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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
RESISTENCIA
Aquél que no está psicológicamente
en parte alguna, probablemente podría encontrarse en
todas partes. Cuando Cristo afirmó que "El reino de
Dios está dentro de vosotros", no se trataba de una
mera indicación de que, para hallarle, debemos
recogernos dentro de nosotros mismos. Vivir recogido de ese
modo es una actitud psíquicamente enferma que hace
pensar en una esquizofrenia. Y ésta, ciertamente, no
seria una buena manera de expresar la vida interior
de unión con Dios.
Una persona que se encierra en si misma no siempre vive
una auténtica vida espiritual. El tipo
esquizoide tiende a vivenciar habitualmente ideas y
sentimientos egocéntricos más o menos
obsesivos. Con frecuencia se alimenta de miedos, pesimismos
e incluso de ideas catastróficas.
Una actitud eficaz para recorrer con provecho el camino
que lleva a la oración contemplativa es la de no
estar en un lugar determinado. La actitud de recogerse en
sí mismo, con su propio yo, no ayuda nada.
Más bien bloquea todo proceso.
¿En qué lugar ha de recogerse el que trata de
encontrarse con el Señor? No estar físicamente
en lugar alguno significa estar espiritualmente en todas
partes. Con esto se quiere indicar que la actividad
espiritual no está localizada particularmente en
parte alguna.
Cuando centramos nuestro pensamiento en determinado
objeto o en cierto lugar que no podemos percibir por
nuestros sentidos externos, estamos realmente junto a ese
objeto o ese lugar. Nos hallamos psicológicamente
junto a ese objeto o en ese lugar de igual manera que, en
ese momento, nuestro cuerpo se encuentra efectivamente en un
determinado lugar físico y no en otro.
Podemos realmente encontrarnos físicamente en un
lugar, mientras que espiritualmente nos encontramos de hecho
en otro lugar. Podemos estar físicamente con una
persona, mientras que, psicológicamente y al mismo
tiempo, podemos estar con otra. Podemos estar
espiritualmente con el Señor, al tiempo que nuestro
cuerpo ocupa un lugar físico en una iglesia, en el
jardín, en la calle, en una sala de reuniones,
etc.
Podemos estar espiritualmente en intimidad amorosa con el
Señor sin que nuestros sentidos externos perciban
absolutamente nada de nada. En esta situación, los
sentidos externos, sobre todo la vista y el oído,
quedan prácticamente frustrados en su natural deseo
de ver y de oír. Pueden tratar de romper el bloqueo
que se les impuso: las famosas distracciones en la
oración. Nuestros sentidos son realmente insaciables.
Siempre están al acecho en busca de nuevas
imágenes visuales o auditivas, hasta el punto de no
dejar espacio libre para que la inteligencia pueda
elaborarlas a nivel de las ideas.
Ésta es la explicación de la escandalosa
superficialidad en el lenguaje del hombre medio en este fin
de siglo. El mundo actual padece un lamentable vacío
de ideas. Los estudios, en todos los grados de la
enseñanza, son de bajo nivel. Son relativamente pocas
las personas que todavía gustan de estudiar, de
pensar, de inventar. El hombre de hoy se satisface
tristemente de las sensaciones epidérmicas de la
vida. Esto explica también la relativa escasez de
personas -incluso entre sacerdotes y religiosos- que se
sienten atraídas por una vida de oración
más profunda.
La quietud y el reposo necesarios para estar con el
Señor exigen una buena disciplina de los sentidos. El
principiante deberá contentarse con un saber estar
(modestia y recogimiento), dejarse llevar por el deseo y el
amor de Dios. Importa mucho también el sentirse
absolutamente pobre. El Señor no se muestra a
aquellas personas que le buscan ocupadas con otros
intereses. Tampoco se puede poseer a Dios con el solo
conocimiento intelectual. Mirar a Dios con el conocimiento
que de él tenemos no nos basta para poseerlo.
Únicamente el amor puro da la sensación de
posesión, de pertenencia. El rico y el apegado a las
cosas materiales no tiene espacio para recibir al
Señor ni puede poseerlo. A lo sumo, los que
así buscan al Señor sólo consiguen
verlo vagamente y de lejos, a distancia.
El que posee a Dios no puede verlo. Es imposible explicar
a los demás lo que es poseer a Dios. Pueden saber lo
que eso significa únicamente los que prueban el gusto
refinado de esa experiencia personal. El contemplativo que
ha encontrado a Dios sabe que se trata de una experiencia
muy oscura, inexplicable. La sensación de oscuridad y
de incertidumbre que experimenta en la presencia de Dios
vivo es debida en realidad al ofuscamiento que produce el
brillo de la luz espiritual que es el propio Dios. Estar en
esa misteriosa oscuridad permite comprender la realidad
total del hombre y de todas las cosas creadas, en presencia
del Dios creador.
El vacío interior de que el contemplativo se
reviste cuando trata de ir en busca de Dios es una
experiencia sin par, capaz de transformar por completo al
hombre. El amor puramente humano se transforma en algo
extraordinariamente grande y bello. El primer efecto
espiritual que brota de esa sorprendente experiencia es una
espectacular visión interior de la hediondez de sus
pecados. Ese aspecto despierta un profundo y sincero
arrepentimiento. Tan arrepentida se siente la persona que
contempla y tan amargamente llora sus pecados, que, al
final, acaba por vislumbrar con toda claridad que Dios, en
su infinita misericordia, le ha perdonado todo,
absolutamente todo.
Principiantes de la vida contemplativa hay que, cuando
comienzan a sentir la dificultad del camino a recorrer, se
asustan, se dejan invadir por el pánico y huyen.
Nadie puede vivir por mucho tiempo tenso, angustiado o
ansioso sin procurarse instintivamente un alivio. Lo que
más rápidamente calma cualquier dolor es la
experiencia de un placer. Cuanto mayor es el placer, tanto
más mitiga el dolor o el sufrimiento.
El cristiano comprometido en el seguimiento de Jesucristo
sabe que la búsqueda de los placeres de la vida es
incompatible con ese ideal.
El cristiano en general, y lo mismo el contemplativo en
particular, saben muy bien que no viven para sufrir. Cristo,
nuestro maestro, no vino al mundo para sufrir. Vino para
salvar a los hombres. Todos sabemos que el sufrimiento y las
dificultades de todo orden son ingredientes naturales de la
propia vida. Lo importante siempre es saber tolerarlos.
Incluso hasta pueden ser espiritualmente valorados para el
crecimiento en unión y a imitación de Cristo,
que salvó el mundo por su pasión y muerte en
la cruz.
Aquel contemplativo que no quisiese nada con el
sufrimiento tomaría el camino equivocado de la falsa
mística. Principiantes en la vida de oración
que abandonan el camino iniciado por miedo a sufrir y
padecer, se entregan a veces a escandalosas desviaciones de
orden moral. Diríase que expresamente buscan
embriagarse en los placeres para ahogar el miedo, la
ansiedad y la angustia que les atormentan.
Todo eso les pasa porque no tuvieron la paciencia
necesaria para esperar.
El descubrimiento de la oración contemplativa
requiere generalmente tiempo y una buena dosis de paciencia.
El principiante que aprendió a trabajar con tranquila
insistencia no se verá frustrado en los frutos.
Acabará recogiéndolos preciosos y abundantes;
entre ellos, un gozo y una alegría que no se pueden
comparar con los más refinados placeres de la vida.
"El que la sigue, la consigue", dice un refrán de los
cazadores, refiriéndose a la pieza perseguida.
Creemos que esta comparación viene muy bien al
caso de la constancia en el campo de la oración
contemplativa.
Todo el que se esfuerza con buena voluntad y sigue el
camino indicado en la doctrina sobre la espiritualidad, no
se verá desilusionado en su esperanza. Será
confortado. A cada momento se renovará la confianza
en su destino. Poco a poco será curado de sus
pecados, hasta el punto de que éstos ya no
constituyen obstáculo alguno para su crecimiento en
la vida espiritual.
El dolor que siente por los pecados cometidos es
constante, pero se siente profundamente comprendido y
perdonado por el Señor.
El sufrimiento es parte inevitable en la vida espiritual,
como, por otra parte, lo es en la vida de cualquier persona.
El contemplativo procura transformar el sufrimiento natural
de su vida en su purgatorio. Se trata de una ocasión
de mayor purificación, muy útil al
contemplativo; es también muy agradable a los ojos
del Señor.
Como ya queda explicado en páginas anteriores, en
la medida en que el contemplativo avanza en su camino de
unión con Dios por el amor, desaparece la
noción de pecados particulares o propios. Entonces
comienza a fijarse objetivamente en la noción de
pecado como un mal global trágico que ofende vilmente
a su
Señor, amado sobre todas las cosas. Entonces
comienza a pensar en las ofensas y manchas que hieren a su
amado. El mayor sufrimiento del hombre de oración
está en el hecho de tener consciencia muy clara de
que él es precisamente participe de eso tan asqueroso
que es el pecado. Sabe que la raíz del pecado brota
dentro de él, que él mismo forma parte de ese
pecado.
Hay momentos en la vida del contemplativo en que llega a
experimentar plenamente la dicha de vivir en profunda
intimidad con Dios. En ese momento se siente plenamente
compensado por los sufrimientos que le afligen en su
constante búsqueda de una intimidad cada vez
mayor.
A causa de esas inefables alegrías espirituales,
el contemplativo vive ya aquí, en la tierra,
períodos concretos de paz y de felicidad sólo
comparables con la inefable bienaventuranza de los santos en
el paraíso. Hay una gran diferencia entre esta
felicidad humana y aquello que debe ser la bienaventuranza
eterna del cielo. Aquí, en la tierra, todo transcurre
en la oscuridad de la fe, en cuanto que allí, en la
eternidad del cielo, todo es visión clara de esa
maravillosa realidad.
La realidad espiritual comienza en el punto en que
termina la realidad material. El conocimiento y una cierta
comprensión de Dios se sitúa en la cima de la
espiritualidad.
Para penetrar en el ámbito de la mística
religiosa es preciso partir de nada que sea material y
sensible. Cerrar a cal y canto los sentidos del cuerpo y
desprenderse de toda percepción. La oración
contemplativa se sitúa más allá de los
sentidos externos y de las percepciones. Los ojos
están hechos para ver objetos, líneas, colores
y movimientos. Los oídos, para escuchar sonidos y
ruidos. El tacto está hecho para darse cuenta de la
contextura de las cosas. El sentido cenestésico
conoce la temperatura y el peso de los objetos que pueden
tocarse. El olfato es para darnos cuenta del olor de las
cosas, y el gusto, en fin, experimenta el sabor de cuanto
metemos en la boca.
En Dios no existe nada que podamos percibir con los
sentidos externos. Cantidades y cualidades son propiedades
de las cosas materiales. Únicamente los sentidos
internos de la fe y de la consciencia del hombre son lo
suficientemente sensibles para constatar la realidad
sobrenatural.
Aplicar a Dios los sentidos externos en general y los
internos de la fantasía y de la impresión
sensible es violar la naturaleza de las cosas. Los cinco
sentidos, la razón, la fantasía, etc., son
para conocer las cosas del mundo material. Las realidades
íntimas del espíritu no pueden ser vistas por
ellos.
El autor anónimo de La Nube del No-Saber
afirma con razón: "... el hombre conoce las cosas
del espíritu más por lo que ellas no son que
por lo que son". Cuando nos encontramos con hechos que
nuestros sentidos externos no pueden escudriñar,
existe siempre la posibilidad de hallarnos ante realidades
espirituales. Entre tanto, por más potentes que sean
nuestros sentidos internos, jamás podremos, por medio
de ellos, conocer a Dios tal como realmente es.
Un buen método para descubrir algo de lo que Dios
es consiste en comenzar a afirmar de todo lo que se conoce:
"Esto no es Dios". Si sigues con esa relación de
cosas que conoces y que sabemos no son Dios, llegarás
a un punto en que tu conocimiento se agota. Por eso san
Dionisio afirmaba que el conocimiento más divino de
Dios es aquel que consiste en conocer por el
no-conocimiento.
Esto es un poco difícil de entender. Pero, de
acuerdo con otros peritos en materia de espiritualidad, es
la pura verdad.
No obstante, las lucubraciones filosóficas no nos
deben preocupar. Al aprendiz de la oración
contemplativa le basta saber que no debe perder el tiempo en
raciocinios intelectuales, teológicos o
filosóficos para comprender a ese nivel la naturaleza
y los atributos de Dios. Le interesa saber que basta abrirse
totalmente a Dios con gran generosidad y mucha constancia
para que él, de algún modo, se le
descubra.
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