Buscando a DiosMaestros

Buscando a Dios (reflexiones)

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Fotografía: Olga Díez (Creative Commons)

57 UNA ZAMBULLIDA

Me sucedió en una de las islas sembradas a voleo sobre el Pacífico y cuyo nombre es como una canción a flor de labios.

Subía con unos indígenas una montaña. A la mitad, tropezamos con un torrente que caía en cascada por entre las rocas angostas. El agua estaba fría, suave como la seda.

Una tahitiana trepó atrevidamente a un saliente seis o siete metros por encima de nosotros. Muy pura de línea, armoniosa de colores, su silueta cubierta con el pareó colorado, sembrado de flores blancas, brillaba como una luz sobre el fondo más sombrío de la pared.

Ondearon sus negros cabellos y se sumergió. Apenas sacó la cabeza del agua se dirigió a mí entre risas estrepitosas: “¡A que no saltas como yo!”, dijo.

El amor propio es un gran estímulo. Aunque una altura de seis metros era demasiado para mí, subí decididamente.

Vi debajo el hoyo de piedra, redondo como una minúscula copa de cristal. Algunas hojas,

ocultando a medias el agua, parecían alejarlo más todavía.

Saludé a mi hermosa tahitiana, y me lancé.

Bruscamente, debido a un efecto óptico, tuve la impresión de haber calculado mal mi impulso; comprendí que me iba a estrellar contra el peñasco.

En momentos así toda la vida se hace presente con una claridad meridiana. En un instante vi toda mi existencia: lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo oscuro. Pero no se me ocurrió ni arrepentirme ni hacer un acto de contrición.

Pensaba solamente con tal intensidad que impedía todo otro pensamiento: “Dios mío, sé que valgo poco, pero a pesar de todo os he amado”.

Eso fue todo. No hubo la más mínima inquietud. Solamente una inmensa alegría.

Pero llegué prosaicamente al agua, de donde salí un poco aturdido y prodigiosamente decepcionado.

Los indígenas, asombrados, reían. La tahitiana aplaudía. Yo me reía con ellos. Pero algo en mí había cambiado. Acababa de comprender que verdaderamente no hay más que una cosa importante: el amor a Dios; un amor inmenso, sin medida, un amor de chiquillo que adora a su madre, un amor total que nos arrastra por completo en cada instante de nuestra vida. Ese amor infantil, ese maravilloso amor borrará más tarde todas nuestras fealdades. Es lo único que permanecerá de veras.

Renové esta experiencia dos años más tarde en un naufragio en el Ganges.

Un amigo mío y yo habíamos embarcado en un barco que zozobró durante la noche. Nuestro auto también iba a bordo.

Dormía yo tendido sobre el puente. La embarcación se inclinó demasiado a un lado. Rodé sobre las maderas, choqué con el borde y caí al agua.

El instante transcurrido entre el despertarme y el llenárseme los pulmones con el agua del Ganges me ofreció la misma visión global de toda mi vida, la misma perspectiva cegadora, como una puerta que de repente se abre a la luz, la misma sensación de abandono y de paz, de alegría y de gozo de toda el alma y de todo el cuerpo.

Pocos segundos después me debatía en la oscuridad para desprenderme de mi saco de dormir y de mis ropas.

Bebía el agua infectada por todos los cadáveres de Benarés y no estaba vacunado. Podía descabezarme con el auto o con el barco. Probablemente nuestro auto se hundiría y el viaje iba a fracasar.

Pero, ¿qué me importaba todo eso si conservaba la amistad con Dios?

*  *  *

Desde aquel día, no temo ya a la muerte repentina. Es cierto que preferiría morir plenamente consciente. Me gustaría poder tomar mi vida en el hueco de la mano y tener tiempo de elevarla hacia Dios y dársela como mi humilde ofrenda de hombre.

Pero estará igualmente bien si la puerta, en lugar de abrirse lentamente, cede de un brusco empujón.

 

58 A CHARTRES

Domingo y lunes de Pentecostés, dos días libres, voy a Chartres.

Domingo por la mañana, en Notre-Dame de París. La gran nave está silenciosa en la poca luz que entra por las vidrieras. Algunos jóvenes, mochilas en la espalda, uno o dos militares, algunas viejas, unas buenas religiosas asistiendo a misa en una capilla lateral.

Vueltas y más vueltas por culpa de la Exposición.

La ciudad va haciéndose pequeña. Los suburbios. El campo.

El puente de Sévres, el castillo de Versalles, tan hermoso después de la fealdad de algunas calles. Finalmente, el bosque espléndido.

Al compás de los pasos, se suceden las “avemarías” del rosario. “Avemarías” ofrecidas por múltiples intenciones, por muchas necesidades, también por la gente que encuentro en el camino:

– por esos bohemios mugrientos y por esa gitanilla con oropeles multicolores que debe robar gallinas en las casas de campo;

– por ese caminante que marcha como yo, pero seguramente porque él no puede hacer otra cosa;

– por los soldados que he encontrado en el campo de Satory; creen que el gusto por la marcha voy a perderlo durante el servicio militar;

– por los turistas insoportables que hablan en voz alta en la capilla de Dampierre;

– por el obrero que ha murmurado al pasar: “¡uno que juega a lo duro'”.

– por esos pequeños scouts que, para que les acompañara me han indicado gentilmente un atajo que me alarga tres kilómetros el camino;

– por las señoras elegantes que, desde sus coches, sonríen al que va cargado con la mochila.

El bosque me rodea. Tan hermoso, que se convierte en una plegaria.

Sólo ya, hago retiro, con mi alma por celda y el bosque por monasterio.

“París: 40 Kms.”, indica una flecha apuntando hacia mi. Pero yo he recorrido 45, por las vueltas de la Exposición y la caminata de los pequeños scouts.

15 Kms. todavía antes de llegar a Rambouillet. Me duelen los pies, ya que en el fondo, los pobres, siempre han preferido el estribo a la ruta. La mochila pesa mucho más. La fatiga molesta.

Mis pasos machacan “avemarías” distraídas. La fatiga es ahora mi verdadera plegaria. Este kilómetro por aquel amigo mío. Este otro en unión con Cristo en el Calvario. El otro y el siguiente por todos los viejos pecados que señalan una mancha gris en el pasado.

Rambouillet: 5 Kms. Es de noche.

A las diez y media de la noche, cansado, llego por fin. Pensaba quedarme en una casa de campo. Es demasiado tarde. No quiero despertarles. Entro en un pequeño hotel. Completo. También el segundo y el tercero. Empieza a llover. Medito en Belén y al fin doy con un hostal. Queda libre una habitación en el desván. Hay chinches.

Qué gusto tomar una ducha en un aseo inconfortable, ponerme en pijama, tenderme, dormir… con nuestros hermanos los chinches, que no me han parecido tan terribles como dicen algunos.

Lunes por la mañana. Camino de Chartres. Llueve a torrentes. Mis piernas tienen agujetas, y he de estar en París esta misma tarde.

Unos kilómetros después de Rambouillet, se detiene un coche. Va a Chartres.

…Bendito seas, Dios mío, por los chóferes compasivos que recogen a los peregrinos cansados, chorreantes y doloridos.

Pasamos a través de Beauce, que sin duda ha sido hecho tan llano para permitimos admirar mejor la belleza de las montañas.

En coche, pienso en el lento descubrimiento de la torre de Chartres, del que habla Péguy y que hice en otro tiempo con el clan.

Un largo rato de oración en la hermosa catedral.

Una hora en tren. París. Vuelvo a la vida cotidiana.

Pero tengo el corazón y el alma llenos de aire puro.

*  *  *

Hermano mío, cuando estés solo en París y dispongas de dos días libres, vete a Chartres. Se vuelve mejorado.

 

59 LA SONRISA

Hay un medio excelente para ganar amigos: la sonrisa.

No la sonrisa irónica y burlona, la sonrisa despectiva, que enjuicia y humilla. Sino la sonrisa amplia, limpia, la sonrisa a flor de labios.

Sabe sonreír, ¡qué fuerza! Fuerza de apaciguamiento, fuerza de dulzura, de calma, fuerza de irradiación.

Alguien se burla de ti cuando pasas… tienes prisa… no puedes detenerte… sin embargo, sonríe, sonríe ampliamente. Si tu sonrisa es abierta, alegre, el otro sonreirá también.., y todo habrá terminado en paz. ¡Pruébalo!

Quieres hacer a un compañero una advertencia que crees necesaria, darle un consejo que te parece útil. (La advertencia, el consejo, son cosas duras de tragar.) Sonríe, compensa la dureza de tus palabras con el afecto de tu mirada, con la sonrisa de tus labios, con todo tu semblante alegre. Y tu advertencia, tu consejo, serán bien recibidos, puesto que no habrán herido.

Hay situaciones difíciles en las que uno no sabe qué decir, en las que no salen las palabras de consuelo… Sonríe con todo tu corazón, con toda tu alma compasiva. Has sufrido y la sonrisa muda de un amigo te confortó. Imposible no haberlo experimentado ya alguna vez. Haz lo mismo con los demás.

“Cristo – decía Jacques d’Arnoux -, cuando tu madero sagrado me canse y me desgarre, dame, a pesar de todo, la fuerza de practicar la caridad de la sonrisa”. Porque la sonrisa es caridad.

Sonríe al pobre a quien das limosna, a la señora a la cual cediste tu asiento, al señor que se disculpa por haberte pisado.

Es muy difícil a veces dar con la palabra justa, la actitud verdadera, el gesto apropiado. Sonríe, es tan fácil y arregla tantas cosas… ¿Por qué no usar y abusar de este medio tan sencillo?

La sonrisa es un reflejo de la alegría. Es su fuente. Y donde reina la alegría – hablo de la alegría verdadera, la alegría profunda del alma pura – también florece la amistad.

Seamos portadores de sonrisas y, de este modo, sembradores de alegría.

 

60 LA MUERTE DE UNA ESTRELLA

Jean Harlow ha muerto.

La conocí en Hollywood en un viaje reciente. Era tan bella como aparecía en la pantalla, con una sonrisa joven y unos cabellos que aureolaban su rostro como una luz.

Cuando volví enseñé su foto a un amigo: “¡Decir que hay una mujer detrás de eso!”, dijo, señalando con el dedo el maquillaje exagerado.

Había, en efecto, una mujer “detrás de eso”, una mujer con una vida borrascosa, con un alma ciertamente no tan clara como la aureola de sus cabellos de platino.

Entre los cientos de miles de espectadores que la han admirado en la pantalla, ¿cuántos se acordaran de rezar por ella? Para que los divinos esplendores de allá arriba no le sean rehusados, a ella que poseía la belleza del cuerpo.

Hollywood, a pesar de todos sus espejismos, es una tierra sin estrellas, en donde una humanidad físicamente admirable olvida que tiene un alma.

En la calma de una pequeña iglesia campesina he rezado largamente por Jean Harlow, a quien conocí, hace unos meses, en la alegría ficticia de los estudios.

Me parece que Dios nuestro Señor ha de ser muy misericordioso con esas almas de niños terribles.

Una flor, un animal hermoso, cantan las alabanzas del Señor por su solo esplendor de criaturas.

Jean Harlow era, también ella, una alabanza del Creador, ya que toda hermosura es un reflejo del Dios que la ha creado.

Sin duda sería un acto de caridad cristiana que quienes disfrutan con el cine piensen alguna vez delante de Dios en esas pobres estrellas que no conocen la verdadera luz.

 

61 LAS MUCHACHAS

Las muchachas son la imagen preciosa de nuestra madre cuando tenía su edad.

De baja o elevada estatura, rubias o morenas, son atractivas, limpias y sanas, y Dios mismo debe sonreír cuando las ve pasar.

Solamente más adelante, cuando seas mayor, descubrirás entre ellas a la que será tu esposa.

Hoy, considéralas simplemente como amables compañeras.

Una educación equivocada nos ha enseñado, con excesiva frecuencia, a no ver en la mujer sino ocasión de pecado, en lugar de descubrir en ella un manantial de riquezas.

Pero las muchachas – hermanas, primas, amigas o conocidas – son las compañeras de nuestra vida, puesto que en nuestro mundo cristiano vivimos, codo a codo, en el mismo plano.

La camaradería entre chicos y chicas es algo sumamente delicado, hay que conducirse con

prudencia y cada uno ha de actuar auténticamente.

Pero ciertamente seria un defecto no pequeño despreciar ese don de Dios que son las verdaderas jóvenes.

Ellas tienen como propia la virtud de la pureza, cuya irradiación nos es saludable a nosotros que debemos luchar con ahínco por conservar esa misma pureza.

Si ellas saben mantenerse en su puesto – y únicamente de ellas depende que en su presencia los muchachos se comporten debidamente – su influencia puede ser decisiva.

Cualquiera puede observar, en la playa o en una piscina, cómo los muchachos intentan deslumbrarías. Una mirada de admiración, una sonrisa, bastan para estimular el amor propio de ellos y animarles a lanzarse desde lo más alto del trampolín, vencido el miedo.

¿Por qué, en un plano distinto, esa misma mi-rada y esa misma sonrisa, no van a dar a ese muchacho más luz y más empuje en su vida?

La pasión por contemplar alta mar nos aleja de las orillas pantanosas. La presencia de las muchachas aleja groserías y descomposturas. Hay muchachas capaces de serenar literalmente el alma en un momento de desazón.

Nosotros somos torpes y burdos. Ellas nos fuerzan a la urbanidad y la cortesía. Su encanto eleva y restablece nuestro equilibrio.

Somos demasiado cerebrales. Las muchachas comprenden de un solo golpe, con su corazón, lo que nosotros analizamos penosamente con nuestra razón. Su presencia apacigua. Son una Sonrisa y una dulzura en nuestro campo de batalla.

* * *

Dios mío, haz que nuestras hermanas, las jóvenes, sean armoniosas de cuerpo, sonrientes y se vistan con gusto.

Haz que sean sanas y de alma transparente. Que sean la pureza y la gracia de nuestras vidas rudas.

Que sean sencillas, maternales, sin complicaciones ni coqueterías.

Haz que nada malo se deslice entre nosotros.

Que seamos, unos para otros, fuente, no de faltas, sino de riqueza interior.

 

62 «PERDER» EL TIEMPO

La ciudad, anónima, ruidosa y jadeante, donde el espíritu se siente agitado por un ritmo de máquina de remachar o de embutir, no permite, salvo raras excepciones, “perder” el tiempo en el silencio y la soledad.

El hombre, al ritmo lento de otros tiempos, el de las estrellas y de las plantas, no se veía atropellado ni aplastado. Por la fuerza de los mismos acontecimientos tenía tiempo para ver la vida. Este derecho hoy se está perdiendo.

Hay que encontrarlo.

Los responsables se preguntan a veces con ansiedad cómo llenar los ratos libres. Charlas, estudio de un problema, reuniones. Bien. Pero, ¿por qué no dejar libre el tiempo libre? Para poder encontrar cada uno la soledad y el silencio en la intimidad del campo, del bosque. Muchos no saben hacerlo. Y, sin embargo, la voz de Dios es tan sutil que sólo puede ser oída en silencio. Solamente.

Conviene rehabilitar el “perder” el tiempo. No el perder el tiempo como lo pierde un corazón vacío o un alma adormecida. Sino ese “perder” el tiempo que es algo fecundo, que es recogimiento interior.

Se descubren más tesoros al azar de mil paseos solitarios que los que contienen y contendrán jamás todos los lagos de las islas de coral.

Es tan provechoso marchar sin rumbo fijo, solo, en el campo, en ese silencio que se escucha al bajar del ferrocarril o de un automóvil que viene de la ciudad. El chasquido del zapato sobre las piedras, el lamento de un arado, de un yugo, un pájaro que canta, el agua que murmura, la manada de gansos atentos al paso del cartero… Todos esos ruidos no rompen la calma, sino que llenan y vivifican el silencio.

La trepidación mecánica y el estruendo sordo de las grandes ciudades se han callado.

Sólo suben las resonancias del viento, del agua, de las plantas, de los animales, de los hombres, que son como la respiración del mundo.

Qué bueno es “perder” el tiempo escuchando esa larga canción de la tierra. Es propicia para los recuerdos, para los sueños del futuro, para la charla familiar con Dios. Es fecunda porque es más fácil forjar una vida más bella cuando ha sido planeada antes de vivirla.

Es necesario acostumbrarse a hablar familiarmente con Dios, en la soledad y en el silencio de su creación.

 

63 NOTAS EN AVIÓN

…Sacudidas como en un tren malo, luego súbitamente la calma, una especie de inmobilidad fluida… Volamos a 270 por hora y se tiene la impresión de estar inmóvil, suspendido por un hilo invisible… El espinazo de las montañas… Las casas pequeñitas… Hay que tomar el avión de vez en cuando para darse cuenta de la propia pequeñez… Asomado al mundo desde ese balcón real que es el avión…

El mar en el que se distinguen claramente las grandes corrientes que percibimos sensiblemente cuando nos bañamos… La perspectiva de los ríos, de los caminos, carreteras y senderos… El relieve de las colinas y de las montañas… La silueta blanca de las cumbres nevadas… El trazo exacto de la costa… El brusco descenso de los baches, con el estómago que parece como si se nos cayese a los pies…

…Un barco, punto minúsculo, reducido a la estela del humo y del agua… La sombra de las nubes que jaspea el suelo y nuestra gran sombra que corre con igual rapidez debajo de nosotros…

Abajo, todo es curvo, menos lo hecho por la mano del hombre, que parece haber inventado la geometría y la línea recta… El mar, cuya inmensa superficie azul se confunde con el cielo cual Otro firmamento.. La extraordinaria nitidez de la sombra de las rocas sobre el agua verde. El agua de tintes morados allí donde las profundidades se transparentan en filigrana… El deslumbrante círculo del sol que nos persigue sobre el agua del mar…

…Tenemos delante un escuadrón de densas nubes blancas. Pasamos por encima. La tierra aparece transparente como bajo humo blanco. Luego, todo no es más que un conglomerado blanco. Dan ganas de esquiar sobre las nubes, extendidas hasta el horizonte como huevos batidos en nieve… El horizonte es un diseño blanco con líneas azules… Bajo una capa muy ligera y unida de nubes, aparece la tierra como transparente en el fondo del agua clara…

…Noche completamente blanca, como montaña envuelta en una tempestad de nieve… A lo lejos, masas blancas con venas azules son imágenes reencontradas del Himalaya. Después, teñidas de rosa, de oro y de ocre, recuerdan el gran cañón del Colorado… Paisaje lunar, valles, embudos, túmulos, excrecencias de coral como en el fondo de los lagos… El espinazo de las montañas. Se ven claramente los ángulos de las más grandes pendientes formadas por el agua…

En avión, perfecta geografía humana. Las aldeas nacidas a las orillas de los ríos, de las ensenadas. Las casas de los labradores inscritas en la geometría de sus tierras laborables. Los puentes sobre el curso del agua. Las curvas de los pequeños senderos que se retuercen hasta alcanzar el puente…

…Una especie de halo de arco iris circular nos sigue, con la sombra del avión por centro… Los oídos taponados en la bajada, el balanceo, la impresión de estar acodado en el balcón del infinito. Las nubes detenidas al borde del horizonte, como una playa al borde del agua…

..Para descender taladramos las nubes. Venimos de la plenitud de la luz y abajo todo es gris. Sólo arriba la sede del eterno sol y de la eterna luz… El suelo remendado como un pantalón de jardinero… La gran ala real perfilada como un escualo… Atravesamos una pequeña tormenta… A la derecha, desgreñadas columnas de lluvia unen las nubes con el mar. Martilleo de gotas encima de nosotros. Pero las alas permanecen secas, porque el aire de la hélice no permite que las gotas lleguen. El avión es sacudido como un saco de nueces y un relámpago zigzaguea cerca de nosotros…

La riqueza de la llanura, sembrada de casas de campo, cuadriculada, tablero de tierras con surcos impecables. Se siente ilusión de conquistador descubriendo desde la montaña esta planicie y recorriéndola… Impresión de seguridad perfecta, de inmovilidad…

…Es necesario haber volado en avión, haber visto el mundo desde lo alto, para darse cuenta de la pequeñez y miseria de nuestra nada, que escarba la tierra y edifica como cuevas de hormigas. Y como también nosotros estamos hechos para los espacios inmensos, los horizontes sin límites. En una palabra, para el Infinito.

 

64 BALI

Las balinesas tienen un busto espléndido, son normalmente bonitas, pero no poseen el encanto animal de las hijas del Sur… La isla es asiática, no polinesia… Carece de aquella atmósfera de risa, de cantos y danza que hay en Tahiti. Todo tiene un sabor religioso. Las danzas son orientales, sabias, incomprensibles…

Conocimos en Bali a un pintor que tiene una casa en la playa de Senoer. Nos libramos así del gran hotel. Y hemos podido disfrutar de un delicioso bungalow de bambús de un lord inglés ausente, a la orilla de la magnífica playa que desconocen los turistas, y estamos solos, maravillosamente solos.

Comemos en casa del pintor, a dos kilómetros de aquí. Mi amigo y yo vamos allá nadando a largas brazadas o a crawl, en el agua tibia que me recuerda los admirables lagos del Sur. Nuestro huésped vive en una casa de puro estilo balinés con puertas de madera dorada, esculpidas cual retablos, tapicerías tejidas de oro, lámparas quema-perfumes y un pequeño templete de coral en el jardín.

Vive con su modelo, Polok, la más pura belleza de la isla, a la que rescató del templo donde danzaba, y otras dos balinesas mitad modelos, mitad sirvientas, adornadas de lujosos sampots bordados de oro. Las tres, flores resplandecientes de hermosura, nos sirven la mesa.

Hojas de oro adornan la cabellera de Polok. En sus vestidos, todo es del más lujoso y puro estilo balinés. Cada una de sus posturas es un disfrute para los ojos y lamenta uno no ser pintor para poder plasmar toda esa armonía y encanto.

Por la tarde Polok deposita ante el templete de coral, ante el mar y la puerta de la mansión, la ofrenda de unos granos de arroz, pétalos de flores y granos de incienso. Cada gesto es una danza.

Después de cenar, al compás del gamelang, Polok danza para nosotros solos. Danzas sin significación precisa, simple homenaje de belleza a la divinidad. Muy cerca, el mar ruge dulcemente, sumando su monotonía asordinada a las notas alegres del gamelang. Estamos en sampot, el torso desnudo, quemado por el sol y la sal. Lo que lógicamente debería ser más que equívoco es. perfectamente puro, sin nota discordante, aunque no se entienda. Polok, siempre sonriente, con una risa que recuerda un lamento de pájaro, con su busto de bronce, sus gestos soberanos, es una imagen radiante de belleza y, por tanto, una alabanza al Creador.

Hemos tenido el corazón suficientemente elevado para no ver en ella otra cosa. Por eso, los pocos días pasados en aquella playa aislada de un extremo de Asia serán siempre un recuerdo incomparable de luz, de música y de hermosura.

 

65 VENDRÁ UN DÍA

Me he paseado por el mundo como en un jardín cerrado por un muro. He llevado la aventura de un borde a otro de los cinco continentes y he visto colmados, uno tras otro, todos los sueños de mi infancia.

El parque de la vieja mansión paterna donde di mis primeros pasos se ha ensanchado hasta los límites de la tierra y he jugado sobre el mapamundi el hermoso juego de mi vida. Pero los muros del parque no han hecho más que retroceder y yo sigo enjaulado.

Pero vendrá un día en el que podré cantar mi canto de amor y de alegría.

Todas las barreras se vendrán abajo.

Y poseeré el Infinito.



 

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