AbandonoLa vida oculta en Dios

Capítulo II – La acción de Dios

EL DESEO DE LA PERFECCIÓN

El deseo de la perfección debe ser constante, pues sin ello no se suman nuestros esfuerzos. En nuestra vida habrá paréntesis, vacíos y, acaso, algo peor. Cuando un hombre que edifica una casa se detiene en su trabajo por falta de materiales o de valor para continuarla, tal vez piensa que cuando tenga valor o materiales no tendrá que hacer sino reanudar en el mismo punto su interrumpida construcción. Nada de eso. Pues durante este tiempo habrán intervenido los agentes físicos: la lluvia, el viento, la nieve, el hielo, el calor, el frío habrán ejercido su influencia. La casa se desmoronará piedra a piedra, acabará por caer y hasta sus mismas ruinas perecerán.

Pues así sucede en la vida espiritual, cuando un alma deja apagarse en su corazón ese deseo de perfección: piensa que ha de poder recuperar sus ímpetus; pero no, nada de eso, aquella alma desciende hacia el abismo.

Y es que acumula los obstáculos entre ella y Dios. Porque en el proceso de la perfección, «quien no avanza retrocede». Bien sé que un alma, a pesar de ésas interrupciones, puede recuperar su fervor y reparar sus períodos de imprudencia, pues Dios es misericordioso. Pero eso es misión de la misericordia; y en la vida espiritual hacen falta la sabiduría y la prudencia. Mirad, si no, las vírgenes prudentes y las vírgenes locas; también estas últimas amaban, pero su amor no fue lo bastante constante.

El alma que de verdad quiere encontrar a Jesús, iluminada por el Espíritu Santo, comprende que le importa mucho no perder el tiempo en vanas búsquedas. Los menores retrasos constituyen para ella una desgracia o un martirio. Nunca es demasiado pronto para hallar a Dios.

 

EL DESEO DE LA UNIÓN PLENA CON DIOS

Podemos pedir la unión profunda con Dios, pero con una condición: la de que sea oculta. Conviene que aspiremos a ella. En la unión con Dios hay varios grados, varias etapas por recorrer. Pero hay que subir siempre. Podemos crecer constantemente en esta intimidad. Los teólogos, aun los más severos, dicen que un alma que ha recibido ya algunos valores místicos puede desear su continuación.

¡Qué puede haber más perfecto que esta unión, puesto que la perfección consiste en que cada cual vuelva a su principio para encontrar en él su acabamiento! ¡Qué puede haber más profundo, puesto que todo sucede en lo más intimo del alma en ese santuario interior en donde habita Dios! ¡Qué puede haber más puro, puesto que esa unión supone la armonía, el alejamiento de todo cuanto difiere de quien es la santidad misma y puesto que se realiza entre dos espíritus! ¡Qué puede haber más precioso, puesto que por ella Dios se da al alma con todos sus tesoros! ¿Dónde hallar, pues, más luz, más calor, más energía, más paz, más alegría? «Pero mi bien es estar apegado a Dios».

Indudablemente, no conviene imponerse a Dios; es inútil y es perjudicial. Invita «de hecho» a quien le place. Pero espera que le deseemos, que le pidamos, que le llamemos, que le preparemos nuestra alma por un amor delicado y generoso, constante y abandonado, y tiene derecho a ello. Ése es, pues, nuestro deber. «Ven, Señor Jesús». Velad dulcemente y deseadlo siempre en paz.

 

SU INVITACIÓN VIENE AL ALMA DESDE DENTRO DE SÍ MISMA

¿Pero cómo esperarte realmente? ¿Dónde estás? ¿Cuál es el camino que lleva hasta Ti? Y te oigo responderme: «¡Pero si estoy dentro de ti! Si quieres encontrarme, ven adonde habito y me daré a ti.» «¡Que Tú estás en el interior, en lo más íntimo de mi alma! ¡Si yo pudiera acabar de comprender esas pocas palabras! ¡Si supiera separarme de todo, abandonarme a mí mismo, para adelantarme luego hacia Ti, acercarme a Ti y llegar al menos hasta la puerta de tu santuario, oh dulce Trinidad!»

 

DIOS ES QUIEN LA ESCOGE Y QUIEN LA ATRAE

Eres Tú quien escoges libremente las almas a quienes quieres convertir en tu morada permanente, a las que quieres separar de todo, purificar, enriquecer, elevar, recibir en Ti, dentro de Ti, para que te contemplen, en cierto modo como Tú te contemplas, para que te amen del modo como Tú te amas, y para que vivan -imperfecta sin duda, pero realmente- de tu vida trinitaria. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros…».

Sí, sólo Tú, Dios mío, eres el que empiezas, continúas y acabas esta hermosa labor. Sin duda que pides el consentimiento y, cuando ha lugar el concurso del alma. Pero eres Tú quien primero le enseñas que posee en el fondo de sí misma esa perla preciosa, ese tesoro oculto del Evangelio. Pues ella ignoraba su verdadera riqueza.

Ella no buscaba la verdadera dicha allí donde está. Vivía sobre todo en el exterior y del exterior. No vivía en el interior y del interior porque verdaderamente no sabía. «¡Si conocieras el don de Dios!» Pero poco a poco le has instruido e iluminado. Y ha empezado a comprender. Sus ojos, atónitos y embelesados, se han abierto. Unos horizontes totalmente nuevos, infinitos, le han aparecido con dulce y agradable luz. Y no es que esta luz, al menos lo más a menudo, se proyecte sobre otras realidades que no sean las de la fe, sino que casi hace ver y coger estas realidades. Tú, Dios mío, ya no eres para el alma un ser lejano, confusamente entrevisto, abstractamente pensado, sino el Dios vivo y presente, la Verdad, la Belleza, la Bondad perfecta y concreta, ka nunca Realidad que merece verdaderamente este Nombre. El alma comprende entonces de un modo práctico que Tú eres su Todo, que no hay nada para ella fuera de Ti y que la verdadera riqueza es la de poseerte. Y entonces te desea con un deseo ardiente, imperioso, que le asombra, le aterra y le encanta a un tiempo.

 

PRESENCIAS Y AUSENCIAS DE DIOS

La vida espiritual, salvo en su última fase, se desarrolla así: Lo perdemos, lo buscamos y volvemos a encontrarlo: «Estás ahí, Dios mío; soy feliz al saberte presente.»

Sí, Dios obra de ese modo. Viene y luego se va para que lo busquemos de nuevo. ¡Oh, cuándo acabaréis de comprender que hemos de buscarlo por Él sólo y no por el gozo que da su presencia!

Tenemos que recibir las gracias de Dios sin demasiado entusiasmo natural para no sentirnos demasiado abatidos cuando la gracia sensible disminuya. Conservad siempre una gran calma. Dios no actúa sino en la calma.

Cuando Jesús se esconde, nos tenemos que poner a buscarlo con todo nuestr0 corazón. No podemos vivir sin Él. Sin embargo, no podemos poseerlo siempre. Tenemos, pues, que buscarlo, pero que buscarlo sin tregua.

Lo encontraremos en esa alma entenebrecida a la que iluminamos, en esa alma entristecida a la que consolamos, en esa alma abatida a la que alentamos, o en esa alma dichosa de Dios a la que admiramos y a la que envidiamos.

Lo encontraremos también en el Tabernáculo, en donde se esconde y en donde se da. Lo encontraremos en nosotros mismos, en el fondo nuestro propio corazón. Está allí de un modo misterioso, que no es el de la presencia eucarística, pero que, sin embargo, es muy real. En el fondo, la manera de encontrar a Jesús, por todas partes, es la de llevarlo con nosotros mismos por todas partes, lo sintamos o no.

No os canséis de buscar a Dios. Decidle a menudo que se esconda en lo más íntimo de vosotros mismos y que os haga saber sin ruido de palabras que Él está allí de verdad y que está allí para vosotros. Permitidle que ilumine, que fortifique, que abrase vuestra alma. Pedidle que se digne gobernarla desde ese fondo íntimo en el que se oculta y se revela a un tiempo.

Vuestro sufrimiento viene de que no veis. Haced con frecuencia esta oración del ciego: «Señor. Haz que vea»». Entonces, por no sabemos qué medio. una advertencia sobre vuestros defectos, una lectura o una palabra de Dios os iluminará y os dará la luz que buscáis.

Lo que me parece, que constituye un obstáculo es el temor. Por humildad, por timidez, tenemos miedo de Dios. No vemos en Él más que la Grandeza infinita, la Omnipotencia, la Majestad, y solemos olvidar la Bondad, la Misericordia, la infinita condescendencia de ese Dios que se hizo hombre por amor hacia nosotros. Él dijo: «Venid a mí todos» y tememos ir a Él. Él ha dicho: He aquí este Corazón que tanto amó a los hombres, y temblamos de ser amados por Él. Modicae fidei!.

 

NECESIDAD DE LAS PURIFICACIONES PASIVAS

Para amar a Dios, para amar a las almas como conviene, nos hace falta un corazón puro, desinteresado. Pureza de los sentidos, pureza del espíritu y de la intención: ésas son las dos condiciones y también los dos frutos de la verdadera dilección.

El amor que Dios derrama en nuestra almas es todo espiritual; es una participación de su Espíritu. Indudablemente puesto que Dios nos hizo compuestos de cuerpo y de alma, de materia y de espíritu, todo afecto sobrenatural debe repercutir normalmente en nuestra sensibilidad. No es el alma sola la que ama, es todo el hombre. Y si el pecado original no hubiera venido a turbar el orden establecido entre nuestras facultades, no tendríamos que inquietarnos de regular nuestra sensibilidad conforme a la ley de la razón y de la fe. Pues esta regulación se haría por sí misma y muy bien.

Pero puesto que el orden ha sido turbado, la primera tarea que se impone es la de restablecerlo. Puesto que nuestros sentidos buscan su satisfacción independientemente de la razón y a menudo contra ella, hay que disciplinarlos por un esfuerzo paciente y perseverante. Son servidores. no dueños. Tienen que informar, que ejecutar, y no les toca mandar y menos todavía turbar. Todas las veces que se descarrían fuera del camino recto, hemos de volverlos a él, de grado o por fuerza. Y el mejor medio de domeñarlos consiste en privarlos. Al principio murmuran, gruñen, incluso procuran amotinarse. Pero si la voluntad se mantiene firme, concluye con su insubordinación. Poco a poco se callan y acaban por obedecer. A cambio, y de vez en cuando, la voluntad deja que llegue hasta ellos, en la. medida de lo posible, un poco de esa felicidad con que el amor divino la embriaga; y eso es para los sentidos un paladeo anticipado de los purísimos goces que el Cielo les reserva después de la Resurrección.

Pero la Gracia prosigue su obra; va ésta del exterior al interior, de los sentidos a la memoria, y sobre todo a la imaginación. La lucha se hace más dura; también más larga. El enemigo que hemos de vencer es de una. agilidad y de una movilidad increíbles. En el momento en que creemos tenerlo por fin dominado, se nos escapa de las manos. Y, sin embargo, es de máxima importancia someterlo al régimen del amor. Corresponde, en particular, a la imaginación el cometido de aportar como a pie de obra a nuestro espíritu los materiales de donde ha de sacar éste todas sus construcciones. A su vez, el espíritu la utilizará para dar relieve, color y vida a sus pensamientos, a sus deseos, a sus voliciones. Sus órdenes pasan a través de ella, y es ella la que pone en movimiento todas las facultades de ejecución.

Nunca se dirá lo bastante cuánto importa al alma que quiere servir a Dios, tanto interior como exteriormente, el disciplinar a esta preciosa, pero terrible potencia mortificándola.

Es preciso, pues, que la imaginación aprenda también -ella sobre todo- no a preceder, sirio a seguir, no a ordenar, sino a obedecer, no a buscar lo que le place, sino a contentarse con lo que se la quiera dar. Si aun tu gracia, Dios mío, para purificarla más a fondo, la sumerge largos días en la amargura, el sufrimiento y la noche, ella tiene que aceptar esta prueba como justo castigo de sus descarríos, como necesario enderezamiento de sus vías oblicuas y tortuosas, y como indispensable preparación al papel que desde ahora tendrá que desempeñar bajo las órdenes de tu amor. Esta divina educación durará todo el tiempo que sea necesario para que los fines que Dios persigue estén asegurados. Pero también, ¡qué encanto para el alma interior cuando, una vez terminada esta tarea, se vea liberada por fin de esa importuna -cabría decir que de esa loca- y cuando se sienta reina de su propia casa y reina obedecida, respetada, amada!

Cuando la sensibilidad ha quedado así bien sometida a las órdenes del amor de Dios, todavía no se ha dicho, sin embargo, la última palabra de su obra purificadora. La. labor más necesaria no se ha hecho aún, o al menos no está acabada. Pues el desorden entró en el hombre y se instaló en él por las facultades superiores. Será preciso, pues, que la Gracia vuelva a subir hasta esas alturas, penetre hasta esas profundidades, para reparar lo que el pecado destruyera, y para restablecer en una armonía suficiente lo que dividiera y enfrentase. En lugar de convertirse en la medida de las cosas, la inteligencia tendrá que adaptarse a la suya. Deberá ingresar en la escuela de las realidades salidas de las manos divinas y en la de las mentes más dóciles y más penetrantes que en el transcurso de los siglos estudiaron aquéllas y se esforzaron por verlas tales y como las ve Dios que las creó, es decir, como desde dentro. Deberá sobre todo, someterse a tu propia escuela, Dios mío, que eres la eterna Verdad.

Lo que le importará conocer por encima de todo es a Ti mismo. Pero nadie te conoce como te conoces Tú. Nadie sino Tú mismo puede, pues, decir lo que Tú eres. Claro que las criaturas le hablan ya mucho de Ti, ¿pero cómo van a revelarle lo que en el fondo ignoran, es decir, tu vida íntima? Cierto también que en tu bondad te dignaste enviarnos a tus profetas, y a tu mismo amado Hijo para que te explicase. Pero a Él y a todos ellos les fue absolutamente necesario emplear palabras humanas para cumplir tan santa misión, puesto que entonces hablaban como hombres que se dirigían a otros hombres. ¡Cómo lograr que el Ser Infinito que Tú eres pudiera contenerse en unas cuantas sílabas de nuestra pobre lengua! Los desbordas por todas partes. Y lo que de Ti nos dicen, lejos de calmar nuestra hambre, la excita y la aviva.

El ideal seria, pues, que pudiéramos entrar en tu escuela, que nos convirtiésemos en tus discípulos directos, ya que Tú estás dispuesto a. convertirte en nuestro Maestro. Pero entonces es cuando se nos impone la rigurosa. purificación de nuestras facultades superiores, desde el mismo fondo de nuestra alma. Porque Tú, Dios mío, eres puro espíritu, y espíritu de santidad. Y para ser admitido en tu escuela, para escucharte, para comprenderte, para gustarte, es preciso ser puramente espíritu. Sólo que nuestra alma, hundida desde hace tanto tiempo en la materia, se halla ya como revestida de todas sus formas. Ya no sabe comprender y gustar sino lo que está en el orden de las cosas que caen bajo los sentidos. Y de tanto vivir en lo sensible ha olvidado su vida propia, que es la. vida de un espíritu. Es necesario, pues, que tu amor penetre en ella para purificarla y aun osaríamos decir que para. refundirla. Tarea dura, y transformación dolorosa, pero muy necesaria.

 

DIOS VACÍA POCO A POCO EL ALMA PARA ENTREGARSE A ELLA

Tú, Dios mío, apartas al alma progresivamente de todo lo que no eres Tú. A su alrededor y en ella misma se hace el vacío. Nada que no seas Tú le dice ya nada. Sus mismos ejercicios de piedad carecen para ella de todo encanto. Ya no le alimentan. Al advertirlo se llena de inquietud. Sin embargo, y a pesar de realizarlos con escasa satisfacción y poco éxito, no los abandona, pues son para ella un motivo de pensar en Ti y de aproximarse a Ti. Ahora bien, pensar en Ti, acercarse a Ti constituye para el alma una dolorosa y deliciosa necesidad. Desde dentro, Tú ejerces sobre ella una misteriosa atracción de la que se da cuenta vagamente y que ya. no le permite dedicarse a sus rezos y a su oración como solía. Ello es debido a que tu amor la. envuelve dulcemente y la sitúa en ese descanso que es totalmente nuevo para ella. ¡Qué feliz es, entonces, a pesar de su turbación! Querría poderse quedar siempre bajo ese misterioso encanto, ni cuyo origen ni cuya naturaleza acaba. de entender. Diría muy gustosa: «¡Señor, qué bien estamos aquí»; y por eso cuando cesa el encanto, su mayor deseo es volver a disfrutarlo. Pero Tú no sueles satisfacer inmediatamente ese deseo. Con todo, si el alma sabe mantenerse en la soledad interior, no tardarás en visitarla. Menudearás tus venidas, y cada vez te quedarás más tiempo. ¡Si pudieras quedarte siempre! ¿Y por qué no? ¿Acaso no es ése tu deseo, Dios mío, y el fin que persigues constantemente, a pesar de las incomprensiones y de las resistencias más o menos conscientes del alma? Tú eres todo felicidad. Y querrías que toda criatura que fuera capaz de ello comulgase lo más y lo antes posible en esta beatitud tuya que eres Tú mismo. Esperar al fin de la vida es demasiado esperar para tu amor. Y por eso invade tu amor poco a poco al alma fiel. Empieza por apoderarse de la voluntad, potencia para amar, y luego de las demás facultades, para unirlas a ellas, o al menos para no permitirles turbarla. Y si es necesario a tus designios, llega a inmovilizar a. los mismos sentidos para que el alma, por lo. que hay en ella de más espiritual, pueda ser toda de tu amor. Restablecerás la armonía más tarde, cuando hayas hecho la conquista total y cuando Tú y ella. seáis dos, pero en un solo espíritu y en un solo amor.

Ésta será la hora de la unión perfecta y permanente. Tú vivirás tu vida. en el a1ma y el alma vivirá en Ti con tu propia vida. Y después de esto ya no habrá más que el cielo.

 

DIOS ABRASA EL ALMA

El amor de Dio es una llama ardiente. Antes de transformar el alma, destruye, abrasa, consume. Todo lo que le es contrario debe desaparecer. Esté periodo de la vida interior es particularmente doloroso. Es una época de purificación; el alma es arrojada al crisol; todas sus escorias suben del fondo a la superficie; ve entonces toda su fealdad y saborea cruelmente su amargura. A veces llega a experimentar la impresión de que esas lacras forman parte de sí misma y de que jamás podrá deshacerse de ellas. Pero, en el fondo, el alma es bella porque es pura, y a su voluntad le horroriza todo este mal.

A quien no viera más que el efecto de estas duras tribulaciones, le parecería como calcinada por ese fuego misterioso, ennegrecida, sin forma y sin belleza. Está como desfigurada, deformada. Todos los pensamientos que poco a poco se habían apoderado de su mente y la habían hablan moldeado a su imagen, todos los afectos que se habían infiltrado en su corazón yu lo habían hecho semejante a su objeto, todos los recuerdos que impregnaban su memoria hasta el punto de absorberla, todo eso ha desaparecido. Durante la prueba todo ha sido cortado, arrancado, quemado. El alma ya no es la misma, y en este sentido es irreconocible. Se ha afeado con esa fealdad que resulta de la privación de una falsa belleza. Pero se ha embellecido con la verdadera belleza, con la que es una participación en la Belleza de Dios. No se destruye sino lo que se sustituye. Y el alma interior, despojada de cuanto formaba su aparente riqueza, ha empezado a revestirse de la Belleza de Dios.

Para unir, el amor de Dios debe, ante todo, separar. Y aquí ya no se trata de aflojar los vínculos que unían al alma. con su cuerpo, sino de penetrar en el mismo seno del alma para liberar allí lo que hay de más perfecto en ella: «el espíritu», a fin de que la unión con Dios, que es Espíritu, pueda realizarse plenamente. Sobrevienen entonces unas angustias dolorosas, deliciosas, inexpresables. Es una. vida nueva que se insinúa hasta las profundidades del alma y que lo cambia todo en ella. El alma. ya no se reconoce. Es otra, aunque siga siendo ella misma. La impresión de muerte es tan viva, que grita pidiendo socorro. Pero comprende que nadie puede venir en su auxilio. Le sería preciso el Cielo, y todavía no ha llegado la hora.

 

Y LA DEJA RECAER EN SU MISERIA NATIVA

A veces, Dios mío, después de haber elevado el alma interior hasta Ti y de haberle hecho gustar los goces de tu intimidad, luminosa. y sosegadamente, te place volver a dejarla. caer, de pronto, hasta el fondo de su miseria nativa. La envuelven entonces las tinieblas, el frío se adueña de ella y la paraliza, y suben hasta sus labios oleadas de amargura. Le parece que su dicha no fue más que un sueño. Se siente más «pecadora» que nunca. Todo en ella le parece fealdad y mancha. Nada es puro a sus ojos, ni lo que es, ni lo que hace. Se convierte en un océano de tristeza.

¿Quién sabe si volverá a conocer nunca la alegría de los días felices? ¡Están tan lejos, y, en cambio, el mal está allí, tan real, tan universal, tan tenaz y tan profundo…! Cierto que en lo más íntimo de sí misma le queda una sorda esperanza, pero es tan débil que apenas se atreve a creer en ella.

 

ACEPTAD EN PAZ LA PRUEBA

El sufrimiento que provenga de vuestras tentaciones os será útil desde el momento en que rechacéis con un acto de voluntad todo lo que en vosotros se subleva contra Dios. La caridad y el egoísmo luchan una contra el otro. Y vuestra alma es su campo de batalla consciente. De ahí viene el dolor, que es- un efecto, no una causa. Es el necesario rescate de la purificación. Pero pensad que la unión, al menos la de las dos voluntades, está al término y que se realiza en ese estruendo. Y que esa unión lo es todo para vosotros.

Aceptad ese estado que Dios ha querido para vosotros, entre cielo y tierra. Renunciad cada vez más a las alegrías de este mundo y esperad en paz, confiados e incluso con alegría las tan consoladoras visitas de Jesús Porque ése es el Calvario. Esa, la ley rigurosa del progreso, Y ese el camino de la unión verdadera.

Permaneced, pues, en él, cueste lo que cueste; no salgáis de él jamás, por ningún pretexto. Esperad, esperad, amad, «¿No era preciso que el Mesías padeciese éstos y entrase en su gloria?» El discípulo no está por encima del Maestro. Puede suceder que os sintáis muy lejos de Dios y que, sin embargo, os aproximéis realmente a Él.

No, no estáis fuera de vuestro camino. Al revés. Marcháis por él, pero no lo veis. No tenéis conciencia más que de la oscuridad y de la amargura. Pero Dios hace su tarea. Su luz os ciega. Su dulzura os hace experimentar esa impresión de cenizas y de hiel. Dios está dentro de vosotros y os fortifica. Creed eso sencilla y humildemente. ¿Adónde os lleva? A Él. Sed pacientes. Ocultad vuestra prueba. Si podéis, sonreíd al exterior, pero estad persuadidos de que nadie puede intervenir. Dios está trabajando, hay que dejarle hacer su labor. Por lo demás, nada le detendrá,. Tan sólo vosotros podéis apresurarlo amando y diciendo: «Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad.» Creed nuevamente que éste es un proceso de amor. Os humilla, os purifica en el sentido espiritual y universal de la. palabra, os fortifica y os templa. Sufriréis tanto más cuanto fuera más considerable la tarea:, por realizar y hubiera que hacerla más a fondo, pero todo eso será para vuestra verdadera dicha. Seréis dichosos cuando ya no seáis vosotros mismos y cuando todo se os haya cambiado. Es preciso orar, santificarse y esperar.

No está bien que se analicen y detallen las propias pruebas. Vale mil veces más concluir de una vez, orar y acudir directa e inmediatamente a Dios. Tenemos que volvernos francamente hacia Dios y darnos a Él totalmente a pesar de la repugnancia de la naturaleza.

Orad, escudriñad el fondo de vuestro corazón; consultad, leed si es necesario. Pero lo que sobre todo os iluminará será la oración confiada.

CONTEMPLACIÓN FELIZ Y CONTEMPLACIÓN DOLOROSA

Puede haber contemplación feliz y contemplación dolorosa, y, a veces, esta última ocultará en parte los fenómenos místicos. Pero parece que incluso en la contemplación dolorosa hay conciencia de la unión, al menos en la más alta cima del alma, pues sin eso los Santos no podrían soportar la carga de sufrimiento que Dios les impone.

Parece que no hay Santo canonizado en quien no se haya reconocido esta acción mística de Dios. Podemos desear la acción directa de los dones del Espíritu Santo, en el sentido de que obligan al alma al máximo ejercicio de la caridad. Muchos autores previenen, con razón, contra lo sensible en los consuelos espirituales, pero no han de incluirse en esta desconfianza los consuelos superiores con tal de que no nos adhiramos a ellos.

Cabe vivir habitualmente en presencia de Dios sin que los dones del Espíritu Santo se muevan conscientemente como tales y sin que sea necesario que tengamos unas luces especiales de las cuales nos demos cuenta.

Pero también la inversa puede ser verdadera. Yo diría entonces que cabe ser contemplativo sin ser muy virtuoso y que cabe ser virtuoso sin ser todavía contemplativo. ¡Depende de tantas cosas! … De las facultades alcanzadas por la acción de Dios, de la réplica del temperamento, del carácter, de la voluntad…

 

PALABRAS DE DIOS AL ALMA

Me parece, Dios mío, que más de una vez le plugo ya a tu amor hablar a mi alma. Sucedía por lo común en la hora en que menos pensaba yo en Ti. De repente, en lo más profundo de mi corazón, oía yo espiritualmente que una voz dulce y fuerte, precisa y penetrante, me decía una palabra, sí, a veces una sola. Y mi alma, sorprendida, inquieta y dichosa a un tiempo, se sentía transformar, al ser o cumplir lo que aquella palabra le indicaba: «Ama, escucha; cállate, sígueme; busca en el fondo de ti, ten confianza; Yo soy Padre, también lo serás tú; date a Mi y Yo me daré a ti, escóndete dentro de Mi, y dame a manos llenas a las almas.»

¡Oh palabra de mi Dios, qué dulce eres para el corazón amante! ¡Qué fuerte eres también! Tú realizas lo que significas. ¡Tú beatificas!

 

ÉXTASIS Y ORACIÓN

Mientras no otorgas esta gracia al alma, por muy cerca que esté de Ti, se da cuenta de que no está totalmente cogida por Ti. Siente como un malestar espiritual, como una especie de inseguridad. No querría ser perturbada en su dulce ocupación. Pero podría suceder que lo fuera. Lo teme. Y su temor es fundado. No están todavía rotos todos los vínculos con lo que no eres Tú. Aún mantiene cierta comunicación con este mundo sensible que nada puede darle y que, por el contrario, podría volver a llamarla a él, ¡ay!, arrebatándola todo. Sin duda ese temor es débil, sordo, casi inaprehensible, pero existe. Hace sufrir, es una traba. Verdaderamente el alma no puede elevarse para hablarte a sus anchas, cuando siente dentro de si un deseo tan vivo de hacer1o.

Mientras que cuando te dignas desligaría por completo, aunque no sea más que por un instante, ¡qué alegría al encontrarse a solas contigo, casi cara a cara, y al pode decirte sin palabras todo lo que guarda para Ti en el corazón desde hace tanto tiempo! Hace entonces como si Tú no supieras nada de ello. Te lo dice todo. Se abre hasta el fondo. ¡Mira, Padre, todo es tuyo, todo es para Ti! Ya no hay criaturas que puedan estorbar tu mirada y herir tu Corazón. Ya no hay ningún obstáculo entre nosotros. Yo te hablo y Tú me escuchas. Yo te miro y Tú me contemplas complacido. Nadie nos oye, nadie nos ve. Nadie sabe que yo estoy aquí contigo, en Ti. Lo ven los ángeles…, lo ven los Santos… Pero ellos no sabrán de nuestra intimidad más que lo que Tú quieras revelares. Además, que su mirada no es indiscreta; por el contrario, se sienten dichosos de lo que ven. Y si es necesario, excitarán mi alma para alabarte, para bendecirte, para amarte todavía más.

¡Oh Dios mío!, puesto que la oración no es más que la explicación de un deseo, no se te puede explicar bien nuestro deseo de amarte, no se puede orar bien más que en éxtasis.

Si, Dios mío, que nuestro corazón se funda de amor por Ti. Que para ser más libre de amarte sin trabas, deje nuestra alma su cuerpo y que se arroje en Ti como en el foco del amor. ¡Que muera allí totalmente para no vivir ya más que en Ti y por Ti¡ Oh amor, las palabras son demasiado pequeñas para contenerte, y por eso las destrozas; son demasiado débiles para expresarte, y por eso las aplastas! Pero es a mayor gloria suya, puesto que proclaman así por su misma impotencia tu grandeza y tu fuerza.

¡Oh Amor de Dios, ven, haz tu obra, abrásame, consúmeme, devórame, arrebátame. Yo me entrego a Ti, hasta el fondo, para siempre jamás, con un amén infinito!.

 

GRACIAS MÍSTICAS Y ACTIVIDAD EXTERNA

Al principio de las más altas gracias de oración, Dios empieza por absorber toda la actividad externa. Hay un trastrueque. Dios nos distrae de las criaturas y de nuestras ocupaciones, como, por desgracia, nuestras ocupaciones y las criaturas nos distraían habitualmente de Dios. Cuando el género de vida no permite este estado de absorción Dios tiene compensaciones. Pero actúa así, al menos, durante la oración. Por ejemplo, Santa Catalina de Ricci. Ni la Santa ni sus superiores se daban cuenta de lo que sucedía en ella. Era aquello una completa ligadura.

Luego sucede un estado de malestar. La acción de Dios estorba la acción del alma sin suprimirla por entero.

Por fin, Dios, Dueño absoluto del alma, le devuelve la posesión completa y perfecta de sus facultades, sin que ella abandone la unión divina. Se producen entonces unas obras excelentes, sin proporción con las fuerzas humanas, como las fundaciones de Santa Teresa y de la. Venerable María de la Encarnación.

El alma entregada totalmente a Dios y al servicio del prójimo vive a la vez y sin esfuerzo en dos mundos diferentes.

Cuando en los casos de unión total hay éxtasis, ya no hay uso de los sentidos. Pero no se confunda la levitación, la rigidez de los miembros, con el éxtasis. Pues estos fenómenos no son necesarios. Puede haber un desasimiento casi completo de los sentidos sin que los demás se percaten. Podría creerse en un adormecimiento, pues la vida física está aminorada, los sentidos sólo tienen un papel debilitado, amortiguado e incluso el vecino puede no darse cuenta de nada.

Este estado dura poco, pero, con alternativas de recuperación de facultades, puede prolongarse mucho tiempo.

Pero el acto de la unión no puede durar in-definidamente sobre la. tierra. La unión, ciertamente, es actual; es un estado que supone un acto infuso de amor de Dios. Podemos compararlo a una corriente subterránea, o a un brasero de brasas muy rojas bajo la ceniza. De vez en cuando brotan de él haces de llamas; pero si continuamente hubiese llamas, la vida no las resistiría. San Juan de la Cruz lo dice expresamente. Pero el brasero es ardiente y su irradiación puede ser muy grande.

 

LOS «PIANISSIMOS» DE LA UNIÓN: NUEVAS BÚSQUEDAS DE DIOS

La intimidad consciente del alma con Dios no se mantiene constantemente en su grado máximo. Pues aunque en ciertas horas es muy viva, por lo común es más bien latente, sorda, semiinconsciente. En una palabra, todavía no es perfecta. En esos momentos demasiado largos que podrían llamarse los «pianissimos» de la vida interior, la unión sigue existiendo. Dios sigue siendo el bien del alma, y el alma sigue siendo el bien de Dios. Dios no duda del alma, como tampoco el alma duda de Dios. De una y de otra parte sigue existiendo la más delicada fidelidad. Y con todo, sin embargo, a veces el Esposo divino parece alejarse. Si alguien preguntase entonces al alma interior: «¿Dónde está tu Dios? ¿No te ha abandonado?», ella respondería con toda la sinceridad de su corazón: «Cierto que ya no disfruto tan vivamente de su presencia. Pero no me ha abandonado. Pues sé dónde está y lo que hace: Pastorea entre azucenas».

Pues Jesús tiene otras ovejas a las que ama y de las que se ocupa. Y ellas constituyen su rebaño.

Pero Dios continúa ocultándose y pasan las horas. La esperanza persiste en nuestro corazón. Puesto que Dios se oculta, ¿no tendremos que buscarlo? Y si sigue ocultándose siempre, como es su derecho, ¿no será menester que lo sigamos buscando siempre, como es nuestro deber?

El alma interior debe entonces, sobre todo, proclamar muy alto y sinceramente, a pesar de que le cueste, el derecho de su Dios a entregarse cuando le plazca. Todavía no ha mucho le bastaba con recogerse, con volverse hacia el fondo de sí misma para encontrar allí a su Dios y para disfrutar en paz del gozo de su presencia y de su posesión. Pero he aquí que ahora, por más que hace para volver a ese fondo íntimo que es como el lugar de su descanso para encontrar en él a «Aquel a quien su corazón ama», queda sola allí pues Dios así lo quiere. ¡Dolorosos momentos de la vida interior, en los cuales parece como si las gracias de antaño no hubieran sido más que un relámpago que se extinguió en la noche y que nunca más volverá a brillar ya! Si la fuerza divina no la sostuviera sin ella saberlo; si la paz, una paz de fondo, no. le diera una cierta seguridad de que todo está bien así, el alma interior abandonaría su búsqueda y se desalentaría. Pero no hemos de hacer tal cosa, tenemos que perseverar siempre.

El alma interior no puede resignarse a la ausencia de Dios. Lo ha buscado donde solía encontrarlo, donde Él se dignaba entregarse a ella, es decir, en el fondo de si misma, pero ha sido en vano. ¿Qué hará entonces? Permanecer en una estéril inacción es imposible. El amor que no actúa no es verdadero. Puesto que el Amado no viene hacia el alma, el alma irá hacia Él. Me levanté y recorrí la ciudad… buscando al Amado de mi alma. ¿Pero dónde está? ¿Qué dirección tomar para encontrarlo? No puede estar más que en esa ciudad que es la suya, en la ciudad de Dios: «Si diéramos la vuelta a la ciudad, si visitásemos luego todas las plazas, si recorriésemos, una por una, todas sus calles, ¿no tendríamos la suerte de encontrarlo?»

Y así comienza esa ardiente búsqueda. El alma interior espera encontrar a Aquel a quien ama, antes que en ningún otro sitio, en el Cíelo, puesto que Él vive allí. Y lo escudriña todo. Lo recorre en todos los sentidos. Suplica a los ángeles y a los Santos, sobre todo a la Santísima Virgen María, que le hagan descubrir a su Dios. La escuchan con bondad. Se compadecen de ella. Le animan mucho a que persevere. Pero parece como si hubieran dado una consigna a todos sus amigos de la Ciudad celeste: «Callarse.» Su silencio es como un velo que envuelve y recubre al Santo de los Santos. El alma comprende que, a pesar de su vivo deseo y de su insistencia, ese velo no se levantará. Tú, Dios mío, eres un Dios oculto. Sólo Tú puedes hacer la luz en las tinieblas y mostrarte al alma que te ama. ¿Cuándo lo harás?

E1 alma se vuelve entonces hacia las ánimas del Purgatorio. Tal vez le dirán ellas dónde se halla su Dios y cómo tiene que ingeniárselas para descubrirlo. Pero ¡ay!, que tampoco es más afortunada. «El mal de que padeces -le responden estas almas- es el mismo que nosotras sufrimos. No nos preocuparía el fuego que nos atormenta si poseyéramos a Aquel a quien nosotras amamos también tanto. Lo que aumenta nuestra pena, como aumenta la tuya, es que no sabemos cuándo ese Dios, tan justo y tan bueno hasta en sus rigores, se dignará entregársenos por fin. Nos parece que nuestro «mal de amor» no curará nunca ¡Pobre alma!, te diriges a quien es más desdichada que tú. Si tu Esposo se digna devolverte la alegría de su dulce presencia, acuérdate de nosotras y dile que venga a buscarnos cuanto antes.»

Es menester, pues que volvamos a esta tierra y que llamemos a la puerta de esas almas que sabemos están cerca de Dios. Por lo común, también ellas se esconden. Ocultan sobre todo cuidadosamente el secreto de su vida. Sin embargo, las barruntamos. Las medio adivinamos. Y discretamente, por miedo a que se nos cierren, las interrogamos: ¿Cómo haremos para descubrir el retiro de Dios? ¿Cómo atraeremos hacia nosotros a ese Dios tan bueno? ¿Cómo lo retendremos? ¿Cómo volveremos a llamarlo si está alejado? Habrá ciertamente un arte de agradarle y de conquistarle. ¿Conocéis a alguien que pudiera y quisiera enseñármelo? ¡Deseo tanto aprenderlo, pagaría tan caro por saberlo! ¿Quién se apiadará de mi? ¿Quién iluminará mi camino, quién me tenderá la mano, quién me conducirá hasta su término? ¿Quién me permitirá encontrar. por fin, un Director?» Y todas esas preguntas quedan sin respuesta. Pues las mejores almas son impotentes para proporcionarla mientras Dios no quiera hacerlo. Y el alma desolada sigue repitiendo así el grito doloroso de su corazón: Busquéle y no le hallé.

Dios quiere que el alma interior esté humildemente sometida, como un niño, a quienes lo representan legítimamente sobre la tierra. Estaba esperando esta última actuación para recompensarlas todas de un solo golpe. Por lo demás, le gusta intervenir cuando toda esperanza parece perdida. Afirma así su independencia absoluta. Quiere que sepamos bien que Él es libre de dar cuando le place y como le place. El alma no lo ignora. Y deja así a su Dios el cuidado de concretar la hora de la, recompensa. Entre tanto continúa su camino y prosigue su búsqueda. Y he aquí que su ardiente deseo es atendido. De repente se encuentra cara a cara, por así decirlo, con su Dios. Y como antaño María Magdalena, se oye llamar por su nombre. Y no puede decir más que esta sola frase: «¡Dios mío!»

¡Qué alegría, Dios mío, para un alma que te ha buscado durante tanto tiempo y tan dolorosamente, la de encontrarte por fin! Si reflexionase, apenas se atrevería a creer en su dicha. Pero no reflexiona. Tu presencia paraliza, en cierto modo, su pensamiento. Tú estás ahí. Sus ojos interiores se clavan en Ti. Ya no ven más que a Ti. Están totalmente cautivados. No pueden desligarse de Ti. ¡Es tan bueno, es tan beneficioso, es tan dulce el contemplarte, oh Dios mío, oh «Belleza siempre antigua y siempre nueva!». Además que verte, aun de esa manera imperfecta y velada que permite nuestro destierro, ¿no es ya poseerte? Eso es lo que experimenta, el alma bienaventurada ante la cual te dignas aparecer. Le parece verdaderamente que lo que ve así lo tiene ya y que realmente toma posesión de ello. Y eso no es una ilusión de su corazón.

 

EL DESEO TORTURANTE DE DIOS

Al empezar la vida interior, el deseo de Dios es débil. Es algo sordo, apenas perceptible. El alma siente como un malestar misterioso y dulce que no llega a precisar. Se siente minada en lo más íntimo de si misma. ¿Por qué? No lo sabe claramente. El amor de Dios está actuando en su corazón, pero como un fuego que se incuba bajo la ceniza. De vez en cuando brota una chispa: un impulso eleva el alma hasta Dios. Luego, todo se serena. La oscuridad envuelve otra vez el fondo del alma. La zapa de ésta, sin embargo, no se interrumpe. Prosigue lenta, oscuramente, pero con segundad. El deseo de Dios aumenta: invade poco a poco toda el alma. Y no ha de tardar en manifestarse de nuevo.

En espera de ello, ese deseo de Dios no permanece inactivo. Si pudiéramos penetrar en esta alma, veríamos que él es quien inspira, dirige y vivifica todo en ella. El alma se vuelve hacia Dios sin descanso. Lo busca siempre. Es como un hambre dolorosa. Como una sed agostadora. Como una misteriosa enfermedad que nada cura y todo lo aumenta. Es de todos los instantes. No deja descansar ni de día ni de noche. Incluso cuando el alma parece estar distraída de su dolor por las ocupaciones exteriores, lo siente siempre sordamente en el fondo de sí misma. Su herida es profunda, su llaga siempre está viva. ¡Cómo sufrimos cuando te amamos, Dios mío! Pero también, ¡qué dichoso es una padeciendo!

Llega, por fin, un momento en el que este sufrimiento es intolerable. Acaba por explotar. El alma gime, llora. Clama en alta voz su pena. Le parece que abriendo así su corazón vendrá de fuera un poco de aire fresco para templar el fuego de su amor. Pero todos esos esfuerzos no hacen más que agravar su afortunado mal. Comprende más claramente que nunca que sólo Aquel que causó su herida puede también curarla., Pues el alma tiene hambre y Él es su alimento. Tiene sed, y Él es su bebida refrescante. Es pobre, y Él es su riqueza. Está triste, y Él es su consuelo y su alegría. Agoniza, y Él es su amor y su vida:

«¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios?» «Muero porque no muero».

 

SUFRIMIENTOS PURIFICADORES, SUFRIMIENTOS REDENTORES Y APOSTÓLICOS

A mi juicio, lo que hace tan largos y tan aterradores los sufrimientos del Purgatorio son las ataduras conscientes, las infidelidades directa o indirectamente voluntarias, las resistencias, todo lo que hay de falta de conformidad entre nuestra voluntad depravada y la de Dios.

En las almas que han logrado elevarse hasta un grado de unión mística suficientemente alto, el desasimiento de todo lo creado puede hacerse sobre la tierra con una impresión crucificante muy dolorosa por dos razones:

En primer lugar, por muy purificada que nos parezca un alma, puede tener todavía a los ojos de Dios y a los suyos propios algunos vínculos que la retengan y a los cuales haya de renunciar a toda costa. Los sabios modernos nos hablan de que en cada centímetro cúbico de agua existen de siete a ocho mil millones de microbios que, sin embargo, no vemos en ella. Pues en lo espiritual sucede lo mismo, que tampoco vemos esos átomos que, a los ojos de la santidad de Dios, parecen montañas, y lo son en realidad. «Porque tanto me da que un ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso; porque aunque sea delgado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar» Pruebas que son como la traducción a lengua humana, al sufrimiento humano, del horror que tiene Dios por el menor pecado.

Otras veces, el alma está realmente purificada. Y aunque sufra, no tiene la. impresión de estar separada de Dios. La profunda alegría que tiene de ser suya no puede perderse. Esa alegría coexiste con el dolor más intenso. Es como cuando Jesús conservaba la visión beatífica en Getsemaní y en la Cruz. Las pruebas, sufrimientos, tentaciones de todo género que sobrevienen ya no son purificadoras, sino redentoras. Vistas desde fuera y como superficialmente, tienen el aspecto de pruebas y de tentaciones de principiantes, pero son apostólicas, pues se trata de almas que se ofrecen por otras almas y que sufren exactamente lo que el alma pecadora o principiante sufriría en aquel estado. Es el caso de San Vicente de Paúl cuando padeció dos años, según creo, aquella terrible tentación contra la fe. O el de la última prueba de Santa Teresa del Niño Jesús, que mereció un nuevo florecimiento de la fe en el mundo. Pues por lo que a ella se refiere, estaba certísimamente purificada. O el de la Venerable María de la Encarnación cuando se ofreció por su hijo y por otra alma. Esa irradiación apostólica es cierta, pero no es infaliblemente atendida para determinada persona en particular.

Según San Juan de la Cruz, el alma elevada al matrimonio espiritual ha llegado al estado perfecto, por más que pueda aumentar todavía su caridad como un hombre que ha alcanzado su total desarrollo. Puede todavía merecer y producir frutos cada vez más sabrosos y abundantes. Pero su purificación ha terminado, la estructura interna de la gracia, de las virtudes y de los dones ha concluido.

 

ALEGRÍA EN EL SUFRIMIENTO QUE CONDUCE A DIOS

Yo, Dios mío, no debo proclamarte grande, liberal y magnífico solamente en el momento en que te dignas visitarme y hacerme gustar la alegría de tu dulce presencia, sino también, y tal vez sobre todo, cuando te place abandonarme, y dejarme solo en las tinieblas, en la noche fría y sin fin. Pues hagas lo que hagas, Tú eres siempre grande. liberal y magnífico. En el fondo de todo sufrimiento que viene de Ti escondes una gracia y un gozo. Si soy animoso, si sé comprender, si sé aceptar, y amar, entonces el dolor me arranca a mí mismo, me hace cruzar la zona vacía, me eleva por encima de todo y me lleva hasta Ti, para depositarme en tus brazos y sobre tu Corazón. Sí, Dios mío, del mismo modo que hay un éxtasis de gozo, hay un éxtasis de dolor. «Mi alma magnifica al Señor».

¿Qué importa el camino que conduce hasta Ti, Dios mío, con tal de que llegue a Ti? ¿No es acaso el más corto y más seguro el del sufrimiento? ¿Hay un punto del mundo que esté más cerca del cielo que el Calvario? Y si para entrar en tu gloria te fue preciso sufrir, ¡oh Jesús!, ¿cómo podemos nosotros esperar llegar a ella por otro camino? ¡Pero qué importa!, una vez más, en el fondo. Acercarse a Ti, Dios mío, unirse a Ti, ser admitido en tu intimidad; todo está ahí y sólo ahí está todo. Pues un solo momento de vida divina hace olvidarlo todo, ése es el céntuplo que prometiste Dios mío, y que nos das ya desde este mundo. Déjame decirte mi alegría, mi dicha, mi embriaguez, por sentirme en Ti, por sentirte en mí. Tú no me debes nada. Digo, sí, castigos,. Y Tú me lo das todo,. Lo sé, lo siento, lo capto, lo saboreo.

 

LEVÁNTATE, AMADA MÍA

Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven:
que ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias.
Ya han brotado en la tierra las flores,
ya es llegado el tiempo de la poda
y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.

El invierno es la estación de las tinieblas y del frío. Las noches son largas, los días son pálidos. Ya no hay hojas, ni flores, ni frutos. Los pajarillos se callan. Todo está aletargado, todo parece muerto. También el alma interior ha tenido su invierno. Ha conocido los oscurecimientos del espíritu, los letargos del corazón, esas horas en las que todo estaba frío, en las que todo parecía muerto en ella. Ya no había luz, ni calor. ni. vida. Dios se ocultaba. El alma estaba sola en un desierto sin camino, azotada por todos los vientos, sacudida por todas las tempestades. Era la hora de los misteriosos abandonos; era la agonía; era el calvario. Pero había que vivir esta hora para entrar en la gloria.

¡Pues el invierno acabó para siempre! ¡Y eres Tú, Dios mío, quien se digna anunciárselo al alma! Y tu palabra no puede engañar. Tú eres la Verdad misma. Por lo demás, el alma tiene capacidad bastante para comprobar lo que aquello significa. Podrán sobrevenir- todavía algunos retornos de tinieblas y de frío, pues la tierra no es el cielo; pero esos momentos de prueba serán poco numerosos y no durarán. El invierno acabó. ¡Gracias, Dios mío! Que las almas pasen por esta ruda estación es una necesidad que se impone a tu Sabiduría, pero que duele a tu buen Corazón. Estás como impaciente por ver alejarse a. ese duro invierno. Y en cuanto puedes, se lo ordenas. Te es entonces gratísimo anunciar Tú mismo a tu hija que su prueba ha concluido y que los días hermosos no tardarán ya en venir.

Entre el invierno y la primavera media el periodo de las lluvias. Hace menos frío; está menos oscuro. Los días alargan; de vez en cuando brillan algunos rayos de sol. Pero, por lo común, cae una lluvia gris, monótona, persistente. Apenas se puede salir. El horizonte está cerrado, muy cerca, como al alcance de la mano. En lo espiritual, el alma interior conoce una estación muy semejante. En su espíritu hay menos tinieblas; en su corazón, menos frío. De vez en cuando, le parece que las cosas van a cambiar, y a mejor. Pero lo más a menudo, le envuelve un velo gris. No ve muy lejos delante de ella. ¿Qué habrá detrás de esa cortina sin dibujos y sin colores? Lo sospecha, pero no lo sabe. La espera es larga, monótona, un poco fatigosa para la imaginación. El corazón permanece fiel e incluso lo es cada vez más. Pero al alma le tarda salir de esta especie de prisión. ¡Cuándo vendrás, Jesús!

Y Jesús viene. Anuncia al alma que la estación de las lluvias «ha cesado», que ha desaparecido definitivamente. Y aduce en seguida la prueba: «Ya han brotado en la tierra las flores». El alma, en efecto, no es ya esa tierra endurecida por los fríos o empapada por las lluvias. Se parece al campo en primavera. Está cubierta de flores. La campanilla, valerosa y llena de esperanza, ve brotar a su lado la humilde, tímida y fragante violeta. Surgen luego el meditabundo pensamiento, y el gracioso clavel que vuelve su cabeza, un poco pesada, hacia el sol, como una imagen del alma, rebosante de vida interior y dispuesta a abrirse. Aparecen después el purísimo lirio y, por fin, la rosa primaveral de la caridad. Las flores de las virtudes se muestran en el alma por todos los lados. Forman para ella un aderezo incomparable. Es éste uno de los más bellos espectáculos que existen en el mundo. La primavera de un alma interior es algo arrobador.

En este momento de la vida espiritual, los ojos del alma se abren sobre el mundo. Ve la tierra tachonada de almas en flor. Lo que ella es ahora, lo son también otras. Lo que del trabajo divino capta en si misma lo contempla gozosa en otras almas. Está asombrada, arrobada por tan hermoso espectáculo. Todo lo demás desaparece a sus ojos; ya no ve más que eso. Luego, a medida que las virtudes van desarrollándose en ella, sus ojos se abren más, su mirada se hace más penetrante. Observa mucho mejor la variedad de las formas, la riqueza de los matices y la armonía de los colores. Se ha desarrollado en ella un tacto misterioso. Una pequeñez le basta para adivinar en dónde está la obra de Dios en tal o cual alma. Le parece también que está armada de un sentido nuevo para captar los aromas espirituales, que son tan variados como las virtudes y como las almas. Pues para ella, verdaderamente, hay flores del cielo sobre la tierra.

Cuando el alma tenía frío, – cuando la envolvía la lluvia brumosa y triste de la prueba, no sabía más que gemir dolorosamente o callarse; pero ahora todo ha cambiado. Dios, su verdadero sol, la ilumina, la calienta, la regocija. ¿No es ésta la hora de decir muy alto su felicidad, de cantar? Si, en verdad, «ha llegado el tiempo de la canción». Y ahora el alma interior canta. Empieza ya desde la tierra el canto de amor de la eternidad. Es ésta una melodía misteriosa. El grado de armonía de su voluntad con la voluntad de Dios es su tónica. Cuanto más perfecta es la unión, más se eleva esa tónica. ¡Dichosa el alma cuya acción tiende cada vez más a la completa realización de la voluntad divina! Su voz se eleva hasta la altura del cielo, y esta última nota es la que agrada al oído de Dios. Con ella acaba aquí abajo la melodía, pero para empezar allá arriba, para siempre.

Para animar al alma interior a seguirle, el Esposo le hace observar todavía que el arrullo de la tórtola se deja oír. No hubiera ésta abandonado sus cuarteles de invierno si no hubiera venido la primavera. Uno y otra obedecen a una misma ley. El canto de la tórtola tiene algo dulce, apacible, constante, gratamente monótono. Diríamos que es la voz de un afecto seguro de sí mismo, que para gustarse no tiene necesidad sino de repetirse sin brillo, casi sin ruido, pero también sin pausa. En el fondo del alma interior hay una voz muy semejante. Canta dulcemente y como muy bajo una melodía muy sencilla, que se contenta con unas pocas notas a intervalos muy cercanos: «¡Oh Amor, te amo! ¿Dios mío, Tesoro mío, mi Todo, mi Amor!».

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