AbandonoLa vida oculta en Dios

La vida oculta en Dios (Introducción)

El autor de estas páginas es un sacerdote que sufrió mucho y a quien el Señor colmo visiblemente. Enteramente desligado de sus notas espirituales, autorizó la publicación de parte de ellas en 1929. Virgo Fidelis, prologada por el R. P. Garrigou-Lagrange, tuvo un gran éxito en Francia y en el Canadá. Su acento «vivido» y su profunda sencillez conmovieron a muchas almas.

Posteriormente, el autor, definitivamente inmovilizado por el sufrimiento, aceptó entregarnos sus papeles inéditos -él, que tan amigo era del Carmelo y que tan impregnado estaba de su espiritualidad-, con la esperanza de poder hacer todavía algún bien a las almas, a las que tanto amaba y a las cuales ya no podía llegar por sí mismo sino en lo invisible. Y murió en el mismo momento en que aparecía la primera edición de La vida oculta en Dios. El señor obispo de Limoges nos autorizó entonces a revelar que bajo el seudónimo de Robert de Langeac se ocultaba el reverendo señor Delage, sacerdote de San Sulpicio y profesor de Dogma del Seminario Mayor. El prelado concluía su escrito con este elogio, que tan hermoso es en su brevedad: «El autor vivía lo que expresaba.»

La concepción de esta obrita difiere de la de Virgo Fidelis. Entre los textos reunidos por una mano fiel y religiosa, hemos escogido los que más directamente se re ferian al más sublime desarrollo de esta «vida oculta en Dios» de la que habla el apóstol, tal como se realiza en la «transformación amorosa». Estas páginas constituyen, pues, una especie de testimonio de honda vida espiritual.

Sin embargo, para evitar falseamiento de perspectivas, hemos cuidado de subrayar primero el esfuerzo ascético del alma, y de evocar el ambiente de oración y de carencia en el que se coloca ella misma con la ayuda de Dios y sobre el cual los Consejos a las almas de oración insistieron ya lo suficiente como para que ahora necesitemos volver con más amplitud sobre ello. El capítulo segundo describe luego la acción de Dios en el alma. «Dios y su obra es Dios» , decía San Juan de la Cruz. Esta intervención divina tiene que padecerla el alma que se ha resuelto, cueste lo que cueste, a soportar todas las pruebas interiores que el Señor juzgue necesarias para prepararla a la unión. La cual se describe luego en límpidas páginas: el alma, convertida en la presa del amor divino, sosegada, tranquila, silenciosa, pero viva y amante, oye la voz de su Dios que le dice esta sola palabra: «Mira. Es la hora de las iluminaciones, de las revelaciones íntimas… Los ojos se abren.»

Pero lejos de guardar celosamente para ella los favores recibidos, el alma plenamente unida a su Dios desborda de fecundidad apostólica, pues por «dondequiera que está, el amor actúa… Aun privada de los medios ordinarios de la acción, que son la palabra y las obras, sigue actuando, y tal vez más eficazmente que nunca. Le quedan la oración, el sufrimiento, la misma impotencia. Todo lo encuentra bien. Convierte en flecha cualquier madera».

El ciclo de una vida espiritual profunda concluye así con la plena entrega de uno mismo a Dios y a los demás.

No conviene, por otra parte, que este plan, aparentemente riguroso, equivoque al lector sobre el verdadero sentido de este libro. Porque estos «trozos escogidos» de ningún modo pretenden constituir una doctrina completa de la unión a Dios, sino que más bien quieren comunicar, a través de las palabras, una experiencia que se refiere con mucha espontaneidad. No nos hemos preocupado así, al encadenar los textos, de establecer en ellos una rigurosa continuidad de estilo. A veces el autor habla del alma espiritual en general, mientras que otras se expresa en primera persona. A menudo parece también interrumpir su discurso para hablar directamente al lector. En otros pasajes, quien habla es Cristo. Y aunque las leyes literarias de la composición hayan de padecer por tanta libertad, parece que, a cambio de ello, la lectura de estas páginas dará la impresión de un diálogo muy libre y muy cordial con un alma que ha encontrado a Dios.

El estilo de esta obrita parecerá, sin duda, de una sencillez desconcertante. Los escritores espirituales conocen el drama de la expresión todavía más que los autores profanos. Pues sí difícilmente se dejan los sentimientos de un hombre definir y transmitir por él a sus semejantes, ¿qué habremos de decir de las operaciones de la Gracia en un alma? Lo que un Dios oculto y trascendente realiza allí, a su arbitrio, bajo el manto de la noche o en el alborear de una fe ya irradiante, no lo han visto los ojos ni lo han escuchado los oídos… «¿Cómo hablar, Dios mío, de la unión íntima contigo? Harían falta palabras más blancas que la nieve, más ardientes que el fuego. Estas palabras no existen. Y, sin embargo, ¿cómo callarse sobre la única cosa que verdaderamente tiene valor y que cuenta?» Y el alma gime: «¡Oh Amor!, las palabras son demasiado pequeñas para contenerte y por eso las destrozas; son demasiado débiles para expresarte, y por eso las aplastas.»

Pero el espiritual se resigna más fácilmente que el escritor a esa deficiencia de la expresión. La considera como una miseria más que añadir a tantas otras de que se ve acribillado y la acepta con la misma humilde dulzura con que soporta aquéllas. Por lo demás, y a su manera, la pobreza del lenguaje humano es un himno a la gloria de lo Inefable: «…puesto que (esas palabras) proclaman por su misma impotencia Tu grandeza y Tu fuerza.»

El místico renunciará, pues, a torturarlas para tratar de hacer que digan lo que no pueden decir. Pero la sencillez de su estilo será una especie de escándalo para esas inteligencias carnales que querrían apreciar el valor y la intensidad de la experiencia espiritual, no por el comportamiento moral, sino por las palpitaciones de la sensibilidad y por los dones de la expresión. Piensan como el apóstol Tomás: «Sí no veo en sus manos la señal de los clavos -la señal de las heridas que el amor ha causado al alma- y meto mí dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré». Pero esas heridas son invisibles, y si la carne participó en los trastornos espirituales del alma, no guardó su huella exacta y no es capaz de expresarlas perfectamente. Lo que es espíritu sigue siendo espíritu y se mantiene más allá de lo sensible; es de otro orden.

E Incluso, el espíritu se deleita a veces en borrar sus propias huellas, como para desafiar a la carne. Ciertos espirituales escogen voluntariamente, tal como el Señor lo hizo en su Evangelio, los términos más sencillos para decir las cosas más sublimes. Les importa poco parecernos banales o monótonos, sí el amor les hace hallar a esas palabras usuales un sabor constantemente nuevo.

«El canto de la tórtola tiene algo dulce, apacible, constante, gratamente monótono. Diríamos que es la voz de un afecto seguro de sí mismo, que para gustarse no tiene necesidad sino de repetirse sin brillo, casi sin ruido, pero también sin pausa. En el fondo del alma interior hay una voz muy semejante. Canta dulcemente y como muy bajo una melodía muy sencilla, que se contenta con unas pocas notas a intervalos muy cercanos: «¡Oh Amor, Te amo! ¡Dios mío, Tesoro mío, mi Todo, mi Amor!»

Las almas interiores de todos los tiempos han cantado sustancialmente siempre, aunque sin duda con infinitas variantes, esa misma cantinela del Amor. El Amor las ha escogido, perseguido y, poco a poco, ha ido invadiéndolas; a través de la muerte, las ha conducido a la vida. Las páginas que siguen serán así un testimonio vivo de ese Amor divino y de su reflejo creado, testimonio que habrá de añadirse a muchos otros.

Pero tal vez se diga: ¿Para qué divulgar esos secretos interiores? La evocación de favores tan «extraordinarios» y tan raros no conseguirá otra cosa sino que los cristianos que caminan a paso mesurado por el camino «normal» den vueltas a su cabeza. Y en cuanto a los que hayan podido conocer semejantes gracias, tal vez se corra el riesgo, atrayendo la atención sobre ellas, de hacerles perder la lozanía de su alma.

Para responder a esta objeción, que tiene su peso, empecemos por observar que estas páginas no van destinadas especialmente a las almas místicas, las cuales, ciertamente, existen, pero parecen ser raras. «El porqué Él se lo sabe», responde San Juan de la Cruz descorazonando de antemano nuestras explicaciones humanas. En todo caso, la extrema sensibilidad sobrenatural de los espirituales les impide echar sobre sí mismos una mirada de complacencia, y en el sentido en que Pascal decía del verdadero filósofo que éste «se burla» de la filosofía, los verdaderos místicos «se burlan» de la mística; al menos de la de los libros. Por instinto divino se dedican a conservar una perfecta desnudez de espíritu para caminar cada vez más en la Fe.

Por lo demás, lo que nos parece un término, lo consideran ellos más bien como un principio; y sólo les parece que empiezan a dejarse manejar por Dios cuando se abandonan a su Espíritu.

Menos todavía se dirige este libro a las almas que creen ser místicas (y que en un tiempo como el nuestro no son, ¡ay!, legión). Pues aunque imiten éxtasis y arrobamientos que casi llegan a confundir, y aunque a menudo lo hagan con una inconsciencia de la cual son las primeras víctimas; aunque a veces realicen obras casi extraordinarias, les falta en el Interior ese «no sé qué» sencillo humilde, abierto, llano, que hace huir al iluminismo y los ofrece a una auténtica iluminación sobrenatural. Haría falta que se dejasen abrir los ojos, que aceptasen, por así decirlo, cepillarse con el buen sentido de los verdaderos místicos. San Juan de la Cruz les aconsejaría que tomasen una «comida sustancial» siguiendo un poco más a su razón en lo que tiene de legítima (pues tal es el tema de una de sus máximas). Y Santa Teresa, por su parte, les propondría sencillamente otra comida: la que imponía a sus falsas visionarias: carne y descanso.

Resulta, pues (aunque sea bastante paradójico), que este librito se dirige a los cristianos corrientes que somos nosotros, para quienes el contacto de los auténticos espirituales es siempre beneficioso. Pues su éxito sobrenatural, si nos atrevemos a asociar ambas palabras, nos hace confiar en las energías casi ilimitadas depositadas por la Gracia en el fondo de nuestras almas y que sólo quieren poder desarrollarse allí. Pues el agua clara de la vida descendida del Trono de Dios y del Cordero hierve en nuestras entrañas, anhelando una salida para brotar en nosotros como vida eterna. Mientras tanto, murmura persuasiva en lo más íntimo de nosotros mismos aquella invitación que oyera Ignacio de Antioquía: «¡Ven hacia el Padre!» Después de todo la transformación en Cristo, de la que las epístolas apostólicas hablaban tan osadamente a los primeros cristianos, no es más que el pleno desarrollo de nuestra vida de bautizados. San Juan de la Cruz lo proclamó a su vez cuando vio en la «unión plena» la realización más profunda de aquella frase de Nuestro Señor a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de los Cielos».

¿Por qué, pues, un alma interior no había de anhelar obtener desde esta tierra la plena unión de voluntad con Dios, bajo la forma en que a Éste le pluguiera darla? (y no hay en el fondo más que una perfección, más o menos rica en resonancias conscientes). «Cuando el alma hace lo que es de su parte, dice San Juan de la Cruz, es imposible que Dios deje de hacer lo que es de la suya» “. «Indudablemente, añade prudente nuestro autor, no conviene imponerse a Dios; es inútil y es perjudicial. Invita «de hecho» a quien le place. Pero espera que le deseemos, que le pidamos, que le llamemos, que le preparemos nuestra alma por un amor delicado y generoso, constante y abandonado, y tiene derecho a ello. Ése es, pues, nuestro deber.»

Aun suponiendo que jamás lleguemos a tales cumbres, por pereza o negligencia de nuestra parte, o por libre voluntad divina de la otra, nos hará bien que plantemos por un momento nuestra tienda para contemplar la transfiguración de un alma, nos hará bien respirar el aire de las alturas espirituales, el cual no es otro que el Espíritu Santo, infinitamente más vivificante que los impuros soplos de la llanura. Frecuentando a los espirituales aminoramos nuestra grosería nativa, nos desprendemos de nuestras maneras de ver y de juzgar que son de aquí abajo para apreciar las cosas a la luz de lo alto. («Vosotros sois de abajo, Yo soy de Arriba» decía Cristo a los fariseos.) ¿Y no es ésta una apreciable ganancia?

Sobre todo cuando al frescor de la experiencia se asocia, como en el autor, un profundo conocimiento de la teología. Por haber enseñado el dogma durante largos años, Robert de Langeac había adquirido una claridad de pensamiento, un equilibrio y una seguridad doctrinal de las que no podemos sino felicitarnos, sobre todo en semejante materia.

En esta escuela, no sólo aprenderemos a dilatar nuestros deseos personales a la medida del don de Dios y de su «demasiado grande amor», sino también a alimentar nuestra esperanza dentro de la prueba por la que hoy atraviesa el mundo. Viendo el caos que reina en todos los campos y el profundo desquiciamiento de los espíritus, no puede uno dejar de pensar, con un estremecimiento del corazón, que el Señor está allí, en su era, con la criba en la mano, dispuesto a cernir su trigo.

Parece que nada pueda apaciguar ya ese furor justiciero suyo, que la Escritura se atreve a comparar, con su vigor habitual, al de un hombre borracho. Y, sin embargo, ¡que fácil de desarmar seria la cólera de Dios si nos dirigiésemos a su Corazón! Pues su amor lo hace tan invulnerable a nuestras oraciones que Él mismo parece asombrarse de ello en la Escritura:

«¿No es Efraim mi hijo predilecto, mi niño mimado? Porque cuantas veces trato de amenazarle, me enternece su memoria, se conmueven mis entrañas y no puedo menos de compadecerme de él» (Jer. 31,20)

Si, por tanto, el mundo debe ser salvado -y tiene que serlo-, no lo será ante todo por esos medios humanos, por esas técnicas que es necesario llevar a la práctica, pero cuya eficacia sigue siendo limitada. ¡Son medidas humanas, no medidas de Dios! Ahora bien, detrás de las causas segundas, la fe nos enseña que quien obra es Dios, que Él no mira al mundo como un espectador entristecido y más o menos impotente, sino que, por decirlo así, pone sus manos en la pasta humana y la amasa en todos los sentidos. Ante todo se trata, pues, de doblegar y de conciliarse a Dios. Eso es posible a aquel que cree y cuya fe viva sube en oración hacia el cielo. Pues la oración pone en movimiento ese infinito Poder al cual no teme ella mandar.

Indudablemente que no tenemos demasiado tiempo para orar y que oramos mal. Pero tras la lectura de estas páginas consuela pensar en esos «amigos viejos de Dios» de que hablaba San Juan de la Cruz, que, diseminados por toda la tierra, tratan de arrancarle la salvación del mundo como antaño Abraham la de Sodoma:

«-Perdona, Señor, sólo una vez más:
¿Y si se hallasen en Sodoma diez justos?
»Y Yahvé le contestó: «Por los diez no la destruiría».

¡Que puedan llegar a ser cada vez más numerosas esas almas! Ésa es la oración que dirigimos al Señor, con Robert de Langeac:

«¡Qué bueno sería, Dios mío, que hubiera en esta hora en el mundo un mayor número de estas almas robustecidas por Ti en el bien! Se diría que todo va a hundirse para siempre… La pobre Humanidad parece un hombre borracho que busca a tientas su camino. No sabe a quién con fiarse. No sabe sobre quién apoyarse… ¿Pero quién le abrirá los ojos y le enseñará el camino? ¿Quién sostendrá sus pasos vacilantes? Tan sólo las almas luminosas y fuertes, diseminadas en la masa, pueden prestarle ese servicio y llevarla hasta Ti. Haz, pues, Dios mío, que el número de esas almas redentoras aumente entre nosotros para que seas conocido, amado y glorificado y para que el mundo se salve.»

La vida oculta en Dios (Introducción)
Anterior

La vida oculta en Dios

La vida oculta en Dios (Introducción)
Siguiente

Capítulo I - El esfuerzo del alma