Carlos de FoucauldMaestros

Los hermanitos que Carlos no conoció

¿Y después?

Asesinado Carlos de Foucauld y muertos Bou Aicha y Boudjema ben Brahim, los dos meharistas del servicio de correos, los senusi pasaron la mayor parte de la trágica noche del primero de diciembre de 1916 banqueteando con la carne del camello de Bou Aicha. Después se retiraron a dormir en el fortín.

Pero con las primeras luces del alba del 2 de diciembre, el centinela que habían apostado en los muros descubrió a lo lejos una sombra que avanzaba balanceándose entre los peñascales desolados de Tamanrasset. ¡Un hombre a camello! Dio la alarma y los senusi se colocaron detrás de las troneras del fortín y, fuera del fortín, en la fosa que rodeaba los muros. Cuando la sombra estuvo a tiro, sonó una voz: «¡Fuego!». El meharista rodó entre las rocas.

Era Kouider bam Lakhal, el correo de Fort Motilinsky, que llegaba con la correspondencia para el padre Foucauld.

El sol del Sahara iluminaba la meseta de Tamanrasset cuando los senusi abandonaron el campo y, sobre sus camellos, cargados de razzia, ganaron las gargantas de los montes de Hoggar, dirigiéndose hacia Tripolitania.

Poco después, Paul Embarek, que había conseguido escapar aquella noche, afortunadamente, del exterminio, y algunos heratinos de la aldea de Tamanrasset, llegaron ante el fortín. Fue un espectáculo terrible el que se ofreció a sus ojos.

Llorando, recogieron el cuerpo de Carlos de Foucauld y, tal como estaba, rodeado de ligaduras, la espalda doblada hacia atrás, las rodillas plegadas, las muñecas atadas a los tobillos, lo colocaron en el fondo del foso, bajo los muros del fortín. A su lado pusieron los cuerpos de los tres meharistas, Bou Aicha, Boudjema bam Brahim y Kouider bem Lakhal, y los sepultaron bajo un montón de piedras.

Después Paul Embarek, acompañado de un haratino, corrió a Fort Motilinsky, cincuenta kilómetros de desierto, y llegó antes de la noche. Informó de la tragedia al capitán de la Roche.

La corneta tocó «a formar» y, al frente de un grupo de sus hombres, el capitán se lanzó en persecución de la banda de senusi. Durante dos meses batió toda retama, todo hueco de aquel laberinto de gargantas sombrías que hienden los montes de Hoggar. Al fin, el 17 de diciembre, los alcanzó. Entonces gritó la orden que, desde hacia quince días, le quemaba en la garganta:

«¡Fuego a discreción!» Varios senusi cayeron; pero el grueso del grupo consiguió rehuir el combate y escapar.

El 21 de diciembre, el capitán de la Roche regresaba a Tamanrasset. Mandó poner firmes a sus hombres ante el foso y luego dijo: «¡Presenten armas!» Colocó una cruz entre las piedras que cubrían las cuatro víctimas. Seguidamente entró en el fortín.

Le pareció devastado por un tornado: el crucifijo de madera pisoteado en la arena del patio, libros desgarrados, manuscritos rotos, sucios y dispersos por doquier, las tablas del viacrucis, que el padre de Foucauld en persona había pintado a pluma, arrojadas entre los escombros y tabiques rotos, jirones de telas, y puertas arrancadas de sus quicios…

Salió afuera, con los ojos fijos en el suelo y un nudo que le destrozaba la garganta. En un montón de arena, entre las piedras, grises, vio brillar una cosa, semejante a un espejillo. Se inclinó para recogerla: era el pequeño viril de Carlos de Foucauld y todavía contenía la hostia consagrada.

Las manos del capitán de la Roche temblaron. Limpió el viril de la arena que tenía pegada, lo envolvió en un pañuelo de lino, lo puso en un bolsillo de su chaqueta, sobre el pecho, y lo llevó consigo a Fort Motilinsky.

Pero en Fort Motilinsky comenzaron las preocupaciones para el capitán de la Roche. Recordaba una conversación que había tenido con Carlos de Foucauld. Este le había dicho: «Si me sucediera algo, os ruego que llevéis el viril con el Santísimo a Ghardaia y lo entreguéis a los Padres Blancos». Pero la situación cada vez era más amenazadora en el Hoggar, a causa de las infiltraciones senusis, y el capitán no podía dejar el territorio que le había sido confiado para subir tan al norte. Tampoco quería confiar la hostia consagrada a las manos de nadie.

¿Qué hacer entonces? ¿Darse de comulgar a sí mismo? Alguna vez había oído hablar de una solución de esta clase. Pero él no se decidía a hacerlo.

Por fin se acordó del suboficial, un excelente muchacho, el más bravo de los suboficiales a su órdenes. Salieron del fuerte, en la majestad del desierto, bajo la bóveda brillante del cielo, de cara al Altísimo. El capitán de la Roche se puso los guantes blancos, saco de su bolsillo el viril, quitó el pañuelo de lino y lo abrió. De rodillas delante de él, el suboficial sacó la Hostia y comulgó.

Cuando, algunos días más tarde, la noticia de los asesinos de Tamanrasset -viajando con las caravanas de tuareg por los desiertos de piedra del Hoggar- llegó a la tienda del aménokal Moussa, éste estalló en un llanto desesperado y salvaje. Después, se acurrucó sobre una estera y escribió a Maria de Blic una carta en la que, entre los propósitos más crudos de venganza despiadada -los cuales el amigo muerto le hubiera reprochado con dulzura-, expresó, en nombre de todo su pueblo, el verdadero y profundo significado del sacrificio de Carlos de Foucauld.

«¡Alabado sea el Dios único! -escribió-. A la señoría de nuestra amiga María, hermana de Carlos, nuestro marabuto, a quien los traidores y desalmados, las gentes de Ajjer, han asesinado… Desde el momento en que he tenido noticia de la muerte de nuestro amigo, vuestro hermano Carlos, mis ojos se han cerrado, todo es oscuridad para mí. He derramado muchas lágrimas y estoy en un gran dolor. Su muerte me ha destrozado. Me encuentro lejos del lugar donde los traidores y desalmados lo han matado, pues ellos le han matado en el territorio de los Ahaggar y yo estoy ahora en el Adrar; pero plazca a Dios que podamos alcanzar y castigar a quienes han matado al marabuto, hasta hacer que nuestra venganza esté completa. Saludad en mi nombre a vuestras hijas, a vuestro esposo y a todos vuestros amigos, y decidles: Carlos, el marabuto, no ha muerto sólo por vosotros, ha muerto por todos nosotros. Que Dios le dé su misericordia y que nosotros podamos encontrarla en el Paraíso».

«El ha muerto por todos nosotros». El Hoggar pregonaba, con esta afirmación de su aménokal, el valor sublime del martirio de Carlos de Foucauld.

 

¿Y después?

Pasaron otros diez años.

En 1927 se abría el proceso informativo para la beatificación de Carlos de Foucauld y su cadáver era trasladado a una tumba en el Golea. Pero hasta aquel momento ninguna huella en el Sahara testimoniaba que alguien hubiera pasado por allí para recoger el tesoro del ideal de Nazaret…

¿Y más adelante?

Pasaron otros seis años. Y finalmente, en 1933, René Voillaume daba vida al primer grupo de Hermanitos de Jesús, reconociendo como fundador y padre a Carlos de Foucauld, de quien se declaraba sucesor.

En 1939 nacían también las Hermanitas de Jesús. Ya en 1933 había surgido una congregación femenina de Hermanitas del Sagrado Corazón; pero ésta, aunque haciendo suyo el ideal de Carlos de Foucauld, daba mayor importancia en su regla a la contemplación.

De la sangre vertida sobre el suelo de Tamanrasset, convertida en semilla, habían nacido en el transcurso de poco más de veinte años, tres plantitas. Aquí vamos a hablar de las dos que se han desarrollado con mayor fidelidad al ideal de Nazaret, tal como Carlos lo concebía, lo describió en varios proyectos de regla, y, sobre todo, los vivió.

Al principio eran muy pocos. Pero hoy sus Fraternidades están esparcidas por los cinco continentes. Los Hermanitos de Jesús son más de cuatrocientos, las Hermanitas de Jesús superan las ochocientas. Y sus noviciados no conocen crisis de vocaciones.

Viven en grupos de tres, cuatro, cinco, en sus pequeñas Fraternidades, proletarios entre los proletarios de las grandes metrópolis, nómadas entre los nómadas de los grandes desiertos, en las mismas casas, en las mismas tiendas, haciendo los mismos trabajos manuales.

 

«Me cayeron en las manos, hace algún tiempo -se lee de un reportaje publicado en el Ruhr-Bild-, dos fotografías, que a primera vista me parecieron completamente contradictorias. En la primera se veía el pequeño eremitorio de piedra, construido por Carlos de Foucauld en 1910, en el más absoluto aislamiento del mundo, sobre la cima desnuda del Asekrem, entre los picos torvos del Hoggar, en el profundo sur del Sahara. En la otra, veía el alojamiento de la Fraternidad de Roubaix, situado en un miserable callejón sin salida, al cual se llega a través del patio interior de un conglomerado de viviendas, habitadas por mineros y sus familiares. Las bicicletas de tres Hermanitos, negras por el carbón, están apoyadas en la pared. Dentro, evidentemente, apenas hay espacio para moverse… ¿Contradicción? De ninguna manera. Trabajando en los pozos de las minas de Roubaix y viviendo, después de la jornada, en aquel hormiguero humano, los Hermanitos de Jesús permanecen -en los años sesenta- completamente fieles a la vida que llevó el hermano Carlos durante los dos primeros decenios del siglo en el desierto del Sahara. Ellos dan el mismo testimonio».

Nada, absolutamente nada poseen los Hermanitos, ni siquiera sus pobrísimos alojamientos, que son todos alquilados y que pueden ser, según el lugar del mundo donde se encuentren, una barraca cualquiera en cualquier bidonvile, o una cabaña de bambú, una cueva, un carromato de gitanos, una tienda de nómadas o un par de habitaciones en cualquier barrio popular, en la periferia de cualquier ciudad. Y tanto barraca, como choza, carromato, cueva, tienda o apartamento, todo alojamiento de una Fraternidad muestra, a quien entre, una pobreza igual: una mesa, algunos bancos, un par de sillas, unos libros, camas sencillísimas… Siempre se nota la misma paz, el mismo orden de vida. En todas ellas se advierte también, inmediatamente, casi en el aire que se respira, que aquella pobreza es amada por sí misma, como prenda y señal de desapego espiritual del mundo.

«El trabajo manual… -escribió Carlos de Foucauld cuando era todavía el hermano María Alberico, en la Trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de Siria- este trabajo más pesado de cuanto nos imaginamos… ¡te da tal compasión por los pobres, tal caridad hacia los obreros, tal amor por los trabajadores! Se sabe el valor de un pedazo de pan cuando se experimenta cuánta fatiga cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener tanta piedad por quien trabaja cuando se comparten las mismas fatigas!…».

Los Hermanitos de Jesús se ganan el pan, día a día, literalmente con el sudor de su frente. Sólo durante el período de noviciado, y en el transcurso de los estudios posteriores, aceptan, obligados por la fuerza de las cosas, alguna subvención, alguna ayuda. Pero una vez terminados los estudios y pronunciados los votos perpetuos, pertenecen por entero a la clase obrera, con todo lo que esto entraña.

Hacen los mismos turnos de trabajo que los demás trabajadores, de día o de noche, reciben los mismos escasos salarios, toman parte en las huelgas justas, corren el peligro de accidentes en los puestos difíciles, contraen las mismas enfermedades laborales, porque, a todo esto, han dicho sí desde el principio.

Algunas fábricas, al saber que son religiosos -y ellos no hacen nada por ocultarlo-, quieren concederles privilegios, hacerles gozar de algunas ventajas. Pero los Hermanitos rehúsan todo privilegio, rechazan todas las ventajas que podrían alejarlos un sólo ápice de su ideal, que es el mismo de Carlos de Foucauld: el último puesto. Han prometido buscar siempre el último puesto, y lo buscan tanto en los lugares donde trabajan como al elegir la casa donde vivir, porque ya en la primera regla, redactada por Carlos en 1896, se establece que vivan «allí donde están los más pobres», «se consagren, sobre todo, a aquellos que son los más desheredados y los más abandonados».

 

Los Hermanitos se consagran a los más desheredados y a los más desamparados de un modo completamente particular. Fiel al espíritu de Carlos de Foucauld y al ideal de vivir la vida de Jesús en el ocultamiento de los primeros treinta años, una nota del prior René Voillaume confirmaba en 1938 la prohibición absoluta de cualquier acción de apostolado: ellos no pueden aceptar ningún servicio para la parroquia, en ningún caso su capilla se puede convertir en iglesia parroquial; tampoco, durante las horas que están libres de trabajo, y se retiran a la clausura de sus Fraternidades, no deben bajo ningún concepto dedicarse a obras que tengan como objeto la conversión o la educación religiosa, ni al cuidado de huérfanos, enseñanza en las escuelas o cualquier otra actividad que esté en contraposición con su vida oculta de silencio y de plegaria.

Lo mismo con la gente que vive junto a la Fraternidad, como con los compañeros en las fábricas donde trabajan, los Hermanitos tienen las relaciones normales de vecindad y amistad, sin jamás intentar de ninguna manera, ni con ningún medio, obtener conversiones o bautismos.

El Hermanito debe ser simplemente «todo para todos» -escribo «simplemente», pero el adverbio en este caso da vértigos- y, por ello, la puerta de su Fraternidad está siempre abierta para cualquiera que llegue, a cualquier hora del día y de la noche, como estuvo siempre abierta a todos la «Kahoua del Sagrado Corazón» en Beni Abbés, el eremitorio de Tamanrasset y la cabaña de piedra sobre la cima del Asekrem.

En toda fraternidad, tanto en Bélgica como en el Líbano, tanto en España como en el Congo, los Hermanitos de todas las razas y de todas las nacionalidades dan testimonio del carácter supranacional del amor cristiano acogiendo a cualquiera que llame a su puerta, sea para pedir consejo, pan o un poco de amistad. Esta voluntad de identificarse en todo y por todo con los más pobres es la que les hace hablar el lenguaje de la gente que les rodea, alimentarse con la comida propia del lugar, celebrar la misa, aquellos de los Hermanitos que son sacerdotes, según el rito usado en el país, vestir el traje corriente de trabajo excepto durante el servicio divino, para el cual llevan una sencillísima túnica gris. En tierra musulmana, por ejemplo, hablan el árabe, celebran según el rito melquita y usan bournous. Y así en ningún lugar de la tierra se comportan como extranjeros y, actualmente, no son misioneros, ni sacerdotes obreros. Son religiosos vestidos de laicos, que viven la pobreza de la era moderna, como los monjes de la antigüedad vivieron la pobreza de su época.

Lo que principalmente hay de nuevo en los Hermanitos de Jesús, y nunca experimentado por la Iglesia hasta ahora como método de evangelización, es «ese carácter de total desinterés» -como escribe Robert Barrat- que tiene su presencia entre los pobres. Ellos quieren ser simplemente siervos inútiles, instrumentos en las manos de Dios. Si el Señor lo quiere, algún alma será tocada por su testimonio de vida evangélica. Alguien acudirá a ellos y, antes de pedir consejo, pan o amistad, les hará preguntas sobre los motivos de su fe y de su esperanza. Los Hermanitos responderán y será lo que Dios quiera. Pero sin provocar jamás estos encuentros, sin suscitar jamás tales preguntas, sin ejercer jamás ninguna presión en las respuestas, porque los Hermanitos quieren ser nada más que testigos mudos, frecuentemente incomprendidos, del amor de Dios entre los hombres.

Los resultados son paradójicos. Cuanto más quieren permanecer ocultos los Hermanitos, más acude la gente a sus Fraternidades. En las fábricas, donde trabajan, los sencillos obreros comentan: «Por fin hay frailes que viven como nosotros y como Cristo debió vivir».

 

Pero no siempre y en todas partes sucede lo mismo. A veces, sobre todo en las grandes ciudades, siempre que cierta prensa sensacionalista no haga a costa de ellos un reportaje, y entonces es peor, su mudo testimonio pasa inadvertido, parece desvanecerse en el vacío religioso que los rodea.

Entonces, hasta en el mismo sitio donde viven, se sabe poco o nada de los Hermanitos, nadie se fija en ellos, y en los lugares en que trabajan, todo lo más, surge un diálogo de esta clase: «Qué es eso? ¿Una insignia?, y el obrero indica el pequeño corazón rojo con la cruz encima, que el Hermanito lleva en el revés de la chaqueta.

-«Sí, es la insignia de una orden católica…».

-«No está mal. ¿La has pintado tú?».

Nada más. El resto es una indiferencia absoluta. Ninguna hostilidad, nada de ironías burlonas. Un respeto distancialmente, en suma.

Por la tarde, cansados por el trabajo, los Hermanitos regresan a las Fraternidades, que son sus células vitales. Principalmente porque en toda Fraternidad hay una pequeña estancia dedicada a capilla donde, cada mañana o cada tarde, celebran la misa, todos los días, también cuando la fatiga los atormenta y se arrodillan delante del Santísimo para las horas de oración cotidianas que la regla prescribe.

No es en modo alguno fácil mantener una vida de oración en las duras condiciones impuestas por el trabajo manual y en el ingrato ambiente del miserable alojamiento, colocado siempre en los lugares donde habitan los más pobres. Es una ascética tremenda que, día tras día, comienza con las primeras luces del amanecer, cuando hay que levantarse para decir la misa con tiempo suficiente para luego estar puntuales en el puesto de trabajo; que continúa durante toda la jornada, pues cada Hermanito se ha de entregar con la caridad más pura y disponible a los compañeros de trabajo, a los vecinos de su alojamiento y a los huéspedes que pueden llegar de cualquier parte. Al mismo tiempo, desde el alba hasta la noche, y así a lo largo de toda la vida, deben mantener el alma preparada para la oración.

Es natural que una vida semejante, llevada según el espíritu de Carlos de Foucauld, requiera una larga y profunda formación, sobre todo para hacer a los novicios capaces de identificarse con cualquier aspecto de la pobreza en el mundo.

Las vocaciones son abundantes: labradores, obreros, algunos sacerdotes, pero la mayoría son intelectuales; lo cual tiene su aspecto positivo pero también su parte negativa: «porque tenemos que aprender a trabajar», me decía un Hermanito. Y no resultando ni simple ni fácil aprender a trabajar con los brazos para quien jamás lo haya hecho, les parece perder un tiempo precioso en aquel aprendizaje, al compararse con los trabajadores ya acostumbrados.

De todas formas, sean de la clase que sean -labradores, obreros o intelectuales- todos realizan los mismos estudios y el hecho de que alguno llegue a ser sacerdote y otros no, es algo absolutamente personal dentro del cuadro de la vocación común de trabajar todos por igual. «Un Hermanito -dicen las Constituciones- puede o no tener una vocación sacerdotal y en ambos casos el realizará el ideal mismo de Hermanito de Jesús».

Después de dos años de prueba, que se deben pasar en una Fraternidad de trabajo, para conocer en seguida y por un tiempo prolongado de qué pan y de qué sudor estará formada la vida a que se aspira, se va al noviciado, en Francia, en España, en América Latina o en Italia, en Espello, un pueblo agrícola junto a Asís, de gente pobre, donde los Hermanitos han arrendado un viejo convento franciscano, abandonado hacia muchísimos años, al lado del cementerio. Aquí han abierto la mayor Fraternidad de Italia, una Fraternidad campesina, en aquel ambiente de pequeños campesinos, que sirve como lugar de referencia para cuantos quieren conocer la espiritualidad de Carlos de Foucauld.

Concluido el noviciado y pronunciados los primeros votos temporales, que serán repetidos varias veces durante años sucesivos, antes de llegar a los votos perpetuos, el novicio es enviado de nuevo a una Fraternidad para una segunda prueba. Si la supera, puede comenzar los estudios, que duran de tres a seis años y se cursan en St. Maximin, cerca de Tolosa. Allí recibe una amplia formación teológica, filosófica y cultural, aprende mística hindú, teología musulmana, ideología marxista y la doctrina de los hermanos separados grecoortodoxos. Estas que hemos citado no son sino algunas de las numerosas materias de estudio. Terminados dichos cursos, el joven pasa un período, más bien largo, en el desierto, para concentrarse mejor en el pensamiento de la inmensidad de Dios y la pequeñez de sí mismo. Después de este último detalle de su formación, es enviado a cualquier parte del mundo, para dar comienzo a su silencioso operar por medio únicamente de su presencia, de su vida de trabajo y oración.

Cada año nacen Fraternidades de hermanitos en diferentes países de la tierra. Son mineros en Bélgica, marineros en Bretaña, obreros en los astilleros de Hamburgo, pastores nómadas en el desierto, presos voluntarios en algunas cárceles. En Italia, los Hermanitos de Jesús trabajan en las minas Sardas de Bindua, en el Iglesiente, además de estar presentes en Roma con una Fraternidad que podríamos llamar Casa Central. Aquí en Bindua, entre otros, se ha verificado un hecho interesante, que es signo de una nueva situación madurada en 1965.

Los Hermanitos, sudando entre los mineros de aquella zona alejada de la Iglesia, tanto en el sentido material, por la cantidad de kilómetros, como en el sentido espiritual, por la descristianización, han construido una estrecha amistad con sus compañeros de fatigas, quienes, a su vez, se han interesado cada vez más por sus vidas y han manifestado siempre el deseo creciente de oírles hablar de Dios.

¿Cómo negárselo?

Una cosa es vivir el «ocultamiento» en cualquier ambiente del Islam -por poner un ejemplo-, donde el Hermanito trabaja y ora en el espíritu de su vocación específica y, aunque lo quisiera, no podría hacer nada, o casi nada, más que dar su testimonio para convertir a alguien al Evangelio; y otra, muy distinta, es vivir entre cristianos abandonados a sí mismos, o incluso descristianizados, los cuales, convencidos por el buen ejemplo, solicitan al menos una palabra de salvación espiritual y la imploran en nombre de aquella relación de amistad que se ha creado. De esta forma, en Bmdua, precisamente por amistad, los Hermanitos no han podido negar aquella ayuda espiritual a sus compañeros de trabajo, y han aceptado empezar un cierto apostolado, pero no organizado, en absoluto, ni estructurado…

Hoy en Bindua, enseñan el catecismo, administran los Sacramentos y rigen un orfanato que acoge a sesenta niños.

Esto es lo que ha sucedido en el Iglesiente. Y ha sucedido porque, si los Hermanitos hubieran eludido aquellas peticiones y no hubieran seguido adelante, aceptando el encargo del ministerio sacerdotal, nadie habría podido sustituirles.

Por lo demás, esto está previsto, como excepción, en las mismas Constituciones de la Congregación, allí donde dicen que la imitación de la vida (de trabajo, de oración y de «ocultamiento») de Jesús de Nazaret, «que es para los Hermanitos la mejor manera de realizar la perfección de la caridad apostólica, que les podrá conducir a anunciar el Evangelio con la palabra y, si son sacerdotes, a administrar los Sacramentos, tanto por la obligación de testimoniar su propia fe, como porque algunos de entre los que vivan comiencen a abrirse al Evangelio y a la vida cristiana y no puedan, de hecho, recibir esta gracia si no es a través de la Fraternidad».

En cambio en Éfeso, por contar otro ejemplo, la cosa es distinta.

Allí había una Fraternidad, junto a las ruinas de la Casa de la Virgen, que eran lugares de peregrinación, y los peregrinos encontraban cómo refugiarse en aquella Fraternidad. Pero la Fraternidad de los Hermanitos se desviaba del fin para el que había nacido, que era el mismo fin (de trabajo, oración y testimonio) de todas las demás Fraternidades, que no es el de hospedar, guiar o asistir a los peregrinos, a lo cual se podían dedicar otras personas. Y de hecho, los Hermanitos se fueron de Éfeso, cediendo aquel lugar a los monfortianos. De esta forma se han tenido que ir de otros lugares en los cuales, habiendo creado ya en torno a la Fraternidad un germen de comunidad cristiana, han podido indicar al obispo que allí podría establecerse una parroquia.

Volviendo al episodio, entre otros, de Bindua, en Cerdeña, donde los Hermanitos, para no destruir la relación de amistad ganada entre aquellos mineros, han tenido que aceptar el encargo de aquella comunidad cristiana revitalizada, sin dejar de trabajar ni de rezar según la regla; este resulta ser un hecho revelador de aquel otro más general que se ha manifestado diferenciado en 1965, como ya hemos indicado, en las tareas de la familia de los Hermanitos.

Quede bien claro que esta familia permanece unida, y ellos quieren que así sea; compuesta por los mismos hijos unidos, guiada por los mismos superiores, que son, mientras se alcance la madurez, los intérpretes, tanto de una como de otra «alma», de Carlos de Foucauld: bien la de Carlos de Foucauld «monje y eremita» del primer episodio, bien la de Carlos de Foucauld «también misionero» del segundo periodo.

Se trata, de hecho, de una diferenciación de tarea, que deriva de una disponibilidad de los Hermanitos, diversa en el servicio; disponibilidad que -más allá de haberse manifestado en el examen de las necesidades impuestas por las diversas situaciones locales en el terreno concreto de los hechos- se desprende también, al menos a mí me lo parece, de una diferencia de formación y de temperamento.

Quiero significar que esta duplicidad de tareas -indicada también en la doble denominación de «Hermanitos de Jesús» (mantenida por aquellos que persiguen exclusivamente el testimonio silencioso de oración y trabajo en los lugares más pobres y abandonados, donde otros no acuden) y la de «Hermanitos del Evangelio» (adoptada por aquellos que desarrollan también una acción de apostolado en las comunidades cristianas suscitadas por ellos y donde otros no podían sustituirles)- tiene también que ver, según mi parecer, con el aumento de las vocaciones, que ha llevado a la Congregación a ser, por encima de «francesa», verdaderamente internacional, y en particular a la afluencia de nuevos Hermanitos italianos y de América Latina, cuyo carácter, como es sabido, es más extrovertidos que el de los demás, y conduce a la comunicación.

En un último análisis, sin embargo, me parece que el nacimiento de los Hermanitos del Evangelio junto a los Hermanitos de Jesús, en la misma familia originada por la espiritualidad del padre de Foucauld, indica que todos los Hermanitos están obligados por la Providencia a recoger frutos allí donde el deber les ha forzado a sembrar.

 

El mensaje de Carlos de Foucauld, así como todos los mensajes de los grandes santos que han interpretado y caracterizado una época -podemos pensar, por ejemplo, en el de Francisco de Asís- es un mensaje universal, que realiza una llamada, de modo particular y extraordinariamente potente, a los hombres y mujeres de hoy, con independencia de que estén consagrados o no.

Por todo esto, en la estela de Carlos de Foucauld -además de en la de los Hermanitos, de los cuales he dicho que pueden ser religiosos sacerdotes y religiosos laicos, sin que esta distinción comporte una doble categoría en el ser religioso, o en la estela de las Hermanitas del Sagrado Corazón, que como ya he apuntado, viven en África una vida de contemplación- han surgido otras agrupaciones espirituales, independientemente de estas tres Congregaciones principales, con votos, promesas, reglas y superiores distintos, lo cual no quiere decir que no estén invadidos de un gran deseo de unidad con los Hermanitos y las Hermanitas.

Quiero referirme, entre otros, sobre todo a aquellos institutos seculares de sacerdotes, de chicos y chicas, se denominan respectivamente Unión Sacerdotal Jesús Charitas (que cuenta con 800 sacerdotes diocesanos, y algunos obispos y cardenales) y a los Institutos Jesús Charitas masculino y femenino, cuyos miembros, consagrados, viven en el mundo según el ideal contemplativo del espíritu de Nazaret, sin ninguna finalidad particular de acción externa.

Y me referiré también a la Fraternidad secular de Carlos de Foucauld, aquella gran asociación abierta tanto a sacerdotes como a laicos, tanto a casados como a solteros -en el deseo común de ayudarse fraternalmente para mejor amar a Dios, adorarlo en la Eucaristía y para mejor amar a los hombres sin excepción alguna- que se remonta a la primera fundación que el padre de Foucauld, como recordareis, realizó en Francia.

 

Hay entre los bosques de eucaliptos en «le Tre fontane», en Roma, algunas barracas de madera y mampostería. Aquí las Hermanitas tienen uno de sus noviciados internacionales.

-«¿Cuántas sois en todo el mundo?».

-«Cerca de 950, con exactitud 768 profesas y 150 entre novicias y postulantes» me responde una Hermanita de Jesús y me explica que provienen de 50 nacionalidades distintas y que están distribuidas en cerca de 200 Fraternidades esparcidas por todos los continentes.

-«¿Todos, todos…?»

-«Sí. En África estamos en Argelia, en Egipto, en el Hoggar, en Libia, en Marruecos, en Nigeria, en Sabara, en Camerún, en el Congo, en Etiopía, en Kenia, en Mozambique, en Ruanda, en la República de Sudáfrica, en Somalia y en Uganda. En América tenemos Fraternidades desde Alaska hasta el Perú, en Canadá, Estados Unidos, la Martinica, Méjico, Argentina, Brasil, Chile y Colombia. En Asia estamos en Afganistán, en Bután, en Jordania, en India, en Irak, en Irán, en Israel, en Líbano, en Pakistán, en Siria, en Turquía, en China, en Corea, en Japón y en Vietnam. En Oceanía trabajamos en Australia y en el Territorio de Papua; y en Europa estamos presentes, además de en Italia y por supuesto en Francia, en Austria, Bélgica, Dinamarca, Alemania, Gran Bretaña, Holanda, Suiza, Portugal, España, Finlandia, Noruega y en Grecia».

Le pido que me diga algo, aunque sabía todo lo que le costaba, de la finalidad de las Fraternidades de las Hermanitas de Jesús.

-«¿La finalidad? Consiste esencialmente en la imitación de Jesús, niño en Belén y obrero en Nazaret. Por tanto, tratamos de llevar una vida contemplativa en el mundo, sin actividades de apostolado organizado, compartiendo con los trabajadores no solamente la pobreza obrera, sino también su propia condición social. Por lo cual, preferentemente, establecemos nuestras Fraternidades en los ambientes obreros más míseros, para ser allí una presencia de oración y de amistad. Y elegimos los países más abandonados y más retrasados, las poblaciones descristianizadas o que todavía esperan el anuncio del Evangelio, el bajo proletariado de las ciudades y de los campos, las minorías ignoradas, despreciadas y oprimidas, los nómadas y los gitanos».

-«¿Y tienen bastante con vivir en amistad profunda con estos últimos, “los preferidos de Jesús”?».

-«No, no nos contentamos con esto: nos esforzamos por acercarlos a quienes los ignoran, los desprecian y los oprimen, para que se realice entre todos los hombres la unidad del Amor de Jesús a través del amor fraterno y universal, en reciproco respeto, por encima de toda división de clase, de nación y de raza».

Trato de saber si también entre las Hermanitas de Jesús se ha manifestado alguna diferencia de tareas, aún perteneciendo a la única familia.

La respuesta fue ésta: «las Fraternidades pueden asumir formas diversas de modo que puedan realizar en particular un aspecto de la vocación de las Hermanitas, sin que por ello se excluyan los demás. Y por esto existen Fraternidades de adoración, consagradas en particular a la oración; Fraternidades obreras y rurales, que desarrollan el trabajo manual en las fábricas y en el campo; Fraternidades de ayuda, especialmente en las zonas subdesarrolladas, con una misión caritativa más específica, y Fraternidades artesanas, con trabajos manuales textiles, cerámicas etc…, dentro de la Fraternidad misma. Otras Fraternidades, además de las necesarias para la formación de las Hermanitas, están integradas en ambientes aún más específicos: los enfermos, los presos…»

-«Y los gitanos -añado yo-… Como vimos con ocasión de la peregrinación de gitanos a Roma para el encuentro con el Papa Pablo VI. Verdaderamente me conmovió aquel grupo de Hermanitas que comparten con los gitanos su misma vida ambulante y los mismos carromatos.

-«Aquí, en Tre Fontane, además del noviciado internacional tiene su sede, si no me equivoco, también la Fraternidad General; ¿es cierto?».

-«Exacto. Y en Roma, además de esta Fraternidad General compuesta por Hermanitas cuyo número es variable, existe también una Fraternidad obrera.

-«¿Este de Roma es el único noviciado internacional?».

-«¡Oh, no! Además de éste, en Italia, está el de Jerusalén en Jordania, el de El Abiodh Sidi Cheikh en el Sahara, y el de Aix-en-Provence en Francia. Estos cuatro, diríamos, son los noviciados más específicamente internacionales; pero también los demás: el de Altatting en Alemania, Banneux en Bélgica, Rocas Novas en Brasil, Lourdes en Francia, Tokyo en Japón, Jerusalén en Jordania, Kiriko en Kenia, Washington en Estados Unidos y Dalat en Vietnam, también éstos, decíamos, aparte del hecho de que no siempre funcionan al mismo tiempo, son internacionales, aunque acogen una mayoría de novicias de las naciones en las cuales se encuentra el noviciado; y allí se habla la lengua del lugar. Este carácter de internacionalidad de nuestros noviciados les sirve para realizar también en sí mismos la manifestación del amor fraterno y universal».

Quien deja Roma por la vía Prenestina, allí donde los feos barrios-colmena desembocan en la extrema periferia, ve la prolongación de la gran arteria subir por una colina cubierta de matorrales sucios y casas miserables. Varias calles, de nombres grotescamente pomposos y con el asfalto deprimentemente roto, cruzan este barrio miserable que se llama Borgata Prenestina. Se pasa ante casas de un rojo sucio, descaradamente llamadas «casa populares». Son habitaciones levantadas al estilo de los «bloques» de los campos de concentración. Tienen sólo la planta baja y el tejado con una inclinación tan grande que, por lá parte de atrás, casi toca el suelo. Aquí y allí, una tienda de «pan y pasta», un establecimiento anticuado y, sobre una puerta carcomida, el letrero de oficina para el pago de alquileres. Más allá, las calles pierden las últimas costras de asfalto, olvidan todo trazado que obedezca a un plan establecido y no tienen ni siquiera nombre.

Aquello es un desastre completo. Casuchas, cada una con unos pocos metros cuadrados fangosos de patio, cerrado éste con red metálica de gallinero. Chabolas, casi todas construidas en el transcurso de una sola noche para que los funcionarios del Ayuntamiento no pudieran sorprenderlas sin techo y ordenar su demolición.

Callejas de tierra cretosa, corroídas por la lluvia, llenas de inmundicias, piedras y hierbas; tendederos con ropa puesta a secar al sol, que muestra sus agujeros y remiendos. Esqueletos de motocicletas, sin ruedas ni accesorios, abandonados en el fondo de hondonadas. Niños y gallinas a cada paso, perros vagabundos, mujeres de mirada angustiada, hombres de rostro cansado. En las paredes, pasquines del partido comunista italiano.

Por una de estas callejas, que se abre entre un montón de casuchas, no más ancha de dos metros y medio, se llega a una vivienda roja, también con sus pocos metros cuadrados de patio rodeado de tela metálica de gallinero, también con su colada secándose al sol, también con sus ventanas no más grandes que el ventanillo de una oficina postal, pegada a otra casucha igual, donde vive un obrero con su familia. Sobre el arquitrabe torcido de la puerta, de dos hojas, hay clavada una madera, en la que escrito a tinta se lee: Fraternidad de Jesús.

Aquí viven las Hermanitas, en Roma, caput mundi. Dos estancias pequeñas encaladas, los pocos muebles esenciales y de muy mala calidad; dos fotografías de Carlos de Foucauld; un mapa de los continentes colgado de la pared; un Niño Jesús de terracota sin pintar, para recordar que en todo momento se debe vivir la vida de Nazaret: «No olvides que eres pequeño».

Al otro lado de una puerta, la capilla. Es una pobre estancia como las anteriores, dos metros y medio por tres, o poco más. Pero se respira un aire de paraíso. En la pared, de cara a quien entra, un altar de madera cubierto con un sencillo lienzo blanco y sobre el altar el Santísimo expuesto en la más desnuda custodia que hemos visto jamás, colocada sobre un sagrario de cobre, de aquel buen cobre antiguo, familiar, de las ollas colgadas en las cocinas de nuestras abuelas… Unas luces alimentadas con aceite y dos velas encendidas. Más en alto, una cruz de madera, con la figura del crucificado diseñada en el inconfundible estilo de los bocetos de Carlos de Foucauld.

En las dos esquinas, a ambos lados del altar, sendas mesitas de madera. Sobre la de la izquierda, la sagrada Escritura en una edición barata; en aquella de la derecha, una Virgen con el Niño Jesús de terracota. Colgadas de las paredes, tantas tablitas cuantas son las estaciones del Viacrucis, y cada estación está señalada sólo con un número romano, escrito con tinta probablemente, y sobre todas ellas hay una pequeña cruz.

En el suelo, delante del altar, una pequeña estera de palma. Arrodilladas sobre ésta, dos hermanitas oran: cantan el Veni Creator, recitan el ángelus -afuera, el rojo del crepúsculo se apaga con las primeras sombras de la noche- y entonan el Tantum ergo… Después una puertecita de cobre se desliza ante la custodia: tiene grabado rústicamente un corazón con una cruz encima. Se apagan las dos velas. Las lucecitas quedan encendidas. Brillan como los ojos de las Hermanitas.

Las Hermanitas llevan un vestido de tela ordinaria, de un gris azulado, es una especie de intermedio entre el hábito de una monja y el delantal de una criada. En el pecho, una gran cruz marrón con un pequeño corazón rojo encima. De la cintura les cuelga un rosario con las cuentas de madera. En la cabeza, un pañuelo, como lo llevan nuestras campesinas, de color azul. Es el mismo color de los velos en que se envuelven los tuareg en el Hoggar. Cuando las hermanitas se inclinan ante el altar, tocan el suelo con la frente, realizan la misma solemne postración que los musulmanes dentro de sus amplios bournous, cuando oran.

«Son tres, en este momento, las Hermanitas de la Fraternidad de Roma -nos dijeron los vecinos el día que las buscamos en aquel dédalo increíble de callejas miserables-, porque a las dos que estaban aquí desde hace algún tiempo -una obrera de una fábrica de tejidos y la otra interina en casa de una familia- se ha unido una tercera que ha venido de Kenia, donde ha vivido hasta ahora con los indígenas. Esto significa siempre que una de las otras dos va a marcharse. Y en efecto, se va la Hermanita que antes de trabajar aquí en Roma lo hizo cerca de un poblado de gitanos en Francia. Ahora la mandan a Nápoles».

Para las Hermanitas, como también para los Hermanitos, los traslados están a la orden del día y son completamente inesperados. Un capazo con alguna ropa de repuesto, ¡y adelante! Cada rincón de la tierra vale lo que otro. En todas partes hay pobres y abandonados, en todas partes se pueden descender grados por la escala del anonadamiento y de la abyección para acercarse lo más posible al «último puesto», conquistado por Jesús con su sacrificio en la cruz.

 

Donde quiera que se encuentren, los Hermanitos de Jesús se adaptan de tal modo a las circunstancias locales que llegan incluso a conformar el estilo de su capilla a las características del lugar en donde viven.

En la Fraternidad de Charleroi, el altar está sostenido con vigas idénticas a las que sujetan el techo de la mina; en Concarneau, de las paredes de la capilla cuelgan redes para la pesca de la sardina; en el Líbano, Irak y Pakistán el altar es cuadrado, con tela dispuesta en pliegues y encima hay una serie de iconos colocados según el uso local; en el puerto de Hamburgo-Altona, el lugar que actualmente ocupa la capilla era un depósito de carbón hace pocos años: una diminuta casa de Dios en un sótano de siete metros cuadrados, bajo el establecimiento de un barbero, que es el dueño de la casa.

Pudieran parecer, a primera vista, proyectados en el mundo, en este o aquel rincón de miseria, y allí abandonados a sí mismos, solos. Pero no es así. Hay una gran unión entre todos los Hermanitos, un vínculo estrecho, un constante intercambio de noticias. En cada Fraternidad existe un responsable ante el prior, y este responsable le envía, cada dos o tres meses, una carta muy sencilla, muy. familiar, en la cual cuenta los hechos últimamente acaecidos, las experiencias realizadas, las dificultades que han surgido, las alegrías experimentadas. Después, estas cartas a modo de diario son impresas y hechas circular entre las Fraternidades, con objeto de que cada una de ellas sepa todo respecto de las demás. Es así como, aparentemente abandonado entre las escarpaduras de la cordillera de los Andes o en las selvas amenazadoras del Congo, el Hermanito sabe que en realidad se encuentra estrechamente unido con todos sus compañeros.

Si el «ocultamiento» que regula cualquier aspecto de la vida de los Hermanitos y la intimidad que caracteriza esta correspondencia no impidieran la publicación, el conjunto de dichas cartas-diarios constituirían, fuera de toda política, el texto científico más formidable de la miseria material y espiritual que es la plaga de nuestra época.

Respetando la intimidad de esas cartas, nos será licito, sin embargo, reproducir algunas líneas que cierran la narración de un Hermanito sobre su vida en el lugar donde desarrolla su silenciosa labor: «… Rogad un poco por todo esto, Hermanitos, porque nuestra oración aquí no es suficiente. La separación entre nosotros y la gente que nos rodea es muy grande. Rogad por W., mi compañero de fábrica, que esta semana trabaja 76 horas, porque para él sólo una cosa tiene importancia: el dinero. Rogad por G., que no se entiende con su mujer, sobre todo porque desde hace cinco años viven con un niño en una sola habitación. Rogad por H., de veinte años, que barre el mercado y es objeto de burlas por parte de sus compañeros porque es tartamudo. Rogad por todos aquellos que el Señor nos ha confiado y la salvación de los cuales se retrasa por nuestra falta de amor…»

Llamadas tan angustiosas llegan de todas partes: desde las Fraternidades del norte de África, que trabajan tanto entre los árabes como entre el proletariado europeo, de aquellas que se dedican a los leprosos en el Camerún y en el Irán; desde las que están esparcidas en el mundo musulmán o en Ceilán en el ambiente budista; de cuantas se hallan situadas en los barrios de la miseria, en la periferia de las grandes ciudades del Perú, Vietnam, Japón, Bélgica, Alemania, Inglaterra; desde las que dan testimonio de la vida de Nazaret entre los indígenas de Venezuela, Angola y otros países del mundo; de los Hermanitos que trabajan la tierra con los campesinos y afrontan el mar con los pescadores.

De todas partes, parecidas noticias y siempre la misma súplica: «Orad…». Porque dondequiera, como recomienda René Voillaume, los Hermanitos trabajan «en medio de aquellos que deben soportar la vida cotidiana desesperadamente solos y viven únicamente con un ideal materialista».

Y como dice también René Voillaume, lo Hermanitos son «aquellos que viven con cualquier cosa», porque tienen una fe profunda y firme, que les hace sentirse hermanos de todos.

«Esta vida de fe y de oración -añade el sucesor del padre Foucauld- obtendrá que nuestro pobre testimonio sea escuchado, hasta por medio de una simple palabra, de una respuesta dada a un amigo, de un consejo sofocado por el ruido de una máquina. La voz de un hombre en medio de la masa puede encontrar un eco en el mundo… Porque Jesús es maestro de lo imposible».

Anterior

Después, alguien llamó a la puerta

Los hermanitos que Carlos no conoció
Siguiente

La vida oculta en Dios