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Miguel
Márquez Calle - El riesgo de la confianza
(índice)
"NOS
HICISTE, SEÑOR, PARA
TI..."
(EL RETO DEL
TERCER MILENIO)
No estoy seguro de tener algo que decir al respecto, pues
la "obligación" de escribir imprime al hecho de
hablar de la oración un carácter de formalismo
y palabrería que escapa a la experiencia real de la
oración, silenciosa y ausente de escaparate.
Hay en todo el planteamiento de este "salto al tercer
milenio" una necesidad "comercial", de la que no escapamos
fácilmente. ¿Qué hago yo hablando de la
oración del Tercer milenio si esta mañana
apenas he hecho oración, si no he puesto mi vida en
Dios con la pausa suficiente para dejar que Él me
diga que me quiere? ¿Qué hago yo con esta
celeridad y atrevimiento usurpando la palabra de los
verdaderos orantes, los silenciosos, los sin-voz: mí
amigo misionero, perdido en la selva ecuatoriana entre
indígenas; mí amiga cisterciense retirada del
mundanal ruido, lejos de su familia; mi amiga, madre de
familia, viuda, acosada por la incertidumbre de unos hijos
bebedores...? Me reconozco haciendo el juego a una palabra
fácil sobre un tema delicado, del que nunca decimos
lo adecuado; ellos silo hacen, pero no lo dicen. De ellos
quisiera yo hacerme eco, con perdón.
Nouwen ha dicho palabras certeras sobre el futuro de los
cristianos como mensajeros de buena noticia; palabras que
quiero hacer mías y traerlas al tema que nos importa
aquí:
"(...) el líder cristiano
del futuro está llamado a ser alguien completamente
irrelevante, y a presentarse ante el mundo ofreciendo
solamente su persona totalmente vulnerable. Así es
como Jesús vino a revelarnos el amor de Dios"
1.
El discurso de la oración ha de ser exponente de
esta manera "vulnerable", humilde de decir Dios, ajena a
todo afán de "Reconquista". La llamada "Nueva
Evangelización" descansa en esta irrelevancia de los
mensajeros y en la desposesión de verdad
última, absoluta, (de la que en ocasiones hemos dado
impresión de ser guardianes) para que pueda existir
diálogo. La experiencia dramática y apasionada
del orante descubre a Dios como herida y éxtasis,
presencia y ausencia... Dios está siempre "más
allá" y "más acá", de nuestra palabra y
de nuestra experiencia. En este mismo instante tú
tienes una percepción, un sentir de Dios, incluso
como ausencia, pero no es tu manera de concebirle lo que
hace que Él exista... Él es, Él ama, te
ama como no puedes imaginar, lo entiendas o no lo entiendas,
lo sientas o no. Sólo en momentos especiales de
lucidez se te hace sensible su presencia, pero no tienen por
qué ser los momentos de su mayor cercanía, no
te en gañes. Te encuentres bien-mal, con la moral, la
autoestima alta-baja, considerado por los demás o
proscrito, acompañado o solo.., la esencia de toda
oración es que El es tu yo más profundo, el
Amor que alimenta tus raíces; lo quieras o no, lo
entiendas o no. La esencia de toda oración hoy, ayer
y mañana es que estamos en la existencia, porque
somos amados sin condiciones, sin límites, y habremos
de aprender a entrar en ese ámbito donde no nos
defendamos de Dios siempre con palabras, culpas,
desconfianzas, autojustificaciones... aunque eso mismo sea
ya, de alguna forma, diálogo con Dios. Por eso, lo
repetimos una vez más, orar es algo inútil, no
se obtiene nada... que ya no tuvieras.., la oración
no es la puerta al callejón de los milagros, sino la
puerta al callejón del verdadero, único
milagro: Tú-Dios-Vivir despierto.
Ante el Tercer Milenio, reconozco mi ignorancia para
esclarecer pistas sobre cómo será la
oración de aquí en adelante, ¿en
qué aspectos tendríamos que insistir
más...? No lo sé, sinceramente.
El reconocimiento de nuestro no-saber ante el tercer
milenio, forma parte de la verdadera sabiduría. A Jon
Sobrino le gusta decir que Dios es un Dios siempre
"más allá", inapresable, libre... Por eso, la
oración es hacernos conscientes de Dios, como esencia
profunda de nuestro mismo ser, dejarnos alcanzar por
Él sin alejarnos de nosotros mismos, de este presente
roto, precario, inquieto...
Avanzar es volver al centro, al origen, al ser. El futuro
no está lejos del ahora, está en tus
raíces. Encontrar la salida supone mirarse dentro y
esconderse: "me hice perdidiza y fui ganada", dice
bellamente Juan de la Cruz. Orar es aprender a vivir de
nuevo, reemprender el camino (como un recién nacido)
bajo una mirada incondicional.
Según las leyes del péndulo, también
la oración ha sufrido en los tres últimos
decenios los vaivenes propios del sentir social,
eclesial..., y nos hallamos ahora en un punto de
expectación ante lo que se avecina, momento de
cambios rápidos. Los años que siguieron al
Concilio fueron años de cambios profundos en las
estructuras, cambios en lo social, político,
religioso. La oración estaba cuestionada por un
movimiento fuerte de compromiso social. No era
extraño oír: "El trabajo es oración",
con la sospecha de que todo es oración, es decir, no
es importante la oración explícita, sino la
transformación de la realidad. Hemos vivido, en los
últimos años, una vuelta a la importancia de
la oración, atendida en multitud de manifestaciones y
expresiones, una extraordinaria vuelta a partir de la
revalorización de lo lúdico, lo festivo, lo
inútil, lo oriental... Esta vuelta viene
sospechosamente aplaudida en lo social por un movimiento
creciente de alcance universal. La mal conocida Nueva Era es
una muestra clara.
Ambas posturas, nunca puras, obedecen, en muchos casos, a
reacciones legitimas, pero no equilibradas.
Nos encontramos en disposición de reclamar una
síntesis. Aunque la pregunta siga guiándonos:
¿Hacia dónde va la oración?, ¿por
dónde le vendrá la crisis a la oración
el siglo que viene, después de ser superviviente
(contra agoreros, profetas de calamidades,
escépticos, maestros de la sospecha...) de la
Ilustración, la Revolución Francesa, las
grandes guerras mundiales, los Campos de
Concentración, la tecnificación, la progresiva
automatización de la vida...?
La misión de Jesús nace
del encuentro con el Padre que le dice: "Tú eres
mi hijo amado". De ahí arranca el verdadero
compromiso cristiano. La oración se autentifica y
discierne en "la solidaridad con el prójimo, en la
dimensión profética de nuestra vida y en el
testimonio público de nuestra fe" 2,
pero el suelo que fundamenta una verdadera experiencia
cristiana es esta relación personal y comunitaria con
el Dios Trinitario, relación hecha de
cercanía, confianza...
En las películas que desde hace varios decenios
nos presentan acerca del futuro, el hombre aparece
tecnificado, proyectado a la conquista de espacios
interplanetarios, sofisticado en la maquinaria, pero no se
percibe ningún avance sustancial en el descubrimiento
de su propio mundo interior, y en la consecución de
la fraternidad soñada por Cristo. Desde ese punto de
vista la oración no quedaría muy bien parada,
si no fuera porque, efectivamente, el hombre tiene hambre de
explorar su mundo interior. En ocasiones, simplemente,
hambre de paz, cansado de llegar a todas partes y de no
encontrarse a sí mismo, no encontrar el hogar dentro
de si.
El afán de "globalización" que nos llega
como una moda, y más que una moda, como consecuencia
lógica por la cercanía a la que los medios de
comunicación nos han sometido, aparece como
perspectiva interesante de cara a la consecución de
logros comunes. Esta globalización, en la diferencia,
encaja muy bien con el afán ecuménico, del que
la oración es como punta de lanza, cuya cola son las
cuestiones más dogmáticas y teóricas,
en las que difícilmente estamos de acuerdo. Surge una
necesidad de orar en comunión, en plural, y por todas
partes nacen experiencias de oración en unión
de otras religiones. Hemos logrado darnos la mano en el
nivel más interesante, menos formal, de nuestras
propias esencias, en lo hondo y más genuino de
nuestra propia religiosidad. Hemos comprobado que nuestras
aguas subterráneas se intercomunican. Cuando el
discurso racional es sólo un apoyo, una
explicación, no lo esencial, y obedecemos a una
experiencia de "éxtasis" (entendido como abandono
incondicional en Dios), entonces la oración ha
comenzado a ser el sueño de un mundo que busca ser
uno en Dios.
Esta comunión global, esta hermandad universal
(Carlos de Foucauld), requiere un proceso continuado de
reconciliación, que es uno de los retos constantes de
toda oración: la reunificación del ser. Que
logremos unificarnos en la experiencia del perdón,
abrazo permanente de Dios a nuestra condición herida,
dividida.
Esta proyección hacia el derribo de las murallas,
fronteras y barreras, supone vivir otra genuina experiencia
de toda oración: la desapropiación, la
desnudez. No hay otro camino de enriquecimiento en todas las
religiones que el camino de la sencillez, de la simplicidad.
Ahí se dan la mano los místicos de las
principales religiones en una cercanía digna de
nuestro empeño.
Y la oración seguirá siendo siempre escucha
del presente que emerge novedoso, sorprendente, cambiante.
Porque la oración está siempre modelada por
los acontecimientos, y al orante le forjan las
circunstancias. A tales circunstancias, tal oración.
La oración seguirá estando vestida de
actualidad, de rostros y nombres vivos, fuera de mundos
aparentes, de mundos perfectos soñados por colectivos
autómatas condenadores implacables. La esencia de la
oración seguirá siendo el grito desgarrado del
hombre en busca del hogar: "Nos hiciste, Señor,
para ti y nuestro corazón estará inquieto
hasta que no descanse en ti" (San Agustín).
No sabemos el futuro, aunque nos defendamos de él
con seguridades de todo tipo, y acudiendo a adivinadores, o
buscándonos seguros de vida a todo riesgo, incluso
queriendo comprar el cielo en rebajas ("Si rezo las tres
Avemarías me salvaré...'). Querámoslo o
no, estamos desnudos ante el futuro, y sólo cabe un
arma invencible, que nos deja igualmente pobres, pero
fuertes: la CONFIANZA, y nada más que la confianza;
toda otra armadura comprada a bajo precio es engaño
comercial, disfraz irrisorio. En el tercer milenio ha
querido el hombre entrar como dueño y señor
absoluto del mundo, jugando a poner tiritas en todos los
agujeros de sentido imaginables, pero un mundo hecho por el
hombre hace aguas por todas las esquinas, y sólo nos
queda volver al origen, escuchar los latidos de la madre, de
la tierra, de Dios, en lo profundo de nuestra existencia, y
contar con su presencia misteriosa, cercana.
Afrontaremos el futuro con humildad, que es virtud de
verdaderos sabios, volveremos a decir con Sócrates,
aquel gran maestro: "Sólo sé que no se
nada". A la oración, como a la vida, le compete
una actitud de escucha paciente, al mejor estilo de la madre
naturaleza. La oración del 2000 requiere nuevamente
recuperar el silencio adorador, para oír el
corazón de Dios como los profetas... oír en el
corazón de Dios el clamor de su pueblo y en el clamor
del pueblo el corazón de Dios vibrando. Dios
seguirá estando delante, más allá y
más acá, seguirá obrando para nosotros
maravillas que no imaginamos, si tenemos viva la fe de los
pequeños, y volvemos a creer incondicionalmente en
Él como aquel primer creyente, Abraham, saliendo de
la tierra de este milenio viejo, el de Teresa y Juan de la
Cruz, el de Ignacio, Francisco, Teresa de Lisieux, Edith
Stein y otros desconocidos, que se fiaron de Él,
"sin otra luz y guía, sino la que en el
corazón ardía" (San Juan de la Cruz), y,
aunque en el corazón hubiera tinieblas, supieron
saltar al vacío. Dios abrirá para nosotros el
mar de aguas inciertas, y nos llevará a una tierra de
promisión, que mana leche y miel, si en Él
sólo fiamos nuestro corazón. Y, a pesar de que
el mundo esté regido por ordenadores, seguiremos
siendo tan vulnerables y débiles, afortunadamente,
porque así Dios seguirá haciéndose para
nosotros pan, Eucaristía.
Prometeo, Narciso, Rambo, Buda... dan paso a un hombre
que vuelve a creer en Dios con todo su corazón, y, a
pesar de la infidelidad del hombre, Dios vuelve a enamorarse
de él sin condiciones, con un amor que, cuando lo
descubramos en su "cara a cara", nos hará
lamentarnos de no haber sido más audaces y
arriesgados en nuestra entrega a Él, en nuestro amor
por Él.
1 Henri J.M. Nouwen, En el nombre de
Jesús. Un nuevo modelo de responsable de la comunidad
cristiana, PPC., Madrid, 1994, p.
26. volver
2 C. Domínguez Morano, Orar
después de Freud, Santander, S.T., p. 40, nota 36
-citando a JA. Estrada.
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