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Miguel
Márquez Calle - El riesgo de la confianza
(índice)
"EL
RIESGO DE LA CONFIANZA"
(LA
ORACIÓN Y LA PAZ)
Entré en la cueva de Elías, en el Monte
Carmelo, un lugar querido por judíos y musulmanes, y
por los cristianos. Es una cueva que ha sido mezquita y
sinagoga, en ella han vivido algún tiempo los
carmelitas, cuando la restauración de la vida
carmelitana en el Carmelo; allí nos dejan orar
libremente y decir la Eucaristía en alguna
ocasión.
Cuando entré descubrí que los dos hombres
que oraban con devoción, cada uno mirando hacia un
lado, eran uno judío y otro musulmán; me dio
respeto su convencimiento, y comencé a orar,
recordando al ardiente profeta de Tisbé de
Galaad.
Allí estábamos los tres rezando juntos, en
un mismo lugar, en un momento de tensión
política (por la amenaza de conflictos en Irak). Y
tuve la sensación de estar en "casa" con ellos, de no
estar tan lejos en el fondo, y quise en silencio unirme a su
oración, por la paz, consciente de que quien se
acerca al Dios verdadero recibe un corazón
reconciliado. Que son los falsos dioses, los malos inventos
sobre Dios y las deformaciones, los integrismos y
fanatismos, los que nos alejan, nos hacen enemigos.
Allí, en la cueva de Elías, unos momentos
de oración, con dos hombres piadosos rezando en
silencio, sentí una alegría especial; era la
primera vez que oraba tan cerca de un musulmán y de
un judío. Luego volví a orar junto al muro del
templo, el muro de las lamentaciones, en Jerusalén,
al lado de judíos ortodoxos. También en
Jerusalén oré por la paz, en
compañía de cristianos de distintos ritos:
orientales, armenios, melquitas... y, después de
sentirme desconcertado por las divisiones que los hombres
hacemos, y por los ropajes de que nos ataviamos que nos
hacen aparentemente distintos, comprendí que todos
tenemos un corazón igual, y, sobre todo, un Dios que
nos ama, que regala la paz y la reconciliación a
quien se atreve a adentrarse cara a cara con Él, a
quien se atreve a confiar en Él.
Y recordé aquellas palabras de Jesús:
"¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a
los profetas y apedreas a los que te son enviados!
¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos,
como una gallina reúne a sus pollitos bajo las alas,
y no habéis querido!" (Mt 23, 37-38). El gran
sueño de Jesús, un pueblo de hermanos: "Que
todos sean uno" (Jn 17).
Allí oré en el espíritu de
Taizé, pidiendo un corazón reconciliado y en
paz, para mi y para todos aquellos creyentes. Más
allá de toda diferencia, cuando nuestros ritos y
atavíos acentúan lo que nos desune, la
oración sincera, confiada, de abandono, nos regala
una comunión de hermanos.
"Quien aspira a una
reconciliación busca escuchar más que
convencer, comprender más que imponerse (...)
Descubriremos que cuando tomamos el riesgo de la confianza,
nuestro propio corazón se ensancha. Y brota lo
inesperado: la reconciliación se reconoce en nosotros
por la paz y la alegría que suscita (...) Elegir la
sencillez sostiene en el mundo una comunión universal
en Cristo" 1.
Para vivir reconciliados y en paz os sugiero pensar las
siguientes notas:
VIVIR LA PROPIA
HISTORIA CON ACEPTACIÓN
Orar es, al fin, entrar en ese clima en el que nos
sentimos queridos por Dios, comprendemos que Él es
Amor Incondicional. Cuando nos miramos en Él,
creyendo en Él, despegados de nuestro sentimiento
egoísta, interesado, entendemos en su mirar, que
nuestra vida, siendo fugaz y extremadamente frágil,
es hermosa para Él, preciosa a sus ojos, y vamos
siendo ganados para una paz, que nace y crece en nuestra
misma pobreza.
Vivir la propia historia sin envidia, aceptar mí
aventura, aunque sea dura y difícil en estos
instantes. Recuperarme a mí mismo, volver a entrar en
mí propia piel, sin escapar de lo que siento y deseo
en lo más profundo.
La oración no nos pierde, no nos enajena en Dios.
Si es verdadera, nos devuelve a nosotros mismos. En su
mirada se nos responde a la pregunta: ¿Quién soy
yo? Y aprendemos a amarnos, porque Él nos ama con
pasión inimaginable.
MORIR
"Cuando hacemos algo debemos consumirnos por completo,
como una hoguera bien encendida, sin dejar huellas de
nosotros mismos". 2
La paz que nos brinda Cristo después de
resucitado, no es la paz que nace de la ausencia de
problemas y dificultades, la paz que nace cuando uno
está descansado o de vacaciones. Pronuncia la paz
sobre nosotros y viene de morir por amor, tiene las manos,
los pies y el pecho taladrados, traspasados. Esa es la paz
que nos promete, la que nace de entregar la vida. Nos deja
su paz, cuando somos capaces de morir por amor en cada
instante. Orar no es otra cosa que aprender a morir, como la
vela que se consume lentamente mientras regala su
frágil luz.
La paz no puede brotar de quien ha hecho de su vida un
deseo angustiado de perpetuarse. Vivimos queriendo ser
eternos en el corazón y la mente de otros, queremos
perpetuar nuestra imagen en todo lo que hacemos, y
así olvidamos la verdadera alegría que nace de
hacer todo sin dejar huellas, por la limpia elegancia de
hacerlo, por el desnudo amor de vivirlo.
Hay demasiada tristeza y pesadez en nuestro aferramiento
a la vida, demasiada tensión. La violencia nace, en
gran medida, de este sentimiento.
NO POSEER, NO
DOMINAR
Viene a ser lo mismo que aprender a morir. Se dice que la
principal fuente de tristeza procede de la palabra
"mío", de nuestro aferramiento, de nuestro deseo
febril y alocado e inconsciente de dominar y controlar lo
que nos rodea, para tapar nuestra inseguridad esencial.
Queremos poner nombre a todo. Obtener un beneficio, un
resultado de todo lo que hacemos, de todo lo que vivimos,
queremos evaluar todo lo que sale de nosotros para no perder
la sensación de dominio, y, tal vez, viajamos
alejándonos del verdadero disfrute de las cosas y de
la vida.
Desprenderse del deseo de poseer, del fruto de las
propias obras, de las consecuencias de nuestros trabajos,
para cuidar y cultivar la pureza del corazón, que
hace a los hombres pacíficos.
¿Qué provoca nuestra impaciencia, nuestra
falta de paz, las guerras pequeñas y las grandes,
sino el afán de dominio, de posesión?
La oración es la escuela de la pobreza, de la
sencillez. Oramos para ser adentrados en un misterio de paz
que nace de ser desnudados de nosotros mismos y de todo. Por
eso la oración es difícil, y, en un momento
dado, nos es incómoda y huimos de ella, porque nos
vacía de todo para dejarnos abiertos al viento de lo
nuevo. En el terreno profundo de la comunión el
orante va siendo despojado de todo, incluso de sus ideas de
Dios, cuánto más de todo apego humano, de todo
aferramiento febril a la vida. La oración en el
Espíritu obrará esto en nosotros para que nos
abramos a la vida, y disfrutemos de ella, como enseña
San Juan de la Cruz: "Gocémonos Amado...".
RELATIVIZARSE A
SÍ MISMO
Voy a decir una aparente tontería: muchas guerras
han sido provocadas por hombres con nula capacidad para
reírse de si mismos, para relativizarse a sí
mismos. He aquí una fuente de sabiduría que
afecta no sólo a la guerra y a la paz internacional,
sino a la guerra y a la paz doméstica y personal.
Mirarse al espejo y reírse de uno mismo, sin
desprecio, para desbloquear nuestro afán de
castigarnos y de encumbrarnos, dos extremos igualmente
peligrosos. En la oración, Dios se sonríe de
nuestros dramatismos, y nos lleva "más adentro en
la espesura...".
PERDONAR,
OLVIDAR
"Soy feliz porque no siento odio", ha dicho Kim
Phuc a sus 34 años, aquella niña que gritaba
de dolor, a consecuencia del napalm estadounidense lanzado
sobre Vietnam, en una foto que dio la vuelta al mundo.
Acababa de perder, en aquel instante, a dos de sus hermanos.
Sufrió quemaduras en la mitad de su cuerpo. La imagen
de aquella niña desolada y dolorida es el
símbolo del horror y el absurdo de la guerra. En una
reciente reunión de veteranos de guerra del Vietnam
en Washington, se encontró sin esperarlo con John
Plummer, el piloto que dio la orden de bombardear su pueblo.
Ella lo cogió entre sus brazos y ambos
lloraron...
¿Qué es orar sino superar el odio, abrazando
los fantasmas y las heridas del pasado, para dejarse
curar?
Estando yo agobiado por la responsabilidad, un día
vinieron a mi estas palabras que invitan a la confianza con
las que te dejo a solas: "Tú nos darás la
paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas
Tú..." (Is 26, 12).
1 Hno. Roger de Taizé, Carta
de Taizé
1998. volver
2 Shunryu Suzuki, Mente Zen, Mente
de Principiante, Ed. Estaciones, Buenos Aires
(Argentina), 1987, p. 69.
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