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Rincones
CIEN
SONETOS PARA EL SEÑOR
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- Me
basta Dios: solo este
pensamiento
- de
tal manera el corazón me
llena,
- que
toda dicha a su dulzura
ajena,
- es
causa para mí de más
tormento.
-
- En
la infinita plenitud que
siento
- ni
el bien me halaga, ni el dolor me
apena;
- pues
nada ya el espíritu
encadena
- que
en sólo Dios ha puesto su
contento.
-
- Todo
lo estima como inmundo lodo
- el
alma que de Dios está
tocada,
- porque
en su amor inmenso
transformada
-
- sólo
vive de amor; y de este
modo,
- en
Dios y para Dios, lo quiere
todo,
- sin
Dios y para sí, no quiere
nada.
R.
V. Osende, O.P.
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- La
Visita
-
- Déjame
entrar Señor que tengo
prisa...;
- que he
de volver a un mundo apresurado,
- inmerso
en la ambición y en el
pecado,
- huérfano
de la luz y de la risa.
-
- Déjame
entrar que mi dolor precisa
- hacer
un alto en el camino andado;
- porque
tengo, Señor de tan cansado,
- el
gesto vago y la virtud remisa.
-
- Déjame
entrar Señor sólo
persigo
- pararme
un rato, recobrar la calma,
- pensar
un poco y dialogar Contigo.
-
- Soy el
mismo de ayer tu viejo amigo
- déjame
entrar a confortarme el alma
- luego,
Señor cuando queráis...
prosigo.
A.
Trujillo Téllez
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- Visita
al Santísimo Sacramento
-
- Permíteme,
Señor, que aquí
postrado,
- consciente
de mi nada en tu presencia,
- y
aún temiendo pecar de
irreverencia
- me
atreva al alto honor de
acompañaros.
-
- Yo
sé que no soy digno de
miraros,
- Mas,
fiado en tu amor y en tu clemencia,
- se
apacigua el clamor de mi conciencia
- y me
inunda la calma al contemplaros.
-
- En el
mundo, Señor por olvidaros,
- es todo
confusión y algarabía
- que me
inquietan de modo extraordinario.
-
- Por
eso, mi Señor vengo a
rogaros,
- que le
dejes gozar al alma mía,
- del
remanso de paz de tu Sagrario.
José
Ramón de Pablo
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- SONETO-ORAClÓN
- (De
«La Gran Sultana»)
-
- A ti me
vuelvo, gran Señor, que
alzaste,
- a costa
de tu sangre y de tu vida
- la
mísera de Adán primer
caída
- y
adonde él nos perdió. Tú
nos cobraste.
-
- A Ti,
Pastor bendito, que buscaste
- de las
cien ovejuelas la perdida,
- y
hallándola del lobo
perseguida,
- sobre
tus hombros santos te la echaste.
-
- A Ti me
vuelvo en mi aflicción amarga
- y a Ti
toca, Señor, el darme ayuda,
- que soy
cordera de tu aprisco ausente
-
- y temo
que a carrera corta o larga
- cuando
a mi daño tu favor no acuda
- me ha
de alcanzar esta infernal serpiente.
Miguel
de Cervantes Saavedra
(1547-1616)
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- Dime,
Padre común
-
- «Dime,
Padre común, pues eres
Justo,
- ¿por
qué ha de permitir tu
providencia
- que,
arrastrando prisiones la
inocencia,
- suba
la fraude a tribunal
augusto?
-
- ¿Quién
da fuerzas al brazo que
robusto
- hace
a tus leyes firme
resistencia,
- y
que el celo, que más la
reverencia,
- gima
a los pies del vencedor
injusto?
-
- Vemos
que vibran victoriosas
palmas
- manos
inicuas, la virtud gimiendo
- del
triunfo en el injusto
regocijo».
-
- Esto
decía yo, cuando
riendo
- celestial
ninfa apareció, y me
dijo:
- «¡Ciego!,
¿es la tierra el centro de las
almas?»
Bartolomé
L. de Argensola (1562-1631)
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-
A
Dios omnipotente
-
- Señor,
que miras de tu excelsa cumbre
- el
tiempo todo en un presente eterno,
- tu
imagen mira en mí, que al ciego
infierno
- la
inclina su terrena pesadumbre.
-
- Oh suma
luz, ya la encendida lumbre
- de mi
gozoso abril florido y tierno
- muere,
y ya temo ver en el invierno
- más
verde la raíz de mi
costumbre.
-
- Mírala,
sacro santo Rey divino,
- con
ojos de piedad, que al dulce
encuentro
- del
rayo celestial verás volvella
-
- a
verte, como en vidrio cristalino
- la
imagen mira el que se espeja dentro,
- y
está en su vista dél su mirar
della.
- Bartolomé
L. de Argensola
|
- Pastor
que con tus silbos amorosos
- me
despertaste del profundo
sueño;
- tú
que hiciste cayado de este
leño
- en que
tiendes los brazos poderosos;
-
- vuelve
los ojos a mi fe piadosos,
- pues te
confieso por mi amor y dueño,
- y la
palabra de seguirte empeño,
- tus
dulces silbos y tus pies hermosos.
-
- Oye,
Pastor, que por amores mueres:
- no te
espante el rigor de mis pecados,
- pues
tan amigo de rendidos eres.
-
- Espera,
pues, y escucha mis cuidados;
- ¿pero
cómo te digo que me esperes,
- si
estás, para esperar, los pies
clavados?
Lope
de Vega (1562-1635)
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- ¿Qué
tengo yo que mi amistad
procuras?
-
- ¿Qué
tengo yo que mi amistad procuras?
- ¿Qué
interés se te sigue, Jesús
mío,
- que a
mi puerta, cubierto de rocío,
- pasas
las noches del invierno oscuras?
-
- ¡Oh,
cuánto fueron mis entrañas
duras,
- pues no
te abrí! ¡Qué extraño
desvarío
- si de
mi ingratitud el hielo frío
- secó
las llagas de tus plantas puras!
-
- ¡Cuántas
veces el ángel me
decía:
- asómate
ahora a la ventana;
- verás
con cuánto amor llamar
porfía»!
-
- ¡
Y cuántas veces, hermosura
soberana,
- «Mañana
le abriremos»,
respondía,
- para lo
mismo responder mañana!
Lope
de Vega
|
- Temores
en el favor
-
- Cuando
en mis manos, Rey eterno, os miro,
- y la
cándida víctima
levanto,
- de mi
atrevida indignidad me espanto,
- y la
piedad de vuestro pecho admiro.
-
- Tal vez
el alma con temor retiro,
- tal vez
la doy al amoroso llanto;
- que,
arrepentido de ofenderos tanto,
- con
ansias temo y con dolor suspiro.
-
- Volved
los ojos a mirarme humanos;
- que por
las sendas de mi error siniestras
- me
despenaron pensamientos vanos.
-
- No sean
tantas las miserias nuestras
- que a
quien os tuvo en sus indignas manos
- vos le
dejéis de las divinas
vuestras.
Lope
de Vega
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|
- Cuando
me paro a contemplar mi estado
- y a ver
los pasos por donde he venido,
- me
espanto de que un hombre tan perdido
- a
conocer su error haya llegado.
-
- Cuando
miro los años que he pasado
- la
divina razón puesta en
olvido,
- conozco
qué piedad del cielo ha sido
- no
haberme en tanto mal precipitado.
-
- Entré
por laberinto tan extraño,
- fiando
al débil hilo de la vida
- el
tarde conocido desengaño,
-
- Mas de
tu luz mi oscuridad vencida,
- el
monstruo muerto de mi ciego
engaño
- vuelva
a la patria, la razón
perdida.
Lope
de Vega
|
- ¿Qué
ceguedad me trato a tantos
daños?
- ¿Por
dónde me llevaron
desvaríos,
- que no
traté mis años como
míos
- y
traté como propios sus
engaños?
-
- Oh
puerto de mis blancos
desengaños,
- por
donde ya mis juveniles bríos
- pasaron
como el curso de los ríos,
- que no
los vuelve atrás el de los
años.
-
-
- Hicieron
fin mis locos pensamientos;
- acomodóse
el tiempo a la edad mía,
- por
ventura en ajenos escarmientos.
-
- Que no
temer el fin no es valentía,
- donde
acaban los gustos en tormentos
- y el
curso de los años en un
día.
Lope
de Vega
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- ¡Cuántas
veces, Señor, me habéis
llamado,
- y
cuántas, con vergüenza he
respondido,
- desnudo
como Adán, aunque vestido
- de las
hojas del árbol del pecado!
-
- Seguí
mil veces vuestro pie sagrado,
- fácil
de asir, en una Cruz asido,
- y
atrás volví otras tantas
atrevido,
- al
mismo precio en que me habéis
comprado.
-
- Besos
de paz os di para ofenderos,
- pero si
fugitivos de su dueño
- hierran
cuando los hallan los esclavos,
-
- hoy que
vuelvo con lágrimas a veros,
- clavadme
vos a vos en vuestro leño
- y
tendréisme seguro con tres
clavos.
Lope
de Vega
|
- Con
ánimo de hablarle en
confianza
- de su
pide, entré en el tempo un
día;
- donde
Cristo en la cruz
resplandecía
- con el
perdón que quien le mira
alcanza.
-
- Y
aunque la fe, el amor y la esperanza
- a la
lengua pusieron osadía,
- acordéme
que fue por culpa mía,
- y
quisiera de mí tomar
venganza.
-
- Ya me
volvía sin decirle nada,
- y como
vi la llaga del costa,
- paróse
el alma en lágrimas
bañada.
-
- Hablé,
lloré, y entré por aquel
lado,
- porque
no tiene Dios puerta cerrada
- al
corazón contrito y humillado.
Lope
de Vega
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- Muere
la vida, y vivo yo sin vida,
- ofendiendo
la vida de mi muerte,
- sangre
divina de las venas vierte,
- y mi
diamante su dureza olvida.
-
- Está
la majestad de Dios tendida
- en una
dura cruz, y yo de suerte
- que soy
de sus dolores el más fuerte,
- y de su
cuerpo la mayor herida.
-
- ¡Oh
duro corazón de mármol
frío!,
- ¿tiene
tu Dios abierto el lado izquierdo,
- y no te
vuelves un copioso río?
-
- Morir
por él será divino
acuerdo,
- mas
eres tú mi vida, Cristo
mío,
- y como
no la tengo, no la pierdo.
Lope
de Vega
|
- Yo me
muero de amor, que no sabía,
- aunque
diestro en amar cosas del suelo,
- que no
pensaba yo que amor del cielo
- con tal
rigor las almas encendía.
-
- Si
llama la moral filosofía
- deseo
de hermosura a amor, recelo
- que con
mayores ansias me desvelo
- cuanto
es más alta la belleza
mía.
-
- Amé
en la tierra vil, ¡qué necio
amante!
- ¡Oh
luz del alma, habiendo de buscaros,
- qué
tiempo que perdí como
ignorante!
-
- Mas yo
os prometo agora de pagaros
- con mil
siglos de amor cualquiera instante
- que por
amarme a mí dejé de
amaros.
Lope
de Vega
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- Hombre
mortal mis padres me engendraron,
- aire
común y luz de los cielos
dieron,
- y mi
primera voz lágrimas fueron,
- que
así los reyes en el mundo
entraron.
-
- La
tierra y la miseria me abrazaron,
- paños,
no piel o pluma, me envolvieron,
- por
huésped de la vida me
escribieron,
- y las
horas y pasos me contaron.
-
- Así
voy prosiguiendo la jornada
- a la
inmortalidad el alma asida,
- que el
cuerpo es nada, y no pretende nada.
-
- Un
principio y un fin tiene la vida,
- porque
de todos es igual la entrada,
- y
conforme a la entrada la salida.
Lope
de Vega
|
- Buscaba
Madalena pecadora
- un
hombre, y Dios halló sus pies, y en
ellos
- perdón,
que más la fe que los
cabellos
- ata sus
pies, sus ojos enamora.
-
- De su
muerte a su vida se mejora,
- efecto
en Cristo de sus ojos bellos,
- sigue
su luz, y al occidente dellos
- canta
en los cielos y en peñascos
llora.
-
- «Si
amabas, dijo Cristo, soy tan blando
- que con
amor a quien amó conquisto,
- si
amabas, Madalena, vive amando».
-
- Discreta
amante, que el peligro visto
- súbitamente
trasladó llorando
- los
amores del mundo a los de Cristo.
Lope
de Vega
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- Soneto
a Cristo Crucificado
-
- No me
mueve mi Dios para quererte
- el
cielo que me tienes prometido,
- ni me
mueve el infierno tan temido
- para
dejar por eso de ofenderte.
-
- Tú
me mueves, Señor, muéveme el
verte
- clavado
en una cruz y escarnecido,
- muéveme
ver tu cuerpo tan herido
- muévenme
tus afrentas y tu muerte.
-
- Muéveme,
en fin, tu amor, en tal manera,
- que
aunque no hubiera cielo yo te amara
- y
aunque no hubiera infierno te
temiera;
-
- No me
tienes que dar porque te quiera,
- porque
aunque cuanto espero no esperara,
- lo
mismo que te quiero te quisiera.
Antonio
de Rojas (1585-1650)
|
- Amado
Cristo
-
- Amado
Cristo, si de ver mi pena,
- algún
placer recibes o contento,
- de hoy
más mi pena me será
contento
- pues de
Ti manan mi contento y pena.
-
- Si tu
contento crece con mi pena,
- crezca
mi pena por Te dar contento,
- aunque
sea comprándote un contento
- con
infinitos géneros de pena.
-
- Pero,
¿cuál de los dos, Tú, con tu
contento,
- yo con
mi dura y rigurosa pena,
- de esta
pena tendrá mayor contento?
-
- Achacaráslo
de ver en que mi pena
- es
quien va dando ser a tu contento
- y
fuiste Tú la causa de mi
pena.
Cecilia
del Nacimiento (1570-1646)
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|
- Toquen
a juego, venga gente apriesa,
-
- Toquen
a juego, venga gente apriesa,
- que se
nos quema un templo verdadero,
- porque
en fe de amistad un extranjero
- bate
con fuego el pecho de Teresa.
-
- Y no
vengan con agua porque de ésa
- dos
grandes fuentes hay sobre el
crucero,
- dos
ojos que hacen un Jordán
entero
- y con
él crece el fuego más que
cesa.
-
- ¡A
fuego!, ¡a fuego!, pero no a
matarle,
- antes a
llevar de él para su casa
- vengan
las almas, vengan a porfía;
-
- arda y
no cese el cielo de aumentarle,
- porque
en el fuego que a Teresa abrasa
- ojalá
se quemase el alma mía.
Cecilia
del Nacimiento
|
- ¡Oh
pan de mi sustancia que me
alientas!,
-
- ¡Oh
pan de mi sustancia que me
alientas!,
- no hay
a mi paladar alguna cosa
- como el
bocado tuyo deleitosa,
- que en
tu gusto mis gustos apacientas.
-
- Muero
por Ti de hambre y te me ausentas;
- no
huyas de quien tiembla temerosa,
- -que
aunque morena, soy también
hermosa-
- cuando
en mi pobre choza te aposentas.
-
- Traga
en tu lleno todo mi vacío
- para
que así enriquezcas mi
pobreza
- quedándote
en el corazón de asiento.
-
- Pues
estando sin mí, quiere ser
mío,
- deja el
retrato, amor, de su belleza
- y
quédese cerrado el aposento.
Cecilia
del Nacimiento
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|
- Vida
que mata, muerte que da vida,
-
- Vida
que mata, muerte que da vida,
- hielo
que abrasa, fuego que nos hiela,
- vela
que duerme, sueño que
desvela,
- muerte
alentada, vida decaída,
-
- cobarde
audacia, cobardía atrevida,
- verdad
tramada, destramada tela,
- tardo
neblí, galápago que
vuela,
- amarga
sanidad, dulce herida,
-
- valeroso
Sansón con fuerza poca,
- Hércules
vencedor con flaca mano,
- pregonero
de paz que al arma toca;
-
- son
triunfos del amor caduco y vano,
- mas el
amor divino los apoca
- juntando
al Ser de Dios el ser humano.
Cecilia
del Nacimiento
|
- (I)
- EL
PECADOR PREGUNTA A
CRISTO
-
- ¿De
dónde venís alto? * De la
altura.
- ¿Qué
motivo traéis? * De
enamorado.
- ¿
Y qué librea es ésa? * De
encarnado.
- ¿
Y quién os la vistió? * La Virgen
pura.
-
- ¿A
qué venís, Creador? * A la
creatura.
- ¿Y
quién os trajo al suelo? * Su
pecado.
- ¿De
quién recibís fuerzas? * De mi
grado.
- ¿Por
qué? * Por dar reparo a mi
hechura.
-
- ¿Qué
tal halláis el alma? *
Endurecida.
- ¿Por
qué la hacéis bien? * Porque es mi
oficio.
- ¿Qué
tanto es vuestro amor? * Es sin
medida.
-
- ¿Con
qué os le pagarán? * Con buen
servicio.
- ¿Qué
más harán por vos? * Darme su
vida.
- Pues yo
les di la mía en sacrificio.
-
- (II)
- EL
PECADOR RESPONDE A
CRISTO
-
- ¿
Quién eres, hombre? * Tu
hechura.
- ¿Para
qué te crié? * Para
amarte.
- ¿En
qué gastas tu vida? * En
deshonrarte.
- ¿Quién
eso te enseñó? * Mi gran
locura.
-
- Y
¿qué piensas hacer? * Buscar la
cura.
- Y
¿cuál es la mejor? * A ti
buscarte.
- ¿Por
dó has de comenzar? * Por
suplicarte...
- que
mires que me hiciste a tu figura.
-
- ¿
Quién te ha parado tal?
- Y dime,
¿qué has perdido? * Tu
privanza.
- Sin
ella, ¿a dónde vives? * En
tormento.
-
- ¿
Qué te hace a Mí venir? * La
confianza.
- ¿
Y sabes que te oiré? * En un
momento...
- pues
sé que todo el bien por Ti se
alcanza.
Cecilia
del Nacimiento
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|
- Soneto
del Nombre de Jesús
-
- Jesús,
bendigo yo tu santo Nombre.
- Jesús,
mi corazón en Ti se emplee.
- Jesús,
mi alma siempre te desee.
- Jesús,
lóete yo cuando te nombre.
-
- Jesús,
yo te confieso Dios y Hombre.
- Jesús,
con viva fe con Ti pelee.
- Jesús,
en tu ley santa me recree.
- Jesús,
sea mi gloria tu renombre.
-
- Jesús,
contemple en Ti mi; entendimiento.
- Jesús,
mi voluntad en Ti se inflame.
- Jesús,
medite en Ti mi pensamiento.
-
- Jesús
de mis entrañas, yo te ame.
- Jesús,
viva yo en Ti todo momento.
- Jesús,
óyeme Tú cuando te
llame.
Cecilia
del Nacimiento
|
- Oh
peregrino bien del alma
mía
-
- ¡Oh
peregrino bien del alma mía
- que
solo, sin resabios ni recelos
- puedes
matar mi sed, quitar mis duelos
- y
convertir mi llanto en
alegría!
-
- Pues
eres tú mi luz, mi guarda y
guía
- que
tengo yo en la tierra y en los
cielos,
- no
quiero medios, no quiero consuelos,
- fuera
de ti, de todo me desvía.
-
- En
soledad, de todo enajenada,
- desnuda
de mi ser y de mi vida,
- para
ser como fénix renovada,
-
- en tu
amorosa llama y encendida
- me
arrojo, que si fuere allí
quemada,
- seré
cual salamandria renacida.
Ana
de la Trinidad (1577-1613)
|
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|
|
- Linces
de lo profundo y escondido
-
- Linces
de lo profundo y escondido,
- balcones
del amor, centros gloriosos,
- alegres
palmas, triunfos victoriosos,
- piedras-toques
del oro más subido,
-
- espesas
selvas donde me he perdido,
- floridos
paraísos deleitosos,
- pozos
de ciencia, senos misteriosos
- y dulce
suspensión de mi sentido;
-
- sentencias
de la muerte y de la vida,
- cristales
do se ve mejor el mundo,
- soles
que solos quitan mis enojos,
-
- y
refugios del ánima afligida,
- blancos
do mi afición segura fundo
- son de
Jesús los apacibles ojos.
Ana
de la Trinidad
|
- Si
yo pensase acá en mi
pensamiento
-
- Si yo
pensase acá en mi pensamiento
- que no
pensando en Dios, en nada pienso,
- entonces
pensaría yo que pienso
- un muy
sabroso y dulce pensamiento.
-
- Mas no
me pasa a mí por pensamiento
- ni
pienso que es pensar, aunque más
pienso,
- porque
pensando en Dios, cuando lo pienso,
- pienso
cumplir con sólo el
pensamiento.
-
- ¡Cuán
bien que pensaría si pensase
- lo poco
que pensase y lo que piensa
- el alma
que está en Dios siempre
pensando!
-
- Pluguiese
a Dios ya questo se pensase
- y no en
los desvaríos en que piensa
- aquel
que, sin pecar, peca pensando.
Francisco
de Jesús (s. XVII)
|
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|
- RETRUÉCANO
-
- Cristo
en la Cruz jugó y perdió la
vida
- y
ganó para Si en la Cruz la
muerte;
- pero
porque en la Cruz recibe muerte,
- el
hombre por la Cruz recibe vida.
-
- La Cruz
al hombre da contento y vida
- y a
Dios le da la Cruz tormento y
muerte,
- y en la
Cruz triunfa Dios del mal y muerte,
- pues en
la Cruz les quita al fin la vida.
-
- Recibe
Cristo en Cruz afrenta y muerte
- y por
la Cruz alcanza gloria y vida
- el
hombre que sin Cruz viviera en
muerte.
-
- Y al
fin la Cruz a Cristo da la vida,
- y es
espada la Cruz contra la muerte
- pues
pierde por la Cruz el reino y vida.
Francisco
de Jesús
|
- Si
en pago de ofenderte tantas
veces
-
- Si en
pago de ofenderte tantas veces
- usas,
Señor, de tantos beneficios,
- si en
mí fueran virtudes tantos
vicios
- ¿qué
fuera, pues tan largo te me ofreces?
-
- Si en
vez de castigar, me favoreces
- y das
tal paso donde no hay servicios,
- a quien
te sirve bien me das indicios
- de los
bienes sin número que
ofreces.
-
- Pues no
pido, Señor, que me regales;
- trabajos
pido, penas y deshonras;
- que
arranques, quemes, cortes y
deshagas.
-
- Que si
aquí no se purgan tantos
males,
- temo en
tanto regalo y tantas honras
- otra
purga mayor o nuevas llagas.
Francisco
de Jesús
|
|
|
|
- Soneto
a San José
-
- JOSÉ
divino, pues que Cristo pobre
- padre
os quiso llamar desde el pesebre,
- ¿quién
duda que en los cielos os requiebre
- y honor
y gloria como a padre os sobre?
-
- ¿
Quién duda que milagros por vos
obre
- y
cuando algún devoto vuestro
quiebre,
- quién
sino vos hará que se celebre
- el
llanto de su culpa y gracia cobre?
-
- Porque
si tantos años de costumbre
- tuviste
de aplacar la sed y hambre
- a Dios
del cielo en cuanto al ser de
hombre,
-
- claro
está que gozando allá su
cumbre,
- los
serafines en copioso enjambre
- os
cantarán tal gala y tal
renombre.
Francisco
de Jesús
|
- Oyendo
cantar a un ruiseñor junto a una
rosa
-
- Aquélla,
la más dulce de las aves,
- y
ésta, la más hermosa de las
flores,
- esparcían
suavísimos amores
- en sus
cánticos y nácares
suaves.
-
- Cuando,
suspensa entre cuidados graves,
- un
alma, que atendía su
primores,
- arrebatada
a objetos superiores,
- les
entregó del corazón las
llaves.
-
- Si
aquí, dijo, en el yermo de esta
vida
- tanto
una rosa, un ruiseñor eleva,
- tan
grande es su belleza y su dulzura,
-
- ¿cuán
será la floresta prometida?
- ¡Oh
dulce melodía siempre nueva,
- oh
siempre floridísima
hermosura!
Jerónimo
de San José (s. XVII)
|
|
|
|
- La
oración del ateo
-
- Oye mi
ruego Tú, Dios que no
existes,
- y en tu
nada recoge estas mis quejas.
- Tú
que a los pobres hombres nunca dejas
- sin
consuelo de engaño. No
resistes
-
- a
nuestro ruego y nuestro anhelo
vistes.
- Cuando
Tú de mi mente más te
alejas,
- más
recuerdo las plácidas
consejas
- con que
mi alma endulzome noches tristes.
-
- ¡Qué
grande eres, mi Dios! Eres tan
grande
- que no
eres sino Idea; es muy angosta
- la
realidad por mucho que se expande
-
- para
abarcarte. Sufro yo a tu costa,
- Dios no
existente, pues si Tú
existieras
- existiría
yo también de veras.
Miguel
de Unamuno (Bilbao,
1864-1936)
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-
-
-
- Señor,
no me desprecies...
-
- Señor,
no me desprecies y conmigo
- lucha;
que sienta, al quebrantar tu mano
- la
mía, que me tratas como a
hermano,
- Padre,
pues beligerancia consigo
-
- de tu
parte; esa lucha es la testigo
- del
origen divino de lo humano.
- Luchando
así comprendo que el arcano
- de tu
poder es de mi fe el abrigo.
-
- Dime,
Señor, tu nombre, pues la
brega
- toda
esta noche de la vida dura
- y del
albor la hora luego llega;
-
- me has
desarmado ya de mi armadura,
- y el
alma, así vencida, no sosiega
- hasta
que salga de esta senda oscura.
Miguel
de Unamuno
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- Te
busco desde siempre
-
- Te
busco desde siempre. No te he
visto
- nunca.
¿Voy tras tus huellas?
- Las
rastreo con ansia, con angustia, y no
las veo.
- Sé
que no sé buscarte, y no
desisto.
-
- ¿Qué
me induce a seguirte? ¿Por
qué insisto
- en
descubrir tu rastro? Mi
deseo
- no
sé si es fe. No sé. No
sé si creo
- en
algo, ¿en qué? No
sé. No sé si
existo.
-
- Pero,
Señor de mis andanzas,
Cristo
- de
mis tinieblas, oye mi
jadeo.
- No
sufro ya la vida, ni
resisto
-
- la
noche. Y si amanece, y yo no
veo
- el
alba, no podré decirte: «He
visto
- tu
luz, tus pasos en la tierra, y
creo».
Juan
José Domencrina (Madrid,
1898-1959)
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- Jesús
del Gran Poder
-
- Jesús
del Gran Poder, Señor, Dios
mío...
- Si en
medio de la noche sevillana
- aparece
tu efigie soberana
- entre
gotas de llanto y de rocío...
-
- Si de
tu santa faz el sol sombrío
- antes
que el astro enciende la
mañana
- y de tu
sangre la Divina grana
- eterna
corre como fluye el río...
-
- Y
vuelven a bajar las golondrinas
- a
quitar de tu frente las espinas
- al
mandato de Amor, eterno y fuerte.
-
- Ríndese
el mal y el odio. Y tu
«Carrera»
- al
hombre enseña, al fin, de qué
manera
- puede
ser Dios un condenado a muerte.
Manuel
Machado (Sevilla, 1874-1947)
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- Domine,
ut videam
-
- I
- "Mi
Vida, mi Verdad y mi Camino
"
- Yo
sé bien que eres Tú. Pero te
busco
- y
¡en qué mirajes la mirada
ofusco,
- o en
qué negrura el paso
desatino
!
-
- Sin
duda es verde aún la pobre
rama
- que en
tu divino fuego arder quisiera,
- y
airado la separas de la hoguera
- porque
indigna la juzgas de tu llama
-
- No
sé, no sé, Señor, a
dónde llego
- corriendo
tras tu sombra
En cualquier
parte,
- buscándote
me angustio y extermino.
-
- ¡Dame,
Señor, la mano, que soy
ciego!
- Ponme
en la senda donde pueda hallarte:
- ¡Mi
vida, mi Verdad y mi Camino!
-
-
-
II
- Ya me
maté a mí mismo, pues no
quiero
- con
hombre nada y en Ti sólo
fío,
- y a tu
infinita caridad confío
- cuanto
sólo de Ti, Señor,
espero.
-
- Sólo
contigo familiar sería
- si
Tú me hablaras
Y ¡qué
humildemente
- sin
guardar nada, corazón y
mente,
- si los
quisieras Tú, te
entregaría!
-
- Tómamelos,
mi bien, que esta jornada
- correr,
de todo peso libre, ansío,
- porque
en Tu Gracia pronto se
concluya
!
-
- Yo
sé de sobra que no valen
nada.
- mas,
pues dejé mi voluntad, Dios
mío,
- hazme
saber al fin cuál es la Tuya.
-
-
III
- ¡Gracia,
gracia, Señor, que el amor
quiere
- yo todo
tuyo, mas Tú todo
mío
!
- Porque
la mar lo espera corre el
río.
- Y a los
besos del sol la rosa muere.
-
- Amor,
que a toda gloria se prefiere,
- la
muerte vence, mas no vence el
frío
- Eco no
halla la voz en el vacío.
- No
viva, Rey del alma, quien no espere.
-
- Mas, si
a vivir amando me destinas,
- da pan
al hambre mía, aunque sea
poco;
- agua a
la sed en que me ves deshecho.
-
- ¡Del
alma en sombras a las hondas minas
- un
rayito de sol
! &endash;Y, Él:
"Calla, loco,
- siempre
el amor acaba satisfecho!"
Manuel
Machado
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- Kyrie
Eleison
-
- La
Caridad, la Caridad, la
Caridad
- Tus
llagas otra vez, Señor, al mundo
muestra,
- y tu
corona de espinas, y tu diestra
- horadada
por el clavo de la impiedad.
-
- Dinos
de nuevo aquella palabra que nos
hace
- llorar,
y nos derrite la maldad en el pecho,
- y nos
da paz, amor y olvido. Y satisface
- como el
correr seguro del río por su
lecho.
-
- Y que
un pasaje matinal, y que una buena
- esperanza
nos den la alegría piadosa,
- y que
sea el amor de dios nuestra verdad.
-
- Que
seamos buenos para librarnos de la
pena.
- Y que
nunca olvidemos esta única
cosa:
- ¡La
Caridad, la Caridad, la
Caridad!
Manuel
Machado
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- Oración
a la luz
-
- Señor:
Yo sé que en la mañana
pura
- de este
mundo, tu diestra generosa
- hizo la
luz antes que toda cosa
- por que
todo tuviera su figura.
-
- Yo
sé que te refleja la segura
- línea
inmortal del lirio y de la rosa
- mejor
que la embriagada y temerosa
- música
de los vientos en la altura.
-
- Por eso
te celebro yo en el frío
- pensar
exacto a la verdad sujeto
- y en la
ribera sin temblor del río;
-
- por eso
yo te adoro, mudo y quieto;
- y por
eso, Señor, el dolor
mío
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