AbandonoLa vida oculta en Dios

Capítulo III – La unión con Dios

DIOS, ÚLTIMO CENTRO DEL ALMA

Del mismo modo que, según dicen, la piedra tiende por su peso hacia el centro de la tierra y en él se precipitaría por si misma, como en el lugar de su definitivo descanso, así también nuestra alma tiende hacia Ti, Dios mío, con todo el peso de su amor. En ese movimiento que hacia Ti la lleva podemos considerar algunos centros sucesivos, que son como jalones de etapa, o puntos provisionales de descanso, desde los cuales el alma se lanza de nuevo hacia TI, Dios mío, con una visión más clara de su fin, con un amor más impaciente y unos deseos más avivados que dan a su marcha hacia adelante una aceleración misteriosa. Pero de etapa en etapa, de morada en morada, de centro en centro, el alma llega por fin hasta TI. Y entonces su movimiento se detiene. No tiene ya razón de ser, puesto que el alma ha llegado al término de sus deseos y de su camino. Ha llegado a su fin. Y entonces descansa en él, en la definitiva y apacible posesión de su Tesoro y de su Todo.

 

DIOS, MORADA DEL ALMA

Dios, en efecto, se ha reservado en el fondo del alma una morada en la cual ni siquiera la misma alma puede entrar sin un permiso especial suyo. Y allí precisamente es donde se introduce entonces al alma, no ya para algunos instantes, sino para siempre, según ella cree, Dios le reveló primero la existencia de esta morada. Despertó luego en ella un ardiente deseo de entrar allí. Este deseo creció. Y después de duras pruebas acaba de realizarse. El alma ha entrado por fin en la casa de su Padre. Tiene entonces la impresión de que va a habitar en ella para siempre. Pero hay más. Porque la casa de Dios es el mismo Dios. Es, pues, en Él mismo en donde hace entrar a su hija. La frase de San Pablo se convierte entonces para el alma en una realidad tangible, cabría decir que vivida. En Él vivimos y nos movemos y existimos. Vivir en Dios es, desde ahora, su porción. Así, pues, el descanso, el refresco, el alimento del alma es el mismo Dios. El alma siente que le acaban de dar nuevas fuerzas; que la vida, una vida divina, circula a oleadas en ella. Le parece, no sin razón, que su Dios le ha llevado hasta lo más íntimo de sí misma y que ella se ha apoderado de Él en ese misterioso paraje en donde se confunden lo finito y lo infinito, cuando Dios estaba totalmente ocupado, como la más tierna de las madres, en dar a su hija la vida, la fuerza, la paz y la alegría. Y entonces, felicísima, el alma exclama: El mismo Dios restaura mi alma.

 

INTIMIDAD

Cesa entonces la busca y empieza la posesión. Pues no ya en el orden del ser, sino en el orden del conocimiento y del amor, el alma y Dios no constituyen ya más que una sola unidad. Son dos naturalezas en un mismo espíritu y un mismo amor. Sobreviene así una profunda intimidad, la comunión perfecta, la fusión sin mezcla y sin promiscuidad. Estamos en Él y Él está en nosotros. Somos todo lo que Él es. Tenemos todo lo que Él tiene. Lo conocemos, casi lo vemos. Lo sentimos, lo saboreamos, lo gozamos, lo vivimos, morimos en Él Pues, efectivamente, ésta sería la hora de la muerte, si Él no quisiera que siguiéramos viviendo aquí abajo. Pero esa vida que vivimos tenemos que darla, y para eso permanecemos. Pero cuando la obra divina haya concluido, caerá el último velo y sobrevendrá la perfecta posesión de vida no terminada que se halla toda junta.

Cuanto más ade1antamos, más saboreamos la perfección de Dios. Es como una progresiva invasión con momentos como de aparente detención. Viene luego una nueva ola, que llega más lejos que la primera y que parece partir de más hondo. Nada es tan dulcemente impresionante como esa extensión de la acción divina que parte de lo más íntimo del alma y se adueña hasta de la zona que linda con el mundo sensible. Acude después a nuestro corazón una ardiente plegaria. Si es verdad que te poseo, Dios mío, haz que yo te difunda. Parece entonces como si la mano extrajese de un tesoro interior y diera, diera, no cesara de dar. ¡Qué beatitud!.

 

REALIDAD DE LA POSESIÓN DE DIOS

Lo que tenemos que repetir mucho, de tanto como asombra e, incluso, a primera vista, desconcierta, es que esta posesión de Dios por el alma es lo más real que hay en el mundo. Hay algunas almas que pueden decir con toda verdad: “Dios está en mí”. Y no hay en ello exageración ni ilusión alguna. Esa frase es la expresión fiel de la realidad. Cierto que esta posesión de Dios tiene grados, y muy diversos. Pero hay un fondo común a todos ellos, bien traducido por el Cantar de los Cantares: “Mi Amado es mío”. Antes, el alma interior deseaba a Dios. Lo buscaba, lo escuchaba, lo entreveía; llegaba incluso a darse cuenta de que estaba muy cerca de ella y de que ella estaba muy cerca de Él, allí, en el fondo de sí misma. Pero entre buscar a Dios y luego encontrarlo y, sobre todo, poseerlo, hay un abismo. Son cosas muy distintas, Y esa diferencia que entre ambas existe, lo es todo.

Si Dios está en el alma, también el ama está en Dios. El alma se da, Dios la acepta, se posesiona de ella y el alma interior se da cuenta de esa toma de posesión. El alma no pierde su naturaleza ni su personalidad. Y, sin embargo, ya no se pertenece. Ha cedido gustosa su derecho de propiedad, y otro lo ejerce en su puesto. Y ese otro es el mismo Dios., Sólo que, lejos de empobrecerla, esa donación la enriquece. El alma da unos frutos de los cuales no creía ser capaz. Los saborea a sus anchas y juzga que tienen un delicioso gusto a eternidad. Pero, por encima de todo, experimenta una sensación de liberación, de verdadera libertad, que la extasía de gozo. Ésta es la libertad de los hijos de Dios. ¡Sufrimos tanto al ser de nosotros mismos!… ¡Somos tan dichosos al no ser ya sino de nuestro Dueño, de Dios!: Yo soy para mi Amado, y mi Amado es para mi.

Cuanto más se adueña Dios de mí, mayor posesión tomo yo de Él. Todas sus riquezas son para mí. Participo de su Ciencia, de su Sabiduría, de su Poder, de su Bondad. Nadie puede comprender esta misteriosa comunidad de bienes. Es una especie de igualdad o, mejor aún, de unidad. El alma tiene la impresión, clarísima, de ser divinizada. Está dentro de Dios, es Dios en el sentido en que esto es posible para una pobre criatura. Y no contento con hacerla comulgar así en su naturaleza y en su vida íntima, Dios le hace participar en ciertos momentos en el gobierno del mundo . El consejo de la adorable Trinidad se celebra dentro de ella, y el alma asiste a él, absorta de conmovida admiración.

 

“MATRIMONIO” ESPIRITUAL

¿Por qué la palabra matrimonio? Por el carácter indisoluble de esta unión. Produce confirmación en gracia; por lo menos San Juan de la Cruz así lo dice. Se trata de un contrato irrevocable, de una fe jurada para la Eternidad. Tú, Dios mío, amarás siempre a tu Esposa y ella te amará siempre. El alma interior así lo entiende. Tiene de ello una persuasión íntima que vale para ella, pero que no podría atestiguar fuera, puesto que no puede, probarla. Por lo demás, a pesar de esa firmísima seguridad de la que tiene conciencia, sobre toda en ciertos momentos, el alma no cree estar dispensada en lo más mínimo de las reglas de la prudencia cristiana en el ritmo ordinaria de su vida. Ve, por el contrario, con la claridad de la evidencia, cuán indispensable le es someterse a estas reglas y no apartarse para nada de las vías de la obediencia. Dios la conduce e ilumina a quienes la dirigen en su nombre. Y ella está en paz.

 

EL ALMA PARTICIPA EN LA VIDA TRINITARIA

Tú, Dios mío, creaste las almas a tu imagen, las hiciste semejantes a Ti. Luego les comunicaste tu propia vida. Bajo las sombras de la fe creen ellas lo que Tú ves; esperan lo que Tú posees; aman lo que Tú amas, es decir, a Ti mismo. Las almas, gracias al principio sobrenatural de vida que Tú insertaste en lo más profundo de ellas, pueden, pues, alcanzarte a Ti mismo en tu vida íntima, comulgar verdaderamente en esa vida bienaventurada, decir a su manera tu adorable Verbo, producir a su vez tu Espíritu de Amor. Y luego, bajo el impulso dulcemente irresistible de ese Espíritu divino, las almas pueden refluir hacia Ti, ¡oh Padre, oh Hijo!, y reanudar constantemente, con un goce constantemente renovado, ese delicioso y sosegado proceso. ¿Hay en el mundo nada más bello que un alma que vive de tu vida, Dios mío?

Llega un momento en el que quieres que el alma que así la vive bajo las sombras de la fe vea disiparse de repente esas sombras casi por entero. Una misteriosa claridad la penetra por todas partes. Está totalmente iluminada dentro de sí por ella sin que sepa bien cómo, sin que vea el foco de donde brota tan dulce luz. Bajo la influencia de ese rayo de fuego el alma se ve a sí misma viviendo de tu vida, comulgando en el conocimiento y en el amor que tienes de Ti mismo, pronunciando el Verbo del Padre, exhalando el Espíritu de Amor del Padre y del Hijo; ardiendo en la caridad del divino Espíritu, adorable Trinidad. Está más bella que nunca. Pues todo es en ella, como en Ti, orden, poder, esplendor, armonía y paz.

 

CRISTO ENTRA EN EL ALMA

Por fin se realiza el deseo de la Esposa y es escuchada su oración; Jesús viene a ella, entra en su jardín. ¿Cómo, Dios mío, penetras Tú en el alma que te ama? Nadie lo sabe. Ni ella misma lo sabe. Es un secreto de tu Omnipotencia y de tu Amor. Por lo demás, lo que al alma le importa no es el “cómo” de tu presencia, sino el hecho mismo de ella. Ahora bien, ese hecho es cierto. Algo misterioso y profundo, apacible y dulcísimo, ha sucedido en ella. Le ha parecido que Aquel a quien tanto ama y que hasta entonces estaba escondido en el fondo de su corazón se abría paso dulcemente como a través de la propia sustancia de ella misma y afloraba graciosamente a la cima de su ser. Es como si se hubiera producido una deliciosa eclosión del Amado hasta la región ordinariamente habitada por el alma.

Pero para que el alma interior no pueda dudar de la realidad de su dicha, Jesús se digna asegurársela por Sí mismo. Le habla. A veces se sirve de la lengua común de su Esposa. Y entonces ésta oye claramente una voz que le dice dentro de ella misma: «Voy, voy a mi jardín, Hermana mía, Esposa». Pero lo más a menudo, Jesús le habla sin la ayuda de los sonidos. Con un lenguaje totalmente espiritual. El alma comprende que algo se le descubre y qué es lo que se le descubre. Todo sucede en la inteligencia pura. El alma es instruida sin ruido, sin cansancio, sin esfuerzo. No tiene que hacer más que escuchar. Por lo demás, no puede dejar de hacerlo. Pero la dulce obligación en que se encuentra de escuchar tan deliciosa palabra es para ella un encanto más. El alma también es espíritu. ¿Por qué no iba Dios a poder comunicar directamente su pensamiento a su Esposa, sin emplear la mediación de los sentidos, incluso interiores?

 

DIGNIDAD Y ARMONÍA DEL ALMA INTERIOR

Cuando encontramos un alma interior, quedamos impresionados por su dignidad, por su soltura y por su gracia. La creeríamos de sangre real, lo cual es verdad, pues es hija de Rey, es reina. ¿No eres Tú acaso, Jesús, el Rey de Reyes? ¿No es ella tu Esposa? ¿Por qué, pues, extrañarnos? En el alma interior participa todo de esa nobleza divina; la revelan sus palabras, sus gestos, sus movimientos, sus menores pasos. Son graciosos, discretos y firmes. Al andar, no hace ruido, no atrae la atención y, sin embargo, agrada, logra su fin como sin esfuerzo. Apenas si hemos notado lo que hacía, de tan ordenada como ha sido su acción; tiene el sentido de la medida. Ha obrado como había que obrar. Ha hablado como había que hablar. Era en ese momento cuando había que callarse. Pero el exterior no es más que un reflejo. Lo interior, lo que Tú, Dios mío, ves, es lo que cuenta sobre todo, y lo que es verdaderamente hermoso. Pues todo ese interior está ordenado. En esta alma son graciosos hasta los menores movimientos interiores. A Ti te agradan y Tú eres buen juez. Y es que todos están inspirados por tu amor. Que sólo él es su principio y su término. También su regla. Sí, todos los pensamientos de esta alma son pensamientos de amor. Y lo mismo sucede con todos sus deseos y con todos sus actos.

En esta alma reina una profunda armonía. El Espíritu Santo, artista de hábiles manos, la está modelando desde siempre. De la voluntad, suave como la arcilla y firme como el oro, ha hecho Él un collar irreprochable que conserva perfectamente unidas entre sí a todas las demás facultades. Las facultades sensibles sirven a las facultades interiores y las obedecen. Éstas, por su parte, están a las órdenes de esa voluntad a la que el amor divino ha penetrado hasta lo más intimo. Y todo ese mundo interior así ordenado tiene algo firme, gracioso y fuerte que agrada a tus miradas, Dios mío; es como una participación de esa armoniosa simplicidad tuya que fundamenta, me atrevería a decirlo, tus innumerables e infinitas perfecciones. Nos basta entonces una palabra para decirlo todo cuando te consideramos desde ese punto de vista: «Caridad.» Nos basta también con esa misma palabra para decirlo todo cuando hablamos de tu Esposa.

 

SU MODESTIA

Tu Esposa ama la paz. Sus preferencias la llevan hacia una vida muy sencilla. Tiene gustos modestos. Las más humildes ocupaciones de la vida cotidiana no le desagradan; antes al contrario. Se dedica a ellas gustosamente. Trabajar en silencio su huerto; cuidar de que esté muy limpio y bien cultivado; fomentar las pequeñas virtudes; interesarse por la brizna de hierba y por la flor que se abre y se desarrolla, son cosas que le encantan. Pues, a su juicio, no hay que descuidar nada cuando se trata de hacer más agradable el propio corazón al Corazón de Dios, y de aumentar desde todos los puntos su semejanza con el de Jesús.

 

SU SOLTURA

Las sucesivas purificaciones han devuelto las facultades del alma interior al estado de puras facultades de conocer, amar, querer e imaginar. Han quedado descargadas de todas las formas creadas. Todo ha desaparecido de ellas. El fuego del amor lo ha abrasado todo. Incluso los hábitos de pensar, de querer, etc., han sido desarraigados, no sin grandes sufrimientos. Pero las facultades no han sido destruidas por ese proceso realizado en sus profundidades; antes al contrario. Están más ágiles, más fuertes, más aptas para el bien que nunca. Se parecen a las facultades del primer hombre que salió de las manos del Creador. Ya se trate del mundo natural o del mundo sobrenatural, de la acción o de la contemplación, las facultades, perfectamente libres, perfectamente ágiles entre las manos de Dios, operan con idéntica facilidad. Se mueven en esos dos mundos como sin esfuerzo. Van del uno al otro con perfecta soltura, gracias al conocimiento que recibe el alma de las relaciones que los unen. ¿Acaso no es Dios el Autor de esos dos órdenes? Y como consecuencia de su íntima unión con Dios, ¿no ve el alma las cosas un poco como Dios las ve, y no las quiere como Dios las quiere? Cuanto más puras están las facultades del alma, más divinas son también, y más y mejor se armonizan con las obras de Dios. De ahí esa perfecta soltura con que el alma interior pasa de la contemplación a la acción y de la acción a la contemplación.

 

EL SUEÑO DEL ALMA EN DIOS

La vida de intimidad entre Dios y el alma empieza. Están siempre juntos, no se abandonan. Quien ve al uno ve a la otra. Diríamos que no son más que uno solo, aun cuando sigan siendo perfectamente distintos. Pero hay horas en que esa intimidad se hace mayor. Son las horas en que al cesar la actividad exterior, el alma interior vuelve a encontrarse a solas con su Dios y descansa dulcemente a su lado. Sobreviene entonces el gran silencio, el recogimiento profundo, la conversación a media voz, entrecortada por largas pausas, en las que no se oyen más que los latidos del corazón, Momentos de quietud, de verdadero y tranquilo reposo de la voluntad en Dios.

Cuando el alma interior está unida a su Dios, en lo más intimo de sí misma, duerme totalmente. Su grado de unión es la medida de su misterioso sueño.

Se ha hecho en ella un gran vacío, luego una gran calma y, por fin, un gran silencio. Duerme totalmente. Ya no oye nada, ni ve nada, ni piensa en nada concreto. Sin embargo, vive, ama. Diríamos que ha retirado de si todo el vigor que daba a sus facultades. Ha hecho que todo descanse. Pero es para mejor amar. Concentra todas sus fuerzas en su corazón. Amar, solamente amar, amar cada vez más es su único deseo y su única ocupación. Parece muerta y vive más intensamente que nunca…

Antes estaba más o menos distraída de Dios merced a las cosas. Actualmente, por el contrario, está distraída de las cosas por causa de Dios. Dios la ocupa enteramente. Se ha adueñado de ella, en alma y, a veces, en cuerpo también. Puede así decir el alma, y quienes se percatan de su estado pueden decirlo también, que «ya no está aquí». Y es muy cierto. Pues «el alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima» Y ahora, ama. Y ama a Dios. Luego está en Él.

En fin, el alma así dormida es verdaderamente dichosa. Participa de la misma dicha de Dios. Esa dicha la invade por completo. La penetra sin que ella sepa cómo. No se pide entonces al alma ningún esfuerzo; no tiene más que recibir y que gozar en paz. Y eso es lo que hace, sencillamente. Nada puede dar una idea de este goce totalmente divino. No se parece a ninguno de los goces de este mundo. Es de orden muy diferente. Tiene una esencia distinta, por lo mismo que viene de otra fuente. No podemos encontrarle ningún término de comparación. Hay que hablar de él, pero siempre se hace mal, pues las palabras del lenguaje humano no pueden traducirlo. Lo que cabe decir es que está por encima de todos los bienes y a una distancia de ellos inconmensurable. El alma que lo experimenta tiene, pues, el derecho de gustar en paz su dicha y de permanecer dormida para el mundo todo el tiempo que le plazca.

 

EL ALMA SE CONVIERTE EN LA PRESA DEL AMOR DIVINO

El alma interior ha sido verdaderamente conquistada por el Amor divino. Tal vez la haya asediado durante mucho tiempo. Pero, por fin, se ha apoderado de ella. Ha clavado en ella, con gritos de triunfo y de alegría, la, Cruz, que es su estandarte. Y desde ese momento reina sobre ella como vencedor. Todo es allí suyo: espíritu, corazón, sentidos y bienes. El alma interior, arrobada por haber sido conquistada así por la divina caridad, canta la belleza, la fuerza y la gloria de Dios. Había temido perder su libertad si le abría las puertas de su corazón. Pero ahora comprende que la verdadera libertad consiste en hacerse esclava del Amor divino. Creía que se le iba a quitar todo, y se da cuenta de que se le ha dado todo.

Pero el alma no ha sido solamente conquistada por el Amor, sino que es también su presa. Vive en Él, pero también puede decirse que es consumida por Él y que muere en Él. Un fuego interior la devora sin descanso, noche y día. Débil en su origen, este fuego crece y se convierte en un inmenso incendio. Nada se le escapa. Alcanza a todo, purifica todo, se alimenta de todo, lo transforma todo. Un observador atento se daría cuenta de que en esta alma hay algo misterioso y divino. ¡Cómo lograr, en efecto, esconder tan bien esta ardiente hoguera que no la traicione ningún resplandor! Es casi imposible. Por lo demás, llega un momento en que el mismo Dios acaba por permitir que ese incendio de amor estalle de algún modo. Conquistada primero, y víctima luego de la caridad, el alma interior se convierte así en el heraldo de Amor eterno. Lo predica, lo difunde. Poco importa el medio ambiente en que transcurra su vida. pues hasta en la más profunda soledad su programa seguirá siendo el mismo; y cuando no pueda hablar ni escribir, siempre y en todas partes podrá orar, sufrir, amar…

 

PUREZA, FUERZA Y RIQUEZA DE ESTE AMOR

¡Qué puro es tu amor, Dios mío! Es el amor de un espíritu por otro espíritu. Ignora lo que San Pablo llamaba la carne, y ella lo ignora también. No pertenece a su mundo; está infinitamente por encima de ella. Más aún: le hace la guerra, y una guerra despiadada. Para que pueda vivir, para que pueda desarrollarse a su gusto en nosotros, es menester que la carne se doblegue, se vaya desecando poco a poco y acaba por morir. De esa misteriosa pugna es nuestra alma a la vez teatro y premio. ¡Feliz mil veces Aquella que, para unirse a Ti, no tuvo que padecer esas crucificantes, pero necesarias purificaciones del amor!

Qué fuerte es también tu amor, Dios mío! Podemos apoyarnos sobre él con toda seguridad, pues jamás se nos zafa. El alma que a Él se une llega a ser tan firme e inmutable como Él. Puede sentir en sus facultades sensibles el inevitable flujo y reflujo de las emociones, pero su fondo íntimo no es turbado por ellas. Descansa sobre la tierra firme de tu amor. Si la tentación trata de inquietar su paz, el alma interior no tiene que hacer sino adherirse más firmemente a tu amor, para reducirla a la impotencia y para verla desaparecer. Tu amor es su refugio, su fortaleza. Allí está en seguridad. Nadie podría alcanzarla. La protege por todos los lados. La envuelve por todas partes. Es esa nube, luminosa y tenebrosa a un tiempo, que la guía y la oculta. El alma se siente verdaderamente rodeada de una influencia misteriosa que la robustece, la da confianza, la reconforta y la vivifica deliciosamente.

¡Qué abundante es tu amor, Dios mío! Es un tesoro. Contiene todos los bienes. Es inagotable. Todo me viene de él. Es el primer don totalmente gratuito y totalmente gracioso. ¿Por qué me has querido, Dios mío? Únicamente porque has querido y porque eres bueno. Al darme tu Corazón, me lo has dado todo. ¿No eres Tú el poder infinito? ¿Y no está ese poder como al servicio de tu Amor?

 

LLAGA DE AMOR

El mal que padece y del que se queja tu Esposa es misteriosísimo. Pero Tú que lo has causado, Dios mío, lo conoces bien… Empezaste por hacerle en el corazón una heridita tan pequeña que apenas si el alma podía sentirla. Luego, poco a poco, se ensanchó. Se hizo más profunda. El alma ya no fue sino una llaga que nadie sabía curar, y a la que todo avivaba y hacía sufrir. El dolor que destilaba esta llaga, por otra parte delicioso, llegó a ser intolerable. El alma gemía, se quejaba, gritaba. Bien sabía ella que no había más que un remedio para su mal: un amor más grande que la liberase de su cuerpo, la hiciera morir y la arrojase por fin y para siempre en tus brazos. Por lo menos ella quena sentir junto a si a su único Médico, que eras Tú, Dios mío. Pero Tú no heriste tan profundamente a esta alma amadísima sino para llenarla de Ti mismo. Tú eres el alimento de la llama que encendiste; aliméntala, pues; no puede vivir más que de Ti.

Todas las almas, Dios mío, deberían ser heridas por este misterioso mal. ¿No eres Tú la Bondad perfecta y la Belleza infinita? Nuestro corazón, hecho por Ti, ¿no está hecho para Ti? ¿Por qué, pues, hay tan pocas almas que te amen de veras? Pero no hemos de volvernos contra Ti, Dios mío, sino contra nosotros mismos. Pues Tú te mantienes a la puerta de nuestro corazón, y llamas a él de mil maneras. Pero nosotros no oímos tu voz, pues hay en nosotros demasiado ruido. O si la oímos, no nos decidimos a abrir y a darle para siempre y por completo nuestra voluntad. En el fondo, nuestra alma está enferma, y de un mal que la mata; el amor de si misma; cuando debería estar enferma de un mal que la haría vivir en plenitud y para siempre: el mal de tu amor, Dios mío. ¡Señor. cúranos del mal humano! ¡Señor, enférmanos del bien divino y que esta enfermedad nos haga morir!

 

EL ALMA, ELEVADA POR ENCIMA DE SUS FACULTADES, RECIBE LAS CONFIDENCIAS DIVINAS

El alma interior es elevada, pues, por encima de sí misma. Se encuentra situada no sólo por encima de sus facultades sensibles, sino también por encima de sus facultades intelectuales; inteligencia y voluntad. Ha sido llevada por Dios hasta esa alta cumbre, hasta esa aguda cima del espíritu que parece tocar el cielo. Allí, sosegada, tranquila, silenciosa, pero viva y amante, oye la voz de su Dios, que le dice esta sola palabra: «Mira.» Es la hora de las iluminaciones, de las revelaciones íntimas, de las confidencias y de los secretos. Los ojos se abren. El alma ve la tierra como la ve desde el cielo. El alma ve el cielo como deberíamos verlo desde la tierra si supiéramos mirar. Contemplación que abarca todo, cielo y tierra, en una única mirada de profundidad infinita.

Si el Amado tiene que hacer alguna confidencia, escoge ese momento. Y sin ruido de palabras, casi sin que el alma se dé cuenta, le dice lo que quiere decirla. Al volver a su vida ordinaria, el alma conserva un recuerdo general, impreciso, pero muy real, de haber sido instruida por Él. Luego, en el momento oportuno, esta enseñanza escondida en el fondo de sí misma se le aparece simplemente, sin esfuerzo, con un carácter neto, preciso, firme, seguro y práctico que la asombra y entusiasma. Bajo la influencia del Espíritu de Verdad y de Amor ha germinado la misteriosa semilla y se abre dulcemente en el instante deseado. Y aunque el Verbo divino se haya contentado con acercar a Él esta alma amada, como Él es luz, el alma ha ganado luminosidad por participación. Al volver en medio de las cosas, aquella, alma no las ve ya con los mismos ojos, no las aprecia ya del mismo modo. Ha cambiado respecto a ellas y las cosas ya no le hablan la lengua de antaño.

 

CONOCIMIENTO DIVINO

Dios se complace en hacer ver las cosas al alma interior como las ve Él mismo. Revela sus secretos a sus amigos, y, por lo común, con tanta mayor claridad cuanto más los ama. Lo primero que les enseña con precisión y claridad absolutamente nuevas es el mundo de la naturaleza, sus bellezas, sus perfecciones, la variedad de los elementos que lo componen y su perfecta armonía en la unidad. Los cielos se convierten en un libro que les expone la Sabiduría, el Poder y la Bondad de su Dios: Los cielos describen la gloria de Dios (Ps 19, 1)

Luego, el mundo de la gracia se ilumina y se convierte para el alma interior en un espectáculo siempre nuevo y siempre encantador. ¡Qué bella es, en efecto, la obra de Dios en las almas! ¡Qué paciencia para esperarlas, qué misericordia para acogerlas, qué delicadeza para levantarlas, qué generosidad para amarlas! Parece como si por una sola alma se pusiera en movimiento todo: la Santísima Trinidad, y Jesús el Verbo Encarnado, y la Iglesia, su obra y su Esposa, y los Sacramentos, y la gracia, y los hombres, y el mismo mundo material: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom. 8, 28). Eso es lo que contempla el alma interior después de descubrirlo en su vida personal y en la de los demás.

Pero lo que Dios quiere revelarle ante todo es a Él mismo. Sin duda que no caen todos los velos de la fe; pero los que quedan no perturban las relaciones del alma con su Dios. Trata el alma con Él como si lo viera, y con tanta mayor sencillez cuanto que lo siente vivo en su corazón, lo saborea y lo posee. Esta posesión consciente es en sí misma una especie de conocimiento cuasi-experimental de Dios, como el que puede tenerse de un fruto que se viera de un modo borroso a causa de debilidad de la mirada, pero que se saborease ampliamente. Las dos fuentes de conocimiento de un solo y mismo objeto, al combinarse, dan al alma un gozo pleno, verdadero, anticipo de la felicidad eterna.

 

EL ALMA SE ENRIQUECE CON EL CONOCIMIENTO DE LOS ATRIBUTOS DE DIOS

Cuando un alma entra por primera vez en Dios, experimenta la impresión que tendría una persona que penetrase de repente en una vasta habitación llena de los tesoros más ricos y más variados. No captaría cada uno de ellos con detalle, sino que tendría solamente una visión de conjunto. Pero esta visión le causaría un gozo único, hecho en cierto modo de todos los goces que gustaría si le fuera dado admirar cada uno de esos tesoros en particular. Tus atributos, Dios mío, son esos tesoros. Al unirse a Ti, el alma interior los ve de una sola ojeada y los saborea todos a la vez, porque Tú eres la riqueza y la simplicidad a un tiempo. Y la impresión que produces en nuestro espíritu y en nuestro corazón participa de ambas. Al encanto de este gozo, tan nuevo para el alma, se añade algo inagotable, infinito, que se mezcla discreta y deliciosamente en él, como sello propio de los goces verdaderamente divinos.

Poco a poco el alma se habitúa a vivir en esa celda interior. Habita en ella. La convierte en su morada. Cuando tiene que dejarla, sufre; se siente incómoda, como alguien que se encuentra fuera de su sitio. En cuanto puede vuelve a ella. Pide humildemente a su Dios que al reciba de nuevo. Dios no siempre la atiende inmediatamente. Entonces ella suplica, y espera confiada y en paz. Pero permanece allí, como verdadera virgen fiel, atenta al menor sobresalto precursor de la venida del Esposo. Llega un momento en que su Dios le hace entrar de nuevo en Él. Nuevas luces, nuevos asombros; nuevos goces también, y mucho más profundos; he ahí la recompensa de su fidelidad: “¡Muy bien, siervo bueno y fiel…; entra en el gozo de tu señor!”. (Mt. 25, 21)

El gusto general que experimenta el alma en su primer encuentro con Dios se precisa y concreta poco a poco. Sucesivamente, cada uno de los divinos atributos se deja conocer mejor y saborear más. El alma los participa más a fondo y de modo más consciente. Acabamos por ser lo que amamos. Y en este caso, la cosa es tanto más fácil cuanto que Dios habita realmente en el alma. Está como al alcance de la mano. En cuanto se muestra, la voluntad se lanza hacia Él y se adhiere a Él con todas sus fuerzas. Se produce entonces como una deificación consciente del alma, ya general y confusa, ya más precisa y más clara en forma de comunión en el Poder, en la Sabiduría, en la Bondad, en la Misericordia o en algún atributo de Dios. Se hace también bajo forma de unión, ya con la Trinidad íntegra, ya con alguna de las Tres adorables Personas.

Cada persona de la Santísima Trinidad (aunque esto suceda por una acción común) se asimila el alma y se la asemeja para que pueda actuar del mismo modo que aquella Persona y logre su dicha en esa acción.

 

DIOS REVELA ESPECIALMENTE SU PODER, SU SABIDURÍA Y SU BELLEZA

Dios va revelándose progresivamente al alma interior. Le hace entrever algo del Poder y de la Sabiduría con que gobierna al mundo.

Sus manos son fuertes como las de un obrero vigoroso, y flexibles como las de un artista genial. Nada escapa a estas manos divinas. Nada se le resiste. Lo dirigen todo, hombres y cosas, hacia donde les place. De esas manos salen maravillas, que son como otras tantas piedras preciosas que las adornan. La Esposa se percata de lo que ese Obrero divino realiza en ciertas almas, de las obras maestras que sabe sacar del barro humano. El alma queda absorta de admiración ante todo ello. ¿Pues qué puede haber más bello, Dios mío, que el espectáculo de tu Amor en lucha con un alma? ¡Qué argucias, qué delicadezas y, a veces, es cierto, qué golpes tan tremendos para desligarla de todo! ¡Qué paciencia para purificarla a fondo, qué generosidad y qué arte para embellecerla, qué ardor para abrasarla, qué aliento tan poderoso para levantarla por encima de todo, aún de ella misma, para que pueda amarte sin medida y predicarte sin miedo! ¿Qué puede haber más hermoso que un alma de Santo? ¿No es Dios quien la ha hecho lo que es por el poder de su gracia? ¡Dichoso el que ve las manos de Dios trabajando en el mundo!

En su fondo, la materia prima de este trabajo divino es la misma. Sin embargo, el estado inicial de esta materia difiere mucho, según los casos. Hay almas que nunca han conocido el pecado, al menos el pecado grave. Hay otras que estuvieron sometidas a su tiranía, pero por poco tiempo. Las hay, en fin, que descendieron todos los grados del abismo y vivieron en él largos y tristes años. Pero al Poder divino le importa poco, pues lo domina todo. Lo mismo puede hacer un Santo de un pecador endurecido que de un alma inocente Y, a veces, lo hace. Nada hay tan bello como ver la mano divina trabajando. Arranca del barro, lava, purifica, talla, corta, pule, transforma. Y no opera sólo desde fuera, sino, sobre todo, desde dentro. Sólo ella puede hacerlo. Incluso cuando se sirve de un instrumento es ella, en realidad, quien trabaja con él y por él.

Es hermoso ver cómo se transforman poco a poco las almas bajo la acción divina. Son como otras tantas maravillas que salen de los dedos hábiles del Obrero divino, como piedras preciosas destinadas a adornar la Jerusalén celestial, tan numerosas, tan variadas en su forma como en su tonalidad y, por decirlo todo en una palabra, tan arrebatadoras y tan bellas. Aquí abajo sólo conocemos algunas de ellas, y, además, las conocemos mal. Para que se revele su belleza hace falta la luz del cielo. Sólo allí podremos admirar toda su riqueza y la gracia de las manos poderosas y ágiles de donde salieron.

Dios es soberanamente Hermoso, la Belleza misma subsistente, el Ser único al que nada falta de lo que conviene, que es, desde siempre, infinitamente perfecto y en el cual todo es orden, unidad, simplicidad, puesto que todas las perfecciones posibles e imaginables forman en Él una sola y misma realidad con Su esencia.

Dios halla en el conocimiento que tiene de Si mismo un goce infinito. Es el eterno admirador de su eterna Belleza. Es, pues, la verdadera fuente y el modelo de toda belleza.

Cuando me dejo distraer de Ti, Dios mío, me parece que abandono la región de la luz para entrar en la de las tinieblas. ¡Hiere tanto los ojos todo lo que no eres Tú! Para quien te ha entrevisto sólo una vez en tu inaccesible luz, ¡es ya todo tan deforme y tan feo! Incluso las criaturas que más te reflejan resultan entonces casi dolorosas de ver. ¡Ellas no son Tú, Dios mío! Y eres Tú lo que el alma quiere contemplar cada vez mejor, cada vez más fija y más profundamente. La frase de San Agustín 12 vuelve constantemente a nuestros labios!: «Belleza siempre antigua y siempre nueva, te he conocido demasiado tarde, te he amado demasiado tarde!»

Sí, Dios mío, Tú eres todo Bondad, todo Belleza, todo Gracia. Tú has hecho muchas criaturas bellísimas y, sin embargo, su belleza no puede contar junto a la tuya. Todo lo que hay de bello y de bueno viene únicamente de Ti. Y lo que das, no lo pierdes, pues lo posees infinitamente.

¡Oh!, hazme comprender, a mi que quiero ser dichoso, que toda felicidad, que toda alegría está en Ti. Si yo supiera ir a Ti, embriagarme con tu Belleza, alimentarme con tu Bondad, regocijarme con tu Alegría, saborear sin fin y como sin medida tu Felicidad! Porque todo eso es posible, todo eso es cierto, todo eso es necesario: «Amarás…», y, por consiguiente, serás bueno con mi Bondad, embellecerás con mi Belleza, te embriagarás con mi dicha. ¡Oh Dios mío, que sea ahora, ahora, y siempre!

 

LOS DIVINOS PERFUMES

El alma que se acerca a Dios experimenta, a veces, dentro de sí misma la dulce impresión de que la envuelven y penetran totalmente unos misteriosos perfumes. No se trata de perfumes naturales que afectan a los sentidos; no. Sino de que las realidades espirituales tienen unos medios de manifestarse al alma que parecen análogos a las emanaciones odoríferas de los cuerpos. En este sentido hay perfumes espirituales. Tienen el privilegio de ser no sólo mil veces más agradables que el bálsamo más exquisito, sino, además, y sobre todo, el de ser sobrenaturalmente bienhechores. Fortifican, ensanchan. Bajo su influencia, el alma se despliega; respira a sus anchas. Crece. La vida, una vida totalmente divina, le es infundida desde dentro. Lo advierte, y se percata de que la causa inmediata de ello es ese misterioso perfume.

Cuando Dios hace entrar al alma en relación como inmediata con las realidades espirituales, y sobre todo con Él mismo, sucede algo análogo a cuando se perciben las propiedades sensibles de los cuerpos, los perfumes, por ejemplo. La bondad de Dios tiene su aroma, como también tiene el suyo su dulzura, y lo mismo sucede con los demás atributos divinos. Parece que todo sucede como si, de hecho el alma poseyera un olfato espiritual armonizado por el Creador con los seres del orden sobrenatural, y que le permitiera reconocerlo por su olor. Cuando el alma quiere traducir al lenguaje humano lo que experimenta en su vida íntima con Dios, no encuentra mejor comparación: «Las cosas divinas me hacen gustar goces que son, para mi, en el orden espiritual, lo que en el orden sensible son los goces del olfato penetrado por el perfume de las flores.»

En esa intimidad, Dios quiere hablar a su Esposa. Sus labios se entreabren dulcemente. El alma interior observa entonces toda su Gracia. Aun antes de articular un sonido, la encantan ya por su forma delicada y por el dulce perfume que exhalan. Tampoco queremos decir, ciertamente, con esto que Dios tenga labios, o que Jesús deje, por un momento, contemplar los suyos, como podría hacerlo. Sino que el alma interior y Dios están entonces tan cercanos que pueden hablarse como de boca a boca “Todo el afecto verdadero, profundo, puro, que unos labios humanos bien modelados podrían expresar por su forma, lo lee el alma interior sobre lo que, para ella, es como la boca de su Dios. En el pliegue y en el movimiento de estos labios misteriosos, comprende que agrada a su Dios y que es amada por Él.

Un perfume delicioso brota de los labios divinos. Se diría que viene de lo más íntimo del Corazón de Dios. Resume en él y hace gustar al alma interior todos los encantos de los demás perfumes. ¿Por qué la esencia divina no había de tener su aroma? Así lo comprende la Esposa en la hora bendita de su unión. Ese perfume que ella puede llamar «esencial», esa «mirra purísima», le anticipa ya algo de los goces del cielo; una especie de atmósfera embalsamada la envuelve por todas partes. Se siente a la vez separada y protegida por ese medio ambiente invisible y, sin embargo, tan real. Puede entonces amar a Dios a sus anchas. Y eso es lo que hace sin razonamiento, sin esfuerzo, movida por un instinto divino que la asombra y la tranquiliza a un tiempo. Está conmovida por esa nueva manera de vivir que no conocía, al menos en este grado, pero siente que ésa es la verdadera vida, y exulta de alegría.

 

EL ALMA EXULTA

El amor de Dios tiene un calor que ensancha al alma en su fondo y la llena de gozo. Bajo su influencia, el alma se siente crecer, su capacidad de dicha aumenta y al mismo tiempo se colma. Luego, siempre bajo la acción del fuego del amor, vuelve a ensancharse para llenarse otra vez. Y así sucede casi sin descanso. El alma invadida por tu Amor, Dios mío, experimenta la impresión de que se desarrolla y expande en ella una vida totalmente interior. En ciertos momentos, la oleada de calor es tan fuerte que el alma no puede ya soportarla. Es entonces cuando hasta el corazón físico se dilata, tal como se ve, por ejemplo, en la vida de San Felipe Neri, o se siente traspasado de parte a parte por una flecha, como sucedió a Santa Teresa de Ávila. Suena la hora de la plena expansión.

La emoción que experimenta el alma cuando por primera vez se siente inmediatamente unida a Dios, cuando lo toca espiritualmente en el fondo de sí misma, cuando recibe ese maravilloso beso divino; en fin, cuando se da cuenta de que penetra en Dios y de que Dios la penetra por entero, es deliciosa. La idea que posteriormente se forma de su propia felicidad es la de compararse a una esponja en el océano, pero en un océano de pura dicha, conocida y gustada por todo su ser. De momento es tan dichosa, que llora de alegría. ¡Es tan bueno sentirse unida a Dios y tan amada por Él! Es tan nuevo, tan distinto a lo que imaginaba, que se siente sobrecogida por un santo temblor. Si nos atreviéramos, diríamos, para dar a entender algo de lo que sucede entonces, que la dicha le conmueve hasta la médula. A veces ocurre que el cuerpo participa algo de eso a su manera. Pero lo que experimenta no es, con mucho, lo esencial, ni lo mejor. Pues el alma tiene sus goces propios, y éstos son los únicos verdaderos.

A cada visita de Dios aumenta este goce. Es el mismo, y, sin embargo, se lo saborea como si fuera nuevo. Es el goce de Dios que se infiltra deliciosamente en el alma. Y se lo saborea en Dios.

Todavía aumenta el goce del alma por el descubrimiento de otras almas admitidas como ella a participar del mismo modo en la felicidad de Dios. La dicha de estas almas aumenta la suya. El mundo espiritual le ofrece un espectáculo grandioso y encantador: el de las almas arrebatadas de amor por Jesús. Todos los corazones puros que le conocen son ganados por Él. Ejerce sobre ellos una irremediable atracción. Hay flores que siguen al sol en su carrera de Oriente a Occidente. Jesús es el sol de las almas. Éstas se iluminan con su luz y se calientan con los rayos de su amor. Las atrae, las eleva, en cierto modo, hacia Él. Lo siguen con mirada afectuosa y constante. Lo aman mucho, sin límites. Cuanto más puras son, más se adhieren a Él. Cuanto la tierra tiene de más noble, de más delicado, de más generoso, le pertenece. Sí, Jesús, es literalmente cierto que los corazones puros te aman con incomparable amor. Resulta dulce comprobarlo; es arrobador contemplarlo.

 

EL ALMA CANTA

Hablar, y sobre todo cantar, es expresar en alta voz, sin temor, con felicidad, con entusiasmo, aun los sentimientos más íntimos del corazón con respecto a Ti. Tú tienes derecho, y pleno derecho, a esa manifestación sensible de la estima que el alma te tiene y del afecto que por Ti siente. Por lo demás, esa ley se impone imperiosamente al alma interior, al menos en ciertas horas… Pues si entonces le fuera preciso callar su amor, se ahogaría. Es preciso que hable, es preciso que cante, aunque esté sola. Verdad es que Tú estás siempre allí para escucharla, y eso le basta. Su voz agrada a Dios, y una voz que agrada de ese modo puede decirlo todo. Canta así con todo su ser. Diga lo que diga o haga lo que haga, todo está en calma, todo está tranquilo, todo está en orden en esta alma; impone, sobre todo, un sello de dulzura, de armonía y de paz que alegra a su Dios. Pues, para Él, su voz es dulcísima y muy agradable.

¡Qué bien recompensada queda de sus esfuerzos el alma interior, Dios mío, cuando te oye afirmarle que todo lo que dice, todo lo que hace, todo lo que sufre, se convierte en una voz melodiosa que sube hasta Ti y que te encanta! Nada hay ruidoso, duro e hiriente; pero nada tampoco amanerado, en esta voz que tanto te agrada. Por el contrario, hay algo ágil y gracioso, firme y dulce, armonioso.

Y si pensamos ahora que otras almas -cuya actividad, interna y externa, perfectamente acorde con tu voluntad, se transforma en una melodía semejante- unen su voz a la de ella, creeremos oír muy por encima del fragor del mundo una incomparable sinfonía, verdadero eco y verdadero preludio del eterno Cántico.

Cerraos a la tierra y abrid esa ventana de vuestra alma que da hacia el infinito. Permaneced el mayor tiempo posible en esa misteriosa soledad frente a ese horizonte ilimitado, aunque nada veáis todavía, y respirad a pleno pulmón el aire divino.

Escuchad el canto de esas desconocidas almas silenciosas que aman a Dios cuanto pueden y que saben decírselo sin ruido de palabras, con sólo los latidos de su corazón, todo él llama y fuego. Resuena constante en esa inmensidad.

Que vuestro canto de amor se una al suyo, al de María y al de José, al de los ángeles y al de los Santos.

 

DIOS Y EL ALMA SE ENCANTAN MUTUAMENTE

Tú amaste al alma, Dios mío, le comunicaste tu Vida, la embelleciste. Y el alma se te parece ahora hasta la confusión. La has encantado. Pero ella, a su vez, te encanta. Y ahora estáis como misteriosísimamente unidos por unos vínculos que no se ven con los ojos del cuerpo ni con los de la imaginación, que tampoco se cogen con las manos y que, sin embargo, son muy reales, muy dulces y muy fuertes. Atracción libre e irresistible que os mantiene vueltos uno hacia la otra, mutuamente unidos, arrobados, prendados una del otro. Y el alma se da cuenta de que te envuelve con su dulce influencia, del mismo modo que ella misma se siente totalmente penetrada por la tuya, ¡oh Dios mío!

¿Quién podrá decir, Dios mío, la profundidad y el poder de tal encanto? Nada se le escapa. Invade todo el ser, osaríamos decir que hasta los tuétanos. Es una divinización ab intra. Se diría que tu ser, que, sin embargo, no puede mezclarse a nada, se convierte en el mismo ser del alma. Ésta comulga -o mejor, tal vez, es comulgada- en tu plenitud. Es la dicha insondable, la paz, la alegría, la fuerza, la seguridad, la luz, el calor, la vida. Es todo. Es más que todo. Está por encima de todo. Te vemos desde dentro. Te poseemos. Te saboreamos. Somos Tú mismo. Todo ello basta para morir. Y, sin embargo, no es más que una aurora, más que un comienzo. El horizonte se dilata. Son perspectivas infinitas y seguras. El presente da a manos llenas. Parece agotar el poder de dicha del alma. ¡Y, sin embargo, el porvenir dará todavía más!

 

NADA GUSTA TANTO A DIOS COMO UN ALMA QUE SE IGNORA A SÍ MISMA

Nada te está oculto, Dios mío. No se te escapa ninguno de los movimientos de un alma que te ama. Se diría que estás totalmente ocupado en acechar la más ligera manifestación de su amor hacia Ti. Ya puede envolverse en la discreción y en la modestia como en un velo para casi ocultarte, para ocultar a todos y a si misma lo poco que hace por Ti, según le parece a ella; es tiempo perdido. No hay velo para Ti, Dios mío. El esfuerzo que realiza para guardar su secreto aumenta el encanto de su afecto. Nada te gusta tanto como un alma que busca el silencio, que se ignora a sí misma y no quiere agradar sino a Ti. Se convierte en el objeto de tus complacencias. Atrae tus miradas. Atrae, sobre todo, a tu Corazón. Le amas. Se lo dices. Y le das en mil ocasiones pruebas evidentes de tu amor. ¡Alma bendita entre todas, quién dirá tu felicidad!

 

DIOS ELOGIA AL ALMA SU BELLEZA

Nada es tan dulce al corazón de tu Esposa, Dios mío, como oírte hacer el elogio de su propia belleza. Y no por vanidad de su parte; no, en absoluto. Demasiado bien sabe que todo lo que tiene lo tiene de Ti. Lo que le agrada es agradarte. Lo que le encanta es encantarte a Ti. Toda alma que comprende lo que Tú eres no debería tener otra ambición que ésa: atraer tus miradas y retenerlas por su auténtica belleza.

Después de tantos trabajos y de tantas penas, tu obra está, pues, acabada; la contemplas. Y te agrada tanto a Ti, el Divino Artista, que la declaras perfecta y bellísima. Este elogio, tan precioso, se lo dirigen a toda alma cuando entra en tu cielo. Pero tu amor no siempre puede esperar este momento. Quiere expresarse cuanto antes. Le cuesta mucho callarse. Y habla. Dice una sola frase, ¡pero qué frase! «¡Qué hermosa eres, Amada mía! Tota pulchra es, amica mea eres lo más bello que hay en el mundo. Necesito decírtelo. No temo hacerlo. Es verdad. Tu corazón está dispuesto para oírlo. Sí, Yo, tu Dios, Yo te lo digo; no lo dudes un instante: eres bella con la verdadera belleza. Y lo serás siempre. Alégrate.»

Por lo demás, hay en tu voz un acento que no engaña. La emoción que sobrecoge al alma hasta el fondo no puede tener otra causa que Tú. Sólo Tú puedes obrar en ese centro interior. Sólo Tú puedes derramar allí una tal paz, una tal seguridad, una tal beatitud. Por los frutos se conoce al árbol. Por la obra se conoce al obrero.

De tu Gracia, Dios mío, podemos decir que «es más bella que la belleza». Hay en ella un encanto infinito. Cuando invade, pues, un alma, le comunica ese encanto delicado, penetrante, delicioso, indefinible. Esa Gracia está hecha de dulzura, de armonía, de agudeza, de claridad también, pero tamizada y como puntualizada. En ella nada choca, nada sorprende, nada se impone a viva fuerza. Ejerce su imperio sin permitir casi que se percate uno de ello. Envuelve en una atmósfera de paz, de silencio y de santidad. Se la admira sin esfuerzo y sin cansancio. Hace olvidarlo todo. Se hace olvidar a sí misma, para hacerse paladear mejor. Tiene algo humilde, modesto, en su manera. Sí, la Gracia, tu Gracia, es «más bella que la belleza».

Pero la belleza y la Gracia de un alma Interior se armonizan muy bien con la fuerza. El alma interior es un alma enérgica. Ha combatido y continúa combatiendo el buen combate. Es un alma conquistadora, que espanta a los demonios y a sus desdichados prisioneros. Un alma interior hace más daño a tus enemigos, Dios mío, que más de cien que no lo son. Por si sola vale como un ejército. Por lo demás, no lucha sola. Tú le das siempre soldados, y buenos soldados. Ella los instruye. Los forma. Les imbuye su ardor. Les comunica su energía. Los lanza al asalto. Les asegura, por fin, la victoria. En todas las épocas has enviado a tu Iglesia algunas de esas almas valientes, terribles como escuadrones ordenados, y que lo han salvado todo cuando todo parecía perdido. «¡Danos, Señor, almas verdaderamente interiores!»

 

LA VIRGEN MARÍA, PREFERIDA DE DIOS

Bien miradas las cosas, Dios mío, parece que esa alma privilegiada, verdaderamente única, a la que llamas en el Cantar «mi paloma, mi inmaculada», que no excita los celos de ninguna alma, sino que, por el contrario, despierta la admiración y la alabanza de todas, es la dulce y pura Virgen Maria, nuestra Madre. Sólo a Ella se aplican tus magníficas palabras, sin restricción y sin límites. Es tu Hija única, Padre adorado; es tu arrobadora Madre, Jesús, Hijo único del Padre, convertido por Ella en nuestro Hermano para salvarnos; es tu Santísima Esposa, Espíritu de Amor, a quien Ella debe el ser Madre sin dejar de ser la Virgen de las Vírgenes. No hay pura criatura, ¡oh Santísima Trinidad!, que te sea tan querida como ésa. Es tu única, tu divinamente preferida.

Después del Corazón de Jesús, no hay objeto más precioso de conocer ni más dulce de contemplar que el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen. Es un abismo de perfección, de esplendor, de belleza, de gracia, imposible de describir. El Corazón de María es la obra maestra del Espíritu Santo. Lo enriqueció con todas las perfecciones, con todas las virtudes.

Sabemos que desde el primer instante de su concepción nuestra dulce Madre gozaba de todo el Amor divino. En el momento de su creación volvióse hacia Dios para unirse a Él en perfección; y su amor aumentó a cada instante, pues repitió ese gesto durante toda su vida y cada vez con más hondura e intimidad. Su corazón es purísimo, es decir, sin mezcla de nada inferior a sí. La Santísima Virgen recibió desde el primer instante de su vida el poder de amar en un estado perfecto. Y lo ejerció inmediatamente. No conoció pecado ni imperfección… Su amor de las criaturas fue la expansión de su amor a Dios, y en nada turbó su inalterable, su santísima pureza. En Jesús ama a Dios, puesto que Él es, a la vez, su Dios y su Hijo. Amó a San José, a San Juan, a las Santas Mujeres, a todo los hombres que se han sucedido en el curso de los siglos. Ama a todos sus hijos con profundo y real amor, pero los ama en Dios.

 

EL ALMA ES ABSORBIDA POR DIOS

Durante las duras pruebas que ha tenido que soportar para conquistar tu amor, duran te tus largas ausencias, ¡oh Jesús!, el alma interior no ha permanecido inactiva. Con sus trabajos, y sobre todo con sus pensamientos, ha sabido componer una miel dulcísima, de delicioso perfume. Ahora te la ofrece. Dígnate aceptarla. Le parece a esta alma como si fuera comida, absorbida por Ti. Sin embargo, no pierde lo que tiene ni la conciencia de lo que es. Y, a pesar de todo, se convierte en tu misterioso alimento, toda ella íntegra, sustancia y actos. Se convierte en Ti, sin que tengas Tú que adquirir nada, propiamente hablando. El cambio se opera íntegro en ella. Es ella la que se ha convertido en Ti. “… al contrario, tú te mudarás en mí.” (San Agustín). Verdad es que sigue siendo sustancialmente lo que es, y, sin embargo, ya no es la misma, Ve, piensa, ama, obra como Tú, contigo, en Ti. Si no está transustanciada, está transformada. ¡Dichosa e inefable transformación!

Durante largos días, Dios se ha convertido en aliento del alma interior. Poco a poco la ha transformado en si mismo. Pero llega un momento en que hallándola transformada totalmente y, por decirlo así, a su gusto, se alimenta, a su vez, de esta alma así divinizada. Antes, ella se sentía interiormente fortificada por un alimento a la vez misterioso y delicioso. Gustaba, en el fondo de sí misma, una gran felicidad, una felicidad suya propia, su felicidad. Le parecía incluso que había alcanzado los límites de la beatitud posible en este mundo. Pero aquello no era nada, lo comprende ahora. Una alegría totalmente nueva acaba de brotar en su corazón. Se da cuenta de que ella es como tu propio alimento, Dios mío. Tu felicidad se convierte en felicidad. Y está prendada, embriagada, fuera de sí misma.

Ciertamente, el alma interior no ignora que ella nada puede añadir a tu dicha infinita. Sin embargo todo sucede en esos benditos momentos como si ella te hiciera verdaderamente dichoso. No sólo gusta el alma de su propio goce, sino también de tu alegría, de la cual le parece ser ella la causa. Ninguna comparación puede hacer comprender lo que puede ser una tal felicidad. Sería preciso corregir, sublimar hasta el infinito la, de la madre más abnegada cuando alimenta con lo mejor de sí misma a su hijo amadísimo y pone toda su felicidad en hacer dichosa a esa querida criaturita que tan metida lleva en su corazón, y pensar en María, Virgen y Madre. Y el gozo del alma interior no pasa. No se agota. Cuanto más da ella a su Dios, más le da su Dios a ella. Él es la fuente inagotable del amor. A medida que se va saciando, llena su corazón, y eso es lo que colma de gozo a su Esposa.

 

EL ALMA INTERIOR ES MÁS O MENOS INCOMPRENDIDA

Muchas almas aun piadosas, no comprenden los impulsos del alma interior, su verdadero estado, lo que legítima sus actos. ¿Hemos de asombrarnos de ello? ¡Nada de eso! Para juzgarla con verdad sería menester poseer una ciencia muy profundizada de los efectos misteriosos del Amor divino o sufrir uno mismo del mal que ella padece. Eso es muy raro. Y el ideal, la unión de la ciencia especulativa y del conocimiento experimental, personal, todavía lo es más. Un San Juan de la Cruz, por ejemplo, no es dado al mundo, según parece, a cada generación de hombres. Pero aunque lo fuera no se le podrían someter todas las almas heridas por el mal del Amor divino. Tienen éstas que aceptar el ser más o menos incomprendidas.

Es como si se planteara al alma interior esta pregunta: ¿Qué tiene tu Amado para ti más que para los demás? Y el alma podría responder: «Yo no sé como veis vosotros a mi Amado, pero yo ¡lo encuentro tan hermoso! Posee todas las riquezas, es sabio, poderoso, bueno, afectuoso. Es delicado, es firme y fuerte. Y, sin embargo, es dulce, más dulce que una madre. No, nada le falta. Cuanto más le conozco, más arrobada estoy por la infinita profundidad de sus perfecciones. Y todo eso lo posee en paz, en armonía, en orden. Es muy sencillo, no sólo en su palabra y sus maneras, sino en Sí mismo. No me canso de contemplarlo y de amarlo. Es la alegría de mis ojos y de mi corazón.»

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