San Leopoldo Mandic

Capuchino, mártir del confesionario

 

 

 

Una tarde de noviembre de 1882, un adolescente de 16 años, acompañado por su padre llega a Udine (Italia). Se dirigen al convento de los capuchinos, donde les están esperando, por lo que la puerta se abre enseguida para dejarles entrar. El padre portero se apresura ante sus huéspedes, y posa su mirada en ese joven de quince años, que es demasiado bajo para su edad, además de delgado y pálido. Realmente es bien poca cosa, con ese aspecto desmañado que hace aumentar todavía más su timidez y su torpe caminar. Y además habla mal, pues tartamudea. Pero esos defectos quedan felizmente compensados con la expresión de su rostro, de rasgos regulares, que dejan traslucir un mirada viva y una sonrisa franca. Por lo demás, las pocas palabras que ha pronunciado han revelado que se trata de un joven decidido, que quiere llegar a ser sacerdote de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos.

 

 

Un apóstol de un metro treinta y cinco

Procede de muy lejos: de Castelnovo, en Dalmacia (actualmente Hercegnovi, en Montenegro). Había nacido el 12 de mayo de 1866, recibiendo en el Bautismo el nombre de Diosdado. Con motivo de un revés de fortuna, su familia, que en otro tiempo había sido noble y rica, debe conformarse con una condición más modesta; pero aquel cambio en nada ha empañado la fe ni la fidelidad de la familia Mandic a la Iglesia de Roma.

Orgulloso por naturaleza y de carácter vivaz, el pequeño Diosdado no puede negar que es sangre dálmata lo que fluye por sus venas. El ambiente del seminario "seráfico" donde se encuentra es bueno, pero sus compañeros son jóvenes robustos y bien parecidos, y las alusiones a la corta talla del recién llegado -no pasará de un metro treinta y cinco-, o a su defectuosa pronunciación, lo hieren profundamente. Además, se enfada dolorosamente cuando sorprende alguna mirada demasiado compasiva por parte de los padres que se encargan de la escuela. Algunos retazos de mal humor, sin demasiada importancia, lo mueven a luchar de manera valiente y perseverante para poder dominar su susceptibilidad, moderar su carácter demasiado fogoso y adquirir una paciencia habitual y una dulzura encantadora. A partir de su primera comunión, Diosdado busca con frecuencia en la Eucaristía la fuerza necesaria para corregir esos defectos.

Al entregarse a Dios en la vida religiosa, Diosdado persigue un objetivo concreto: trabajar para el retorno de los orientales, separados de la Iglesia de Roma, a la unidad católica. Es una idea que se le había ocurrido durante su infancia en Castelnovo. Aquel puerto del Adriático es un importante centro de comercio, así como el punto de encuentro de hombres de razas y de religiones diversas. En medio de aquella pluralidad religiosa, la Iglesia Católica ocupa un lugar honorable, pero su influencia no basta para contrarrestar y vencer los excesos de la codicia, del lujo y de la sensualidad. Aquel penoso espectáculo de miseria espiritual había turbado a Diosdado. Con el transcurrir de los años, Dios le hizo comprender cada vez mejor hasta qué punto les hacía falta la fe a aquellas poblaciones desarraigadas, haciendo que naciera en su corazón una especie de deseo o proyecto que, con el impulso de la gracia, llegó a convertirse en una resolución concreta y firme: salvar a aquellas almas abandonadas, haciendo que entraran en la Iglesia Católica. Con la reflexión, aquel horizonte suyo se hizo más amplio, y tras sus revelaciones de Castelnovo, pudo descubrir todos aquellos países de Oriente alcanzados por el cisma y que vivían fuera del verdadero redil de Jesucristo. Y él, el pequeño Mandic, será su apóstol.

 

Sembrar la buena semilla

La estancia de formación de Diosdado en Udine apenas dura diez y ocho meses. Admitido en el noviciado del convento de Bassano del Grappa, el 20 de abril de 1884, es revestido con el hábito religioso, recibiendo el nombre de hermano Leopoldo. Una vez terminado el noviciado, estudia filosofía en Padua y, después, teología en Venecia, donde es ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1890. Su deseo de partir pronto a misiones se intensifica, pero su salud se ha resentido a causa del trabajo de sus años de estudio, así que lo envían primero a varios conventos de la Orden para que reponga fuerzas. Para él supone una enorme decepción, pero acepta no obstante con profundo espíritu de fe, considerando que no debe ordenar su vida a partir de aspiraciones personales, sino con la obediencia. Pensando en futuras misiones, perfecciona sus conocimientos en ciencias sacras y en lenguas orientales como el griego moderno, el croata, el esloveno y el servio. Se ocupa igualmente de diferentes trabajos manuales para el mantenimiento de las casas donde reside.

 

Su vocación ecuménica

Según los testigos, ya desde niño se mostró ejemplar. Una de las características de su vocación fue el ecumenismo, el deseo de trabajar para la vuelta de su pueblo, los eslavos, al seno de la Iglesia católica. Tanto le acuciaba esta idea, que hizo voto, repetido sin cesar, de consagrarse a realizar la promesa del Señor: "Se hará un solo rebaño con un solo pastor". Y añadía: "me ofrezco como víctima por la salvación de mis hermanos orientales".

Para realizar este ideal suyo no dejó en toda su vida de estudiar las lenguas orientales. Además del croata, no sólo aprendió el italiano y el latín, sino que era capaz de hablar el servio, el eslavo y el griego moderno. Notable fue el amor y fidelidad a su pueblo, hasta el punto que por ello no quiso aceptar la ciudadanía italiana durante la primera guerra europea, con la molestia de tener que retirarse a la Italia meridional de 1917 a 1918. La proximidad de Padua al frente hizo que las autoridades prohibieran estar allí a los súbditos del enemigo imperio austríaco. Sin embargo, siempre se sintió como ciudadano de la hospitalaria y cosmopolita Italia, donde difícilmente puede uno sentirse extranjero.

Fruto de tantas oraciones y trato íntimo con Dios, fue recibir la consoladora luz que reflejó en su frase: "Sin ninguna duda los orientales se unirán a la Iglesia de Roma", y añadía que será: "por los méritos y oraciones de María, de quien son tan devotos".

Su petición a los superiores de ser destinado a Oriente no le fue concedida; su salud era muy precaria, y sus cualidades no eran brillantes, con pronunciación defectuosa para predicar y sin estilo literario para escribir.

En 1897 es nombrado superior del convento de los capuchinos de Zara, cosa que le alegra, pues Zara lo acerca a Oriente. Muchos marinos y comerciantes de todos los países balcánicos y del Oriente Próximo frecuentan ese puerto dálmata. Nada más instalarse, el padre Leopoldo emprende el apostolado. En cuanto se entera de que va a llegar un barco, corre a darles la bienvenida para conocerlos y relacionarse con ellos. El pretexto es fácil: un extranjero que acaba de desembarcar se alegra de encontrar, al poner pie a tierra, un rostro amigo que pueda proporcionarle informaciones útiles y guiarlo, si resulta necesario, a través de la ciudad. De camino, mientras hablan de esto y de aquello, el padre tiene ocasión de enterarse del país de origen de sus amigos, de su profesión, de su familia y de su religión. Y, cuando lo considera oportuno, aborda con delicadeza y discreción el tema que tanto le conturba el corazón: el conocimiento de la verdadera religión y la adhesión a la fe católica. Se ha sembrado la buena semilla, y ya brotará cuando Dios lo quiera.

Aquel discreto apostolado comienza a producir algunos frutos cuando, dos años después de su llegada a Zara, sus superiores envían al Padre Leopoldo a Thiene, donde los capuchinos cuidan un santuario dedicado a la Virgen. Ponerse al servicio de la Santísima Virgen suaviza la pena del padre Leopoldo al partir de Zara. Pero los años pasan y, en 1906, se produce un nuevo cambio. El padre llega a Padua, donde permanecerá durante casi toda su vida. Sin embargo, en 1922 sale para Fiume a fin de atender las confesiones de los eslavos, pero su partida suscita tantos recelos en Padua que el obispo debe intervenir ante el provincial de los capuchinos: Así que el padre Leopoldo es reclamado: «Es evidente que San Antonio de Padua le quiere a su lado», escribe su superior.

 

Lo que Dios quiere y como lo quiere

Aquella sucesión de acontecimientos, en particular los traslados de convento en convento, parecen desmentir las intuiciones juveniles del padre Leopoldo: el apostolado de los orientales no iba a ser la labor a la que Dios le llama. Sin embargo, el padre Leopoldo está convencido de que esa es misión especial. Después de su muerte se halló una imagen de la Virgen en la que había escrito, con fecha del 18 de julio de 1937: «Recuerdo solemne del hecho de 1887. Este año se cumple el cincuenta aniversario de la llamada que sentí de parte de Dios, quien me pedía que rezara y que promoviera el retorno de los hermanos separados orientales a la unidad católica». Con el permiso de su confesor, se comprometió mediante voto a cumplir aquella misión con los orientales, promesa que renovará a menudo, de tal manera que llegará a escribir unos meses antes de morir: «Ante Dios no me queda ninguna duda... de que he sido elegido para la salvación del pueblo oriental, es decir de los hermanos separados orientales. A causa de ello, debo responder a la divina bondad de Nuestro Señor Jesucristo que se ha dignado elegirme, a fin de que, mediante mi ministerio se realice también la divina promesa: «No habrá más que un solo rebaño y un solo pastor».

El padre Leopoldo necesitará muchos años para entender las características de su misión. Pero lo que le permitirá descubrirlas no serán sus puntos de vista personales. Como hombre de fe, está convencido de que la revelación de los designios divinos se realizará mediante la obediencia, de tal manera que los medios elegidos por Dios le serán trasmitidos poco a poco mediante la voz de sus superiores. Por otra parte, sabe también que la práctica de la obediencia resulta más eficaz que todas las predicaciones. Para darse ánimos, copia de su puño y letra la famosa carta de San Ignacio referida a esa virtud, guardándola siempre consigo. Será, mediante la oración y el sacrificio, el apóstol de la reconciliación de los hermanos orientales separados de la unidad católica, a la manera de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, proclamada patrona de las misiones cuando nunca había salido de su carmelo.

El padre Leopoldo está persuadido de que algún día se producirá el retorno a la unidad de los hermanos separados. Escribe lo siguiente a su director espiritual: «Cuando nosotros, sacerdotes, celebramos con esa intención los sagrados misterios, es el propio Jesucristo quien ora por nuestros hermanos separados. Pero nosotros conocemos además el poder de esa oración de Jesucristo, que siempre es atendida». Otra garantía de ese retorno lo encuentra en la profunda devoción de los orientales hacia la Virgen María. Y una madre tan buena no puede abandonarlos. «Oh, Bienaventurada Virgen María, escribe, creo que tienes la mayor de la solicitudes hacia los hermanos separados orientales. Y yo deseo cooperar con todo mi corazón hacia tu afecto maternal». También todos los fieles son llamados a unirse en el Santo Sacrificio de la Misa y a rezar a la Santísima Virgen para la reunificación de los cristianos.

 

«Aquí y no en las misiones»

Un día, uno de sus hermanos capuchinos le recuerda al padre Leopoldo que, en el pasado, hablaba sin cesar de ir a los países de Oriente, «y ahora, añade, ya no habla de ello. - Es verdad, responde el padre. Resulta que hace poco le di la comunión a una buena persona, quien, después de haber realizado la acción de gracias, se acercó para trasladarme el siguiente recado: "Padre, Jesús me ha ordenado que le diga esto: su Oriente es cada una de las almas que aquí asiste en confesión". Ya ve usted, amigo mío, que Dios me quiere aquí, y no en las misiones». En otra ocasión le confía a un hermano: «Ya que Dios no me ha concedido el don de la palabra para predicar, quiero consagrarme a transferirle almas mediante el sacramento de la penitencia». Desde el principio de su sacerdocio, el padre Leopoldo se había dedicado al ministerio de la confesión, hasta el punto de que, en Padua, llegó a asediarlo una multitud. Es un apostolado que responde a una de sus aspiraciones de la infancia. Efectivamente, a la edad de ocho años, una de sus hermanas le había dado una reprimenda por un pecado sin gravedad y le había conducido ante el párroco, que le había puesto de rodillas en medio de la iglesia. Más tarde nos dirá: «Me sentí profundamente triste y pensé en mi interior: ¿por qué tratar de manera tan dura a un niño por una falta tan leve? Cuando sea mayor quiero ser religioso, hacerme confesor y tratar a las almas de los pecadores con gran bondad y misericordia». Es un deseo que se realiza plenamente en Padua.

 

El confesionario: entre diez y quince horas al día

Y aquí viene lo vulgar y lo prodigioso, la ocupación del capuchino bajo (1,35 cm) y feo que no servía para altas misiones, y tuvo la rutinaria, aburrida... y altísima, de confesar, de perdonar los pecados en nombre y como representante de Dios, reencauzando las almas a su eterna salvación, "full time", sin salir de su confesionario (una celda adosada a la iglesia), donde esperaban confesarse largas filas de hombres de todas las clases sociales, en particular sacerdotes y religiosos. Sin vacaciones, a pesar del fuerte calor del verano; y sin un pequeño calentador en el intenso frío del invierno. Resistiendo días enteros con fuertes dolores o abrasados por la fiebre, hasta el mismo día de su muerte.

Y así se hizo santo. Porque en cualquier ocupación podemos santificarnos, y porque confesar es una de las ocupaciones que si más santifican a los penitentes, no habrá de ser menos a los confesores.

El ministerio del sacramento de la Reconciliación resulta para él una dura penitencia, pues lo ejerce en un pequeño cuarto de pocos metros cuadrados, donde falta el aire y la luz, que en verano es un horno y en infierno una nevera, donde permanece encerrado entre diez y quince horas al día. «¿Cómo consigue aguantar tanto en el confesionario?», le pregunta un día un hermano. «Ya ve, es mi vida», le responde sonriendo. El amor hacia la almas lo convierte en prisionero voluntario del confesionario, pues es consciente de que «morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección», y de que «las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno"» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1033; 1035).

Para conseguir el inmenso beneficio del perdón de Dios a todos los que a él acuden, el padre Leopoldo se muestra dispuesto y sonriente, modesto y prudente, consejero espiritual comprensivo y paciente. Sabe por experiencia hasta qué punto es importante que el penitente se encuentre a gusto y confiado. Uno de ellos relató un hecho significativo: «Hacía muchos años que no me había confesado. Finalmente me decidí y acudí al padre Leopoldo. Me sentía muy inquieto y molesto. Nada más entrar, dejó su asiento y se acercó a mí, con gran alegría, como si esperara a un amigo: "Se lo ruego, acomódese". En medio de mi turbación, fui a sentarme en su sillón. Él, sin decir una palabra, se arrodilló en el suelo y escuchó mi confesión. Cuando hubo terminado, y solamente entonces, me percaté de mi estupidez y quise excusarme; pero él, sonriendo, me dijo: "No pasa nada, no pasa nada. Puede irse en paz". Aquel rasgo de bondad quedó grabado en mi memoria. Al actuar de aquel modo, me había conquistado por completo».

Pablo VI en la homilía de su beatificación tuvo estas palabras de especial significación y relevancia en la biografía del hoy san Leopoldo y para las circunstancias actuales: "La nota peculiar de su heroicidad y de su virtud carismática fue-¿quién no lo sabe?- su ministerio de oír confesiones. El llorado cardenal Larraona, entonces prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, escribió en el decreto de 1962 para la beatificación del P. Leopoldo: 'su método de vida era éste: después de celebrar bien temprano el sacrificio de la Misa, se sentaba en la pequeña celda del confesionario, y allí permanecía todo el día a disposición de los penitentes. Conservó este tenor de vida durante casi cuarenta años, sin la mínima queja...'... Demos gracias al Señor que ofrece hoy a la Iglesia una figura tan singular de ministro de la gracia sacramental de la penitencia; que, por una parte, hace un nuevo llamamiento a los sacerdotes a un ministerio de tan capital importancia, de tan actual pedagogía, de tan incomparable espiritualidad; y, por otra, recuerda a los fieles, sean fervorosos, tibios o indiferentes, qué servicio tan providencial e inefable es para ellos todavía hoy, o mejor, hoy más que nunca, la confesión individual y auricular, fuente de gracia y de paz, escuela de vida cristiana, consuelo incomparable en la peregrinación terrena hacia la eterna felicidad".

 

El alma de su santidad

A su sagrado ministerio de oír confesiones, el P. Leopoldo juntaba una rígida austeridad; sus enfermedades, privación de descanso y de gustos (todas las delicadezas que viendo su delicada salud le solían regalar sus penitentes las entregaba al superior), el calor y el frío, todo con gran amor a la pobreza por su enorme valor evangélico: "Tantos pobres pasan frío y ¿voy yo a tener valor de calentarme con una estufa? ¿Qué les diría cuando vienen a confesarse?". Solamente el último invierno -tenía 75 años- por la insistencia de un grupo de amigos le obligó el superior a aceptar una estufa.

Doce horas al día confesando, sin dormir más que cuatro o cinco por la noche, ni siesta. ¡Así cuarenta años sin vacaciones! Y cuando tenía fiebre contestaba: "Los pobres tenemos que trabajar también con fiebre, en el cielo descansaremos. ¿Cómo puedo ir a la cama, esperando tantas almas ahí fuera mi pobre ayuda?"

De noche, en la capilla, de rodillas, luchando con el sueño, si le decían que se fuera ya a descansar: "A las personas que confieso doy penitencias muy ligeras; es necesario que satisfaga yo por ellas".

Aceptar vida tan penitente sólo es posible con la energía interior de la oración, de la unión constante con Dios, fundada en la roca de la fe. Casi como estribillo, repetía en el confesionario: "Fe, tenga fe". Bastaba que cesasen un momento las confesiones para que se arrodillase en oración. "Dios ha establecido que todo lo podemos alcanzar de Él, pero siempre por medio de la oración". Llegó hasta a hacer voto de estar continuamente con el pensamiento en la presencia de Dios, lo que supone un dominio heroico, y cumplía escrupulosamente.

Por este camino llegó a una extraordinaria unión con Dios. Él nunca habló de ello, y las cartas que escribió a su director espiritual no se conservan; pero son señales inequívocas de sus extraordinarios carismas, entre otras, las muchas predicciones que hacía después de recogerse un momento, y los muchos milagros que realizó.

Como cauce del trato suyo con Dios sobresalía su devoción a la Señora, como llamaba a la Santifica Virgen. Todos los días ponía flores frescas en la imagen de Ella que tenía en su celda-confesionario.

No podemos omitir su devoción al Corazón de Jesús -característica de todos los santos modernos-. Escribía: "Ruegue a la caridad sin límites del Corazón de Jesús para que pueda llegar yo a ser un amigo y discípulo suyo perfecto". Como velada referencia a su vida mística anotó en una estampa del Corazón de Jesús: "¡La caridad divina del Corazón de Jesús que se dignó darme señales tan inefables de su amor, tenga misericordia de mí!... ¡Todo lo espero, todo me lo prometo de la caridad infinita de nuestro Señor Jesucristo, de su divino Corazón". Y en una estampa de la Virgen: "Hoy, día del cincuentenario de mi profesión religiosa, renuevo mis votos en honor del divino Corazón..." Para él era la gloria: "Ya descansaremos un día en el cielo. Allí lo haremos mejor, reposando nuestra cabeza sobre el divino Corazón de Jesús".

Tenía también gran devoción y recurría frecuentemente a su Ángel de la Guarda, a los santos, en particular a san José, san Francisco, san Antonio de Padua, santos Cirilo y Metodio -apóstoles de los eslavos-, san Francisco Javier, san Ignacio de Loyola -había copiado y releía su famosa carta de la obediencia-, san Luis Gonzaga, san Estanislao de Kostka y san Juan Berchmans -por sus vidas sencillas-.

 

Amor bondadoso a las almas

Su amor serio y sólido a las almas, que le llevó a una vida de abnegación tan heroica, en sus manifestaciones externas estaba lleno de bondad. Durante cuatro años, de 1910 a 1914, además de dar clases de patrología a los estudiantes capuchinos teólogos, fue su director. Dejó en ellos un gratísimo recuerdo del amor maternal con que los trataba, y se interesaba por cada uno en particular. Al hermano cocinero solía decir: "Sea generoso con los estudiantes. A mí y a algún otro limítenos la ración cuanto quiera, pero, por amor de Dios, trate bien a los estudiantes". En las noches más crudas de invierno les dispensaba del coro y de los actos siguientes a la cena y recreación: "Id a descansar. Ya rezaré yo y haré un poco de penitencia por vosotros". Por sus criterios amplios algunos le censuraban que mitigaba el rigor tradicional de la orden, y le dejaron sólo confesar.

También en la confesión parecía tener manga ancha. A un canónigo, penitente suyo, que le interpelaba: "Usted es demasiado bueno, ¿no tendrá que dar alguna cuenta al Señor por ello?", le contestó: "Si de alguna cosa debiera arrepentirme, sería de no haber interpretado así siempre la Bondad infinita de Dios". Días antes de morir decía: "Más de cincuenta años hace que estoy confesando, y no me remuerde la conciencia todas las veces que he dado la absolución, sino que siento pena de las tres o cuatro veces que no la he podido dar. Es posible que no hiciera todo lo que debía para suscitar en los penitentes las disposiciones debidas".

Tremenda fuerza y responsabilidad la de los confesores que no pueden absolver a quienes no están dispuestos a cumplir sus obligaciones graves. Situación difícil en tiempos de liberalismo, como los del san Leopoldo, cuando muchos no aceptan las interpretaciones o graves disposiciones de la Iglesia. Lo admirable del santo no es que absolviera sin exigir las debidas disposiciones a los penitentes, sino que consiguiera suscitarlas en ellos si no las tenían. Así en cierto caso, que levantándose airado le señaló a uno la puerta: "Con Dios no se juega. Váyase y morirá en su pecado". Contó el mismo penitente que se sintió como herido por un rayo, cayó de rodillas llorando y prometió renunciar a sus errores. Cuando daba un consejo -y se lo pedían también los prelados- era tan grande su seguridad que no admitía réplica: "¿Quién ha hablado? ¡Ha hablado Dios! Basta".

Otros detalles de su bondad son el que siendo ya sacerdote, en Venecia, fuese a pedir limosna por las casas, y ayudase con el mayor interés a los hermanos a lavar, a preparar el refectorio o las habitaciones para los huéspedes, etc.

Un día, yendo por la calle, unos chiquillos burlándose de él le metían piedrecitas en la capucha. Llegó el doctor Ferrini y les reprendió ásperamente, pero el buen padre lo calmó: "Doctor, deje que se diviertan, merezco cosas mucho peores".

 

Los carismas extraordinarios

Se puede decir que los resume su santidad puesta al servicio de los demás hasta el milagro. Son muchísimos los recogidos en su proceso. Algunos como muestra:

 

- A veces -hay muchos testimonios-, interrumpía al penitente: "Basta, lo he comprendido todo", y si no se tranquilizaba le manifestaba cuanto pensaba decirle y aún más: "Aprenda a creer en la palabra del confesor".

 

- Se cruza en la calle con un desconocido en bicicleta, y lo mira tan fijamente que el otro le pregunta: "Padre, ¿quiere algo de mí?". "Venga enseguida a la iglesia". El hombre, que hacía cuarenta años que no se confesaba y que se vanagloriaba de no creer en Dios, despreciando a la Iglesia y al clero, fue, confesó, y desde aquel día vivió como excelente cristiano. Contaba a todo el mundo que la mirada del padre le había penetrado como una espada impidiéndole resistir a la invitación.

 

- Esta noche -decía el 23 de marzo de 1932 llorando amargamente- durante la oración el Señor me ha abierto los ojos y he visto a Italia en un mar de fuego y sangre". Ya durante la guerra, al preguntarle si sería bombardeada Padua, respondió: "Lo será, y duramente. También este convento e iglesia, pero esta celdita no. Aquí ha tenido Dios tanta misericordia con las almas, que debe quedar como un monumento a su bondad". Así sucedió, aunque el 14 de mayo de 1944 cinco grandes bombas destruyeron la iglesia y parte del convento.

 

- Al franciscano padre Orlini, recién elegido provincial, le aseguró: "Va a disfrutar poco tiempo de tan vistosa carga, porque pronto le vendrá otra mayor". Pensó el interesado que era una broma, pero a los tres meses fue elegido ministro general.

 

- "En 1913, cuando tenía veinte años -testifica sor María Asunción- me confesé con él. Nunca le había visto. Después me invitó a pasar a la sacristía, y como transfigurado me dijo: El Amo y Señor de la barca tiene designios importantes sobre usted. Corresponda bien a las gracias recibidas". Ni se le había ocurrido aún la obra que después fundaría: el Instituto religioso de las Esclavas de la Santísima Trinidad.

 

- Ana Bendazzoli en la primavera de 1942 vivía angustiada, pues desde hacía mucho tiempo no conseguía tener noticias de su único hijo, combatiente en África. Llegó al confesionario del padre Leopoldo, que no la conocía: "¿Es usted viuda? ¿Tiene un hijo único? Vuelva contenta a su casa, muy pronto recibirá carta de él y pasará feliz la Pascua". Días después, al domingo de Resurrección, recibía carta de su hijo: estaba ya sin peligro, hecho prisionero, pero muy bien.

 

- Va a confesar a una enferma, en julio de 1933. Al día siguiente la operarán de tumor en el intestino. Está tan abatida que el padre Leopoldo se conmueve. Queda un momento absorto en oración: "¡Tenga fe! ¡Alégrese, creo que el Señor ha cambiado las cartas! Al día siguiente cuando la visitó el médico la encontró totalmente curada.

 

- En 1928 le cuentan que una niña se está muriendo de meningitis. El P. Leopoldo se conmueve, pide unan manzana, la bendice: "Dásela a la niña y la Virgen la curará". Nada más comerla sanó. Volvieron rápidamente a decírselo. Él exclamó: "Ha sido la Virgen. Virgen bendita, ¡qué buena eres!".

 

Durante el invierno de 1941, los dolores de estómago que el padre Leopoldo padece desde hace largo tiempo se vuelven cada vez más agudos, por lo que debe guardar cama.

El 30 de julio de 1942, según tiene por costumbre, se levanta muy temprano y pasa una hora rezando en la capilla de la enfermería. A las seis y media, se reviste con los ornamentos sacerdotales, pero sufre un violento malestar y se desvanece. Al volver en sí, recibe la Extremaunción y repite las piadosas invocaciones que le sugiere su padre superior.

El superior, padre Benjamín, testificó en el proceso de canonización: "Yo que le asistí en sus últimos momentos, no dudo en creer que, en su tránsito a la eternidad, haya sido asistido, mediante una extraordinaria aparición de nuestra Señora, la Madre de Dios. Murió repitiendo las invocaciones que se le sugerían. En cuanto llegó a las palabras: ¡Oh, clementísima!... ¡Oh, piadosa!...¡Oh, dulce Virgen María! se incorporó y, extendiendo las manos hacia lo alto, como si fuese al encuentro de no sé qué objeto extraño, expiró; parecía transformado".

Leopoldo Mandic fue beatificado por el Papa Pablo VI el 2 de mayo de 1976, y canonizado por nuestro Santo Padre el Papa Juan Pablo II el 16 de octubre de 1983.

 

De la homilía de Juan Pablo II en la misa de canonización (16-X-1983)

Leopoldo Mandic, en sus días, fue siervo heroico de la reconciliación y la penitencia.

Nacido en Castelnovo, junto a «Bocche di Càttaro», a los 16 años dejó la familia y su tierra para entrar en el seminario de los capuchinos de Udine. En su vida no figuran grandes acontecimientos; algún traslado de un convento a otro, como es costumbre entre los capuchinos, y nada más. Y después, la asignación al convento de Padua, donde permaneció hasta la muerte.

Pues bien, precisamente sobre esta pobreza de una vida sin importancia exterior, vino el Espíritu Santo y alumbró una grandeza nueva, la de una fidelidad heroica a Cristo, al ideal franciscano y al servicio sacerdotal a los hermanos.

San Leopoldo no dejó obras teológicas o literarias, no deslumbró por su cultura ni fundó obras sociales. Para cuantos lo conocieron, fue únicamente un pobre fraile, pequeño y enfermizo.

Su grandeza consistió en otra cosa, en inmolarse y entregarse día a día a lo largo de su vida sacerdotal, es decir, 52 años, en el silencio, intimidad y humildad de una celdilla-confesonario: «El buen pastor da la vida por las ovejas». Fray Leopoldo estaba siempre allí a disposición, y sonriente, prudente y modesto, confidente discreto y padre fiel de las almas, maestro respetuoso y consejero espiritual, comprensivo y paciente.

Si lo queremos definir con una palabra, como solían hacerlo en vida sus penitentes y hermanos, entonces es «el confesor»; sólo sabía «confesar». Y justamente en esto reside su grandeza. En saber desaparecer para ceder el puesto al verdadero Pastor de las almas. Solía definir su misión así: «Ocultemos todo, aun lo que puede parecer don de Dios; no sea que se manipule. ¡Sólo a Dios honor y gloria! Si posible fuera, deberíamos pasar por la tierra como sombra que no deja rastro de sí». Y a alguien que le preguntaba cómo resistía una vida tal, respondió: «¡Es mi vida!».

«El buen pastor da la vida por las ovejas». A los ojos humanos, la vida de nuestro Santo se asemeja a un árbol al que una mano invisible y cruel le hubiera cortado todas las ramas una tras otra. El padre Leopoldo fue un sacerdote imposibilitado para predicar por un defecto de pronunciación. Un sacerdote que ansiaba dedicarse a las misiones, y hasta el final esperó el día de partir, que no le llegó porque tenía una salud muy endeble. Un sacerdote de tan gran espíritu ecuménico que se ofreció con entrega diaria como víctima al Señor para que se restableciera la unidad plena entre la Iglesia latina y las orientales separadas aún, y volviera a haber «una sola grey bajo un solo pastor» (cf. Jn 10,16); pero vivió su vocación ecuménica en ocultación total. Entre lágrimas decía: «Seré misionero aquí, en la obediencia y en el ejercicio de mi ministerio». Y también: «Toda alma que reclame mi ministerio será entre tanto mi Oriente.»

¿Qué le quedó a san Leopoldo? ¿A quién y para qué sirvió su vida? Le quedaron los hermanos y hermanas que habían perdido a Dios, el amor y la esperanza. Pobres seres humanos que tenían necesidad de Dios y acudían a él pidiendo perdón, consuelo, paz y serenidad. A estos «pobres» dio la vida san Leopoldo, por ellos ofreció padecimientos y oración; pero con ellos sobre todo celebró el sacramento de la reconciliación. Aquí vivió su carisma. Aquí hallaron expresión heroica sus virtudes. Celebró el sacramento de la reconciliación y ejerció el ministerio como a la sombra de Cristo crucificado. Fijos los ojos en el crucifijo colgado en el reclinatorio del penitente. El protagonista era siempre el Crucificado. «Él es quien perdona, Él es quien absuelve». Él, el Pastor de la grey...

San Leopoldo hundía su ministerio en la oración y contemplación. Fue un confesor de continua oración, un confesor que vivía habitualmente absorto en Dios, en atmósfera sobrenatural.

La primera lectura de la liturgia de hoy nos recuerda la oración de intercesión de Moisés durante una batalla que sostuvo Israel contra Amalec. Cuando se alzaban las manos de Moisés, la balanza de la victoria se inclinaba hacia su pueblo; cuando estas manos desfallecían de cansancio, dominaba Amalec.

La Iglesia, al ponerse hoy ante los ojos la figura de su humilde servidor san Leopoldo, que fue guía para muchas almas, quiere señalarnos las manos que se levantan hacia lo alto en las luchas varias del hombre y del Pueblo de Dios, que se alzan en la oración y se levantan en el acto de la absolución de los pecados, absolución que llega siempre al amor que es Dios, el amor que se nos reveló una vez para siempre en Cristo crucificado y resucitado.

«Por Cristo os rogamos: Reconciliaos con Dios» (2 Cor 5,20).

¿Qué nos dicen, amados hermanos, estas manos de Moisés levantadas en oración? ¿Qué nos dicen las manos de san Leopoldo, siervo humilde del confesonario? Nos dicen que jamás puede cansarse la Iglesia de dar testimonio de Dios, que es amor. Nunca puede descorazonarse ni cansarse ante las contrariedades, desde el momento en que la cumbre de este testimonio se alza indómita en la cruz de Jesucristo sobre la historia entera del hombre y del mundo.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 23-X-83]

 

De la homilía de Pablo VI en la misa de beatificación (2-V-1976)

¿Quién es, quién es aquel que hoy nos reúne aquí para celebrar en su nombre bienaventurado una irradiación del Evangelio de Cristo, un fenómeno inexplicable, a pesar de ser claro y evidente: el fenómeno de una transparencia encantadora, que nos permite vislumbrar, en el perfil de un humilde hermano, una figura luminosa y al mismo tiempo casi desconcertante? Mira, mira, ¡es san Francisco! ¿Lo ves? ¡Mira cómo es pobre, mira cómo es simple, mira cómo es hermano! Es justamente él, san Francisco, tan humilde, tan sereno, tan absorto que aparece casi extático en una propia visión interior suya de la invisible presencia de Dios, y, sin embargo, para nosotros, tan presente, tan accesible, tan disponible que parece casi conocernos, esperarnos, saber nuestras cosas y leer dentro de nosotros.

Mira bien: es un pobre, pequeño capuchino; parece que sufre y vacila, pero está tan extrañamente seguro que nos sentimos atraídos y encantados por él. Mira bien con la lente franciscana. ¿Lo ves? ¿Tiemblas? ¿A quién has visto? Sí, digámoslo; es una débil, popular, pero auténtica imagen de Jesús; sí, de aquel Jesús que hablaba al mismo tiempo al Dios inefable, al Padre, Señor del cielo y de la tierra; y nos habla a nosotros, minúsculos oyentes, encerrados en las proporciones de la verdad, es decir, de nuestra pequeña y paciente humanidad... Y, ¿qué dice Jesús en este su pobrecito oráculo? ¡Oh! Grandes misterios, los misterios de la infinita trascendencia divina, que nos deja encantados, y que inmediatamente emplea un lenguaje conmovedor y cautivador. Escuchemos el Evangelio: «Venid amí todos vosotros, que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Pero entonces, ¿quién es? Es el padre Leopoldo; sí, el siervo de Dios, padre Leopoldo de Castelnovo, que, antes de hacerse fraile se llamaba Adeodato Mandic; un dálmata, como san Jerónimo, que debía tener, ciertamente, en el temperamento y en la memoria la dulzura de la encantadora tierra adriática, y en el corazón, y en la educación doméstica, la bondad, honesta y piadosa, de la valiente población véneto-balcánica. Nació el 12 de mayo de 1866, y murió en Padua, donde se hizo capuchino y donde vivió la mayor parte de su vida terrena, terminada a los setenta y seis años, el 30 de julio de 1942.

La nota peculiar de la heroicidad y de las virtudes carismáticas del beato Leopoldo fue otra, ¿quién no lo sabe? Fue su ministerio al escuchar las confesiones. El llorado cardenal Larraona, entonces Prefecto de la S.C. de Ritos, escribió en el decreto de 1962 para la beatificación del padre Leopoldo: «Su método de vida era éste: celebrado a primera hora de la mañana el sacrificio de la misa, se sentaba en el pequeño confesionario y allí permanecía todo el día a disposición de los penitentes. Mantuvo este estilo de vida durante cerca de cuarenta años, sin la más mínima queja...».

Es éste, creemos, el título primario que ha merecido a este humilde capuchino la beatificación que en estos momentos estamos celebrando. Se santificó principalmente en el ejercicio del sacramento de la reconciliación. Por fortuna, se han escrito y divulgado copiosos y espléndidos testimonios sobre este aspecto de la santidad del nuevo beato. A nosotros no nos corresponde sino admirar y dar las gracias al Señor, que ofrece hoy a la Iglesia una figura tan singular de ministro de la gracia sacramental de la penitencia; que invita, por una parte, a los sacerdotes al ministerio de tan capital importancia, de pedagogía tan actual, de tan incomparable espiritualidad; y que recuerda a los fieles, ya sean fervorosos, o tibios, o indiferentes, qué providencial servicio es todavía hoy, mejor dicho, hoy más que nunca, para ellos la confesión individual y auricular, fuente de gracia y de paz, escuela de vida cristiana, consuelo incomparable en la peregrinación terrena hacia la eterna felicidad.

 

 

 

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