Jaume BoadaSube al monte de Dios

Oración ante el Señor Transfigurado

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Transfiguración (Fra Angelico)

“Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos solos a una montaña muy alta y apartada, y allí se transfiguró delante de ellos”.

Señor: mientras te muestras luminoso ante tus discípulos predilectos en esta montaña tan alta y apartada, el Tabor, envíanos tu Espíritu para que meditemos los distintos modos que tenemos nosotros de subir a la montaña del encuentro.

Podemos subir, y subimos, muchas veces solos, porque iniciar la ruta ascendente del encuentro, siempre sugiere aires de autosuperación, deseos de algo más puro, sueños de horizontes sin límites, ansias de verlo todo desde la otra orilla.

Y todo esto es bueno, es simple y, naturalmente bueno. Y, en cierta manera, reconfortante: buscarte en soledad sin trabas, sin nadie que se interponga.

Venid, subamos al Monte del Señor. Sí, subamos. Tú quieres que lo hagamos con los hermanos. No sólo junto a ellos, sino con ellos. Unidos fraternalmente podremos orar en nombre de Jesús.

Tú nos has hecho hijos del Padre y hermanos con un mismo amor y una misma entrega, con la seguridad de tu presencia transformadora. Por ello, todos juntos, te decimos que queremos conocer tu rostro transfigurado y luminoso.

Te buscamos presente en la vida y en la historia pequeña y grande de los hermanos, nuestros hermanos, los hombres de nuestra tierra y nuestro tiempo.

Tú eres nuestra paz, tú eres nuestra luz, tú eres el motivo de nuestra esperanza.

En la cumbre del Calvario, en la Cruz, nos diste, en medio del dolor, el camino para llegar al encuentro orante con el Padre. Tu lección fue el abandono.

Ante tu rostro transfigurado, anuncio de la resurrección de vida, queremos renovar nuestro abandono en las manos del Padre. Lo hacemos junto a ti, en ti: “Padre, me pongo en tus manos. Haz de mi lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Todo lo acepto con tal que tu voluntad se haga en mi, en mis hermanos y en toda la Humanidad”.

Ilumina nuestra vida con tu luz, Señor Jesús. Tú no viniste a ser servido, sino a servir. Que nuestra vida sea como la tuya: servir, grano de trigo que muere en el surco del mundo. Que sea así en verdad, Señor. Estoy, estamos dispuestos a vivirlo contigo.

Yo te confío mi vida, te la doy. Condúceme, envíame el Espíritu que mueve y transforma todas las cosas a la luz del amor.

Nos ponemos en tus manos, Señor, enteramente, sin reservas. Lo hacemos con la confianza absoluta que tú tenías en el amor del Padre.

Haz que nuestro abandono en las manos amorosas del Padre sea como el tuyo: ilimitado, total, anonadado.

Este es el camino que nos permitirá subir a la montaña del encuentro: abandonarnos contigo, Señor Jesús, en las manos del Padre, unirnos a tu ofrenda de amor salvador a favor de los hombres, ser, contigo y en ti, una única oblación.

Surco abierto son tus brazos una tarde en el Calvario.

Luz de gloria fue tu rostro transfigurado en el Monte.

Tú, Señor Jesús, eres siempre nuestra luz.

Amén.

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