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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
SOY Y
EXISTO
La oración más perfecta es aquella que
brota espontáneamente del corazón. La
oración solamente nace en un clima psicológico
de pasividad-receptividad. Nos sumergimos en ese estado
cuando no tenemos nada que hacer, y realmente nada hacemos,
sino que estamos atentos y dispuestos a abrazar lo que
queremos que venga. Nuestra mente es, en si, extremadamente
activa y fértil. Continuamente produce algo. Cuando
hacemos producir voluntariamente pensamientos,
imaginaciones, fantasías, raciocinios, etc., la mente
produce de modo espontáneo imágenes, ideas,
pensamientos, etc., relacionados con nuestras tensiones y
con nuestros intereses más vivos, quizá muy
secretos.
El contemplativo debe conocer la manera de funcionar que
tienen nuestro cerebro y nuestro corazón de
hombre.
Siempre que trates de hacer oración personal,
procura aislarte lo más posible del mundo que te
rodea y trata de permanecer totalmente inactivo. Pasividad
completa de cuerpo y de mente. No decir nada, no hacer nada,
no pensar voluntariamente en nada, no recordar nada, no
imaginar nada...
Decir nada significa aquí
omisión de todo aquello que sea voluntario.
Fijar tu atención serenamente en Dios y concienciarte
del estado físico y mental en que te encuentras, sin
dejarte envolver por ninguno de esos aspectos o de esos
movimientos espontáneos de tu cuerpo y de tu mente.
Debes asistir a todo lo que acontece contigo y dentro
de ti, como cuando asistes a las escenas de una
película. Sólo ver, darte cuenta, tomar
conciencia de tus reacciones delante de Dios, a quien ves
con los ojos de tu alma. Permite que de tu corazón
nazca únicamente un puro impulso dirigido a Dios.
No se ha de entrar en ninguna idea particular al
respecto, relacionada con Dios. Debemos dejar que él
sea como es. No pretender percibirlo de una manera
particular u otro modo cualquiera. Cuando no estamos en
compañía de alguien ni nos ocupamos en nada,
absolutamente desnudos de todo, nuestro ser reacciona
poderosamente, en el sentido de clamar por alguien.
Nuestro ser se abre y dama por algo o por alguien cuya
presencia nos dé la sensación de que existimos
y de que existimos para alguien.
Comenzamos a tener conciencia clara de que nuestra vida
tiene un sentido. Ésta es la situación del
hombre en el que tiene lugar el encuentro personal con Dios.
Es precisamente en ese momento cuando el contemplativo
experimenta la sensación íntima de comunicarse
personalmente con Dios y de decirle cosas semejantes a
ésta: "Señor, yo me entrego enteramente a ti,
tal como eres, y yo, tal como soy".
Para contemplar a Dios es necesario tener de él
una idea muy pura y muy simple. Él es la misma pureza
y la simplicidad personificada. Es preciso que aquel que
trate de aproximarse a Dios, tome igualmente una aptitud de
gran simplicidad y pureza. Se trata de la unión del
hombre con Dios o de Dios con el hombre.
El contemplativo en oración ve a Dios de la misma
manera como se ve a si mismo, esto es, ve a Dios tal cual
es, y a si mismo tal como es y no le gustaría ser. Al
actuar así, el pensamiento del hombre se unifica en
Dios. Dios es realmente el ser del hombre, pero el hombre no
es el ser de Dios. Todos los seres creados existen en Dios
como en su fuente y Dios existe en todas las cosas creadas
como su causa y su ser. Nada, ni el mismo Dios, puede
existir sin él. Únicamente él es
separado y diferente de todas las cosas creadas.
Pero saber cómo es Dios no es lo más
importante en la vida de oración contemplativa. Es,
pues, absolutamente necesario que la gracia consiga unir el
pensamiento y el amor del hombre a Dios.
Por tanto, el contemplativo evita indagar respecto de las
cualidades particulares, ya sea de si mismo, ya sea de Dios.
Se esfuerza únicamente por ser simplemente como
salió de las manos del Creador. Las personas simples
tienen siempre mayor facilidad para conocer
experimentalmente a Dios tal como es. Pero ese conocimiento
permanece siempre oscuro y parcial. Nunca satisface
totalmente el deseo de conocerlo y de amarlo.
Las personas sencillas, buenas y puras tienen muchas
veces mayor facilidad para entender esto que algunas
personas eruditas en las ciencias teológicas.
El autor de La Nube del No-Saber se ríe de
aquellos que discuten de altas filosofías y
complicadas ciencias naturales y no entienden esa sencilla
práctica. Afirma que hasta el analfabeto puede hallar
en esa práctica el camino para la unión con
Dios en la simplicidad de un amor sincero y más
perfecto.
Dice también que esa actitud toca la cumbre de la
perfección espiritual y llama al conocimiento de ese
estado de la mente o del espíritu como de "la
más alta sabiduría humana". Se trata, pues, de
no pensar en lo que soy, sino simplemente que soy
y existo. Relativamente, es fácil experimentar y
tener una conciencia clara de que soy y existo.
Para que eso funcione en la contemplación es
necesario recordar la propia miseria y los pecados
personales ya perdonados por el arrepentimiento o por el
sacramento de la penitencia. Nada de complicaciones.
Contemplar es, en el fondo, tan sencillo como aplicar una
cataplasma en el cuerpo de un enfermo: "Me bastará
tocar la orla de su vestido y seré curada" (Mt 9,21;
Mc 5,28). La mujer del evangelio quedó
físicamente curada por el simple contacto con la
vestidura del Señor.
¡Con cuánta mayor razón el simple
contacto con Dios en la intimidad de nuestra alma cura
nuestras enfermedades espirituales!
Lo que venimos diciendo es tan sencillo en sí, que
personas piadosas acostumbradas a rezar mediante largas
fórmulas de oración pueden tener la
impresión de estar perdiendo el tiempo. La mentalidad
de que vivir realmente es hacer cosas útiles y
concretamente aprovechables constituye un muro insuperable
que no les permite penetrar en la vida contemplativa.
Contemplar no es hacer lo que se quiera. La
recitación de piadosas fórmulas es una
oración excelente, recomendada por el mismo
Jesucristo. Pero la oración más sublime de
Jesús y de su santa madre fue, sin duda, la
silenciosa contemplación de las realidades divinas.
Ningún ejercicio físico o mental puede
aproximarnos tanto a Dios nuestro Señor y apartarnos
del mundo. El simple conocimiento de nuestro pobre ser y de
la alegre entrega del mismo a Dios es, sin duda, la
oración más perfecta. Muchos piensan que vivir
verdaderamente es vivenciar constante y profundamente las
sensaciones de aquello que puede percibirse directamente por
los sentidos.
Únicamente el ser completo del hombre -alma y
cuerpo unidos- permite el encuentro profundo con Dios. La
clara conciencia de nuestro ser y la simple entrega de
nosotros mismos a Dios producen esa unificación. La
oración vocal y la meditación, sin duda
útiles y necesarias, tienden, sin embargo, a romper
la unidad del ser humano. Por eso oración vocal y
meditación discursiva son generalmente insuficientes
para realizar un encuentro verdaderamente profundo con
Dios.
El contemplativo se ofrece directamente a Dios tal como
es, sin pensar en nada en particular. De esta manera entrega
a Dios todos los dones naturales con que fue agraciado por
él, así como también todos sus fallos,
pecados e infidelidades.
El primero y más precioso don que recibimos del
Creador es la existencia, la vida. Todo el que se ofrece a
Dios como un ser salido directamente de las manos divinas
rinde al autor de su vida el mejor de los homenajes. El ser
lo comprende todo. Hablar a Dios de detalles particulares de
ese ser, de sus atributos, puede ser una necesidad personal
del que se ofrece. Pero eso no ayuda a crecer en el sentido
de una perfección humana mayor. Por eso es mejor que
los dones personales no integren específicamente el
contenido de la oración contemplativa.
El conocimiento de mi ser global atiende mejor a
mí necesidad existencial de unidad. Este conocimiento
ayuda también simultáneamente al crecimiento
humano y espiritual. Cristo me impele con su ejemplo a
darme, a entregarme totalmente a él, hasta el punto
de llegar a formar con él una unidad tan perfecta de
amor como su misma unión con el Padre.
Cuando, junto al pozo de Jacob, los apóstoles
invitaron a Jesús a sentarse para comer, él
respondió: "Yo tengo una comida que vosotros no
conocéis... Mi alimento es hacer la voluntad del que
me envió y acabar su obra..." (Jn 4,32-34). El
alimento natural sirve para unir el espíritu a la
materia que constituye nuestro cuerpo fisiológico. La
vida de que Jesús hablaba en sus predicaciones
evangélicas no era una vida natural, que es el
resultado de la unión del espíritu con el
cuerpo. Él se refería a su propia vida
resultante de la unión de su espíritu con el
Padre. Así el contemplativo promueve su vida
(espiritual) en la medida en que realiza la unión de
su propio espíritu con el de Jesucristo.
La salud y el vigor físico son algo muy bueno.
Pero la salud física no es condición para
salvar el alma. La salvación eterna se asegura
mediante el vigor del espíritu, aun cuando
éste habite en un cuerpo frágil y enfermizo.
El principiante en la vida de oración se entrega
ordinariamente a piadosas reflexiones o meditaciones que,
ciertamente, ayudan a conocer mejor a Dios. Cuanto mejor
conoce uno a Dios, infinitamente bueno y hermoso, tanto
más se siente atraído por él.
Así es como nace y se desarrolla el amor a
Dios. Esa manera de rezar ya produce, por si misma, una
cierta unión con Dios. Pero el contemplativo no se
contenta con esa medida, sino que aspira a una unión
más íntima, más estrecha y más
constante con su amado. Y esto lo consigue gracias a la
oferta de la conciencia ciega, constante, de su propio ser,
tal como lo percibe, sin considerarlo como propiedad
personal alguna y sin buscar ningún atributo
particular de Dios. Simplemente, lo percibe como la realidad
más real -valga la redundancia- de su existencia.
Cuando Dios se apareció a Moisés en medio
de la zarza ardiente para comunicarle su misión
divina de sacar de Egipto a los hijos de Israel,
Moisés preguntó al Señor cuál
era su nombre... Y Dios dijo a Moisés:
"YO SOY EL QUE SOY" (Éx 3,13-14). Este nombre, Yo
soy, que Dios se da a sí mismo compendia todos sus
atributos de eternidad, de bondad, de poder, de ternura, de
sabiduría... Esta breve palabra: soy, expresa toda la
esencia de Dios en toda su pureza. No hay ninguna otra que
la iguale. Él se definió simplemente con el
soy, y basta. Yo, como hijo que tiene su origen más
remoto en él, participo de esa esencia divina. Todos
mis atributos vienen de él. Yo existo en él
desde toda la eternidad. Por eso, en el fondo, en cierta
manera mi ser se identifica con el ser de Dios, a pesar de
que yo no lo sea. Somos semejantes porque él me hizo
a su imagen y semejanza, pero también somos
diferentes.
Si tengo un parentesco tan próximo con Dios,
mí Creador y mi Padre, con Cristo, mi hermano,
prorrumpo espontáneamente en gritos de júbilo
y de gratitud. Ahora puedo comprender también por
qué mi corazón anda tan inquieto y parece no
hallar reposo en las vanas promesas de este mundo.
Ahora comprendo también por qué hay hombres
y mujeres que abandonan todo cuanto poseen o podrían
poseer y se retiran en torno a los tabernáculos del
Señor. A la luz de esos hechos, la
consagración religiosa adquiere contornos de
resplandor que la hacen plenamente comprensible. El gesto de
tantos cristianos que abandonan el mundo con todas sus
riquezas y con todos sus placeres adquiere un significado
revelador del inmenso poder de seducción de Dios.
El contemplativo goza místicamente esa
sabiduría espiritual como un maravilloso convite de
ternura con Dios trascendente. Todo eso es obra de la
gracia. Salomón cayó en la cuenta
también de esa prodigalidad de Dios para con su
criatura. Afirma también que la correspondencia del
hombre a tamaña generosidad de Dios es la suprema
sabiduría a la que el hombre puede aspirar:
"Bienaventurado el que alcanza la
sabiduría y adquiere inteligencia;
porque es su adquisición mejor que la de
la plata y es más provechosa que el oro.
Es más preciosa que las perlas y no hay
tesoro que la iguale;
lleva en su diestra la longevidad y en su
siniestra la riqueza y los honores.
Sus caminos son caminos deleitosos y son paz
todas sus sendas.
Es árbol de vida para quien la consigue;
quien la abraza es bienaventurado"
(Prov
3,13-18).
Sabio es el hombre que consigue realizar la importante
obra de su propia unificación y de su unión
con Dios. La consecución de ese objetivo es
existencialmente más importante de lo que es el
conocimiento científico de las cosas, que puede ser
adquirido por el juicioso empleo de los sentidos y por la
razón. El conocimiento de Dios y el amor que le
profesamos brotan no de nuestros sentidos o de nuestra
inteligencia discursiva, sino que nacen de la esencia
humano-divina que constituye nuestro ser. Los sentidos no
consiguen captar la verdad total de las cosas. Generalmente,
hay mucha ilusión en las cosas que aprendemos
única-mente por medio de los sentidos. El amor
percibe cosas y aspectos de las cosas que los sentidos no
alcanzan. El amor penetra en el interior del objeto y toca
su esencia. Por eso la sabiduría suprema está
en el amor y no en la inteligencia.
No siempre existe una perfecta concordancia entre lo que
se percibe por la inteligencia y lo que se percibe en lo que
se ama. Por eso san Pablo afirma categóricamente que
"la perfección de la ley es el amor" (Rom 13,10).
El que ama cumple la ley. Quien ama a Dios vive
internamente tranquilo. Esta es, justamente, la mejor
disposición para vivir siempre de acuerdo con la ley
o con la manera de vivir que corresponde a quien el Creador
tenía previsto llamar a la existencia. Es por ello
precisamente por lo que se dice que el cristianismo es
amor. El contemplativo vive permanentemente en una
escuela de aprendizaje y de perfeccionamiento del amor.
Vivir en el amor que nos une estrechamente con Dios no
lleva al contemplativo a desentenderse por completo de la
realidad que le rodea. Un profundo desarrollo amoroso con su
Señor no le impide participar plenamente de la vida
junto a las personas con las que convive.
En efecto, el contemplativo trabaja, lee, pasea, viaja,
hace compras, reza, visita a sus amigos, etc. Mas en el
centro de todas sus actividades está siempre aquel
sentimiento precioso de íntima unión con su
amado. Hasta cuando duerme, el contemplativo no interrumpe
esa vivencia reconfortante de estar en los brazos del Padre.
Ese pensamiento, más o menos inconsciente, transmite
tanta tranquilidad y tanta seguridad, que el sueño se
hace verdaderamente reparador, acaparando energías
físicas, mentales y espirituales.
El amor es vida y salud no sólo para el
espíritu. Mejora también la salud
física. No cabe duda de que si la vida contemplativa
se vive como en este libro se describe, puede ser
también una buena protección para el
equilibrio psicosomático-espiritual.
No estará demás llamar de nuevo la
atención del principiante sobre la necesidad de
establecer una vigilancia continua sobre si mismo. Durante
los ejercicios de aprendizaje de la oración
contemplativa pueden ocurrir sentimientos de toda especie.
Algunos de ellos están destinados a motivar la
voluntad del principiante para animarse a proseguir la
búsqueda de la contemplación. Otros, en
cambio, son más bien negativos y tratan de llevar al
desánimo. Por eso conviene muy mucho permanecer
vigilantes para no caer en la tentación de
desaliento. Es bueno recordar con frecuencia la
amonestación del Señor: "El que pone la mano
en el arado y mira hacia atrás no es apto para el
reino de Dios" (Lc 9,62).
Aptos para una vida de oración más
profunda, y por tanto más perfecta, lo son
únicamente las personas perseverantes en sus
iniciativas tomadas con lúcida generosidad. Tomar
buenas resoluciones en la vida espiritual y abandonarlas a
la primera dificultad que se presenta es prueba de cierta
superficialidad, que hace al hombre inepto para empresas y
realizaciones de envergadura.
Para ayudarse en la fundación y
consolidación de la Iglesia que vino a establecer en
el mundo, Jesús escoge a discípulos sencillos,
puros, generosos y decididos a sacrificarse por el
éxito de la misión. El joven rico, dispuesto a
seguir a Cristo, pero incapaz de renunciar a sus riquezas
por falta de generosidad, es un ejemplo de hombre flojo, no
apto para la importante obra de la contemplación.
Animoso y plenamente capaz de corresponder al amor del
Señor es aquel que, al oír "Ven y
sígueme" (Mc 2,14), se levanta, deja todo lo que trae
entre manos y sigue al maestro. Semejante gesto de amor es
siempre recompensado por Jesucristo. El, que es amor,
protege, defiende y socorre a quienes le siguen y
confían en él.
No es fácil de entender la realidad mística
vivida por el contemplativo. Únicamente los iniciados
en los misterios más profundos de Dios pueden
comprender algo de aquello que acontece en el corazón
de la persona totalmente entregada a su Señor, amado
sobre todas las cosas. Por eso es un loco quien se dedica a
criticar la experiencia trascendental del contemplativo que
él mismo nunca conoció. Es por eso
también que la persona inteligente y sensata no se
atreve a discutir asuntos de los que no tiene la más
mínima noción, por el sencillo hecho de que
los ignora. Conocemos realmente en profundidad sólo
los hechos en que estuvimos personalmente envueltos. Quien
nunca vivió un auténtico fenómeno
interior de verdadera mística no sabe lo que es. Por
tanto, sus juicios a este respecto corren el riesgo de ser
erróneos o, cuando menos, sospechosos de error.
La vivencia interior y el comportamiento exterior del
contemplativo auténtico están por encima de la
comprensión del común de los mortales. El
contemplativo -si es verdadero- no debe extrañarse de
las impiedades y barbaridades que las malas lenguas dicen de
él. Debe saber que no a todos les es dado comprender
el sentido profundo de los textos bíblicos que tratan
de la relación del hombre con Dios.
Una fe superficial e intelectualizada no llega a penetrar
el sentido auténtico de la palabra de Dios. La
interpretación de la Biblia únicamente a base
de la razón corresponde al teólogo. Su
interpretación a base del corazón es
competencia del místico. ¿Cuál de los dos
conoce mejor a Dios? Marta trabaja a la luz de su propia
inteligencia. María no trabaja. Solamente ama.
¿Cuál de las dos eligió la mejor
parte?
La actividad de Marta es importante y útil. Es
necesaria... La actitud de María no es de utilidad
práctica, porque no produce nada. Sin embargo, la
función de María es la más
sublime, la parte mejor, que nadie le quitará. No
es cierto que aquel que conoce a Dios únicamente por
el estudio también ama. Ha habido teólogos
ateos. Pero es imposible amar a Dios fuera del ámbito
de la fe. Quien ama cree. Lo contrario no siempre es
verdadero. Un cierto conocimiento de Dios puede llevar a
creer intelectualmente que, efectivamente, existe, y a
experimentar únicamente un gran temor de
él.
Cuanto más crece el contemplativo en su amorosa
unión con Dios, tanto menos su razón
interfiere en ese proceso vital-espiritual. Así como
en el hombre el cuerpo y la mente funcionan de cierto modo
sincrónico, así también, de modo
semejante, funcionan la razón y el afecto, con una
cierta implicación de simultaneidad
dinámica.
Con todo, el hombre tiene la capacidad de enfatizar su
movimiento existencial más o menos libre o
sistemáticamente en uno de estos cuatro polos
funcionales: 1) Cuerpo: deportista, trabajador manual
(bracero)...; 2) Mente: artista, comerciante...; 3)
Razón: intelectual, filósofo...; 4) Afecto:
actor, poeta, músico y... místico. Para tener
éxito en la vida contemplativa, el principiante debe
superar una primera dificultad: habituarse a pensar y a
obrar en cualquier circunstancia en un clima densamente
afectivo en el que el foco de afectividad vaya dirigido
directamente a Dios.
Está claro que eso supone una actitud existencial
firmemente anclada en una fe sencilla e inquebrantable. El
fundamento para desarrollar cualquier proceso de crecimiento
y perfección espiritual, a cualquier nivel, lo
constituyen siempre la fe, la esperanza y, al menos,
un comienzo de amor.
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