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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
NUESTRO MUNDO
INTERIOR
Para entender mejor el verdadero sentido de la
oración contemplativa tal y como se describe en la
literatura especializada, considero interesante explicar
algunos de los conceptos generalmente empleados por los
autores.
Antes de nada, diré que existen los conceptos de
interioridad y de exterioridad, o de mundo
interior y mundo exterior. Están
también los conceptos de realidad material y
de realidad trascendente o espiritual, que
merecen una aclaración previa.
En nuestro mundo exterior se sitúan todas
las cosas que componen el universo creado, incluidos los
hombres. De alguna forma, el hombre -rey de la
creación- se encuentra en un plano superior al de
todas las demás criaturas terrenas y al de todas las
cosas materiales. Por eso él es, en cierto modo, la
más digna de las criaturas. El propio Creador
tomó la realidad humana para regenerar y salvar al
hombre, que se había indignamente degradado y perdido
ya en los comienzos mismos de su existencia. Superiores en
dignidad al hombre son los ángeles, por ser
espíritus puros, y las almas de los justos, ya
confirmados en gracia y santidad.
Según la revelación, cuando Dios
decidió crear al hombre, se dijo: "Hagamos al hombre
a nuestra imagen y semejanza" (Gén 1,26). Somos, por
tanto, semejantes a Dios. Los padres transmiten, por
herencia genética, algunas de sus
características físicas y psicológicas
a sus descendientes. El Creador de todas las cosas, al
crearnos a nosotros los hombres, nos adornó con
muchos de sus ricos atributos: racionalidad, inteligencia,
percepción, voluntad, libertad, memoria,
imaginación, fantasía, capacidad creadora...
Comparados con nuestros atributos, los de Dios son
infinitamente superiores.
Dios es omnisciente, omnipotente, omnipresente, infinito
en todas las dimensiones que podamos imaginar. Dios es
ilimitado en todo cuanto nosotros los hombres somos
limitadísimos; en todo, menos en nuestra misteriosa
aspiración de crecer siempre en todas nuestras
dimensiones cualitativas.
En cuanto a nuestras capacidades, sólo Dios
está por encima de nosotros. Somos más
semejantes a Dios que todos los demás seres creados.
Por eso el hombre está considerado como el rey de la
creación, de la naturaleza.
Cuando la literatura espiritual hace alusión a
conceptos tales como yo mismo, tú mismo,
intimo, etc., ello quiere decir que se está
refiriendo al yo total: cuerpo y alma.
Como ser físico, nos relacionamos con todas las
cosas materiales a través de nuestros sentidos y de
nuestra capacidad de pensar, de razonar, de imaginar, de
deducir, de concluir, etc. La comprensión de la
jerarquía existente y de la interrelación de
todas las cosas que existen en la creación, nos
proporciona abundantes criterios para juzgar de la
importancia de cada una de nuestras relaciones. Esta
comprensión y entendimiento es la clave que nos
permite comprendernos mejor a nosotros mismos.
Nos servimos de nuestras capacidades espirituales para
elaborar los datos de la realidad material. La inteligencia,
la memoria, la imaginación.., son instancias
psicológicas que intervienen para elaborar los
aspectos de la realidad captada por los sentidos a fin de
que pueda comprenderla nuestro entendimiento. Nos movemos en
este mundo con conocimiento y provecho personal, gracias a
los datos que la inteligencia nos da para darnos cuenta de
la realidad que nos rodea.
Los antiguos filósofos y directores espirituales
denominaban facultades a las diferentes capacidades
del hombre. Y las dividían en dos categorías
principales:
-
Facultades primarias.
-
Facultades secundarias.
Según esos pensadores, las facultades primarias
-razón y voluntad- funcionan independientemente de la
imaginación y de la percepción sensorial.
Tratan directamente de todos los datos relativos al
espíritu.
Las facultades secundarias incluyen la imaginación
y la percepción sensorial. Se ocupan de las cosas
materiales presentes o ausentes. La razón y la
voluntad funcionan aquí autónomamente. La
imaginación y la percepción actúan
eficazmente en la base de la razón, de la
inteligencia y de la voluntad. De la esencia de las cosas,
de las causas de los acontecimientos, de las propiedades y
de las diferencias de las cosas entre sí se ocupan
directamente la inteligencia y la voluntad.
La imaginación es de importancia secundaria, pero
extremadamente útil en la oración
contemplativa.
La capacidad imaginativa nos permite representarnos
internamente personas y objetos materialmente ausentes.
Sabemos por la fe que Dios está siempre presente
delante y dentro de nosotros, sin que podamos percibirlo con
los sentidos externos porque es Espíritu. Gracias a
la imaginación podemos, sin embargo, representarlo
junto a nosotros en la persona de Jesucristo, que
tomó forma humana.
Con los ojos cerrados podemos representarnos con mucha
fidelidad a una persona conocida sin que ella se aperciba de
ello. Existe una gran diferencia entre la
representación imaginativa de una persona conocida
ausente y la misma representación imaginativa que nos
hacemos de la persona de Jesucristo.
En el primero de los casos, la persona no está
realmente presente ni material ni espiritualmente. No sabe
nada de nuestro pensamiento ni de nuestro sentimiento para
con ella desde el momento en que nos la representamos
imaginativamente.
En el caso de la representación imaginativa de
Jesucristo, en su santa humanidad, él está
realmente presente junto a nosotros. Está presente
espiritualmente, tan vivo y tan real que hasta podemos
conversar con él, lo mismo que lo haríamos,
siendo ciegos, con otra persona que estuviese a nuestro
lado. Pero, por desgracia, nuestra imaginación
también puede engañarnos, ya que no siempre
refleja con absoluta fidelidad la realidad objetiva de las
cosas.
Imaginar, por ejemplo, a Cristo o a la virgen Maria como
personas físicas, que en realidad no lo son, es
incurrir en un serio engaño. Sería deformar la
realidad tanto en lo material como en lo espiritual. A fin
de cuentas, las cosas imaginadas raras veces corresponden a
la perfecta realidad de las mismas.
Nuestra imaginación puede llevarnos también
a deformar la esencia de la realidad espiritual. Puede
engendrar fantasmas que no corresponden a lo que
Jesús, la santísima Virgen, los ángeles
y los santos realmente son. En el reino de la
espiritualidad, únicamente la gracia puede ayudarnos
a no incurrir en peligrosos errores de percepción de
la realidad espiritual.
La mayor dificultad de los principiantes en la vida
espiritual contemplativa es ciertamente la disciplina de la
imaginación. Este factor de la vida mental
está estrechamente ligado con la memoria. Esta se
encarga de traer al presente los hechos anteriormente
vividos. En realidad, no es posible permanecer con la mente
totalmente en blanco. Constantemente nos ocupamos de alguna
cosa. Esa cosa puede situarse en el espacio y en el tiempo
presente, pasado y futuro. La memoria se encarga de traer al
presente nuestros recuerdos y acontecimientos pasados. La
preocupación trae fantasías al presente
también. Imaginar es vivenciar el pasado personal y
el futuro de la fantasía trayéndolo al campo
del conocimiento actual.
Todas las personas que se esfuerzan para mejorar su
oración personal han de mantener, por tanto, una dura
lucha contra la incontinencia natural de la
imaginación.
Es también necesario saber que, por más que
se empeñen en esa lucha sin tregua, será
siempre prácticamente imposible evitar todas
las distracciones en la oración.
Éste es el precio a pagar, la pesada cruz con la
que deben cargar todos aquellos que decidan seguir
más de cerca a Cristo-Jesús. En la medida en
que el principiante persevere con buena voluntad y ardiente
deseo de crecer en el amor a Cristo, poco a poco
conseguirá mejorar el resultado de su esfuerzo.
Gozará de momentos de profunda unión con Dios
y de una íntima comunicación amorosa con
Jesús.
Los pequeños éxitos iniciales en su
esfuerzo por encontrar al Señor duplican el
entusiasmo de continuar por el mismo camino. El hallazgo del
camino de la humilde, paciente y amorosa espera le descubre
parte del secreto de los contemplativos veteranos. El
Señor acaba siempre por manifestarse en lo más
intimo del alma de aquellos que le buscan con ardiente deseo
de encontrarlo. Dios nunca se deja vencer en el amor.
Jamás se resiste a aquellos que, con insistencia y
constancia, a pesar de su fragilidad humana, meditan
fielmente la pasión de Jesucristo y el inmenso amor
del Padre a los hombres.
De este modo, poco a poco el contemplativo consigue
disciplinar su inquieta imaginación.
La percepción es probablemente la más
valiosa de nuestras facultades mentales. Ella recoge los
datos que nos proporcionan los sentidos exteriores respecto
del mundo material que nos envuelve. A partir de la
percepción, nosotros podemos pensar, imaginar,
fantasear, raciocinar, calcular, prever, vivenciar,
recordar... Sin el concurso de la percepción no
podríamos enjuiciar nada de nada, ni podríamos
distinguir entre lo bueno y lo malo.
La percepción trabaja también con los
sentidos internos. Nuestra inteligencia necesita de la
percepción del contenido de nuestros sentidos
internos para valorar los datos de los sentidos
externos.
Nos servimos de la inteligencia para buscar la
satisfacción de nuestras necesidades. Asimismo nos
servimos de esta facultad para valorar el dolor de la
frustración y la alegría del éxito, e
incluso para organizar la defensa contra el dolor. Puede
decirse que la percepción está sujeta a la
voluntad al igual que la imaginación depende de la
razón.
La característica falta de armonía
existente entre el deseo más profundo del hombre
ideal y su realidad es fruto del pecado. Este hace del
hombre un ser abatido. A causa de esa imperfección
original, el hombre busca instintivamente el placer y
rechaza automáticamente el dolor.
Un sincero y auténtico amor a Jesucristo con todas
las amargas realidades de su santa humanidad infunde a la
voluntad la fuerza de su gracia. Confortados con ese auxilio
sobrenatural, nos hacemos capaces de controlar nuestra
percepción sensorial y de someterla a una saludable
disciplina. Sin esta disciplina, estaríamos expuestos
a pervertir nuestro destino espiritual y a degradarnos hasta
el bajo nivel de los irracionales.
Todo cristiano o religioso que desee adentrarse por los
misteriosos caminos de la vida de oración
contemplativa, debe tener un mínimo conocimiento del
funcionamiento de su propia mente. La falta de esas nociones
le puede llevar a cometer errores capaces de arruinar por
completo los más santos propósitos.
Importa mucho saber que todas las cosas materiales, por
buenas que sean, no dejan de ser cosas que están
fuera de nosotros. Como criaturas, somos radicalmente
superiores a cualesquiera otras cosas creadas. Un examen
tranquilo y más profundo de los contenidos más
sutiles de nuestra conciencia amplía y profundiza el
conocimiento de nosotros mismos. Ese conocimiento más
claro de nuestros valores y de nuestros límites nos
ayuda a crecer en la dimensión de nuestra madurez
humana y espiritual. Cuanto más maduros estemos como
simples personas y cuanto más desarrollados estemos
en el sentido de nuestra filiación divina, tanto
más eficaz será nuestra relación
interpersonal.
Cuando nos adentramos en nuestra interioridad, nos
encontramos con el centro de nuestro verdadero yo. Y es en
ese mismo lugar donde nos encontramos cara a cara con Dios.
Ése es el punto privilegiado de nuestro encuentro
personal con aquel a quien buscamos, con Dios nuestro
Señor, a quien nos dirigimos cuando oramos.
El encuentro personal con Dios en esa soledad de nuestra
más profunda interioridad constituye la esencia misma
de la vida contemplativa. El que tiene la felicidad de poder
penetrar en los misterios de ese santuario interior realiza
la maravillosa experiencia concreta de superarse a sí
mismo. Se trata de una experiencia que permite al hombre
aproximarse a Dios todo lo que le es posible a una indigente
criatura. Se trata de un acontecimiento imposible de
alcanzar por el esfuerzo humano. Sólo Dios, por su
inmensa bondad y misericordia, puede hacer que el pobre
hombre llegue a alcanzar esa altura.
La unión con Dios en espíritu y en amor es
siempre don gratuito de la gracia divina. Es la casi
divinización del hombre. El salmo 81 hace
alusión a esto cuando dice: "Sois dioses..." (Sal
81,6). También Juan repite esta referencia cuando
escribe: "¿No está escrito en vuestra ley: "Yo
dije: Vosotros sois dioses?" (Jn 10,34).
Cuando se habla del hombre divinizado no queremos
decir con esto que el hombre es divino como el propio Dios.
Existe una diferencia fundamental. En efecto, Dios es divino
desde la eternidad. En cambio, el "hombre divinizado" es
elevado a esta dignidad gratuitamente por Dios en el tiempo.
Aparte de ello, el hombre no pasa de ser un mísero
pecador incapaz de salvarse por sus propios méritos.
Únicamente un gesto gratuito de amor y de gracia del
Creador puede transformarlo en un ser casi divino,
íntimamente unido al mismo Dios en el tiempo y en la
eternidad. El contemplativo, unificado con el mismo Dios,
por así decir, nunca podrá ser igual a Dios
por causa de su propia naturaleza puramente humana.
Aquel que desconoce los principios fundamentales que
rigen el mecanismo de la mente humana corre el riesgo de
perjudicarse a si mismo en su intento de encontrar a Dios.
La mente humana funciona de acuerdo a ciertas leyes. Y estas
leyes deben ser respetadas, so pena de que el hombre falle
en sus trascendentales objetivos de superarse a sí
mismo.
Una de las condiciones para que el contemplativo no
fracase en su esfuerzo por perfeccionarse en su vida de
oración es la actitud de una ingenua simplicidad.
Dios es extremadamente sencillo. Es tan puro y tan claro
como el amor. Dios es amor. No tiene necesidad de
complicados malabarismos de la inteligencia y de la voluntad
para encontrarlo. Basta con la simple, singular y natural
apertura hacia aquel que nos llama al amor.
Dios mismo puso esa ansia de amar y de ser amado en el
corazón del hombre. Para que se cumpla ese destino
interior más fuerte que el hombre basta, a fin de
cuentas, con descubrir las vías de acceso a esa
misteriosa fuente de todo amor.
Todo el trabajo para aprender a ser contemplativo se
resume en desvelar el natural deseo de amar, mirar
después hacia Dios y extender los brazos hacia
él movidos de un fortísimo deseo de estar con
él.
Ya hemos dicho repetidamente que Dios es nuestro Padre,
nuestra Madre, nuestro todo. Sólo él basta...
Con esta disposición de entrega absoluta,
dejémonos llevar por el vivo y confiado deseo de ir
tras el divino y misericordioso Señor que nos
acogerá en sus brazos. Seguro que no eludirá
nuestros anhelos y ansias de amar.
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