AbandonoEl Santo Abandono

Del abandono en los bienes esenciales espirituales

Consideremos aquí la vida espiritual en su parte esencial: 1º Su fin esencial, que es la vida de la gloria. 2º Su esencia aquí abajo, que es la vida de la gracia. 3º Su ejercicio esencial en este mundo, es decir, la práctica de sus virtudes y la huida del pecado. 4º Sus medios esenciales, que son la observancia de los preceptos, de nuestros votos y de nuestras Reglas, etc. Todas estas cosas son necesarias a los adultos, religiosos o seglares, cualquiera que sea la condición en que Dios los ponga o el camino por donde los lleve. Son ellas el objeto propio de la voluntad de Dios, significada, y, por tanto, son del dominio de la obediencia y no del abandono. El abandono, sin embargo, hallará ocasiones de ejercitarse aun en estas cosas.

 

Artículo 1º.- La vida de la gloria

«Dios nos ha significado de tantos modos y por tantos medios su voluntad de que todos fuésemos salvos, que nadie puede ignorarlo. Pues aunque no todos se salven, no deja, sin embargo, esta voluntad de ser una voluntad verdadera, que obra en nosotros según la condición de su naturaleza y de la nuestra; porque la bondad de Dios le lleva a comunicamos liberalmente los auxilios de su gracia, pero nos deja la libertad de valernos de estos medios y salvarnos, o de despreciarlos y perdernos. Debemos, pues, querer nuestra salud como Dios la quiere, para lo cual hemos de abrazar y querer las gracias que Dios a tal fin nos dispensa, porque es necesario que nuestra voluntad corresponda a la suya.» Así se expresa San Francisco de Sales, al que nos complacemos en citar, para vindicar su doctrina del abuso que de ella han hecho los quietistas. De este pasaje toma pie Bossuet para establecer con mil pruebas en su apoyo, que comprendida como está la salvación en primer término en la voluntad de Dios significada, el piadoso Doctor de Ginebra no la hacía materia del abandono y que, «si él extiende la santa indiferencia a todas las cosas», ha de entenderse con esto los acontecimientos que caen bajo el beneplácito divino. Además, sería impiedad contra Dios y crueldad para nosotros mismos hacernos indiferentes para la salvación o la condenación.

Esta monstruosa indiferencia era con todo muy querida de los quietistas, y condenaban el deseo del cielo y despreciaban la esperanza: unos, porque este deseo es un acto; otros, porque la perfección exige que se obre únicamente por puro amor, y el puro amor excluye el temor, la esperanza y todo interés propio. Tantos errores hay en esta doctrina como palabras contiene. Para dejar obrar a Dios y tornarse dócil a la gracia, es preciso suprimir lo que hubiera de defectuoso en nuestra actividad, mas no la actividad misma, ya que ella es necesaria para corresponder a la gracia: A Dios rogando y con el mazo dando, reza el refrán. El motivo del amor es el más perfecto, pero los demás motivos sobrenaturales son buenos y Dios mismo se complace en suscitarlos a las almas. La caridad anima las virtudes, las gobierna y ennoblece, mas no las suprime; y como reina que es, no va nunca sin todo su cortejo, ocupando ella el primer puesto y siguiéndola la esperanza, pues ambas son necesarias y, lejos de excluirse, viven en perfecta armonía. ¿Acaso no es propio del amor tender a la unión? Y así, cuanto más se enciende el amor, más intenso es el deseo de la unión, se piensa en el Amado, deséase su presencia, su amistad, su intimidad y no acertamos a separarnos de él. Cuando un alma fervorosa consiente de grado en no ir al cielo sino algún tanto más tarde, es por el sólo deseo de agradar a Dios abrazando su santa voluntad y de verle mejor, de poseerle más perfectamente durante toda la eternidad. En definitiva, ¿no es la salvación el amor puro, siempre actual, invariable y perfecto, mientras que la condenación es su extinción total y definitiva?

Es verdad que Moisés pide ser borrado del libro de la vida, si Dios no perdona a su pueblo; San Pablo desea ser anatema por sus hermanos; San Francisco de Sales asegura que un alma heroicamente indiferente «preferiría el infierno con la voluntad de Dios al Paraíso sin su divina voluntad; y si, suponiendo lo imposible, supiera que su condenación seria más agradable a Dios que su salvación, correría a su condenación». En estos supuestos imposibles, los santos muestran la grandeza, la vehemencia, los transportes de su caridad, que están, sin embargo, a infinita distancia de una cruel indiferencia de poseer a Dios o perderlo, de amarle u odiarle eternamente. Tan sólo quieren decir que sufrirían con gusto, si el cumplimiento de la voluntad divina lo precisara, todos los males del mundo y hasta los tormentos del infierno, pero no el pecado; en todo lo cual demuestran lo que aman a Dios, y cuán deseosos se hallan de agradarle haciendo todo lo que El quiere, y glorificarle convirtiéndole almas. Santa Teresa del Niño Jesús era el eco fiel de estos sentimientos cuando, «no sabiendo cómo decir a Jesús que le amaba, que le quería ver por todas partes servido y glorificado, exclamaba que gustosa consentiría en verse sepultada en los abismos del infierno, porque El fuese amado eternamente. Esto no podía glorificarle, ya que no desea sino nuestra felicidad; pero cuando se ama, se experimenta la necesidad de decir mil locuras». Tales protestas son muy verdaderas en San Pablo, en Moisés y otros grandes santos; en las almas menos perfectas corren el riesgo de ser una presuntuosa ilusión, un vano alimento de su amor propio.

En resumen, es necesario querer positivamente lo que Dios manda; y como nada desea tan ardientemente como nuestra dicha eterna, es necesario querer nuestra salvación de un modo absoluto y por encima de todo. Aquí no cabe el abandono sino en cuanto al tiempo más cercano o más lejano, como hemos dicho tratando de la vida o de la muerte, y también en cuanto a los grados de gracia y gloria que ahora vamos a explicar.

 

Artículo 2º.- La vida de la gracia

La vida de la gracia es el germen cuya expansión es la vida de la gloria. La una pasa luchando en la prueba, la otra triunfa en la felicidad; mas en realidad, es una sola y misma vida sobrenatural y divina la que comienza aquí abajo y se consuma en el cielo. Por otra parte, la vida de la gracia es la condición indispensable de la vida de la gloria. y es la que determina su medida. En consecuencia, hemos de desear tanto la una como la otra. Dios quiere ante todo que aspiremos a ellas como a fin supremo de la existencia, ya que trabaja exclusivamente por hacérnoslas alcanzar, y el demonio por hacérnoslas perder. Las almas que plenamente han entendido la importancia de su destino, no tienen otro objetivo en medio de los trabajos y vicisitudes de esta vida, que conservar la vida de la gracia tan preciosa y tan disputada, y de llevarla a su perfecto desenvolvimiento. Tocante, pues, a la esencia de esta vida, no hay lugar al santo abandono, por ser la voluntad claramente significada que las almas «tengan la vida y que la tengan en abundancia».

Pero el abandono hallará su puesto en lo que concierne al grado de la gracia, y por ende al grado de las virtudes y al grado de la gloria eterna; pues, según el Concilio de Trento, «recibimos la justicia en nosotros en la medida que place al Espíritu Santo otorgárnosla, y en la proporción que cada uno coopera a ella». La gracia, las virtudes y la gloria dependen, por tanto, de Dios que da como El quiere, y del hombre en cuanto que se prepara y corresponde.

Puesto que todo esto depende de la generosidad individual, es preciso orar, orar más, orar mejor, corresponder a la acción divina con ánimo y perseverancia, no omitir esfuerzo alguno para no quedar por debajo del grado de virtud y de gloria que la Providencia nos ha destinado. ¿Cuál es la causa de que no seamos más santos? ¿Quién tiene la culpa de que tan sólo vegetemos como plantas marchitas, en lugar de tener sobreabundancia de vida espiritual? La gracia afluye a las almas generosas, se nos prodiga en el claustro, y más aún se nos prodigaría y frutos más copiosos produciría si supiéramos obtenerla mejor por la oración y no contrariaría por nuestras infidelidades. No, no es la gracia la que nos falta, nosotros somos los que faltamos a la gracia. No acusemos a Dios de paliar nuestra negligencia, pues tenemos muy merecida esta reflexión de San Francisco de Sales: «Jesús, el Amado de nuestras almas, viene a nosotros y halla nuestros corazones llenos de deseos, de afectos y de pequeños gustos. No es esto lo que El busca, sino que querría hallarlos vacíos para hacerse dueño y guía suyo. Verdad es que nos hemos apartado del pecado mortal y de todo afecto pecaminoso, pero los pliegues de nuestro corazón están llenos de mil bagatelas que le atan las manos, y le impiden distribuimos las gracias que nos quiere otorgar. Hagamos, pues, lo que de nosotros depende, y abandonémonos a la divina Providencia.»

A pesar de todo, Dios permanece dueño de sus dones, y a nadie niega las gracias necesarias para alcanzar el fin que se ha dignado asignarnos. Pero a unos concede más, a otros menos, y con mucha frecuencia su mano abre con sobreabundancia y profusión cuando El quiere y como a El le place. Por eso Nuestro Señor, «con corazón verdaderamente filial, previniendo a su Madre con las bendiciones de su dulzura la ha preservado de todo pecado», y de tal suerte la ha santificado, que Ella es su «única paloma, su toda perfecta sin igual». Con certeza se afirma de San Juan Bautista y con probabilidad de Jeremías y de San José, que la divina Providencia veló por ellos desde el seno de su madre y los estableció en la perpetuidad de su amor. Los Apóstoles elegidos para ser las columnas de la Iglesia fueron confirmados en gracia el día de Pentecostés. Entre la multitud de los santos no hay quizá dos que sean iguales, pues la Liturgia nos hace decir en la fiesta de cada Confesor Pontífice: «No se halló otro semejante a él.» La misma diversidad reina entre los fieles, y ¿quién no ve que entre los cristianos los medios de salvación son más numerosos y eficaces que entre los infieles, y que entre los mismos cristianos hay pueblos y ciudades donde los ministros de la Religión son de mayor capacidad y el ambiente más ventajoso? La gracia riega el claustro más que el mundo, y con frecuencia un monasterio mucho más que otro. Pero es preciso guardarse bien de inquirir jamás por qué la Suprema Sabiduría ha concedido tal gracia a uno con preferencia a otro, ni por qué.

Ella hace abundar sus favores más en una parte que en otra. «No, Teótimo, nunca tengas esta curiosidad, porque contando todos con lo suficiente y hasta con lo abundante para la salvación, ¿qué razón puede nadie tener para lamentarse, si a Dios place distribuir sus gracias con mayor abundancia a unos que a otros…? Es, pues, una impertinencia el empeñarse en inquirir por qué San Pablo no ha tenido la gracia de San Pedro, ni San Pedro la de San Pablo; por qué San Antonio no ha sido San Atanasio, ni San Atanasio San Jerónimo. La Iglesia es un jardín matizado de infinidad de flores; y así, conviene que las haya de diversa extensión, de variados colores, de distintos olores y, en suma, de diferentes perfecciones. Cada cual tiene su valor, su gracia y su esmalte, y todas en conjunto forman una agradabilísima perfección de hermosura. Además, no creamos jamás hallar una razón más plausible de la voluntad de Dios que su misma voluntad, la que es sobradamente razonable y aun la razón de todas las razones, la regla de toda bondad, la ley de toda equidad.»

En consecuencia, un alma que practica bien el santo abandono, deja a Dios la determinación del grado de santidad que ha de alcanzar en la tierra, de las gracias extraordinarias de que esta santidad pueda estar acompañada aquí abajo y de la gloria con que ha de ser coronada en el cielo. Si Nuestro Señor eleva en poco tiempo a alguno de sus amigos a la más alta perfección, si les prodiga señalados favores, luces sorprendentes, sentimientos elevadísimos de devoción, no por esto siente celos, sino que, muy al contrario, se regocija de todo esto por Dios y por las almas. En lugar de dar cabida a la tristeza malsana o a los deseos vanos, mantiénese firme en el abandono; y con esto, el grado de gloria a que aspira es precisamente el que Dios le ha destinado. Mas hace cuanto de sí depende con ánimo y perseverancia, a fin de no quedarse en plano inferior a ese grado de santidad, que es el objeto de todos sus deseos.

 

Artículo 3º.- La práctica de las virtudes

Dios no deifica la sustancia de nuestra alma por la gracia santificante, y nuestras facultades por las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, sino para hacernos producir actos sobrenaturales, como se planta un árbol frutal para que nos dé frutos. Si nuestro Señor nos ha dado el precepto y el ejemplo, si nos intima sus amenazas y sus promesas, si nos prodiga sus gracias exteriores e interiores, es tan sólo para hacernos practicar la virtud, que huyamos del pecado y consigamos la vida eterna. Porque la práctica de las virtudes es el único camino de salvación y de perfección para los adultos, es también el fin próximo de la vida espiritual, es un ejercicio esencial, que unas veces es obligatorio y otras voluntario, es, en fin, la tarea que Dios asigna a nuestra actividad y ha de ser también el trabajo de toda la vida, pues las virtudes son numerosas, complejas e indefinidamente perfectibles.

Como la práctica de las virtudes pertenece, dice Bossuet, «a la voluntad significada, es decir, al expreso mandamiento de Dios, no hay en ella abandono ni indiferencia que practicar, y sería impiedad abandonarse a no adquirir virtudes o estar indiferente para tenerlas». Y San Francisco de Sales se expresa en idénticos términos: «Dios nos ha ordenado -dice- hacer cuanto podamos por adquirir las virtudes; así es que no olvidemos nada a fin de salir bien en esta santa empresa»; y añade en otra parte que podemos desearías y pedirlas, y hasta es más, lo debemos hacer de un modo absoluto y sin condición alguna.

Puesto que la práctica de las virtudes pertenece a la voluntad de Dios significada, debemos consagramos a ellas según los principios de la ascética cristiana, con la gracia desde luego, mas por propia determinación y sin esperar a que Dios, mediante las disposiciones de su Providencia, nos coloque en condiciones de hacerlo y nos declare de nuevo su voluntad, puesto que nos es ya suficientemente conocida, y esto basta. Labor nuestra es suscitar las ocasiones y utilizar las que nos ofrecen nuestras santas Reglas y los acontecimientos, pudiendo, además, multiplicar los actos de virtud sin ocasiones exteriores. No hay, pues, lugar al abandono en cuanto a la esencia de esta práctica, pero tendrá lugar en muchas cosas, como el grado, la manera y ciertos medios.

1º.- El grado de virtud. «Este depende a la vez -dice el P. le Gaudier- del hombre y de la gracia. Podemos, pues, y hasta debemos hacer los mayores esfuerzos para aumentarlo sin cesar, contentándonos, sin embargo, con la medida que pluguiere a la divina Bondad. Por esto, si observamos que nuestros progresos disminuyen o se paralizan, si llegamos a omitir obras de virtud y aun a caer positivamente en algún defecto, hemos de afligimos de haber faltado a la gracia y por no haber correspondido a los deseos de Dios. Mas, ya que El juzgó oportuno permitir esta caída o poner este limite a nuestros progresos para procurar su gloria y nuestra humillación y para castigar también nuestra negligencia, es de todo punto necesario conformar nuestra voluntad a la suya.» Declaramos, sin embargo, con este piadoso autor, que «si no subimos más alto, es por lo regular debido a nuestra culpa: la gracia abunda en toda alma fiel, pero nosotros no tenemos un ideal bastante elevado, y nos falta el valor y la perseverancia».

2º.- Las maneras defectuosas de practicar la virtud. Un orgullo secreto, la necesidad de gozar, el miedo de sufrir, pueden en efecto mezclarse en ella. Pertenece a la mortificación cristiana poner orden, mas la Providencia nos proveerá gustosa de los medios para conseguirlo. Citemos algunos ejemplos: Existe ante todo la manera egoísta de buscarnos a nosotros mismos en las diversas consolaciones, en nuestros ejercicios de devoción y hasta en el progreso de nuestras virtudes. Dios nos gobernará en forma tal que nos quite poco a poco estos apegos, a fin de que con mayor pureza y simplicidad no ansiemos sino el beneplácito de su divina Majestad, y cultivemos en adelante las virtudes; «no ya porque ellas nos son agradables, honrosas y a propósito para contentar el amor que nos tenemos a nosotros mismos, sino porque son agradables a Dios, útiles a su honor y destinadas a su gloria». De ahí el que aun las almas más selectas sientan la aridez, atormentadas por mil repugnancias y dificultades, quebrantadas y aniquiladas por el sentimiento de su impotencia y de sus miserias. Dios quiere despojarlas del orgullo y de la sensualidad, para que aprendan a no servirle sino a El sólo y por puro espíritu de fe.

Existe también la manera inquieta y apresurada. Muchas, luego que se han decidido a perfeccionarse por la adquisición de las virtudes, querrían poseerlas todas de un golpe; como si aspirar a la perfección bastara para poseerlas sin trabajo. Dios exige que hagamos cuanto está de nuestra parte por la fidelidad en conservar cada virtud según nuestra condición y vocación. Nos quiere así acostumbrar a tender a la perfección por grados con un corazón tranquilo. Por lo que mira a llegar a ella más pronto o más tarde, pide que lo dejemos a su Providencia; y suavemente nos conducirá, de suerte que moderemos la impaciencia de nuestros deseos y nos conservemos en la humildad.

3º.- Algunos medios de practicar la virtud. Dios se reserva el intervenir a su tiempo y como le plazca, para allanar los obstáculos, suscitar las ocasiones y facilitar el trabajo. Lo hace por cada acontecimiento de su beneplácito, empleando a todos los hombres en los intereses de su gloria, «pero a unos en la acción más que en el sufrimiento, a otros por el martirio, las persecuciones, la mortificación voluntaria, la enfermedad, etc. Nuestro papel consiste en hacernos indiferentes a todas estas cosas y esperar el divino beneplácito, y después, en abrazar su santa voluntad y estrecharla con amor así que aparezca claramente». ¿Acaso no es ella soberanamente sabia, paternal y saludable? Por otra parte, nadie tiene derecho a pedir cuenta a Dios de por qué nos pone aquí o por qué no nos conduce de otra manera. Mucho menos podemos exigir de El algunas de esas intervenciones especiales, en que su acción singularmente poderosa ilumina, abrasa, transforma las almas, o al menos las hace realizar un sensible progreso en poco tiempo y como sin esfuerzo de su parte. Santa Teresa en varios lugares de su Vida señala casos de este género. Cuenta en particular cómo el primer rapto con que el Señor la favoreció despególa súbitamente de ciertas amistades muy inocentes, pero a las que estaba muy apegada, y cómo después le era imposible entablar otras de las que no fuere Dios el único lazo. Mas estas ascensiones rápidas, estas iluminaciones súbitas, estas transformaciones sorprendentes no son sino muy raras excepciones. Dios, habiéndonos dotado de inteligencia y de voluntad libre, poniendo su gracia a nuestra disposición, «nos ha dejado en manos de nuestro consejo»; y así a nuestra actividad espiritual es a la que debemos exigir la práctica de las virtudes. Sería harto temerario y hasta insensato quien, contando con intervenciones extraordinarias de Dios, descuidase la iniciativa personal y se durmiera en la pereza.

 

Artículo 4º.- La huida del pecado

«La vida del hombre sobre la tierra es un combate». Día y noche los enemigos de dentro y de fuera nos acechan con intento de robarnos el tesoro de nuestras virtudes, y aun la vida de la gracia y de la gloria. Es preciso vigilar, orar, luchar sin tregua, rechazar de continuo los asaltos del infierno, descubrir sus artificios, tener a raya nuestras malas inclinaciones y nuestras pasiones desarregladas, que están en inteligencia con él; y si ha conseguido penetrar en nuestras filas por el pecado, arrojarlo por la penitencia, reparar las consecuencias de nuestra falta, prevenir una nueva ofensiva, preparar la final victoria mediante la vigilancia y ánimo siempre alerta, y puesto que somos la debilidad misma, hemos de llamar en nuestra ayuda a la omnipotencia de Dios. La lucha es de absoluta necesidad y no debe terminar sino con la vida. El día que cesemos de combatir, el pecado nos invadirá como un implacable enemigo, y se precipitará sobre un país que ha cesado de oponerle una resistencia victoriosa. Además, téngase en cuenta lo que cuesta despegarse de todo y establecerse sólidamente en la pureza del corazón y en la paz del alma, por lo que, una vez adquirida, es preciso conservarla a todo trance.

«Nuestro Señor no cesa de exhortar, prometer, amenazar, defender, mandar e inspirar, a fin de apartar nuestra voluntad del pecado, en cuanto esto puede hacerse sin quitarnos la libertad.» La voluntad divina nos ha sido significada mil veces y bajo todas las formas, y ante una voluntad divina tan claramente conocida en cosas de tan capital importancia, la indiferencia sería criminal. Preciso es, pues, resolverse a luchar sin tregua ni descanso y entrar en combate, sin esperar otra cosa que la gracia prometida a la oración y a la fidelidad.

Sin duda, Dios pudiera venir en nuestra ayuda por una de esas intervenciones poderosas que rinden al alma y la cambian con pasmosa prontitud; y así es como Magdalena, la pecadora escandalosa, se transforma en un momento y llega a ser maravillosamente pura; así es como Pedro, después de su triple negación, tropieza con la mirada de Jesús y comienza a derramar lágrimas que jamás han de cesar; como el buen ladrón, hasta entonces malhechor y blasfemo, realiza en el postrer momento una entera conversión y recibe de boca del Salvador la más consoladora seguridad; de esta manera es como los Apóstoles, antes tímidos e imperfectos, son confirmados en gracia y colmados de un valor intrépido el día de Pentecostés; como Saulo, el ardiente perseguidor, cae postrado en el camino de Damasco y pronto quedará convertido en un Apóstol no menos ardoroso. Dios pudiera sin dificultad hacernos pasar en un instante del pecado o de la tibieza a las más santas disposiciones, ya que en su poder están todas estas maravillosas transformaciones, mas, como advierte San Francisco de Sales, «son tan extraordinarias en la gracia, como la resurrección de los cuerpos en la naturaleza; de suerte, que no hemos de pretenderías». De igual manera, Dios pudiera calmar a las almas a quienes ve en la turbación o en otras disposiciones penosas, y hacerlo con una sola palabra suya, y establecerlas súbitamente en el estado en que El las quiere. Hácelo algunas veces, pero no es éste su método habitual. Prefiere que la «purgación y curación ordinaria, sea de los cuerpos, sea de los espíritus, no se haga sino poco a poco, progresivamente, paso a paso y entre dificultades y gustos».

Dios juzga más glorioso para nosotros y para El no salvarnos sin nosotros, o que nuestra perdición dependa de nosotros. Si nos preservase, si nos convirtiese, si nos transformase casi sin trabajo de nuestra parte, ¿dónde estaría nuestro mérito? Por el contrario, dejándonos más tiempo a nuestra propia determinación, exige de nosotros mayores esfuerzos, pero nos ofrece con el honor y mérito una fuente de incesantes progresos por la vigilancia, la oración, el combate, la penitencia, la humildad, la mortificación cristiana. Habiéndonos creado libres, nos gobierna libremente, juzgando preferible sacar bien del mal, a costa de nuestra libertad. Quiere, pues, que luchemos contra nuestras malas inclinaciones, nuestras pasiones desarregladas y los enemigos de fuera. El, que nos ha trazado el camino, nos ofrecerá su gracia, nos recompensará según nuestras obras; pero nos deja obrar. Preciso es armarnos de valor para la lucha, adorando a la divina Providencia en esta santa disposición, «en la que brillan su sabiduría en regir las criaturas libres, su liberalidad en recompensar a los buenos, su paciencia en soportar a los malos, su poder para convertirlos, o por lo menos, para llamarlos al orden por la justicia, y en fin, el bien de su gloria que El halla en todas las cosas y es la que únicamente busca en todas ellas». Pero obedezcamos al mismo tiempo a su voluntad significada, que nos ordena aborrecer el pecado, evitarlo mediante la vigilancia, la oración y el combate o repararlo por la penitencia.

 

Artículo 5º.- La observancia de los preceptos, votos, Reglas, etc.

Expuesto ya lo concerniente a la gloria eterna, a la vida de la gracia, a la práctica de las virtudes y a la huida del pecado, agrupamos aquí en este mismo articulo todas las restantes materias pertenecientes a la voluntad de Dios significada, como son: los preceptos de Dios y de la Iglesia, los consejos evangélicos, los deberes de estado, y por consiguiente para nuestros religiosos, nuestros votos, nuestras Reglas y las órdenes de nuestros Superiores; y por último, las inspiraciones de la gracia, los ejemplos de Nuestro Señor y de los santos.

Ya que todo esto pertenece a la voluntad de Dios significada, constituye el dominio propio de la obediencia y no del abandono. Constituye, además, los medios que nos asigna Dios para huir del pecado, cultivar las virtudes, vivir de la gracia y tender a la gloria; y como El quiere el fin, quiere también los medios y los tiene en grande estima. Impone los unos por vía de precepto, o si no son obligatorios, llegan a serlo para nosotros por efecto de nuestra profesión; los otros continúan siendo facultativos, pero es Dios mismo quien nos lo propone, si bien es El quien nos incita por sus promesas y nos atrae por su gracia para no descuidarlos. Así es como, por ejemplo, nos induce, además de las oraciones y sacrificios obligatoriamente tasados por nuestras Reglas, y mediante las condiciones requeridas, a hacer algo más por nuestra buena voluntad, y nos mueve a multiplicar los actos interiores de las virtudes, a seguir más de cerca a los santos, a nuestro dulce y amado Salvador Jesús.

En consecuencia, para cumplir todas estas cosas, al menos en lo que atañe a su obligatoriedad, no hemos de esperar a que los acontecimientos nos declaren la voluntad divina, o a que una moción especial del Espíritu Santo nos incline a cumplirla, porque ya nos es bastante conocida y, además, la gracia está a nuestra disposición. Por tanto, no tenemos sino caminar por nuestra propia determinación, fijos constantemente los ojos en los preceptos, en nuestras leyes monásticas y en las otras señales de la divina voluntad, a fin de regular de acuerdo con ella cada uno de nuestros pasos.

No hemos, sin embargo, de adherirnos a todas estas cosas, sino en tanto que continúen siendo la voluntad de Dios con respecto a nosotros. Si El deja de quererlas, nos es preciso despegarnos de ellas para poner todo nuestro afecto en lo que El quiere de presente, y no querer sino esto, porque algunos preceptos de Dios no son tan inmutables que no puedan ser modificados por las circunstancias; y lo propio sucede con los mandamientos de la Iglesia, como, por ejemplo: la asistencia a la Misa, el ayuno y la abstinencia en caso de enfermedad. Con mayor razón Dios podrá modificar algunas de nuestras obligaciones monásticas, cambiando nuestro estado de salud u otras circunstancias. Puede también, según le plazca, dejarnos o retirarnos la facilidad de ejecutar tal o cual práctica de libre elección. Es imposible a un solo hombre observar todos los consejos evangélicos o imitar todas las obras exteriores de Nuestro Señor y de los santos. Ha de hacerse una elección, que por lo regular la deja Dios a nuestra iniciativa; sin embargo, hácela con frecuencia El mismo, disponiendo de nosotros con su voluntad de beneplácito, por cuya razón habrá en todo esto materia más que suficiente para el Santo Abandono.

Dios asigna a cada uno el lugar de combate, las armas y el servicio según la vocación que nos da, o las circunstancias en que nos pone. En el siglo no se pueden practicar las observancias del claustro, y la vida estrictamente contemplativa no soporta el apostolado de fuera, ni la vida activa las constantes ocupaciones de María. La indigencia en el mundo o la pobreza en la vida religiosa impedirá hacer limosna, etc.; y en nuestra misma vocación hay un dilatado horizonte abierto al divino beneplácito. En virtud de éste, confía Dios los altos cargos a uno, mientras deja al otro su puesto humilde, otorga la salud según le place, y con ella la facilidad de guardar todas las observancias; mas, cuando le parece, quita la fuerza y reduce a una impotencia total o parcial.

En resumen, no siendo posible seguir nosotros solos todos los ejemplos de Nuestro Señor y de los santos, ni todos los consejos evangélicos, con todo, hemos de estimarlos en su justo valor, no despreciar nada de lo que ha llevado a las almas a la perfección, sino seguir tan sólo aquellos consejos y prácticas que se armonizan con nuestra condición y nuestra vocación. Hemos de guardar esmeradamente las obligaciones comunes a todos los cristianos y los deberes propios de nuestro estado, adhiriéndonos de todo corazón a estos medios de santificación como queridos por Dios, redoblando, si fuere necesario, nuestros esfuerzos y el espíritu de fe para no aflojar en su observancia. Mas, si las disposiciones del divino beneplácito nos muestran que Dios no quiere ya de nosotros en la actualidad uno u otro de estos medios, y si tal es el sentir de los encargados de dirigirnos, desprendámonos de ellos, para no querer sino lo que Dios quiere de nosotros al presente, y compensar así la pérdida de esta práctica con un abandono filial al divino beneplácito.



 

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