CartasHermano Rafael

Cartas (5)

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Cristo cargando la cruz -fragmento- (Lorenzo Lotto)

3 de junio de 1934 – domingo

A su tío Leopoldo, Duque de Maqueda, desde Oviedo (1)

Queridísimo tío Polín: Esperaba tu carta, pues sabía serías el primero en escribirme… Que Dios te pague el consuelo que recibí con ella. Ahora me dispongo, a mi vez a darte las noticias que me pides… No lo he hecho antes por imposibilidad material, pues veo muy mal y me canso mucho. Tengo que usar para todo las gafas de papá que son de vista cansada… Dice el médico que se me pasará en cuanto esté más fuerte. (2)

Lo que me pasa es muy sencillo, y es, en resumidas cuentas, que Dios me quiere mucho… Yo en la Trapa era feliz, me consideraba el más dichoso de los mortales, había conseguido desprenderme de las criaturas y no ambicionaba más que a Dios… Pero me quedaba una cosa: el amor a la Trapa, y Jesús, que es muy egoísta del cariño de sus hijos, también ha querido que me desprendiese de mi amado monasterio, aunque no fuese más que temporalmente.

Dura, muy dura, es la prueba que estoy pasando, pero ni tiemblo, ni me asusto, ni desconfío de Dios. Cada vez veo su mano en todo lo que me ocurre y me acontece, y te aseguro que es muy dulce abandonarse en manos de tan buen Padre. Cuántas cosas te diría si estuviera contigo. Hablas de mis penas, y yo te digo, feliz el que sufre por Cristo y desgraciado el que en la tierra ve cumplidos sus deseos.

La enhorabuena que tú me das me la dio con lágrimas en los ojos mi confesor allá en la Trapa (3). Si tú supieras lo que es aquello, tío Polín… He dejado algunos cariños tan profundos… Si vieses cómo nos queremos los trapenses en silencio… Nadie sabe lo que es llorar por un hermano que se va, a quien en cuatro meses, como a mí, no se le ha dirigido la palabra.

Bueno, cuando nos veamos hablaremos largo y tendido, no sabría expresarte por carta mis sentimientos; lo único que haré será explicarte detalladamente mi enfermedad.

En los cuatro meses de noviciado, ni un mal dolor de cabeza; una salud estupenda y encantado de la vida… Comienzan los trabajos de la «escarda». Los primeros días en el campo muy bien, alabando a Dios en medio de los trigos; un día me siento muy cansado; al día siguiente más; a otro ya no resisto y, mientras mis hermanos trabajan, yo me siento…, estoy agotado; hace dos o tres días que tengo una eliminación de orina tremenda, habiendo noches de levantarme seis veces… El Padre Maestro no me deja ir al campo; me quedo en casa lavando lechugas; al día siguiente después de Maitines de la Virgen, a las tres de la mañana no puedo estar más tiempo en el coro y subo a acostarme. Al día siguiente sube el reverendo Padre al noviciado y me manda unos días a la enfermería.

El Padre enfermero me analiza la orina y se queda asustado. Llega el médico y dice que tengo que ponerme en tratamiento inmediatamente y es imposible en el monasterio. Al día siguiente llega papá con el coche. A Oviedo llegué a la cuatro de la tarde, y a las seis me ponían la primera inyección de “insulina”, única cosa que dicen que lo cura.

Tengo mucha azúcar y tuve acetona; estoy a un plan de alimentación en que se me pesa todo lo que como por gramos; tengo un hambre terrible y una debilidad tal, que el leer me marea, el andar me cansa, apenas veo… Toda ha sido cuestión de seis o siete días, pero ha habido días que he adelgazado dos kilos.

Me hacen dos análisis diarios, y me ponen tres inyecciones también diarias… Una verdadera «juerga médica”; no tengo ningún dolor ni ninguna molestia; me estoy todo el día sentado sin hacer nada.

Me he traído el hábito, pero no me lo pongo.

Esta enfermedad es muy larga y no sé cuándo podré volver a mi monasterio, y no sé cuándo será, pero Dios me dice que yo moriré trapense; ahora lo único que tengo que hacer es ponerme en sus manos y te aseguro que lo estoy; más no puedo hacer, pues además sé que la Santísima Virgen no me abandona.

No te puedes figurar lo que siento lo de Pilar, pero no hay que preocuparse, Dios da la salud y Dios la quita… y Él sabe lo que hace. Yo he estado a punto de subirme al cielo (perdóname la presunción), pues el peligro ha sido cuestión de horas, y, sin embargo, Dios me ha dicho:

Espera…, y yo espero todo el tiempo que Dios quiera.

Espero verte cuando vengas a Covadonga, y entonces allí, a los pies de la Virgen, hablaremos de Dios… Ni tus penas ni las mías merecen comentarios, ¿qué más da salud que enfermedad, y qué más da riqueza que pobreza, cuando se tiene a Dios?

¡Ah, tío Polín, qué grande es el Señor! y qué pequeños somos los hombres.

He cambiado mucho en estos cuatro meses, Dios me ha mimado mucho y me ha hecho ver algunas cosas que antes no veía.

Bueno, te dejo por hoy. Otro día te escribiré más detalles, y no te preocupes por mi salud, que no merece la pena.

Da un abrazo muy fuerte a tía María y a los primos, y tú recíbelo todo de tu sobrino y hermano en Jesús y María

Rafael

Si tienes algún rato, ponme dos líneas.

 

11 de junio de 1934 – lunes

Al Padre Marcelo León, Maestro de novicios, desde Oviedo

Reverendo Padre Marcelo León.

Respetable y querido Padre Maestro: Le ruego disculpe mi tardanza en escribirle dándole noticias de mi salud, pero a un enfermo se le puede perdonar esa pequeña falta.

Sigo mejorando, aunque muy lentamente, y ya voy recobrando las perdidas fuerzas… Estos últimos días, he podido ir a recibir al Señor, claro está, que no puedo ir a pie, a pesar de la corta distancia de la iglesia a mi casa, y esta tarde saldré por primera vez, a dar un paseo en coche.

Sigo un plan de alimentación muy severo, pesándome las cantidades escrupulosamente, para saber el número de “hidratos de carbono” que tolera mi organismo y relacionarlos con la cantidad de “insulina” que me tienen que poner… Me hacen dos análisis diarios de la orina y me dan tres inyecciones también diarias de “insulina”. Le aseguro, Padre, que estoy pasando más hambre que en Cuaresma.

El médico dice que tendré que estar así todo el verano, pero que me curaré… Eso es lo que yo deseo para volver a mi monasterio, aunque ha de pasar tiempo hasta que yo pueda seguir normalmente el plan de alimentación de la Trapa… Mientras tanto, todo está en manos de Dios. El es quien puede resolver, y estoy en sus manos.

Mi estado de ánimo varía… Ha sido todo esto tan repentino, y tan rápido, que he estado unos días como atontado y sin saber lo que pasaba dentro de mi, y estaba como aturdido. El cambio de vida es tan radical, que no podía ser por menos… Creí que Dios me llevaba al cielo, pero parece ser que no es todavía la hora de mi liberación y que me quiere aquí en la tierra todavía un poco más de tiempo… Cúmplase su voluntad y no la mía.

Cuando me fui a la Trapa, a Él le entregué todo lo que yo tenía y todo lo que yo poseía: mi alma y mi cuerpo… Mi entrega fue absoluta y total, muy justo es, pues, que Dios ahora haga de milo que le parezca y lo que le plazca, sin que haya por mi parte ni una queja ni un movimiento de rebeldía.

Dios es mi dueño absoluto y yo soy su siervo, que obedece y calla… A veces me pregunto ¿qué querrá Dios de mí pero como dice David: “¿Quién es el hombre para conocer los designios de Dios?”. Por tanto, lo mejor es cerrar los ojos, y dejarse llevar por Él, que Él sabe lo que nos conviene.

Yo era demasiado feliz en la Trapa; la prueba que me ha exigido es dura, pero con su auxilio saldré adelante y aquí, allí o donde sea, seguiré adelante sin retroceder. “He puesto la mano en el arado y no puedo mirar atrás”.

Dios no solamente aceptó mi sacrificio, cuando dejé el mundo, sino que me ha pedido mayor sacrificio todavía, que ha sido volver a él… ¿Hasta cuándo?… Dios tiene la palabra. Él da la salud, y Él la quita… Los hombres nada podemos hacer más que confiar en su divina providencia sabiendo que lo que El hace, bien hecho está, aunque a primera vista a nosotros nos contraríe nuestros deseos, pero yo creo que la verdadera perfección es no tener más deseos que, “que se cumpla su voluntad en nosotros”.

Dios en su infinita sabiduría, no pregunta al hombre lo que desea para otorgárselo inmediatamente, pues generalmente éste no sabe lo que le conviene para su salvación, sino que, obrando por encima de la razón y los designios de la criatura, la lleva, la trae y la prueba de mil maneras… y el hombre dice: “Señor, ¿por qué hacéis esto” , y Dios parece que dice: “Confía en mi, vosotros sois como niños, y para llegar el reino de mi Padre, no podéis ir solos, ni señalar el camino; yo os conduciré… Seguidme, aunque contraríe vuestros deseos… El reino de Dios sufre violencia.., y para llegar al término, no ha de ser por donde el hombre dispone, pues como niño que es a los ojos de Dios, apenas sabe andar… Confía en mi, dice Jesús, y yo te llevaré”.

Querido Padre Maestro: Yo me dejo llevar por Jesús… Cuando era más feliz… Cuando veía claro mi porvenir de monje cisterciense, cuando ya no deseaba nada del mundo y mi único deseo era estar hasta morir con mis hermanos en religión…, dice Jesús: “Ahora una enfermedad y afuera”… Pues bien, “fiat”, ¿qué más puedo hacer?

Por tanto, ya ve Padre, que estoy tranquilo, que las circunstancias por que atravieso no dependen de mi y que, por tanto, como ha sido Dios el que me ha sacado, del noviciado, si El quiere, Él me volverá a llevar.

Cuántas cosas le diría para los Padres, y los novicios, y oblatos… Mi silencio creo yo que será más elocuente que todo lo que yo por carta pueda decir… He dejado en la Trapa tanto cariño sincero que eso no se olvida nunca. No le doy recuerdos en particular para nadie, porque tendría que ir nombrando a toda la comunidad; aunque corporalmente estoy aquí, espiritualmente estoy muy a menudo en el coro.

Me levanto tarde, me acuesto tarde, estoy todo el día en casa sin hacer nada, pues el leer me cansa bastante la vista y no puedo, y no tengo fuerzas para nada… Recorro todas las butacas de la casa para no estar siempre en la misma y para no ocultarle nada, le diré que he vuelto a fumar.

El hábito no me lo pongo para no llamar la atención, y lo tengo cuidadosamente guardado; para mi fue un consuelo el traérmelo.

No recibo a nadie; los primeros días, porque la gente me mareaba realmente, y ahora porque lo que me digan no me interesa lo más mínimo, como usted fácilmente comprenderá, y aunque hay gente que verdaderamente me aprecia también hay mucha curiosidad, pues un trapense no se ve todos los días.

El otro día estuvo en casa el Padre Felipe que yo no conocía; vino a ver a su familia y de paso se detuvo a conocerme. Es muy simpático y debe ser muy bueno.

Nada más tengo que contarle… Perdóneme lo mal pergueñadas que van estas líneas, pero ya sabe usted cómo escribo, mucho, deprisa y mal, pero ese soy yo; las cartas de cumplido las guardo para otra persona que no sea mi Padre Maestro.

Confío en las oraciones que le dirigirán por mi a [la] Santísima Virgen los novicios y los oblatos; desde luego, fío más en ellas que en los médicos a quien Dios perdone el hambre que me están haciendo pasar…, le aseguro, Padre, que es tremenda, pues además es una característica de la enfermedad.

Sin más que decir presente mis respetos al reverendo Padre Abad, mi sincero afecto a los novicios y de usted espera recibir su bendición y sus oraciones, su novicio

Fray María Rafael

 

17 de junio de 1934 – domingo

A su tío Leopoldo, Duque de Maqueda, desde Oviedo

Oviedo, IV domingo después de Pentecostés.

Queridísimo tío Polín: En contestación a tu carta te diré que sigo mucho mejor, gracias a Dios, y que según el médico esto va muy deprisa; bien es verdad que las medicinas que yo uso no son corrientes, pues las oraciones de mis hermanos los novicios, valen más que todos los médicos y todas las medicinas juntas… De todas maneras, el verano entero no me lo quita nadie, y después comenzaré un régimen de alimentación análogo al de la Trapa, para ver si mi organismo responde y así poder seguir mi vida de “pobre trapense”, como tú dices.

Confío mucho en Dios; Él seguramente me volverá a llevar al monasterio; no pienso en otra cosa en todo el día… El coro, el campo, el silencio, la paz del cementerio tan alegre…, mis hermanos, mi hábito, mí celda, mi Sagrario de la Trapa…, todo eso que conquisté con sacrificios y lágrimas, se derrumba con una cosa tan insignificante, como es un poco de azúcar en la sangre… Qué grande es Dios, tío Polín, que se vale de lo más pequeño e insignificante para hacer ver al hombre su pequeñez y miseria, y para hacernos comprender que sin Él no somos nada.

Yo era demasiado feliz en la Trapa; te aseguro que la vida es dura, muy dura, pero se tiene a Dios tan cerca, que la austeridad de la Regla no se nota. Yo respiraba alegría por todos los poros… Mi única ilusión era Dios, y le sentía tan cerca, que lo olvidaba todo.

También es verdad que, al principio, me costó algunas lágrimas, pues al fin y al cabo soy una criatura humana con corazón y con sentimientos, y hay cosas que no se pueden remediar.

Recuerdo los primeros días de postulante cuando salíamos al campo en una fila… Cada novicio con su azadón y yo el último… Nos encaminábamos en silencio a las viñas…, un frío terrible; la tierra dura de la helada y, además, con un sueño que apenas me podía tener… Nos distribuía el jefe de trabajo, nos persignábamos, rezábamos un Avemaría y a trabajar.

Pues bien, más de una vez en aquellos días regaba los terrones que arrancaba con mi azadón, con unos lagrimones del tamaño de naranjas. Pronto reaccionaba; me acordaba de la pregunta que se hacia nuestro Padre san Bernardo: «Bernardo ¿a qué has venido?”…, redoblaba entonces mis fuerzas en el trabajo y si alguien hubiese estado muy cerca de mí, me habría oído cantar una cosa que empieza así: «Virgen del santo Recuerdo, que nunca te podré olvidar”.

Eso era para mi el gran remedio…, el cantarle a la Virgen… ¡Si vieras cómo me ha tratado la Señora! Nunca sabremos bastante, tío Polín, lo que nos quiere María.

Otro día también cogí una perra, ¿sabes por qué? Cada vez que me acuerdo me río… Pues sencillamente que una mañana a las cinco, se me juntaron el hambre (estábamos en Cuaresma), el sueño y el frío, y entre los tres le dieron tal paliza a este miserable cuerpo, tan acostumbrado al regalo, que le hicieron saltar las lágrimas… Te aseguro que cuesta dominar la carne, pero con la ayuda de Dios tan grande que tienen los trapenses, se hace de ella lo que quieres… Yo estoy convencido, sin una gracia muy especial, el trapense no podría vivir.

Bueno, ya para que lo sepas todo, cuando he llorado con más gusto… es con las cartas de mi madre.

Todo esto te lo cuento para que conozcas las miserias de tu sobrino que a pesar de su gran amor a Dios, se entregaba a Él con no toda la generosidad que debiera… Pero pasó el postulantado y vino el noviciado, y aunque seguía dando guerra el cuerpo, ya no le hacia caso… Yo estaba a lo que estaba y nada más; quería acercarme a Dios y en realidad, yo no hacia nada, Dios se acercaba a mi, me ofrecí a El, Él me aceptó… y en prueba me ha mandado otra vez a los hombres con una enfermedad… ¡Bendito sea! Ahora lo que le pido es que me cure para volver al monasterio con mis hermanos. Le pido la salud para entregársela a Él nuevamente, para otra cosa no me sirve, pues entre los hombres se está muy mal como tú dices… Claro que los trapenses también son hombres, pero..?… tú me comprendes.

Una cosa te he de decir, que te gustará, tú y yo, antes de mi huída del mundo, no conocíamos lo que era una Trapa. Suponíamos y con razón, que era lo más cercano al cielo de entre los hombres… Pues bien, yo ahora te digo que nos hemos quedado cortos y que tú no tienes ni idea de lo que se encierra en un monasterio del Cister… Puedes creerme, y así comprenderás, que una vez conocida y probada la vida monacal, no se quiera otra. Allí he encontrado una cosa muy rara y muy extraña en el mundo… se llama “amor al prójimo”, y “caridad”.

Bueno…, si yo supiese escribir, qué de cosas te contaría, que sé te habían de hacer llorar de contento…, pero eso lo dejo para cuando nos veamos cara a cara y frente a frente, que espero será pronto. Lo bonito seria que yo te dijese que ya te lo contaría cuando nos viésemos en el cielo, pero estoy por asegurarte que allí no íbamos a tener tiempo de ocuparnos de estas menudencias ¿no te parece?… Pero mientras estamos en la tierra, por muy alto que estés, sé te han de interesar las menudencias, de tu algo más que sobrino, el hermano Fray María Rafael…, por otra parte, sentiría darte el latazo.

Me preguntas si conozco a don Pedro Sánchez del Río y me parece que alguna vez te hablé de él… Es íntimo amigo mío y solamente a él le he contado muchas cosas… Es un varón de Dios por no decir un santo, que como ya convinimos, el calificativo santo se prodiga mucho; es un hombre muy entregado a Dios y de una virtud de veras…, te lo puedo asegurar que le conozco a fondo… Sé te ha de gustar. Si quieres que le diga algo, puedes hacerlo con toda confianza.

Le agradecí mucho a tía María su carta, conociendo su pereza para escribir. Ya sé que no me olvidáis en el Sagrario y a los pies de María sobre todo; yo por mi parte…, bueno, ¡qué bobo soy!, ¿qué te puedo decir?

Cuánto siento lo de Pili…, tan buena y tan cariñosa como es con su primo Rafael. Dila de mi parte que pronto tendrá una sorpresa que yo la voy a mandar y que si está enfermita, que yo también lo estoy y que le pida a Dios nos pongamos buenos pronto, yo así lo hago.

Me dice tía María, que no te cuidas y que yo te anime a que te dejes cuidar. Por Dios, tío Polín, que ya eres mayorcito. Pero solamente te voy a hacer una reflexión, que es la que me hago yo. “Dios me ha mandado una enfermedad ¿para qué? para humillarme… Pues bien, humíllate”. Ya sé que es muy duro estar a merced de los calditos, la inyección, la hora y los médicos… El hombre pone los medios y Dios todo lo demás… Otra cosa no podemos hacer.

Cuando salí del monasterio, me dijo el reverendo Padre Abad…: “tú tienes que volver, por tanto, te mando que obedezcas al médico como si fuese el Padre Maestro”… Por tanto, en mi curación, interviene la obediencia. Haz tú lo mismo.., obedece y no seas malo.

Nada más tengo que contarte de particular; aquí todos bien, gracias a Dios y sin novedad.

Un día de éstos escribiré a la abuela y a tía María Barón, pero cuando ya estén fuera de Madrid pues ahora que va mamá con Merceditas a examinarse, la darán noticias de su nieto.

Me alegro mucho que Anita se haya acordado de mi. Cuando la escribáis la podéis decir que este trapense, siempre que se acordaba de las misiones, no olvidaba a esa pobre mujer que allá en la India tenía un pensamiento igual que el mío…, servir a Dios. Para más detalles, te diré cuándo pedía.

Como en la Trapa no se pierde ni un minuto, ni en los intervalos ni, incluso, al ir de una parte a otra, yo al salir de la iglesia, después del examen de conciencia hasta llegar al refectorio, lo tenía dedicado a las misiones… Salíamos de la iglesia en una fila por en medio del claustro y, muy despacio, y ya con la capucha echada nos vamos al refectorio.

Como vamos en silencio, cada cual reza lo que quiere… Yo, como te digo, lo dedicaba a las misiones. Pensaba en lo bueno que es Dios que a mi me concedía el alimento necesario para el cuerpo… Le agradecía la paz de mi convento y, al mismo tiempo, le pedía que no olvidase a los misioneros que a veces ni tienen qué comer, ni tienen convento. La obligación del trapense es pedir en silencio por los que están en el mundo conquistando almas para Cristo; yo me creía en esa obligación.., y todos los días, absolutamente todos, y durante los seis o siete minutos que tardábamos del coro al refectorio, yo pedía por Anita.

Este hecho te demostrará que en la Trapa se está en comunicación con Dios desde que te levantas hasta que te acuestas… Cada monje tiene sus devociones particulares, y como el silencio ayuda tanto… Recuerdo un sacerdote en Ávila que una vez, me parece que ya te lo conté, estuvo discutiendo conmigo en casa de don Justo y que me decía que el silencio en los monjes que era absurdo y que era una bobada el no hablar, y que si esto y que si lo otro… Cuántas veces me he acordado de aquel sacerdote… Si él supiera que en la Trapa lo más hermoso que hay es el silencio… Pero ¿qué sabe el mundo lo que es eso?

Bueno, voy a terminar esta carta que me parece que por hoy ya es bastante. Si te da la gana escribes. El otro día escribió Casio a papá muy cariñoso; salúdalos de mi parte y para ti y tía María, lo de siempre, todo el cariño de vuestro sobrino y hº

Rafael

 

22 de julio de 1934 – domingo

Al Padre Maestro, Marcelo León, desde Oviedo

Reverendo Padre Marcelo León.

Mi querido Padre Maestro: Esta carta, como es natural, está dirigida a usted, pero es la contestación a las cariñosas cartas del Padre Francisco y de mis connovicios, a las cuales si no he contestado antes como debiera haberlo hecho, ha sido por esperar un consentimiento del médico, que ya lo tengo, para anunciarles mi visita para el día primero de agosto, santo de nuestro querido Padre Abad.

Yo estoy, gracias a Dios, casi bueno del todo; no tengo apenas «azúcar», pero sigo el tratamiento de la insulina y el régimen… El médico me ha dicho que puedo perfectamente ir a pasar a mi monasterio tres días, de manera que yo saldré de aquí el día 31 en el rápido y estaré en la Trapa los días 1, 2 y 3. Él me dará una nota de lo que puedo comer que es casi de todo, y me llevaré la inyección para que me la ponga el Padre Vicente. Después será cuestión de dos o tres meses más que a mí se me hacen siglos, en los cuales estaré a prueba del régimen que tomo en el monasterio, para poder seguir luego mi vida interrumpida al lado del Sagrario de la Trapa y de mis buenos hermanos.

Según el médico aún tendré que estar una temporada en observación, pero eso creo que la caridad de ustedes para conmigo podrá arreglarlo.

¡Si viera, Padre, qué descentrado estoy en el mundo!… Que aunque estuviera de jardinero y comiendo las sobras que dan a los pobres, yo me volvería a la Trapa… Pero no me hacen falta esos extremos.

Cuando salí de la enfermería para venir a casa, pensé que Dios o me llevaba al cielo, o me ponía bueno para seguir siendo trapense… Parece que Dios ha optado por lo segundo. Él sabrá mejor que nosotros, lo que conviene, y aun en la adversidad seguir dándole gracias por todo, y conmigo especialmente me trata el buen Dios de tal manera, que no tengo más remedio que hundir la cabeza en tierra, ponerme a sus plantas, y exclamar: “Señor, ¿quién soy yo para que te ocupes de mi?”, el último de los trapenses, la criatura que nunca ha correspondido a los beneficios de Dios, y sin embargo, con tu bondad infinita, le vas conduciendo de la mano por el mundo, y si eres Tú, Señor, el que me pone obstáculos, también eres Tú el que los quitas para que tus hijos no tropiecen.

Pero ya sé que no son mis méritos, que cuando escudriño mi conciencia sé que no los hay, sino todo lo contrario… Todo lo que recibimos de Dios es por los méritos del Cristo que murió en una Cruz, y los recibimos por la mediación de María.

¿Y qué más puede dar Dios que la vocación? ¡Ah! mis queridos connovicios, no sabéis lo que tenéis, ni nunca podréis dar gracias a Dios suficientes por tan gran beneficio; yo tampoco lo sabía, hasta que tuve que volver al mundo, y si antes de irme a la Trapa me parecía que el mundo estaba loco o trastornado, ahora me da la sensación de que Dios lo ha abandonado, de que ha dejado a los hombres solos, pues éstos en su orgullo suicida, dicen a gritos: No necesitamos a Dios… Y la sociedad está desquiciada, y se ocupa de todo menos de lo único importante, y os aseguro francamente, al ver a los hombres tan ciegos, da tristeza y dan ganas de gritarles…, ¡dónde vais!, insensatos o locos… Estáis crucificando a Jesús, a ese Nazareno que nos mandó amarnos los unos a los otros… ¿No veis que vais por mal camino…, que la vida es muy corta y tenemos que aprovecharla, pues el juicio de Dios está cerca?… Pero es inútil; en el mundo no se oye hablar de Dios y de sus juicios… Todo son envidias, ambiciones terrenas y pasiones desatadas; y al ver este triste espectáculo, ¿cómo no dar gracias a Dios por mi vocación?… ¿Cómo no voy a añorar mi rincón en la Trapa?…

No, hermano Isidro, como me dice en su carta, no es raro ni sorprendente que yo tire hacia arriba como usted dice y desprecie lo mucho que me ofrece el mundo, y suspire por las alubias de la Trapa… Yo lo veo muy natural y lógico, pues el mundo me paga en una moneda que a los ojos de Dios no sirve para nada… Con el dinero se compra el mundo, pero no el cielo, y así como se desecha un duro falso, pues con él no se hace nada, así se debe desechar todo eso que no sirve más que para pasar agradablemente la vida…, pero nada más, y la verdad sea dicha, la vida es muy poca cosa…, total nada, pues para nosotros los cristianos, nuestra vida no está aquí en la tierra; dejemos pues a los que se contentan con tan poco y dediquémonos a hacer un buen capital en el cielo con la única moneda que sirve para algo… Esa moneda es el sacrificio, la mortificación, la oración, en una palabra, la vida del trapense.

No es, por tanto, que yo tire hacia arriba o hacia abajo, es sencillamente…, lógica pura, pues, como me dice el hermano Bernardo, es mejor el pelar patatas por amor de Dios, que todos los lujos que me pueda dar el mundo.

De buena gana le pondría algunos textos en latín al Padre Francisco, para corresponder a su carta, pero da la casualidad que aún no lo sé. Lo que sí le digo es, Padre Francisco, que he hecho la novena a santa Teresita unido a usted y que ella espero que me ponga bueno.

No se puede figurar cuánto agradecí sus cartas y qué consuelo tan grande tuve con ellas. Las leí muchas veces, dando gracias a Dios por el verdadero cariño fundado en el amor a Dios y en la caridad que se desprende de ellas; en realidad yo no merezco nada de eso, pero también es verdad, que si nosotros, los monjes trapenses, no ponemos en práctica el precepto de los evangelios de “amaros los unos a los otros”, ¿quién lo va a poner? Buscamos en el mundo la perfección, y la única perfección es ésa.

¿Cuándo profesa el hermano Damián?.

En fin…, tantas cosas les diría y preguntaría que, en una carta, no puedo expresarlo todo, y estoy contando los días para poder ir a pasar tres días en el monasterio.

Sigan pidiendo por mí a la Santísima Virgen nuestra Señora, que yo así lo hago para que podamos reanudar mi noviciado y que en lugar de pasearme en coche y darme buena vida, siga tratando de encender y apagar las velas sin equivocarme y dándole al fuelle del órgano cuando no funcione la corriente…, al fin y al cabo, ése es mi sitio.

Me acuerdo en todo momento de mi vida monástica, y todavía no sé si estoy soñando. ¿Quién me diría que aquellos trenes que pasaban a tanta velocidad, mientras estábamos en las cepas, había yo de volverlos a utilizar?… Pero ¿qué sabemos los hombres de lo que nos puede ocurrir?, y cuando uno se entrega a Dios sin reservas, tiene que estar dispuesto a todo.

Díganles a los oblatos y a Padre Amadeo que el “novicio alto” le verán dentro de unos días si Dios quiere.

Padre Maestro, presente mis respetos al reverendo Padre Abad, y se encomienda a sus oraciones y se despide de todos hasta muy pronto su hermano en Jesús y en María

Fray María Rafael O.C.R.

 

23 de julio de 1934 – lunes

A su tía María, Duquesa de Maqueda, desde Oviedo

Queridísima tía María: Apoyándome en la promesa de que me contestarías, te escribo, aunque en realidad nada tengo que decirte que ya no sepas.

Ya sabrás por tío Polín cómo me encuentro, y te puedo asegurar que cada vez mejor.

El día 31 salgo en el rápido para Venta de Baños, donde estaré únicamente tres días, el 1, el 2 y el 3 de agosto…

No tengo permiso del médico para más, si lo tuviera, hubiera ido a haceros una visita…, pero no quiero abusar.

Estos días en la Trapa con mis queridos hermanos los necesito como el comer…, y parece que la bondad de Dios me los concede para darme un ligero descanso y no es que lo merezca, pero Jesús sabe muy bien hasta dónde llegan sus criaturas, y siempre en los momentos oportunos tiende una mano y si, momentáneamente, parece que nos deja solos…, no es así, pues cuanto más nos parezca a nosotros que estamos solos, más cerca está Dios vigilante, y si nos pone obstáculos, El mismo los quita… No hay más que dejarle hacer.

El día primero de agosto es el santo de nuestro buen Padre Abad, y si él tendrá una satisfacción con yerme, en ese día, excuso decirte yo.

El médico me ha dicho el otro día, que dentro de unos meses, ya podré reanudar mi noviciado… No me atrevo a decirte que lo deseo ardientemente, pues por exceso de deseos propios estoy en casa. Supongo que me comprendes; pero provechosa me ha sido la lección.

Ahora comprendo muy bien ese camino tan estrechito que señala san Juan de la Cruz, y que está entre otros dos, en los cuales dice: Oración, contemplación, consuelos espirituales, dones de la tierra, dones del cielo, etc. Pues bien, entre esos dos caminos, está el que yo digo y que solamente dice, nada… nada… nada…

Qué difícil, tía María, es llegar a eso. Y para los que andamos en los principios, qué fácil es equivocarse, y cuántas veces queremos encontrar a Dios donde no está. Y cuando creemos haberle encontrado, nos encontramos con nosotros mismos…, pero no hay que desanimarse, todo lo permite Dios para bien del alma, y sin conocer el fracaso, no se saborea el éxito, y antes de acercarse a Dios no hay más remedio que despojarse de todo y quedarse en nada, como dice san Juan de la Cruz.

Pero bueno, nada nuevo te digo, y que Dios me perdone el querer tratar cosas tan altas cuando aún sin saber gatear, ya quiero volar… Ese ha sido mi pecado y lo sigue siendo…

Pero, si vieras, Jesús es tan bueno conmigo que todo me lo perdona y me comprende, pues es el defecto de todos los niños, que sin llegar aún a las rodillas del padre, ya se creen con fuerzas para manejar el sable y calzarse las espuelas de su padre que cariñoso los mira, y le hacen gracia las bravatas de sus hijos, sabiendo que si él no está detrás ¿qué seria de las criaturas?… Lo mismo le debe pasar a Dios conmigo, y cuando me vio empuñar las armas con tanto brío, le debí hacer gracia y me dijo: Para ser general, antes hay que ser soldado, y antes de soldado, tengo que tomarte la talla para ver si sirves…, y eso es lo que está haciendo conmigo; y te aseguro, tía María, que poniéndome de puntillas y levantando mucho la cabeza, la doy «ras con ras».

Perdóname el símil, pero no me sé explicar de otra manera, y si te digo todo esto es porque tengo muchas cosas dentro y no tengo a quien decírselas. Y puesto que tienes tanta caridad que me escuchas, me desahogo y en paz.

Antes, al yerme tan solo, me entristecía mucho, ahora ya me voy acostumbrando, pues en la Trapa las penas y las alegrías son sólo para Dios, y en Él es en quien debemos buscar nuestro único confidente.

Pero sin saber por qué, vosotros sois la excepción, y si Dios me ofrece ese consuelo, no voy a rechazarlo… Yo no lo busco. El me lo ofrece en vosotros, y el cariño, cuando es muy por encima de la tierra, es agradable a los ojos de Dios, y el único placer que podemos experimentar sus verdaderos hijos es hablar de Él, y el encontrar almas en las cuales Dios tiene sus complacencias, es la gran alegría, pues qué difícil es ver aquí en la tierra criaturas suyas que, olvidándolo todo: negocios, asuntos, risas y lágrimas, elevan el corazón y no piensan más que en Dios, a El le cantan, a El le miran, le adoran y su vida terrena es un ¡¡hosanna!! continuado.

Qué más da que estemos arriba o abajo, cerca o lejos de Dios; dirijamos a Él nuestras miradas y unámonos para alabarle, unos en la vida monástica, otros en las misiones, otros en el mundo, unos de una manera y otros de otra…, ¿qué más da9 El lo llena todo y si nos miramos unos a otros, perdemos el tiempo… Muy hermosa es a veces la criatura, pero su vista nos distrae del Criador.

Debemos seguir con la vista fija en Él, lo mismo estando entre santos que entre pecadores… Nosotros no somos nada; nada valemos, ni nada servimos cuando estamos distraídos y no hacemos caso del Señor. No perdamos, pues, el tiempo, y si con un pequeño sacrificio, con una oración o con un acto de amor, agradamos al Señor, entonces podemos decir, que por lo menos hemos servido para algo, que es para darle a Él mayor gloria. Esa debe ser nuestra única ocupación y nuestro único deseo.

No os pregunto por vuestros asuntos porque ya sé que van mal… ¡¡¡Cuánto os quiere Jesús!!! Esto la mayor parte de la gente no lo ve, pero a mi no me pasa desapercibido, y sois los de más suerte de la familia; parece una paradoja, ¿verdad? Pero vosotros también lo sabéis que es así, y si algo habéis tenido alguna vez, que merezca la pena, no ha sido ni vuestro títulos, ni el dinero, ni nada de todo eso que tanto ambiciona el mundo… Lo mejor de todo, y de lo que, hasta cierto punto, podéis estar orgullosos, es de vuestra pobreza… Cuánto os quiere Dios, tía María, eso no lo hace Jesús más que con sus escogidos, ya podéis estar contentos.

Bueno, nada más tengo que contarte; mi vida es muy sencilla. Por la mañana voy a comulgar; después desayuno y me voy a una playa solitaria cerca del Cabo de Peñas; allí tomo el sol, saco apuntes y alabo a Dios viendo el mar. Después de comer duermo un poco; voy a dar un paseo, hago la visita al Santísimo, ceno, el rosario y a dormir… Eso es todo.

Hoy he estado en el Musel, que es el puerto de Gijón. Suelo ir algunas tardes a ver pescar, y he visto un espectáculo que siempre resulta grandioso, pero que a mi me ha dejado un poco triste; es la salida a alta mar de un trasatlántico alemán… Estaba la tarde preciosa y el mar en calma; serían alrededor de las ocho de la noche; empezaban a encenderse los faros de los puertos vecinos…

Yo estaba en el final del muelle oyendo ese ruido característico de los puertos con sus grúas, las sirenas de los barcos, el batir de los remos. De pronto, alrededor del buque, circulan las canoas de los “prácticos”, pidiendo paso para el coloso; se oye el chirriar de las cadenas levando las anclas y por encima de todo ese ruido, la sirena potente y grave del buque que lentamente avanza hacia la salida del puerto…

En el momento de cruzar la barra, se encienden las luces del barco y la orquesta sobre la toldilla, tocaba un «fox». Los viajeros miraban displicentes a los humildes pescadores que en sus “lanchones” viejos y sucios, arreglaban sus redes o volvían de alta mar después de una jornada de trece o catorce horas. Estos, a su vez, miraban avanzar el gigantesco buque lleno de fuerza, de luces y de música…, ese hotel flotante donde los hermanos en Dios se separan en clases de primera, de segunda y de tercera…

Te aseguro, tía María, que me ha dado qué pensar, pues el mundo no es más que eso…, un gran buque que se lanza a alta mar confiado en su poder y en su fuerza, cuando al menor soplo del viento, todo ese poderío se hundiría para siempre.

En el buque, como en el mundo, los hombres para aturdirse hacen sonar el “facband”, y la vida para ellos parece que se desliza agradable…, pero detrás de todo eso, cuántas amarguras, cuánta falsedad en todo, cuánta ambición contenida y cuánta pasión desatada…

Yo no sé si es que a esa hora estaban mis hermanos los trapenses rezando la Salve a la Virgen…, pero la cuestión es que aquella música que venía del barco…, me daba mucha tristeza, y luego, cuando entré en la iglesia y vi el Sagrario tan solo, cuatro beatas y yo…, créeme, mi oración fue encomendar a Dios y pedir por todos los hombres, por todos…, por los del barco, por aquellas criaturas hermanas mías, que tan tranquilas y tan confiadas estaban bailando en la toldilla, sin pensar que si Dios quería, le bastaba un deseo para que todo ese poderío desapareciera bajo las olas… Qué pena, Dios mío, qué pena…, y el Sagrario tan solo.

Allá, en la Trapa, cuántas veces, cuando a las dos de la mañana me levantaba, y entraba en el coro, y me ponía a los pies de Jesús, he ofrecido el sueño y el frío por todos los hombres…, y pensaba: “Señor, lo que os ofrezco es bien poca cosa, pero en estos momentos hay tantas almas, criaturas tuyas que como no os conocen, quizás os estén ofendiendo… Perdónalos, Señor…, si yo pudiera reparar algo tanto desvío de los hombres hacia Vos…, me quedaría muy contento”… Y yo creo que Dios me escuchaba, pues el frío y el sueño hasta me parecían agradables.

Quisiera ver el mundo entero postrarse ante el Sagrario, ante la Cruz, y en lugar de eso, ¿qué veo? ¿Para qué te voy a explicar nada?… Ya lo sabes tú bien. Gran responsabilidad tenemos los cristianos si no hacemos algo por la conversión del mundo, y todos podemos contribuir con algo.

No te extrañe todo esto que te digo, pero es que mi salida de la Trapa me ha hecho ver a la humanidad, bajo un aspecto que antes no conocía…, es decir, viendo a los hombres como hermanos míos, que no conocen a su Padre… Pienso más en “trapense”, y el trapense juzga con caridad… Eso es todo.

En fin, cuántas tonterías y desatinos se me ocurren, pero que no vienen a cuento. Te escribo todo lo que se me ocurre, y hay cosas que no se me debían ocurrir, pero tú, que me conoces, sabrás hacerte cargo… No me hagas caso, pues si los hechos correspondiesen a mis palabras, »otro gallo me cantara», como se dice vulgarmente, pero por desgracia no es así.

Le dices a tío Polín que su portada se la haré cuando vuelva de la Trapa. Por cierto que allí me encontraré con Fernandito, mi hermano, que al saber que yo voy a estar allí tres días, quiere reunirse conmigo… ¿Será verdad eso de que un loco hace ciento?

Le dices también a tío Polín que su amigo don Pedro se ha decidido a rezar el Oficio parvo de la Virgen. Me alegro mucho por don Pedro, pero me alegro más por la Señora, que así tiene un devoto más. Si vieras qué devoción se la tiene en la Trapa, es algo maravilloso. No hay ni un trapense que no sea hijo cariñoso de la Madre… Un detalle, cuando llevaron la imagen que hizo Granda, el reverendo Padre prohibió terminantemente besarla porque se iba a quedar sin pintura.

Las primeras palabras que me dijo el hermano portero cuando entré en la hospedería fueron: “Y ahora a no apurarse, y cualquier cosa que le ocurra, dígaselo a la Virgen María, pues a mí en veintitantos años que llevo de trapense, nunca me negó nada”. Y aquel hombre lo decía con una unción y con una fe tan grande cuando hablaba de la Señora, que desde el primer día, efectivamente, a mí no me negó nada.

Me acuerdo que los primeros días tenía que vencerme algo en el refectorio, pues el plato de hierro y la cuchara de asta de buey no eran de mi gusto… Pues bien, antes de entrar le rezaba una Salve a mi Madre para que me ayudase…, y tan tranquilo. Cuando salía a trabajar al campo, con una mano el azadón y en la otra el rosario, y ya podían caer heladas, que no [me] importaba… Y si vieras con qué cariño hacíamos en el noviciado el mes de las Flores…, lo tuve que interrumpir con mi enfermedad.

Qué suave y qué dulce es consagrarse a María. En la Trapa es el único consuelo, el saberse protegidos de María; y por último, la Salve al atardecer, antes de irnos al dormitorio; son las últimas palabras del trapense al final del día…, y con eso duerme tranquilo sabiendo que si se muere en la noche, la Virgen lo recoge y lo presenta a su Hijo… Si vieras qué bien se duerme así, aunque la cama sea dura… Con el cuerpo cansado y a veces dolorido, pero con el corazón confiando en la Señora no hay ningún trapense que no concilie el sueño con el rostro tranquilo, y luego, al empezar la vigilia en el coro, también las primeras palabras del trapense son Ave Maria.

Si vieras qué vergüenza me daba el haber estado tanto tiempo sin una verdadera devoción a la Virgen. No basta el Oficio parvo, ni el rosario, ni medio millón de novenas… Hay que quererla mucho…, mucho. Hay que contárselo todo, confiárselo todo, ser es una verdadera Madre… Y a mi me parece, y esto tomadlo como cosa mía, y por tanto, no lo tengáis en cuenta, que cuanto más amor se le tiene a la Virgen, sin que nosotros nos demos cuenta, más amor tenemos a Dios; es decir, que nuestro amor a Dios, aumenta a medida que aumentamos el cariño a la Santísima Virgen…, y es natural, ¿cómo vamos a querer a la Madre y no querer al Hijo? Imposible. ¿Y qué no conseguiremos de Dios si se lo pedimos por intercesión de María?… nada… El primer milagro de Jesús fue a instancias de la Virgen, y yo me imagino la cara de María, mirando a Jesús y diciéndole: “No tienen vino”. A mí es uno de los milagros que más me hace sentir porque interviene María.

Bueno, me prolongo demasiado y estoy predicando a convencidos, pero si no os hablo de Dios y de la Virgen, ¿de qué queréis que os hable? No sé otra cosa, ni me interesa otra cosa, y no vamos a tomar lo secundario por dejar lo principal, ¿no te parece?

Voy a terminar esta carta, pues me parece que por lo larga no te quejarás. Aunque quisiera contarte mucha cosas, pero como nada es de interés, no quiero distraerte mas… Cuando esté otra vez en el noviciado, te escribiré contándote cosas de la Trapa, que supongo te interesarán; por ahora bástete saber que tu sobrino, el hermano Rafael, no se olvida de ti en sus oraciones, y que no le pido a Dios que se te arregle nada, pues Él ya sabrá hacerlo como mejor convenga. Y como casi siempre los intereses de los hombres están en contraposición con los intereses de Dios, cuando parece que todo es un »caos», y que no hay arreglo posible, entonces es cuando todo está mejor… ¿Y qué más puedes pedir que vivir de limosna?… De alguna manera tenemos que pagar la sangre derramada por Cristo, y si no es en este mundo, será en el otro. Y cuando el Señor ofrece una prueba en la tierra, hay que darle infinitas gracias, y las verdaderas y las que valen son las que Él nos envía, y no las que nosotros buscamos…

A propósito de esto, te voy a contar una cosa insignificante y que a mi me dejó asombrado un día en la Trapa.

Como es muy natural que me ocurriese, en los primeros días de mi noviciado, sentía verdaderas ansias de humillaciones y mortificaciones… Yo quería hacer penitencias y se las pedía al Padre Maestro…, y llegué hasta el Padre Abad. Como es natural, se reían de mi candor…, y después comprendí lo que te dije antes, creía buscar a Dios y lo que hacia era buscarme a mí mismo…, en esto todos caemos…

Pues verás, en el refectorio, cuando está toda la comunidad comiendo en silencio, oyendo la lectura del Martirologio, siempre que algún monje mete un ruido, se le cae un cubierto o derrama el agua, o cosa análoga, es decir, siempre que turbe el silencio o llame la atención, tiene que salir al centro del refectorio y allí, delante de todos sus hermanos, postrarse a todo lo largo en tierra y pedir perdón al Padre Abad hasta que le mande volver a su sitio.

Esto siempre azara mucho, y he visto viejecitos con el pelo blanco, ponerse de mil colores si les ocurría un percance semejante…

Pues bien, yo deseaba también postrarme delante de toda la comunidad en el refectorio, pero daba la casualidad que yo no metía ningún ruido, ni se me caía nada, y estuve algunos días con una fuerte tentación, y era tirar algo como al descuido, meter ruido y salir al centro del refectorio… Como ves, eso estaba muy mal hecho; se veía que el espíritu del mal que quería obrar en mí; el fin era una mortificación y el medio una mentira y, analizando bien la cosa, hasta esa mortificación era mentira, pues halagaba un deseo mío y había incluso vanidad…

Estuve unos cuantos días así…, fíjate qué tontería. Pues bien, no estaba en paz… Se lo dije al Padre Maestro lo que me pasaba y me dijo que cuidadito con hacer nada que turbara el silencio en el refectorio…, que eso estaba muy mal… Y yo entonces acudí a la Virgen y se lo dije un día antes de entrar a comer, y cuando estábamos en el coro, le expuse mi apuro y que puesto que las mortificaciones que yo buscaba no eran perfectas, pues eran según mi deseo, que Ella me las mandase y en paz…, eso me pareció lo mejor.

Pues créeme, después de pedirle esto a la Virgen…, llegamos al refectorio, y en una pausa del lector y cuando había más silencio, me enredo no sé cómo con la capa; tiro el agua; hago un estropicio; por poco pongo pingando al hermano que estaba al lado, y para final se me cae la tacilla de cristal que tenemos para beber, en medio de las losas, en el suelo… Con todas las de la ley, ruido, desperfectos, y lo único que pude recoger en mi azaramiento fue un asa que había quedado entre un montón de cristales en el suelo…

¿No querías salir a postrarte? Pues anda, ahora que no lo esperabas, a ver qué haces… Yo quería que me hubiese tragado la tierra. Me bailó la vista, me puse colorado, hice lo que debía…, lo hice mal y atropelladamente, y desde aquel día pongo un exquisito cuidado en la mesa. Cuando estoy comiendo me recojo con mucho cuidado la capa y no he vuelto a pedir más mortificaciones a la Virgen. Eso no está bien; no pidas nada, que sin tú pedirlo, cuando menos lo esperes, te mandan un plato fuerte, que te atontas para una temporada. En eso estoy experimentado y a la vista está.

Hay una cosa mejor que los cilicios y las disciplinas, que es conformarse en todo con la voluntad de Dios y no pedirle nada, ni desear nada, y muchas veces, al pensar en el «pedid y recibiréis» y en lo miserables que somos, incluso en el pedirle a Dios, me decía: “Señor, nada os pido…, pero en ese nada tan seco, va encerrado todo lo que tanto lo que me dais, que mi imaginación no llega al límite… Que mi voluntad sea la vuestra; mis deseos los vuestros; mis intereses, los de Jesús; mis amores, los de Jesús. Nada quiero que Vos no queráis, y si no os agrado, destruidme y aniquiladme. Como veis, Señor, nada os pido. y sin embargo… os lo pido todo”.

Y, sin embargo, tía María, después de todo esto, voy, me acerco a la Virgen y como un niño mimado, la pido a mi Madre un “bombón”, sin que se entere “papá”.

Pero bueno, no necesito que te explique todo esto. Esta carta con tantos desatinos, tú la comprendes perfectamente ¿no es verdad?. Y si algo te parece mal, me lo dices; me he equivocado tantas veces que una más no tendría importancia… Y ¿qué más da que nos equivoquemos en nuestros juicios y opiniones…? Al fin y al cabo, somos hombres. Pero lo único de que debemos asegurarnos bien es de nuestro amor a Dios … Teniendo verdadero amor a Dios, se tiene todo… y si no te parece una irreverencia, incluso alimenta.

Bueno, contéstame si tienes tiempo. ¿Sigues yendo a moribundos? ¿Qué tal Pili? ¿Vais por fin a Pedrosillo con tu padre y con la perra?… A ver si conquistas a tu padre; yo te ayudaré desde aquí, pero no le hagáis rezar mucho… no se vaya a ir a la Trapa. Salúdale de mi parte. A todos abrazos y para ti lo que quieras de tu sobrino y hermano en Jesús y María

Rafael


(1) Plácidamente transcurrieron para Rafael los primeros meses de su vida religiosa, concentrada su alma, en la más fiel observancia de la santa Regla, sólo vivía para asimilarse con la mayor perfección del espíritu del Císter, del que era ferviente admirador. Junto con esa admiración, profesaba a cuanto a su monasterio se refería, un acendrado cariño, pero con un afecto apegado a personas y a cosas, hasta el punto que él mismo confiesa en muchas de sus cartas, que se consideraba el más feliz de los mortales.

Su despedida del mundo tuvo para él carácter de definitivo y jamás pudo ocurrírsele que Dios, que tan fuertemente le atraía a la vida del claustro, tuviese otros designios que los que permaneciera allí hasta el final de su vida. Pero por suerte inmensa para los hombres, Dios vigila sus pasos, atiende solícito a todas sus necesidades, corrige faltas con sapientísimas lecciones y trata, por último, de perfeccionar y acabar en ellos, obras maestras, que sólo un Artista Infinito, puede concluir por medio de la gracia.

Y … este fue el hecho: Por medio de una causa natural, una enfermedad de diabetes, principiaba nuestro Señor su obra maestra (UN SECRETO DE LA TRAPA, PP. 67-69).

 

(2) En mayo se inician los primeros síntomas de la diabetes con sus enormes cansancios y falta de fuerzas. A mediados de mayo ya no podía seguir a sus hermanos en los trabajos del campo, que constituyen uno de los principales en la vida cisterciense… base quedando atrás del grupo que formaban los novicios…, pero nada decía, a pesar de sufrir horriblemente… Al verle tan falto de fuerzas, y con el rostro intensamente pálido, mandábanle sentarse y abandonar la faena…, pero eso era para él la mayor humillación y mayor trabajo que el trabajo mismo. ¡Cuántas lágrimas -decía él después- derramé entonces a solas con mi Dios!.

El día 24, le había visitado en la enfermería de la Trapa, el médico de la comunidad, Dr. Don Clemente Cilleruelo. El Padre Maestro, Fray Marcelo León, escribe inmediatamente al padre de Rafael, cuya carta llegó a Oviedo el día 25 y decía así:

“Muy señor mÍo y distinguido amigo: cuando menos pensábamos, se ha notado hoy que Rafael padece actualmente de diabetes sacarina, que podría curarse con un tratamiento apropiado y una medicación racional, consultado el caso con nuestro médico, opina que es conveniente marche al lado de ustedes y ponerle allí en tratamiento a la mayor brevedad. Por esta razón, y con el natural sentimiento, ruego a usted venga con su coche para llevárselo, y aquí le darán todas las instrucciones convenientes.

Con este motivo, y en espera de su llegada, me reitero atento s.s. y capellán Fray Marcelo León”.

El 25 de mayo de 1934, cuando el hermano Rafael se encontraba en vísperas de salir de la Trapa por enfermo, recuerda el Padre Damián Yáñez Neira, testigo ocular y connovicio suyo, le encontró apoyado sobre el marco de las ventanas de la galería en la enfermería, como pesaroso y lleno de ansiedad moral, por haber avisado a sus padres para que vinieran por él. Ello índica la profunda vocación trapense… De ahí sus anhelos constantes de volver cuanto antes a su amado monasterio.

Cuatro meses de paz, de felicidad tranquila, de férvido aprendizaje en el servicio de Dios, después de las luchas pasadas, de las renunciaciones, cuando el alma creyó obtenido el triunfo, cuando se creyó llegada a la meta, tan cerca del Corazón de Cristo…! ¡Qué rápidos fueron!… Pobre hermano Rafael!… Otra vez al mundo, a la lucha…, sufrir siempre…

El mismo día 25 de mayo, en una alarmante postración física, y con el alma desgarrada al tener que abandonar su amado monasterio, vio llegar Fray María Rafael a su padre y a uno de sus tíos, que acudían a la llamada del R. Padre Maestro… En el monasterio durmió su padre aquella noche, y al día siguiente, dispusiéronse a partir…”.

Al morir la tarde del día 26 de mayo de 1934, llegaba Fray María Rafael a la casa de sus padres, de donde saliera cuatro meses antes pletórico de vida y de salud. Llegaba pálido, sin vista, casi moribundo, con el traje seglar colgándole de los hombros, pues fueron veinticuatro kilos perdidos en ocho días…, y… sonriente, como si fuera el hombre más feliz de la tierra. En su maleta levaba el santo hábito trapense, blanco como el armiño…

“Guárdalo -fueron sus primeras palabras dirigidas a su madre- guárdalo bien guardado…, que no se apolille,.., pero que esté a la mano…”

Y después, al verse acostado de nuevo en su cama, atendido, rodeado de médicos, de mimos y cuidados, dijo tranquilo, y con una tristeza infinita en su mirada dulcísima: “¿Lo ves? Ya estoy aquí otra vez… Dios lo quiere!”…

Siempre la sumisión gozosa a la voluntad de Dios”. (VIDA Y ESCRITOS, p. 112-114).

 

(3) Amaneció el día 26 y aparece Rafael vestido de seglar, con una amargura inmensa; le daba vergüenza de sí mismo. Le di un abrazo y le dejé bajar las escaleras solo, pero no se tenía. Me llamó; colocó su mano sobre mi hombro y así bajó hasta el claustro, aquí le cogí del brazo y llegamos a la hospedería. Le di el último abrazo, pero tan fuertemente me apretó que no quería desprenderse, deseaba morir en mis brazos. Hasta que el Padre enfermero bajó y le arrancó de mi, conduciéndole a la ventana, para que se enjugara el rostro y pudiera presentarse sereno a su padre que en el recibidor le esperaba para llevárselo enseguida en el coche a Oviedo (Declaraciones del P. Teófilo Sandoval, confesor del Hno. Rafael).



 

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