede alimentar el fuego. La expresión
externa de ese amor es sólo manifestación
visible o audible de la explosiva e incontenida vivencia
interior del mismo.
Señal de autenticidad de la manifestación
externa de piedad es que ese fenómeno no lo produce
ninguna sensación externa, sino que procede de un
acontecimiento interior. Es una expresión externa de
oración que no nace de una correspondiente actitud
interna ni tiene valor espiritual. Esta señal no
cambia nada en el corazón ni en el comportamiento del
sujeto. Puede, si, llevar al descubrimiento de nuevos
valores internos.
Por eso no siempre es totalmente despreciable, ni mucho
menos.
Así, todo el que no sabe hacer esta clase de
oración, pero que desea aprender, puede comenzar por
imitar externamente a los que oran. De este modo
podrá descubrir, efectivamente, lo que es rezar de
verdad.
Es perfectamente normal y bueno que el cuerpo participe
activamente de los movimientos del alma, ya que él
también fue hecho por el Creador y debe servirle.
Además, está destinado también a ser
glorificado un día.
Si el alma habita en el cuerpo, éste no puede
ignorar lo que acontece a nivel del espíritu. Si el
amor es también sentimiento y experiencia interna,
los sentidos externos están fatalmente afectados por
él. Todos sabemos que, cuando el alma llora, el
cuerpo llora también. Cuando el espíritu
exulta de alegría, el cuerpo igualmente goza.
La sintonía cuerpo-alma es señal de salud
física y mental, de buen equilibrio
psicosomático. Por tanto, la participación del
cuerpo en la oración contemplativa no se debe
menospreciar. Muy al contrario. Postura correcta,
relajación física, control de los sentidos,
distensión mental, ausencia de malestar
físico..., todo ello favorece la oración.
Todas las consolaciones y alegrías que vienen de
los sentidos, incluso aquellas que no podemos identificar
claramente como originarias de los sentidos, son sospechosas
de ser ajenas a la oración. No vienen de Dios. Tal
vez vengan del demonio, interesado en apartarnos del camino
que nos lleva a Dios.
Las experiencias de los sentidos tienden a conducir al
sujeto hacia si mismo. De ahí la necesidad de evitar
la búsqueda de reacciones físicas y
emocionales. La tensión interna que lleva consigo esa
búsqueda voluntaria de esos estados físicos o
mentales artificializa la oración.
Consolaciones o sufrimientos naturales y no buscados
directamente, ya sean positivos, ya negativos, no son
perjudiciales. La intención pura y el deseo sincero y
honesto de buscar únicamente al Señor viene
seguramente de Dios, que habita en el corazón
puro.
Alegrías y sentimientos naturales que se perciben
durante la oración no siempre son esencialmente
malos. Lo que de sensible experimentamos cuando estamos
ocupados con reverente y alegre esfuerzo de encontrar a Dios
para establecer un vínculo de amor con él,
ciertamente no es malo. El verdadero amor permite discernir
con claridad lo bueno y lo malo. Es posible que esas
manifestaciones de bienestar y de íntima
alegría sorprendan al aprendiz de la oración
contemplativa. Si el Espíritu del amor aprueba esos
sentimientos a partir de lo íntimo del alma, deben
ser aceptados como buenos.
La esencia de la vida espiritual es la buena voluntad, la
pureza de intención. La consolación sensible
no forma parte de esa esencia. Esta es buena y puede ayudar,
aunque algunas veces perjudica. Una persona puede llevar una
profunda vida espiritual sin experimentar consolación
sensible alguna. El guía más seguro en la
búsqueda de la oración contemplativa es el
normal impulso de amar que brota de un corazón puro y
despegado de las cosas del mundo. Por lo demás, sin
ese amor, por más franco que sea, nada de útil
se puede emprender en el reino de la genuina
espiritualidad.
Amar a Dios significa siempre una dedicación
per-sonal e incondicional a él. Y esto se hace
posible en la medida en que la voluntad y los deseos del
hombre sintonicen con la santa voluntad de Dios. La primera
señal de que ya existe un comienzo de armonía
entre nuestra voluntad y la de Dios es un estado más
o menos permanente de alegría y de entusiasmo en la
oración.
La buena voluntad es, sin duda, la señal
inequívoca de estar en el camino seguro para
conseguir una vida de oración más profunda.
Las consolaciones ligadas a los sentidos, e incluso aquellas
que brotan del espíritu, son únicamente
accidentales.
En esta vida terrena, esas consolaciones no pasan de ser
meras contingencias. En la eternidad feliz constituyen, en
cambio, una parte esencial de la gloria con que Dios
recompensa a sus fieles amigos, los santos. Entonces, esas
experiencias, unidas directamente al cuerpo, servirán
para unir también cuerpo y espíritu en una
armoniosa unidad indestructible.
Mientras vivimos sobre la tierra, el núcleo
generador de cualquier consolación ligada a la
oración es, indiscutiblemente, la buena
voluntad. La voluntad madura es incapaz de experimentar
alegrías y consolaciones a las cuales no sea capaz
también de renunciar libremente si Dios así lo
pide.
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