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El colorido jardín que encontró Teresa

Flores de colores

He compartido con Teresita la duda sobre ciertas preferencias que parece tener Dios: de por qué a algunas almas las ha tratado con “más consideración” que a otras. Ella dice que le sorprendía que algunos santos como San Pablo o San Agustín, que habían sido perseguidores de Cristo, en un momento de sus vidas habían comenzado a ser bendecidos con “favores extraordinarios”. Y en otros tantos Jesús les había acompañado desde el comienzo de sus vidas hasta la muerte, escribiendo una larga historia de amor espiritual. Se me ocurre la Madre Matilde o Santa Joaquina de Vedruna. Variedad de santos que le gusta a Dios, lo llamaría yo.

Por otra parte, -y creo que todos nos lo hemos preguntado alguna vez en algún momento de nuestra niñez o incluso en edad más avanzada-, a mi amiga Teresa le interpelaba el hecho de que hubiera muchas personas, de distintas razas y credos que no habían oído hablar nunca de Dios. ¿Qué podría pasar con ellas?, ¿dónde quedaban realmente? La conclusión a este “problema” que se le reveló a la pequeña carmelita es sencillamente genial: forman parte de un gran jardín.

El Señor, como creador de todo, no se privó de tener un hermoso y gran jardín repleto de flores de todos los colores, tamaños y distinto perfume; en donde una especie combina a la perfección con la otra que pudiera tener al lado, siendo totalmente diferentes. Teresita argumentaba que todas no podrían ser rosas o lirios, porque se perdería la esencia de la creatividad y buen hacer de un Dios cuidadoso con todo lo que sale de sus manos. Todos somos flores de ese jardín, ¡la humanidad entera! Y Él sabe perfectamente el cuidado que requiere cada una de esas delicadas plantas. Lo bueno es que seamos conscientes de que todas y cada una de esas flores, sean muy grandes, medianas o muy pequeñas, tienen su función de complacer la mirada y el corazón de Dios. Quizás ahora, después de conocer lo que Teresa descubrió hace algún tiempo, no te importe a ti ser una pequeña margarita…

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