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El quinto
modo de amor
A veces
también ocurre que el amor se despierta en el alma
de un modo vigoroso y surge impetuosamente con gran
vehemencia y apasionamiento, como si fuera a partir
violentamente el corazón y sacar el alma fuera de
sí, más allá de sí, en las
obras de amor y en los fallos de amor. Se ve absorbida
valientemente por el anhelo de cumplir las grandes y
puras obras del amor y de responder a las
múltiples exigencias del amor. Pues anhela
encontrar descanso en el dulce abrazo del amor, en la
apetecible enajenación y en la posesión
gozosa del amor. Su corazón y todos sus sentidos
lo ansían, sólo en eso se empeñan,
sólo eso pretenden apasionadamente.
Cuando se
encuentra en este estado, es tan poderosa de
espíritu, tan emprendedora en su corazón,
en su cuerpo tan fuerte y valiente, tan diligente y
dispuesta en su trabajo, interior y exteriormente tan
activa, que tiene la impresión que toda ella
está activa, aunque por fuera no se esté
moviendo. A la vez siente con mucha claridad su pereza
interior así como una gran atracción del
amor. Se siente inquieta a causa de esta ansia y siente
dolor debido a una gran insatisfacción. Pero otras
veces siente dolor intenso al experimentar el amor mismo
de manera pura y gratuita, o por reclamar con mucha
insistencia el amor y sentirse insatisfecha al no poder
disfrutar de él.
De vez en
cuando el amor se vuelve tan inmenso y desbordante en el
alma - al tocarla con tanta fuerza e ímpetu en el
corazón -, que tiene la impresión que su
corazón queda dolorosamente herido de
múltiples maneras. Las heridas parecen abrirse de
nuevo cada día, volviéndose cada vez
más dolorosas; es un dolor intenso que siente cada
vez de nuevo. Le parece que sus venas van a estallar, que
su sangre arde, que su médula se consume, que sus
huesos se debilitan, su pecho arde y su garganta se seca,
de modo que todo lo exterior y sus miembros perciben el
ardor interior del ansia enloquecida de amor. Muchas
veces entonces siente como una flecha atraviesa su
corazón pasando por la garganta hasta el cerebro,
como si se fuera a volver loca.
Como un
fuego devorador que se apodera de todo lo que puede
engullir y vencer, así experimenta el amor que
actúa un su interior de una manera rabiosa,
despiadadamente, sin medida, apoderándose de todo
y arrasándolo.
Esto la
deja muy herida. Su corazón se debilita, sus
fuerzas ceden. Su alma recibe alimento y su amor cuidados
y su espíritu se ve sacado fuera de sí,
pues el amor está tan por encima de todo
entendimiento que ella no puede de ninguna manera
gustarlo. Debido a este dolor quisiera romper el lazo,
aunque no destrozar la unidad del amor. Sin embargo,
está tan dominada por el lazo del amor y tan
vencida por la inmensidad del amor que no es capaz de
moderación ni de ordenar sus actividades
sensatamente o de cuidarse o de limitarse a lo que la
razón le presenta como posible.
Cuanto
más recibe de lo alto, más reclama. Y
cuanto más apetecible se le presenta, tanto
más ansía acercarse a la luz de la verdad,
de la pureza y de la nobleza y disfrutar del amor.
Constantemente se ve incitada y seducida, pero no
satisfecha ni saciada. Y precisamente lo que más
la duele y hiere es lo que más la sana y cura. Lo
que le produce la herida más honda, sólo
esto le proporciona salud.
ß
El sexto
modo de amor
Cuando la
esposa de nuestro Señor ha avanzado más y
ha ascendido a mayor heroicidad, experimenta
todavía otro modo de amar, siente un estado de
mayor presencia y un conocimiento más elevado. Se
da cuenta que el amor ha vencido todas sus resistencias
interiores, ha corregido sus deficiencias y ha subyugado
su ser más profundo. El amor la ha dominado
totalmente, ya no hay oposición. El amor posee su
corazón con seguridad serena, puede descansar en
él gozosamente y ha de actuar con total libertad.
Cuando el
alma se encuentra en este estado, le parece poco todo lo
que ha de hacer por la gran dignidad del amor, le resulta
fácil hacer y dejar de hacer, padecer y soportar.
Y por lo tanto vive con suavidad su entrega al
amor.
Experimenta
una fuerza vital divina, una pureza clara, una dulzura
espiritual, una libertad envidiable, una sabiduría
perspicaz, una dichosa igualdad con Dios.
Ahora es
como una mujer que ha administrado bien su casa, que la
ha dispuesto sensatamente, la ha gobernado con
sabiduría, la ha ordenado con pulcritud, la ha
asegurado con previsión y trabaja con
entendimiento. Mete y saca, hace y deshace según
ella misma quiere. Así ocurre con el alma en este
estado. Ella es amor; el amor gobierna en ella, soberano
y fuerte, trabajando y descansando, haciendo y
deshaciendo, tanto externa como internamente,
según ella quiere.
Como el pez
que nada en la gran corriente y descansa en su
profundidad y como el pájaro que vuela
valientemente en la anchura y altura del espacio,
así ella siente que su espíritu se mueve
libremente en la anchura y profundidad, en la
espaciosidad y altura del amor.
La fuerza
soberana del amor ha atraído el alma hacia
sí, la ha guiado, cuidado y protegido. Le ha dado
el entendimiento, la sabiduría, la dulzura y la
fortaleza del amor. Sin embargo, ha ocultado al alma su
fuerza soberana, hasta que llegue el momento en que haya
ascendido a mayor altura y hasta que haya conseguido
liberarse completamente de sí misma y el amor
reine en ella con más vigor
todavía.
Entonces el
amor la hace tan valiente y libre que no teme ni a
hombres ni a demonios, ni a ángeles ni a santos,
ni al mismo Dios, en todo lo que hace o deja de hacer, en
el trabajo o en el descanso. Se da claramente cuenta que
el amor está muy despierto y activo en su
interior, tanto si descansa su cuerpo como cuando trabaja
mucho. Sabe y percibe claramente que en quienes reina el
amor, éste no está supeditado a la
actividad o al dolor.
Pero todos
aquellos que desean llegar al amor, han de buscarlo con
respeto, seguirlo con fidelidad y vivirlo con un gran
deseo. No pueden llegar a él si se retraen cuando
se trata de trabajar duro, padecer mucho dolor y
molestias o sufrir desprecios. Deben prestar mucha
atención a cualquier detalle hasta que el amor
llegue a realizar, en su dominio, las grandes obras del
amor, haciendo fácil todo, ligero todo trabajo,
dulce todo dolor y borrando toda culpa.
Esto es
libertad de conciencia, dulzura de corazón, bondad
de sentimientos, nobleza del alma, altura de
espíritu y base y fundamento de la vida
eterna.
Esto es ya
ahora una vida como la de los ángeles. Le sigue la
vida eterna que Dios, en su bondad, nos conceda a
todos.
ß
El
séptimo modo de amor
El alma
dichosa todavía tiene otro modo de amar más
elevado, que le proporciona no poco trabajo interior.
Consiste en que trascendiendo su humanidad es introducida
en el amor, y que trascendiendo todo sentir y razonar
humano, toda actividad de nuestro corazón, es
introducida, sólo por el amor eterno, en la
eternidad del amor, en la sabiduría incomprensible
y en la altura silenciosa y profundidad abismal de la
divinidad, la cual es todo en todo, siempre incognoscible
y más allá de todo, inmutable, la cual es
todo, puede todo, abarca todo y obra
todopoderosamente.
En este
estado el alma dichosa se ve tan delicadamente sumergida
en el amor y tan intensamente introducida en el anhelo,
que su corazón está fuera de sí e
interiormente inquieto. Su alma se derrama y derrite de
amor. Su espíritu es todo él anhelo. Todas
sus potencias la empujan en una misma dirección:
ansía gozar del amor. Lo reclama con insistencia a
Dios. Lo busca apasionadamente en Dios. Esta sola cosa
anhela sin poder remediarlo. Pues el amor ya no la deja
reposar ni descansar ni estar en paz.
El amor la
levanta y la derriba. El amor de pronto la acaricia y en
otro momento la atormenta. El amor le da muerte y le
devuelve la vida, da salud y vuelve a herir. La vuelve
loca y luego de nuevo sensata. Obrando así, el
amor eleva el alma a un estado superior. De esta manera
el alma ha subido - en lo más alto de su
espíritu - por encima del tiempo a la eternidad.
Por encima de los regalos del amor ha sido elevada a la
eternidad del mismo amor, donde no hay tiempo.
Está por encima de los modos humanos de amar, por
encima de su propia naturaleza humana, en el anhelo de
estar ahí arriba.
Allí
está toda su vida y voluntad, su anhelo y su amor:
en la seguridad y la claridad diáfana, en la noble
altura y en la belleza radiante, en la dulce
compañía de los espíritus más
excelsos, que rebosan amor desbordante y que se
encuentran en un estado de conocimiento claro, de
posesión y disfrute del amor.
A veces
ahí arriba vive su relación anhelante,
especialmente en compañía de los ardientes
serafines; en la gran divinidad y en la sublime Trinidad
tiene su amable descanso y su dichosa morada.
Ella Lo
busca en su majestad, Le sigue allí y Lo contempla
con su corazón y con su espíritu. Lo
conoce, Lo ama, Le desea tanto que es incapaz de prestar
atención a santos o seres humanos, a
ángeles o criaturas, a no ser en el amor a
Él, que lo abarca todo y en el que lo ama todo.
Sólo a El ha elegido por amor, por encima de todo,
por debajo de todo, en todo, de tal modo que con el
anhelo de su corazón y con todas las potencias de
su espíritu desea verlo, poseerlo y
disfrutarlo.
Por esto la
vida terrena para ella es un verdadero destierro, una
dura cárcel y un gran dolor. Desprecia el mundo,
la tierra le pesa, y lo terreno no es capaz de
satisfacerla ni contentarla. Le resulta un gran dolor
tener que estar tan lejos y vivir como exiliada. No es
capaz de olvidar que vive en el destierro. Su anhelo no
puede ser calmado. Su ansia la tortura lastimosamente. Lo
vive como un camino de pasión y de tormento, sin
medida, sin gracia.
Por esto
siente un ansia grande y un anhelo ardiente de ser
liberada de este destierro y poder desprenderse de este
cuerpo. Con un corazón herido dice lo mismo que
dijo el apóstol: Cupio dissolvi et esse cum
Christo, es decir: 'Mi deseo es morir y estar con
Cristo.'
Así
pues, el alma se encuentra en un ansia ardiente y en una
inquietud dolorosa de ser liberada y vivir con Cristo. La
razón de ello no es que la vida actual le
entristezca ni que tenga miedo a los sinsabores que la
esperan. No, debido sólo a un amor santo y eterno,
languidece en ansias y se derrite en el anhelo de poder
llegar a la patria eterna y a la gloria del
gozo.
El anhelo
en ella es grande y fuerte, su inconstancia le pesa
mucho, y el dolor que sufre por este anhelo es
indescriptible. A pesar de todo, no tiene más
remedio que vivir en la esperanza; y es precisamente esta
esperanza la que le hace ansiar y padecer
tanto.
Oh santo
deseo de amor ¡qué grande es tu fuerza en el
alma que ama! Es un dichoso sufrimiento, un tormento
agudo, un dolor que dura demasiado, una muerte traidora y
un vivir muriendo.
No puede
llegar allí arriba, y aquí abajo no puede
encontrar descanso ni reposo. Su anhelo le hace
insoportable pensar en Él, y prescindir de
Él hace sufrir de anhelo su corazón.
Así pues, ha de vivir con gran
incomodidad.
Y
así es que no puede ni quiere ser consolada, como
dice el profeta: Renuit consolari anima mea,
etcetera, que quiere decir: 'Mi alma rehusa ser
consolada.' Rehusa toda consolación, a menudo
incluso de Dios y de sus criaturas. Porque toda
alegría que esto podría comportar,
intensifica su amor y aviva su anhelo de un estado
superior. Esto renueva su ansia por poner en
práctica su amor, permanecer en el goce del amor y
vivir sin consuelo en el destierro. De esta manera sigue
insaciable e insatisfecha en todo lo que recibe, por
tener que carecer de la presencia real de su
amor.
Es una dura
vida de padecimiento, por no querer ser consolada
mientras no reciba lo que busca sin descanso.
El amor la
ha seducido, la ha guiado y enseñado a andar por
su camino, y ella lo ha seguido fielmente. A menudo en
trabajo costoso y muchas obras, en gran ansia y fuerte
anhelo, en inquietud de muchas clases y gran
insatisfacción, en alegría y dolor y mucho
sufrimiento, buscando y reclamando, careciendo y
teniendo, saliendo fuera de sí, en el seguimiento
y el ansia, en agobio y pena, en miedo y preocupaciones,
derritiéndose y sucumbiendo, en gran confianza y
mucha desconfianza, en lo bueno y en lo malo - en todo
esto está dispuesta a sufrir. En la muerte y en la
vida quiere dedicarse al amor; en el sentimiento de su
corazón sufre mucho dolor; por el amor anhela
llegar a la patria.
Cuando en
este destierro lo ha probado todo, todo su refugio es la
gloria. Esto es verdaderamente la obra del amor: anhelar
la forma de vida que más conecta con el amor, en
que mejor se puede dedicar al amor, y seguir esta forma
de vida.
Por esto
siempre quiere seguir al amor, conocer el amor y gozar
del amor. En este destierro esto no lo consigue. Por esto
quiere partir hacia su patria, en donde ha construido su
morada, hacia donde ha dirigido su anhelo y donde
descansa con amor y anhelo.
Pues esto
lo sabe muy bien: allí en su patria quedará
libre de todos los obstáculos y será
recibida con amor por su Amado.
Allí
contemplará ardientemente, al haber amado tan
delicadamente. Su recompensa eterna será poseerle
a Él a quien ha servido tan fielmente.
Gozará plenamente satisfecha de Él, a quien
tantas veces ha abrazado llena de amor en su interior.
Allí entrará en la alegría del
Señor, como dice San Agustín: Qui in te
intrat, intrat in gaudium domini sui etcetera, lo
cual quiere decir: 'Quien entra en Ti, entra en la
alegría de su Señor.' No le tendrá
miedo sino que lo poseerá - morando como amada en
el Amado.
Allí
el alma se une a su esposo, se hace un solo
espíritu con él en fidelidad inquebrantable
y amor eterno.
Quien se
haya empleado activamente en esto en el tiempo de gracia,
lo gozará en el tiempo de la gloria, cuando ya no
se haga otra cosa más que alabar y amar. Que Dios
nos conduzca allí a todos. Amen.