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Miguel
Márquez Calle - El riesgo de la confianza
(índice)
"...
Y ENCONTRAR LO QUE TANTO SE
BUSCABA"
(ORAR ES MORIR,
ES NACER)
Comienzo este capítulo subido en la alta
peña donde se levanta la cruz que arropa el
monasterio de las Batuecas, en un precioso rincón de
Salamanca, al lado de Las Hurdes cacereñas; con la
increíble sensación de lo inmenso y lo
pequeño. Abajo el monasterio parece un juguete de
niños, y los frailes, pequeñas criaturas,
seres ínfimos. Desde la altura se nos regala la
sensación del "más allá" de las cosas.
Nos sentimos lejos y, a la vez, cerca. Esta sensación
de más allá, que nos hace alejarnos para ver
mejor la esencia, belleza y fragilidad de las cosas, ese
'más allá' que nos vuelve a ubicar en el
corazón de la vida, con la sensación de que
todo tiene la mirada infinita de Dios.
Orar debe ser recibir el regalo de este "más
allá" y "más acá", esa mirada con la
que se comprende el ser profundo de las cosas, por la que
uno se siente inmerso en el latir de Dios... que es el latir
de todo lo creado.
Este "más allá" se experimenta en los
momentos de especial generosidad, momentos en los que damos
determinados saltos en el vacío buscando un amor
mayor, fiados en Alguien que está
inequívocamente, pero que no se deja palpar. Son
momentos de decir "sí" a un futuro desconocido, con
la sola certeza de que el corazón lo quiere, somos
arrastrados a gestos locos, arriesgados, sin por
qué... algo nos dice que El lo quiere, y vamos
allá, sin otra arma que el hecho de sentirnos
queridos por El. Saltamos al vacío, porque Él
ha ido tejiendo en nosotros misteriosamente un hogar.
Por eso, vivir de verdad es morir a cada paso.
Sólo vive de verdad el que ahora mismo está
muriendo a lo pasado para abrirse a un ahora lleno de
posibilidades. "Nuestras vidas son los ríos que van a
dar a la mar, que es el morir", dijo el poeta, y sólo
es vida cuando corre alegremente hacia el mar, sin
detenerse. Morir no es una usurpación injusta, no es
una realidad violenta, absurda... nadie se muere de una vez,
como no se nace estrictamente en el momento del parto...
Morir es desembocar en la mar, verterse en el hogar del que
nacimos, poco a poco, como consecuencia del vivir.
Orar no es otra cosa que hacer la experiencia de aprender
a morir, superar el miedo a entregarse en las manos del
más allá, es decir, de un Dios
entrañable, Padre, hogar, mi yo más verdadero.
Nos entregamos a Él como a lo mejor de nosotros
mismos. Si supiéramos qué es el cielo, es
decir, quién es Dios, no lamentaríamos morir a
cada paso y morir al fin.
"¿Qué es el morir, sino entregarse desnudo
al viento y fundirse con el sol? ¿Y qué es dejar
de respirar, sino liberar la respiración de sus
inquietos vaivenes para que pueda alzarse y expandirse y
buscar sin trabas a Dios? En verdad, sólo
cantaréis realmente cuando bebáis del
río del silencio (...) Y sólo cuando la tierra
reclame vuestros miembros, bailaréis en verdad",
dijo Jalil Gibran. Sólo ora de verdad quien se
aventura con esto.
La vida en plenitud es morir por algo, desaparecer en
cada entrega, en cada acto de amor, aniquilarse con
alegría en cada paso. El niño en su
alegría, está muriendo como nadie al pasado,
vive intensamente este momento, tiene capacidad de olvido,
la vida en él opera un milagro de renacimiento, digno
de ser recuperado por todos los que jugamos a ser mayores. Y
orar es (lo dijo Jesús) nacer de nuevo, entrar de
nuevo, en esa manera tan bella, tan presente de vivir del
niño, su manera de respirar con todo el ser. Y eso
mismo es morir a lo complicado, a lo que nos asegura
ficticiamente. Orar es dejarnos curar de nuestro miedo a
morir.
Recrear la experiencia de la "muñeca de sal", que
todos conocéis. Adentrarse en el mar como en nuestra
propia esencia y darnos cuenta de que ese riesgo, esa
entrega nos da la vida, nos devuelve a la vida nueva.
Ahora mismo vivo la experiencia del morir... Escribo en
otro instante en que el sol está a punto de perderse
detrás de una montaña, en un paraje
bellísimo, en el Valle del Jerte. Solo, en una casa
elevada, que lo fue de mis abuelos. Dejo que mientras el sol
se apaga, mi adiós le permita seguir su camino,
morir, de alguna forma, para nacer mañana; no porque
el sol necesite mi consentimiento para volver a salir, sino
porque yo necesito comprender su morir para disfrutar de
cada instante en plenitud, sea el día sea la noche,
como parte de un todo que es la misma vida. Cada día
es una inevitable despedida y un abrazo. Es sano y
resucitador saber aceptar ambas cosas con la misma frescura
y alegría. La neurosis, la falta de libertad, nos
impide despedirnos con alegría, no hemos llegado
todavía al hogar que hay dentro de nosotros,
aún tenemos que orar y pedir al Espíritu que
venga en ayuda de nuestra fragilidad.
El suelo de la casa en que estoy es de barro cocido,
memoria de otros tiempos. Las grietas de la pared delatan en
ella el paso de los años, y no puedo evitar abrazar
la belleza y evocación de las voces calladas que en
ella resuenan, de su silencio habitado de personas que otro
tiempo la llenaran de risas, lágrimas, sueños,
dolores.., y en ello mismo se me regala la vida de este
instante sin añoranzas, y su mano tendida para que
sepa yo vivir mi aventura en este ahora tranquilo, en este
atardecer único, hasta el día en que tampoco
yo esté de este lado porque me haya ido para vivir
más plenamente, esa otra gran aventura, de la que
ésta es un aprendizaje.
Se me revela en esta tarde la sabiduría de todo lo
creado, en un proceso continuo de crecimiento, que pasa por
aceptar con elegancia la muerte del gusano para que pueda
nacer mariposa; aceptar que sólo rompe la ola en la
playa con esa alegría cuando ha habido otra que se ha
ido sigilosamente sin hacer ruido, como sin querer; que si
el grano de trigo no cae en tierra y muere...
Orar no es otra cosa que aprender a entregarse sin
reservas, no esconder la cara a las "muertes cotidianas"
cuando el amor anda de por medio. Dicen que nuestros
principales sufrimientos proceden de muertes no asimiladas,
no aceptadas.
La gran lección que nos toca aprender en esta
vida, para lo que seguramente estamos aquí, es para
aprender a vivir un amor incondicional, ir creciendo a un
amor sin por qué, sin esperar nada a cambio. Al fin
veremos como en un cristal transparente todas nuestras
acciones y lo tremendamente interesados y egoístas
que hemos sido precisamente en nuestros aparentes gestos de
caridad o de amor. Hay que pedir ser curados de toda
ambición, incluso la ambición del cielo, o de
un premio más allá de esta vida, para que no
perdamos de vista la principal tarea que es amar porque
sí, "incondicionalmente".
Orar es amar y amar es morir sin reservas. Superar el
egoísmo atroz que nos envuelve y nos mata la
vida.
Mi madre me ha vuelto a relatar estos hechos que ilustran
este morir de amor: Una noche de niebla tuvo lugar cerca de
mi pueblo una tragedia llena de amor. La poca visibilidad
precipitó el coche por el puentecillo abajo, y
quedó atrapado en el agua. Los padres salieron, pero
el pequeño de cinco años quedó
encerrado. El padre y la madre se zambulleron
desesperadamente haciendo lo imposible por rescatar al
pequeño; el esfuerzo llegó a tanto que
allí se les agotó a ellos también la
vida, no reservaron un poquito de fuerza para si mismos,
para ponerse a salvo, y quedaron allí los tres. A la
mañana siguiente la noticia llegó al abuelo
que se sumó a su destino, no aguantó su
corazón la noticia y se le rompió con ellos de
un infarto. Esta historia real, sucedida hace pocos
años, nos revela la fuerza del querer cuando es
entero, grande, radical. Lleva a no menos que dar la vida, a
un olvido total de si mismo.
Ojalá nuestra vida sea un buen
aprendizaje de este olvido de si, de este amor, de este
morir cotidiano, para vivir naciendo cada día. No es
otra cosa la oración, amigos, que dejar que el
río corra alegre hacia el mar perdiéndose,
fecundando cada matojo, cada florecilla que se nos regale en
el camino; no calculéis tanto si os
acompañarán las fuerzas para una entrega
así, simplemente olvidémonos y queramos hasta
morir y no dejar rastro ni huella de nosotros, como los
mejores amadores. Que el Señor nos conceda vivir con
alegría un poco de todo esto.
-
"Morir sólo es morir, morir se
acaba,
-
morir es una hoguera fugitiva,
-
es cruzar una puerta a la deriva,
-
y encontrar lo que tanto se buscaba"
1
1 José Luis Martín
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