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Miguel
Márquez Calle - El riesgo de la confianza
(índice)
"¿POR
QUÉ ME PERSIGUES?"
(PABLO DE
TARSO)
Se acercaban a Damasco, conversando por el camino,
distraídos con el paisaje, pensando en la
misión que llevaban: detener el paso de aquellos que
seguían el" Camino". Convencido de la pureza de su
misión, Pablo habría orado aquella
mañana invocando con sinceridad: "¡Oh Dios de
Abraham, Isaac y Jacob, da fuerza y luz a mis pasos, para
que nadie ose mancillar y blasfemar la grandeza de nuestra
verdadera fe!". ¿Quién podría dudar
de su convicción? Ilustrado en la escuela de Gamaliel
acerca de la ley, mantenía frescas las
enseñanzas de sus mayores y sentía celo por
emular a los mejores hijos de su pueblo.
Pablo, el hombre de fuego y pasión, capaz de dejar
la vida entera por un ideal que enamorara su corazón,
estaba a punto de sufrir la más insospechada
experiencia de su vida hasta este momento...
La gracia de Dios va a caer en un alma excepcional, en
una personalidad riquísima. Demasiado pobres unas
páginas para decir apenas nada, ni siquiera de un
tema que abarca todas sus páginas, como es la
oración. Aquí sólo reflexionaré
en voz alta en torno a tres momentos o capítulos
claves de su experiencia de Dios en Cristo: LA CEGUERA, EL
ESPÍRITU Y LA PALABRA (Fundamentalmente del primer
momento).
Pablo nos enseñará cómo orar es
dejar que irrumpa Dios descolocando nuestros proyectos y
tirándonos a un suelo más humano, más
verdadero. Cómo orar es dejarse derribar de lo
conocido, para caminar a ciegas, en fe, en las manos de
Alguien que guía tu paso. Cómo orar es aceptar
que todo eso sucede para tu bien, aunque todavía no
lo entiendas. Cómo orar es llegar a amar a Aquel que
te lo ha quitado todo... Es dejar que Otro, el
Espíritu ore en ti con gemidos inexplicables.
Cómo orar es simplemente decir "Abba", la palabra
más bella de la Escritura.
LA
CEGUERA
"Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba
cerca de Damasco, de repente, le rodeó una luz venida
del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le
decía: 'Saúl, Saúl, ¿por
qué me persigues?' (...) Saulo se levantó del
suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no
veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron
entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin
comer, sin beber" (Hch 9, 39).
En este caso Dios irrumpe como una sorpresa cegadora, que
trastoca la vida entera de Pablo. Siempre la verdadera
oración, como apertura a una luz mayor, es ceguera de
otras visiones, que se oscurecen para abrirnos a una nueva
luz.
Pablo estará tres días "sin ver, sin comer
y sin beber", como una cura de todo su organismo. Tres
días que, recordando el sepulcro del Señor,
serán para él muerte-resurrección.
Pablo ha caído al suelo, su seguridad ha sido
desplomada: caído, ciego, desconcertado... escucha
una voz, que, a partir de ahora, será su Voz, su Luz.
Esa voz envía a la sombra su ideal de fariseo
convencido, y, a la vez que le hace decir adiós a
todo lo anterior, le encara con el Amor de su vida. Una vez
más el juego del amor ha sido primero dolor y
derrumbamiento para ser luego comunión y entrega.
¡Cuántos ideales, proyectos, metas sostenemos
que sólo a la luz de un estrepitoso fracaso o
tropiezo se nos descubren como simples ilusiones sin
más transcendencia!
¡Cómo entonces, cuando, de camino hacia
nuestro proyecto, algo nos despierta, entendemos la
pequeñez de nuestros sueños y nos sentimos
agradecidos de haber sido zarandeados para entender
cuál es el destino verdadero de nuestra vida!
Mientras caminamos somos guiados por las luces que otros
nos encienden o que nosotros mismos elegimos, pero siempre
puede sobrevenir una luz mayor que sugiera otro horizonte
más amplio, más pleno. Si esa luz llama a tu
puerta y te ciega, síguela, aunque de momento te
sientas algo perdido, ridículo o incluso aprendiendo
a andar y a vivir. Eso hace por nosotros el Amor: nos ciega
para quemar las impurezas de nuestros ojos y devolvernos los
verdaderos paisajes, los que siempre habían estado
ahí, pero nuestra miopía difuminaba, nuestras
cataratas negaban...
Si llega a ti el Amor y ciega tu andar, no agarres el
bastón, no reproches su dureza, acoge serenamente, si
puedes, su misterioso designio y DÉJATE CAMINAR,
DÉJATE IR adonde no sabes.
No frotes tus ojos, las escamas son curativas. El Amor
sabe hacer y quiere hacerte. Estás en el troquel de
tu Hacedor, ¿por qué no fiarte y saber esperar?
Tal vez Él mismo espera que puedas estrenar alguna
lágrima congelada o alguna sonrisa dormida,
señal de que vuelves al "nuevo sentir", sin el cual
no podría sembrar en ti el tesoro infinito de su
Palabra, como se deposita el niño en el regazo de su
madre después de haberlo gestado (y, aún
así, un regalo inapreciable).
¿Cómo depositaría el tesoro infinito
de su Palabra en tu entraña, sin volver a curarte de
ti mismo, de tu arraigo en ti?
Con un toque nos vuelve a la tierra madre, y, sin
violentarnos, nos hace otra vez vírgenes, libres para
la escucha. Esto hará invitándonos a beber
hasta las lágrimas nuestra soledad y torpeza,
único umbral para comprender nuestra verdadera
belleza y poder.
He aquí la misteriosa eficacia de su
irrupción (caricia y huracán) anuncio de algo
nuevo, siempre...
Nos encontramos así a Pablo, dócil como un
niño que, sin querer, ha recibido el don de un
comienzo nuevo y un destino diferente. Ahora tiene que
dejarse llevar de la mano (Hch 9,8) y esperar que se le diga
lo que tiene que hacer (Hch 9,6). Gamaliel, su maestro de la
ley, no había completado su educación. Ahora
comprende, con sabiduría, no de libro, ni de hombre,
cuál es la verdadera ley. Se deja instruir por
Ananías, y en la oración de Ananías es
iluminado en el Espíritu. Al igual que Pablo es
ocasión de luz para Ananías. Ser llevado de la
mano y esperar una palabra de luz imprevista, supone
deponer, dejar a un lado mi programación, mi querer
saber. Es una invitación a vivir en la seguridad de
Otro que me guía hacia donde Él sabe. ¿No
es eso orar?: "Nuestra salvación es objeto de
esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues
¿ cómo es posible esperar una cosa que se ve?
Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia"
(Rm 8,24-25).
De un aire cegador ha sido traído Pablo a "no
entender entendiendo...", como expresaría siglos
después la experiencia del místico
carmelita:
-
Yo no supe dónde
entraba
-
pero, cuando allí me vi,
-
sin saber dónde me estaba,
-
grandes cosas entendí;
-
no diré lo que sentí,
-
que me quedé no sabiendo,
-
toda ciencia trascendiendo.
-
Estaba tan embebido
-
tan absorto y ajenado
-
que se quedó mi sentido
-
de todo sentir privado
-
y el espíritu dotado
-
de un entender no entendiendo
-
toda ciencia trascendiendo.
-
(
) 1
Ahora necesitará Pablo el silencio, el desierto,
para recibir palabras verdaderas. Sólo después
de un tiempo en Arabia y Damasco, tiempo de desierto y
oración, sube a conocer a Pedro. (Pablo ha nacido en
la experiencia personal de Cristo (Ga 1,11-12). La comunidad
será encargada de "bautizar" esta experiencia y
confirmarla).
¿No será por esto por lo que el Amor no tiene
muchos apóstoles... porque seguimos en las palabras,
sin dejarnos entrar en el abrazo del Silencio? ¿Llega
nuestra sabiduría hasta poder prescindir de las
palabras? ¿Llega nuestro deseo de Dios hasta aceptar no
ver? ¿Llega nuestro amor hasta dejarnos levantar del
suelo por una fuerza que no es nuestra? ¿Dónde
encontrar a los grandes apóstoles? ¿Entre los
sofistas, los prestidigitadores de las palabras, o entre los
magos del "hacer eficaz"?
¿Dónde encontrarás, Iglesia de hoy, a
tus juglares, a tus trovadores, a los voceros del Amor, que
caminando descalzos y sin palabras, sean capaces de
prescindir de su apariencia, de su poder y, sobre todo, de
su pobreza, de su miedo, para ir a derramar granos de trigo
también entre las zarzas y al borde de los caminos,
allí donde más incómodo es
sembrar...?
¿Dónde encontrarás Iglesia a tus
amadores...?, ¿en la universidad...?, no...,
sólo en los que, camino de Damasco, acepten ser
derribados de las palabras y enamorados por la silenciosa
Palabra.
¿Cómo auscultar la Palabra en la necedad, en
la no apariencia, en la insignificancia de Pablo o de la
realidad que me llega sin presentarse como embajadora de
Dios, porque toda realidad es huella y señal de
Dios?
Pablo se ha topado con un Amor inesperado, por el que lo
dará todo. Todo lo estimará pérdida
comparado con el conocimiento de Cristo (Flp 3,31 1), poco a
poco se dará una comunión tal entre Cristo y
Pablo que arrancará de él aquella hermosa
expresión: "con Cristo estoy crucificado y, vivo,
pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mi (...) que me
amó y se entregó a sí mismo por
mí" (Ga 2,1920).
¡Gracias, Señor, por la ceguera que nos
permite verte! ¡Gracias, Señor, por la ceguera y
caída de Pablo que nos le trajo para decirnos tu amor
y tu gracia! ¡Ciéganos, si es preciso, para que
podamos ver!
EL
ESPÍRITU
Pablo ora como todo judío convencido, y los
testimonios de oración en sus escritos son
innumerables, recomienda la oración en toda
ocasión, la acción de gracias es permanente,
la alabanza, la bendición, la petición, etc.
Son expresiones de la oración conocidas para el
orante de su tiempo. Pero la garantía de toda
verdadera oración está en orar en el
Espíritu. Es el Espíritu el que nos permite
orar como hijos en el Hijo. Podemos orar porque somos
"templos del Espíritu": "¿No sabéis
que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios
habita en vosotros?" (1 Co 3,16).
Una de las muchas referencias al Espíritu es
ésta tan bella de la Carta a los Romanos, que puede
servirnos de muestra:
"El espíritu viene en ayuda de nuestra
flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas
el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
inefables" (Rm 8,26).
Viene en ayuda de nuestra flaqueza. Hay una clara
conciencia en Pablo de su flaqueza. La oración se
revela, así, como el lugar de la verdadera fortaleza,
donde se manifiesta el poder, la fuerza de Dios. Es el
Espíritu el que guiará a los primeros
cristianos hasta los confines de la tierra,
sintiéndose pobres en sí mismos pero
intrépidos y valientes en el Espíritu de
Jesús.
La flaqueza es condición para orar a partir del
conocimiento de si mismo, flaqueza que se convierte para
nosotros en "aguijón" que nos abofetea (cf. 2 Co
12,7), pero hemos de escuchar en el silencio las palabras
liberadoras que oyó Pablo:
"Él me dijo: 'te basta mi gracia, que mi fuerza
se muestra perfecta en la flaqueza'. Por tanto, con sumo
gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis
flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo.
Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en
las necesidades, en las persecuciones y las angustias
sufridas por Cristo; pues, CUANDO ESTOY DÉBIL,
ENTONCES ES CUANDO SOY FUERTE" (2 Co 12,9-10).
Orar es acoger esa palabra en la que somos invitados a
mirar más allá de nuestras flaquezas y a
fiarnos del poder de Dios. Nuestra flaqueza es
ocasión de que brille su fuerza y su cariño
por nosotros y por los destinatarios de nuestros silencios,
obras y palabras.
El Espíritu se ha derramado en un barro quebradizo
y esta es una verdad esencial para comprender la grandeza de
su amor por nosotros: "Llevamos este tesoro en vasos de
barro, para que aparezca que la extraordinaria grandeza del
poder es de Dios y que no viene de nosotros" (2 Co 4,7).
Invitación de Pablo a mantener la alegría y
sonreír a Dios en la adversidad, en la fragilidad. No
es obstáculo para Él que seamos
débiles, el obstáculo es que no creamos ni nos
dejemos llevar por su viento, su Espíritu. El
Espíritu es libertad (cf. 2 Co 3, 17), por eso la
verdadera oración, abriéndonos al
Espíritu nos hace hombres y mujeres libres y
despiertos en Él.
El Espíritu es el que nos permite pronunciar la
palabra por excelencia de toda oración: ABBA.
"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de
hijos adoptivos para recaer en el temor; antes bien,
recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos
hace exclamar:¡Abba, Padre!" (Rm 8,14-15).
Es la palabra que expresa mejor la experiencia y la
predicación más genuina de Jesús y, por
tanto, de todo el Nuevo Testamento. Ella apunta cómo
es el sentir de Dios por nosotros y revela todo un estilo de
vivir y esperar. Orar es sentirse como el niño
recién nacido en los brazos de su madre o de su
padre: confianza plena, dejarse amar y entrega sin
condición.
Abrirse al Espíritu será la mayor
revolución a que un ser humano pueda someterse, y
provocará que el viento desatado de Dios desarraigue
y resucite o otros.
LA
PALABRA
Del encuentro con Dios nace la palabra y la
misión. Del encuentro en gratuidad. La gratuidad es
palabra-clave en la doctrina de Pablo, todas sus
páginas están llenas de referencia a la
gracia, al DON inmerecido de su salvación. Orar es en
esta clave algo que surge espontáneamente de haber
caído en la cuenta del "gran amor con que nos
amó". Se ora porque si, por nada, por puro placer de
estar con Él, y beber de Él lo único
que ya puede satisfacer. "-por gracia habéis sido
salvados- (..) y esto no viene de vosotros, sino que es don
de Dios" (Ef 2,5.8).
La Palabra se convierte dentro de él en
incontenible manantial que ha de brotar expresada en la
pobreza y necedad de su lenguaje y de su persona: "Porque
no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el
Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la
cruz de Cristo (...) Ha escogido Dios más bien lo
necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido
lo débil del mundo, para confundir lo fuerte" (1
Co 1,27).
La palabra se gesta en el silencio de los dos
momentos anteriores, que sintetizábamos como "la ceguera" y "el
Espíritu". El encuentro con la Palabra, con Cristo vivo hace
germinar en él la palabra de salvación para todos, especialmente
para los gentiles. Ese encuentro camino de Damasco, será fiel
reflejo de lo que Dios seguirá haciendo con Pablo en un crecimiento
sin final hasta que como Él y por Él, su Amor, entregue sin temor la
vida, como rúbrica de toda una vida gastada hasta la última gota por
dar a conocer el "gran amor con que nos amó".
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