AbandonoEl Santo Abandono

Objeto del abandono en general

No estará de más recordar la distinción entre la voluntad de Dios significada y su voluntad de beneplácito, ya que en esto está el nudo de la cuestión.

Por la primera, Dios nos significa claramente y manifiesta de antemano y de una vez para siempre, «las verdades que hemos de creer, los bienes que hemos de esperar, las penas que hemos de temer, lo que hemos de amar, los mandamientos que se han de observar y los consejos que se han de seguir». Las señales invariables de su voluntad son los preceptos de Dios y de la Iglesia, los consejos evangélicos, los votos y las Reglas, las inspiraciones de la gracia. A estas cuatro señales puede añadirse la doctrina de las virtudes, los ejemplos de Nuestro Señor y de los Santos.

Ahora bien, el beneplácito de Dios no es conocido de antemano, y por regla general está fuera del dominio de nuestros cálculos, y con frecuencia hasta desconcierta nuestros planes. Solamente nos será manifestado por los acontecimientos, ya que los elementos que constituyen su objeto no dependen de nosotros sino de Dios, que se ha reservado su decisión. Por ejemplo, dentro de cierto tiempo, ¿estaremos sanos o enfermos, en la prosperidad o en la adversidad, en la paz o en el combate, en la sequedad o en la consolación? Es más, ¿quién podrá asegurarnos que viviremos? Sólo conoceremos lo que Dios quiere de nosotros, a medida que se vayan desarrollando los acontecimientos.

Nada más a propósito para la voluntad del divino beneplácito que el santo abandono, puesto que todo él se funda en una espera dulce y confiada, en tanto que la voluntad de Dios se nos manifiesta, y en una amorosa aquiescencia, desde el momento que aquélla se da a conocer. Supone además, como preliminar condición, la indiferencia por virtud, pues nada tan necesario como esta universal indiferencia, si se quiere estar apercibido para cualquier acontecimiento. Por otra parte, mientras no se declare el divino beneplácito, no cabe sino esperar confiada y filialmente, pues quien ha de disponer de nosotros es Nuestro Padre celestial, la Sabiduría y la Bondad por esencia. Y desde el momento que los acontecimientos no están en nuestro poder, una espera pacífica y sumisa nada tiene de quietista y hasta se Impone, salvo lo que en otra parte hemos dicho acerca de la prudencia, de la oración y de los esfuerzos en el abandono.

Diversa ha de ser nuestra actitud ante la voluntad de Dios significada. Nos ha manifestado con toda claridad «que tales y tales cosas sean creídas, esperadas y temidas, amadas y practicadas». Lo sabemos, y por lo mismo no tenemos ya el derecho de permanecer indiferentes para quererlas o no quererlas. Como de antemano nos ha manifestado su voluntad de una vez para siempre, no hay para qué esperar nos la explique de nuevo en cada caso particular. Las cosas de que se trata dependen de nuestro albedrío, y a nosotros corresponde obrar con la gracia por nuestra propia determinación. Ante la voluntad de Dios significada, no nos queda sino someter nuestro querer al suyo, por lo menos en todo lo que es obligatorio, «creyendo en conformidad con su doctrina, esperando sus promesas, temiendo sus amenazas, amando y viviendo según sus mandatos».

Se darán casos en que los acontecimientos no se sustraigan por completo a nuestra acción, pudiéndose prever y proveer de alguna manera, y en este caso convendrá añadir al abandono la prudencia y los esfuerzos personales, porque en el fondo, tales acontecimientos serán una mezcla de la voluntad de Dios significada y de su beneplácito.

Por consiguiente, no tiene lugar el abandono en lo concerniente a la salvación o a la condenación, a los medios que nos ha prescrito o aconsejado tomar para asegurar lo uno y lo otro; como son la guarda de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, la huida del pecado, la práctica de las virtudes, la fidelidad a nuestros votos y Reglas, la obediencia a los superiores, la docilidad a las inspiraciones de la gracia. Dios nos ha manifestado su voluntad sobre todas las cosas, y para asegurar su fiel ejecución, ha hecho promesas y lanzado amenazas, ha enviado a su Hijo, establecido la Iglesia, el sacerdocio, los Sacramentos, multiplicado los socorros exteriores, prodigado la gracia interior. Evidentemente la indiferencia no tiene ya razón de ser; la obediencia se requiere en las cosas obligatorias, y en cuanto a las de consejo, es preciso al menos estimarlas y no apartar de ellas a las almas generosas.

«Si la indiferencia cristiana -dice Bossuet- se excluye con relación a las cosas que son objeto de la voluntad significada, es preciso, como lo hace San Francisco de Sales, restringirla a ciertos acontecimientos que están regulados por la voluntad de beneplácito, cuyas órdenes soberanas determinan las cosas que suceden diariamente en el curso de la vida.»

«Ha de practicarse en las cosas que se relacionan con la vida natural: como la salud, la enfermedad, belleza, fealdad, debilidad y la fuerza; en las cosas de la vida civil, acerca de los honores, dignidades, riquezas, en las situaciones de la vida espiritual, como sequedades, consolaciones, gustos, arideces; en las acciones, en los sufrimientos y por fin en todo género de acontecimientos». En lo que atañe al beneplácito divino, esta indiferencia se extiende «al pasado, al presente, al porvenir; al cuerpo y a todos sus estados, al alma y a todas sus miserias y cualidades, a los bienes y a los males, a las vicisitudes del mundo material y a las revoluciones del mundo moral, a la vida y a la muerte, al tiempo y a la eternidad». Mas Dios modifica su acción en conformidad con los sujetos: «Si se trata de los mundanos, les priva de los honores, de los bienes temporales y de las delicias de la vida. Si se trata de los sabios, permite que sea rebajada su erudición, su espíritu, su ciencia, su literatura. En cuanto a los santos, les aflige en lo tocante a su vida espiritual y al ejercicio de las virtudes».

¿Hay necesidad de indicar que, siendo el gozo y la tribulación el objeto del abandono, ofrecerá esta última con más frecuencia la ocasión de ejercitarse? Todos sabemos por dolorosa experiencia, que la tierra es un valle de lágrimas y que nuestras alegrías son raras y fugitivas.

Señalemos aquí dos ilusiones posibles:

1ª Ciertas almas forman grandes proyectos de servir a Dios con acciones y sufrimientos extraordinarios cuya ocasión jamás llega a presentarse, y mientras abrazan con la imaginación cruces que no existen, rechazan con empeño las que la Providencia les envía en el momento presente, y que, sin embargo, son menores. ¿No es una deplorable tentación el ser tan valeroso en espíritu y tan débil en realidad? ¡Líbrenos Dios de estos ardores imaginarios, que fomentan con frecuencia la secreta estima de nosotros mismos! En lugar de alimentarnos de quimeras, permanezcamos en nuestro abandono, poniendo todo nuestro cuidado en santificar plenamente la prueba real, o sea, la del momento presente.

2ª Sería una ilusión muy perjudicial despreciar o tener en poco nuestras cruces diarias, porque son pequeñas. Todas son ciertamente muy insignificantes; mas, como son, por decirlo así, de cada momento, por su mismo número aportan al alma fiel una enorme mina de sacrificios y de méritos. Por una parte, nada impide recibirlas con mucha fe, amor y generosidad; y de esta manera la bondad de nuestras disposiciones les dará un valor inestimable a los ojos de Dios. Cierto que las grandes cruces, llevadas con amor grande también, nos acarrearían más méritos y recompensa, pero son raras. El orgullo y el buscarse a sí mismo se deslizan en ellas más fácilmente y «de ordinario esas acciones eminentes se hacen con menos caridad», mientras que el amor y las otras santas disposiciones son las que «dan precio y valor a todas nuestras obras». Estimemos, pues, las cruces grandes, pero guardémonos de menospreciar las pruebas vulgares y ordinarias, porque de ellas hemos de sacar más provecho. «Practiquemos la conformidad con la voluntad de Dios -dice el P. Dosda- en todos sus pormenores, por ejemplo: a propósito de la humillación ocasionada por un olvido o por una torpeza, a propósito de una mosca inoportuna, de un perro que ladra, de una luz que se apaga, de un vestido que se rompe.» Practiquémosla sobre todo con las diferencias de carácter, las contrariedades, humillaciones y los mil pequeños incidentes en que abunda la vida de comunidad. Sin parecerlo, es un poderoso medio de morir a sí mismo y de vivir todo para Dios.

Después de haber expuesto con detenimiento la naturaleza, motivos y el objeto en general del Santo Abandono, hubiéramos podido dejar al lector el cuidado de hacer las aplicaciones prácticas. Mas, como las pruebas son muy diversas, hemos creído hacer una obra útil estudiando las principales, a fin de poder, según la naturaleza de cada una, indicar los motivos especiales de paciencia y de sumisión, resolver algunas dificultades, precisar lo que se refiere a la oración, a la prudencia y los esfuerzos personales. Recorreremos sucesivamente las pruebas de orden temporal, las de orden espiritual en sus vías comunes y las de las vías místicas.



 

Objeto del abandono en general
Anterior

El ejemplo de Nuestro Señor

Objeto del abandono en general
Siguiente

El abandono en las cosas temporales, en general