El peregrino rusoOración contemplativa

El peregrino ruso (capítulo quinto)

PROLOGO

Para muchos de nuestros contemporáneos la pregunta tradicional: «Decidme cómo puedo salvarme», ha dejado de tener sentido. ¿De qué habría que salvar a un hombre bien naturalmente bueno o bien «normalmente anormal»? Las únicas actitudes que se ofrecen al «hombre de hoy» son un optimismo desmentido no obstante por la realidad cotidiana, un pesimismo desengañado, desesperado y desesperante, o la espera utópica en un día en que los hombres imperfectos creen al fin una sociedad perfecta que les haga perfectos a ellos por arte de birlibirloque, triunfando la razón por sí sola sobre las bajezas y las pasiones.

Sin embargo, nuestros contemporáneos sienten a menudo en el fondo de sí mismos, al igual que los hombres de todos los tiempos, una profunda necesidad de verdad absoluta, de belleza perfecta y de beatitud infinita. Ocurre entonces que les llega, como al peregrino ruso y a menudo gracias a él, el llamamiento de San Pablo: ¡Orad sin cesar!, y su corazón se extraña: ¿Qué significa este llamamiento? ¿Qué es la oración? ¿Por qué habría que rezar? ¿Cómo se puede rezar sin cesar? ¿Responde la oración a esta necesidad de verdad, de belleza y de beatitud que se siente como una nostalgia, como una misteriosa llamada?

Para muchos también, la historia de la Iglesia no revela en el fondo más que errores, ilusiones y fracasos; éstos no conocen del cristianismo más que algunas deformaciones o remedos, y se han llenado de calumnias que les impiden desear ver por sí mismos si no habrá acaso en la Iglesia una realidad desconocida. Ellos desconocen, y a menudo hasta los cristianos practicantes, la historia de los santos, la respuesta dada por los místicos a los llamamientos frecuentes e instantes de la Biblia a la oración y a la práctica de los mandamientos, al conocimiento de la Verdad y a la unión con nuestro Padre que está en los cielos.

Los Relatos de un peregrino ruso nos colocan en presencia, en un contexto no habitual para el europeo occidental, de una tradición que remonta a Cristo y a los Apóstoles, y que es la de la oración continua, de la oración del corazón; de la Iglesia primitiva a Rusia, pasando por el monte Sinaí, el desierto de Egipto y el monte Athos, toda una experiencia precisa, sabrosa, luminosa, santificante de la oración y, por ella, del Amor misericordioso, salvador y unificador de Dios se ha transmitido, enseñada de maestro experimentado a discípulo, vivida por religiosos o laicos. Una ilustración relativamente reciente de esta tradición se encuentra en la persona, la vida y la enseñanza de San Serafín de Sarov (1759-1833), que muchos en Occidente conocen, y en los célebres startsi de Optino, el gran convento ruso.

En los cuatro primeros Relatos de un peregrino ruso, el lector ha podido conocer al propio peregrino, su vocación, sus experiencias espirituales nutridas de la Biblia y de la Filocalía, que es una recopilación de textos patrísticos que tratan de la oración espiritual y la guarda del corazón. Antes de internarse en la Vía, el peregrino ha recibido de su starets una bendición que ayuda a vivir de las gracias conferidas por los sacramentos y a evitar los peligros del individualismo orgulloso o caprichoso por la sumisión humilde y ferviente a un maestro, que encarna para su discípulo la Voluntad de Dios.

Los tres relatos que aparecen en esta parte permiten volver a encontrar al peregrino. Fueron hallados entre los papeles del starets Ambrosio de Optino y publicados en Rusia en 1911.

El quinto relato muestra el carácter tenebroso e irracional de la naturaleza dejada a ella misma, y la urgente necesidad de la oración para escapar misericordiosamente de la pesantez que arrastra al hombre al abismo; habla de la Providencia, del Amor de Dios, de la intercesión de la Santa Virgen María, de la protección que asegura la oración. Siguen consejos directos y prácticos sobre la confesión, consideraciones sobre la excelencia y la grandeza de la fórmula Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí, pecador, que constituye lo que se llama la «Oración de Jesús»; es ella la que, en la Ortodoxia, y a veces con una forma simplificada, constituye el «soporte» de la oración continua desde el inicio de su aprendizaje. Luego, el relato habla de los dones del Espíritu Santo, del amor al prójimo; responde a los temores de los que no se atreven a recurrir a la oración, y da por último un método evangélico de oración, mostrando en el Santo Evangelio una enseñanza progresiva sobre la oración y sus frutos.

El sexto relato habla de la función de los Evangelios; da, apoyándose en la enseñanza de los santos, el secreto de la salvación, revelado por la oración continua: «Estar en Él (Cristo) quiere decir sentir continuamente Su presencia, invocar continuamente Su Nombre»; se trata de la gravedad y poder de la oración, de la posibilidad de rezar en medio de ocupaciones absorbentes o en compañía, de la pereza o de la avidez de goce espiritual; por último, un breve resumen vuelve a examinar algunos puntos importantes.

El séptimo relato habla del eremitismo, de la función del starets, de los peligros de la imaginación, del desaliento, y muestra, para terminar, cómo rezar por los demás.

Estos relatos contienen instrucciones precisas, apoyadas en la Tradición e ilustradas por pequeñas anécdotas. Se trata, en particular, de la frecuencia de la oración, que es «el único método de llegar a la oración pura y verdadera… Para convenceros definitivamente de la necesidad y de la fecundidad de la oración frecuente, reparad en:

-Que todo deseo y todo pensamiento de rezar es obra del Espíritu Santo y la voz de nuestro ángel custodio.

-Que el nombre de Jesucristo invocado en la oración contiene en sí mismo un poder salvador que existe y actúa por sí mismo…»

Este carácter de la invocación del Nombre de Jesús tiene origen bíblico; los Apóstoles hablan de él, después de haber sido invitados por Jesucristo a rezar en Su Nombre y vueltos atentos por el Pater Noster: Sea santificado vuestro Nombre y por el Magnificat: Santo es Su Nombre. La Santa Virgen conocía evidentemente el sentido del Nombre de Jesús, que es: Dios salvador, y ella ha invocado este Nombre que resume toda la misericordiosa Revelación del Padre en Su Hijo y toda la historia de la salvación; los Apóstoles lo han invocado, a su vez, como lo muestran los textos bíblicos y la maravillosa historia del discípulo de San Juan, San Ignacio de Antioquía, quien invocaba continuamente el Nombre de Jesús y hasta lo había inscrito en letras de oro en su corazón. La «Oración de Jesús» de la que habla el peregrino ruso muestra la continuidad de esta invocación a través de los tiempos, asociada con un llamamiento explícito a la Misericordia. Pero los Nombres de «Padre» y de «María» han sido también invocados con frecuencia, al igual que los de «Dios» o de «Señor».

La práctica de la invocación de un Nombre divino puede apoyarse, por ejemplo, en estas citas de los Salmos: Pero yo he invocado el Nombre del Señor; Señor salvad mi alma; Sacrificaré una hostia de alabanza e invocaré el Nombre del Señor; Bienaventurados los que aman Vuestro Nombre. El santo obispo Ignacio Brianchaninov escribía en el siglo pasado: «El Nombre, por su forma exterior, es limitado, pero representa un objeto ilimitado, Dios, de quien recibe un valor infinito, divino, el poder y las propiedades de Dios». Es la doctrina de la Tradición.

Los católicos se preguntarán acaso si pueden encontrar en su Iglesia una enseñanza parecida a la que encontramos en los Relatos de un peregrino ruso. No es lugar aquí de responder detenidamente a esta pregunta; digamos simplemente que si la Iglesia ortodoxa ha desarrollado y continúa enseñando una doctrina particularmente precisa de la invocación del Nombre de Jesús y de la oración continua, la Iglesia católica también ha respondido a la exhortación de San Pablo: ¡Orad sin cesar!, y predica la devoción al Santo Nombre.

Por una parte, el cristianismo de los santos de la Iglesia de Oriente es de una autenticidad tal que su enseñanza atañe a todos los que quieren ser realmente cristianos; por otra parte, las obras de un San Bernardo de Claraval, de un San Buenaventura, de un San Bernardino de Siena o de un San Alfonso M.ª de Ligorio, que son santos de Occidente, contienen igualmente enseñanzas sobre la invocación del santo Nombre de Jesús así como del de María, del que San Efrén ha escrito: «El Nombre de María es la llave que abre las puertas del cielo.» Y un Frère Laurent de la Résurrection, por ejemplo, ha escrito magistralmente sobre La experiencia de la presencia de Dios.

Si es difícil encontrar actualmente en Occidente un starets, un maestro de la vida de oración, hay que pedir la ayuda del Espíritu Santo. Él suple la ausencia de maestro humano o puede dar ocasión a encontrar uno, pues Él mismo es el Maestro por excelencia y todo maestro humano, cualquiera que sea su grado de santidad, no es más en cierto modo que Su representante y Su encarnación.

Como lo enseña el monje en el sexto relato: «Todo deseo y todo pensamiento de rezar es obra del Espíritu Santo». ¡Que este mismo Espíritu guíe los pasos del que busca la Vía, la Verdad y la Vida!

En la fiesta del Santo Nombre de Jesús.

Charles KRAFFT


 

CAPÍTULO QUINTO

EL STARETS: Un año había transcurrido desde que vi al peregrino por última vez, cuando al fin un suave golpe en la puerta y una voz suplicante anunciaron la llegada de ese piadoso hermano, a quien le aguardaba una cordial bienvenida.

-Entra, querido hermano, y demos juntos gracias a Dios por haber bendecido tu camino y haberte traído de vuelta.

 

EL PEREGRINO: Alabanza y gracias sean dadas al Padre que está en los cielos por Su generosidad en todas las cosas, a las que ordena según su mejor parecer y siempre para el bien de nosotros, peregrinos y extranjeros en tierra extraña. He aquí a este pecador, que os dejó el año pasado, y a quien la misericordia de Dios ha creído digno de ver y oír de nuevo vuestra jubilosa bienvenida. Y, por supuesto, vos esperáis oír de mí una descripción completa de la Santa Ciudad de Dios, Jerusalén, por la que mi alma suspiraba y a la que estaba firmemente resuelto a ir. Pero nuestros deseos no siempre pueden ser satisfechos, y así fue en mi caso. Y con razón, porque ¿cómo podría yo, infeliz pecador, ser considerado digno de hollar esa tierra sagrada en la que los divinos pasos de Nuestro Señor Jesucristo dejaron su huella?

Vos recordáis, Padre, que me fui de aquí el año pasado con un anciano sordo como compañero, y que tenía una carta de un comerciante de Irkutsk para su hijo de Odesa pidiéndole que me mandase a Jerusalén. Pues bien, llegamos a Odesa perfectamente en no mucho tiempo. Mi compañero compró en seguida un pasaje para Constantinopla y partió. Yo, por mi parte, me puse a buscar al hijo del comerciante por la dirección de la carta. Pronto encontré su casa, pero allí me enteré, para sorpresa y pesar míos, que mi bienhechor ya no contaba entre los vivos. Había muerto, tras una corta enfermedad, y había sido enterrado tres semanas antes. Esto me desalentó mucho, pero aun así confié en el poder de Dios. Toda la casa estaba de luto, y la viuda, que quedaba con tres niños pequeños, tenía tal aflicción que lloraba continuamente y varias veces al día se desvanecía de dolor. Su pena era tan grande, que se hubiera dicho que ella no iba ya tampoco a vivir mucho tiempo. A pesar de todo, en medio de todo esto, ella me recibió amablemente, aun cuando en tal estado de cosas no podía mandarme a Jerusalén. Pero me pidió que me quedase con ella unos quince días hasta que su suegro viniese a Odesa, tal como había prometido, para poner en orden los asuntos de la desamparada familia.

Así que me quedé. Pasó una semana, luego un mes y luego otro. Pero, en vez de venir, el comerciante escribió diciendo que sus propios asuntos no le iban a permitir venir y aconsejando que se despidiese a los empleados y se fuesen todos en seguida a Irkutsk con él. Empezó, pues, un gran bullicio y ajetreo, y como vi que ya no estaban interesados en mí, les agradecí su hospitalidad y me despedí. Una vez más partí errante por Rusia.

Yo pensaba y pensaba. ¿A dónde había de ir? Al fin decidí que primero iría a Kiev, donde no había estado desde hacía muchos años. Partí, pues, para allí. Naturalmente, al principio me disgusté por no haber podido realizar mi deseo de ir a Jerusalén, pero reflexionando vi que ni tan sólo esto había sucedido sin la providencia de Dios, y me tranquilicé con la esperanza de que Dios, amante de los hombres, aceptaría la intención por el acto y no dejaría que mi infeliz viaje fuera falto de edificación y provecho espiritual. Y así fue, puesto que me tropecé con gentes que me enseñaron muchas cosas que ignoraba y que, para mi salvación, llevaron luz a mi alma oscura. Si la necesidad no me hubiera puesto en este viaje, no habría encontrado a estos bienhechores espirituales míos.

Así pues, de día andaba con la oración, y al atardecer, cuando me detenía para pasar la noche, leía mi Filocalía para fortalecer y estimular a mi alma en su lucha con los enemigos invisibles de la salvación.

De camino, a unas setenta verstas de Odesa, me topé con un hecho asombroso. Había una larga hilera de carros cargados de mercancías; habría unos treinta. Los alcancé. El conductor de delante, que era el guía, andaba al lado de su caballo, y los demás le seguían en grupo a cierta distancia. La ruta pasaba por una laguna, que era atravesada por una corriente, y en la cual el hielo quebrado de la primavera remolineaba y se apilaba en las orillas con un ruido horrible. De repente, el primer conductor, un hombre joven, detuvo su caballo, y toda la fila de carros que iba detrás tuvo que hacer alto también. Los otros conductores acudieron corriendo hacia él, y vieron que había comenzado a desnudarse. Le preguntaron por qué lo hacía, y les respondió que deseaba muchísimo darse un baño en la laguna. Algunos de los atónitos conductores empezaron a reírse de él, otros a reprenderle, llamándole loco, y el de más edad, su propio hermano, intentó detenerle, dándole un empujón para hacerle continuar. El otro se defendía, y no tenía la menor intención de hacer caso a lo que se le decía. Varios conductores jóvenes empezaron a sacar agua de la laguna en los cubos con los que abrevaban a los caballos, y se la arrojaron, en plan de broma, al que quería bañarse, por la cabeza y a la espalda, diciendo: «¡Toma; nosotros te vamos a dar un baño!» Tan pronto como el agua hubo tocado su cuerpo, exclamó: «¡Ah, qué bien!», y se sentó en el suelo. Aquéllos siguieron echándole agua por encima, y en eso a poco se tendió y allí mismo murió plácidamente. Todos se sobrecogieron, sin tener idea de por qué había ocurrido. Los más mayores se agitaron mucho, diciendo que las autoridades debían ser avisadas, mientras que los demás llegaron a la conclusión de que era su destino el tener una muerte así.

Permanecí con ellos cerca de una hora, y luego seguí mi camino. Unas cinco verstas más adelante, vi una aldea en la carretera, y al entrar en ella me encontré a un anciano sacerdote que paseaba por la calle. Se me ocurrió que podía contarle lo que acababa de ver, para conocer cuál era su opinión. El sacerdote me llevó a su casa, yo le conté el suceso, pidiéndole que me explicase la causa de lo que había ocurrido.

-No puedo decirte nada sobre ello, querido hermano, salvo quizá que hay en la naturaleza muchas cosas asombrosas que nuestra razón no puede comprender. Esto, creo, está dispuesto de este modo por Dios para mostrar a los hombres más claramente su gobierno y providencia sobre la naturaleza, por medio de ciertos casos de cambios anormales en las leyes de ésta. Se da la circunstancia de que yo mismo fui en una ocasión testigo de un caso semejante. Cerca de nuestra aldea hay un barranco muy profundo y abrupto, no muy ancho pero de setenta pies o más de profundidad. Estremece mirar a su fondo oscuro. Han construido una especie de pasarela para franquearlo. Un campesino de mi parroquia, padre de familia muy respetable, fue súbitamente preso, sin ninguna razón, del irresistible deseo de arrojarse desde este pequeño puente al fondo del barranco. Luchó contra la idea y resistió al impulso durante toda una semana. Al fin, no pudo contenerse más. Se levantó temprano un día, partió de casa como un rayo y saltó al abismo. Pronto oyeron sus quejidos y, con gran dificultad, lo extrajeron de la hoya, con las piernas rotas. Cuando le preguntaron la razón de su caída, respondió que, a pesar del gran dolor que ahora sufría, su espíritu se había serenado al haber realizado el irresistible deseo que le había obsesionado durante toda una semana, y por la satisfacción del cual había estado dispuesto a perder la vida. Estuvo todo un año en el hospital, recuperándose. Yo solía ir a verle, y a menudo encontraba a los médicos que estaban a su alrededor. Igual que tú, yo quise escuchar de ellos la razón de este suceso. Unánimemente, los médicos contestaban que se trataba de «frenesí». Y cuando les pedía una explicación científica de lo que era esto y de qué provocaba que atacase a un hombre, no podía sacarles nada más, excepto el que éste era uno de los secretos de la naturaleza aún no revelados a la ciencia. Yo, por mi parte, hacía notar que, si en semejante misterio de la naturaleza, uno se volviese hacia Dios en oración, y hablase también de ello con la gente de bien, entonces este irrefrenable «frenesí» de que hablaban no lograría su propósito.

En verdad, nos encontramos en la vida humana con muchas cosas de las que no podemos tener una comprensión clara.

Mientras estábamos hablando, había oscurecido, y pasé allí la noche. Por la mañana, el alcalde envió a su secretario a pedir al sacerdote que enterrase al difunto en el cementerio, y a decir que los médicos, después de la autopsia, no habían detectado ningún signo de locura, y daban como causa de la muerte un ataque repentino.

-Fíjate en esto ahora -me dijo el sacerdote-. La ciencia médica no puede dar una razón precisa para ese impulso incontrolable hacia el agua.

Y así, dije adiós al sacerdote y reanudé mi camino. Después que hube viajado varios días, y sintiéndome bastante fatigado, llegué a una ciudad comercial de considerables dimensiones llamada Bielaya Tcherkov. Como la tarde estaba ya cayendo, me puse a buscar alojamiento para la noche. En el mercado me tropecé con un hombre que parecía ser también un viajero. Hacía indagaciones por las tiendas sobre la dirección de cierta persona que vivía en el lugar. Cuando me vio, vino hacia mí y dijo:

-Pareces también un peregrino, así que vayamos juntos a encontrar a un hombre llamado Evreinov, que vive en esta ciudad. Es un buen cristiano, y dirige una espléndida posada donde acoge a los peregrinos. Mira, tengo anotado algo acerca de él.

Yo consentí de buena gana, y pronto hallamos su casa. Aunque el posadero no estaba en casa, su esposa, una amable anciana, nos recibió muy cariñosamente y nos ofreció una pequeña buhardilla retirada, en el desván. Nos instalamos y descansamos un rato.

Luego vino nuestro posadero y nos pidió que cenásemos con ellos. Durante la cena se habló de quiénes éramos y de dónde veníamos, y por una u otra razón la conversación vino a parar a la cuestión del por qué se llamaba Evreinov (1).

-Les contaré una extraña cosa acerca de esto -dijo, y empezó su relato:

«Verán lo que pasó. Mi padre era judío. Había nacido en Schklov, y odiaba a los cristianos. Desde su más temprana edad se preparaba para ser rabino y estudiaba a fondo toda la charladuría judía dirigida a refutar al cristianismo. Cierto día acertó a pasar por un cementerio cristiano. Vio una calavera humana, que debía de haber sido sacada de alguna tumba recientemente removida. Conservaba ambas mandíbulas y había en ellas algunos dientes de aspecto horrible. En un arrebato de mal genio, empezó a mofarse de ella; la escupió, la cubrió de insultos y la dio de puntapiés. No contento con esto, la recogió y la fijó a un poste, como hacen con los huesos de animales para ahuyentar a los pájaros voraces. Después de haberse divertido de este modo, se fue a casa. La noche siguiente, apenas se había quedado dormido, cuando un desconocido se le apareció y le reprendió violentamente, diciendo: «¿Cómo osas insultar a lo que queda de mis pobres huesos? Yo soy cristiano; pero en cuanto a ti, tú eres un enemigo de Cristo.» La visión se fue repitiendo varias veces todas las noches, y él no logró ni sueño ni descanso. Más tarde, la misma visión empezó a relampaguear ante sus ojos en pleno día, mientras oía el eco de aquella voz reprochadora. Con el tiempo, la visión se hizo más frecuente hasta que, al fin, empezó a sentirse abatido, lleno de espanto, y a perder las fuerzas. Fue a su rabino, quien le cubrió de rezos y exorcismos. Pero la aparición no sólo no cesó, sino que se hizo más frecuente y amenazadora.

»Este estado de cosas se supo y, oyendo hablar de ello, un amigo suyo, cristiano, se puso a aconsejarle que aceptase la religión cristiana, y a incitarle a pensar que no había otro medio de verse libre de su perturbadora aparición. Pero el judío era remiso a dar este paso. Aun así, dijo en respuesta: “Haría de buena gana lo que deseas con tal de librarme de esta atormentadora e intolerable aparición.” El cristiano se alegró de oír esto, y le persuadió de que mandase al obispo local una petición de bautismo y de recepción en la Iglesia cristiana. La petición fue escrita, y el judío, no muy ansioso, la firmó. Y mira por donde, justo en el mismo momento en que la petición era firmada, la aparición cesó y ya nunca volvió a molestarle. Su gozo fue ilimitado, y con el ánimo enteramente sosegado, sintió una fe tan ardiente en Jesucristo, que se fue volando al obispo, le contó toda la historia y expresó el profundo deseo de ser bautizado. Aprendió con ahínco y rapidez los dogmas de la fe cristiana, y después de su bautizo vino a vivir a esta ciudad. Aquí se casó con mi madre, una buena cristiana. Llevó una vida piadosa y de bienestar, y fue muy generoso con los pobres. Él me enseñó a ser igual, y antes de su muerte me dio sus instrucciones al respecto, junto con su bendición. He aquí el motivo por el cual me llamo Evreinov.»

Escuché esta historia con respeto y humildad, y pensé para mí: ¡Qué bueno y cuán benévolo es Nuestro Señor Jesucristo, y cuán grande es su amor! ¡Por qué caminos tan distintos atrae a los pecadores hacia sí! Con qué sabiduría emplea cosas de poca importancia para conducir hacia las cosas grandes! ¿Quién podría haberse imaginado que el juego malévolo de un judío con unos huesos sin vida había de llevarle al conocimiento verdadero de Jesucristo, y había de ser el medio para conducirle a una vida piadosa?

Después de cenar, dimos gracias a Dios y a nuestro anfitrión, y nos retiramos a nuestra buhardilla. No queríamos irnos a la cama todavía, así que nos pusimos a conversar. Mi compañero me contó que era un comerciante de Moguilev, y que había pasado dos años en Besarabia como novicio en uno de los monasterios de allí, pero sólo con un pasaporte que expiraba en fecha fija. Iba ahora de vuelta a casa para obtener el consentimiento de la corporación de comerciantes a su entrada definitiva en la vida monástica.

-Aquellos monasterios me satisfacen -dijo- por su orden y su constitución y por la vida rigurosa de los muchos piadosos startsi que allí viven.

Me aseguró que poner los monasterios de Besarabia al lado de los rusos era como comparar el cielo con la tierra, y me animó a que hiciera como él.

Mientras hablábamos de estas cosas, trajeron a un tercer huésped a nuestra habitación. Se trataba de un suboficial del ejército que volvía ahora a casa de permiso. Vimos que estaba muy cansado por el viaje. Dijimos juntos nuestras oraciones y nos acostamos. A la mañana siguiente, estábamos en pie temprano preparándonos para el camino, y sólo queríamos ya ir a dar las gracias a nuestro posadero, cuando de pronto oímos las campanas que llamaban a maitines. El comerciante y yo nos pusimos a considerar lo que haríamos. ¿Cómo partir sin ir a la iglesia después de haber oído las campanas? Mejor sería quedarnos a maitines, rezar nuestras oraciones en la iglesia y marchar así luego con más alegría. Una vez decidido así, llamamos al suboficial. Pero éste dijo:

-¿Qué objeto tiene ir a la iglesia mientras estás de viaje? ¿Qué saca Dios con que vayamos? Vayámonos a casa, y ya rezaremos luego nuestras oraciones. Ustedes dos vayan si quieren. Yo no voy a ir. Para cuando hayan asistido a maitines, yo ya estaré a unas cinco verstas de aquí, y quiero llegar a casa lo antes posible.

A esto el comerciante dijo:

-Tenga cuidado, hermano; no vaya tan deprisa con sus proyectos hasta conocer cuáles son los planes de Dios.

Nosotros fuimos a la iglesia, pues, y él emprendió el camino.

Nos quedamos a maitines y también a la misa. Luego, volvíamos a nuestra buhardilla para preparar nuestras alforjas para la marcha, cuando ¿qué vemos sino a nuestra posadera trayendo el samovar?

-¿A dónde van? -dijo-. Han de tomar una taza de té; sí, y comer con nosotros, también. No podemos dejarles ir hambrientos.

Nos quedamos, pues. No habíamos estado sentados junto al samovar ni media hora, cuando, de pronto, vemos a nuestro suboficial entrar corriendo sin resuello.

-Vengo a ustedes con pena y con alegría a la vez.

-¿Cómo es eso? -le preguntamos.

Y esto es lo que dijo:

-Cuando les dejé y partí, pensé en entrar en la taberna para cambiar un billete y tomar algo al mismo tiempo, para así poder proseguir mejor. Así lo hice, y después de coger el cambio y beber algo, me fui volando. Cuando había hechos unas tres verstas, se me ocurrió contar el dinero que el hombre de la taberna me había dado. Me senté al borde del camino, saqué mi portamonedas y lo examiné. Sin novedad. Luego, de repente, descubrí que mi pasaporte no estaba. Sólo algunos papeles y el dinero. Me asusté tanto como si hubiese perdido mi propia cabeza. En un instante vi lo que había ocurrido. Sin duda, se me había caído al pagar en la taberna. Tenía que volver en seguida. Corrí y corrí. Otra idea espantosa se apoderó de mí: ¿Y si no está allí? Esto significaría problemas. Me precipité al hombre de detrás del mostrador y le pregunté. «No lo he visto», dijo. ¡Qué desaliento! Busqué de un lado para otro; examiné por todas partes, donde quiera que hubiese estado. Y, ¿qué creen?: Tuve la suerte de encontrar mi pasaporte. Allí estaba, aún doblado, en el suelo, entre la paja y los desperdicios, todo pisoteado. ¡Gracias a Dios! Me alegré, se lo aseguro. Era como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Por supuesto, estaba sucio y cubierto de barro, lo bastante como para ganarme un coscorrón, pero esto no tiene importancia. De todos modos, puedo ir a casa y volver sano y salvo. Pero vine para contárselo. Y lo que es más: a fuerza de correr, en mi sobresalto, se me ha puesto el pie en carne viva por el roce, y ya no puedo andar. Así que he venido a pedirles un poco de ungüento para ponérmelo antes de vendarlo.

-Ya lo ve, hermano -dijo el comerciante-. Esto es por no haber querido escucharnos y venir con nosotros a la iglesia. Quería tomarnos una buena delantera y, por el contrario, aquí está de nuevo, y cojo, de propina. Ya le dije que no corriera tanto con sus planes; ya ve en qué ha parado todo. Era poca cosa el no venir a la iglesia, pero emplear un lenguaje como «¿qué bien le hacemos a Dios con rezar?», eso, hermano, estaba mal. Desde luego, Dios no necesita nuestras oraciones de pecadores, pero, aun así, en su amor por nosotros, Le agrada que recemos. Y no es sólo esa santa plegaria que el propio Espíritu Santo nos ayuda a ofrecer y despierta en nosotros la que Le complace, puesto que esto nos lo pide cuando dice: Permaneced en mí y yo en vosotros, sino que cada intención, cada impulso, incluso cada pensamiento que va dirigido a Su gloria y a nuestra propia salvación, tiene valor a Sus ojos. Y por ellos, la infinita misericordia de Dios concede generosas recompensas. El amor de Dios concede gracia mil veces más de lo que las acciones humanas merecen. Si Le das el más simple óbolo, te devolverá oro en pago. Si te propones tan sólo ir hacia el Padre, Él vendrá a tu encuentro. Dices una sola palabra, corta y sin sentimiento: «Acógeme; ten piedad de mí», y Él se vuelca sobre ti y te besa. Así es el amor del Padre celestial hacia nosotros, indignos como somos. Y por causa simplemente de este amor, Él se regocija de cada paso que damos hacia la salvación, por corto que sea. Pero usted lo ve de este modo: ¿Qué gloria hay para Dios y qué ventaja para uno, si uno reza un poco y luego deja vagar de nuevo sus pensamientos, o si hace alguna pequeña acción meritoria, como decir una plegaria haciendo cinco o diez reverencias, o invoca en un sincero suspiro el Nombre de Jesús, o se aplica a algún buen pensamiento, o se entrega a alguna lectura espiritual, o se abstiene de comer, o soporta alguna afrenta en silencio? -todo esto no le parece bastante para su total salvación, y cree que resulta infructuoso el hacerlo-. ¡No!, ninguno de estos pequeños actos es en vano, pues Dios, que todo lo ve, lo tendrá en cuenta y le dará una recompensa cien veces mayor, no sólo en la vida eterna, sino en esta vida. San Juan Crisóstomo afirma: «Ningún bien de cualquier clase, por insignificante que sea, será desdeñado por el recto Juez. Si los pecados son indagados con tal detalle que responderemos por las palabras, por los deseos y por los pensamientos, tanto más las buenas obras, por pequeñas que sean, serán tenidas en cuenta con todo detalle y contarán para nuestro mérito ante nuestro Juez lleno de amor.

»Le contaré un caso que yo mismo vi el año pasado. En el monasterio de Besarabia donde yo vivía, había un starets, un monje de santa vida. Un día, una tentación le asaltó. Sintió un gran deseo de comer pescado seco. Y como era imposible conseguirlo en el monasterio en aquel momento, proyectó ir al mercado y comprarlo. Durante largo rato luchó contra la idea, razonando que un monje debería contentarse con la comida habitual de que se provee a los hermanos y evitar a toda costa el caer en la gratificación de los propios deseos. Además, andar por el mercado, entre la muchedumbre, era también para un monje motivo de tentación y algo impropio para él. Al final, las mentiras del Enemigo le pudieron a sus razonamientos y él, rindiéndose a su propia obstinación, se decidió y salió a por el pescado. Después que hubo dejado el monasterio e iba por la calle, reparó en que no llevaba su rosario en la mano, y se puso a pensar: “¿Qué es esto de ir como un soldado sin su espada? Esto es muy impropio, y los laicos que me encuentren me criticarán y caerán en tentación, viendo a un monje sin su rosario.” Ya iba a volver para cogerlo, cuando, palpando en su bolsillo, vio que estaba allí. Lo sacó, se santiguó y, con su rosario en la mano, siguió tranquilamente. Cuando se aproximaba al mercado, vio a un caballo parado frente a una tienda con una gran carretada de enormes cubas. De repente, este caballo, asustándose por algún motivo, se desbocó con todos sus bríos y, con gran estampido de cascos, se fue derecho hacia él, rozándole el hombro y derribándolo al suelo, aunque sin hacerle mucho daño. Acto seguido, a dos pasos de él, la carga se volcó y el carro se hizo añicos. Él se incorporó rápidamente, por supuesto que bastante asustado, pero al mismo tiempo maravillado de cómo Dios había salvado su vida, ya que si la carga hubiese caído una fracción de segundo antes, él habría sufrido la misma suerte que el carro. Sin pensar más en ello, compró el pescado, volvió, se lo comió, rezó sus oraciones y se acostó.

»Tuvo un sueño ligero, y, en el mismo, un starets de aspecto afable, a quien no conocía, se le apareció y le dijo: “Escucha; yo soy el protector de esta casa y deseo instruirte para que comprendas y recuerdes la lección que se te ha dado. Fíjate: El débil esfuerzo que hiciste contra el sentimiento de placer y tu negligencia en comprender y en dominarte, dieron al Enemigo la oportunidad de atacarte. Él había dispuesto para ti esa bomba que explotó ante tus ojos. Pero tu ángel custodio lo previó, y te inspiró la idea de ofrecer una plegaria y el acordarte de tu rosario. Puesto que prestaste oídos a esta sugerencia, obedeciste y la pusiste en práctica, ello fue lo que te salvó de la muerte. ¿Ves el amor de Dios por los hombres, y Su generosa recompensa del menor acto de volverse hacia Él?” Diciendo esto, el starets de la visión desapareció rápidamente de la celda. El monje se postró a sus pies, y al hacerlo se despertó, encontrándose no en su cama sino arrodillado en el umbral de la puerta. Contó la historia de esta visión para el provecho espiritual de mucha gente, entre la que me contaba.

»Verdaderamente ilimitado es el amor de Dios por nosotros, pecadores. ¿No es maravilloso que una acción tan insignificante -sí, el simple hecho de sacar el rosario del bolsillo y llevarlo a la mano, e invocar una sola vez el Nombre de Dios- pueda dar la vida a un hombre, y que en la balanza de la Justicia, un instante de invocar a Jesucristo pueda pesar más que muchas horas de negligencia? He aquí, en verdad, el pago en oro por una minucia. ¿Ve, hermano, cuán poderosa es la plegaria, y cuánto, el Nombre de Jesús cuando le invocamos? Juan de Cárpatos dice en la Filocalía que cuando, en la oración de Jesús, invocamos el santo Nombre y decimos: “Ten piedad de mí, pecador”, a cada una de estas súplicas la Voz de Dios responde en secreto: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Y sigue diciendo que cuando decimos la Oración, no hay nada en ese momento que nos distinga de los santos, de los confesores y de los mártires. Puesto que, tal como dice San Juan Crisóstomo, “la plegaria, aun cuando estemos llenos de pecado al pronunciarla, inmediatamente nos purifica”. La amorosa benevolencia de Dios para con nosotros es grande; sin embargo, nosotros, pecadores, somos indiferentes y no estamos dispuestos a conceder ni una sola hora a Dios en acción de gracias, y trocamos el tiempo del rezo, que es lo más importante, por los cuidados y ajetreos de la vida cotidiana, olvidando a Dios y nuestro deber. Es por esta razón por la que nos encontramos a menudo con desgracias y calamidades, pero aun éstas son empleadas por la amantísima providencia de Dios para nuestra instrucción y para que volvamos nuestros corazones hacia Él.

Cuando el comerciante hubo terminado su plática, yo le dije:

-¡Qué consuelo habéis llevado a mi alma pecadora, también, vuesa merced! Me prosternaría a vuestros pies.

Oyendo esto, él se puso a hablarme así:

-Ah, parece que eres amante de las historias piadosas. Espera pues; voy a leerte otra parecida a la que le he contado a él. Tengo aquí un libro con el que viajo llamado Agapia o «La Salvación de los Pecadores», que contiene muchas cosas admirables.

Sacó el libro de su bolsillo y empezó a leer una historia muy hermosa sobre un tal Agathonik, un hombre devoto, quien desde su infancia había sido enseñado por sus piadosos padres a rezar cada día delante del icono de la Madre de Dios la oración que empieza por Regocíjate, doncella encinta de Dios, y así lo hacía siempre. Más tarde, cuando creció e inició su propia vida, se vio absorbido por los cuidados y ajetreos de la vida y sólo rara vez rezaba la oración, hasta que la abandonó totalmente.

«Un día dio alojamiento para la noche a un peregrino, quien le contó que era un eremita de la Tebaida, y que había tenido una visión en la que se le ordenaba ir a un tal Agathonik y reprenderle por haber abandonado la oración a la Madre de Dios. Agathonik dijo que la razón era que había rezado la oración durante muchos años sin observar ningún resultado en absoluto. Entonces, el eremita le dijo: “Recuerda, ciego y desagradecido, cuántas veces esta oración te ha auxiliado y te ha evitado una desgracia. Recuerda cómo, en tu juventud, fuiste prodigiosamente salvado de ahogarte. ¿No recuerdas cómo una epidemia se llevó a muchos de tus amigos a la tumba y tú conservaste la salud? ¿Recuerdas cuando, viajando con un amigo, ambos caísteis de la carreta y él se rompió una pierna mientras que tú saliste ileso? ¿No sabes bien que un joven conocido tuyo, que gozaba de buena salud y era fuerte, yace ahora enfermo y débil, mientras que tú estás sano y no sufres dolor alguno?” Y le recordó a Agathonik muchas otras cosas. Al fin, dijo: “Has de saber que todos estos males te fueron conjurados por la protección de la santísima Madre de Dios, gracias a esa corta oración con la que elevabas diariamente tu corazón a la unión con Dios. Vigila ahora; continúa con ella y no dejes de alabar a la Reina del Cielo, no fuese que ella te desamparase”.»

Cuando hubo terminado de leer, nos llamaron a comer, después de lo cual, sintiéndonos con fuerzas renovadas, dimos las gracias a nuestro posadero y emprendimos la marcha. Nos separamos, y cada uno tomó por donde estimó mejor.

Anduve unos cinco días, alentado por el recuerdo de las anécdotas que había oído del buen comerciante de Bielaya Tcherkov, y ya me estaba aproximando a Kiev. De pronto, y sin motivo alguno, empecé a sentirme desanimado y triste, y mis pensamientos se hicieron sombríos y depresivos. La Oración salía con dificultad, y una especie de indolencia se apoderó de mí. En esto, viendo un bosque de espesa maleza al lado del camino, me introduje en él para descansar un poco, buscando un sitio retirado donde sentarme bajo un arbusto y leer mi Filocalía, para estimular así a mí débil espíritu y confortar a mi ánimo medroso. Hallé un lugar tranquilo, y empecé a leer a Juan Casiano, en la cuarta parte de la Filocalía -sobre los Ocho Pensamientos-. Cuando llevaba leyendo felizmente una media hora, reparé inesperadamente en la figura de un hombre a unos cien metros de allí y más hacia el interior del bosque. Estaba arrodillado y absolutamente inmóvil. Me alegré de ver esto, pues colegí, naturalmente, que estaba rezando, y me puse a leer de nuevo. Seguí leyendo durante una hora o algo más, y luego levanté otra vez la mirada. El hombre seguía arrodillado allí y no se movía. Todo esto me impresionó mucho y pensé: «¡Qué servidores de Dios tan devotos hay!»

Mientras yo le estaba dando vueltas a esto, el hombre cayó de pronto al suelo y quedó tumbado, inmóvil. Esto me sobresaltó, y como no había visto su cara, ya que había estado arrodillado de espaldas a mí, sentí curiosidad por ir a ver quién era. Cuando llegué hasta él, lo encontré durmiendo ligeramente. Era un chico de campo, un mozo de unos veinticinco años. Tenía un rostro agradable, bien parecido, pero pálido. Vestía un caftán de campesino con una soga como cinturón. No había en él nada más de particular. No tenía kotomka (2) y ni tan sólo un bastón. El ruido de mi llegada le despertó, y se levantó. Le pregunté quién era, y me dijo que era un campesino del Estado, de la provincia de Smolensko, y que venía de Kiev.

-¿Y adónde vas ahora? -le pregunté.

-Yo mismo no sé adónde va a conducirme Dios -respondió.

-¿Hace mucho que dejaste tu casa?

-Sí; más de cuatro años.

-¿Y dónde has vivido todo este tiempo?

-He estado yendo de santuario en santuario, y a monasterios e iglesias. No tenía objeto el permanecer en casa. Soy huérfano y no tengo parientes. Además, tengo un pie lisiado. Voy, pues, errante por el mundo.

-Alguna persona temerosa de Dios debe haberte enseñado, según parece, no a ir vagando por ahí, sino a visitar santos lugares -dije.

-Sí, veréis -respondió-. No teniendo ni padre ni madre, yo solía ir de niño con los pastores de nuestra aldea, y todo transcurrió felizmente hasta que tuve diez años. Entonces, un día traje el rebaño a casa sin reparar en que el mejor carnero del starosta (3) no estaba entre ellos. Y nuestro starosta era un hombre malo e inhumano. Cuando llegó a casa aquella tarde y vio que su carnero se había perdido, se precipitó hacia mí con insultos y amenazas. Si yo no iba y encontraba al carnero, juró que me molería a golpes, y dijo: «Te romperé los brazos y las piernas.» Sabiendo lo cruel que era, salí tras el carnero, recorriendo los lugares donde el rebaño había pacido durante el día. Busqué y busqué durante más de media noche, pero no había ni rastro de él por ninguna parte. Y era una noche muy oscura, además, pues ya se acercaba el otoño. Cuando ya me había adentrado mucho en el bosque (y en nuestra región los bosques son interminables), una tormenta se desencadenó de repente. Parecía como si todos los árboles danzasen. A lo lejos, los lobos comenzaron a aullar. Me entró tal terror que los cabellos se me erizaron. Todo se hacía cada vez más horrible, tanto es así que estuve a punto de desplomarme de miedo y horror. Entonces, caí de rodillas, me santigüé, y con todo mi corazón, dije: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí.» Tan pronto como hube dicho esto, me sentí absolutamente tranquilo y como si no hubiese pasado ninguna angustia. Todo mi miedo desapareció, y me sentí tan feliz en mi corazón como si hubiese sido transportado al cielo.

Esto me hizo tan dichoso que, bueno, ya no paré de repetir la Oración. Aun hoy no sé si la tormenta duró mucho, ni cómo se fue la noche. Cuando levanté la vista, el día ya llegaba, y yo aún estaba allí arrodillado en el mismo lugar. Me incorporé tranquilamente, vi que ya no iba a encontrar al carnero, y me fui a casa. Pero ahora todo estaba bien en mi corazón, y repetía la Oración a más no poder. Tan pronto como llegué a la aldea, el starosta vio que no había traído al carnero y me apaleó hasta dejarme medio muerto; me dejó este pie fuera de sitio, ¿veis? Tuve que guardar cama seis semanas, casi sin poder moverme, a resultas de esta paliza. Todo lo que sabía era que seguía repitiendo la Oración, y que esto me consolaba. Cuando me recobré un poco, me fui a vagar por el mundo, y puesto que ir dando de empellones por entre la multitud no me interesaba, a la par que suponía mucha ocasión de pecado, recurrí a ir errante de un lugar santo a otro, y también por los bosques. Así es como he pasado casi cinco años ya.

Cuando hube escuchado esto, mi corazón se alegró por haberme Dios creído digno de encontrar un hombre tan bueno, y le pregunté:

-¿Y te sirves todavía a menudo de la Oración?

-No podría existir sin ella -respondió–. Sólo con que recuerde cómo me sentí aquella primera vez en el bosque, es como si alguien me hiciese arrodillar, y me pongo a rezar. No sé si mi oración pecadora complace a Dios o no, ya que, cuando rezo, a veces siento una gran felicidad (el porqué no lo sé), una ligereza de espíritu, una especie de gozosa quietud; pero, en otros casos, siento una melancólica tristeza y un abatimiento del ánimo. A pesar de todo, quiero seguir rezando siempre, hasta la muerte.

-No te aflijas, querido hermano. Todo complace a Dios y sirve a nuestra salvación, todo, pase lo que pase durante la oración. Así lo dicen los Santos Padres. Tanto si hay alegría del corazón como tristeza, todo está bien. Ninguna oración, buena o mala, se malogra ante los ojos de Dios. La alegría y el fervor muestran que Dios nos recompensa y nos consuela por el esfuerzo, mientras que la tristeza y la sequedad indican que Dios nos purifica y nos fortalece el alma, y que por esta prueba salutífera la salva, preparándola en la humildad para el goce de la dicha bendita en el futuro. Como prueba de esto, te leeré algo que escribió San Juan Clímaco.

Encontré el pasaje y se lo leí. Lo escuchó hasta el final con atención y le gustó, dándome muchas gracias por ello. Y de este modo, nos separamos. Él se marchó derecho hacia lo más profundo del bosque, y yo volví al camino. Seguí mi ruta, dando gracias a Dios por considerarme apto, pecador como soy, de recibir tal enseñanza.

Al día siguiente, con la ayuda de Dios, llegué a Kiev. Lo primero y más importante que quería hacer era ayunar un poco y confesarme y comulgar en esa santa ciudad. Así que me detuve cerca de los Santos (4), ya que así era más fácil para ir a la iglesia. El bueno de un cosaco me acogió, y como él vivía solo en su cabaña, encontré allí paz y tranquilidad. Al cabo de una semana, en la que me había preparado para la confesión, me vino a la cabeza que debería hacerla cuanto más detallada mejor. Así que me puse a traer al recuerdo y a repasar por completo todos los pecados desde mi juventud en adelante. Y con el fin de no olvidar ninguno, puse por escrito, y con todo detalle, todo lo que pude recordar. Llené con ello una gran hoja de papel.

Me enteré de que en Kitaevaya Pustina, a unas siete verstas de Kiev, había un sacerdote de vida ascética, que era muy sabio y comprensivo. Quienquiera que acudiese a él en confesión, encontraba un ambiente de tierna compasión, y se marchaba con enseñanza para su salvación y desahogo de espíritu. Me alegré mucho al enterarme de esto, y me fui hacia allí en seguida. Después que hube pedido su consejo, y hubimos hablado un rato, le di a leer mi hoja de papel. La leyó por entero, y luego dijo:

-Querido amigo, mucho de lo que has escrito es absolutamente fútil. Escucha: Primero: no traigas a confesión pecados de los que ya te hayas arrepentido y te hayan sido perdonados; no vuelvas sobre ellos de nuevo, puesto que esto sería dudar de la fuerza del sacramento de la penitencia. Segundo: no hagas memoria de otra gente que haya tenido relación con tus pecados; júzgate sólo a ti. Tercero: los Santos Padres nos prohiben mencionar todas las circunstancias de los pecados, y nos ordenan confesarnos de ellos en general, a fin de evitar la tentación tanto para nosotros mismos como para el sacerdote. Cuarto; has venido para arrepentirte, y no te arrepientes de que no sepas arrepentirte, esto es, de que tu arrepentimiento sea tibio y negligente. Quinto: has repasado todos estos detalles, pero has pasado por alto lo más importante: No has revelado los pecados más graves de todos. No has confesado, ni anotado, que no amas a Dios, que odias a tu prójimo, que no crees en la Palabra de Dios, y que estás henchido de orgullo y de ambición. Una inmensa cantidad de maldad, y toda nuestra perversión espiritual, residen en estos cuatro pecados. Ellos son las raíces de las que brotan los retoños de todos los pecados en que caemos.

Quedé muy sorprendido al oír esto, y dije:

-Perdón, Reverendo Padre, pero ¿cómo es posible no amar a Dios, nuestro Creador y nuestro Guarda? ¿Qué hay en que creer sino la Palabra de Dios, en la que todo es verdadero y santo? Yo quiero bien a todos mis semejantes, ¿y por qué iba a odiarlos? No tengo nada de que enorgullecerme; además de tener innumerables pecados, no tengo nada digno de ser ensalzado, ¿y qué podría yo codiciar, con mi pobreza y con mi mala salud? Naturalmente, si yo fuese un hombre culto, o rico, entonces sin duda sería culpable de las cosas de que habláis.

-Es una lástima, querido, que comprendieras tan poco de lo que dije. Mira, vas a aprender más deprisa si te doy estas notas. Es lo que siempre uso para mi propia confesión. Leelas de cabo a rabo, y tendrás, de forma lo bastante clara, una muestra exacta de lo que te acabo de decir.

Me dio las notas, y me puse a leerlas. Helas aquí:

 

«CONFESION QUE CONDUCE AL HOMBRE INTERIOR A LA HUMILDAD

»Volviendo la mirada atentamente sobre mí mismo, y observando el curso de mi estado interior, he comprobado por experiencia que no amo a Dios, que no amo a mis semejantes, que no tengo fe, y que estoy lleno de orgullo y de sensualidad. Todo esto lo descubro realmente en mí como resultado del examen minucioso de mis sentimientos y de mi conducta, de este modo:

»1. No amo a Dios. -Puesto que si amase a Dios, estaría continuamente pensando en Él con profundo gozo. Cada pensamiento de Dios me daría alegría y deleite. Por el contrario, pienso mucho más a menudo, y con mucho más anhelo, en las cosas terrenales, y el pensar en Dios me resulta fatigoso y árido. Si amase a Dios, hablar con Él en la oración sería entonces mi alimento y mi deleite, y me llevaría a una ininterrumpida comunión con Él. Pero, por el contrario, no sólo no encuentro deleite en la oración, sino que incluso representa un esfuerzo para mí. Lucho con desgana, me debilita la pereza, y estoy siempre dispuesto a ocuparme con afán en cualquier fruslería, con tal de que acorte la oración y me aparte de ella. El tiempo se me va sin advertirlo en ocupaciones vanas, pero cuando estoy ocupado con Dios, cuando me pongo en Su presencia, cada hora me parece un año. Quien ama a otra persona, piensa en ella todo el día sin cesar, se la representa en la imaginación, se preocupa por ella, y en cualquier circunstancia no se le va nunca del pensamiento. Pero yo, a lo largo del día apenas si reservo una hora para sumirme en meditación sobre Dios, para inflamar mi corazón con amor por Él, mientras que entrego con ansia veintitrés horas como fervorosas ofrendas a los ídolos de mis pasiones. Soy pronto a la charla sobre asuntos frívolos y cosas que desagradan al espíritu; eso me da placer. Pero cuando se trata de la consideración de Dios, todo es aridez, fastidio e indolencia. Aun cuando sea llevado sin querer por otros hacia una conversación espiritual, rápidamente intento cambiar el tema por otro que dé satisfacción a mis deseos. Tengo una curiosidad incansable por las novedades, sean acontecimientos ciudadanos o asuntos políticos. Busco con ahínco la satisfacción de mi amor por el conocimiento en la ciencia y en el arte, y en la manera de obtener cosas que quiero poseer. Pero el estudio de la Ley de Dios, el conocimiento de Dios y de la religión, no me causan efecto, y no sacian ningún apetito de mi alma. Veo estas cosas no sólo como una ocupación no esencial para un cristiano, sino ocasionalmente como una especie de cuestión secundaria en que ocupar quizá el ocio, a ratos perdidos. Para resumir: Si el amor a Dios se reconoce por la observancia de sus mandamientos (Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, dice Nuestro Señor Jesucristo), y yo no sólo no los guardo sino que incluso lo procuro poco, se concluye verdaderamente que no amo a Dios, Esto es lo que Basilio el Grande dice: “La prueba de que un hombre no ama a Dios y a Su Cristo está en el hecho de que no guarda Sus mandamientos.”

»2. No amo tampoco a mi prójimo. -Puesto que no sólo soy incapaz de decidirme a entregar mi vida por él (conforme a lo que dice el Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad, mi bienestar y mi paz por el bien de mis semejantes. Si lo amase tanto como a mí mismo, como manda el Evangelio, sus infortunios me afligirían a mí también, e igualmente me deleitaría con su felicidad. Pero, por el contrario, presto oídos a extrañas e infortunadas historias sobre mi prójimo, y no siento pena; me quedo imperturbable o, lo que es peor, encuentro en ello un cierto placer. No sólo no cubro con amor la mala conducta de mi hermano, sino que la proclamo abiertamente con censura. Su bienestar, su honor y su felicidad no me causan placer como si fueran míos y, al igual que si se tratase de algo absolutamente ajeno a mí, no me proporcionan ningún sentimiento de dicha. Lo que es más, ellos despiertan en mí, de forma sutil, sentimientos de envidia o de menosprecio.

»3. No tengo fe. -Ni en la inmortalidad ni en el Evangelio. Si estuviera firmemente persuadido y creyese sin ninguna duda que más allá de la tumba se encuentra la vida eterna y la recompensa por las acciones de esta vida, pensaría en ello continuamente. La idea misma de la inmortalidad me aterraría, y haría que me condujese en esta vida como un extranjero que se dispone a penetrar en su tierra natal. Por el contrario, ni siquiera pienso en la eternidad, y veo el fin de esta vida terrena como el limite de mi existencia. Y esta secreta idea anida en mi interior: “¿Quién sabe lo que ocurre a la muerte?” Si digo que creo en la inmortalidad, hablo entonces sólo por mi entendimiento, pues mi corazón está muy lejos de una firme convicción de ello. Esto lo atestiguan abiertamente mi conducta y mi continua solicitud en dar satisfacción a la vida de los sentidos. Si mi corazón acogiese con fe el Santo Evangelio como la Palabra de Dios, yo estaría ocupado continuamente con él, lo estudiaría, hallaría deleite en él y pondría con toda devoción mi atención en él. En él se ocultan la sabiduría, la clemencia y el amor; él me llevaría a la felicidad, y yo encontraría gran gozo en estudiar la Ley de Dios día y noche. En él encontraría yo alimento, como mi pan cotidiano, y mi corazón sería movido a guardar sus leyes. Nada en el mundo sería lo bastante fuerte como para apartarme de él. Por el contrario, si de vez en cuando leo o escucho la Palabra de Dios, es tan sólo por necesidad o por un interés general por el saber, y al no prestarle una atención estrecha, la encuentro sosa y sin ningún interés. Por lo general, llego al término de la lectura sin sacar ningún provecho, y más que dispuesto a cambiar a una lectura mundana, en la que obtengo mayor placer y encuentro temas nuevos e interesantes.

»4. Estoy lleno de orgullo y de sensual amor por mí mismo. -Todas mis acciones lo confirman. Viendo algo bueno en mí mismo, quiero mostrarlo o enorgullecerme de ello ante otra gente, o admirarme yo mismo interiormente por ello. Si bien revelo una humildad exterior, con todo la atribuyo por entero a mis propias fuerzas y me considero superior a los demás, o por lo menos no peor que ellos. Si yo observo en mí una falta, trato de excusarla, y la disimulo diciendo: “Estoy hecho así,” o “no es mía la culpa”. Me enfurezco con los que no me tratan con respeto y los considero incapaces de apreciar la valía de las personas. Voy jactándome de mis dotes, y tomo como un insulto personal mis tropiezos en cualquier empresa. Murmuro, y encuentro placer en el infortunio de mis enemigos. Si me empeño por algo bueno es sólo con el propósito de ganar admiración, o autocomplacencia espiritual, o consuelo mundano. En una palabra: Hago de mí continuamente un ídolo y le presto servicio ininterrumpidamente, buscando en todo el placer de los sentidos y el sustento para mis pasiones sensuales y mis apetitos.

»Examinando todo esto, me veo arrogante, espurio, incrédulo, sin amor a Dios y con odio hacia mis semejantes. ¿Qué condición podría ser más culpable? La de los espíritus de las tinieblas es mejor que la mía. Ellos, aunque no aman a Dios, odian a los hombres y viven de orgullo, por lo menos creen y tiemblan. Pero en cuanto a mí, ¿puede haber una condena más terrible que la que me espera? ¿Y qué sentencia de castigo será más severa que la que recaerá sobre la vida de indiferencia y de desatino que reconozco en mí?»

Leyendo por entero este modelo de confesión que el sacerdote me había dado, quedé horrorizado y pensé para mí: «¡Dios mío! Qué pecados tan espantosos se esconden dentro de mí, y yo sin haber reparado nunca en ellos! » El deseo de verme limpio de ellos me hizo rogar a este gran padre espiritual que me enseñase cómo conocer las causas de todos estos males y cómo curarlos. Y él se puso a instruirme.

-Mira, querido hermano. La causa de no amar a Dios es falta de fe; la falta de fe viene motivada por la carencia de convicción; y la causa de ésta es el descuido en la búsqueda del saber santo y verdadero, la indiferencia hacia la luz del espíritu. En una palabra: Si no tienes fe, no puedes amar; si no tienes convicción, no puedes tener fe; y para alcanzar la convicción debes obtener un conocimiento pleno y exacto de la cuestión que tienes delante. Por la meditación, por el estudio de la Palabra de Dios y por la observación de tu experiencia, debes despertar en tu alma un ansia y un anhelo (o, como algunos lo llaman, una «admiración») que te proporcione un deseo insaciable de conocer las cosas más de cerca y más plenamente, y de penetrar más en su naturaleza.

Un autor espiritual habla de ello de este modo: «El amor, dice, crece por lo general con el conocimiento, y cuanto mayor es la hondura y la extensión del conocimiento tanto más amor habrá, más fácilmente se ablandará el corazón y se abrirá al amor de Dios, a medida que contemple con diligencia toda la plenitud y belleza de la naturaleza divina y su ilimitado amor por los hombres.»

Ahora ves, pues, que la causa de aquellos pecados que tú leíste es la pereza en pensar sobre cosas espirituales, pereza que ahoga el sentimiento mismo de la necesidad de tal reflexión. Si quieres saber cómo superar este mal, combate por la iluminación de tu espíritu con todos los medios en tu poder, y lógralo por el estudio aplicado de la Palabra de Dios y la de los Santos Padres, con la ayuda de la meditación y del consejo espiritual, y por la conversación de aquellos que son sabios en Cristo. ¡Ah, querido hermano, con cuánto infortunio nos tropezamos sólo por culpa de nuestra desidia en buscar luz para nuestras almas en la Palabra de verdad! No estudiamos la Ley de Dios día y noche, y no pedimos por ella con diligencia y sin cesar. Y a causa de esto, nuestro hombre interior, indigente, pasa hambre y frío, de tal modo que no tiene fuerzas para dar un paso resuelto hacia adelante en el camino de la virtud y de la salvación. Así que, querido, tomemos la resolución de hacer uso de estos métodos, y de llenar nuestras mentes lo más a menudo posible con pensamientos de cosas celestiales, y el amor, derramado desde lo alto en nuestros corazones, se inflamará dentro de nosotros. Haremos esto juntos, y rezaremos tan a menudo como podamos, pues la oración es el medio capital y más poderoso para nuestra regeneración y nuestra felicidad. Rezaremos en los términos que la Santa Iglesia nos enseña: «Oh Dios, hazme capaz de amarte ahora como he amado el pecado en el pasado» (5).

Escuché todo esto con atención. Profundamente conmovido, pedí a este Padre santo que escuchase mi confesión y me administrase la comunión. Y a la mañana siguiente, después del don de mi comunión, me disponía a volver a Kiev con este bendito viático. Pero el buen Padre, que se iba a la laura por un par de días, me retuvo en su celda de ermitaño por este período de tiempo, a fin de que en el silencio de la misma, pudiese yo entregarme a la oración sin estorbos. Y, en efecto, pasé esos dos días como si estuviera en el cielo. Por las plegarias de mi starets, yo, indigno de mí, gozaba en perfecta paz. La oración se derramaba por mi corazón tan fácil y tan felizmente, que durante aquel tiempo creo que me olvidé de todo, incluso de mí; en mi pensamiento no estaba más que Jesucristo, y sólo Él.

Al fin, el sacerdote volvió, y yo le pedí su guía y su consejo sobre adónde ir ahora en mi ruta de peregrino. Me dio su bendición, diciendo: «Ve a Pochaev, inclínate allí ante la milagrosa Huella (6) de la purísima Madre de Dios, y Ella guiará tus pasos por el camino de la paz.»

Así pues, siguiendo con fe su consejo, tres días más tarde partí para Pochaev.

Durante unas doscientas verstas no viajé nada feliz, ya que el camino se extendía a través de tabernuchos y de aldeas de judíos, y raramente me encontraba con alguna morada cristiana. En una heredad, observé la presencia de una posada de cristianos rusos, y me alegré por ello. Entré para pasar la noche y pedir también un poco de pan para el viaje, pues mis galletas se estaban terminando. Vi al patrón, un anciano de aspecto acomodado quien, según supe, procedía de la misma provincia que yo, la de Orlov. En seguida que entré en la pieza, su primera pregunta fue esta:

-¿Cuál es tu religión?

Yo respondí que era cristiano, y pravoslavny (7).

-¡Sí, pravoslavny! -dijo riendo-. Vosotros sois pravoslavny sólo de palabra; en acciones no sois más que paganos. Lo conozco todo de vuestra religión, hermano. Un sacerdote ilustrado me tentó una vez y lo probé. Me incorporé a vuestra Iglesia, y permanecí en ella durante seis meses, después de los cuales volví a los usos de nuestra comunidad. Unirse a vuestra Iglesia no es más que un engaño. Los lectores mascullan el oficio divino de cualquier modo, con cosas que no oyes y otras que no puedes entender. Y el canto no es mejor que el que oyes en una taberna. Y la gente, están todos en un montón, hombres y mujeres juntos; hablan durante el culto, se vuelven, pasean la mirada, andan de un lado para otro, y no te dejan ni paz ni tranquilidad para rezar tus oraciones. ¿Qué tipo de culto es ése? ¡No es más que un pecado! Mientras que con nosotros, el culto sí que es devoto; puedes oír lo que se dice, sin perder detalle; el canto es muy emocionante, y la gente está en silencio, los hombres a un lado y las mujeres al otro, y todo el mundo sabe qué reverencia hacer y cuándo, según lo que ordena la Santa Iglesia. Cuando entras en una de nuestras iglesias sientes, real y verdaderamente, que te has acercado al culto de Dios; pero en una de las vuestras, ¡uno no sabe dónde se ha metido, si en la iglesia o en el mercado!

Por todo esto comprendí que el anciano era un porfiado raskolnik. Pero hablaba de forma tan plausible, que yo no podía discutir con él ni convertirle. Sólo pensé para mí que sería imposible convertir a los «viejo-creyentes» a la verdadera iglesia hasta que los servicios religiosos no fuesen corregidos entre nosotros, y hasta que el clero en particular no diese el ejemplo en ello. El raskolnik no sabe nada de la vida interior; él se apoya en lo externo, y es en esto en lo que nosotros somos descuidados.

Así que deseaba irme de allí, y ya había salido al vestíbulo, cuando vi, con sorpresa, a través de la puerta abierta de una habitación privada, a un hombre que no parecía ruso; estaba tendido en la cama, y leía un libro. Me llamó por señas, y me preguntó quién era. Se lo dije, y entonces habló así:

-Escucha querido amigo: ¿No aceptarías cuidar de un enfermo, digamos una semana, hasta que, con la ayuda de Dios, me mejore? Soy griego, y monje del monte Athos. He venido a Rusia a recoger limosnas para mi monasterio, y a la vuelta he caído enfermo, de tal manera que no puedo andar de dolor en las piernas. Así que he tomado esta habitación aquí. ¡No digas que no, siervo de Dios! Te pagaré.

-No hay ninguna necesidad de que me pagues. Te cuidaré con mucho gusto tan bien como pueda, en el nombre de Dios.

Permanecí con él, pues. De él escuché mucho sobre lo que atañe a la salvación de nuestras almas. Me habló de Athos, la Montaña Santa, de los grandes podvizhniki (8) que hay allí, y de los muchos ermitaños y anacoretas. Tenía con él un ejemplar de la Filocalía en griego, y un libro de Isaac el Sirio. La leímos juntos y comparamos la traducción eslava de Paisius Velichkovsky con el original griego. Él declaró que sería imposible traducir del griego con más exactitud y fidelidad que como con la Filocalía lo había hecho Paisius el eslavo.

Al darme cuenta que él estaba siempre en oración, y que era muy versado en la plegaria interior del corazón, y dado que hablaba ruso perfectamente, le consulté sobre esta cuestión. Él me explicó de buena gana mucho acerca de ello, y yo escuché con atención e incluso anoté muchas de las cosas que dijo. Así, por ejemplo, me habló de la excelencia y la grandeza de la Oración del Nombre de Jesús, en estos términos:

-Incluso la forma misma de la Oración del Nombre de Jesús -dijo- demuestra cuán grande es esta plegaria. Se compone de dos partes. En la primera, esto es, Señor Jesucristo, Hijo de Dios, conduce nuestros pensamientos hacia la vida de Jesucristo o, como dicen los Santos Padres, es un compendio de todo el Evangelio. La segunda parte, ten piedad de mí, pecador, nos enfrenta con la realidad de nuestra propia impotencia y culpa. Y hay que advertir que el anhelo y la súplica de un alma pobre, pecadora y humilde no puede ponerse en palabras de forma más sabia, más clara y más exacta que en ésta: Ten piedad de mí. Ninguna otra ordenación de palabras sería tan satisfactoria y completa como ésta. Si uno dijera, por ejemplo, Perdóname, quita mis pecados, límpiame de mis transgresiones, borra mis ofensas, todo esto expresaría sólo una petición, la de verse libre del castigo, temor de un alma apocada y lánguida. Pero decir Ten piedad de mí implica no sólo el deseo de perdón que parte del miedo, sino que se trata de la súplica sincera del amor filial, que pone su esperanza en la misericordia de Dios, y reconoce humildemente que es demasiado débil para doblegar a su propia voluntad y mantener una cuidadosa vigilancia sobre sí mismo. Es una llamada a la misericordia, es decir, a la gracia, que se manifestará en el don por parte de Dios de la fuerza que nos permite resistir a la tentación y superar nuestras inclinaciones pecaminosas. Es como un deudor sin dinero que pide a su benigno acreedor no sólo que le condone la deuda sino que se compadezca también de su extrema pobreza y le dé una limosna; esto es lo que estas profundas palabras (Ten piedad de mí) expresan. Es como decir: «Dios misericordioso, perdona mis pecados y ayúdame a corregirme; despierta en mi alma un fuerte impulso a seguir Tus mandatos. Dispensa Tu gracia en el perdón de mis pecados presentes, y para que dirija hacia Ti solo mi mente, mi voluntad y mi corazón negligentes.»

Me maravillé de la sabiduría de sus palabras, y le di las gracias por instruir a mi alma pecadora, y él continuó enseñándome otras cosas admirables.

-Si quieres -dijo (y yo le tomé en cierto modo por un erudito, pues dijo haber estudiado en la Academia de Atenas)- continuaré, hablándote del tono en que se dice la Oración. Yo he tenido ocasión de oír a muchos cristianos temerosos de Dios rezarla oralmente tal como la Palabra de Dios les ordena, y de conformidad con la Tradición de la Santa Iglesia. La usan tanto en sus oraciones privadas como en la iglesia. Si escuchas atentamente, y en intimidad, esta queda recitación de la Oración, puedes advertir para tu provecho espiritual que el tono de la voz varía en distintas personas. Así pues, algunos ponen énfasis en la primera palabra de la Oración y dicen Señor Jesucristo, y luego completan el resto en un tono llano. Otros empiezan la Oración con voz uniforme y cargan el acento en mitad de la Oración, sobre la palabra Jesús, como si fuera una exclamación, y concluyen, de nuevo, en el mismo tono que al inicio. Otros, aun, empiezan la Oración y la continúan sin poner ningún énfasis hasta que llega a las últimas palabras, Ten piedad de mí, donde levantan sus voces en rapto. Y algunos dicen toda la Oración con todo el énfasis puesto en la frase Hijo de Dios.

Ahora, escucha. La Oración es una y la misma. Los cristianos ortodoxos sostienen una única profesión de fe. Y es noción común a todos ellos que esta Oración, sublime entre todas, incluye dos cosas: El Señor Jesús y la llamada a Él. Esto se sabe que es igual para todos. ¿Por qué, entonces, no todos lo expresan del mismo modo, es decir, por qué no en el mismo tono? ¿Por qué el alma ruega de forma particular, y se expresa con particular énfasis, no en el mismo lugar para todos, sino en un determinado lugar para cada uno? Muchos dicen que esto es quizá el resultado de la costumbre o de la imitación de otros, o que depende del modo de comprender las palabras que corresponde al punto de vista particular, o finalmente que es sólo tal como le sale con más facilidad y naturalidad a cada persona. Pero yo pienso de forma muy distinta acerca de ello. Me gusta buscar en ello algo más elevado, algo desconocido no sólo para el oyente sino incluso también para la persona que reza. ¿No habrá en esto un impulso misterioso del Espíritu Santo, que aboga en nosotros con gemidos inefables en aquellos que no saben cómo ni sobre qué rezar? Y si es por el Espíritu Santo, como dice el Apóstol, por el que cada uno invoca el Nombre de Jesucristo, el Espíritu Santo, que obra en secreto y da una oración al que reza, puede también dispensar Su benéfico don sobre todos, a pesar de su falta de fortaleza. A uno le concede el temor reverencial de Dios; a otro, el amor; a otro, la firmeza en la fe; y a otro, la humildad. Y así con todos.

Si esto es así, entonces quien ha recibido el don de reverenciar y alabar el poder del Todopoderoso acentuará con especial sentimiento en sus oraciones la palabra Señor, en la que siente la grandeza y el poder del Creador. El que ha recibido la secreta efusión de amor en su corazón, se transporta en rapto y se llena de alegría al exclamar Jesucristo, del mismo modo que cierto starets que no podía oír el Nombre de Jesús sin experimentar un extraordinario desbordamiento de amor y de gozo, aun en conversación normal. El inquebrantable creyente en la Divinidad de Jesucristo, consustancial al Padre, se inflama de fe aún más ardiente al decir las palabras Hijo de Dios. Uno que haya recibido el don de la humildad y sea profundamente consciente de su propia flaqueza, se arrepiente y se humilla a las palabras ten piedad de mí, y vuelca su corazón más efusivamente en estas últimas palabras de la Oración. Este abriga esperanzas en la amorosa benevolencia de Dios, y aborrece su propia caída en el pecado. He aquí, en mi opinión, las causas de los distintos tonos en que la gente dice la Oración del Nombre de Jesús. Y gracias a esto puedes advertir al escuchar, para gloria de Dios y para tu propia instrucción, qué emoción particular mueve a cada uno, cuál es el don espiritual que cada persona posee. Numerosa gente me ha dicho sobre este particular: «¿Por qué todos estos signos de dones espirituales ocultos no aparecen juntos y reunidos? Entonces, no sólo una, sino cada palabra de la Oración estaría impregnada del mismo tono de arrebato.» Yo contesto de este modo: «Dado que la Gracia de Dios distribuye sus dones con sabiduría a cada hombre por separado, según su fortaleza, tal como vemos en la Sagrada Escritura, ¿quién puede descubrir con su limitado entendimiento y penetrar en los designios de la Gracia? ¿No está acaso la arcilla totalmente en manos del alfarero, y no puede éste acaso hacer con ella una cosa u otra?»

Pasé cinco días con este starets, y su salud mejoró mucho. Este período fue de tal provecho para mí, que ni siquiera advertí lo rápido que pasó. Pues en esa pequeña habitación, en tranquila reclusión, no nos ocupamos en otra cosa más que en invocar en silencio el Nombre de Jesús o en hablar sobre el mismo tema, la oración interior.

Un día, un peregrino vino a vernos. Se quejaba amargamente de los judíos y los insultaba. Había andado por sus pueblos y había tenido que soportar su enemistad y su fullería. Su resentimiento contra ellos era tal, que los maldecía, llegando a decir que no merecían vivir a causa de su obstinación e incredulidad. Finalmente, dijo que sentía tal aversión por ellos que no podía controlarla en absoluto.

-No tienes ningún derecho, amigo -dijo el starets– a insultar y maldecir a los judíos de este modo. Dios los hizo a ellos como nos hizo a nosotros. Deberías apenarte por ellos y rogar por ellos, no maldecirlos. Créeme, el desagrado que sientes por ellos proviene del hecho de que tú no estás fundamentado en el amor de Dios y no tienes oración interior como afianzamiento, y careces, por tanto, de paz interior. Te leeré un pasaje de los Santos Padres acerca de esto. Escucha, esto es lo que escribe Marcos el Asceta: «El alma que está unida interiormente con Dios se vuelve, por ser tan grande su gozo, como un niño bondadoso e ingenuo, y ya no condena a nadie, sea griego, pagano, judío o pecador, sino que los contempla a todos por igual con mirada pura; halla gozo en el mundo entero, y quiere que todos griegos, judíos y gentiles glorifiquen a Dios.» Y Macario el Grande, de Egipto, dice que el contemplativo «arde con un amor tan grande que si fuese posible él haría de su interior una morada para todos, sin hacer distinciones entre buenos y malos». Aquí ves, querido hermano, lo que los Santos Padres piensan de ello. Así que yo te aconsejo que dejes de lado tu fiereza, y mires a todo considerando que está bajo la omnisciente Providencia de Dios, y que cuando te tropieces con vejaciones, te acuses a ti mismo en particular de falta de paciencia y humildad.

Por fin, pasó más de una semana y mi starets se repuso. Le di las gracias con todo mi corazón por toda la bendita enseñanza que me había dado, y nos despedimos. Él partió para su patria, y yo inicié la ruta que había planeado. Ya empezaba a aproximarme a Pochaev, y no habría hecho más de cien verstas, cuando un soldado me alcanzó. Le pregunté adónde iba, y me dijo que regresaba a su tierra natal en Kamenets Podolsk. Seguimos en silencio unas diez verstas, y yo advertí que él suspiraba muy hondo como si algo le angustiase, y que estaba muy abatido. Le pregunté por qué estaba tan triste.

-Buen amigo, ya que habéis reparado en mi pesar, si me juráis por todo lo que tengáis de más sagrado que no se lo vais a contar a nadie, os lo contaré todo acerca de mí, puesto que estoy cerca de la muerte y no tengo a nadie con quien hablar de ello.

Le aseguré como cristiano, que yo no tenía la menor necesidad de contárselo a nadie y que, por amor fraterno, me alegraría darle toda la ayuda que pudiese.

-Bien pues -empezó-, fui reclutado como soldado entre los campesinos del Estado. Después de unos cinco años de servicio aquello se me hizo insoportable; de hecho, a menudo me azotaban por negligencia y embriaguez. Se me metió en la cabeza la idea de escapar, y aquí me tenéis, desertor desde hace ya quince años. Durante seis años me escondí por donde pude. Robé en granjas, despensas y almacenes. Robé caballos; atraqué tiendas. Y continué esta especie de profesión siempre yo solo. Me deshacía de lo robado de varias maneras. Me bebía el dinero, y llevaba una vida depravada cometiendo toda suerte de pecados. Solo que mi alma no pereció. Me siguió yendo muy bien, pero al final fui a parar a la cárcel por vagar sin pasaporte. Pero incluso de allí escapé cuando se me presentó la ocasión. Entonces, me encontré inesperadamente con un soldado que había sido licenciado del servicio y se iba a su casa, en una alejada provincia; pero como estaba enfermo y apenas podía andar, me pidió que le llevase al pueblo más próximo, donde poder encontrar alojamiento. Le conduje, pues. La policía nos autorizó a pasar la noche en un pajar, sobre un montón de heno, y allí nos acostamos. Cuando me desperté por la mañana, eché una mirada a mi soldado, y allí estaba, muerto y rígido. Busqué apresuradamente, pues, su pasaporte, es decir, su licencia, y cuando la hube encontrado, junto con una buena suma de dinero también, y mientras todos dormían aún, salí de aquel cobertizo y del patio trasero tan aprisa como pude, me metí en el bosque y desaparecí. Al leer su pasaporte, vi que en edad y en señas distintivas era casi igual que yo. Me alegré mucho por ello, y me interné resueltamente en la región de Astracán. Allí empecé a sentar un poco la cabeza, y conseguí trabajo como labrador. Me asocié con un anciano que tenía casa propia y era tratante de ganado. Vivía solo con su hija, que era viuda. Después de un año viviendo con él, me casé con esta hija suya. Luego, el anciano murió. No pudimos llevar adelante el negocio. Yo empecé a beber de nuevo, y mi esposa también, y en un año hubimos gastado todo lo que el viejo nos dejó. Y entonces, mi mujer enfermó y murió. Vendí todo lo que quedaba, así como la casa, y pronto me gasté el dinero.

No tenía ya nada, pues, de qué vivir, nada qué comer. Así que volví a mi antigua profesión de comerciar con géneros robados, y con tanta más audacia cuanto que ahora tenía un pasaporte. Me dediqué, pues, otra vez a mi vieja vida depravada durante cerca de un año. Vino una temporada en la que durante mucho tiempo no tuve ningún éxito. Le robé un viejo caballo miserable a un bobil (9), y se lo vendí a los matarifes por un ochavo. Con el dinero, me fui a la taberna y me puse a beber. Tuve la idea de ir a un pueblo donde había una boda, con la intención de pillar todo lo que pudiese una vez que estuvieran todos dormidos después del festín. Como el sol no se había puesto todavía, me metí en el bosque para esperar la noche. Allí, me tumbé y caí en un profundo sueño. Y entonces tuve un sueño, en el que me vi en una ancha y hermosa pradera. De repente, una nube horrible se levantó en el cielo, y luego sobrevino un trueno tan espantoso que el suelo tembló bajo mis pies. Y fue como si alguien me hincase hasta los hombros en la tierra, la cual me oprimía por todos lados. Sólo mis manos y mi cabeza quedaban fuera. Entonces, esa horrible nube pareció posarse en el suelo, y de ella salió mi abuelo, que llevaba muerto unos veinte años. Fue un hombre muy recto y durante treinta años ejerció de capillero en nuestro pueblo. Se acercó a mí con rostro airado y amenazador, y yo temblé de miedo. Pude observar, en las proximidades, varios montones de cosas que yo había robado en distintas ocasiones. Aún me asusté más. Mi abuelo vino hasta mí y, señalando el primer montón, dijo amenazadoramente: «¿Qué es eso? ¡Dale!» Y de pronto, la tierra a todo mi alrededor se puso a estrujarme de tal modo que no podía soportar el dolor y el desmayo. Gemí y exclamé: «Ten piedad de mí», pero el tormento prosiguió. Entonces, mi abuelo señaló otro montón y dijo de nuevo: «¿Qué es eso? ¡Estrújale más fuerte!» Y sentí un dolor y una angustia tan intensos que ninguna tortura en el mundo puede comparárseles. Finalmente, mi abuelo trajo a mi lado el caballo que yo había robado por la tarde, y exclamó: «¿Y esto, qué es? ¡Dale; tan fuerte como puedas! »Y sentí un dolor tal por todas partes, que no puedo describirlo, así fue de cruel, terrible y extenuante. Fue como si se me hubiesen quitado todas las fuerzas, y yo me ahogaba con aquel espantoso dolor. Sentí que no podría resistirlo y que perdería el conocimiento si aquella tortura continuaba un poco más. Pero el caballo dio una coz y me alcanzó la mejilla, abriéndomela. Y en el momento de recibir este golpe, desperté horrorizado y temblando como un alfeñique. Vi que ya era de día, y que el sol se levantaba. Toqué mi mejilla, y sangraba. Y aquellas partes que, en el sueño, habían estado enterradas estaban todas, por así decirlo, duras y tiesas, y tenía agujetas en ellas. Estaba tan aterrorizado que apenas pude levantarme e irme a casa. La mejilla me dolió durante mucho tiempo. Mirad, aún podéis ver la cicatriz. No estaba aquí antes. Y así, después de esto, el miedo y el horror me asaltaban a menudo, y sólo tengo que recordar lo que sufrí en aquel sueño para que la angustia y el desfallecimiento reaparezcan, con tal tormento que ya no sé qué hacer. Y lo que es más; esto se fue produciendo con más frecuencia, y al final empecé a tener miedo de la gente y a sentir vergüenza, como si todo el mundo supiese mi ignominia pasada. Y a causa de este sufrimiento, ya no pude ni comer ni dormir. Me quedé hecho un pingajo. Pensé en ir a mi regimiento y declararlo todo abiertamente. Quizá Dios perdonase mis pecados si yo aceptaba mi castigo. Pero tuve miedo, y perdí el valor al pensar que me harían correr baquetas. Y así pues, perdiendo la paciencia, quise ahorcarme. Pero se me ocurrió pensar que, en cualquier caso, ya no voy a vivir mucho; pronto moriré, pues he perdido todas mis fuerzas. Así que pensé en volver para despedirme de mi tierra y morir en ella. Tengo un sobrino allí, y heme aquí que llevo ya seis meses de camino, y mientras, la aflicción y el miedo me hacen desdichado. ¿Qué pensáis, hermano? ¿Qué he de hacer? Realmente, ya no puedo aguantar mucho más.

Cuando escuché todo esto, quedé admirado y alabé la sabiduría y la bondad de Dios, al ver los diferentes caminos por los que alcanza a los pecadores. Así que le dije:

-Querido hermano, deberíais haber rezado a Dios durante este tiempo de miedo y angustia. Este es el gran remedio para todos nuestros males.

-¡Ni hablar! -dijo-; pensé que en cuanto me pusiese a rezar, Dios me iba a aniquilar.

-¡Qué disparate, hermano! Es el diablo quien pone tales ideas en vuestra cabeza. La misericordia de Dios es infinita, y Él se compadece de los pecadores y en seguida perdona a quienes se arrepienten. Puede que no sepáis la Oración de Jesús, Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador; se va diciendo esto continuamente.

-Vaya si la conozco esta oración. Solía repetirla a veces para darme ánimos cuando iba a cometer un robo.

-Entonces, atended. Dios no os aniquiló cuando estabais en camino de cometer una mala acción y decíais la Oración. ¿Va a hacerlo ahora, si empezáis a rezar en el camino del arrepentimiento? Ya veis, pues, como vuestros pensamientos provienen del diablo. Creedme, querido hermano, si decís la Oración, sin prestar atención a los pensamientos que acudan a vuestra mente, pronto vais a encontrar alivio. Todo el miedo y la tensión desaparecerán, y por fin estaréis completamente en paz. Os convertiréis en un hombre piadoso, y todas vuestras pasiones pecaminosas os abandonarán. Yo os lo aseguro, pues he visto muchos casos así en mi vida.

Y a continuación, le conté varios casos en los que la Oración de Jesús había manifestado su maravilloso poder de obrar sobre los pecadores. Por fin, le persuadí a venirse conmigo junto a la Madre de Dios de Pochaev, refugio de pecadores, antes de volverse a casa, y a confesarse y comulgar allí.

El soldado escuchó todo esto atentamente y con alegría, según pude ver y se avino con todo. Nos fuimos juntos a Pochaev, con la condición de que ninguno de los dos hablaría al otro, sino que diríamos la Oración todo el tiempo. En este silencio, anduvimos todo un día. Al día siguiente, me manifestó que se sentía mucho más aliviado y que era patente que su mente estaba más tranquila que antes. Llegamos a Pochaev al tercer día, y yo le exhorté a no interrumpir la Oración ni de día ni de noche, mientras estuviera despierto, y le aseguré que el santísimo Nombre de Jesús, que resulta insoportable para nuestros enemigos espirituales, tendría la fuerza para salvarle. Sobre este punto, le leí en la Filocalía que aunque debemos decir la Oración de Jesús en todo momento, es especialmente necesario hacerlo con el mayor cuidado cuando nos preparamos para la comunión.

Así lo hizo, y luego se confesó y tomó la comunión. A pesar de que, de vez en cuando, los antiguos pensamientos le asaltaban aún, ahora los apartaba fácilmente con la Oración. El domingo, para poder estar en pie con más tranquilidad para maitines, se fue a la cama temprano y continuó diciendo la Oración. Yo me quedé aún sentado en el rincón leyendo mi Filocalía junto a una vela. Pasó una hora; él se durmió y yo me puse a rezar. De pronto, unos veinte minutos más tarde, pegó un sobresalto y se despertó, saltó rápidamente de la cama, corrió hacia mí llorando y, desbordante de felicidad, dijo:

-¡Oh, hermano! ¡Qué acabo de ver! ¡Qué paz y qué gozo siento! Sí creo que Dios tiene misericordia de los pecadores y no les da tormento. ¡Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti!

Quedé sorprendido y contento, y le pedí que me contase exactamente lo que le había sucedido.

-Pues mirad; esto -dijo-: apenas caí dormido, me vi en esa pradera donde se me había atormentado. Al principio, me aterroricé, pero vi que en vez de una nube, el sol se levantaba y una luz maravillosa brillaba sobre todo el prado. Y vi que en él había flores rojas y hierba. Luego, de pronto, se me acercó mi abuelo, con el aspecto más afable que os podéis imaginar, y me saludó dulce y cariñosamente. Y dijo: «Ve a Zhitomir, a la iglesia de San Jorge. Te tomarán bajo protección eclesiástica. Pasa allí el resto de tu vida, y reza sin cesar. Dios tendrá misericordia de ti.» Cuando hubo dicho esto, hizo sobre mí la señal de la cruz y desapareció inmediatamente. No puedo deciros cuán feliz me sentí; era como si me hubiese quitado un gran peso de las espaldas y me hubiese ido volando al cielo. En aquel momento me desperté, con el alma tranquila y mi corazón tan lleno de gozo que no sabía qué hacer. ¿Qué debo hacer ahora? Me pondré en marcha inmediatamente para Zhitomir, como mi abuelo me indicó. Se me hará fácil yendo con la Oración.

-Pero esperad un momento, querido hermano. ¿Cómo podéis partir en mitad de la noche? Quedaos para maitines, rezad vuestras oraciones y luego id con Dios.

Ya no nos fuimos a dormir después de esta conversación. Fuimos a la iglesia; él se quedó a maitines, rezando de veras, con lágrimas, y dijo que se sentía en gran paz y contento, y que la Oración continuaba felizmente. Luego, después de la liturgia, tomó la comunión, y cuando hubimos tomado algún alimento fui con él hasta la carretera de Zhitomir, donde nos despedimos con lágrimas de dicha.

Tras esto, me puse a pensar sobre mis propios asuntos. ¿Adónde iría ahora? Al final, decidí volver otra vez a Kiev. La sabia enseñanza de mi sacerdote me atraía allí, y, además, si me quedaba con él, él quizá pudiese encontrar a algún filántropo devoto de Cristo que me pusiera de camino a Jerusalén o, al menos, al monte Athos. Aún me quedé una semana más en Pochaev, empleando el tiempo en traer al recuerdo todo lo que había aprendido de aquellos a quienes había encontrado en mi viaje, y en tomar apuntes de gran número de cosas útiles. Luego me preparé para el viaje, me puse mi kotomka y me fui a la iglesia para encomendar mi viaje a la Madre de Dios. Cuando hubo terminado la liturgia, recé mis oraciones y me dispuse a partir. Estaba de pie al fondo de la iglesia, cuando entró un hombre que, aun cuando no vestía ricos ropajes, pertenecía sin duda a la clase distinguida, y que me preguntó dónde vendían las velas. Yo se lo indiqué. Al final de la liturgia, me quedé rezando en la capilla de la Santa Huella. Cuando hube terminado mis oraciones, me puse en camino. Había avanzado unos pasos por la calle, cuando vi en una de las casas una ventana abierta, al lado de la cual un hombre estaba sentado leyendo un libro. Mi camino vino a pasar justo bajo esa ventana, y vi que el hombre sentado allí era el mismo que me había preguntado lo de las velas en la iglesia. Al pasar me quité el sombrero, y al verme me hizo señas de que me acercase a él, y dijo:

-Supongo que debes ser un peregrino, ¿no es verdad?

-Sí -respondí.

Me pidió que pasase, y quiso saber quién era y adónde me dirigía. Le conté todo sobre mí, sin ocultar nada. Me ofreció un poco de té y se puso a hablarme.

-Escucha, alma de Dios. Yo te aconsejaría ir al Monasterio Solovetsky (10). Hay allí un skit (11) tranquilo y muy retirado llamado Anzersky. Es como un segundo Athos, y todo el mundo es bienvenido allí. El noviciado sólo consiste en leer en turnos el salterio en la iglesia, durante cuatro horas de cada veinticuatro. Yo mismo me voy allí, y he hecho voto de ir a pie. Podríamos ir juntos. Iría más seguro contigo; dicen que es una ruta muy solitaria. Por otro lado, yo tengo dinero y podría procurar tu sustento durante todo el viaje. Y yo propondría que fuésemos en estas condiciones: que caminásemos a unos veinte pasos uno de otro; así no nos estorbaríamos mutuamente, y mientras anduviésemos podríamos ocupar el tiempo en leer todo el rato o en meditar. Piénsalo bien, hermano, y acepta; te valdrá la pena.

Cuando escuché esta invitación, tomé este acontecimiento por una señal para mi viaje que me ofrecía la Madre de Dios, a quien había pedido que me mostrase el camino a la bienaventuranza. Y sin pensármelo dos veces, acepté en seguida. Y al día siguiente emprendimos el viaje. Anduvimos durante tres días uno detrás del otro, tal como habíamos convenido. Él leía un libro en todo momento, un libro del que nunca se separaba, ni de día ni de noche; y a veces meditaba sobre algo. Al fin, nos detuvimos en un lugar determinado para cenar. Él comió con el libro abierto delante, y sin apartarle la vista. Vi que el libro era un ejemplar de los Evangelios, y le dije:

-¿Me permitís la pregunta, señor, de por qué no os separáis de los Evangelios ni un instante, ni de día ni de noche? ¿Por qué los tenéis siempre en la mano y los lleváis con vos?

-Porque de él y sólo de él aprendo casi continuamente -respondió.

-¿Y qué aprendéis? -dije a continuación.

-La vida cristiana, que se resume en la oración. Considero que la oración es el medio más importante y necesario para la salvación y el primer deber de todo cristiano. La oración es el primer paso en la vida piadosa y asimismo su corona, y es por tal motivo por el que el Evangelio manda la oración incesante. Para los demás actos de devoción, hay su momento asignado, pero en la cuestión de la oración no hay momentos de descanso. Sin la oración es imposible hacer ningún bien, y sin el Evangelio no se puede aprender adecuadamente acerca de la oración. Por lo tanto, todos aquellos que han alcanzado la salvación por medio de la vida interior, los santos predicadores de la Palabra de Dios, así como eremitas y solitarios, y desde luego todos los cristianos temerosos de Dios, fueron instruidos por su indefectible y constante ocupación con los abismos de la Palabra de Dios, y por su lectura del Evangelio. Muchos de ellos tenían el Evangelio constantemente en sus manos, y en sus enseñanzas sobre la salvación daban este consejo: «Siéntate en el silencio de tu celda y lee el Evangelio, y vuélvelo a leer.» Aquí tienes el motivo de por qué me ocupo sólo con el Evangelio.

Esta argumentación suya y su anhelo por la oración me satisficieron mucho. Le pregunté a continuación de qué Evangelio en particular sacaba la enseñanza acerca de la oración.

-De todos por igual -respondió-, mejor dicho, de todo el Nuevo Testamento, leído por orden. Llevo leyéndolo mucho tiempo y captando el sentido, y esto me ha mostrado que hay en el Santo Evangelio una graduación y una cadena regular de enseñanza acerca de la oración, empezando por el primer evangelista y continuando hasta el final por orden sistemático. Por ejemplo: justo al comienzo se establece el modo de enfoque o la introducción a la enseñanza sobre la oración; luego, la forma o la expresión exterior de ésta en palabras. Más adelante, encontramos las condiciones necesarias para poder ofrecer la oración y los medios de aprenderla, con ejemplos; y finalmente, la enseñanza secreta acerca de la incesante oración interior y en espíritu del Nombre de Jesucristo, que es mostrada como más elevada y más salutífera que la oración exterior. Y luego viene su necesidad, su fruto bendito, y así sucesivamente. En una palabra: Se puede obtener del Evangelio un conocimiento pleno y detallado acerca de la práctica de la oración, en un orden y una secuencia sistemáticos, de principio a fin.

Oyendo esto, decidí pedirle que me lo mostrase todo en detalle, y le dije: «Puesto que me apetece escuchar y hablar acerca de la oración más que ninguna otra cosa, me complacería mucho ver esta secreta cadena de enseñanza sobre ella, en todos sus detalles. Por el amor de Dios, pues, mostradme todo esto sobre el mismo Evangelio.» Aceptó de buen grado, y, ofreciéndome un lápiz, dijo:

-Abre tu Evangelio; mirátelo y toma apuntes de lo que te diga. Ten la bondad de mirar estas notas mías. Ahora -dijo- busca primero en el capítulo sexto del Evangelio de San Mateo, y lee del versículo quinto al noveno. Ves como aquí tenemos la preparación o la introducción, enseñando que debemos ponernos a rezar no por vanagloria y ruidosamente, sino en silencio y en lugar solitario; y que debemos rezar sólo por el perdón de los pecados y la comunión con Dios, y no inventar infinidad de demandas innecesarias sobre cosas temporales, como hacen los gentiles. Luego, lee más adelante en el mismo capítulo, del versículo nueve al catorce. Aquí se nos da la forma de la oración, es decir, en qué términos debe ser expresada. Ahí tienes reunido con gran sabiduría todo lo que es necesario y deseable para nuestra vida. Después, continúa leyendo los versículos catorce y quince del mismo capítulo, y verás las condiciones que es necesario observar para que la oración sea eficaz. Ya que Dios no perdonará nuestros pecados a menos de que perdonemos a los que nos han agraviado. Pasa ahora al capítulo séptimo, y hallarás, del versículo séptimo al duodécimo, cómo tener éxito en la oración, cómo ser intrépido en la esperanza: pedid, buscad, llamad. Estas expresiones enérgicas describen la frecuencia en el rezo y el apremio a practicarlo, de tal modo que la oración no sólo acompañe toda acción sino que incluso la preceda en el tiempo. Esto constituye la principal propiedad de la oración. Verás un ejemplo de ello en el capítulo decimocuarto del Evangelio de San Marcos, del versículo trigésimo segundo al cuadragésimo, donde el propio Jesucristo repite a menudo las mismas palabras de la oración. El Evangelio de San Lucas, capítulo undécimo, versículos cinco al catorce, da un ejemplo parecido de oración repetida en la parábola del amigo importuno, y en el ruego repetido de la viuda (12), que ilustra la orden de Jesucristo de que debemos orar siempre, en todo momento y en todo lugar, y no abandonarnos al desaliento, es decir, a la pereza. Después de esta detallada enseñanza, es el Evangelio de San Juan el que nos muestra la enseñanza esencial acerca de la secreta oración interior del corazón. Ello se nos ilustra, en primer lugar, en el profundo relato de la conversación de Jesucristo con la samaritana, donde es revelada la adoración interior a Dios en espíritu y en verdad que Dios desea, y que consiste en la verdadera oración continua, como una fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna (13). Más adelante, en el capítulo decimoquinto, versículos cuarto al octavo, se nos describe más decididamente aún la fuerza, el poder y la necesidad de la oración interior, es decir, de la presencia del espíritu en Cristo, en conmemoración incesante de Dios. Finalmente, lee los versículos veintitrés al veinticinco del capítulo decimosexto del mismo evangelista. Fíjate qué misterio se nos revela allí. Tú observas que la Oración de Jesús, cuando se repite con frecuencia, tiene la mayor fuerza y con gran facilidad abre el corazón y lo santifica. Esto puede observarse muy claramente en el caso de los Apóstoles, que habían sido discípulos de Jesucristo durante todo un año, y a quienes Él ya había enseñado el Padre Nuestro (que conocemos a través de ellos); pero al término de su vida terrena, Jesucristo les reveló el misterio que aún faltaba en sus oraciones. A fin de que su oración pudiese dar un claro paso adelante, les dijo: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. En verdad, en verdad os digo: Cuanto pidierais al Padre en mi nombre os lo dará. Y así sucedió en su caso. Puesto que, siempre ya luego, cuando los Apóstoles hubieron aprendido a ofrecer oraciones en el Nombre de Jesucristo, ¡cuántas obras maravillosas realizaron y cuán abundante luz fue derramada sobre ellos! ¿Ves ahora el encadenamiento, la plenitud de la enseñanza acerca de la oración depositada con tanta sabiduría en el Santo Evangelio? Y si sigues después con la lectura de las Epístolas de los Apóstoles, puedes encontrar en ellas también la misma enseñanza consecutiva acerca de la oración.

Como continuación a las notas que ya te he dado, te mostraré varios pasajes que ilustran las propiedades de la oración. Así, en los Hechos de los Apóstoles se describe su práctica, es decir, el constante y diligente ejercicio de la oración de los primeros cristianos, que fueron iluminados por su fe en Jesucristo (14). Se nos refieren los frutos de la oración o el resultado de estar constantemente en oración, es decir, la efusión del Espíritu Santo y de sus dones sobre los que rezan. Verás algo parecido a esto en el capítulo decimosexto, versículos veinticinco y veintiséis. Luego, sigue por orden las Epístolas de los Apóstoles, y verás: Primero, cuán necesaria es la oración en toda circunstancia (15); segundo, cómo el Espíritu Santo nos ayuda a rezar (16); tercero, cómo todos debemos rezar en espíritu (17); cuarto, cuán necesarias son la tranquilidad y la paz interior para la oración (18); quinto, cuán necesario es rezar sin cesar (19); y sexto, que no debemos rezar sólo por nosotros mismos, sino por todos los hombres (20). Y de este modo, consagrando largo tiempo a extraer con gran cuidado el significado, podemos encontrar aún muchas más revelaciones del conocimiento secreto que se oculta en la Palabra de Dios, el cual se nos escapa si sólo la leemos de vez en cuando o por encima.

¿Te das cuenta, después de lo que te acabo de indicar, con qué sabiduría y qué método revela el Nuevo Testamento la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo sobre la materia que hemos estado investigando?; ¿en qué maravillosa secuencia está expuesta en los cuatro evangelistas? Es de este modo: En San Mateo vemos el acceso, la introducción a la oración, la forma concreta de ésta, las condiciones de la misma, y así sucesivamente. Sigamos adelante. En San Marcos encontramos ejemplos; en San Lucas, parábolas; en San Juan, el ejercicio secreto de la oración interior, aunque esto también se encuentre en los otros evangelistas, bien sea brevemente bien por extenso. En los Hechos se nos describen la práctica de la oración y sus resultados; en las Epístolas de los Apóstoles y en el propio Apocalipsis, muchas propiedades asociadas inseparablemente con el acto de rezar. Y ahí tienes la razón por la cual los Evangelios me bastan como maestro en todos los caminos de la salvación.

Durante todo el tiempo que fue mostrándome esto e instruyéndome, yo fui marcando en los Evangelios (en mi Biblia) todos los pasajes que él me señalaba. Esto me pareció muy digno de notar e instructivo, y le di las gracias. Luego, seguimos durante otros cinco días en silencio. Los pies de mi compañero empezaron a dolerle mucho, sin duda a causa de no estar habituado a caminar continuamente. Así que alquiló una carreta con un par de caballos, y me llevó con él. Y así hemos llegado a vuestros alrededores, donde hemos permanecido tres días para poder, una vez hayamos descansado un poco, partir directos hacia Anzersky, adonde él está ansioso por ir.

EL STARETS: Este amigo tuyo es magnífico. A juzgar por su devoción, debe ser muy instruido. Me gustaría verle.

EL PEREGRINO: Nos alojamos en el mismo lugar. Os lo voy a traer mañana. Ahora ya es tarde. Adiós.


NOTAS AL CAPÍTULO V

1. Literalmente, «hijo de judío».

2. Una especie de mochila hecha de corteza de abedul. Tiene dos bolsillos, uno delante y otro detrás, y se lleva colgado al hombro.

3. El jefe de la comunidad aldeana, o Mir.

4. Es decir, cerca de donde están enterrados, la Laura Kiev-Pecherskaya. Este fue uno de los más famosos e influyentes monasterios de Rusia, y era visitado por cientos de miles de peregrinos cada año. Fue fundado en el siglo XI, y sus catacumbas contenían los cuerpos incorruptos de muchos santos de la antigua Rusia.

5. De la octava oración de los Maitines del Devocionario de los Laicos de la Iglesia Rusa.

6. La leyenda, que se dice data de alrededor del siglo XIII, refiere que Nuestra Señora rodeada de santos se apareció, en un resplandor de gloria, a un grupo de pastores. La roca sobre la que se posó se vio después que llevaba la huella de su pie, y de ella salía un hilillo de agua que, con posterioridad, resultó tener poderes curativos. Posteriormente, se erigió un monasterio en el lugar, y la capilla de la Huella se conserva aún en la cripta.

7. Es el nombre que los rusos dan a la Iglesia Ortodoxa. Significa, literalmente, «recta alabanza».

8. Un podvizh es una proeza notable, y el que la ejecuta es un podvizhnik. Estos términos se aplican, en la vida espiritual, a logros destacados en la vida de oración y prácticas ascéticas, y a aquellos que los alcanzan.

9. Un campesino sin tierras, de aquí una pobre persona menesterosa.

10. El famoso monasterio en el grupo de islas del mismo nombre, en el Mar Blanco. Fue fundado en 1428 por San Germán y San Sabás. El primero había sido monje de Valamo.

11. Un skit es una pequeña comunidad monástica dependiente de un gran monasterio.

12. Cfr. Luc., XVIII, 1-8.

13. Cfr. Jn., IV, 5-25.

14. Cfr. Act., IV, 31.

15. Cfr. Sant., V, 13-16.

16. Cfr. Jds., 20-21 y Rom., VIII, 26.

17. Cfr. Ef. VI 18.

18. Cfr. Flp. IV, 6-7.

19. Cfr. 1 Tes., V, 17.

20. Cfr. 1 Tim., II, 1-15.



 

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