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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
CONTEMPLACIÓN
Y SENTIMIENTO
Es más fácil describir los fenómenos
del amor que podemos observar directamente que definir el
amor como a la más sublime de las virtudes.
Más importante que explicar lo que es amar es
concentrar nuestra atención humana y espiritual en el
suave movimiento interior que inclina nuestra voluntad hacia
aquel que buscamos.
Con todo, no hay por qué preocuparse por las
agradables reacciones internas que se experimentan a nivel
de sentimientos. La experiencia interna de
consolación y deleite espiritual son algo sublime,
pero el amor a Dios no consiste precisamente en eso. Se
trata solamente de un simple, eventual y no precisamente
necesario acompañante del amor.
Fijarse piadosamente en esa agradabilísima
experiencia interna como si eso fuese amor de Dios es correr
el riesgo de ir en pos de una mera ilusión, si bien
es de advertir aquí que esas manifestaciones del
sentimiento son, normalmente, de corta duración. Pero
el amor es permanente. No acaba nunca. Es un estado
perdurable.
Aquel que se fija más en los sentimientos y en las
emociones que a veces acompañan al ejercicio de amor
a Dios, corre el riesgo de amar sólo ocasionalmente a
Dios, e incluso sólo a causa de esas cosas
secundarias y accidentales. Pero Dios merece ser amado
siempre y únicamente por ser quien es.
Amar a Dios sólo por las cosas buenas que
él nos da seria un amor muy imperfecto. Es
relativamente fácil de saber si amas a Dios por
sí mismo o si más bien lo amas por los
beneficios humanos que él te concede. Si te aborreces
en la oración es probable que gustes de estar
con Dios y de entretenerte con él sobre todo
por las consolaciones y las caricias espirituales que te
dispensa.
Esta manera de amar es excesivamente humana. No se trata
del amor puro que él merece. Quien ama a Dios de
verdad puede experimentar a veces preciosas emociones y
consolaciones, pero no se aflige si esas cosas no
aparecen.
El verdadero amor a Dios es constante y persistente
incluso cuando no se da ninguno de esos efectos positivos a
nivel de sentimiento y de emoción.
Sentir consolaciones y emociones positivas en la
oración está en relación directa con el
carácter de la persona que ora. Hay contemplativos
que experimentan muchas consolaciones y otros que solamente
rara vez las sienten.
Por eso es una actitud sensata con respecto a las
consolaciones sensibles no considerarlas parte importante de
la vida de oración. No se debe pensar que de ellas
depende el fruto de la oración. La calidad de la
oración no depende de las emociones ni de los
sentimientos que la acompañan.
Una vida de oración o de contemplación que
se alimentase de consolaciones y de emociones
místicas no tendría un fundamento
sólido. No pasaría de ser una frágil
construcción capaz de convertirse en ruinas a los
primeros vientos de la dificultad.
La vida contemplativa exige fuerza de espíritu
capaz de imponer una buena disciplina a la vida en todos sus
aspectos. A las personas de buena voluntad que procuran
vivir en la intimidad del Señor, él las
sustenta, al menos durante algún tiempo, con la leche
de la consolación. A las personas más fuertes,
sin embargo, Dios acostumbra a tratarlas con alimentos
más sólidos, como son el sufrimiento y
aquellos acontecimientos más crueles de la realidad
humana.
El contemplativo más duro, más crecido,
adulto en la vida, tanto en lo físico como en lo
espiritual, se contenta con ofrecer simplemente su
pequeño y generoso amor al Padre celestial. Le basta
con que su corazón palpite al unísono con el
amabilísimo corazón de Jesús. Toda su
gloria y su inmensa alegría nacen del convencimiento
de estar amorosamente unido a Dios.
Esto no quiere decir que el contemplativo capaz de amar
ardientemente a Dios sin experimentar la dulzura de la
consolación espiritual sea más santo que los
demás. Tampoco se afirma que el no experimentar
consolación sensible en la oración sea una
imperfección. Sin embargo, es necesario aclarar que
la consolación espiritual y las lágrimas de
unción pueden acompañar o no a la
oración profunda, sin que por ello la calidad de la
misma se vea afectada. Por eso que lo mejor es no alterarse,
haya o no haya consolaciones en la oración, ya que
ellas no participan de la esencia de la oración
contemplativa.
No se puede aprender a contemplar artificialmente como se
aprende a leer, a escribir, a calcular... Contemplar no es
un saber hacer: contemplar es vivenciar. Y esto, en
rigor, no se aprende, sino que se descubre. En el fondo,
todos saben contemplar, como todos sabemos amar. Pero la
persona sólo es consciente de esa realidad personal
en el momento en que de hecho ama de verdad.
El amor aparece en un momento favorable de la vida de la
persona. Es como un impulso ciego del corazón que va
en busca de alguien. La vida tiene sentido cuando puede ser
vivida en contacto o en comunicación más o
menos íntima con otras personas.
En este sentido, no se pueden amar literalmente los
valores espirituales desgajados de las personas que los
encarnan.
Jesucristo es persona. Los valores espirituales
contribuyen a dar sentido a la vida en la medida en que esos
valores son vivenciados en la persona de Dios, de
Jesucristo, de la virgen María, etc. Creer en valores
espirituales y, más aún, vivenciarlos,
vivirlos concretamente separados de la persona de Dios o de
los santos como si fuesen entidades abstractas o
filosóficas privadas de vida, puede llevar a grandes
errores.
Es importante comprender que la oración
contemplativa no es una cosa sobrenatural. Es una
función normal de la vida mental y corporal del
hombre, lo mismo que lo es el estudio, el aprendizaje, el
amor, la actividad intelectual, social o manual.
Oración y contemplación son aspectos
normales en la vida de todas las personas que se interesan
por esos valores. Iniciarse en la vida contemplativa no
quiere decir que se han de dejar a un lado las relaciones
humanas y los trabajos cotidianos.
La vida espiritual no se puede vivir separadamente de los
otros aspectos de la vida concreta de una persona.
Sólo da forma a esos otros aspectos y les confiere un
sentido nuevo. Lleva a modificar actitudes y comportamientos
para adaptarlos mejor a los nuevos valores existenciales
incorporados a la vida real. Ciertas palabras de
terminología espiritual, como "interior", encima ...,
si se toman al pie de la letra, pueden ser causa de
equívocos o trastornos de la personalidad.
La idea de que para orar o para contemplar es preciso
"recogerse en si mismo" o que "se debe salir de sí"
puede despertar la curiosidad y la fantasía
relacionadas con el ocultismo. Pero "oración",
"contemplación", "espiritualidad" nada tienen que ver
con los misterios del ocultismo.
La vida espiritual se desenvuelve únicamente en un
clima de humildad, de sencillez y de naturalidad de las
cosas sencillas, verdaderas y humanas. No se trata de
renegar de la propia humanidad, lo que, por otra parte,
llevaría a la locura. Se trata más bien de
impregnar de misticismo aquello que, por naturaleza, es
totalmente humano.
Ésta es la manera de dar un significado nuevo y
más auténtico a la natural vocación del
hombre para superarse, para elevarse por encima de lo
ordinario de la vida.
Dios no puede ser totalmente comprendido por la
inteligencia humana. Por eso, forzar la mente y centrarse en
ella con el propósito de comprenderlo totalmente es
vano e inútil esfuerzo, que puede incluso poner en
peligro el equilibrio de la personalidad.
Es innegable que la vida espiritual se desenvuelve en el
ámbito de la vida interior. Los sentidos externos
captan la realidad del mundo exterior. La percepción
de las cosas, de los acontecimientos y de los
fenómenos que nos rodean en el exterior nos permite
movernos en el mundo, establecer contactos y comunicarnos
con nuestros semejantes.
El que tiene dificultades de trabajar en su mundo
interior -nivel de pensamiento, de imaginación, de
fantasía, de percepción, de sentimiento,
etc.-, siempre tendrá dificultades para saber y
descubrir lo que es contemplar.
Algunas personas que se ven frustradas en sus intentos se
decepcionan y se desaniman. Otras hay, en cambio, que
violentan las cosas con un exceso de introspección y
fuerzan su voluntad.
Pues bien, hemos de decir que este tipo de violencias
hechas sobre si mismos no permite ver claro ni oír de
manera justa los acontecimientos del propio mundo interior.
La violencia sobre los fenómenos de la intimidad
acaba por afectar el equilibrio de los sentidos externos y
de la emotividad.
Presionar desordenadamente sobre las funciones de la
mente lleva a obstruir ese delicado mecanismo de la
razón humana. Los sentidos internos y externos tienen
que ser respetados, so pena de que el hombre llegue a
confundir las cosas con su propia realidad.
Fruto de ese trastorno de la vida psíquica son las
alucinaciones y somatizaciones, que a veces se toman por
manifestaciones sobrenaturales por el sujeto contemplativo
y, no raramente, como testimonio de esos
fenómenos.
En tales casos se trata ciertamente de una falsa
mística, que nada tiene que ver con la verdadera
espiritualidad. Es simplemente la caricatura de la
religiosidad. Por eso el aprendizaje de la oración
contemplativa se debe hacer siempre bajo la guía
segura de una persona prudente y de comprobada competencia
espiritual.
La pseudocontemplación se descubre por hechos y
comportamientos bastante curiosos, extraños y hasta
burlescos. El verdadero amigo de Dios tiene actitudes y
comportamientos naturales, sencillos y llenos de
espontaneidad. El falso contemplativo, en cambio, se mueve
en medio de extravagancias y comportamientos
excéntricos. Sus ojos, abiertos de par en par, se
fijan de modo estático en otras personas o en un
objeto determinado. A veces dan la impresión de
querer salírsele de las órbitas. Otras veces
el falso contemplativo mira tristemente, como implorando
compasión.
Hay individuos desequilibrados que inclinan de lado su
cabeza; otros gimen o lanzan gritos estridentes para
manifestar ideas o sentimientos. Casi siempre son
hipócritas consumados.
Hay quien llega a sollozar en presencia de otras personas
para llamar simplemente la atención.
Hay, en fin, falsos místicos, muy inteligentes,
que saben ocultar con gran habilidad sus mañas para
aparecer en público como personas fuera de toda
sospecha.
Ninguno de ellos admite cualquier crítica, porque
están realmente convencidos de ser personas
absolutamente normales y muy piadosas. No se dan cuenta de
que su insensata manera de relacionarse supuestamente con
Dios no pasa de ser un burdo fraude, que llama la
atención de cuantos les miran.
Aquí conviene describir un poco más algunos
comportamientos típicos que ayudan a reconocer al
falso místico. Entre las señales visibles que
le caracterizan destacan: miradas curiosas con ojos saltones
y boca abierta, gesticulación incesante cuando habla,
movimientos nerviosos de pies y manos, muecas
ridículas, risas que no vienen a cuento, como de
persona sin educación, etc.
La persona sana y de mente equilibrada mantiene una
postura modesta, actitud tranquila y rostro alegre.
La falsa mística, aparte de ser síntoma de
un estado psicológico desquiciado, puede ser
también señal de un mal disimulado orgullo y
de una cierta tendencia al exhibicionismo. En todo caso es
indicio inequívoco de carencia de auténtico
espíritu contemplativo.
Quienes de verdad desean experimentar los caminos de la
contemplación como medio excelente de crecimiento en
la vida espiritual deben ser alentados contra los peligros
de falsificación arriba indicados. En todo caso, el
miedo a fracasar en tan loable intento no es motivo para
desistir de tan santo propósito. Al contrario, como
ya dijimos en páginas pasadas, es perfectamente
normal que el deseo y el esfuerzo sincero de ir adelante en
la vida espiritual tenga como objetivo la vida de
unión contemplativa con Jesús, con
María. Pues únicamente el amor contemplativo
lleva a la persona que lo intenta de veras a identificarse
de la manera más perfecta con Jesucristo. El
verdadero contemplativo tiende a vivir una unión con
Jesucristo de un modo semejante a la manera como el Hijo de
Dios vive su unión con el Padre.
Quien no ama se degrada humana y espiritualmente. Un gran
amor transfigura a la persona de tal modo que hasta
físicamente su aspecto se vuelve brillante y
atrayente. Quien no ama tiene una apariencia mustia y
arrugada. Muchas veces se le ve marginado de la sociedad,
mientras que la persona que ama siempre tiene amigos que se
deleitan con su compañía. El amor comunica
vida: la vida del mismo Dios. El odio, la tristeza, el
miedo, la envidia.., contagian el ambiente de pesimismo.
La oración contemplativa es el más poderoso
proceso de transformación de una vida. Ella estimula
y hace crecer a la vida. Por eso el más precioso de
los dones que Dios da a quienes le buscan con sinceridad es
sin duda un cierto grado de vida contemplativa.
Poseer ese don, es decir, ser contemplativo, significa
también tener la capacidad de ser
apostólicamente eficaz. Sólo el
auténtico contemplativo es verdaderamente
apostólico. Por consiguiente, lo que realmente ayuda
a los demás a crecer espiritualmente, es decir, a
acercarse más a Dios, no es lo que el apóstol
dice o hace. Es, sin duda, el testimonio de su vida de
unión con Dios, que se percibe en sus actitudes, en
sus gestos, en sus comportamientos.
Por eso entrar en contacto personal y vivir algún
tiempo en compañía de un auténtico
amante de Jesucristo trae un mayor provecho para la
conversión personal que el leer muchos libros sobre
espiritualidad.
Ningún maestro está por encima de
Jesucristo. La gracia de la conversión y del
crecimiento espiritual vienen siempre de Dios. Generalmente
pasa a través de mediadores que participan
íntimamente de la vida del mismo Dios. El
Espíritu Santo es el Espíritu de Dios. Pero
él mora también en el corazón y en el
alma de los amigos de Dios y desde allí actúa
sobre cuantas personas entran en contacto con esos amigos de
Dios.
Cuando vemos a una persona que irradia felicidad, nos
preguntamos al punto por la causa de ese fenómeno. Y
si descubrimos que esa persona es feliz por amar de veras a
Dios, su mejor amigo, sentimos un impulso natural de
aproximarnos también a ese Dios tan maravilloso.
La esencia del apostolado es la capacidad que tiene el
apóstol de irradiar la felicidad de amar a Dios que
le anima y todo su ser transpira. Sólo el que cree y
ama puede comunicar la fe y el amor.
El verdadero apostolado no se hace con las palabras, los
discursos, los gestos o los trabajos del que se dice o tiene
por apóstol. Se hace con fe y con amor a Dios, que
está detrás de todo eso.
Para ser apóstol no basta con hablar, predicar,
discursear, gesticular y trabajar. Reducir la actividad
apostólica a esos comportamientos y a esa
agitación febril no pasa de ser un activismo
espiritualmente estéril.
El que vive estrechamente unido a Dios habla como sabio,
ama a todas las personas, es siempre sincero, sencillo y
auténtico en sus relaciones con los demás. No
se preocupa de lo que los hombres puedan pensar de
él.
Cualquier signo de afectación por mostrar una
santidad no poseída no pasaría de ser
más que orgullo y fea hipocresía. Y el
hipócrita corre siempre el riesgo de fracasar en
todas sus iniciativas.
En cambio, el verdadero contemplativo es persona
sencilla, humilde y modesta. Características, todas
ellas, que aparecen en sus palabras o en sus
comportamientos. Revelan la sincera disposición de su
corazón.
En cambio, la afectación de una humildad y de una
sencillez no sentidas es una incoherencia que repugna a
cualquier persona correcta y honesta. Hablar con voz clara y
suficientemente alta es señal de franqueza, de
apertura, de sencillez y de confianza.
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