El peregrino rusoOración contemplativa

El peregrino ruso (capítulo primero)

Por la gracia de Dios soy hombre y soy cristiano; por mis actos, gran pecador; por estado, peregrino de la más baja condición, andando siempre errante de un lugar a otro. Mis bienes son: a la espalda, una alforja con pan duro, la santa Biblia en el bolsillo y basta de contar. El domingo vigesimocuarto después de la Trinidad entré en la Iglesia para orar durante el oficio; estaban leyendo la epístola de San Pablo a los Tesalonicenses, en el pasaje (1) en que está escrito: Orad sin cesar. Estas palabras penetraron profundamente en mi espíritu, y me pregunté cómo es posible orar sin cesar, siendo así que todos debemos ocuparnos en diversos trabajos a fin de proveer a la propia subsistencia. Busqué en la Biblia y leí con mis propios ojos exactamente lo mismo que había oído: Orad sin cesar (2); orad en todo momento en espíritu (3); orad en todo lugar levantando unas manos puras (4). Inútil reflexionar; yo no sabía qué partido tomar.

¿Qué hacer?, pensé. ¿Dónde encontrar una persona capaz de explicarme estas palabras? Iré por las iglesias donde predican oradores famosos y acaso en ellas encontraré lo que busco. Y sin más, me puse en camino. Escuché muchos y excelentes sermones sobre la oración, pero todos eran instrucciones sobre la oración en general: qué es la oración, por qué se ha de orar, cuáles son los frutos de la oración. Pero cómo llegar a orar de verdad, de esto nadie hablaba. Oí un sermón sobre la oración de espíritu y sobre la oración continua; pero nada dijo el predicador del modo de alcanzar esta oración. De manera que la asistencia a los sermones no me había resuelto lo que yo buscaba. Por eso dejé de asistir a ellos, y determiné buscar con la ayuda de Dios un hombre sabio y experimentado que me explicara este misterio, ya que tan atraído me sentía hacia él.

Así anduve mucho tiempo; leía la Biblia y me preguntaba si no habría en alguna parte un maestro del espíritu o un guía sabio y lleno de experiencia. Una vez me dijeron que en un pueblecito vivía hacía mucho tiempo un señor (5) que sólo se ocupaba de su salvación: tiene en su casa una capilla, nunca sale fuera y siempre está rezando o leyendo libros espirituales. Al oír estas palabras, me puse sin tardar en camino hacia aquel pueblo; llegué y me dirigí a mi hombre.

-¿Qué es lo que buscas en mi casa? -me preguntó.

-Me han contado que sois un hombre piadoso y prudente; por eso os pido en nombre de Dios que me expliquéis qué quiere decir esta frase del Apóstol: Orad sin cesar, y cómo es posible orar de esta manera. Esto es lo que deseo comprender sin poderlo conseguir.

El hombre permaneció un rato en silencio, me miró con atención y dijo:

-La oración interior continua es el esfuerzo incesante del espíritu humano por alcanzar a Dios. Para conseguir este saludable ejercicio, hay que pedir a menudo al Señor que nos enseñe a orar sin cesar. Ora más y con más celo y fervor, y la oración te hará comprender por sí misma cómo puede llegar a ser continua; pero para esto hace falta mucho tiempo.

Dichas estas palabras, me dio de comer, me puso algunas cosas para el camino y se retiró. Pero no me había explicado nada.

Me puse en marcha. Mientras caminaba, iba yo pensando, leía, reflexionaba como podía en lo que me había dicho aquel hombre, pero no podía comprender nada; pero eran tales mis deseos de llegar a interpretarle que pasaba las noches sin conciliar el sueño. Después de haber recorrido doscientas verstas (6), llegué a una ciudad cabeza de partido. En ella vi un monasterio. En la posada me dijeron que en él vivía un superior piadoso, caritativo y hospitalario. Me presenté a él, y me recibió con bondad, me hizo tomar asiento y me invitó a comer.

-Santísimo Padre -le dije-, yo no tengo necesidad de comida, sino que quisiera que me dieseis una lección espiritual: ¿Cómo he de obtener la salvación? (7).

-¿Que cómo has de obtener la salvación? Vive según los mandamientos, ruega a Dios y serás salvo.

-Me han enseñado que hay que orar sin cesar, pero no sé cómo hacerlo, y ni siquiera puedo comprender qué significa oración continua. Os ruego, Padre, que me queráis explicar estas cosas.

-No sé, hermano mío, de qué manera explicártelo mejor. Pero espera: aquí tengo un librito que trata de esta cuestión. -Y sacó la Instrucción espiritual del hombre interior (8) de San Demetrio-. Toma, lee en esta página.

Y comencé a leer lo que sigue: «Estas palabras del Apóstol: Orad sin cesar, se aplican a la oración hecha por la inteligencia; la inteligencia puede, en efecto, estar siempre sumergida en Dios y orar a Él sin cesar.»

-Explicadme cómo puede la inteligencia estar siempre sumergida en Dios sin distracciones y orar siempre a Él.

-Esto es cosa difícil, si el mismo Dios no concede esta gracia -respondió el superior.

Pero no me había explicado nada. Pasé la noche en su casa y, por la mañana, habiéndole dado las gracias por su amable hospitalidad, me puse de nuevo en camino sin saber de modo preciso a dónde dirigirme. Estaba muy triste por no haber comprendido nada, y para consolarme leía la santa Biblia. Así fui adelante por el camino real, hasta que una tarde encontré a un anciano que tenía traza de ser un religioso.

A mi pregunta, respondió que era monje y que la soledad en que vivía con algunos hermanos estaba a diez verstas del camino, y me invitó a detenerme con ellos.

-En nuestra casa -me dijo- se recibe a los peregrinos, se los cuida y se les da de comer en la hospedería.

Yo no tenía ningún deseo de ir allí, y le dije:

-Mi descanso no depende del hospedaje, sino de una enseñanza espiritual; no busco comida, pues llevo mucho pan seco en mi alforja.

-¿Qué clase de enseñanza es la que buscas y qué es lo que quieres comprender mejor? Ven, ven a nuestra casa, querido hermano; en ella tenemos startsi(9) experimentados que pueden darte una dirección espiritual y ponerte en el camino verdadero que lleva a la luz de la Palabra de Dios y de las enseñanzas de los Padres.

-Mirad, Padre, hace alrededor de un año que, estando en un oficio, oí este mandamiento del Apóstol: Orad sin cesar. No sabiendo cómo interpretar estas palabras, me puse a leer la Biblia, y también en ella, y en múltiples pasajes, he encontrado el mandamiento de Dios: hay que orar sin cesar, siempre, en toda ocasión, en todo lugar, no sólo durante las ocupaciones del día, no sólo en estado de vigilia, sino también durante el sueño: Yo duermo, pero mi corazón vela (10). Esto me admiró sobremanera y no puedo comprender cómo es posible cumplir tal cosa ni cuáles son los medios de conseguirlo; un gran deseo y una gran curiosidad se despertaron en mí: ni de día ni de noche se han apartado estas palabras de mi espíritu. Me puse también a visitar las iglesias y a oír sermones sobre la oración, pero en vano: nunca he podido saber cómo orar sin cesar; hablaban siempre en ellos de la preparación a la oración o de sus frutos, sin enseñar cómo orar sin cesar, ni qué significa tal oración. A menudo he leído la Biblia y en ella he vuelto a encontrar lo mismo que había oído; pero no he podido comprender lo que tanto ansío. Así que durante todo este tiempo ando lleno de incertidumbre e inquietud. El starets hizo la señal de la cruz y tomó la palabra:

-Da gracias a Dios, hermano muy amado, por haberte Él revelado esa invencible atracción que existe en ti hacia la oración interior continua. Reconoce en eso el llamamiento de Dios y tranquilízate pensando que así ha sido debidamente probado el acuerdo de tu voluntad con la palabra divina; te ha sido dado comprender que no es ni la sabiduría de este mundo ni un vano deseo de conocimiento lo que conduce a la luz celestial -la continua oración interior-, sino al contrario, la pobreza de espíritu y la experiencia activa en la simplicidad del corazón.

Por eso no es de maravillar que no hayas oído ninguna cosa profunda acerca del acto de orar y que nada hayas podido aprender acerca del modo de llegar a esta perpetua actividad. En verdad, se predica mucho acerca de la oración y sobre esta materia existen no pocas obras recientes, pero todos los juicios de sus autores están fundados en la especulación intelectual, en los conceptos de la razón natural, y no en la experiencia que resulta de la acción; hablan más de lo que a la oración es accesorio que de la esencia de la oración. El uno explica muy bien por qué hay que orar; el otro trata de los efectos bienhechores de la oración; un tercero, de las condiciones necesarias para orar bien, es decir, del celo, de la atención, del fervor del corazón, de la pureza de la mente, de la humildad, del arrepentimiento que hay que tener para ponerse a orar. Pero qué es la oración y cómo se aprende a orar, cosas tan esenciales y fundamentales en la oración, muy poco lo tratan los predicadores de nuestro tiempo; porque son más difíciles que todas sus explicaciones y exigen no un saber escolar, sino un conocimiento místico. Y lo que es más triste aún, esta elemental y vana sabiduría conduce a medir a Dios con una medida humana. Muchos cometen un gran error al pensar que los medios preparatorios y las buenas acciones engendran la oración, cuando la verdad es que la oración es la fuente de las obras y de las virtudes. Gran yerro cometen al tomar los frutos y las consecuencias de la oración como medios de llegar a ella, disminuyendo así su fuerza. Es este un punto de vista completamente opuesto a la Escritura, pues el Apóstol San Pablo habla así de la oración: Ruego, pues, ante todo, que se hagan oraciones (11).

Así el Apóstol pone la oración por encima de todo lo demás. Muchas buenas obras se piden al cristiano, pero la obra de la oración está sobre todas las demás, porque nada es posible hacer si ella falta. Sin la oración frecuente no es posible dar con el camino que conduce al Señor, ni conocer la Verdad, ni ser iluminados en el corazón por la luz de Cristo, ni unirse a él en la salvación. Digo frecuente, porque la perfección y la corrección de nuestra oración no depende de nosotros, como asimismo lo dice el Apóstol Pablo: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene (12). Sólo su frecuencia ha sido puesta en nuestras manos, como medio de alcanzar la pureza de oración que es la madre de todo bien espiritual. Hazte con la madre y tendrás descendencia, dice San Isaac el Sirio (13), queriéndonos dar a entender que primero hay que adquirir la oración para luego poner en práctica todas las virtudes. Pero conocen mal estas cuestiones y hablan poco de ellas quienes no están familiarizados con la práctica y las enseñanzas de los Padres.

Conversando de esta suerte, habíamos llegado, sin darnos cuenta a la soledad. Para no separarme de este sabio anciano y satisfacer cuanto antes mis deseos, me apresuré a preguntarle:

-Os ruego, venerable Padre, que me expliquéis qué es la oración interior y continua y cómo podría yo aprenderla; pues veo que de ella tenéis muy profunda y segura experiencia.

El starets escuchó mi petición con bondad y me llevó a su cuarto:

-Ven conmigo y te daré un libro de los Padres que te permitirá comprender claramente en qué consiste la oración y aprenderla con la gracia de Dios.

Entramos en su celda y el starets me dijo las siguientes palabras:

-La oración de Jesús interior y constante es la invocación continua e ininterrumpida del nombre de Jesús con los labios, el corazón y la inteligencia, en el sentimiento de su presencia, en todo lugar y en todo tiempo, aun durante el sueño. Esa oración se expresa por estas palabras: ¡Señor Jesucristo, tened piedad de mí! (14) Todo el que se acostumbra a esta invocación siente muy grande consolación y necesidad de decir siempre esta oración; al cabo de algún tiempo, no puede ya pasar sin ella y se le hace como su misma sangre y carne. ¿Comprendes ahora qué es la oración continua?

-Lo comprendo perfectamente, Padre mío. En el nombre de Dios, enseñadme ahora cómo llegar a ella -le supliqué lleno de gozo.

-Cómo se aprende la oración, lo veremos en este libro que se llama Filocalía (15). En él está contenida la ciencia completa y detallada de la oración interior continua, expuesta por veinticinco Padres. Es tan útil y perfecto, que se le considera como la guía esencial de la vida contemplativa, y, como dice el bienaventurado Nicéforo (16), «conduce a la salvación sin trabajo ni dolor».

-¿Entonces, es más alto que la santa Biblia? -le pregunté.

-No, ni es más alto ni más santo que la santa Biblia, pero contiene las luminosas explicaciones de todo lo que hay de misterioso en la Biblia en razón de la debilidad de nuestro espíritu, cuya vista no alcanza a tales alturas. Te lo haré ver con una imagen: el sol es un astro majestuoso, brillante y muy excelso, al que no es posible mirar de frente. Para contemplar a este rey de los astros y soportar sus encendidos rayos, hay que echar mano de un vidrio ahumado, infinitamente más pequeño y más oscuro que el sol. Pues bien, la Escritura es este sol resplandeciente y la Filocalía es el cristal ahumado. Escucha ahora, que quiero leerte cómo se ejercita la oración interior continua.

Abrió el starets la Filocalía, eligió un pasaje de San Simeón el Nuevo Teólogo (17) y comenzó: «Permanece sentado en el silencio y la soledad, inclina la cabeza y cierra los ojos; respira suavemente, mira por la imaginación en el interior de tu corazón, recoge tu inteligencia, es decir tu pensamiento, de tu cabeza a tu corazón. Di, al ritmo de la respiración: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”, en voz baja, o simplemente en espíritu. Esfuérzate en echar fuera todos los demás pensamientos, sé paciente y repite a menudo este ejercicio.»

Después el starets me explicó todo esto con ejemplos, y aún leímos en la Filocalía las palabras de San Gregorio el Sinaíta (18) y de los bienaventurados Calixto e Ignacio (19). Todo lo que íbamos leyendo, el starets me lo iba explicando a su manera. Yo escuchaba con atención y gran embeleso y me esforzaba por fijar todas sus palabras en la memoria con la mayor exactitud. Así pasamos toda la noche y fuimos a Maitines sin haber dormido nada.

El starets, al despedirme, me bendijo y me dijo que volviera a su celda durante mi estudio de la oración, para confesarme con franqueza y sencillez de corazón, porque es cosa vana dedicarse sin guía a la vida espiritual.

En la iglesia sentí en mi interior un ardiente celo que me inclinaba a estudiar cuidadosamente la oración interior continua, y pedí a Dios que me quisiera ayudar. Después pensé que me sería difícil ir a ver al starets para confesarme o pedirle consejo; en la hospedería nadie puede permanecer más de tres días, y junto a la soledad no hay lugar donde alojarse… Por suerte, pude enterarme de que a cuatro verstas había una aldea. Me encaminé a ella a fin de encontrar posada, y por suerte Dios me favoreció. Allí pude colocarme como guardián en casa de un campesino, a condición de pasar el verano, solo, en una pequeña cabaña que había en un rincón de la huerta. Gracias a Dios, había dado con un lugar tranquilo. De esta manera me puse a estudiar la oración interior según los medios indicados, yendo a menudo a visitar al starets.

Durante una semana, en la soledad de mi jardín me ejercité en el estudio de la oración interior, siguiendo exactamente los consejos de mi maestro. Al principio, todo parecía ir muy bien. Más tarde, sentí gran pesadez, pereza, tedio, un sueño que no podía vencer, y los pensamientos cayeron sobre mí como las nubes. Busqué al starets lleno de tristeza y le manifesté mi estado. Me recibió con bondad y me dijo:

-Hermano muy amado, todo cuanto te sucede no es sino la guerra que te declara el mundo oscuro, porque no hay cosa que tema tanto como la oración del corazón. Por eso trata de entorpecerte y de hacer que aborrezcas la oración. Mas el enemigo sólo obra según la voluntad y el permiso de Dios, y en la medida en que esto nos es necesario. Sin duda es imprescindible que tu humildad sea sometida a prueba; es demasiado pronto para llegar, con un celo excesivo, hasta las puertas del corazón, pues correrías el riesgo de caer en la avaricia espiritual. Voy a leerte lo que dice la Filocalía a este propósito. -Buscó el starets en las enseñanzas del monje Nicéforo y leyó: «Si, no obstante tus esfuerzos, hermano mío, no te es posible entrar en la región del corazón, como te lo tengo recomendado, haz lo que te digo y con la ayuda de Dios hallarás lo que andas buscando. Tú sabes bien que la razón de todo hombre está en su pecho… Quítale, pues, a esta razón todo pensamiento (esto puedes hacerlo si quieres) y pon en su lugar el “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Esfuérzate en reemplazar por esta invocación interior cualquier otro pensamiento, y a la larga ella te abrirá la entrada del corazón, como lo enseña la experiencia» (20).

-Ya ves lo que enseñan los Padres en tal caso -me dijo el starets-. Por eso tú debes aceptar este mandamiento con confianza y repetir cuanto te sea posible la oración de Jesús. Aquí tienes un rosario con el que podrás hacer, para comenzar, tres mil oraciones al día. De pie, sentado, acostado o caminando, repite sin cesar: «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!», suavemente y sin precipitación. Y recita exactamente tres mil oraciones al día sin añadir ni quitar una sola. Por este camino llegarás a la actividad continua del corazón.

Recibí estas palabras con gran júbilo, y dejando al starets volví a casa, y me puse a hacer exacta y fielmente lo que me había enseñado. Los dos primeros días tuve alguna dificultad, pero luego lo encontré tan fácil que cuando no decía mi oración sentía gran necesidad de rezarla, y me resultaba fácil y suave, sin la dificultad del principio. Conté esto al starets, y éste me ordenó rezarla seis mil veces al día y me dijo:

-Sigue tranquilo y esfuérzate por atenerte con toda fidelidad al número de oraciones que te he prescrito: Dios se compadecerá de ti.

Durante toda una semana, permanecí en mi solitaria cabaña recitando cada día mis seis mil oraciones sin ocuparme de cosa alguna y sin tener que luchar contra los pensamientos; únicamente pensé en cumplir el mandato del starets. ¿Y qué sucedió? Me acostumbré tan bien a la oración que, si me detenía un solo instante, sentía un vacío como si hubiera perdido alguna cosa; y en cuanto volvía a mi oración, sentíame de nuevo aliviado y feliz. Al encontrar a alguna persona, no sentía ninguna gana de hablar, y sólo deseaba estar en la soledad y recitar mis oraciones; tanto me había acostumbrado a ellas en una sola semana.

El starets, que no me había visto desde hacía diez días, vino para saber qué me sucedía, y yo se lo expliqué. Después de haberme escuchado, me dijo:

-Ya estás acostumbrado a la oración. Mira: ahora has de conservar esta costumbre y fortalecerte en ella. No pierdas el tiempo, y con la ayuda de Dios hazte el propósito de recitar doce mil oraciones al día; sigue en la soledad, levántate un poco más temprano, acuéstate un poco más tarde y ven a verme dos veces al mes.

Me sometí en todo a las órdenes del starets y, el primer día, apenas si me fue posible recitar mis doce mil oraciones, que acabé ya de noche. Al día siguiente, lo hice con más facilidad y hasta con gusto. Al principio sentí fatiga, una especie de endurecimiento de la lengua y cierta rigidez en las mandíbulas, pero nada desagradable; luego noté una ligera molestia en el paladar, después en el pulgar de la mano izquierda que pasaba el rosario, mientras que el brazo se me calentaba hasta el codo, lo que me producía una deliciosa sensación. Y todo esto no hacía sino incitarme a recitar mejor mi oración. De esta manera, durante cinco días, terminé con toda fidelidad mis doce mil oraciones, y al mismo tiempo que la costumbre, iba recibiendo el placer y el gusto de la oración.

Una mañana temprano, fui como despertado por la oración. Comencé a decir mis preces de la mañana, pero mi lengua encontraba dificultad en hacerlo y ya no deseaba sino rezar la oración de Jesús. Comencé a hacerlo así y me sentí lleno de dicha y mis labios se movían solos y sin esfuerzo alguno. Pasé todo el día en gran gozo. Estaba como abstraído de todo y me sentía en otro mundo, dando fin a mis doce mil oraciones antes de que terminase el día. Con mucho gusto hubiera querido continuar, pero no me atreví a ir más allá del número indicado por el starets. Los días siguientes continué invocando el nombre de Jesucristo con facilidad y sin cansarme jamás.

Fui a ver al starets y le conté todo esto con detalle. Cuando hube terminado me dijo:

-Dios te ha dado el deseo de orar y la posibilidad de hacerlo sin dificultad. Esto es un efecto natural, producto del ejercicio y de la constante aplicación, lo mismo que una máquina cuyo volante soltamos poco a poco, que luego ya continúa moviéndose por sí misma; ahora bien, para que continúe moviéndose hay que engrasarla y darle a intervalos un nuevo impulso. Ahora ves qué maravillosas facultades ha dado Dios, amigo de los hombres, a nuestra naturaleza sensible; y te has dado cuenta de las extraordinarias sensaciones que pueden nacer aun en el alma pecadora, en la naturaleza impura a la que la gracia no ilumina todavía. Mas ¡qué grado de perfección, de gozo y de encanto alcanza el hombre cuando el Señor quiere revelarle la oración espiritual espontánea y purificar su alma de las pasiones! Es ese un estado indescriptible y la revelación de este misterio es un goce anticipado de las dulzuras del cielo. Y es el don que reciben aquellos que buscan al Señor en la simplicidad de un corazón que desborda de amor. En adelante te permito rezar cuantas oraciones quieras; procura consagrar todo el tiempo del día a la oración e invoca el nombre de Jesús sin preocuparte de otra cosa, entregándote humildemente a la voluntad de Dios y esperando su ayuda. Él no te abandonará y dirigirá tu camino.

Obedeciendo a esta regla, pasé todo el verano repitiendo sin cesar la oración de Jesús, y sentí una gran tranquilidad. Mientras dormía, soñaba a veces que estaba rezando la oración. Y durante el día, cuando me ocurría encontrarme algunas personas, me parecían tan amables como si hubieran sido de mi familia. Los pensamientos se habían calmado y sólo vivía en oración; comencé ya a inclinar mi espíritu a escucharla, y a veces mi corazón sentía como un gran ardor y una gran alegría. Cuando entraba en la iglesia, el largo servicio de la soledad me parecía corto y no me cansaba como antes. Mi solitaria cabaña me parecía un espléndido palacio y no sabía cómo dar gracias a Dios por haberme mandado a mí, pobre pecador, un starets de cuyas enseñanzas obtenía tanto bien.

Pero no gocé mucho tiempo de la dirección de mi bienamado y sabio starets, pues murió al final del verano. Le dije adiós con lágrimas en los ojos y, al darle gracias por sus paternales enseñanzas, le supliqué que me dejase como una bendición el rosario con el que él rezaba cada día. Luego quedé solo. Pasado el verano, se recogieron los frutos del huerto y yo ya no tuve donde vivir. El campesino me dio por salario dos rublos de plata, llenó mi alforja de pan para el camino, y yo continué mi vida errante. Pero ya no estaba en la indigencia, como antes; la invocación del nombre de Jesucristo me alegraba a todo lo largo del camino y todo el mundo me trataba con bondad; parecía como si todos se hubieran propuesto quererme.

Un día me pregunté qué debería hacer con los rublos que me había dado el campesino. ¿Para qué podrían servirme? ¡Ah sí! Ya no tengo al starets ni a nadie que me guíe; voy a comprar una Filocalía y en ella aprenderé la oración interior. Llegué a una ciudad cabeza de partido y me puse a buscar por las tiendas una Filocalía. Encontré una, pero el librero pedía por ella tres rublos y yo sólo tenía dos; en vano intenté convencerle para que me la dejase por dos, pues no me escuchó; pero al fin me dijo:

-Vete a ver en esa iglesia y pregunta por el sacristán; él tiene un libro viejo como este, y acaso te lo dé por tus dos rublos.

Me fui a la iglesia y, en efecto, compré por dos rublos una Filocalía muy vieja y deteriorada; mi alegría fue muy grande. La remendé lo mejor que pude con un trozo de tela y la puse en mi alforja, con la Biblia.

Así voy ahora, pues, recitando sin cesar la oración de Jesús, que me resulta más querida y más dulce que todas las cosas del mundo. A veces hago más de sesenta verstas en un día y no me doy cuenta de que camino; sólo siento que voy diciendo la oración. Cuando sopla un viento frío y violento, rezo la oración con más atención y en seguida entro en calor. Si el hambre es demasiada, invoco más a menudo el nombre de Jesucristo y no me acuerdo de haber tenido hambre. Si me siento enfermo y mi espalda o mis piernas comienzan a dolerme, me concentro en la oración y dejo de sentir el dolor. Cuando alguien me ofende, pienso tan sólo en la bienhechora oración de Jesús, y muy pronto desaparecen la ira o la pena y me olvido de todo. Mi espíritu se ha vuelto muy sencillo. Nada me preocupa, nada me da cuidado, nada exterior me distrae y quisiera estar siempre en la soledad; estoy habituado a no sentir sino una sola necesidad: rezar incesantemente la oración, y cuando lo hago así, una gran alegría invade todo mi ser. Dios sabe lo que sucede en mí. Naturalmente, no son éstas sino impresiones sensibles o, como decía el starets, el efecto de la naturaleza y de una costumbre adquirida; pero todavía no me atrevo a ponerme al estudio de la oración espiritual en el interior del corazón; soy muy indigno de ello y muy ignorante. Espero la hora de Dios, confiando en las oraciones de mi difunto starets. De modo que todavía no he llegado a la oración espiritual del corazón, espontánea (21) y continua; pero, gracias a Dios, ahora comprendo ya claramente el significado de las palabras del Apóstol que un día escuché en la iglesia: Orad sin cesar (22).


NOTAS AL CAPÍTULO I

1. Literalmente: perícopa 253. Este término designa los textos de la Biblia tal como se leen en los oficios o la misa.

2. I Tes., V, 17.

3. Ef., VI, 18.

4. I Tim., II, 8.

5. Dicho de otra manera: un pomieshchik, gentilhombre de la pequeña nobleza rural.

6. 1 versta = 1,067 km.

7. Es la pregunta tradicional que el discípulo dirige a su maestro en los monasterios y eremitorios de Oriente.

8. Breve tratado sobre la eficacia de la oración, escrito por San Demetrio de Rostov (1651-1709); (cfr. Obras, Moscú, 1895, pp. 107-114). Demetrio (en el siglo, Daniel SAVICH TUPTALO), hijo de un oficial de cosacos, tomó el hábito en 1668. Nombrado por Pedro el Grande para le sede episcopal de Rostov (cerca de Moscú), en 1701, luchó enérgicamente contra la relajación del clero y de los fieles, y restauró la disciplina en su eparquía. Autor de numerosos sermones y tratados, así como de una encuesta sobre las sectas, consagró la mayor parte de su vida a redactar el Menologio ruso, calendario litúrgico que contiene la vida de los santos en el orden de sus fiestas que Pedro Mohila no había podido llevar a término. La edición, comenzada en 1684, no se terminó hasta el 1705 en Kiev. En esta obra, lo mismo que en un sermón, se pronunció en favor de la Inmaculada Concepción, lo que le valió severas amonestaciones de Joaquín, metropolitano de Moscú. Habiendo sido hallado intacto su cuerpo en 1752, fue canonizado en 1757. Su fiesta se celebra el 21 de septiembre. Es el primer santo canonizado por el Santo Sínodo.

9. Pl. de starets. El starets, o el Anciano, es un monje o un solitario que hace vida ascética o de oración, y que, sin tener una función particular en el monasterio, es elegido por los monjes jóvenes o por los laicos como maestro espiritual. La caridad de parte del maestro y la humildad de parte del discípulo son las virtudes sobre las que se establece una relación espiritual más íntima que lo que en Occidente se llama la «dirección de conciencia». Además de la descripción del starets Zósimo en Los hermanos Karamazov, se dan muchos detalles sobre este particular en el libro tan completo de Igor SMOLITSCH: Leben und Lehre der Starzen, Viena, 1936.

10. Cant. V, 2. Esta cita hecha por el peregrino de un texto fundamental para el hesicasmo, en una época en la que ignora todavía esta escuela mística, parece dar a entender sin lugar a dudas que los relatos fueron redactados, después de ciertas conversaciones, por un monje que, al mismo tiempo que reproduce las palabras del peregrino, añade por su cuenta las citas que le son familiares.

11. I Tim., II, 1.

12. Rom., VIII, 26.

13. Isaac de Nínive, llamado también «el Sirio». Asceta y místico nestoriano de fines del siglo VII. Originario de Arabia (región del Beit Qataraya, en la costa del Golfo Pérsico frente a las islas de Bahrein), entró de joven en el convento de Mar Mattai en el _abal Makkub, a unos treinta kilómetros al norte de Mosul. Elevado a la sede episcopal de Nínive por el Patriarca nestoriano Jorge (660-680), no pudo mantenerse en ella sin duda a causa de los celos del clero local contra un extranjero, y se retiró a los cinco meses. Murió a una edad muy avanzada en el convento de Rabban Schabor, habiendo quedado ciego a consecuencia de sus austeridades y sus lecturas.

De sus obras, traducidas al griego en el siglo XVIII y publicadas por Nicéforo Theotoki (2.ª ed., Atenas, 1895), se encuentran algunos extractos en MIGNE, Patrologie grecque, t. 86. col. 8 11-886. Con el título de Liber de contemplu mundi están así reunidos 25 sermones diferentes, arbitrariamente distribuidos en 53 capítulos. La misma colección ha sido incluida en las Filocalías griega y eslava. Por este camino pasó a Rusia. Recuérdese que en Los hermanos Karamazov, Smerdiakov es un asiduo lector de Isaac el Sirio.

Cfr. WENSINK, De vita contemplativa de Isaac de Nínive, Trad. inglesa, 1930.

Cfr. asimismo, Marius BESSON, «Un recueil de sentences attribuées à Isaac le Syrien», Oriens Christianus, Roma, 1901, t. 1, pp. 46-60 y 288-298.

14. Esta definición de la oración continua, que con la «búsqueda del lugar del corazón» constituye el fundamento del hesicasmo, remonta a los primeros tiempos de la espiritualidad en Oriente. Se encuentra ya en Evagrio Póntico (muerto en 401), en Diádoco de Foticé (s. y), en Juan Climaco (s. VI), en Máximo el Confesor (s. VII) y en Simeón el Nuevo Teólogo (s. XI). La tradición de la oración continua se pierde luego. Reaparece en el siglo XIV, con la llegada al monte Athos de Gregorio el Sinaíta, bajo una forma técnica y aun «científica», como dicen sus partidarios, que da lugar a grandes deformaciones.

Introducida en Rusia por el starets Nilo Sorski (1433-1508), que vivió en Athos, se extendió por los eremitorios del Norte. Después de un nuevo eclipse, vuelve a tomar auge a fines del siglo XVIII, en el mundo griego, merced a Nicodemo el Hagiorita, que publicó la Filocalía en Venecia en 1782, y en el mundo eslavo gracias al starets Paisius Velichkovsky. En ella se inspirarán los grandes solitarios rusos del siglo XIX.

Los textos que damos a continuación podrán dar una idea de esta tradición:

EVAGRIO PÓNTICO, Practicos, II, 49: «El trabajo manual, las vigilias y el ayuno no nos están mandados en todo tiempo; pero es una ley que oremos sin cesar… La oración, en efecto, hace a nuestro espíritu robusto y duro para la lucha…» (Según HAUSHERR, «Traité de l’oraison d’Evagre le Pontique», Rev. Asc. et Mystique, t. XV, enero-abril 1934, p. 53.)

DIÁDOCO DE FOTICÉ, Cien capítulos sobre la vida del espíritu. Capítulo 59: «Nuestro espíritu, cuando le cerramos todas las salidas por el constante pensamiento en Dios, reclama alguna cosa sobre la cual obrar, porque por naturaleza tiene necesidad de estar constantemente en movimiento. Conviene, pues, darle el santísimo nombre del Señor, el cual puede satisfacer totalmente su celo. Pero importa saber que nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo…» (I Cor. 12, 3). Capítulo 97: «… Quien quiera echar de sí todo mal humor, no se ha de contentar con orar un poco y de cuando en cuando, sino que se ha de ejercitar en la oración en espíritu…

»Porque, así como aquel que quiere purificar el oro no debe dejar enfriar el crisol un solo instante, si no quiere ver la pepita purificada reducida a su primer estado, de la misma manera quien no piensa en Dios sino a intervalos, lo que adquirió por la oración lo pierde en cuanto ésta cesa.

»Quien ame la virtud debe consumir por el pensamiento de Dios toda la materialidad de su corazón a fin de que, por la progresiva evaporación del mal al contacto con este fuego ardiente, su alma aparezca finalmente por encima de las colinas eternas en todo el esplendor de su aurora.» (Textos de la Filocalía. Trad. rusa completada. Moscú, 1889).

15. Colección de textos patrísticos sobre la «oración espiritual» y la guarda del corazón o sobriedad (<Bn4H), reunidos y publicados en Venecia por un monje griego del Athos, Nicodemo de Naxos o el Hagiorita. Casi al mismo tiempo, el starets Paisius Velichkovsky (1722-1794) ordenaba una Filocalia eslava (Dobrotoliubie), publicada en 1794. La traducción rusa, obra de Teófanes, obispo de Tambov, apareció en Moscú en 1889.

16. Monje del Athos (siglo XIV). Autor de un tratado sobre la «guarda del corazón» (MIGNE, P. G., t. 147, cols. 945 ss.) y quizá del Tratado sobre las tres formas de la oración o Método de la oración hesicasta, atribuido sin razón a San Simeón el Nuevo Teólogo (cfr. HAUSHERR, «La méthode d’oraison hésychaste», Orientalia Christiana, vol. IX, 2, junio-julio 1927). Estos escritos suministraron el punto de apoyo a las exageraciones quietistas de los hesicastas del siglo XIV.

17. Uno de los mayores místicos de la Iglesia griega (949-1022). Llevado a los 19 años a la corte imperial, entró muy pronto en el monasterio de Studion, y después de seis años, en San Mamas, del que fue higumeno durante veinticinco años. Después de un conflicto con el Patriarca Esteban de Nicomedia, hubo de abandonar Constantinopla durante algún tiempo, pero fue rehabilitado antes de morir.

Agraciado con visiones desde la edad de catorce años, compuso himnos en verso de un luminoso lirismo, los Amores de los himnos divinos, de los que existe una traducción alemana: SYMEON DER NEUE THEOLOGE, Licht vom Licht, Hymnen. Übersetzt von P. K. Kirchhoff, O. F. M., bei J. Hegner in Hellerau, 1930.

Su teología, por la excesiva importancia que da a las visiones y fenómenos místicos sensibles, hay que considerarla como el origen del hesicasmo del siglo XIV.

Cfr. en francés: «Vie de Saint Syméon le Nouveau Théologien», por Nicetas Stethatos, editada por el padre Hausherr, Or. Christiana, julio-octubre, 1928. En alemán: K. HOLL, Enthusiasmus und Bussgewalt, Leipzig, 1898, y N. ARSENIEV, Ostkirche und Mystik, Munich, 1925. En ruso: LODYCHENSKI, Luz invisible, San Petersburgo, 1912, y P. ANIKIEV, Apología de la mística en San Simeón el Nuevo Teólogo, San Petersburgo, 1915.

18. Monje del Athos (siglo XIV). Nacido en la segunda mitad del siglo XIII, murió hacia el 1346. Originario del Asia Menor y procedente del Sinaí, restauró en Athos la tradición hesicasta y puso en vigor la «oración continua». Durante las grandes controversias hesicastas (1320-1340), tuvo que salir del Athos y se instaló en Bulgaria, donde fundó un monasterio cerca de la actual ciudad de Kavaklu. El texto griego de su vida fue publicado por Pomialovski en San Petersburgo, en 1894 (en las Publicaciones de la Facultad de Historia y de Filología de la Universidad de San Petersburgo, t. 35); el texto eslavo, por P. Syrku, San Petersburgo, 1909. Obras en MIGNE, P. G., t. 150.

19. Calixto Xanthopoulos, patriarca de Constantinopla durante algunos meses en 1397, había recibido siendo monje la formación ascética en Athos. Compuso con su amigo Ignacio Xanthopoulos un tratado sobre la vida ascética (P. G., t. 147).

20. Extracto del tratado sobre la «guarda del corazón» (De Cordis custodia, MIGNE, P. G., t. 147, cols. 963-966).

21. Literalmente, «automática».

22. El peregrino no conoce pues todavía más que el primer grado de la oración. En los siguientes relatos expondrá sus progresos y el progresivo descubrimiento de la «oración espontánea del corazón». Hay que admitir, pues, o bien que el primer relato no tuvo lugar en Irkutsk, sino en una época anterior de la vida del peregrino, o más bien que fue redactado de manera didáctica, con cierto sentido de la composición, reuniendo todos los detalles dados por el peregrino sobre la iniciación en la oración. Es este un nuevo argumento para atribuir la redacción de los relatos a un religioso amigo del peregrino.



 

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