El peregrino rusoOración contemplativa

El peregrino ruso (capítulo cuarto)

En la unión con Dios está mí bien. Pongo en el Señor toda mi esperanza.

(Sal. LXXIII, 28.)

El proverbio tiene razón, dije al volver a casa de mi padre espiritual: «El hombre propone y Dios dispone». Era mi propósito partir hoy mismo para la santa ciudad de Jerusalén, pero no va a ser así; un acontecimiento totalmente imprevisto me retiene aquí dos o tres días más. No he podido menos de venir a veros para anunciároslo y pediros consejo sobre esto que voy a contaros.

Me había ya despedido de todos y, con la ayuda de Dios, me había puesto en camino; iba ya a pasar la barrera, cuando he aquí que, junto a la puerta de la última casa, veo a un peregrino a quien no veía desde hacía tres años. Nos saludamos y me preguntó a dónde iba. Yo le respondí:

-Voy, si Dios quiere, hasta la antigua Jerusalén.

-Si es así -me contestó- tienes aquí un excelente compañero de ruta.

-Muy agradecido -le contesté-. ¿Pero no sabes que yo nunca llevo compañero y que suelo caminar siempre solo?

-Ya lo sé, pero escúchame un momento; no debes dudar en aceptar a este compañero por las ventajas que te traerá. Os entenderéis muy bien. El padre del propietario de esta casa donde trabajo como mozo ha hecho voto de ir a Jerusalén. Se trata de un mercader de aquí, un buen anciano que además es completamente sordo. Por mucho que le grites, no oye absolutamente nada; si se le quiere decir alguna cosa, hay que escribirla en un papel. Siempre guarda silencio y en nada te molestará durante el viaje. En cambio tú le vas a ser indispensable a él. Su hijo le da un caballo y un carricoche que venderá en Odesa. El viejo quiere hacer el viaje a pie, pero llevará en el carro su equipaje y algunos dones para el sepulcro del Señor. Tú también podrás poner en él tu alforja… Ahora, piénsatelo bien. ¿Te parece que es posible dejar marchar solo a un anciano completamente sordo? Por todas partes, hemos andado buscando a alguien que le sirva de guía, pero todos piden mucho dinero, y además es peligroso dejarle partir con un desconocido, porque lleva dinero y otros objetos preciosos. Por mi parte, yo saldré garante de ti, y mis patrones quedarán muy contentos; son muy buena gente y me tienen mucho cariño. Hace ya dos años que estoy con ellos.

Después que hablamos así delante de la puerta, me hizo entrar y allí pude echar de ver que se trataba de una familia honrada. Así pues, acepté su proposición. Decidimos partir dos días después de Navidad, con la ayuda de Dios, después de haber asistido a la divina liturgia.

Son éstos, acontecimientos que se entrecruzan en el camino de la vida. Pero siempre es Dios y su divina Providencia los que obran por nuestras acciones y nuestras intenciones, según está escrito: porque es Dios quien obra en vosotros así el querer como el hacer (1).

Me respondió mi padre espiritual:

-Muchísimo me alegro y muy de corazón, hermano mío, de que el Señor me haya permitido verte una vez más. Y como ahora estás libre, voy a hacer que te quedes aquí unos días más, para que me vayas contando todo con lo que te has tropezado en el curso de tu vida errante. Porque me ha causado gran placer el escuchar los relatos precedentes.

-Lo haré con mucho gusto -le respondí, y me puse a hablar.

Han pasado cosas, unas buenas y favorables y otras, en cambio, nada agradables; no es posible contarlo todo y mucho es también lo que se me ha olvidado, porque sobre todo he procurado guardar en la memoria el recuerdo de aquellas cosas que llevaban a mi alma perezosa a la oración; todo lo demás raramente lo he evocado o, mejor dicho, lo he procurado ir olvidando, según lo que nos enseña el apóstol San Pablo, que dejó escrito: Dando al olvido lo que ya queda atrás y lanzándome en persecución de lo que tengo delante, corro hacia la meta (2). Y mi bienaventurado starets me decía que los obstáculos en la oración pueden venir de la derecha o de la izquierda (3), es decir, si el Enemigo no puede desviar al alma de la oración con vanos pensamientos o imágenes culpables, hace revivir en la memoria recuerdos edificantes o hermosas ideas, para alejar de esa manera al espíritu de la oración, que él no puede soportar. Esto se llama la desviación a la derecha: el alma, dejando la conversación con Dios, entra en deliciosa conversación consigo misma o con las criaturas. Me enseñó igualmente que en tiempo de oración no había que admitir en el espíritu ni aun el más hermoso o más alto pensamiento; y si al final del día cae uno en la cuenta de haber pasado más tiempo en la meditación o conversaciones edificantes que en la oración absoluta y pura, hay que considerar eso como una imprudencia o como una egoísta avaricia espiritual, especialmente entre los principiantes, para quienes el tiempo empleado en la oración ha de superar al empleado en todas las demás ocupaciones piadosas.

Pero no es posible olvidarlo todo. Ciertos recuerdos se imprimen tan profundamente en la memoria que siempre están presentes sin necesidad de evocarlos, como por ejemplo el de aquella santa familia con la que Dios me permitió pasar algunos días.

 

UNA FAMILIA ORTODOXA

En ocasión de encontrarme atravesando la provincia de Tobolsk, pasaba un día por una pequeña ciudad. Apenas me quedaba pan, así que entré en una casa para pedirlo. El dueño de la casa me dijo:

-Llegas muy a tiempo; mi mujer acaba de sacar el pan del horno. Toma esta hogaza y ruega a Dios por nosotros.

Dándole las gracias, estaba metiendo el pan en mi alforja, cuando la señora me vio y me dijo:

-¡Qué alforja tan miserable llevas! ¡Si está toda deshecha! Voy a darte otra mejor.

Y me dio una muy buena. Le di las gracias de todo corazón y partí. Al salir de la villa, pedí un poco de sal en una tienda y el dueño me dio un saco lleno. Esto me produjo gran alegría y di gracias a Dios que hizo que yo me dirigiera a tan buenas gentes.

-Ya tengo bastante para una semana, pensaba entre mí. Ahora podré dormir tranquilo. ¡Alma mía, bendice al Señor! (4).

Había caminado cinco verstas desde que salí de la villa, cuando llegué a la vista de un pueblecito mediocre que tenía una pobre iglesia de madera, pero bien pintada en su exterior y bonitamente decorada. El camino pasaba rozándola y tuve deseos de postrarme delante del templo del Señor. Subí la escalinata e hice una oración. En una pradera que bordeaba la iglesia, había dos niños pequeños jugando, como de cinco o seis años. Yo pensé para mí que, a pesar de estar tan bien puestos, serían los hijos del sacerdote. Terminada mi oración, me alejé. Más aún no había caminado diez pasos, cuando oí gritar detrás de mí:

-¡Buen mendigo, buen mendigo! ¡Espera!

Los que gritaban eran los niños, que venían hacia mí: un niño y una niña; yo me detuve y llegando ellos corriendo me tomaron de la mano.

-Vamos a buscar a mamá, que tiene mucho cariño a los mendigos.

-Yo no soy un mendigo, sino un caminante.

-¿Y esa alforja, qué es?

-Aquí llevo pan para el camino.

-Bueno, no importa; ven con nosotros. Mamá te dará dinero para el camino.

-¿Y dónde está mamá? -les pregunté.

-Allá, detrás de la iglesia, más allá de la arboleda.

Fui con ellos y me hicieron entrar en un maravilloso jardín, en medio del cual había una casa grande y hermosa; entramos en el vestíbulo. ¡Qué limpio estaba todo y qué bien arreglado! En seguida vino la señora hacía nosotros.

-¡Qué felicidad la mía! ¿De dónde te envía Dios a nuestra casa? ¡Siéntate, siéntate, querido!

Me quitó ella misma la alforja de encima, la puso sobre una mesa y me hizo sentar en una silla muy cómoda y blanda.

-¿Quieres comer alguna cosa? ¿Quieres tomar té? ¿No tienes necesidad de nada?

-Os doy las gracias con toda humildad, le respondí; tengo comida en mi alforja, y el té, aunque puedo tomarlo, como soy un campesino no tengo costumbre de hacerlo; vuestra amabilidad y gentileza me son mucho más preciosas que una buena comida. Rogaré a Dios que os bendiga por tan evangélica hospitalidad.

Y al decir estas palabras, yo sentía un gran deseo de recogerme en mi interior. La oración hervía en mi corazón y sentía necesidad de calma y de silencio para dejar a esta llama subir libremente, y para ocultar un poco las señales externas de la oración, lágrimas, suspiros y movimientos del rostro y de los labios.

Por eso, me levanté y dije a la señora:

-Os pido perdón señora, pero tengo que irme. Que el Señor Jesucristo sea con vos y con vuestras preciosas criaturas.

-¡De ninguna manera! Dios te guarde de marcharte; no puedo dejarte partir. Mi marido tiene que volver esta tarde de la ciudad, pues es juez del tribunal del distrito. ¡Se sentirá tan dichoso de verte entre nosotros! A todos los peregrinos los toma por enviados de Dios. Además, mañana es domingo; tú rezarás con nosotros en el oficio, y lo que Dios quiera ofrecernos lo comeremos todos juntos. En nuestra casa, en las fiestas, recibimos siempre cuando menos treinta pobres mendigos, hermanos de Jesucristo. Y tú no has dicho todavía nada de ti, ni de dónde vienes, ni a dónde vas. Cuéntame todas estas cosas; ¡me gusta tanto oír hablar a los que veneran al Señor! ¡Niños! Id a llevar la alforja del peregrino al cuarto de las imágenes, donde ha de pasar la noche.

Al oír estas palabras quedé asombrado y me dije: «¿Es esto un ser humano o una aparición?»

Me quedé pues para esperar al dueño de la casa. Les conté brevemente mi viaje y les dije que iba para Irkutsk.

-¡Qué bien! -dijo la dama-. En ese caso tú has de pasar por Tobolsk; mi madre vive allí en un convento adonde se retiró hace tiempo; te daremos una carta para ella y ella te dará hospedaje. Muchas gentes van a ella a pedirle consejo; además, podrás llevarle un libro de Juan Clímaco (5) que hemos encargado a Moscú para ella. ¡Qué bien se combinan todas estas cosas!

Llegó la hora de comer y nos sentamos a la mesa. Se presentaron además cuatro damas que se sentaron con nosotros. Después del primer plato, se levantó una de ellas, hizo inclinación a la imagen y luego a nosotros y fue a traer el siguiente; para el tercer plato, hizo otra lo mismo que la anterior. Viendo esto, yo me dirigí a la señora:

-¿Puedo preguntar si estas damas son acaso de vuestra familia?

-Sí, son mis hermanas, la cocinera, la mujer del cochero, el ama de llaves y mi doncella; todas son casadas y no hay en mi familia una sola sin casar.

Viendo y oyendo tales cosas, aún quedé más asombrado y di gracias al Señor que me había traído a casa de gentes tan piadosas. Y sentía la oración subir con ímpetu en mi corazón; de modo que, para encontrar soledad, me levanté y dije a la señora:

-Vos debéis descansar después de la comida; en cambio yo, que tan acostumbrado estoy a andar, iré a pasear un poco por el jardín.

-No, yo no tengo costumbre de descansar, dijo la dama. Iré contigo al jardín y tú me contarás algo que me sirva de instrucción. Si vas solo, los niños no te dejarán en paz; no se apartarán de tu lado, pues tienen mucho cariño a los mendigos, hermanos de Cristo, y a los peregrinos.

No me quedaba otro remedio y fuimos juntos al jardín. A fin de guardar mejor el silencio, hice una inclinación a la señora y le dije:

-Decidme, buena madre, en nombre de Dios, ¿hace mucho tiempo que lleváis una vida tan santa? Contadme cómo habéis llegado a semejante grado de bondad.

-Es cosa muy fácil de contestar, dijo ella. Mi madre es biznieta de San Josafat (6), cuyas reliquias son honradas en Bielgorod. Teníamos allí una gran casa, una de cuyas alas la habíamos arrendado a un gentilhombre de poca fortuna. Vino éste a morir y su mujer murió también después de haber dado a luz un hijo. El recién nacido quedó completamente huérfano. Mi madre lo recogió en su casa y al año siguiente nacía yo. Fuimos creciendo juntos, tuvimos los mismos preceptores y éramos como hermano y hermana. Cuando murió mi padre, mi madre se alejó de la ciudad y vino a establecerse con nosotros en este lugar. Cuando estuvimos en edad, mi madre me casó con su ahijado, nos naturalizó en este villar y se decidió a entrar en un convento. Después de habernos dado su bendición, nos recomendó vivir como cristianos, orar a Dios de todo corazón y guardar sobre todo el mandamiento más importante, que es el del amor al prójimo, ayudando a los pobres, hermanos de Jesucristo, educando a nuestros hijos en el temor de Dios y tratando a nuestros siervos como hermanos. Así vivimos desde hace diez años en esta soledad, procurando cumplir los consejos de mi madre. Tenemos un asilo para los mendigos, donde por el momento hay más de diez, enfermos o achacosos; si te parece, mañana podemos ir a verlos.

Cuando acabó de hablar, le pregunté:

-¿Y dónde está ese libro de Juan Clímaco que queréis enviar a vuestra madre?

-Entremos en casa y allí te lo enseñaré.

Apenas habíamos empezado a leer, cuando llegó el dueño de la casa. Nos abrazamos cristianamente como hermanos, y me llevó a su cuarto diciendo:

-Ven, hermano mío, a mi cuarto y bendícelo. Seguramente que mi mujer te ha cansado bastante. En cuanto encuentra a un peregrino o a un enfermo, se siente tan dichosa que no se separa de él ni de día ni de noche; es una antigua costumbre de su familia.

Entramos en su despacho. ¡Qué cantidad de libros y de magníficos iconos! ¡Y qué bella cruz de tamaño natural, delante de la cual había un evangelio! Yo hice la señal de la cruz y exclamé:

-Vos tenéis en casa, señor, el paraíso de Dios. Ahí está el Señor Jesucristo, su purísima Madre y sus santos servidores; y aquí sus palabras y sus vivientes e inmortales enseñanzas. No dudo que tendréis sumo gozo en pasar buenos ratos en tan buena compañía.

-Así es -me respondió-; me gusta mucho la lectura.

-¿Qué clase de libros leéis -le pregunté.

-Tengo muchos libros espirituales: aquí está el Menologio (7), las obras de San Juan Crisóstomo, de Basilio el Grande, muchas obras filosóficas o teológicas y no pocos sermones de predicadores de nuestro tiempo. Esta biblioteca me costó cinco mil rublos.

-¿No tendréis acaso una obra sobre la oración? -le pregunté.

-Tengo mucha afición por los libros que tratan de la oración. Aquí hay un opúsculo muy reciente, obra de un sacerdote de San Petersburgo.

El señor sacó un comentario sobre el Padre Nuestro y comenzamos a leerlo. Muy pronto llegó la señora con el té, y los niños traían una gran bandeja de plata llena de cierta clase de pasteles que yo no había visto ni comido jamás. El señor tomó el libro de mis manos, lo puso en las de su mujer y dijo:

-Ella nos va a leer, que lee muy bien; y mientras, nosotros dos repondremos fuerzas.

La señora comenzó a leer. Al mismo tiempo que escuchaba, sentía la oración subir a mi corazón; y cuanto más leía, más se desarrollaba la oración y me llenaba de alegría. De repente, vi pasar una figura rápidamente en el aire, como si fuera mi difunto starets. No pude reprimir un movimiento, pero para disimularlo les dije:

-Perdonadme, que me quería venir sueño.

En este momento, tuve la impresión de que el espíritu de mi starets penetraba en el mío y lo iluminaba; sentí en mí como una gran claridad y abundantes ideas sobre la oración. Justo cuando me persignaba, esforzándome por alejar tales ideas, la dama acabó su lectura, y el señor me preguntó si me había gustado. Y comenzamos a hablar sobre el tema.

-Lo leído me ha gustado mucho, le respondí; por supuesto que el Padre Nuestro es más grande y más precioso que todas las oraciones escritas que poseemos, por habérnosla enseñado el mismo Jesucristo. El comentario que de él habéis leído es bueno, pero todo él se refiere a la vida activa del cristiano, mientras que yo he leído en los Padres una explicación que es sobre todo mística y orientada a la contemplación.

-¿En qué Padres has encontrado esto?

-Pues en Máximo el Confesor (8), por ejemplo, y, en la Filocalía, en Pedro Damasceno (9).

-¿Te acordarías de alguna cosa? Repítenosla, si te acuerdas.

-Desde luego que sí. Comienza así la oración: Padre nuestro que estás en los cielos; en el libro que acabáis de leer, estas palabras significan que hay que amar fraternalmente a nuestro prójimo, por ser todos hijos de un mismo Padre. Y esto es muy cierto, pero los Padres ponen a estas palabras un comentario más espiritual, y dicen que cuando se pronuncian estas palabras hay que levantar el espíritu hacia el Padre celestial y recordar la obligación de estar en todo momento en la presencia de Dios. Las palabras: santificado sea tu nombre se explican en este libro por el cuidado que hay que tener en no invocar en vano el nombre del Señor; mas los comentadores místicos ven en ellas la petición de la oración interior del corazón, es decir que para que el nombre de Dios sea santificado, es preciso que se grave en el interior del corazón y que por la oración perpetua santifique e ilumine todos los sentimientos y todas las fuerzas del alma. Las palabras venga a nos el tu reino son explicadas así por los Padres: Que vengan a nuestros corazones la paz interior, el descanso y la alegría espiritual. En el libro se dice que las palabras: El pan nuestro de cada día dánosle hoy, se refieren a las necesidades de nuestra vida corporal, y a las cosas necesarias para correr en auxilio de nuestro prójimo. Pero Máximo el Confesor entiende por el pan cotidiano el pan celestial que alimenta al alma, es decir la Palabra de Dios y la unión del alma con Dios por la contemplación y la oración continua en el interior del corazón.

-La oración interior -dijo él-, es cosa difícil y aun casi imposible para los que viven en el mundo; aun para que hagamos sin pereza la oración ordinaria tiene que ayudarnos el Señor con todo su favor.

-No habléis así, repliqué. Si fuera una empresa que sobrepuja a las fuerzas humanas, Dios no la hubiera exigido a todos. En la flaqueza se perfecciona mi poder (10), y los Padres nos ofrecen medios que facilitan el camino a la oración interior.

-Nunca he leído cosa alguna referente a esto, dijo mi interlocutor.

-Si queréis, yo puedo leeros algunos extractos de la Filocalía.

Tomé este libro, busqué un pasaje de Pedro Damasceno en la tercera parte, y leí lo que sigue: «Debemos ejercitarnos en invocar el nombre del Señor, más que en la respiración, en todo momento, en todo lugar y en toda situación. Orad sin cesar, dice el Apóstol; y con estas palabras enseña que nos hemos de acordar de Dios en todo tiempo, en todo lugar y en toda ocupación. Si haces alguna cosa, has de pensar en el Creador de todo lo que existe; si ves la luz, acuérdate de quien te la dio; si te acontece contemplar el cielo, la tierra, el mar y las cosas que en ellos están contenidas, admira y glorifica a Aquel que las creó; si te pones un vestido, piensa en Aquel a quien se lo debes y dale gracias por él, a Él que provee a tu existencia. En una palabra, que todo movimiento te sea motivo para celebrar al Señor, y así orarás sin cesar y tu alma estará siempre en la alegría.»

-Ved qué sencillo, fácil y accesible es este método para cualquiera que tenga el menor sentimiento humano.

Este texto les gustó mucho. El señor me abrazó con entusiasmo, me dio las gracias, miró mi Filocalía y dijo:

-Tengo que comprar este libro; lo encargaré a San Petersburgo; pero a fin de acordarme mejor de él, voy a copiar inmediatamente este pasaje que has leído; díctamelo.

Y lo transcribió inmediatamente con una escritura rápida y bonita. Luego exclamó:

-¡Dios mío! Precisamente tengo aquí un icono de San Damasceno (11).

Abrió el cuadro y fijó debajo del icono el papel que acababa de escribir, y dijo:

-La palabra viva de un siervo de Dios puesta debajo de su imagen me moverá a menudo a poner en práctica este saludable consejo.

Fuimos después a cenar. Todos estaban de nuevo en la mesa junto con nosotros, hombres y mujeres. ¡Qué silencioso recogimiento y qué tranquilidad durante la cena! Terminada ésta, hicimos la oración todos juntos, incluso los niños, y me hicieron leer el himno acatista al Dulcísimo Jesús.

Los siervos se fueron a descansar y nosotros tres continuamos en el comedor. Entonces la señora me trajo una camisa blanca y unas medias, pero yo, inclinándome profundamente, le dije:

-Buena madre, no puedo aceptar las medias, que no me he puesto jamás; nosotros llevamos siempre las bandas (12).

Al poco rato volvió con una vieja blusa amarilla que fue cortando en bandas. Y su esposo, diciéndome que mis zapatos no valían ya nada, me trajo unos nuevos del todo que él calzaba por encima de sus botas.

-Vete al cuarto de al lado, me dijo; no hay nadie en él y podrás cambiarte de ropa.

Me fui a cambiar y luego volví donde ellos. Me hicieron sentar en una silla y se pusieron a calzarme; el marido me enrollaba las bandas y la señora se puso a calzarme los zapatos. Al principio me resistí cuanto pude, pero ellos me hicieron sentar diciendo:

-Siéntate y calla, que también Cristo lavó los pies de sus discípulos.

No pude resistir más y me eché a llorar; ellos lloraban igualmente.

Entonces la señora se fue con sus niños a dormir, y yo me fui con el señor al jardín a conversar un poco. Allí pasamos largo rato. Estábamos sentados en tierra, y de repente, se me acercó y me dijo:

-Respóndeme en conciencia y dime toda la verdad; ¿quién eres tú? Tú debes ser de noble familia y quieres pasar por un infeliz. Sabes leer y escribir a la perfección y piensas y hablas correctamente; de seguro, tú no has recibido la educación de un campesino.

-Os he hablado con el corazón en la mano a vos y a vuestra señora; os he contado mis orígenes en toda verdad y nunca he pensado en mentiros ni engañaros. ¿Y para qué? Lo que yo sé decir no viene de mí, sino de mi sabio y difunto starets o de los Padres en los que he leído. La oración interior que como ninguna otra cosa ilumina mi ignorancia, no la he adquirido de mí mismo; ella nació en mi corazón por la divina misericordia y merced a las enseñanzas del starets. Cualquiera puede llegar a lo que yo he llegado; basta con sumergirse más silenciosamente en su corazón e invocar un poco más el nombre de Jesucristo, y luego empieza a descubrirse la luz interior, todo aparece claro y en esta claridad se hacen patentes ciertos misterios del Reino de Dios. Y es ya un gran misterio el que el hombre descubra esta capacidad de entrar en sí, que se conozca en verdad y que llore dulcemente sus caídas y su voluntad pervertida. No es muy difícil pensar rectamente y hablar con las gentes; antes es una cosa posible, porque el espíritu y el corazón existían antes que la ciencia y la sabiduría humanas. Siempre está en nuestras manos cultivar el espíritu por la ciencia y la experiencia; pero donde no hay inteligencia, nada conseguirá nuestra educación. Lo que sucede es que estamos lejos de nosotros mismos y que no sentimos el menor deseo de acercarnos; andamos siempre huyéndonos de miedo de encontrarnos frente a nosotros mismos; preferimos las bagatelas a la verdad y pensamos: mucho me gustaría llevar vida espiritual y ocuparme de la oración, pero no tengo tiempo para eso; los negocios y las ocupaciones me impiden entregarme a estas cosas con seriedad. Pero, ¿qué es más importante y más necesario, la vida eterna del alma santificada, o la vida pasajera del cuerpo por la que pasamos tantas fatigas? Esta es la explicación de por qué las gentes llegan o a la sabiduría o a la animalidad.

-Perdóname, querido hermano; yo no te he preguntado por simple curiosidad, sino por benevolencia y por sentimiento cristiano; y además porque hace ya más de dos años que encontré un caso totalmente curioso e interesante: Un día llegó a nuestra casa un viejo mendigo muy débil y decaído; llevaba el pasaporte de un soldado libre y estaba tan pobre que iba casi desnudo; hablaba poco y tenía las maneras de un campesino. Le dimos entrada en el asilo; pasados cinco días, cayó enfermo. Le llevamos al pabellón y mi mujer y yo nos ocupamos enteramente de él. Cuando vimos claro que iba a morir, nuestro sacerdote lo confesó y le dio la comunión y los últimos sacramentos. La víspera de su muerte, se levantó, me pidió papel y pluma, e insistió en que la puerta estuviera cerrada y en que nadie entrase mientras escribiera su testamento, el cual yo debía hacer llegar a su hijo, en San Petersburgo. Quedé estupefacto cuando vi que escribía a la perfección, y que sus frases eran perfectamente correctas y elegantes y que rebosaban ternura. Mañana te quiero enseñar el testamento, del que guardo una copia. Todo esto me causó gran admiración, y llevado de la curiosidad, le rogué que me contase su origen y su vida. Me hizo jurar que nada diría a nadie antes de su muerte, y para gloria de Dios me hizo el siguiente relato:

«-Yo era un príncipe y poseía grandes riquezas; llevaba la vida más disipada, brillante y lujosa que se pueda imaginar. Mi mujer había muerto y yo vivía con mi hijo que era capitán de la guardia. Una noche, mientras me preparaba para ir a un gran baile, me irrité contra mi criado; en mi impaciencia le golpeé en la cabeza y mandé que fuera enviado a su aldea. Esto era por la noche, y a la mañana siguiente el criado moría de una inflamación en la cabeza. No se dio mayor importancia al asunto y, aunque lamenté mi violencia, olvidé completamente lo sucedido. Pasadas seis semanas, el criado comenzó a aparecérseme en sueños; noche tras noche venía a importunarme y a hacerme reproches repitiendo sin cesar: “¡Hombre sin conciencia, tú fuiste mi asesino! ” Más tarde, comencé a verle estando despierto. Las apariciones comenzaron a ser cada vez más frecuentes, hasta que acabé por tenerlo presente casi de continuo. Al fin, al mismo tiempo que a mi criado, comencé a ver a otros muertos: hombres a quienes había ofendido gravemente y mujeres a las que había seducido. Todos me hacían reproches hasta no dejarme descansar; tanto que ya no me era posible ni dormir, ni comer, ni hacer cosa alguna. Mis fuerzas estaban consumidas y ya no tenía sino huesos y pellejo. Los esfuerzos de los mejores médicos nada podían conseguir. Partí para el extranjero en busca de remedio; pero, pasados seis meses de cura, no sólo no había progresado nada mi mejoría, sino que las terribles apariciones iban cada vez más en aumento. Me volvieron a casa más muerto que vivo; mi alma conoció así, antes de estar separada del cuerpo, los tormentos del infierno; desde entonces creí en el infierno y ya he experimentado lo que es.

»Mientras padecía estas torturas, comprendí al fin mi infamia; me arrepentí, me confesé, envié a sus casas a mis servidores e hice voto de pasar el resto de mi vida en medio de los trabajos más duros y de ocultarme bajo los harapos de un mendigo para ser así el más humilde siervo de las gentes de la más baja condición. Apenas había tomado esta decisión, cuando cesaron las apariciones. Mi reconciliación con Dios me daba una alegría tal y tan grande sentimiento de confianza, que no me lo puedo explicar todavía. De este modo comprendí también por experiencia lo que es el paraíso y cómo el Reino de Dios se difunde por nuestros corazones. Al poco tiempo, ya estaba completamente sano y puse mi proyecto en ejecución; provisto del pasaporte de un soldado que terminaba su servicio, abandoné en secreto el lugar de mi nacimiento. Hace ya quince años que ando recorriendo Siberia. Unas veces me he colocado en casa de algún campesino para trabajar según mis fuerzas, y otras he andado mendigando en nombre de Cristo. ¡Cuánta felicidad he encontrado en medio de estas privaciones! Esto sólo lo puede comprender aquel a quien la divina misericordia ha librado de un infierno de dolor para transportarlo al paraíso de Dios.»

-Luego me entregó su testamento a fin de que yo lo remitiera a su hijo, y al día siguiente moría. Aquí tengo una copia en la Biblia que está en mi saco. Si quieres leerla, te la enseñaré. Vela aquí.

Abrí el papel y leí:

«En el nombre de Dios, glorificado en la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

»Hijo mío muy querido:

»Hace ya quince años que no has visto a tu padre, pero en su retiro él recibía a veces noticias tuyas y sentía por ti un amor paternal. Este amor es el que le mueve a enviarte estas postreras palabras, a fin de que te sirvan de lección en tu existencia.

»Tú sabes cuánto he sufrido para rescatar mi vida culpable y ligera; pero no sabes la felicidad que me han traído, durante mi vida oscura y errante, los frutos del arrepentimiento.

»Muero en paz en casa de mi bienhechor que lo es también tuyo, porque los beneficios que recibe un padre se extienden igualmente al hijo afectuoso. Exprésale mi agradecimiento de todas las maneras que te sea posible.

»Al mismo tiempo que te dejo mi paternal bendición, te exhorto a acordarte de Dios y a obedecer a tu conciencia; sé bueno, prudente y razonable; trata con benevolencia a tus subordinados, no desprecies a los mendigos ni a los peregrinos, acordándote de que sólo la desnudez y la vida errante han permitido a tu padre encontrar la tranquilidad de su alma.

»Pidiendo a Dios que te conceda su gracia, cierro tranquilamente los ojos en la esperanza de la vida eterna por la misericordia del Redentor de los hombres, Jesucristo.»

Así conversábamos con este buen hombre que me hospedaba en su casa. En un momento dado yo le dije:

-Yo creo, señor, que vuestro asilo os trae bastantes dolores de cabeza. Hay tantos hermanos nuestros que no se hacen peregrinos sino por dejadez o por pereza, y que andan por esos caminos como libertinos, según yo mismo he podido ver más de una vez.

-No, esos tipos son más bien raros, me respondió. Aquí apenas hemos acogido sino a verdaderos peregrinos. Y cuando se presenta alguno que no parece tan serio, nos portamos con él con mayor simpatía y lo tenemos un tiempo en el asilo. Puestos en contacto con nuestros pobres, hermanos de Cristo, a menudo se corrigen y parten con un corazón manso y humilde. No hace mucho que tuvimos un caso de estos. Un comerciante de nuestra ciudad había caído tanto que todos lo echaban a palos y nadie le quería dar ni siquiera un pedazo de pan. El tal comerciante era borracho, violento, camorrista, y además robaba cuanto podía. Un día llegó hasta nuestra casa empujado por el hambre; pidió pan y aguardiente, pues le gustaba mucho beber. Le recibimos muy amablemente, y le dijimos:

«Quédate aquí y tendrás cuanto aguardiente te apetezca, pero con una condición: después de haber bebido, irás a acostarte y si armas el menor escándalo, no sólo te echaremos para siempre, sino que pediré al preboste que te encierre por vagabundo.» Aceptó y se quedó entre nosotros. Durante más de una semana, bebió cuanto le vino en gana; pero cada vez cumplió su promesa, y acaso por miedo de verse privado del alcohol, iba a buscar su cama o a acostarse silenciosamente en el fondo del jardín. Cuando volvía en sí, nuestros hermanos del asilo le hablaban y le exhortaban a beber siquiera un poco menos. Así comenzó a hacerlo y a los tres meses se había vuelto completamente sobrio. Ahora trabaja en alguna parte y no come el pan ajeno. Anteayer estuvo a visitarme.

¡Cuánta sabiduría en esta disciplina conducida por la caridad!, pensé yo y exclamé:

-¡Bendito sea Dios que con su misericordia está presente en vuestra casa!

Acabada esta conversación, comenzó a invadirnos un poco el sueño; pero oyendo tocar la campana que llamaba al oficio de la mañana, nos fuimos a la iglesia donde ya estaba la señora con sus niños. Oímos el oficio y después la divina liturgia. Yo estaba en el coro con el señor y su hijo, mientras que la señora y su hijita estaban donde se abre el iconostasio a fin de poder ver la elevación de los Santos Dones. ¡Oh, Señor, y cómo oraban todos y cuántas lágrimas de gozo derramaban! Sus rostros estaban tan iluminados, que mirándolos me puse a llorar.

Terminados los oficios, los señores, el sacerdote, los sirvientes y los mendigos se sentaron todos juntos a la mesa. Había como unos cuarenta mendigos, enfermos y niños. ¡Qué silencio y que paz alrededor de la mesa! Yo, entrando en confianza, dije en voz baja al señor:

-En los monasterios es costumbre leer las vidas de los santos durante la comida; aquí podríais hacer lo mismo ya que tenéis el Menologio completo. El señor volvióse a su esposa, y le dijo:

-Verdaderamente, María, estará bien introducir esta novedad que será un bien para todos. Yo haré la lectura en la primera comida, luego tú, después nuestro sacerdote y nuestros hermanos, cada uno según su turno y según sus conocimientos.

El sacerdote dejó de comer y dijo:

-Escuchar, eso se hace con gran placer, pero leer, para eso yo no tengo un momento libre. Apenas he puesto los pies en mi casa, ya no sé qué hacer ni por dónde empezar: que si los niños, que si los animales entran en campo ajeno; todo el día se pasa en cosas por el estilo sin que a uno le quede un minuto para instruirse. Todo lo que aprendí en el seminario, hace ya tiempo que lo tengo olvidado.

Al oír tales cosas yo me estremecí, pero la señora me tomó del brazo y me dijo:

-Él habla así por humildad. Siempre rebaja los propios méritos, pero es un hombre excelente y piadoso; quedó viudo desde hace veinte años, educa a sus hijos y además celebra los oficios muy a menudo.

Estas palabras me recordaron una sentencia de Nicetas Stethatos (13) en la Filocalía: «La naturaleza de los objetos se aprecia según la disposición interior del alma», es decir que cada uno se forma una idea de los demás según lo que es él mismo. Y más adelante añade: «El que ha llegado a la oración y al verdadero amor no distingue ya entre los objetos, ni distingue al justo del pecador, sino que ama por igual a todos los hombres y no los condena; lo mismo que Dios que hace salir el sol sobre malos y buenos y caer la lluvia sobre justos e injustos» (14).

De nuevo guardamos silencio; enfrente de mí estaba sentado un mendigo del asilo, completamente ciego. El señor le daba de comer, le partía el pescado, le llevaba la cuchara a la boca y le servía de beber. Yo le miraba con mucha atención y notaba que, en su boca siempre entreabierta, su lengua se movía continuamente; yo me pregunté si acaso recitaría la oración y seguí mirándole con más atención. Al final de la comida, una anciana se puso mal, se ahogaba y daba grandes gemidos. El señor y su esposa la llevaron a su cuarto a acostarla y la echaron en el lecho; la señora se quedó a cuidarla, el sacerdote, por lo que pudiera suceder, se fue en busca de los Santos Dones, y el señor mandó preparar un coche para ir a buscar un doctor a la ciudad. Cada uno se fue por su lado.

Yo sentía en mí como un hambre de oración; notaba como una violenta necesidad de dejarla salir, pues hacía ya dos días que carecía de tranquilidad y silencio. Sentía en mi corazón como un río pronto a desbordarse y a extenderse por todos los miembros; pero, como lo retenía dentro, tuve un violento dolor en el corazón -pero un dolor bienhechor, que únicamente me inclinaba a la oración y al silencio-. Entonces comprendí por qué los verdaderos adeptos de la oración continua huían del mundo y se escondían lejos de todos; comprendí igualmente por qué el bienaventurado Hesiquio dice que la conversación más elevada no pasa de ser una charla si se prolonga demasiado, y me acordé asimismo de las palabras de San Efrén el Sirio (15): «Un buen discurso es plata, pero el silencio es oro puro.» Pensando en todas estas cosas, llegué al asilo: todos dormían después de la comida. Yo subí al desván, me calmé, descansé y oré un poco. Cuando los pobres se despertaron, fui en busca del ciego y lo llevé al jardín; nos sentamos en un rincón solitario y comenzamos a hablar.

-Dime, en el nombre de Dios y por el bien de tu alma, ¿tú rezas la oración de Jesús?

-Hace mucho tiempo que la repito sin cesar.

-¿Qué efectos produce en ti?

-Sólo sé que ni de día ni de noche puedo prescindir de ella.

-¿Cómo te reveló Dios esta actividad? Cuéntamelo con todo detalle, querido hermano.

-Así lo haré. Yo soy un artesano de este lugar, que ganaba mi pan trabajando de sastre. Recorría también las otras provincias, iba por los pueblos y cosía los trajes de los campesinos. En una aldea, me aconteció que hube de quedarme bastantes días en casa de uno de sus habitantes para vestir a toda su familia. Un día de fiesta en que nada había que hacer, vi tres libros en la repisa sobre los iconos. Y les pregunté:

»-¿Hay alguien entre vosotros que lea?

»Y me respondieron:

»-No hay nadie; esos libros eran de un tío; él era instruido.

»Tomé uno de los libros, lo abrí al azar y leí las siguientes palabras, que todavía recuerdo: “La oración continua consiste en invocar sin cesar el nombre del Señor; sentado o de pie, en la mesa o en el trabajo, en toda ocasión, en todo lugar, en todo tiempo se ha de invocar el nombre del Señor.”

»Reflexioné en lo que había leído y vi que eso me convenía mucho; de modo que, mientras me hallaba cosiendo, me ponía a repetir por lo bajo la oración y con esto me sentía muy feliz. Las gentes que vivían conmigo en la izba se dieron cuenta de lo que hacía y se burlaban de mí:

»-¿Eres un brujo para que estés murmurando sin cesar? ¿O es que estás ensayando algunos pases de magia?

»Para que no me vieran, dejé de mover los labios y me puse a decir la oración moviendo sólo la lengua. Al fin, me he acostumbrado tanto a ello que mi lengua la recita día y noche y esto me hace mucho bien.

»Continué muchos años en mi trabajo, hasta que de repente quedé ciego. En nuestra casa, en la familia, casi todos tenemos cataratas. Como soy pobre, el municipio me encontró una plaza en el asilo de Tobolsk. Allí pienso ir, pero los dueños de esta casa me han retenido aquí porque quieren prepararme un carricoche que me lleve hasta allí.»

-¿Cómo se llama el libro que leíste? ¿No era la Filocalía?

-La verdad es que no lo sé. Nunca se me ocurrió mirar el título.

Fui en busca de mi Filocalía. Busqué en la cuarta parte las palabras del patriarca Calixto que me había repetido de memoria el anciano, y comencé a leer.

-Es lo mismo que yo leí, exclamó el ciego. Lee, lee, hermano mío, porque estas cosas son preciosas.

Cuando llegué al pasaje que dice que hay que orar con el corazón, me preguntó qué significaba aquello y cómo se practicaba. Yo le dije que toda la enseñanza de la oración del corazón estaba expuesta en detalle en este libro que se llama la Filocalía, y él me pidió con insistencia que le leyera todo lo que a ella se refería.

-Así lo haremos -le dije-. ¿Cuándo piensas partir para Tobolsk?

-Si quieres, partimos inmediatamente -me respondió.

-Muy bien, entonces. Yo quisiera marcharme mañana; podemos partir juntos y durante el camino yo te iré leyendo todo lo que se refiere a la oración del corazón y te enseñaré cómo descubrir tu corazón y el modo de penetrar en él.

-¿Y el carricoche? -me dijo.

-No te acuerdes del carricoche. De aquí a Tobolsk sólo hay ciento cincuenta verstas, que haremos caminando, sin apresurarnos. Y mientras vayamos caminando podremos muy bien ir leyendo y conversando sobre la oración.

De esta manera nos pusimos de acuerdo. A la noche, vino el señor a llamarnos para la cena, y después de ésta le declaramos nuestro propósito de marcharnos y que no teníamos necesidad del carruaje, porque preferíamos ir leyendo la Filocalía. A lo que nos respondió:

-La Filocalía me ha gustado mucho; ya he escrito la carta y preparado el dinero, y mañana, al ir a los tribunales pienso enviarlo todo a San Petersburgo para que me envíen el libro con el primer correo.

Y según lo convenido, al día siguiente por la mañana nos pusimos en marcha, después de haber dado rendidas gracias a nuestros bienhechores por su gran caridad y mansedumbre. Los dos nos acompañaron una versta, y nos dijimos adiós.

 

EL CAMPESINO CIEGO

Caminábamos despacito con el ciego; sólo hacíamos de diez a quince verstas por día, y el resto del tiempo lo pasábamos sentados en lugares solitarios y leíamos la Filocalía. Le leí todo lo que tiene relación con la oración del corazón, siguiendo el orden indicado por mi starets, es decir comenzando por los libros de Nicéforo el Monje, de Gregorio el Sinaíta, etc. ¡Qué atención y qué fervor ponía en escuchar estas cosas! ¡Cómo le emocionaban y le llenaban de felicidad! En seguida comenzó a hacerme tales preguntas sobre la oración que mi espíritu no encontraba ciencia suficiente para resolvérselas.

Después de haber escuchado mi lectura, el ciego me pidió que le enseñase un medio práctico de encontrar el corazón por medio del espíritu, de introducir en él el divino nombre de Jesucristo, y de orar así interiormente con el corazón. Yo le dije:

-Indudablemente, tú no ves; pero por la inteligencia puedes representarte las cosas que antes has visto: un hombre, un objeto o uno de tus miembros, tu brazo o tu pierna. ¿Puedes imaginarlo con la misma claridad que si lo vieras, y te es posible, aunque ciego, dirigir a él tu mirada?

-Sí puedo -respondió.

-Entonces, represéntate así tu corazón, vuelve tus ojos como si lo miraras a través de tu pecho y escucha con tus oídos cómo trabaja, latiendo rítmicamente. Cuando te hayas acostumbrado a esto, esfuérzate por ajustar a cada latido de tu corazón sin perderlo de vista, las palabras de la oración. Es decir, al primer latido di o piensa Señor; al segundo, Jesú…; al tercero, cristo; al cuarto, tened piedad; al quinto, de mí; y repite con frecuencia este ejercicio. Esto te será fácil porque ya estás preparado para la oración del corazón. Después, cuando ya estés habituado a esta actividad, comienza a introducir en tu corazón la oración de Jesús y a hacerla salir al mismo tiempo que la respiración; es decir, al inspirar el aire di o piensa: Señor Jesucristo, y al espirarlo: Tened piedad de mí. Si lo haces así a menudo y durante mucho tiempo, pronto notarás un ligero dolor en el corazón, y luego se producirá en él un calor vivificante. Con la ayuda de Dios, llegarás así a la acción constante de la oración en el interior del corazón. Pero sobre todo guárdate de cualquier representación o imagen que brote en tu espíritu mientras estés orando. Rechaza todas las imaginaciones, ya que los Padres nos ordenan, para no caer en ilusiones, que guardemos el espíritu libre y vacío de toda forma durante la oración.

El ciego, que me había escuchado con atención, se ejercitó con gran celo en lo que yo le había enseñado, y por la noche, en la posada, pasó en ello largo rato. Al cabo de cinco días, sintió en el corazón un calor muy fuerte y una indecible felicidad; además, tenía grandes deseos de entregarse sin cesar a la oración, que le revelaba el amor que sentía hacia Jesucristo. A veces veía una luz, sin que apareciera ningún objeto; cuando entraba en su corazón, le parecía ver brotar en él la brillante llama de un cirio que, saliendo afuera, le iluminaba enteramente; y esta llama le permitía ver hasta objetos lejanos, como sucedió una vez.

En una ocasión, atravesábamos un bosque, y él estaba silencioso y abstraído en la oración. En esto, me dijo:

-¡Qué desgracia! La iglesia está ardiendo y la torre acaba de caer.

-No quiero evocar esas vacuas imágenes -le dije yo- porque eso es una tentación. Los sueños hay que rechazarlos cuanto antes. ¿Cómo es posible ver lo que acontece en la ciudad? Todavía estamos a doce verstas de ella.

Obedeció, y volviendo a la oración se calló. Hacia el atardecer llegamos a la ciudad, y yo pude echar de ver efectivamente muchas casas incendiadas y un campanario, que descansaba sobre dos columnas de madera, caído. Por los alrededores, la gente discutía y se admiraba de que al caer no hubiera aplastado a ninguna persona. Por lo que pude entender, la desgracia había ocurrido en el momento preciso en que el ciego me habló en el bosque. Entonces le oí que decía:

-Según decías tú, mi visión no era nada, y sin embargo todo ha sucedido según ella. ¿Cómo no dar gracias y amar a nuestro Señor Jesucristo, que revela su gracia a los pecadores, a los ciegos y a los insensatos? Gracias también a ti que me has enseñado la actividad del corazón.

Yo le respondí:

-Amar a Jesucristo está muy bien, y darle gracias, también; pero tomar cualquier visión como una revelación directa de la gracia, eso no debes hacerlo, pues es cosa que a menudo se produce naturalmente según el orden de las cosas. El alma humana no está enteramente sujeta a la materia. Por eso puede ver en la oscuridad, tanto los objetos lejanos como los que están cerca. Pero nosotros no cultivamos esta facultad del alma, sino que la abrumamos con el peso de nuestro pesado cuerpo y con la confusión de nuestros pensamientos distraídos y ligeros. Cuando nos concentramos en nosotros mismos y nos abstraemos de todo lo que nos rodea, y aguzamos nuestro espíritu, entonces el alma vuelve completamente sobre sí misma, opera con toda su energía y todo esto no es más que una acción natural. Mi difunto starets me decía que no solamente los hombres de oración, sino ciertos enfermos o algunas personas especialmente dotadas, al encontrarse en un cuarto oscuro, ven la luz que se desprende de los objetos, notan la presencia de sus dobles y penetran los pensamientos de los demás. Mas los efectos directos de la gracia de Dios, durante la oración del corazón, son tan deliciosos que no hay lengua humana capaz de describirlos; a ninguna cosa material son comparables; el mundo sensible es cosa muy baja comparado con las sensaciones que la gracia despierta en el corazón.

El ciego escuchó con gran atención estas palabras y todavía se hizo más humilde; la oración se iba desarrollando sin cesar en su corazón y le producía un gozo inefable. Mi alma se sentía feliz por ese motivo y yo daba gracias al Señor, que me había hecho conocer tan grande piedad en uno de sus servidores.

Finalmente, llegamos a Tobolsk; allí, le conduje al asilo, y después de haberle dicho adiós con gran afecto, volví a mi camino solitario.

Un mes entero caminé poco a poco, e iba sintiendo cuán útiles nos son y cuánto bien nos hacen los ejemplos vivos. Leía a menudo la Filocalía, y por lo que en ella leía, me iba confirmando en lo que le había dicho al ciego. Sus ejemplos inflamaban mi celo y mi amor al Señor. La oración del corazón me hacía tan dichoso que no pensaba que fuera posible serlo más en la tierra, y me preguntaba cómo podrían ser mayores que éstas las delicias del Reino celestial. Esta felicidad no iluminaba solamente el interior de mi alma; también el mundo exterior se me representaba bajo un aspecto encantador, y todo me invitaba a amar y alabar a Dios: los hombres, los árboles, las plantas, los animales, todo me resultaba familiar, y en todas partes encontraba la imagen del nombre de Jesucristo. A veces me sentía tan ligero, que tenía la impresión de no tener ya cuerpo y de flotar suavemente en el aire; a veces entraba totalmente dentro de mí mismo. Allí veía claramente mi interior y admiraba el maravilloso edificio del cuerpo humano; otras veces sentía un gozo tan grande como si hubiera llegado a ser rey; y en medio de todas estas consolaciones, deseaba que Dios me permitiera morir cuanto antes y que me fuera dado dejar desbordar mi agradecimiento a sus pies, en el mundo de los espíritus.

Indudablemente, yo me complacía demasiado en estas sensaciones, o acaso Dios decidió que así fuera; mas, pasado algún tiempo, sentí en mi corazón una especie de temor que me dio que pensar. ¿No será esto, dije para mí, una nueva desdicha o una tribulación como la que hube de sufrir por aquella joven a la que enseñé la oración de Jesús en la capilla? Los pensamientos me agobiaban como unas nubes negras, y me acordé de las palabras del bienaventurado Juan de Cárpatos, que dice que muchas veces el maestro queda deshonrado y sufre tentación y tribulación por aquellos a quienes ayudó espiritualmente. Después de haber luchado contra estos pensamientos, me entregué a la oración, que los hizo desaparecer completamente. Entonces me sentí más fortalecido y me dije: ¡Que se haga siempre la voluntad de Dios! Estoy dispuesto a soportar todo lo que Nuestro Señor Jesucristo quiera enviarme a fin de expiar mi endurecimiento y mi soberbia. Por lo demás, todos aquellos a quienes he revelado recientemente el misterio de la oración interior fueron preparados a ella por la misteriosa acción de Dios, antes de que yo los encontrara en mi camino. Este pensamiento me calmó del todo, y así pude continuar caminando en la oración y en la alegría, más dichoso que antes. Durante dos días llovió sin cesar, y el camino estaba tan lleno de barro que era un pantano continuo; caminaba en este tiempo por la estepa, y en quince verstas no encontré un solo lugar habitado. Hasta que al fin, al atardecer, pude ver a lo lejos una posada en el camino, cosa que me llenó de alegría, pensando que al menos allí podría descansar y pasar la noche. Y al día siguiente, Dios dirá; acaso mejore el tiempo.

 

LA CASA DE POSTAS

Cuando me fui aproximando a la casa, vi a un viejo con un capote de soldado; estaba sentado en un declive del terreno delante de la venta y parecía borracho. Le saludé y le dije:

-¿A quién puedo pedir permiso para pasar la noche aquí?

-¿Quién te podrá dejar entrar sino yo? -gritó el viejo-; yo soy aquí el dueño. Soy maestro de postas y aquí se hacen los relevos.

-Muy bien; permitidme entonces, abuelo, pasar la noche en vuestra casa.

-¿Tienes pasaporte? ¡A ver tus papeles!

Le mostré el pasaporte, y teniéndolo en sus manos comenzó a gritar:

-Bueno, ¿dónde está ese pasaporte?

-Lo tenéis en vuestras manos -le respondí.

-Está bien, vamos adentro.

El maestro de postas se puso las gafas, examinó el pasaporte y dijo:

-Parece que todo está en regla; puedes quedarte aquí. Como ves, soy un buen hombre; espera, voy a servirte una copa.

-Nunca bebo -le respondí.

-Bueno, no importa. Pero, por lo menos, cena con nosotros.

Se sentó a la mesa con la cocinera, una mujer joven que también estaba bastante bebida, y yo me senté junto a ellos. Durante toda la cena no dejaron de disputar y de hacerse reproches mutuamente, hasta que al fin estalló una verdadera batalla. El dueño se fue a dormir al cuarto de las provisiones, y la cocinera se quedó a lavar los platos, mientras decía mil pestes contra el hombre.

Yo seguía sentado, y viendo que no llevaba trazas de callarse, le dije:

-¿Dónde podré yo dormir, buena mujer? Estoy muy cansado del camino.

-Voy en seguida a prepararte la cama.

Y colocó un banco cerca del que estaba debajo de la ventana del frente, extendió sobre él una manta de fieltro y puso una almohada. Yo me dejé caer sobre aquel lecho y cerré los ojos, haciendo ver que ya dormía. La cocinera siguió todavía mucho tiempo llena de enojo, yendo de acá para allá en el cuarto; al fin, acabó sus tareas, apagó la luz y vino cerca de mí. De repente, toda la ventana que estaba en el ángulo de la fachada salió de su quicio en medio de un estruendo espantoso, y los marcos, los cristales y los montantes volaron hechos añicos; al mismo tiempo, se oyeron afuera gemidos, gritos y un ruido como de pelea. La mujer, aterrorizada, saltó hasta el centro de la habitación y cayó por tierra. Yo salté del banco, creyendo que la tierra se abría a mis pies. En esto vi a dos cocheros que llevaban a la izba a un hombre todo cubierto de sangre, y cuyo rostro no era posible distinguir. Esto aumentó mi angustia. Se trataba de un correo del Estado que tenía que cambiar allí sus caballos. El cochero había tomado mal la curva para entrar y con el pértigo se había llevado la ventana, y, como delante de la izba había un hoyo, el carro había volcado y el correo se había herido la cabeza contra una estaca puntiaguda que sostenía la tierra. El correo pidió agua y alcohol para lavar su herida. La humedeció con aguardiente, bebió él luego un vaso y gritó:

-¡Los caballos!

Yo me acerqué a él y le dije:

-¿Cómo queréis seguir viaje con semejante herida?

-Un correo no tiene tiempo de estar enfermo -respondió, y se fue.

Los mozos llevaron a la mujer hasta un rincón cerca de la estufa, y la cubrieron con una manta diciendo:

-Por el miedo se ha desmayado.

El jefe de postas se sirvió un buen vaso y se fue a dormir. Yo quedé solo.

Al poco rato, se levantó la mujer y se puso a andar de un lado para otro, como una sonámbula; finalmente, salió de la casa. Yo dije una oración y, sintiéndome débil, caí dormido antes de amanecer.

Por la mañana, dije adiós al jefe de postas y, mientras caminaba, elevé mis preces con fe, esperanza y agradecimiento al Padre de toda misericordia y de toda consolación, que había alejado de mí una inminente desgracia.

Seis años después de estos acontecimientos, al pasar cerca de un convento de monjas, entré en la iglesia para rezar. La abadesa me recibió amablemente en su casa después del oficio y me hizo servir té. En ese momento le anunciaron que habían llegado huéspedes de paso; acudió a saludarles y yo quedé con las monjas que vivían con ella. Viendo una de ellas que me servía el té con mucha humildad, sentí curiosidad y le pregunté:

-¿Cuánto tiempo hace, hermana, que estáis en el convento?

-Cinco años -me respondió-; cuando me trajeron a este lugar, yo no tenía la cabeza bien, pero Dios tuvo compasión de mí. La madre abadesa me tomó consigo en su celda y me hizo pronunciar los votos.

-¿Y cómo habíais perdido el juicio?

-De un susto. Trabajaba en una casa de postas. Una noche, mientras dormía, los caballos hicieron saltar una ventana y de terror enloquecí. Durante todo un año mis padres me llevaron por los lugares de peregrinación, pero hasta llegar aquí no recobré la salud.

Al oír estas palabras, me alegré en el alma y glorifiqué a Dios, cuya sabiduría hace que todo se torne en provecho nuestro.

 

UN CURA DE PUEBLO

-Todavía me acaecieron otras aventuras -dije, dirigiéndome a mi padre espiritual-. Si quisiera contároslo todo, con tres días no tendría bastante. Pero si os parece bien, voy a contaros una más.

Un luminoso día de verano, vi a cierta distancia del camino un cementerio, o más bien una comunidad parroquial, es decir, una iglesia con la casa de los servidores del culto y un cementerio. Las campanas tocaban llamando al oficio, y yo me apresuré a ir a la iglesia. Las gentes de los alrededores llevaban el mismo camino; pero muchos se sentaban en la hierba antes de llegar a la iglesia, y, viendo que yo me daba prisa, me decían:

-No vayas tan de prisa, que llegas con tiempo; en esta iglesia los oficios se hacen muy despacio: el cura está enfermo y además es muy calmoso.

Y en efecto, la liturgia no iba muy de prisa. El sacerdote, joven, pero pálido y flaco, celebraba muy despacio, con piedad y sentimiento; al final de la misa, pronunció un excelente sermón sobre la manera de llegar al amor de Dios.

El sacerdote me invitó a comer con él. Durante la comida le dije:

-Celebráis los oficios con gran piedad, Padre mío, pero también con mucha lentitud.

-Ciertamente -me respondió-; y esto no gusta mucho a mis parroquianos y por ello murmuran. Pero pierden el tiempo, porque a mí me gusta meditar y ponderar cada palabra antes de pronunciarla; si se les priva de este sentimiento interior, las palabras no tienen ningún valor ni para uno mismo ni para los demás. Todo está en la vida interior y en la oración atenta. ¡Ah, y qué poco interesa a nadie la actividad interior! -añadió-. No hay voluntad ni preocupación alguna por la iluminación espiritual interior.

Yo volví a preguntar:

-¿Pero cómo llegar a ella? ¡Es una cosa tan difícil!

-No es difícil en modo alguno. Para recibir la iluminación espiritual y llegar a ser un hombre interior, hay que tomar un texto cualquiera de la Escritura y concentrar en él toda la atención tanto tiempo como se pueda. Por este camino se llega a descubrir la luz de la inteligencia. Para orar, hay que proceder de la misma manera:

Si quieres que tu oración sea pura y recta y que produzca buenos efectos, hay que elegir una oración corta, compuesta de algunas palabras breves, pero enérgicas, y repetirla durante mucho tiempo y con mucha frecuencia; por ahí se llega a tomar gusto a la oración.

Esta enseñanza del sacerdote me agradó mucho por ser práctica y fácil y al mismo tiempo profunda y sabia. Di gracias a Dios en espíritu por haberme hecho conocer a un verdadero pastor de su Iglesia.

Terminada la comida, el sacerdote me dijo:

-Vete a descansar un poco; yo voy a leer la Palabra de Dios y a preparar mi sermón de mañana.

Yo me fui a la cocina. No había en ella sino una cocinera muy vieja toda encorvada, sentada en un rincón y que tosía. Yo me senté junto a una ventana, saqué la Filocalía del zurrón y me puse a leer en voz baja. Al poco tiempo reparé en que la vieja sentada en el rincón recitaba sin cesar la oración de Jesús. Me dio gran alegría oír invocar el Santo Nombre del Señor y le dije:

-¡Qué bueno es, buena mujer, que estés rezando así la oración! Es la mejor y la más cristiana de las obras.

-Así es -me respondió. En el declinar de mi vida, este es mi consuelo. Que el Señor me perdone.

-¿Hace ya mucho tiempo que rezas así?

-Desde mi juventud; y sin esto no podría vivir, porque la oración de Jesús me ha salvado de la desgracia y de la muerte.

-¿Cómo sucedió eso? Cuéntamelo, por favor, para gloria de Dios y en honor de la poderosa oración de Jesús.

Puse la Fiocalía en mi zurrón, me senté junto a la vieja y ésta comenzó su relato:

-Cuando yo era joven y bonita, mis padres me desposaron; la víspera del matrimonio, iba mi novio a entrar en nuestra casa, cuando cayó muerto de repente a pocos pasos de la puerta. A su vista, fue tal el terror que sentí, que en ese mismo instante hice propósito de permanecer virgen y de ir a los Santos Lugares a rezar a Dios. Sin embargo, yo tenía miedo de ir sola por esos caminos, pues las gentes malvadas podían atacarme a causa de mi juventud. Una anciana que hacía tiempo que llevaba vida errante me enseñó que había de rezar sin cesar la oración de Jesús y me aseguró con palabras muy persuasivas que esta oración me preservaría de cualquier peligro en el camino. Yo di crédito a lo que aquella mujer me decía y jamás me sucedió cosa alguna desagradable, aun en las regiones más lejanas. Mis padres me enviaban el dinero necesario para el viaje. Al hacerme vieja, me he puesto también enferma, y felizmente para mí el sacerdote de esta iglesia me da de comer y me hospeda por pura bondad.

Escuché con gran alegría aquel relato y no sabía cómo dar gracias a Dios por aquel día, que tan edificantes ejemplos me había revelado. Un poco más tarde, pedí a ese bueno y santo sacerdote que me diera su bendición, y me puse de nuevo en camino, lleno de gozo.

 

CAMINO DE KAZÁN

Y fijaos bien; no hace todavía mucho tiempo, cuando atravesaba la provincia de Kazán para venir aquí, una vez más me ha sido dado conocer los efectos de la oración de Jesús. Aun para los que la practican inconscientemente, es ella el medio más seguro y más rápido para conseguir los bienes espirituales.

Una tarde, hube de quedarme en una aldea tártara. Al entrar por las calles del pueblo, vi delante de una casa un coche y un cochero ruso; los caballos estaban sueltos y pacían cerca del carruaje. Con gran alegría, me decidí a pedir poder pernoctar en aquella casa, en la que esperaba encontrar por lo menos almas cristianas. Me acerqué y pregunté al cochero a quién llevaba en su coche. Me respondió que su amo iba de Kazán a Crimea. Mientras estaba hablando con el cochero, el señor entreabrió la cortinilla de cuero de la ventanilla, me miró y dijo:

-Yo pienso pasar la noche aquí, pero no entro en casa de los tártaros porque son muy sucios; prefiero dormir en el coche.

Un poco después, salió el señor a pasearse un poco, pues era una tarde muy hermosa, y entramos en conversación. Hablamos de diferentes cuestiones y me contó más o menos lo que sigue:

«-Hasta los sesenta y cinco años he estado sirviendo en la flota como capitán de navío. Al irme haciendo viejo, enfermé de gota y me retiré a Crimea, a unas tierras de mi mujer; casi siempre estaba enfermo. Mi mujer era muy aficionada a las recepciones, y más aún a jugar a las cartas. Acabó por cansarse de vivir constantemente con un enfermo y se marchó a Kazán a casa de nuestra hija, que es esposa de un funcionario; se lo llevó todo consigo, hasta los servidores domésticos, dejándome por servidor a un niño de ocho años, ahijado mío.

»Así continué, privado de toda compañía, durante tres años. El muchachito era muy despierto: arreglaba el cuarto, encendía el fuego, me cocía el puchero y calentaba mi tetera. Pero al mismo tiempo era muy impulsivo, un verdadero pilluelo. Corría, gritaba, jugaba, daba golpes por todas partes y me molestaba mucho; por mi enfermedad y por pasar el tiempo, yo leía mucho autores espirituales. Tenía un libro excelente de Gregorio Palamas (16) sobre la oración de Jesús. Lo leía casi de continuo y hacía un poco la oración. El ruido que armaba el chico me resultaba muy desagradable, y ninguna medida ni castigo alguno conseguían de él ninguna enmienda. Acabé por inventar un medio: le obligué a sentarse en el cuarto en un banquito pequeño y a repetir allí la oración de Jesús. Al principio esta medida le resultaba tan violenta que, para no cumplirla, callaba.

»Mas para obligarle a ejecutar mi orden, llevé unas varas a casa. Cuando él rezaba la oración, yo leía tranquilamente, o escuchaba lo que él decía; pero en cuanto se callaba, yo le mostraba las varas, y temblando de miedo comenzaba de nuevo el rezo. Esto me hacía mucho bien porque por fin en mi casa comenzaba a haber calma y silencio. Pasado algún tiempo, pude ver que ya no era necesaria la amenaza de las varas: ejecutaba mi orden con gusto y mucha alegría; más tarde, su carácter cambió completamente; empezó a ser suave y tranquilo y cumplía mucho mejor con los trabajos domésticos. Yo me alegré mucho y empecé a darle mayor libertad. ¿Cuáles fueron los resultados? Pues que se habituó tan bien a la oración que la repetía sin cesar y sin que yo tuviera que obligarle a ello en modo alguno. Cuando le hablaba de ello, me respondía que sentía unos deseos irrefrenables de recitar la oración.

»-¿Qué sientes cuando rezas?

»-Nada especial; pero me siento bien cuando rezo la oración.

»-¿Pero cómo, bien?

»-No sé cómo explicarlo.

»-¿Te sientes alegre?

»-Sí, me siento alegre.

»Tenía doce años el muchacho cuando estalló la guerra de Crimea. Yo partí para Kazán y lo llevé conmigo a casa de mi hija. Allí, lo instalamos en la cocina con los otros domésticos, y se sentía muy desdichado porque éstos pasaban el tiempo entreteniéndose y jugando y también burlándose de él, sin dejarle ocuparse en la oración. Pasados tres meses vino a buscarme y me dijo:

»-Me voy a casa; no puedo aguantar esta vida de tanto barullo.

»Yo le respondí:

»-¿Cómo quieres irte tan lejos, solo y en pleno invierno? Espera hasta que yo me vuelva, y te llevaré conmigo.

»A1 día siguiente, el muchacho había desaparecido. Enviamos a buscarle por todas partes, pero todo fue inútil. Al fin, un buen día recibí una carta de Crimea; los encargados de la casa que tengo allí me anunciaban que, el 4 de abril, al día siguiente de la Pascua (17), habían encontrado al chico muerto en la casa solitaria. Lo encontraron tendido en el suelo, en mi cuarto, las manos cruzadas sobre el pecho, su sombrero debajo de la cabeza y con el pobre vestido que siempre llevaba encima y con el que había huido. Lo enterraron en mi jardín.

»Al recibir esta noticia, yo quedé admirado de la rapidez con la que había llegado hasta allí. Había partido el 26 de febrero y el 4 de abril lo encontraron muerto. Tres mil verstas en un mes, apenas las puede hacer un caballo, pues son cien verstas al día. Además, con muy poca ropa, sin pasaporte y sin una moneda. Aun en el supuesto de que encontrara un carruaje que lo hubiera llevado, esto no habría podido acontecer sin intervención divina. Por donde se echa de ver que mi pequeño criado encontró el fruto de la oración, mientras que yo, al final de mi vida, todavía no he podido llegar tan alto como él.»

Dije yo entonces al señor:

-Ese excelente libro de Gregorio Palamas que vos habéis leído, yo lo conozco; pero en él se habla más bien de la oración oral. Deberíais leer este otro libro que se llama la Filocalía. En él encontraréis la completa enseñanza de la oración de Jesús en el espíritu y en el corazón.

Y al decir esto, le enseñé la Filocalía. Escuchó mi consejo con alegría y respondió que iba a adquirir el libro.

¡Dios de bondad!, me dije yo. ¡Qué maravillosos efectos del poder divino se descubren por esta oración! ¡Qué edificante y profundo es este relato; las varas enseñaron la oración a ese muchacho y le dieron la felicidad! Las desgracias y tristezas con que nos encontramos, ¿qué otra cosa son sino las varas de Dios? ¿Por qué temer, pues, cuando la mano de nuestro Padre celestial nos amenaza con ellas? Él está siempre lleno de infinito amor para con nosotros, y estas varas nos enseñan a orar con mayor fervor y nos conducen a la dicha inefable.

Aquí di fin a mis relatos y dije a mi Padre espiritual:

-Perdonadme en nombre de Dios; he hablado mucho y los Padres enseñan que una conversación, aun espiritual, es sólo vanidad si se prolonga demasiado. Ya es tiempo de ir a buscar de nuevo al que me va a acompañar a Jerusalén. Rogad por mí, pobre pecador, a fin de que el Señor en su misericordia haga que todo me suceda bien en mi peregrinación.

-Así te lo deseo con todo mi corazón, amado hermano en el Señor -me respondió-. Que la sobreabundante gracia de Dios ilumine tus pasos y te acompañe en tu camino, como el ángel Rafael acompañó a Tobías.


NOTAS AL CAPÍTULO IV

1. Flp., II, 13.

2. Flp., III, 13.

3. Cfr. EVAGRIO PÓNTICO (Pseudo-Nilo), Tratado de la oración (trad. francesa de Hausherr, Rev. Asc. Myst., t. XV, enero-abril, 1935), or. 72. «Una vez que la inteligencia ha llegado a la pura y verdadera oración, los demonios no vienen ya a ella por la izquierda sino por la derecha. Le representan una visión ilusoria de Dios, alguna figura agradable a los sentidos, haciéndole creer que ya ha conseguido totalmente el fin de la oración…»

Que el P. Hausherr comenta así: «Leamos las Centurias de Evagrio, supl. 27: “Los pensamientos diabólicos ciegan el ojo izquierdo, que es el que sirve para la contemplación de los seres.” No necesita mucha imaginación el comentador sirio Babai para comprender que el ojo derecho sirve para la contemplación de Dios. Ahora bien, esta es la etapa en la que nos encontramos, ya que el entendimiento ya “ora en verdad”. Es, pues, fácil comprender que los demonios vengan de la derecha y no por los pensamientos, sino por pasos físicos» (Op. cit., p. 121).

4. Sal., 103 y 104-1. Esta invocación, puesta al principio de numerosos salmos, es cantada en las liturgias de San Juan Crisóstomo y de San Basilio durante la primera parte de la misa, en forma de antífona.

5. Llamado también Juan del Sinaí (525-616). Gran doctor místico, pasó toda su vida en soledad, al pie de la montaña santa, fuera de algunos años que dirigió el monasterio de Santa Catalina del Sinaí. Su obra más célebre es la Escala del Paraíso. Escrita en un estilo enérgico en el que abundan las sentencias, este tratado de perfección está dentro de la tendencia mística y contemplativa de Evagrio y, por éste, de Gregorio de Nisa y de Orígenes (Texto en MIGNE, P. G.,. t. 88, cols. 596-1209). En la Escala del Paraíso se encuentra una de las primeras alusiones a la «Oración de Jesús»: «Que la oración de Jesús sea una cosa con tu respiración, y verás el fruto del silencio y de la soledad» (P. G., t. 88, col. 1112 c).

6. Llamado en el siglo Joaquín Gorlenko. Nació en 1705 y murió en 1754. Monje desde los dieciocho años de edad, dejó diversos escritos, entre los que se encuentra El combate de los siete pecados contra las siete virtudes, editado en Kiev en 1892. Parece poco probable que San Josafat hubiera dejado descendencia. Se trata sin duda de otro Josafat (Mitkevich), obispo de Bielgorod y Kursk desde el 1758, muerto el 30 de junio de 1763, que fue durante mucho tiempo sacerdote y profesor en un seminario, y era casado.

7. El Menologio es una colección que contiene las vidas de los santos siguiendo las fechas de sus fiestas. El menologio ruso, obra de San Demetrio de Rostov, fue publicado en Kiev de 1684 a 1705. Apareció en Moscú en la imprenta sinodal en 1759 bajo la dirección de Josafat Mitkevich y fue reeditado muchas veces.

8. Fue el mayor teólogo griego del siglo VII (hacia 580-662). Al principio, fue secretario privado del emperador Heraclio, y después, monje y abad del monasterio de Crisópolis, cerca de Constantinopla. Luchó contra la herejía monotelita y hubo de pasar desterrado a Africa del norte y a Roma. Detenido en 653, le hicieron volver a Bizancio donde fue martirizado por su fe. Acabó la vida en el destierro en un rincón de un monasterio.

Comentador del Pseudo-Dionisio, purificó la doctrina del gran místico de Oriente de toda huella de neoplatonismo. Fue conocido en Occidente a través de Juan Escoto Eríngena.

Su obra esencial, las Cuatro Centurias sobre la Caridad, ha sido publicada en francés en la colección «Sources chrétiennes» (Lyón-París). Un comentario alegórico sobre la misa, la Mystagogia, ha aparecido en versión francesa en la revista Irénikon (edic. de los Benedictinos de Amay-Chevetogne, Bélgica) en 1938-39.

En alemán: Hans URS VON BALTHASAR, «Die gnostichen Centurien des Maximus Confessor», Freib. Theol. Studien, fasc. 61, Friburgo de Brisgovia, 1941.

9. Llamado también Pedro Mansur. Vivió hacia el 1158. Autor de numerosas obras ascéticas que han quedado inéditas, tiene dos escritos sobre la Santa Cena. Cfr. STEITZ, Jahrbücher für Deutsche Theologie, 13 (1868), páginas 23-31.

10. II Cor., XII, 9.

11. Probablemente, San Juan Damasceno. Vivió hacia los años 700-750. Monje en el monasterio de San Sabas en Jerusalén, desempeñó un papel muy importante como defensor de las imágenes en el primer período iconoclasta. Sus obras esenciales son los Tres discursos contra los iconoclastas (726-737) y la Fuente del Conocimiento (II0(Z (<‰FgTH), vasta síntesis de las doctrinas filosóficas y teológicas, a la vez que reunión de las principales herejías. Este libro fue el «Manual dogmático de la Edad Media griega». Traducido al latín ya en el siglo XIII, fue conocido por Santo Tomás de Aquino y por Pedro Lombardo. (Texto en MIGNE, P. G., t. 94-95.)

12. Es bastante común entre los campesinos rusos llevar arrolladas a las piernas unas bandas de lienzo, algo parecidas a las que usaban los militares.

13. Nicetas PECTORATUS para los latinos. Fue monje del monasterio de Studion a mediados del siglo XI. Fue un fervoroso discípulo de Simeón el Nuevo Teólogo. Se conocen de él algunas obras de polémica contra los latinos y los armenios, pero lo esencial de su obra es de orden ascético y místico. En sus tres Centurias, repite la doctrina de Simeón y de San Máximo sobre los tres grados de la vida espiritual. Su Vida de Simeón el Nuevo Teólogo ha sido publicada con una traducción francesa por el P. HAUSHERR (Orientalia Christiana, vol. XII, julio-septiembre, 1928).

14. Mt., V, 45.

15. Doctor de la Iglesia y el más antiguo de los escritores sirios después de Bardasanes y Afraates. Nacido en Nísibe de padres paganos, fue bautizado por el obispo Jacobo; compuso muchas poesías y comentarios a la Biblia. Se retiró a Edesa donde murió el 9 de junio del año 373. Su influencia fue muy grande, como lo atestiguan las numerosas traducciones de sus escritos, en griego, en árabe y en armenio. Gregorio de Nisa conoció sus obras y escribió su panegírico.

Fue sobre todo un comentador de la Biblia, y pocas veces se aventuró en especulaciones metafísicas o teológicas. Uno de los temas favoritos de sus sermones es el Juicio final. «Una de sus predicaciones hacía de este terrible anuncio una representación muy viva por el diálogo que se entablaba entre él y su auditorio; la inquietud de las preguntas, la terrible exactitud de las respuestas. Este discurso o más bien este drama, célebre en toda la cristiandad oriental, era en el siglo XXII citado con admiración por Vicente de Beauvaís, y sin duda también lo conoció Dante.» (VILLEMAIN, Tableau de l’Eloquence chrétienne au IV siècle, pp. 254-255; citado por NAU, Dictionnaire de Théologie catholique, art. «Ephrem».)

16. Arzobispo de Tesalónica en 1349. Rechazado por la ciudad, se retiró a la isla de Lemnos, y murió hacia el año 1360. Ardiente partidario de los hesicastas, quiso dar a sus doctrinas una base dogmática. En ese empeño, lanzóse a formular tesis audaces y poco seguras, sobre todo la distinción en Dios de la esencia y de las energías u operaciones, que tiende a admitir en Dios una división y por consiguiente a inducir a error. Considerado hereje por Roma, Gregorio Palamas, después de la lucha hesicasta, fue canonizado por Bizancio. La Iglesia de Oriente celebra su fiesta el segundo domingo de Cuaresma. La mayor parte de sus escritos ascéticos están reunidos en la Filocalía y se encuentran en MIGNE, P. G., t. 150, cols. 909-1225; t. 151, cols. 9-549.

Para el punto de vista latino, véase el artículo del Padre JUGIE, escrito con energía pero con un espíritu ligeramente polémico: Palamas, en el Dictionnaire de Théologie catholique. Para el punto de vista ortodoxo, el estudio del padre Basilio KRIVOSHEIN, La doctrina de San Gregorio Palamas. Semin. Kondakovianum, Praga, 1938 (en ruso). Cfr. igualmente Sébastien GUICHARDAN, Le problème de la simplicité divine en Orient et en Occident aux XIV-XV siècles, Lyon, 1933.

17. En el calendario juliano, el año 1860 es el único entre el 1850 y el 1870 en que haya caído la Pascua el 3 de abril.



 

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