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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
CONTEMPLACIÓN
Y TRANSFORMACIÓN
Echárselas de moralista para reprender o para
criticar a otras personas es una postura incompatible con la
actitud de un cristiano, cuya principal obligación en
la vida es amar a Dios y a los hombres. El moralista se
preocupa más de la moralidad de los demás que
de su propia santificación.
Crecer personalmente en el amor a Dios en medio de las
personas con quienes uno convive ayuda mucho más que
todos los consejos y discursos moralistas que se nos
pudieran hacer. Dar testimonio desinteresado de amor de Dios
produce mayores efectos de crecimiento espiritual en las
personas con las que convivimos que el tratar de
vigilarías o espiarías para evitar que cometan
el pecado. Reprender a alguien por las faltas que comete
puede ser útil, pero raras veces produce los sanos
efectos de conversión que se desean. Jesucristo no
insistió tanto en la necesidad de corregir a los
demás, sino más bien en amarlos.
El amor fraterno supone la aceptación de todos
aquellos que no coinciden con nosotros en su vida y manera
de ser; consiste, por tanto, en saber perdonar, respetar,
confiar y ayudar a todos nuestros hermanos
necesitados.
El falso contemplativo está siempre en peligro de
constituirse en juez y guía de sus hermanos.
Está animado de un falso celo, cuyo objetivo aparente
es el de ayudar a sus hermanos, pero que en realidad lo que
pretende es dominarlos y someterlos a su propia
voluntad.
El falso contemplativo puede llegar a imaginar que es una
especie de enviado de Dios para la salvación de sus
hermanos. Esto es, naturalmente, una grave
presunción. La vida espiritual se cimenta, en cambio,
sobre una doctrina hecha de principios y de normas
destinados a activar el amor, y no sobre raciocinios
especulativos. Se trata de una discreta vivencia y nada
tiene que ver con esos fanatismos religiosos, que
sólo tratan de hacer proselitismo para tener
más fuerza de imposición violenta de ideas y
conductas personales.
La doctrina que trata de la vida espiritual nace de la
Iglesia. Puede tener origen en personas particulares que
vivieron una profunda espiritualidad y escribieron a este
respecto lo que ellas mismas experimentaron, como, por
ejemplo, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y
otros.
En todo caso, esa doctrina particular, antes de pasar a
integrar el patrimonio doctrinal de la Iglesia, pasa siempre
por el examen critico de la misma Iglesia.
Precisamente por el elevado significado de su experiencia
mística, descrita por ella misma con elocuencia y
arte, santa Teresa de Jesús recibió el titulo
honorífico de doctora de la Iglesia. Con justicia se
la considera como una maestra de la espiritualidad de
Occidente.
Alzarse como maestro de espiritualidad fuera de la
doctrina oficial de la Iglesia respecto de esta materia es
generalmente señal de orgullo y de peligrosa
autosuficiencia. Algunos de esos falsos maestros no tienen
reparo en oponerse, directamente e incluso a veces
públicamente, a la orientación oficial de la
Iglesia. No temen caer incluso en la herejía.
La causa más profunda de tales actitudes
heréticas es probablemente la dificultad personal de
orgullo y sensualidad. Hay quien se olvida de la
recomendación de Jesús: "Si alguno quiere
seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y
sígame" (Lc 9,23).
Y otra sentencia de Cristo, respecto del mismo asunto, en
la que no deja lugar a dudas en cuanto a la necesidad de
renuncias personales para avanzar por el camino de la
santidad: "Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la
puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición,
y son muchos los que entran por ella. ¡Qué
estrecha es la puerta y qué angosta la senda que
lleva a la vida, cuán pocos los que dan con ella" (Mt
7,13-14).
En el ámbito de la espiritualidad, la verdad
objetiva según el evangelio de Jesucristo no siempre
correspon-de a las ideas y a los sentimientos personales del
cristiano. Hasta situaciones personales, claramente
erróneas o incluso objetivamente pecaminosas, pueden
ser defendidas por alegaciones y justificaciones falaces,
maliciosamente extrapoladas de los textos bíblicos.
Pero ello no exime a su autor del pecado de
escándalo. La falsa virtud puede ocultar una
deplorable depravación en la esfera de la vida
privada.
Cuando se dice que el contemplativo aspira a las cosas de
lo alto, a esta frase -"lo alto"- no se le debe dar
un sentido literal. En este caso no tiene ese significado de
localización especial en cualquier punto por encima
de la superficie de la tierra, como parece indicar la
frase.
Las palabras encima, sobre, arriba, alto, u otras
por el estilo, que se emplean en la literatura de la
espiritualidad cristiana no indican en modo alguno la
localización de Dios, del cielo, de la realidad
sobrenatural... Dios, el cielo, los ángeles, los
santos... no son entidades materiales que ocupen espacios
físicos. Son espíritus o nociones
calificativas y no ocupan lugar. Están omnipresentes
como el pensamiento.
No pueden ser captados por los sentidos externos, pero si
percibidos por los sentidos internos de la fe, la
intuición, la imaginación, la experiencia
interna...
Una persona bien intencionada, pero mal informada
respecto de la verdadera naturaleza de la vida de
oración, puede entrar, sin querer, en un mundo hecho
de ilusiones y de falsas expectativas.
Hay casos de personas que, animadas por una falsa
mística, presentan fenómenos alucinatorios,
que ellas toman por manifestaciones extraordinarias de Dios
y de los santos.
Existen pseudorreligiones, como la umbanda y el
espiritismo, que emplean personas afectadas por esos
fenómenos arriba citados para propagar sus doctrinas
exóticas. A veces, personas excepcionales son
consideradas falsamente carismáticas.
El verdadero carismático, animado por una
auténtica sensibilidad cristiana, no presenta nunca
esos síntomas alucinatorios. La alucinación es
una deformación enfermiza de la conciencia o de la
personalidad.
Hay actitudes, posturas y gestos que pueden observarse y
verse normalmente por los demás y que constituyen el
lenguaje normal del hombre para comunicarse con sus
semejantes.
Orar es entrar en comunicación con Dios. Es normal
y útil expresarle nuestros sentimientos, nuestras
preocupaciones, nuestros miedos, nuestras angustias,
nuestras esperanzas...
Tener visiones de Cristo como las tuvieron san Esteban y
otros muchos santos son gracias extraordinarias que Dios
concede a quien quiere. Estos dones singulares generalmente
tienen por finalidad la de confirmar el evangelio. Tienen
por objeto también mostrar a la Iglesia toda la
riqueza de los dones de Dios, confirmando incluso con
milagros lo que Jesucristo vino a enseñarnos.
Todos los auténticos milagros tienen siempre un
profundo significado espiritual. Vienen siempre a dar fe de
una verdad revelada. Ésta es la gran realidad
espiritual de todos los tiempos.
De un modo general, debemos pensar que, si los hombres
fuésemos capaces de captar claramente la voluntad de
Dios de otra manera, los milagros y otros acontecimientos
extraordinarios serían superfluos. Por eso, tanto los
milagros como otros fenómenos extraordinarios son
siempre señal de la bondad y de la misericordia de
Dios para con los hombres. Hacen también pensar en la
ceguera espiritual y en la dureza de corazón de la
humanidad.
Lo importante para el contemplativo es saber ver el
profundo significado espiritual de eventuales y
excepcionales visiones internas y otras gracias sensibles.
Tales acontecimientos y semejantes gestos de devoción
son genuinos y auténticos únicamente cuando
son inspirados por el Espíritu Santo. En el
ámbito espiritual, todo lo que no viene del
Espíritu Santo es puramente humano, falso e
hipócrita.
Por el contrario, todo lo que viene del Espíritu
Santo trae siempre consigo frutos de conversión y de
santificación.
El secreto deseo de ver o de experimentar
fenómenos extraordinarios es señal cierta de
vida espiritual muy pobre, viciada por actitudes de vanidad
y de autogratificación. Escudriñar el
firmamento en la ilusoria probabilidad de ver alguna
señal prodigiosa es una actitud que muestra
tendencias alucinatorias.
El contemplativo que alimenta el deseo de algo
extraordinario puede acabar por tener alucinaciones o
mitomanías de ver lo que realmente desea ver.
Alucinación es un fenómeno
psicopatológico y se define como una ilusión
que no corresponde a un estímulo exterior.
No se confunda esto con la ilusión ordinaria, a la
que acompaña normalmente como un efecto de
transformación de percepciones reales. La
alucinación puede darse juntamente con las
percepciones reales, pero no depende de ellas. Existen
alucinaciones semejantes a toda clase de percepciones
reales: visuales, auditivas, táctiles, olfativas,
gustativas, cinestésicas... Las alucinaciones
corresponden generalmente a un problema fisiológico.
Las pseudoalucinaciones se originan en la fantasía.
El contemplativo imprudente está expuesto a este
último tipo de trastornos psíquicos.
Si Cristo se apareció alguna vez a algunos de sus
amigos más íntimos después de la
ascensión a los cielos, no fue para
mostrárseles simplemente sin más. Todas las
apariciones visibles y milagrosas de Jesús sobre la
tierra después de su subida a los cielos el
día de la ascensión, tal como nos narran los
evangelistas, siempre fueron para resaltar el mensaje
espiritual que él vino a traer a los hombres.
Cristo está siempre de nuestro lado, nos apoya y
nos infunde ánimos y confianza para que no desmayemos
en nuestro camino hacia él. A un amigo desanimado se
le dice: "¡Ánimo, amigo! ¡Comienza de
nuevo, si es preciso; ve adelante!... ¡Yo estoy
contigo" Esto hace que el amigo cobre nuevas fuerzas en el
intento, aun cuando no estemos con él
físicamente. Pues Cristo, enfáticamente,
afirmó que estaría siempre con nosotros.
Por tanto, es cierto que está con nosotros, aunque
no podamos verle físicamente como vemos a los hombres
y mujeres que pasan a nuestro lado. La memoria de la
presencia viva de Cristo en nuestras dificultades nos
tranquiliza, anima y comunica mucha fuerza y valor. Si
Cristo se nos apareciese en carne y hueso en ese
crítico momento de nuestra vida, seria
únicamente para decirnos: "¡Ánimo,
Fulanito! Yo me aparezco a ti de este modo para ayudarte en
la prueba. No tengas miedo. Nadie podrá destruirte si
te quedas conmigo. Aguanta firme y soporta con paciencia
este sufrimiento. Yo te recompensaré".
Como se desprende de este ejemplo, las apariciones de
Jesucristo y de su santísima madre, o de algún
santo, tienen por objeto confirmarnos en una verdad
espiritual.
En la oración no debemos dirigirnos a Dios en las
alturas, ya que Dios no ocupa espacio físico.
Él está con nosotros, donde estamos
nosotros.
La ascensión del Señor a los cielos no es
una indicación de que él se separó de
la tierra y de los hombres y subió a otro lugar
físico situado por encima de nuestras cabezas. En la
ascensión de Jesucristo su cuerpo se
transformó. Se espiritualizó y, así
transformado, permanece entre nosotros.
El cuerpo de Cristo, en efecto, se espiritualizó
con la resurrección gloriosa, y así
permaneció físicamente invisible entre sus
discípulos. A veces se mostraba ante ellos en forma
humana, exactamente como ellos le habían conocido
antes de su muerte y resurrección. Entonces se
revistió de la inmortalidad.
También nosotros, después de nuestra
resurrección al fin de los tiempos, veremos que
nuestro cuerpo será espiritualizado. Será
ágil como el pensamiento. Los conceptos de
derecha, izquierda, de frente, detrás, encima,
debajo, etc., desaparecerán.
Cuando queramos encontrar a Dios, no debemos dirigir
nuestro pensamiento a lo lejos, arriba, a este o al otro
lado. Dios está aquí, en el lugar mismo en que
nosotros nos hallamos, y nos envuelve y cobija como las
manos y el regazo de una madre abrazan y cobijan tiernamente
al niño querido. Dios está dentro de nosotros
como la madre lleva al hijo en su interior cuando lo deja en
casa y sale de compras.
Los trabajos del contemplativo no consisten en una
actividad física o intelectual que cansa y exige
periódicas interrupciones para reposar.
Pero está también el ejercicio formal de la
oración, que sí pide una interrupción
para el descanso. De lo contrario, se pueden dar abusos,
excesos e imprudencias en la práctica de los
ejercicios de oración que pueden llegar incluso a
provocar un peligroso agotamiento nervioso.
No cabe duda, pues, de que el principiante en la vida
contemplativa puede caer en errores graves con serias
consecuencias para el equilibrio de la salud física o
mental. La oración contemplativa no está hecha
para personas de salud mental delicada o de frágil
personalidad.
Sin embargo, ni la enfermedad física ni cualquier
desorden emocional pueden llegar a afectar seriamente una
vida espiritual o contemplativa ya consolidada.
Es preciso reconocer y aclarar que una sana y
auténtica vida de oración siempre es,
potencialmente, un importante factor de salud, tanto mental
como espiritual.
La actividad espiritual no es un acontecimiento o
ejercicio físico que se pueda limitar a dimensiones
de tiempo, capacidad o espacio material. Por eso, un
consejo: cautela.
La ascensión del Señor, por ejemplo, no
debe ser interpretada literal y materialmente. No se debe
tampoco forzar la imaginación o la fantasía en
el intento de materializar el entusiasmo por Cristo o por la
virgen María. Todo eso no tiene sentido en la
oración o en la contemplación.
Aquellos fenómenos extraños acontecidos con
algunos santos, cuyas biografías nos presentan tales
casos como verídicos, son casi siempre discutibles.
Muchos biógrafos caen en la tentación de
presentar la "vida" de sus héroes movidos por motivos
ajenos a la preocupación de relatar los hechos con
criterios de información objetiva.
El escritor anónimo de La Nube del No-Saber
afirma jocosamente que el camino más fácil y
seguro para el cielo "se mide por deseos, no por
kilómetros".
Esto quiere decir que el cielo al que subió
Jesús el día de la ascensión no
está localizado en un espacio por encima de nuestras
cabezas. Jesús no está separado de la tierra y
de nosotros mismos por distancias que se puedan medir, como
las que median entre objetos materiales.
La actividad espiritual desconoce los movimientos
físicos, por lo que no seria correcto decir: hacia
arriba o hacia abajo, adelante o atrás, a la derecha
o a la izquierda. El movimiento espiritual en el reino de
Dios se determina únicamente por deseos de
aproximación y de alejamiento. No existe un reino de
Dios físico. Podemos estar en él o fuera de
él en espíritu. Por eso san Pablo dice:
"Nuestra patria es el cielo..." (Flp 3,20).
La vida del espíritu nada tiene que ver con la
fisiología. Está constituida de amor y de
deseos. Una persona puede estar animada por un gran amor a
Dios, vivido por un ardiente deseo de estar con
Jesús; actúa como quien vive ya
espiritualmente en el cielo, mientras que, con el cuerpo,
continúa teniendo los pies en la tierra.
El cuerpo está, naturalmente, sujeto al
espíritu. Elevamos las manos al cielo para simbolizar
nuestra referencia a una realidad que no quiere decir
necesariamente encima o arriba, sino
más bien que se aparta de la realidad material que
nos envuelve. En cuanto al cuerpo, no podemos huir del mundo
que habitamos. Podemos únicamente cambiar de lugar,
ir de acá para allá, pero nada más. En
cuanto al espíritu, podemos huir a otras realidades
que nada tengan que ver con la materia.
Cuando decimos que el hombre es un ser trascendente,
queremos significar precisamente esa otra realidad, cuya
misteriosa existencia todos intuimos y pre-sentimos. Ella es
la razón de nuestra esperanza y deseo del cielo.
Jesucristo salió de Dios, su Padre, para tomar un
cuerpo material en el tiempo, sobre la tierra, igual al de
todos los hombres. Y mientras vivió como hombre
-hombre-Dios- acá en la tierra, nunca dejó de
estar íntimamente unido al Padre.
Después de la resurrección, subió al
cielo con su cuerpo material glorificado, espiritualizado.
Él nos dijo que también nosotros iremos adonde
él fue. Primero vamos sólo como alma. Pero, al
fin de los tiempos, también iremos al cielo en cuerpo
y alma. Cristo-Jesús y su santísima madre ya
nos precedieron para estimular nuestro deseo y nuestra
esperanza. Por eso somos trascendentes.
Existe realmente una relación concreta entre
materia y espíritu. Las personas que aman de verdad a
alguien fácilmente se dan cuenta de ello.
El amor que experimentamos por alguien implica la
aceptación no sólo de la persona de otro, sino
también de su cuerpo y de todo aquello que se
relaciona directamente con él. La estrecha
relación de amor del contemplativo con Dios repercute
en su cuerpo.
El amor es una experiencia agradabilísima, una
exultación, un gozo. El amor es el sentimiento
positivo por excelencia. Implica alegría y seguridad.
Estas emociones, como, por lo demás, cualesquiera
otras, repercuten directamente en la hipófisis,
glándula endocrina que regula el funcionamiento de
todas las demás, sobre todo las endocrinas.
La hipófisis funciona normalmente cuando la
persona se siente tranquila, serena y en paz consigo misma y
con los demás. Por el hecho de influir directamente
en todas las otras glándulas endocrinas, éstas
funcionan sincrónicamente con la hipófisis.
Los estados de tensión y de relajación
dependen directamente de las hormonas. Una persona relajada
funciona física y psicológicamente mejor que
la que se encuentra en un estado de tensión.
La persona tensa o excitada tiene dificultades para
digerir los alimentos, la circulación de la sangre se
altera y toda la fisiología de la musculatura se ve
comprometida. De ahí se saca una conclusión:
la disposición del espíritu influye seriamente
en las condiciones físicas del cuerpo. Existe, por
tanto, una interdependencia indiscutible entre el cuerpo y
el alma. Los dos factores se condicionan
recíprocamente con admirable sincronismo.
Al desarrollarse mentalmente con la realidad espiritual
de la oración, el contemplativo modifica
espontáneamente su situación física.
Tiende a tomar espontáneamente actitudes de mayor
dignidad ante la santidad y majestad de Dios, conforme lo
exige la naturaleza de los contactos espirituales en que se
mueve.
Normalmente, el contemplativo aparece con un porte digno,
sus gestos y movimientos no son nada vulgares ni afectados.
Todo sucede aquí a la manera con que se comportan
personas muy honradas y distinguidas en el trato social,
identificándose con ellas en muchos aspectos de su
propio comportamiento.
El intenso trato espiritual con Jesucristo hace que el
contemplativo comience a identificarse poco a poco con
él. Por este motivo, en el verdadero contemplativo no
se observan actitudes y comportamientos vulgares. En todo
tiempo y en todas las circunstancias la
característica común que destaca su
personalidad es la de una intachable dignidad humana.
Difícilmente se le sorprenderá en actitud de
mediocridad social.
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