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Pedro
Finkler - La oración contemplativa
(índice)
SER SENSIBLE Y
DÓCIL A LA GRACIA
Épocas hubo, en la historia de la Iglesia, en que
la gracia de Dios tocaba de modo especial el corazón
de muchos hombres. Notable fue el periodo de las grandes
persecuciones por el gran número de cristianos que
buscaban el martirio por confesar a Cristo.
Es evidente que ese fenómeno socio-religioso tuvo
su origen en un auténtico y profundo amor a
Jesucristo. Millares de hombres, mujeres y niños
abandonaban voluntariamente una vida de alegrías y de
bienestar para dar testimonio, derramando su sangre, de su
amor a Cristo. Fenómeno admirable de la gracia,
prácticamente imposible de repetir por arte puramente
humana.
La psicología del comportamiento humano consigue
provocar y controlar conductas individuales y de masas
mediante una inteligente manipulación de
condicionamientos humanos. Mas los mártires
cristianos entregaban la vida por un auténtico amor a
Dios nacido de la gracia.
Existen también comportamientos humanos
individuales y colectivos que son el resultado del cultivo
personal y común de valores de orden espiritual. La
fe, la esperanza y el amor pueden, efectivamente, despertar
con el estudio del mensaje salvífico de Jesucristo.
Ciertos valores humanos y espirituales, debidamente
reconocidos, pueden también desencadenar
comportamientos originales, poco comunes en la vida
ordinaria, de individuos de determinados estratos
sociales.
Muchos martirios de los primeros siglos de la Iglesia
tienen su explicación precisamente en ese
conocimiento de Cristo que genera la fe, la esperanza y el
amor.
Dios puede, efectivamente, tocar los corazones de los
hombres a través de la actuación especial de
su gracia. El movimiento preconciliar de renovación
de la liturgia y de la vida de oración parece
favorecer actualmente la explosión de un nuevo
ímpetu de santidad. Existe hoy en día una
particular sensibilidad difusa en extensas capas de la
sociedad -sacerdotes, religiosos consagrados, cristianos
laicos- para profundizar en la vida de oración. El
ejercicio de la contemplación representa, sin duda,
lo más refinado de los medios a disposición de
esas personas para el desarrollo de su potencialidad
espiritual.
Muchos hombres y mujeres de hoy, sensibles a esa
misteriosa pero insistente llamada de Dios, deciden
responder con gran generosidad. Los hay que procuran sacar
un tiempo libre en sus ocupaciones profesionales o
domésticas para poder atender al convite amoroso del
Señor. Basta comenzar con entusiasmo y continuar sin
desfallecimiento. El Señor mismo se ofrece para
acudir en socorro de las almas generosas en las dificultades
con que se encuentren en el camino. Él protege a sus
amigos y les infunde seguridad y confianza durante el
viaje.
La función contemplativa tiene lugar de forma
semejante al sueño. Tanto en éste como en
aquélla los sentidos externos se apagan y el
pensamiento deja de ser controlado por la voluntad. En ambos
casos el cuerpo permanece totalmente en reposo. En la
contemplación el espíritu se abandona
también a un tranquilo reposo en Dios y se dispone a
gozarlo amorosamente tal como él es. Entre tanto, el
mismo hombre interior se renueva maravillosamente.
En esa situación de profunda intimidad
contemplativa con el Señor es fácil comprender
que contemplar no es una actividad intelectual o puramente
racional. Por eso el proceso de búsqueda o
investigación en la oración contemplativa
sigue un método preciso. Consiste, fundamentalmente,
en aprender a purificarse de cualquier idea o pensamiento
activo respecto de algún atributo particular
cualquiera de Dios o de sí mismo, o de cualquier otra
criatura.
Todo cuanto se dice en este libro referente a la
contemplación puede dejar a ciertos lectores un poco
asustados. Hay quien se pregunta perplejo si el intento de
recorrer este camino para llegar a Dios podría,
eventualmente, exponer a esa persona a un riesgo de gran
fracaso.
Preciso es reconocer que esa duda es comprensible. La
vida de oración, en la mayoría de las
personas, depende generalmente sólo de las facultades
de la inteligencia y de la voluntad. La vida espiritual de
no pocos cristianos se lleva adelante a fuerza de voluntad,
como una tarea ardua que hay que cumplir. Cambiar de
método y de estilo de vida religiosa, al cual ya se
está habituado, requiere una gran generosidad y la
suficiente capacidad para modificar unos hábitos a
veces profundamente arraigados.
Se trata nada menos que de adoptar un nuevo estilo de
vida espiritual. En algunos aspectos, ese cambio de
costumbres puede hacerse muy difícil. Tan
difícil como a un nuevo rico adaptarse al modo de
vivir y de relacionarse con las personas de la nueva clase
social en que acaba de ingresar.
Hay quien comienza a dudar incluso de si la
oración contemplativa es realmente tan agradable a
Dios como se dice. En este caso, una explicación
racional de la problemática basta generalmente para
desterrar la duda. Una buena comprensión intelectual
del problema permite una decisión con pleno
conocimiento de causa y con gran confianza.
Si sin Dios nada podemos, con él todo nos es
posible. Una buena comprensión de lo que es la vida
contemplativa se puede adquirir mediante la atenta y
reposada lectura de este o de otros libros que traten de la
materia. Para conocer mejor el asunto es también de
gran utilidad tener algunas entrevistas con la persona que
conozcamos impuesta en el tema.
Para salir con éxito en nuestro empeño del
aprendizaje en la vida contemplativa existen dos condiciones
básicas:
- 1ª Decisión personal, libre y firme, de
profundizar en la vida espiritual por la vía
contemplativa.
- 2ª Entera docilidad a un sabio y experimentado
director espiritual.
Un director espiritual de confianza posee, cuando menos,
estas tres características personales: 1)
inteligencia; 2) prudencia humana y evangélica; 3)
experiencia personal de profunda espiritualidad.
La actitud básica del "dirigido" ante su
"director" debe ser la de apertura, de confianza y de
docilidad. La relación interpersonal de estas dos
personas en situación se debe desarrollar a modo de
diálogo. Y, ya se sabe, el diálogo es posible
únicamente entre personas que se aman, es decir, que
llevan a cabo funciones y actitudes recíprocas: de
aceptación, de respeto, de perdón, de
confianza, de ayuda...
El conocimiento de la biografía de grandes
contemplativos puede despertar el entusiasmo por este estilo
de vida de oración. Entre otros muchos, recomendamos
la lectura meditada de la vida de santa Teresa de
Jesús; las biografías del santo cura de Ars,
de san Juan de la Cruz, de san Ignacio de Loyola... Los que
hacen la experiencia de vida contemplativa dan a entender
que el lenguaje humano no es capaz de describir todo lo que
la experiencia y profunda contemplación de Dios es en
realidad. No se puede describir con exactitud la experiencia
personal de Dios. Pero si es posible hablar de un modo
aproximado.
La lectura atenta de los libros que arriba se indican y
aconsejan, o bien una conversación íntima con
una persona auténticamente contemplativa, dan una
idea bastante clara de la maravilla que supone la vida de
unión con Dios.
El grado de perfección del hombre se mide por el
grado de intimidad y de solidez de su unión con Dios,
consumada en el amor. Esto sólo puede entenderlo
convenientemente aquel que lo experimenta personalmente. La
autenticidad de tal situación se mide por los frutos
que ella produce en la vida práctica del
contemplativo. La síntesis de esos frutos es el amor
sencillo, generoso y directo del contemplativo en
relación con Dios, con los hombres y con la
naturaleza.
El amor, síntesis de todas las virtudes, aparece
de manera muy clara en la vida de san Francisco de
Asís. Este amor en acción lleva al
contemplativo a limitar la divagación de su
pensamiento y de su palabra. Él habla poco, pero vive
intensamente el amor. Es también por eso que el
contemplativo no es amigo de largas oraciones vocales y de
morosas meditaciones discursivas. Su oración es
más bien sencilla, breve y frecuente. Su permanente
unión con Dios le dispensa de muchas palabras.
A los que quieren seguir al Señor en amorosa
intimidad, él mismo les recomienda con severidad: "Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a
sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24).
Negarse a sí mismo, porque nadie puede seguir
a Jesús por propia iniciativa. Quien sigue a
Jesús no lo hace por libre voluntad. Es el
Señor quien toma la delantera y le llama, le convida,
le invita a seguirle con la cruz. El hombre es o no llamado.
Responde o no responde a la invitación.
¿Y cómo podremos saber si Dios nos llama a la
vida contemplativa? La llamada, la invitación a ir a
su encuentro, puede explicarse por una atracción
interior, un misterioso anhelo y un deseo de
aproximación. Los motivos de esa reacción del
hombre a la misteriosa manifestación de Dios
están siempre relacionados con cierta sensibilidad
natural del hombre frente a los diferentes valores
existenciales.
Esos valores pueden ser muy variados: para uno
será el deseo de conocer a Dios; otro se
sentirá atraído por él como si fuese su
padre, su hermano, su amigo... Habrá quien se
interese por el misterio de la luz interior... La gracia es
esa fuerza de atracción, ese deseo, esa necesidad que
impele, que atrae.
Tienen éxito en la vía contemplativa
únicamente las personas que se dejan conducir en ella
con fidelidad, siguiendo los impulsos de la gracia. A pesar
de toda orientación metodológica, aconsejada a
quienes se proponen vivir la vida contemplativa, en
definitiva, Dios es siempre el agente principal en todo ese
proceso. Cabe al hombre ser totalmente receptivo, ser
sensible a la gracia y seguir sus impulsos. El deseo y el
anhelo de Dios son una apertura constante a la acción
divina. Además, el contemplativo va poco a poco
aprendiendo por experiencia personal.
Todos tenemos, al menos, una cierta sensibilidad de Dios.
El Creador toca el corazón de los hombres
directamente o por circunstancias, las más de las
veces inesperadas. Algunos se sienten tocados por Dios
después de la lectura de un buen libro, como, por
ejemplo, éste. Sin embargo, ni libros ni personas nos
pueden enseñar a rezar y a contemplar como
enseña de hecho la propia experiencia personal. La
más elevada y más significativa experiencia de
que el hombre es capaz es la experiencia de Dios. Pero
ésta sólo es posible mediante el total olvido
de uno mismo. No olvidemos que para seguir a Cristo es
necesario negarse a sí mismo.
Para aprender a contemplar es necesario seguir un
método, que no es otra cosa que un proceso de
desarrollo del aprendizaje. Ese proceso sigue varias etapas.
La primera de ellas es el desnudarse uno de si mismo,
olvidarse de todo nuestro saber con respecto a nosotros
mismos y de los demás, olvidarse también de
las cosas, y hasta del conocimiento de los atributos
particulares de Dios. La segunda etapa consiste en sentir un
ardiente deseo de experimentar a Dios. Ese deseo se
transformará poco a poco en un gran anhelo de
experimentar únicamente a Dios. Finalmente, si
perseveramos en esa búsqueda en que el ansia de
experimentar a Dios aumenta, crece también la soledad
del corazón. Esta soledad lleva a destruir el
conocimiento personal de todas las cosas, incluso del propio
yo. Entonces, sí habrá lugar para experimentar
a Dios tal cual es.
Éste es el proceder de la persona que ama. El que
ama de verdad se olvida de sí mismo y se concentra
totalmente en el objeto de su amor. El fijar su
atención y sus intereses en la persona amada no
intenta arrebatar al otro para apropiárselo todo para
si. Esto sería un amor egoísta. La esencia del
amor es el inmenso deseo del amante de entregarse a la
persona amada. Configura, por tanto, una actitud y un gesto
de donación gratuita de si al otro. A ese deseo de
donarse le acompaña el de un total olvido de si
mismo. Ese proceso mental-espiritual puede ser perfectamente
entendido única-mente por el que lo experimenta.
La percepción de la experiencia de sí mismo
es la negación de la experiencia de Dios. Con eso no
pretendemos decir que la experiencia de uno mismo sea algo
indeseable. Sabemos que el conocimiento del propio ser es
condición de la normalidad de la persona. Con la
afirmación arriba dicha se quiere dar a entender
únicamente que, en la contemplación, la
preocupación y la ocupación no deben tener por
objeto al propio sujeto, sino únicamente a Dios.
En el fenómeno de la contemplación, el
conocimiento de Dios presente se sobrepone totalmente al
conocimiento de sí. Y en tanto este proceso no es
completo, no existe contemplación propiamente dicha.
Ésta es una vivencia profunda y única de Dios,
que excluye la simultaneidad de otra vivencia cualquiera. En
la medida en que la gracia toca al principiante en la vida
contemplativa, éste ve más claro y aprecia
cada vez más el valor de la oración
contemplativa.
Las facultades de la inteligencia, de la memoria y de la
voluntad no ayudan realmente mucho para alcanzar el amor
contemplativo. Tampoco ayudan mucho, que se diga, las
meditaciones imaginativas y especulativas por si mismas,
para despertar el amor a Dios. Más vale el simple
conocimiento del propio ser, aun cuando ese conocimiento
pueda significar un doloroso peso para el propio yo.
Mientras yo me ocupo de mi propio conocimiento, lo
único que consigo obtener con eso es una
paupérrima experiencia de mi yo. Y esto es sumamente
doloroso para quien trata de buscar sólo a Dios. El
sufrimiento de no encontrar a quien con tantas ansias se
busca termina en una explosión de lágrimas,
inflama el deseo e intensifica la búsqueda: "Maria
estaba junto al sepulcro, afuera, llorando... Han llevado a
mi Señor y no sé dónde lo han puesto...
Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién
buscas?... ¡Señor, si tú lo has llevado,
dime dónde lo pusiste, y yo le tomaré!" (Jn
20,11-15). El dolor de la pérdida y de la
consiguiente soledad constituye el clima favorable para la
eclosión de un gran deseo de sentir a Dios tal cual
es.
La oración vocal de salmos y de otras preces tiene
un gran valor, sobre todo para los principiantes en el
camino de una espiritualidad más profunda.
También la meditación de textos
bíblicos ayuda a descubrir el valor espiritual de uno
mismo y de Dios. Por lo demás, no es fácil
tener una auténtica experiencia de uno mismo sin
ejercitar antes las potencias de la imaginación y de
la razón para reconocer la condición personal
de pecador. La capacidad de llorar los propios pecados y de
alegrarse con la grandeza y hermosura de Dios son los frutos
de ese reconocimiento.
Por tanto, el primer paso que hay que dar para penetrar
en el reino de la contemplación es la oración
vocal y la meditación discursiva muy bien hechas. Son
dos maneras de relacionarse con Dios muy preciosas.
La mayoría de los cristianos alimenta su
espiritualidad mediante esas prácticas de piedad. La
contemplación lleva a una espiritualidad más
elevada, capaz de unir al hombre con Dios de manera
más sólida. La oración contemplativa
supone una gran capacidad de amar y de donarse plenamente.
Permite al hombre "saborear las inefables delicias del
Señor". Existe solamente una puerta para poder entrar
en ese misterioso reino de las delicias del Señor.
Esa puerta no es el conocimiento racional de técnicas
psicológicas. No es tampoco el conocimiento de la
historia de la Iglesia o de la biografía de algunos
grandes místicos que podrían servir de modelo.
La única puerta de entrada en ese misterioso templo
de la mística es el Señor: "... Yo soy la
puerta. Quien entra por mí se salvará;
entrará y saldrá y hallará pasto..."
(Jn 10,9). Entrar por la puerta -el Señor- es, ante
todo, meditar la pasión de Jesucristo. Por esa
piadosa reflexión se llega a comprender la maldad del
pecado y a arrepentirse de él.
El arrepentimiento sincero incluye siempre el firme
propósito de no volver a ofender a un Señor
tan amable y tan misericordioso. El sentimiento de
compasión por el Señor, tan injustamente
maltratado, que llegó incluso a morir en la cruz por
nuestras infidelidades, mueve nuestro corazón a
acercarnos a él. Fue precisamente este sentimiento de
dolor y de piedad el que llevó a Maria Magdalena a
aproximarse a la cruz y, arrodillada, postrada, romper en
dolorido llanto. El dolor hace llorar. ¡Benditas
lágrimas de arrepentimiento, porque ellas nos redimen
de nuestras culpas!
Hay quienes intentan entrar en la tierra prometida de la
salvación por otra puerta que no es la del
Señor Jesús. Son los que apuestan por una
reflexión especulativa, por hipótesis
imaginativas y de fantasías como camino para una
eternidad feliz... Pero todos los que siguen este camino,
generalmente acaban por decepcionarse profundamente.
Refiriéndose a estas personas, Cristo dice: "El
ladrón no viene sino para robar, matar y destruir"
(Jn 10,10). A veces, esas personas tratan de justificar su
mala conducta, su situación oscura y pecaminosa. De
lo que no cabe duda es que la meditación es
necesaria, ya que ella es la puerta de entrada en la vida
devota, que viene a ser el vestíbulo de la vida
contemplativa.
Si Cristo es la puerta, lo primero que hay que hacer para
entrar en el reino de la intimidad contemplativa es tratar
de encontrar a Cristo y de permanecer junto a él. No
se entra por la puerta de un rico palacio sin antes
limpiarse bien los zapatos. La vida de pecado mancha al
hombre y lo hace indigno de entrar en el santo de los
santos. Toda la purificación personal se hace de
rodillas, con sentimiento de profundo dolor, delante del
Señor. El pecador arrepentido se purifica, entonces,
más y más y, humildemente, espera a la puerta
hasta que le inviten a entrar. La invitación viene
del Espíritu Santo. Él es la señal
evidente de la llamada y quien mueve a la persona que espera
esa llamada a iniciar una vida espiritual más
elevada.
Muchas personas devotas, sinceramente ocupadas en
lecturas piadosas, pueden sentir el deseo de vivir una mayor
intimidad con el Señor. Ello es, ciertamente, una
señal de la gracia, que toca su corazón. Pero
no todos los que leen esas cosas se sienten movidos por ella
de la misma manera.
Parece que la diferencia de esos efectos podría
explicarse por una sensibilidad mayor o menor a la llamada
de la gracia de unos y otros. Sería actitud de gran
sabiduría, por parte de los que se sienten llamados,
el seguir ese impulso de la gracia y decidirse con todo
entusiasmo a iniciarse en la oración contemplativa.
Los demás deberían continuar fielmente a la
puerta de entrada -el Señor- que conduce al reino de
la salvación eterna.
Están, efectivamente, aquellas otras personas
llamadas simplemente a salvarse. Y ya hemos visto que otras
están llamadas por Dios a una perfección
mayor. Todo ello es cosa de la misteriosa y arcana voluntad
de Dios respecto de los hombres, sus criaturas predilectas.
No es importante esa diferencia de vocaciones. Dios tiene
sus designios, que no siempre son claros para nosotros. Por
otra parte, es muy importante que cada cual siga la llamada
que Dios le hace.
Todas las vocaciones son buenas, preciosas y santas. Cada
llamada particular de Dios implica, para el respectivo
elegido, obligaciones, compromisos y trabajos personales. Es
necesario pedir constantemente a Dios el auxilio de su
gracia para serle siempre fiel y dócil a su
llamamiento.
Nadie debe decirle a Dios a qué clase de
vocación le gustaría ser llamado. Seria
igualmente erróneo forzar la contemplación.
Todo lo que en la vida espiritual es forzado, nunca produce
buenos resultados.
Un fracaso es siempre un pequeño o un gran
desastre, capaz de llevar al desaliento. Y ya sabemos: de
una persona desanimada, nada bueno podemos esperar. Nos
basta con escuchar atentamente, ya que Jesús nos
llama a todos, y seguirle fielmente. Quien se sienta llamado
a una unión más íntima en la vida
contemplativa, debe agarrarse con toda confianza al
Señor. Ha de recordar también continuamente la
severa amonestación del Señor: "Sin mí
nada podéis hacer" (Jn 15,5).
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