La vocación personalMaestros

III. Discernimiento y confirmación de la vocación personal

1.- Discernimiento

La experiencia me ha enseñado que el modo privilegiado dc discernir la “vocación personal” es haciendo los Ejercicios Espirituales ignacianos. Como ya lo he expuesto en el primer capítulo de este libro, el sentido más profundo y radical de la “Elección” ignaciana -objeto dc los Ejercicios- es el discernimiento de la “vocación personal”.

Es claro -para todo el que haya captado la dinámica de los Ejercicios- que el ejercitante se entrega a una profunda y prolongada experiencia de oración que le lleva a una experiencia de discernimiento por medio de una dirección espiritual regular y competente. No es una experiencia de oración que se deja al azar: su objeto es el proceso normativo de la historia de la salvación.

Quien quiera salvarse tiene que introducirse, en su modo propio y único, en ese proceso normativo historia de la salvación, que no es otro que el desenvolvimiento histórico del misterio de Cristo, único Mediador y Salvador. En esa experiencia de oración, Dios va librando la persona del ejercitante a un nivel cada vez más profundo: no sólo al nivel manifiesto de pecado, imperfección y desorden (Primera Semana), sino más profundamente aún al de los valores y escalas de valores y criterios de vida del ejercitante (contemplaciones de la Segunda Semana), y a más hondura todavía al nivel de las seguridades de la vida celosamente protegidas y custodiadas por el ejercitante, primero en los oscuros rincones de la mente (meditación de “Dos Banderas”), luego en las sutiles motivaciones de la voluntad (“Tres Binarios”), y finalmente en los escondidos repliegues del corazón (“Tres Maneras de Humildad”).

Con esta progresiva dinámica de hacer más honda su libertad interior el ejercitante ha ido abriéndose más y más a la acción del Espíritu de Dios y a los retos que contra ella plantean los malos espíritus. En otras palabras, pasa por los altibajos de una experiencia espiritual interior, cuidadosa y diligentemente observados. Reflexionar sobre esta experiencia tras el haber sido librado al más profundo nivel existencial (el que he llamado el nivel de las “seguridades” de la vida) equivale a hacer esta reflexión con los ojos de Dios y no con la visión distorsionada con que el ejercitante empezó los ejercicios. No es extraño que el ejercitante pueda distinguir, corno en una vista panorámica de su accidentada experiencia interior, las constantes de la presencia y acción divinas por medio de los signos y frutos del Espíritu. Así es como la línea u orientación consistente de la llamada de Dios para la salvación es trazada en la vida irrepetiblemente única, del ejercitante. Usando la terminología ignaciana que hemos citado en el primer capítulo sobre la “Elección”, ésta es para la persona del ejercitante, irrepetiblemente única, “la voluntad de Dios en la disposición (es decir, el arreglo, orden u orientación) de su vida para la salud del ánima” (EE 1). Este es, en otras palabras, el “yo” más íntimo y verdadero del ejercitante, el “nombre” único y exclusivo con que Dios le llama, a saber, su “vocación personal”.

No debe sorprendernos que sea así. S el ejercitante se ha metido, en su modo irrepetiblemente único, en el proceso normativo de la historia de la salvación por medio de una experiencia de oración profunda y prolongada, es seguro que el Espíritu le conducirá a través de un proceso de progresiva libertad interior hasta descubrir o discernir el reflejo de esa línea objetiva, normativa, de la salvación en su vida personal, en otras palabras, discernirá su “vocación personal”. Y si recordamos que el proceso objetivo de la historia de la salvación, es, profundamente personalizado el desarrollo histórico del misterio del Único Salvador y Mediador Jesucristo. entonces lo que el ejercitante termina discerniendo es muy realmente el “rostro” singularmente único de su Jesús.

 

2.- Confirmación

Además de la “confirmación” de la “Elección” (en nuestro caso “vocación personal”) que tiene lugar. dentro de la dinámica de los Ejercicios. en lo que Ignacio llama Tercera y Cuarta Semanas, la experiencia de dirección de ejercicios me ha enseñado dos líneas muy importantes de “confirmación” de la vocación personal.

a) Como en estos últimos 26 años he estado orientando la experiencia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio al discernimiento de la “vocación personal”, lo que fácilmente se comprenderá a la luz dc mi profunda convicción sobre el significado real y radical dc la “Elección” ignaciana, he terminado por observar unos cuantos rasgos muy consistentes en la experiencia del ejercitante en el período de “confirmación” que sigue al del discernimiento.

El ejercitante descubre con entusiasmo que la “vocación personal” que ha discernido estaba pasmosamente presente en su vida desde el principio. Es toda una experiencia ver el entusiasmo con que el ejercitante rememora la existencia de su propia “vocación personal” en las sucesivas fases de su vida. Mi respuesta a este entusiasmo por parte del ejercitante es siempre este comentario: “¿Te extraña que tu vocación personal haya estado presente a lo largo de toda tu vida? Si ésta es de veras tu vocación personal, entonces tenía que estar presente: no se te ha dado en estos ejercicios sino “desde el vientre de tu madre”, como dice la Escritura (cf Is 49, 1: ‘El Señor me llamó desde el nacimiento, del vientre de mi madre me llamó por mi nombre’). Acabas de descubrirlo, de ‘discernirlo’, pero te fue dado desde el principio”.

Una línea muy significativa de “confirmación” de la vocación personal es, pues, que está escrita en la historia concreta de una persona y en el dinamismo interno de su vida (es decir, el movimiento de las fuerzas internas).

Más arriba he expresado mi convicción, nacida de experiencias concretas, sobre la íntima relación que existe entre psicología y espiritualidad. La confirma el hecho de que tantísimas escuelas de psicología y consejería psicológica han acabado por recurrir al método que he descrito para confirmar la vocación personal. El Análisis Transaccional habla de “guión de la vida”; Ira Progoff está enseñando a su gente a descubrir las “líneas maestras” de su vida escribiendo un diario personal; más recientemente la “Psicosíntesis” hace a los suyos averiguar los “modelos de síntesis” de sus vidas. Pero ¿qué es más fundamental y radicalmente el “guión de la vida” de una persona, o su “línea maestra” o su “modelo de síntesis” que su vocación personal?, podemos preguntarnos después de lo que he expuesto sobre ésta. Y nótese bien que el Análisis Transaccional habla de los muchos “guiones de la vida” de una persona, Progoff de muchas “líneas maestras”, y la Psicosíntesis de varios “modelos de síntesis”, mientras que la “Vocación Personal” es el único e irrepetible “guión de vida” dado por Dios, la única “línea maestra”, el único “modelo de síntesis” de su vida. Lo que demuestra una vez más que la espiritualidad es el nivel más profundo el más alto de la psicología, según se mire.

b) Una pregunta que cabe hacer a! hablar de la “vocación personal” es esta: ¿sigue siendo la misma en cada caso o puede cambiar en el curso de la vida? La respuesta a esta pregunta revela una nueva línea de confirmación de la vocación personal.

La experiencia me ha enseñado tanto en mi propio caso como en los de mis dirigidos, que si bien hay un elemento o aspecto que nunca cambia ni puede cambiar en la vocación personal, hay otro elemento o aspecto que cambia con la vida. Ya hemos visto que la vocación personal es esencialmente un “espíritu” que anima todos los niveles de la vocación jerárquicamente estructurada: por ejemplo cada uno de aquellos diez sacerdotes jesuitas tiene su manera propia de ser cristiano sacerdote, religioso, jesuita. Esta manera propia y exclusiva. este “espíritu”, no cambia: ¿cómo podría cambiar siendo algo dado por Dios como mi singularidad “desde el vientre de mi madre” para toda la vida? Ahora bien, en la economía de la Encarnación el espíritu “puro” no existe: está siempre encarnado, tiene carne y cuerpo Esa encarnación es la que cambia con las cambiantes circunstancias de la vida. Y así la vocación personal recibe un nuevo “aspecto”, una nueva “coloración” una nueva “dimensión” según se avanza en la vida.

Y ésta es precisamente otra forma más de confirmar nuestra vocación personal: ese encontrarse con lo mismo, pero con que no es del todo lo mismo, en la vocación personal conforme se avanza en la vida y según cambian las circunstancias. Este carácter dinámico de la vocación personal muestra lo profundamente vinculada que está con la vida y las transformaciones que ésta experimenta: es una propiedad de todo lo orgánico y vivo desarrollarse y cambiar, pero manteniéndose arraigado en una misma identidad fundamental.

Rasgo peculiar de todo “significado” es que dure y perdure. Nunca nos cansa, y de hecho, en la travesía de la vida vamos echando por la borda lo que no tiene sentido o significado, y continuamos aferrados a lo que lo tiene. Lo que ocurre es que el “significado” se hace cada vez más “significativo” y relevante. Y si esto ocurre con el “significado” en general. ¿qué diremos del significado radical y único que Dios ha conferido a la vida de una persona, la “vocación personal”?

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