El peregrino rusoOración contemplativa

El peregrino ruso (capítulo segundo)

Seguí viajando durante mucho tiempo por toda suerte de regiones, acompañado de la oración de Jesús, que me fortificaba y me consolaba en todos los caminos, en todas las ocasiones y en toda situación. Al fin, pensé que debía detenerme en algún lugar a fin de hallar mayor soledad y ponerme a estudiar la Filocalía, que sólo por la noche podía leer o durante la siesta del mediodía; grandes eran mis deseos de dedicarme de lleno a su estudio para extraer de ella con fe la verdadera doctrina de la salud del alma por la oración del corazón. Por desgracia, para satisfacer este deseo no podía emplearme en ningún trabajo manual, pues había perdido el uso de mi brazo derecho desde mi infancia; y así, en la imposibilidad de radicarme en ninguna parte, me dirigí a los países siberianos, hacia San Inocente de Irkutsk (1), en la creencia de que en las llanuras y bosques de Siberia encontraría mayor silencio y podría entregarme más cómodamente a la lectura y a la oración. Allá me fui, pues, recitando incesantemente la oración.

Al cabo de cierto tiempo noté que la oración se originaba sola dentro de mi corazón, es decir que mi corazón, latiendo con toda regularidad, se ponía en cierto modo a recitar las palabras santas a cada latido; por ejemplo: 1-Señor, 2-Jesu…, 3-cristo, y así con lo demás. Dejaba de mover los labios y escuchaba con atención lo que decía mi corazón, acordándome de cuán agradable es esto según me decía mi difunto starets. Después, sentía un ligero dolor en el corazón, y en mi espíritu tan grande amor a Nuestro Señor Jesucristo, que me parecía que, si lo hubiera visto, me hubiera echado a sus pies, los hubiera abrazado y bañado con mis lágrimas, dándole gracias por los consuelos que nos procuraba con su nombre, en su bondad y su amor por la criatura indigna y pecadora.

Muy pronto brotó en mi corazón un dulce calor que inundó todo mi pecho. Esto me condujo en particular a una atenta lectura de la Filocalía para ver qué decía de estas sensaciones y estudiar en ella el desarrollo de la oración interior del corazón; sin este control, temía caer en la ilusión, tomar las acciones de la naturaleza por las de la gracia y ensoberbecerme por tan rápida adquisición de la oración, según lo que me había explicado mi difunto starets. Por esta razón, caminaba sobre todo de noche y pasaba el día leyendo la Filocalía sentado en el bosque a la sombra de los árboles. ¡Cuántas cosas nuevas, profundas e ignoradas llegué a descubrir en estas lecturas! Mientras duraba esta ocupación, sentía una beatitud mucho más perfecta que todo lo que hasta entonces había podido imaginar. Indudablemente que ciertos pasajes quedaban sin que mi pobre espíritu pudiera entenderlos, pero los efectos de la oración del corazón aclaraban lo que yo no entendía. Además, a veces veía en sueños a mi difunto starets, que me explicaba muchas de las dificultades e inclinaba cada vez más a la verdad a mi alma tan poco inteligente. En esta absoluta felicidad pasé dos largos meses del verano. Viajaba sobre todo por los bosques y caminos de la campiña; cuando llegaba a una aldea, pedía un saco de pan, un puñado de sal, llenaba de agua mi calabaza y seguía caminando otras cien verstas.

 

EL PEREGRINO ES ATACADO POR LOS LADRONES (2)

En castigo sin duda de mis pecados y de la dureza de mi alma, o para el progreso de mi vida espiritual, las tentaciones hicieron su aparición al fin del verano. Y fue así: una tarde que había salido a la carretera, encontré a dos hombres que tenían aspecto de soldados; me pidieron dinero. Cuando les dije que no tenía ni un céntimo, no quisieron creerme y gritaron brutalmente:

-¡Mientes! Que los peregrinos recogen mucho dinero. -Uno de ellos añadió: Es inútil hablar mucho con él-. Y me dio con un palo en la cabeza; caí sin sentido.

No sé si estuve mucho tiempo así, pero cuando volví en mí me di cuenta de que estaba en el bosque cerca de la carretera. Mis ropas estaban hechas jirones y mi alforja había desaparecido. Gracias a Dios, me habían dejado mi pasaporte, que llevaba escondido en el forro de mi viejo sombrero, a fin de poderlo enseñar fácilmente cuando fuera necesario. Me levanté y lloré amargamente, no tanto por el dolor cuanto por la pérdida de mis libros, la Biblia y la Filocalía, que estaban en la alforja que me robaron. Lloré y me afligí todo el día y toda la noche. ¿Dónde estaba mi Biblia, que yo leía desde pequeño y que siempre había llevado conmigo? ¿Dónde mi Filocalía, de la que tan grandes enseñanzas y consuelo sacaba? Infeliz, que he perdido el único tesoro de mi vida sin haberlo aprovechado como debía. Mejor me hubiera sido morir que vivir así sin mi alimento espiritual. Jamás podré volverlos a tener.

Por espacio de dos días apenas si pude caminar por la aflicción; al tercer día, caí sin fuerzas junto a un matorral y me dormí. Y he aquí que, en sueños, me vi en el eremitorio, en la celda de mi starets, a quien lloré mi dolor. El starets, después de haberme consolado, me dijo:

-Que este acontecimiento te sirva de lección de desapego de las cosas de la tierra, a fin de poder volar más libremente hacia el cielo. Esta prueba te ha sido enviada a fin de que no caigas en la voluptuosidad espiritual. Dios quiere que el cristiano renuncie a su propia voluntad y a todo apego a ella, para poder ponerse así enteramente en los brazos de la voluntad divina. Todo lo que Él hace es para el bien y la salvación de los hombres. Él quiere que todos los hombres sean salvos (3). De modo que ten ánimo y cree que Dios dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla (4). Pronto recibirás un consuelo mayor que todas tus penas.

Al oír estas palabras, desperté y sentí en mi cuerpo fuerzas renovadas y en mi alma como una aurora y una nueva tranquilidad. ¡Qué se cumpla la voluntad de Dios!, dije. Me levanté, hice la señal de la cruz y partí. La oración obraba de nuevo en mi corazón como antes, y durante tres días seguí tranquilo mi camino.

De repente, me encontré en él con una tropa de forzados, que eran conducidos bajo escolta. Al llegar junto a ellos, vi a los dos hombres que me habían robado, y como iban a la cabeza de la columna pude echarme a sus pies y suplicarles que me dijeran dónde estaban mis libros. Al principio fingieron no conocerme, pero al final uno de ellos dijo:

-Si nos das alguna cosa, te diremos dónde están tus libros. Necesitamos un rublo de plata.

Yo les juré que de un modo u otro se lo daría, aunque tuviese que mendigar para hacerme con él.

-Tomad en prenda, si os interesa, mi pasaporte.

Entonces me dijeron que mis libros estaban en los carros con los objetos robados que les habían recogido.

-¿Cómo podré conseguirlos?

-Pídeselos al capitán de la escolta.

Me fui donde estaba el capitán y le expliqué todo tal como había sucedido. En la conversación, me preguntó si sabía leer la Biblia.

-No sólo sé leerla, le contesté, sino que también sé escribir; vos mismo veréis en la Biblia una inscripción que indica que me pertenece; y aquí tenéis en mi pasaporte mi nombre y apellido.

El capitán me dijo:

-Estos ladrones son desertores; vivían en una cabaña y se dedicaban a desplumar a los viandantes. Un cochero muy hábil los detuvo ayer, cuando querían robarle su troica. Tendré sumo placer en devolverte tus libros, si acaso están allí; pero tendrás que venir con nosotros hasta la posada. Estamos a cuatro verstas solamente y yo no puedo detener todo el convoy para buscarlos ahora.

Lleno de alegría, me puse en marcha junto al caballo del capitán, y fui conversando con él. Pronto me di cuenta de que era un hombre honesto y bueno y que ya no era joven. Me preguntó quién era yo, de dónde venía y a dónde iba. Respondí a todas sus preguntas y poco a poco llegamos a la posada donde se hacía el alto. Fue en busca de mis libros, y me los entregó diciendo:

-¿Adónde piensas ir ahora? Es ya de noche; sería mejor que te quedases conmigo.

Y con él me quedé. Sentía tal contento por haber recobrado mis libros que no sabía cómo dar gracias a Dios; los apretaba contra mi corazón hasta sentir calambres en los brazos. Lágrimas de felicidad corrían por mis mejillas y mi corazón palpitaba de gozo y dicha.

El capitán me miró y me dijo:

-Veo que sientes placer en leer la Biblia.

En mi alegría, no me fue posible responderle una sola palabra. Yo no hacía más que llorar. Él continuó:

-Yo también, hermano, leo cada día con gran atención el Evangelio -Y al momento, entreabriendo su uniforme, sacó de él un pequeño Evangelio de Kiev (5) con cubierta de plata-. Siéntate y te contaré cómo me fui acostumbrando a ello. ¡Mesonero!, que nos traigan la cena.

 

HISTORIA DEL CAPITÁN

Nos sentamos a la mesa. El capitán comenzó su relato:

«-Desde mi juventud he servido en el ejército y nunca en una guarnición. Conocía bien mi oficio y mis superiores me consideraban como un oficial modelo. Pero yo era joven, al igual que mis amigos. Por desgracia empecé a beber, y de tal modo me entregué a la bebida, que caí enfermo. Cuando no bebía era un excelente oficial, pero al primer vaso que volvía a beber, tenía que guardar cama seis semanas. Me aguantaron durante mucho tiempo; pero al fin, por haber insultado a un jefe después de haber bebido, fui degradado y condenado a servir tres años en una guarnición; me amenazaron con un castigo más severo aún, si no abandonaba la bebida. En situación tan miserable, quise luchar por contenerme, pero fue inútil; me fue imposible renunciar a mi pasión y decidieron enviarme a un batallón disciplinario. Cuando me lo hicieron saber, yo no sabía lo que me cogía.

»Un día, sentado en mi dormitorio, iba pensando en todas estas cosas. Y en esto se presentó un monje que pedía para una iglesia. Cada cual daba lo que podía. Al llegar junto a mí, me preguntó por qué estaba tan triste. Yo hablé un poco con él y le conté mi desgracia. El monje se compadeció de mi situación y me dijo:

»-Lo mismo que a ti le sucedió a un hermano mío, y voy a contarte cómo consiguió vencer su vicio. Su padre espiritual le dio un Evangelio y le ordenó leer un capítulo cada vez que le vinieran ganas de beber; si las ganas volvían, debía leer el capítulo siguiente. Mi hermano puso en práctica el consejo, y de allí a poco tiempo quedó libre de la pasión por la bebida. Hace ya quince años que no ha probado ninguna bebida fuerte. Imita su ejemplo, y pronto verás cuánto bien te hace abstenerte como él. Yo tengo un Evangelio; si quieres, mañana te lo traeré.

»A lo que yo repliqué:

»-¿Y qué voy a hacer yo con el Evangelio, cuando ni mis esfuerzos, ni los remedios de los médicos han podido conseguir que me abstenga de beber? (Hablaba así porque jamás había leído el Evangelio.)

»-No digas eso, replicó el monje. Yo te aseguro que si haces lo que te he dicho, encontrarás provecho.

»Al día siguiente, en efecto, volvió el monje con el Evangelio que aquí ves. Lo abrí, lo miré, leí algunas frases y le dije:

»-No lo quiero, pues no entiendo nada. No estoy acostumbrado a leer los caracteres de iglesia (6).

»El monje continuó exhortándome, diciendo que en las mismas palabras del Evangelio se encierra una fuerza bienhechora; porque es el mismo Dios el que pronunció las palabras que en él están impresas. No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención. Un Santo ha dicho: “Si tú no comprendes la Palabra de Dios, los demonios comprenden lo que tú lees, y tiemblan.” Y seguramente que el deseo de beber es obra de los demonios. Y te digo además esto: San Juan Crisóstomo escribe que hasta el lugar donde está el Evangelio espanta a los espíritus de las tinieblas y es un obstáculo a sus intrigas.

»No me acuerdo ya muy bien, pero creo que di alguna cosa al monje; tomé su Evangelio y lo eché en mi baúl entre mis otras cosas, olvidándolo completamente. Algún tiempo después llegó el momento de beber. Tenía unas ganas terribles de hacerlo; abrí el baúl para coger algún dinero y entrar en la taberna. El Evangelio se me presentó delante de los ojos y, acordándome de repente de todo lo que me había dicho el monje, lo abrí y comencé a leer el primer capítulo de San Mateo. Lo leí hasta el fin sin entender cosa alguna; pero me acordé de lo que me había dicho el monje: “No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención”. ¡Está bien!, me dije; leamos un capítulo más. La lectura me pareció más clara. Veamos el tercero; apenas lo había comenzado, cuando se oyó una campana: era la retreta o llamada de la tarde. Y ya no había tiempo de salir del cuartel, con lo que me quedé sin beber por aquel día.

»Al día siguiente, por la mañana, estando para salir a comprar aguardiente, me dije: ¿Y si leyese un capítulo del Evangelio? Después veremos. Lo leí y no me moví. Algo después tuve de nuevo ganas de beber, pero me puse a leer y me sentí aliviado. Me sentí fuerte igualmente, y a cada asalto de la tentación de beber la vencía leyendo mi capítulo del Evangelio. Cuanto más tiempo pasaba, me iba mejor. Cuando hube acabado los cuatro Evangelios, mi pasión por el vino había desaparecido completamente; me era ya del todo indiferente. Y hace ya veinte años que no he llevado a mis labios ninguna bebida fuerte.

»Todos se extrañaron de mi cambio. Pasados tres años fui admitido de nuevo en el cuerpo de oficiales; fui ascendiendo los grados sucesivos y quedé nombrado capitán. Contraje matrimonio con una excelente mujer; hemos reunido algunos bienes y ahora, gracias a Dios, las cosas van marchando. Ayudamos a los pobres en la medida de nuestras posibilidades y damos alojamiento a los peregrinos. Tengo un hijo que ya es oficial y que vale mucho.

»Pues bien, después que me puse bueno del todo, prometí leer cada día, durante toda mi vida, uno de los cuatro Evangelios entero, sin admitir dispensa alguna. Y así lo hago. Cuando estoy abrumado de trabajo y me siento muy fatigado, me acuesto y le pido a mi mujer o a mi hijo que lean el Evangelio junto a mí, y de esta manera cumplo mi promesa. En testimonio de agradecimiento y para gloria de Dios, he hecho cubrir este Evangelio de plata maciza y siempre lo llevo sobre mi corazón.»

Yo le escuché con gran placer, y le dije:

-Yo he conocido un caso semejante: en nuestro pueblo, en la fábrica, había un excelente obrero, muy hábil en las cosas de su oficio; pero para su desgracia, bebía con demasiada frecuencia. Un hombre piadoso le aconsejó que, cada vez que le viniesen ganas de beber aguardiente, recitase treinta y tres veces la oración de Jesús en honor de la Santísima Trinidad y en memoria de los años de la vida de Jesús sobre la tierra. Y no es esto todo: tres años después entraba en un monasterio.

-¿Y qué vale más, la oración de Jesús o el Evangelio?

-Ambos son la misma cosa, le respondí. El Evangelio es como la oración de Jesús, porque el divino nombre de Jesús encierra en sí todas las verdades evangélicas. Los Padres dicen que la oración de Jesús es un resumen de todo el Evangelio.

Después de esta conversación dijimos nuestras oraciones; el capitán comenzó a Feer el Evangelio de San Marcos desde el principio; yo le escuchaba haciendo oración en mi corazón. El capitán terminó su lectura a las dos de la madrugada y nos fuimos a acostar.

Según tengo por costumbre, me levanté muy temprano cuando todos aún dormían. Apenas apuntaba el día cuando yo me enfrascaba ya en mi Filocalía. ¡Con cuánta alegría la abrí! Me parecía haber vuelto a encontrar a mi padre después de una larga ausencia o a un amigo que hubiera resucitado de entre los muertos. La abracé y di gracias a Dios por habérmela devuelto; comencé a leer a Teolepto de Filadelfia (7), en la segunda parte de la Filocalía. Quedé asombrado al leer que propone entregarse a la vez a tres diversas clases de actividad: cuando te sientes a la mesa, dice, da alimento al cuerpo, lectura a tu mente y oración a tu corazón. Pero el recuerdo de la bienhechora sobremesa de la víspera me explicaba prácticamente este pensamiento. Y entonces comprendí el misterio de la diferencia entre el corazón y la mente.

Cuando se despertó el capitán, quise darle gracias por su bondad y despedirme de él. Me sirvió el té, me dio un rublo de plata y nos dijimos adiós. Yo emprendí la marcha lleno de alegría.

Al fin de la primera versta, me acordé de que había prometido a los soldados un rublo, y ahora tenía uno en mi bolsillo. ¿Debía dárselo, o no? Por un lado, pensaba para mis adentros, te dieron de golpes y te robaron, y ya no pueden hacerte mal alguno porque están detenidos; pero por otro lado, acuérdate de lo que está escrito en la Biblia: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer (8). Y el mismo Jesucristo dijo: Amad a vuestros enemigos (9); y en otro lugar: Y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto (10). Hechas estas reflexiones, volví sobre mis pasos y llegué a la posada en el preciso momento en que el convoy se estaba formando para iniciar la marcha. Corrí en busca de los dos malhechores y les puse el rublo en las manos, diciéndoles:

-Orad y haced penitencia; Jesucristo es el amigo de los hombres y nunca os abandonará.

Dichas estas palabras, me alejé siguiendo el camino en dirección contraria a la que llevaban ellos.

 

SOLEDAD

Después de haber caminado cincuenta verstas por el camino real, entré por unos caminos de campo, más solitarios y propios a la lectura. Durante un tiempo fui vagando por los bosques; de cuando en cuando encontraba una aldea. Con frecuencia, me quedaba todo el día en el bosque leyendo la Filocalía, en la que encontraba admirables y profundas enseñanzas. Mi corazón se inflamaba en deseos de unirse con Dios mediante la oración interior, que yo me esforzaba por estudiar y descubrir en la Filocalía. Al mismo tiempo estaba triste por no haber podido hallar un abrigo donde poder entregarme a la lectura en paz y sin distraerme en otras cosas.

Por esa época, leía también mi Biblia y veía que empezaba a entenderla mejor; encontraba en ella menos pasajes oscuros. Razón tienen los Padres al decir que la Filocalía es la llave que descubre los misterios encerrados en las Escrituras. Bajo su dirección, comencé a comprender el sentido oculto en la Palabra de Dios; descubrí lo que significan el hombre interior oculto en el corazón (11), la verdadera oración: la adoración en espíritu (12) el Reino de Dios dentro de nosotros (13), la intercesión del Espíritu Santo (14); entendí el sentido de estas palabras: Vosotros estáis en mi (15), dame tu corazón (16), revestíos del Señor Jesucristo (17), los desposorios del Espíritu en nuestros corazones (18), la invocación: ¡Abba, Padre! (19), y otras muchas cosas. Cuando oraba en lo más profundo de mi corazón, todas las cosas que me rodeaban aparecíanme bajo un aspecto encantador: árboles, hierbas, aves, tierra, aire, luz, todas parecían decirme que existen para el hombre y que dan testimonio del amor de Dios por el hombre; todas oraban, todas cantaban la gloria de Dios. Así llegué a comprender aquello que la Filocalía llama «el conocimiento del lenguaje de la creación», y veía cómo es posible conversar con las criaturas de Dios.

 

HISTORIA DE UN GUARDABOSQUES

Así anduve caminando durante mucho tiempo. Llegué al fin a un país tan apartado que estuve tres días sin ver una sola aldea. Había terminado mi pan y me preguntaba no sin inquietud cómo haría para no morir de hambre. Al momento de haber empezado a orar en mi corazón, desapareció mi angustia, me puse en las manos del Señor, y me volvió la alegría y la tranquilidad. Continué luego un poco por el camino a través de un inmenso bosque, cuando apareció ante mi vista un perro de guarda que salía de entre los árboles; le llamé y se me acercó muy cariñoso, dejándose acariciar. Yo me alegré y me dije: He aquí también la bondad de Dios; seguramente habrá en este bosque algún rebaño y este será el perro del pastor, o acaso sea el perro de algún cazador. De cualquier modo, ahora tendré ocasión de pedir un poco de pan, pues hace ya dos días que no pruebo bocado; o al menos me indicarán dónde puedo encontrar el pueblo más cercano. El perro, después de haber dado unas vueltas a mi alrededor, y al ver que no encontraba nada que comer, se volvió al bosque por el mismo sendero por donde había venido. Yo le seguí, y al cabo de unos doscientos metros volví a verlo, a través de los árboles, en una guarida de la que sacaba la cabeza, ladrando.

Luego vi que se acercaba por entre los árboles un campesino delgado y pálido, ya entrado en años sin ser viejo. Me preguntó cómo había llegado hasta allí, y yo le dije qué es lo que hacía en un lugar tan apartado, cambiando algunas palabras amistosas. Me rogó que entrase en su cabaña y me explicó que era guardabosques y que tenía a su cuidado aquel monte, que iba a ser talado. Me ofreció el pan y la sal, y entablamos conversación.

-Te envidio esta vida solitaria que llevas, le dije; no es como yo, que ando caminando de continuo y estoy en contacto con todo el mundo.

-Si te gusta, me respondió, puedes vivir aquí; ahí cerca hay una cabaña vieja que ha servido de vivienda al guarda que estuvo aquí antes que yo; está un poco en ruinas, pero para el verano puede valer. Tú tienes tu pasaporte; hay pan para los dos con lo que me traen cada semana del pueblo, y junto a nosotros corre este arroyo que no se seca jamás. Yo hermano, hace diez años que no como otra cosa que pan y no bebo más que agua. Para el otoño, cuando se hayan terminado los trabajos de la recolección, vendrán doscientos hombres para la tala de árboles; yo ya no tendré nada que hacer aquí y a ti tampoco te permitirán continuar en este lugar.

Al oír estas palabras sentí tanta alegría que me faltó poco para echarme a sus pies. No sabía cómo agradecer a Dios su bondad para conmigo.

Todo lo que yo podía desear y por lo que tanto había suspirado, aquí se me ofrecía en un momento. Hasta el otoño aún quedan cuatro meses y yo puedo, durante este tiempo, aprovechar el silencio y la paz del bosque para estudiar con ayuda de la Fiocalía la oración continua en el corazón. De modo que resolví instalarme en la dicha cabaña. Continuamos hablando y aquel buen hermano me contó su vida y sus ideas.

-En mi pueblo -me dijo- yo no era el último; tenía un oficio que consistía en teñir las telas de rojo y azul; vivía con holgura, pero no sin pecado; engañaba mucho a mi clientela y juraba continuamente; era grosero, bebedor y pendenciero.

En ese pueblo había un viejo chantre que tenía un libro antiguo, muy antiguo sobre el Juicio final (20). Iba a menudo a casa de los fieles ortodoxos para leer en ellas y recibía por ello alguna pequeña retribución; alguna vez también venía a mi casa. La mayor parte de las veces, le daba unos ochavos y él se quedaba a leer hasta el canto del gallo. Una vez estaba yo trabajando y oyéndole al mismo tiempo; leía un pasaje sobre los tormentos del infierno y sobre la resurrección de los muertos, cómo Dios vendrá a juzgar; cómo harán los Angeles sonar sus trompetas, el fuego y la pez que habrá allá y cómo los gusanos devorarán a los pecadores. De repente, sentí un miedo espantoso y me dije: ¡Yo no escaparé a esos tormentos! Desde ahora voy a dedicarme a salvar mi alma y acaso llegue a conseguir el rescate de mis pecados. Reflexioné detenidamente y decidí abandonar mi oficio; vendí mi casa, y como vivía solo me hice guardabosques, no pidiendo de salario más que el pan, vestido con que cubrirme y algunos cirios para encender durante las oraciones.

Y ya llevo viviendo así más de diez años. Solamente como una vez al día y no tomo sino pan y agua. Todas las noches me levanto al primer canto del gallo y hasta que amanece hago genuflexiones y salutaciones hasta tierra; mientras rezo enciendo siete velas delante de las imágenes. Durante el día, mientras recorro el bosque, llevo unas cadenas de sesenta libras sobre la piel. No juro, no bebo ni cerveza ni alcohol, ni peleo con nadie; mujeres, no las he conocido jamás.

Al principio me sentía muy contento de vivir así, pero de cuando en cuando me veo asaltado por reflexiones que no puedo echar de la mente. Dios sabe si podré alcanzar el perdón de mis pecados, pero esta vida es bien dura. Y además, ¿sería verdad lo que decía el libro? ¿Cómo puede resucitar un hombre? Pues de aquellos que murieron hace cien años y más, hasta el polvo ha desaparecido. Y ¿quién sabe si habrá un infierno o no? Por lo menos, ninguno ha vuelto del otro mundo; cuando el hombre muere, se corrompe y ninguna huella queda de él. Ese libro, acaso lo hayan escrito los popes o los funcionarios para asustarnos, a nosotros los imbéciles, a fin de tenernos cada vez más sumisos. De modo que en esta vida vivimos miserablemente y sin consuelo alguno, y a lo mejor en la otra no habrá cosa alguna. Entonces, ¿para qué continuar así? ¿No será preferible aprovechar inmediatamente las buenas ocasiones? Estas ideas me persiguen -añadió-, y tengo miedo de tener que volver a mi antigua ocupación.

Yo sentía gran compasión por él y me decía a mí mismo: Se dice que sólo los sabios y los intelectuales se hacen librepensadores e incrédulos, pero por lo visto también nuestros hermanos, los sencillos campesinos, se forman ideas bien raras y faltas de fe. Seguramente que el mundo oscuro llega a todos y acaso ataca más fácilmente aún a los simples. Hay que buscar las mejores razones posibles y fortalecerse contra el enemigo por la Palabra de Dios.

Por eso, a fin de sostener un poco a este hermano y confirmar su fe, saqué de mi bolsillo la Filocalía y la abrí en el capítulo 109 del bienaventurado Hesiquio (21). Le leí y expliqué que el miedo del castigo no es el único freno contra el pecado, porque el alma no puede librarse de los pensamientos culpables sino mediante la vigilancia del espíritu y la pureza del corazón. Todo esto se adquiere por la oración interior. Si alguno escoge el camino del ascetismo no sólo por miedo de las torturas del infierno, sino también por el deseo del reino celestial, añadí, los Padres comparan esta acción con la de un mercenario. Dicen que el miedo a los tormentos es la vía del esclavo, y el deseo de recompensa, la del mercenario. Pero Dios quiere que vayamos a Él como hijos; quiere que el amor y el celo nos empujen a comportarnos dignamente, y que gocemos de la perfecta unión con Él en el alma y en el corazón (22).

-En vano te agotarás y te impondrás las pruebas y penitencias físicas más duras; si no llevas constantemente a Dios en el espíritu y la oración de Jesús en el corazón, nunca estarás al abrigo de los malos pensamientos; estarás siempre dispuesto a pecar a la menor ocasión. Comienza, pues, hermano, a rezar de continuo la oración de Jesús; esto te resultará fácil en esta soledad, y pronto verás el provecho de esta oración. Las ideas impías desaparecerán, a la vez que la fe y el amor a Jesucristo se revelarán en tu interior. Y comprenderás cómo los muertos pueden resucitar, qué es verdaderamente el Juicio final y qué significa. Y encontrarás tanto gozo y ligereza en tu corazón, que quedarás admirado; y ya no te cansarás ni serás turbado por tu vida de penitencia.

Luego le expliqué como mejor pude, cómo debía recitar la oración de Jesús según el divino mandamiento y las enseñanzas de los Padres. Él parecía no desear otra cosa, y su turbación fue disminuyendo. Entonces, separándome de él, entré en la vieja cabaña que me había indicado.

 

TRABAJOS ESPIRITUALES

¡Qué alegría, Dios mío, y qué consuelo! ¡Qué embeleso sentía al penetrar en aquella cabaña, o mejor dicho en aquella tumba! Parecíame como un hermoso palacio lleno de alegría, y me dije: Ahora, en este silencio y esta paz, vamos a trabajar como Dios manda y pedir al Señor que esclarezca mi espíritu. Y así, comencé a leer la Filocalía con gran atención, desde el principio hasta el fin. En poco tiempo había acabado mi lectura y comprendía la sabiduría, la santidad y la profundidad de este libro. Mas como se trata en él de múltiples materias, yo no podía comprenderlo todo, ni reunir las fuerzas de mi espíritu sobre la única enseñanza de la oración interior para llegar a la oración espontánea y continua en el interior del corazón. Y no obstante, eran grandes mis deseos de ello, según el mandamiento divino transmitido por el Apóstol: Aspirad a los dones más perfectos (23); y en otro lugar: No apaguéis al Espíritu (24). En vano reflexionaba, pues no sabía lo que hacer. No tengo bastante inteligencia ni comprensión, ni a nadie que me enseñe. Voy a cansar al Señor a fuerza de oraciones, y acaso consienta en iluminar mi espíritu. Y así pasé un día entero rezando sin interrumpir ni un instante mi oración. Y he aquí que me vi, en sueños, en la celda de mi starets, que me explicó la Fiocalía diciendo:

-Este santo libro es de una gran sabiduría. Es un misterioso tesoro de enseñanzas acerca de los secretos designios de Dios. No en cualquier lugar, ni a todos es accesible este libro; pero encierra máximas escritas para cada uno: profundas para los espíritus profundos, y sencillas para los simples. Por eso, vosotros, las gentes sencillas, no debéis leer los libros de los Padres en el orden que están puestos aquí. Esta es una disposición conforme a la teología; pero aquel que no es instruido y desea aprender la oración interior en la Filocalía, debe practicar el orden siguiente: primero leer el libro del monje Nicéforo (en su segunda parte); segundo, el libro de Gregorio el Sinaíta entero, salvo los capítulos más cortos; tercero, las tres formas de oración de Simeón el Nuevo Teólogo y su Tratado de la Fe; y cuarto, el libro de Calixto e Ignacio. En estos textos cualquiera puede encontrar la enseñanza completa de la oración interior del corazón. Si quieres un texto todavía más inteligible, lee en la cuarta parte el modelo abreviado de oración de Calixto, patriarca de Constantinopla.

Yo, que tenía la Filocalía en mis manos, buscaba el pasaje indicado sin poder encontrarlo. El

, volviendo algunas páginas, me dijo:

-Yo te lo voy a enseñar: aquí está. -Y tomando un trozo de carbón del suelo, hizo una señal al margen de la página frente al pasaje indicado. Yo escuchaba con mucha atención todas las palabras del starets y procuraba grabarlas en mi memoria con firmeza y con detalle.

En esto, me desperté, y como todavía era de noche continué acostado, recordando todo lo que había visto en sueños y repitiendo lo que me había dicho el starets. Después me puse a reflexionar. Dios sabe si es el alma de mi difunto la que se me aparece así, o si son mis propias ideas las que toman forma, porque pienso con mucha frecuencia y durante mucho tiempo en la Fiocalía y en el starets. Me levanté en esta incertidumbre de espíritu, pues ya apuntaba el día. Y he aquí que, en la piedra que me servía de mesa, veo la Filocalía abierta en la página indicada por el starets y marcada con una raya de carbón, exactamente como en mi sueño; hasta el carbón estaba junto al libro. Me quedé impresionado, acordándome de que no había dejado el libro allí la noche anterior, sino que lo había cerrado y colocado junto a mí antes de dormirme; y me acordaba además de que no había en él raya alguna que marcase aquella página. Todas estas coincidencias me daban fe de la verdad de la aparición y me confirmaron en la santidad de la memoria de mi starets. De modo que comencé a leer la Filocalía según el orden que me había sido indicado. Lo leí una vez, luego otra, y esta lectura inflamó mi celo y mis deseos de ver confirmado en actos todo cuanto había leído. Descubrí claramente el sentido de la oración interior y los medios de llegar a ella y sus efectos; comprendí cuánto regocija al alma y cómo es posible distinguir si esta felicidad viene de Dios, de la naturaleza sana, o de la ilusión.

Y ante todo procuraba encontrar el lugar del corazón, según las enseñanzas de San Simeón el Nuevo Teólogo. Habiendo cerrado los ojos, dirigía mi mirada hacia el corazón, procurando representármelo tal como se encuentra en la parte izquierda del pecho y escuchando sus latidos.

Primero practiqué este ejercicio durante media hora, varias veces al día. Al principio, no veía más que tinieblas; pero bien pronto mi corazón apareció y comencé a sentir su profundo movimiento; después, conseguí introducir en mi corazón la oración de Jesús, y hacerla brotar de él, según el ritmo de la respiración, tal como lo enseñan San Gregorio el Sinaíta, así como Calixto e Ignacio. Para conseguirlo, miraba mentalmente a mi corazón, inspiraba el aire y lo retenía en mi pecho diciendo: «Señor Jesucristo», y lo espiraba añadiendo: «tened piedad de mí». Al principio me ejercité en esto durante una o dos horas, después me apliqué cada vez con mayor frecuencia a este ejercicio, y al fin me ocupaba en él casi todo el día. Cuando me sentía pesado, fatigado o inquieto, en seguida leía en la Filocalía los pasajes que tratan de la actividad del corazón, y pronto volvían a renacer en mí el deseo y las ansias por la oración. Al cabo de tres semanas, sentí un dolor en el corazón, y luego un agradable calor y gran sentimiento de consuelo y de paz. Esto me dio mayores fuerzas para ejercitarme en la oración, a la cual iban todos mis pensamientos, y comencé a sentir una gran alegría. A partir de aquel momento, de vez en cuando sentía diversas sensaciones nuevas en el corazón y en el espíritu. A veces era como una agitación en mi corazón y una agilidad, una libertad y un gozo tan grandes, que quedaba transformado y me veía en éxtasis. A veces, sentía muy ardiente amor a Jesucristo y a toda la divina creación. A veces las lágrimas (25) corrían sin esfuerzo de mi parte como un reconocimiento al Señor, que había tenido compasión de mí, pecador empedernido. A veces mi pobre y limitado espíritu se llenaba de tales luces, que comprendía con toda claridad cosas que antes yo no hubiera podido siquiera concebir. A veces el dulce calor de mi corazón se extendía por todo mi ser y empezaba a sentir con gran emoción la presencia del Señor. Y a veces, en fin, sentía una intensa y profunda alegría al pronunciar el nombre de Jesucristo y comprendía el significado de sus palabras: El Reino de Dios está dentro de vosotros (26).

En medio de estas bienhechoras consolaciones, iba echando de ver que los efectos de la oración aparecían bajo tres formas: en el espíritu, en los sentidos y en la inteligencia. En el espíritu, por ejemplo, la dulzura del amor de Dios, la tranquilidad interior, el arrobamiento del espíritu, la pureza de los pensamientos, el esplendor de la idea de Dios; en los sentidos, el agradable calor del corazón, la plenitud de dulzura en los miembros, el estremecimiento de gozo del corazón, la ligereza y vigor de la vida, la insensibilidad ante las enfermedades y el dolor; en la inteligencia, la iluminación de la razón, la comprensión de las Santas Escrituras, el conocimiento del lenguaje de la creación, el desapego de vanos cuidados, la conciencia de la suavidad de la vida interior, la certidumbre de la proximidad de Dios y de su amor por nosotros (27).

Después de cinco meses de soledad en estos trabajos y en esta felicidad, me iba habituando tan bien a la oración del corazón que la practicaba ininterrumpidamente, y al fin noté que ella se hacía de por sí sola, sin actividad alguna de mi parte; brotaba en mi espíritu y en mi corazón no sólo en estado de vigilia, sino también durante el sueño, y no se interrumpía ni un solo instante.

Llegó el tiempo de la tala de árboles, se fueron juntando leñadores y yo tuve que abandonar mi silenciosa morada. Después de haber dado las gracias al guarda y haber rezado una oración, besé aquel rincón de tierra en que el Señor se había dignado manifestarme tan claramente su bondad, eché mi saco sobre mis hombros y partí. Caminé durante mucho tiempo, y recorrí muchas regiones antes de llegar a Irkutsk. La oración espontánea de mi corazón me sirvió de consuelo durante todo el camino, y nunca dejó de alegrarme, si bien de diversas maneras; en ninguna parte, ni en momento alguno me fue impedimento para ninguna cosa, y nada la pudo tampoco disminuir. Si trabajo, la oración opera sola en mi corazón y realizo mi tarea con mayor ligereza; si escucho o leo alguna cosa con atención, la oración no sufre interrupción, y voy sintiendo a la vez una y otra, como si estuviera desdoblado o como si en mi cuerpo trabajaran dos almas. ¡Oh, Dios mío, y qué misterioso es el hombre!…

 

EL SALTO DEL LOBO

Qué grandes son tus obras, oh Señor: todo lo hiciste con sabiduría (28). En mis peregrinaciones me he encontrado con casos bien extraordinarios. Si debiera narrarlos todos, tendría para muchos días. Voy a contaros éste: una tarde de invierno iba yo caminando solo por un bosque con intención de pasar la noche a dos verstas más adelante, en un pueblecito que estaba ya a la vista. De repente un gran lobo saltó sobre mí. Yo tenía en la mano el rosario de lana (29) de mi starets que, como siempre, llevaba conmigo, e hice huir a la fiera con este rosario. ¿Y lo creeréis? El rosario se me fue de las manos y se quedó rodeando el cuello del lobo. Este retrocedió al instante y, saltando a través de las matas, quedó preso por las patas traseras en los espinos, mientras que el rosario quedaba enganchado de la rama de un árbol seco; el lobo se debatía con todas sus fuerzas, pero no conseguía desprenderse porque el rosario le apretaba la garganta. Yo hice con gran fe la señal de la cruz y corrí a soltar al lobo, temiendo sobre todo que arrancase el rosario y huyese con un objeto que yo estimaba tanto. Apenas me había acercado y puesto la mano sobre el rosario, el lobo, en efecto, lo rompió y echó a correr con toda la ligereza de sus patas. Dando gracias al Señor y acordándome de mi bienaventurado starets, llegué sin novedad al pueblo: me dirigí a la posada y pedí hospedaje. Entré en la casa, en la que dos viajeros estaban sentados a la mesa; el uno era ya viejo y el otro de edad madura y corpulento. Pregunté quiénes eran al campesino que guardaba sus caballos, y éste me contestó que el anciano era maestro y el otro escribano del juez de paz. Los dos son de origen noble y los llevo a la feria a veinte verstas de aquí.

Después de haber descansado un rato, pedí a la patrona aguja e hilo, me acerqué a la luz y comencé a recoser mi rosario. El escribano me miró y dijo:

-Mucho has debido de rezar para llegar a romper tu rosario.

-No soy yo quien lo ha roto, sino un lobo…

-¡Toma! ¿De modo que hasta los lobos rezan? -respondió riendo el escribano.

Les conté entonces al detalle lo que me había sucedido, y les dije la mucha estima en que tenía yo a este rosario. El escribano se echó a reír y dijo:

-Para vosotros, gente crédula, siempre existen milagros. ¿Qué ves de misterioso en eso que has contado? Tú le has tirado sencillamente algún objeto, el lobo ha tenido miedo y se ha puesto en fuga. Los perros y los lobos tienen siempre miedo de esos objetos que se les tira; y que se le hayan enredado las patas en la maleza no tiene nada de particular. De modo que no hay que creer que todo lo que sucede en el mundo es por milagro.

Entonces comenzó el profesor a discutir con él:

-No hable usted de esa manera, señor: que no entiende usted mucho de estos asuntos. Yo al menos, veo en la historia de este campesino un doble misterio, sensible y espiritual.

-¿Cómo se entiende eso? -preguntó el escribano.

-Escúcheme usted: aunque no posea usted una instrucción muy profunda, habrá estudiado seguramente la historia sagrada por preguntas y respuestas, que se edita para las escuelas. Usted se acuerda que cuando el primer hombre, Adán, se hallaba en el estado de inocencia, todos los animales le estaban sometidos; se le acercaban sin miedo y él les ponía a cada uno su nombre. El starets al cual pertenecía este rosario era santo; ¿y qué es la santidad?, pues no es otra cosa que la resurrección, en el hombre pecador, del estado de inocencia del primer hombre merced a sus esfuerzos por adquirir las virtudes. El alma santifica al cuerpo. El rosario estaba sin cesar en las manos de un santo; pues bien, por el contacto continuado con su cuerpo, este objeto ha sido penetrado por una fuerza santa, la fuerza del estado de inocencia del primer hombre. He aquí el misterio de la naturaleza espiritual… Esta fuerza la sienten naturalmente todos los animales, sobre todo por el sentido del olfato, ya que el olfato es el órgano esencial de los sentidos en el animal. He aquí el misterio de la naturaleza sensible…

-Para ustedes, los sabios, no hay sino fuerzas e historias de este género; pero nosotros vemos las cosas desde otro punto de vista: servirse un vaso de licor y echárselo al estómago, esto es lo que da fuerza y vigor -dijo el escribano, y se dirigió hacia el armario.

-Diga usted lo que quiera -respondió el maestro-, pero por lo menos no pretenda usted negar lo que creen quienes saben más que usted.

Mucho me gustaron las palabras del maestro; y así me acerqué a él y le dije:

-Permítame usted contarle alguna cosa a propósito de mi starets.

Le expliqué cómo se me había aparecido en sueños, y cómo después de haberme enseñado, había hecho una señal con carbón en la Filocalía. El maestro escuchó mi relato con atención. Pero el escribano refunfuñaba, recostado sobre un banco.

-Ahora veo claro que hay gentes que se vuelven locas de tener siempre la nariz metida en la Biblia. No hay más que ver y oír a este buen hombre. ¿Quién será el coco que viene de noche a manchar tus libros con carbón? Seguramente que has dejado caer tu libro al suelo, mientras dormías, y los residuos de la ceniza te lo han manchado… En eso ha consistido todo tu milagro. ¡Ay, estos cortos de alcances! ¡Si no os conociéramos a ti y a todos los de tu cofradía!

Después que hubo hablado de este modo, se volvió hacia la pared y se durmió. Oídas estas palabras, me incliné hacia el maestro y le dije:

-Si usted quiere, yo le enseñaré el libro que lleva esta marca y no unos residuos de ceniza.

Saqué la Filocalía de mi saco y se la enseñé diciendo:

-Yo nunca puedo entender que sea posible a un alma incorpórea tomar un carbón y escribir…

Miró el maestro la señal sobre el libro y dijo:

-Este es el misterio de los espíritus. Y te lo quiero explicar:

Cuando los espíritus aparecen a un hombre bajo una forma corpórea, forman su cuerpo visible de luz y de aire, empleando para esto los elementos de los que había estado hecho su cuerpo mortal. Y como el aire está dotado de elasticidad, el alma que de él se reviste está dotada de la facultad de obrar, de escribir, de apoderarse de objetos. Pero ¿qué libro es ese que tienes en la mano? Déjame que lo vea.

Lo abrió y se encontró con el tratado de Simeón el Nuevo Teólogo.

-Esto debe ser sin duda un libro teológico. No lo conozco.

-Este libro, abuelo, contiene casi únicamente la enseñanza de la oración interior del corazón en el nombre de Jesucristo; esa enseñanza está explicada aquí en todos sus detalles por veinticinco Padres.

-¿La oración interior? Ya sé lo que es -replicó el maestro.

Me incliné profundamente delante de él y le supliqué que me dijera algunas palabras sobre la oración interior.

-Muy bien. Está escrito en el Nuevo Testamento que el hombre y toda la creación están sometidos a su pesar a la vanidad, y que todas las cosas suspiran y tienden hacia la libertad de los hijos de Dios (30): este misterioso movimiento de la creación, este deseo innato de las almas es precisamente la oración interior. No es posible aprenderla, porque se halla en todos y en todo…

-Pero, ¿cómo adquirirla, descubrirla y sentirla en el corazón? ¿Cómo adquirir conciencia de ella y aceptarla voluntariamente, conseguir que opere activamente, regocijando, iluminando y salvando al alma? -le pregunté.

-No sé si hablaran de esto los tratados teológicos -respondió el maestro.

-Sin duda que sí; porque aquí todo esto está escrito -repliqué…

El maestro cogió una pluma y anotó el título de la Filocalía y dijo:

-Voy a pedir este libro a Tobolsk y lo quiero leer.

Y sin más palabras, nos separamos. Al marcharme, di gracias a Dios por mi conversación con aquel hombre y rogué al Señor que concediera al escribano la gracia de leer alguna vez la Filocalia y de comprender su sentido para el bien de su alma.

 

LA JOVEN DE LA ALDEA

En otra ocasión, por primavera, llegué a un pueblecito y me detuve en casa del sacerdote. Era éste un hombre excelente que vivía solo. Pasé tres días en su casa. Habiéndome examinado durante esos días, me dijo:

-Quédate conmigo y yo te pagaré un salario, pues tengo necesidad de un hombre de confianza. Ya has visto que está en construcción una iglesia nueva de piedra junto a la vieja que es de madera. No me es posible encontrar un hombre de conciencia para vigilar a los obreros y estar en la capilla para recoger las limosnas para la construcción; veo que tú serías a propósito para esto y que este género de vida te convendría mucho. Podrás estar solo en la capilla para rezar y pedir a Dios, pues hay en ella un lugar solitario donde pasar el día. Quédate, por favor, al menos hasta que la iglesia esté terminada.

Yo me resistí cuanto pude, pero al fin debí ceder a las súplicas apremiantes del sacerdote. Me quedé pues hasta el otoño, y me instalé en la capilla. Al principio tuve bastante tranquilidad y pude ejercitarme en la oración; pero los días de fiesta, sobre todo, venía mucha gente, unos a rezar, otros a bostezar, y otros para sisar algunas monedas de la bandeja de la colecta. Y como yo leía la Biblia o la Filocalía, algunos de los visitantes solían conversar conmigo, y otros me pedían que les hiciera un poco de lectura.

Al cabo de algún tiempo, observé que una joven del lugar venía con frecuencia a la capilla y se quedaba en ella largo tiempo haciendo oración. Como yo prestase atención a lo que rezaba, oí que decía oraciones muy raras, y hasta algunas totalmente desfiguradas. Le pregunté quién le había enseñado aquellas cosas. Y me respondió que su madre que era ortodoxa, mientras que su padre era un cismático (31), de la secta de los «sin sacerdotes». Esta situación me pareció muy triste y le aconsejé recitar las oraciones correctamente, según la tradición de la Santa Iglesia. Le enseñé el Padre Nuestro y el Ave María. Al fin le dije:

-Reza sobre todo la oración de Jesús; ella nos acerca a Dios más que todas las demás oraciones y por ella conseguirás la salvación de tu alma.

La joven me escuchó con atención y se condujo con toda sencillez según mis consejos. ¿Y lo creeréis? Poco tiempo después me anunció que se había acostumbrado a la oración de Jesús y que sentía el deseo de repetirla incesantemente siempre que le era posible. Cuando rezaba, sentía alegría y finalmente un gran gozo, así como el deseo de continuar rezando. Todo esto me causó gran contento, y le aconsejé que siguiera rezando cada día más, invocando el nombre de Jesucristo.

El verano tocaba a su fin. Muchos de los visitantes de la capilla venían a visitarme, no solamente para pedir un consejo o una lectura, sino para contarme sus dificultades familiares y aun a preguntarme cómo hacer para encontrar los objetos perdidos; indudablemente muchos me tomaban por un adivino. Y he aquí que un día de aquellos, vino la joven, toda llena de amargura, a preguntarme qué es lo que debía hacer. Su padre quería casarla contra su voluntad con un cismático como él y el oficiante sería un campesino. «¿Es esto un matrimonio legal?», clamaba la pobre; ¡esto no es sino puro libertinaje! Quiero huir a cualquier lugar que sea. Yo le repliqué:

-¿A dónde huirás, que no te encuentren en seguida? En estos tiempos, en ninguna parte podrás ocultarte, pues careces de toda documentación; fácilmente darán contigo. Es mejor rogar a Dios con fervor y celo que desbarate por sus caminos los propósitos de tu padre y que guarde tu alma del pecado y de la herejía. Esto es siempre mejor que tu idea de fuga.

Pasaba el tiempo. El ruido y las distracciones me resultaban cada vez más penosas. Y por fin, al terminar el verano, decidí abandonar la capilla y volver a peregrinar como antes. Me presenté al sacerdote y le dije:

-Padre mío, usted conoce mi manera de ser. Yo necesito tranquilidad para ocuparme en la oración, y aquí no encuentro sino bulla y distracciones. Ya he cumplido con lo que usted me había pedido, quedándome todo el verano; ahora, permítame seguir mi camino y bendiga mi solitaria ruta.

El sacerdote no quería dejarme ir y buscó convencerme aún con un discurso:

-¿Qué es lo que te puede impedir orar en este lugar? Ninguna ocupación tienes más que permanecer en la capilla, y la mesa la encuentras puesta. Continúa rezando aquí día y noche si así te place, y vive con Dios. Tú vales y eres útil aquí; no dices tonterías a los visitantes, eres fiel y honrado y además aseguras ciertas limosnas a la iglesia de Dios. Esto es mejor a los ojos del Señor que tu oración solitaria. ¿Por qué vivir todo el día solo? Entre la gente, la oración se hace con mucha más alegría. Dios no creó al hombre para que no se conozca más que a sí mismo, sino para que cada uno ayude a su prójimo, comunicándose unos a otros la salvación, según las posibilidades de cada cual. Fíjate en los santos y en los doctores ecuménicos: día y noche estaban en movimiento y preocupados por la Iglesia, predicaban en todas partes y no se ocultaban en la soledad lejos de sus hermanos.

-Cada uno recibe de Dios el don que más le conviene, padre mío: muchos predicaron a las muchedumbres y otros muchos vivieron en la soledad. Cada uno obraba según su propia inclinación, creyendo que era el camino de salvación que Dios mismo le indicaba. Pues ¿cómo explicará usted que tantos santos hayan rechazado todas las dignidades y los honores de la Iglesia huyendo al desierto, a fin de no ser tentados en el mundo? San Isaac el Sirio abandonó de esta manera a sus fieles, y el bienaventurado Atanasio el Athonita (32) dejó su monasterio: consideraban estos lugares como demasiado seductores, y creían en verdad en las palabras de Jesucristo: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? (33).

-Pero es que esos eran grandes santos -contestó el sacerdote.

-Si los santos se guardaban con tanto cuidado del contacto con los hombres -respondí yo-, ¿qué no deberá hacer un desgraciado pecador?

Finalmente, dije adiós a aquel buen sacerdote y nos separamos afectuosamente.

Después de caminar diez verstas, me detuve para pasar la noche en un pueblecito. Había allí un campesino enfermo de muerte. Yo aconsejé a su familia que le hiciera comulgar con los santos misterios de Cristo, y llegada la mañana mandaron al pueblo en busca del sacerdote. Yo me quedé allí a fin de inclinarme delante de los Santos Dones y rezar durante la administración de tan gran sacramento. Estaba sentado en un banco delante de la casa esperando la llegada del sacerdote, cuando de repente vi venir corriendo hacia mí a aquella joven que había visto rezando en la capilla.

-¿Cómo llegaste hasta aquí? -le pregunté.

-Es que en mi casa estaba ya todo preparado para casarme con el cismático, y he huido.

Y luego echándose a mis pies, me suplicó:

– ¡Ten compasión de mí! Tómame contigo y llévame a un convento; yo no quiero casarme, sino vivir en el convento rezando la oración de Jesús. A ti te escucharán, y me recibirán.

-¿Qué es lo que dices? ¿A dónde quieres que te lleve, si no conozco un solo convento por estos lugares? ¿Ni cómo llevarte conmigo no teniendo, como no tienes, pasaporte? En estas condiciones no te será posible detenerte en ninguna parte; te harán volver a tu casa y te castigarán por vagabunda. Mejor será que te vuelvas a casa y ruegues a Dios; y si no quieres casarte, finge alguna incapacidad. Se llama a esto una ficción piadosa; así obró la santa madre de Clemente, la bienaventurada Marina (34), que se santificó en un monasterio de hombres, y otros muchos.

Mientras hablábamos de esta manera, vimos llegar a cuatro campesinos en un carricoche galopando derechos adonde estábamos nosotros. Apoderándose de la joven, la hicieron subir al carro y la enviaron por delante con uno de ellos; los otros tres me ataron mano con mano y me volvieron al lugar donde había pasado el verano. A todas mis explicaciones, respondían vociferando:

-¡Vaya con el santito este! ¡Ya te vamos a enseñar a seducir a las muchachas!

Hacia el atardecer, me llevaron a la cárcel, me pusieron el cepo en los pies y me encerraron para juzgarme por la mañana siguiente. El sacerdote, al saber que me hallaba preso, vino a visitarme, me trajo de comer, me consoló y me dijo que él tomaría a su cargo mi defensa y declararía, como confesor, que yo estaba bien lejos de tener las intenciones que me querían atribuir. Estuvo un poco de tiempo conmigo y se fue.

Al llegar la noche, el preboste de la jurisdicción vino a pasar por aquel lugar, y le contaron lo que sucedía. Dio orden de convocar la asamblea comunal y de llevarme a la casa de justicia. Entrados en ella, permanecimos de pie, esperando. En esto llegó el preboste dispuesto a proceder inmediatamente. Se sentó en el estrado, guardando su sombrero, y gritó:

-A ver, Epifanio: esta joven, tu hija, ¿no se ha llevado nada de tu casa?

-Nada, señor.

-¿No ha hecho alguna bellaquería con este idiota?

-Ninguna, señor.

-Entonces el asunto está terminado y juzgado, y decidimos:

Con tu hija, arréglate como mejor te parezca; a este tunante le pediremos que se vaya lejos de aquí, después de haberle impuesto un buen correctivo, para que nunca se le ocurra poner de nuevo los pies en este pueblo. Y se acabó.

Y sin añadir una palabra más, el preboste se levantó y se fue a dormir. A mí, me devolvieron a la prisión. Al día siguiente, muy de mañana, vinieron dos gañanes (35) que me dieron mis buenos azotes dejándome luego en libertad. Yo me alejé, dando gracias a Dios que me había permitido padecer en nombre suyo. Todo esto me llenó de grandísimo consuelo y me animó más y más a la oración.

Estos acontecimientos no me causaron la más pequeña aflicción. Parecía como si se le acaecieran a otra persona y yo no fuera más que un espectador; y esto aun cuando me estaban dando los azotes. La oración, que llenaba de alegría mi corazón, no me permitía prestar atención a cosa alguna. Cuando llevaba recorridas cuatro verstas, me encontré con la madre de la joven, que volvía del mercado. Se detuvo y me dijo:

-El novio de la niña nos ha dejado. Se ha enojado contra Akulka (36), y todo por haberse ido de casa.

Luego me dio un pan y un pastel, y yo seguí mi camino.

El tiempo era seco y yo no tenía ganas de dormir en poblado. En esto vi en el bosque dos montones de heno, y a ellos me fui para pasar la noche. Me quedé dormido y empecé a soñar que iba camino adelante, leyendo los capítulos de San Antonio el Grande (37) en la Filocalia. En esto, se presentó el starets y me dijo: «No es esto lo que tienes que leer»; y me indicó el capítulo treinta 1cinco de Juan de Cárpatos (38) en donde está escrito: «… a veces el discípulo se ve expuesto al deshonor, pero sobrelleva estas pruebas por aquellos a quienes ha ayudado espiritualmente». Y me señaló asimismo el capítulo cuarenta y uno en el que se dice: «… todos aquellos que se entregan con mayor ardor a la oración están más expuestos a terribles y fortísimas tentaciones».

Luego me dijo:

-¡Animo y no decaigas nunca de valor! No olvides las palabras del Apóstol: Mayor es quien está en vosotros que quien está en el mundo (39). Ahora has visto por experiencia que no hay tentación que esté sobre las fuerzas del hombre. Porque Dios dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla (40). Por la esperanza en el auxilio del Señor fueron sostenidos los santos, que no pasaron la vida solamente rezando, sino que buscaron, por amor, enseñar y dar luz a los demás. Mira lo que dice a este propósito San Gregorio de Tesalónica (41): «No basta orar incesantemente según el mandamiento divino, sino que debemos exponer esta enseñanza a todos: monjes, laicos, inteligente o simples, hombres, mujeres o niños, a fin de despertar en ellos el celo por la oración interior.» El bienaventurado Calixto Teicoudas (42) se expresa de la misma manera: «La actividad espiritual (es decir, la oración interior) -escribe–, el conocimiento contemplativo y los medios de elevar el alma no se han de guardar para uno mismo, sino que se deben comunicar por la escritura o por el discurso a fin de procurar el bien y el amor de todos. Y la Palabra de Dios declara que el hermano a quien su hermano ayuda es como una ciudad alta y fortificada (43). En todas estas cosas hay que huir de la vanidad con toda la fuerza del alma, y vigilar para que la buena semilla de las divinas enseñanzas no sea arrastrada por el viento.»

Cuando me desperté, sentí una gran alegría en mi corazón y muy renovado vigor en mi alma. Y sin más continué mi camino.

 

CURACIONES MARAVILLOSAS

Bastante tiempo después, todavía tuve otra aventura. Os la voy a contar si no os parece enojoso.

Un día, el 24 de marzo, sentí grandísima necesidad de comulgar con los Santos Misterios de Cristo el día consagrado a la Madre de Dios en recuerdo de su divina Anunciación. Pregunté si había por aquellos lugares alguna iglesia, y me dijeron que había una a treinta verstas.

Emprendí la marcha, caminando lo que quedaba del día y toda la noche a fin de llegar a la hora de Maitines. El tiempo era muy malo: a ratos nevaba, a ratos llovía y soplaba además un viento violento y frío. La ruta atravesaba un riachuelo; y daba sobre él los primeros pasos, cuando el hielo se rompió bajo mis pies. Caí al agua hasta la cintura, y llegué todo empapado a Maitines, que oí, así como la Misa, durante la cual Dios permitió que pudiera comulgar.

Para poder pasar el día en paz, sin que nada turbase, mi gozo espiritual, pedí al guardián que me permitiera estar hasta el día siguiente en la casilla de guardia. Pasé este día en medio de una dicha indecible y en la paz del corazón; tendido en un banco en esta helada cabina, estuve tan bien como si reposara en el seno de Abraham; la oración obraba con eficacia. El amor a Jesucristo y a la Santa Madre de Dios recorría mi corazón en oleadas bienhechoras y tenía sumergida mi alma en un éxtasis lleno de consuelo. En el momento de echarse la noche encima, sentí de repente un violento dolor en las piernas y recordé que me las había mojado. Pero rechazando esta distracción, me concentré de nuevo en la oración y ya no volví a sentir el mal. Cuando por la mañana quise levantarme, me fue imposible mover las piernas, que estaban sin fuerzas y tan blandas como unos algodones. El guardián me tiró del banco abajo, y allí me quedé dos días por no poderme mover. Al tercer día, el guardián me echó de la barraca diciendo:

-Si mueres aquí, aun tendremos el trabajo de correr y ocuparnos de ti.

Arrastrándome con las manos, pude llegar hasta la escalinata de la iglesia y allí quedé echado por tierra. Las gentes que pasaban no prestaban la menor atención ni a mí ni a mis ruegos.

Hasta que al fin un campesino se acercó a mí y empezó a hablarme. Después de algunas palabras vino a decir:

-¿Qué me darás si te curo? Yo tuve exactamente lo mismo que tú, y conozco un remedio. -Le respondí que no tenía nada que darle-. ¿Qué es lo que tienes entonces en tu alforja?

-No tengo sino pan seco y algunos libros.

-Bueno, entonces dame palabra de trabajar en mi casa durante un verano si llegas a sanar.

-Tampoco puedo trabajar. ¿No ves que no tengo más que un brazo que pueda valerse?

-¿Qué es lo que sabes hacer, entonces?

-Nada, fuera de leer y escribir.

-¡Ah! ¿Con que sabes escribir? Bueno; entonces podrás enseñar a escribir a mi hijo; sabe leer un poco, pero yo quiero que aprenda a escribir. Pero los maestros piden mucho: veinte rublos para aprender toda la escritura.

Llegamos, pues, a una avenencia, y con la ayuda del guardián me transportaron a casa del campesino en la que me pusieron en un viejo baño (44) al fondo del cercado.

Comenzó el campesino a curarme: reunió en el campo, en el corral y en los hoyos de la basura una gran olla de viejos huesos de animales, de aves y de cualquiera otra alimaña; los lavó, los hizo pedazos muy pequeños rompiéndolos con una piedra y los echó en una gran marmita; la tapó con una tapadera que tenía un agujero en el centro y lo echó todo en un recipiente que había puesto bien hondo en tierra. Untó con gran cuidado el fondo de la marmita con una espesa capa de tierra arcillosa y la cubrió de troncos que dejó arder durante más de veinticuatro horas. Al colocar los troncos decía: «Todo esto va a formar un alquitrán de huesos.» Al día siguiente, desenterró el recipiente, en el cual se había depositado por el orificio de la tapadera como un litro de un liquido espeso, rojizo y aceitoso que olía a carne fresca. Los huesos que quedaron en la marmita, de negros y podridos que eran, tenían ahora un color tan blanco y transparente como el nácar o las perlas. Cinco veces al día me friccionaba las piernas con este líquido. ¿Y lo creeréis? Al día siguiente, noté que podía mover los dedos; al tercer día, ya podía doblar las piernas; y al quinto me podía tener de pie y caminar por el patio con la ayuda de un bastón. Al cabo de una semana, mis piernas habían recobrado la normalidad. Di gracias a Dios y me decía a mí mismo: la sabiduría de Dios échase de ver en sus criaturas. Unos huesos secos, o podridos, prontos a convertirse en tierra, conservan en sí una fuerza vital, un color y un olor, y ejercen una acción sobre los cuerpos vivientes, a los que son capaces de devolver la vida. Prueba es todo esto de la Resurrección futura. ¡Con qué placer hubiera hecho conocer todas estas cosas al guarda forestal en cuya casa había yo vivido, quien dudaba de la resurrección de los cuerpos!

Habiendo recobrado la salud, como queda dicho, comencé a ocuparme del niño. Escribí como modelo la oración de Jesús y se la hice copiar enseñándole cómo ir formando las letras con arte. Tal ocupación me resultaba muy cómoda, pues el niño servía durante el día en casa del intendente, y sólo venía a buscarme mientras aquél dormía, es decir, por la mañana muy temprano. El niño era inteligente, y pronto aprendió a escribir casi correctamente.

El intendente, al verle escribir, le preguntó:

-¿Quién es el que te da lecciones de escritura?

Respondió el niño que era el peregrino manco que vivía en la casa de su padre en el viejo baño. El intendente, curioso -era un polaco-, vino a verme y me encontró cuando yo empezaba a leer la Filocalía. Habló unos momentos conmigo y me dijo:

-¿Qué es lo que lees ahí?

Yo le enseñé el libro.

-¡Ah, es la Filocalía! -dijo—. Yo vi ese libro en casa de nuestro cura, cuando vivía en Vilna. Pero he oído decir que contiene fórmulas muy raras de oraciones, inventadas por algunos monjes griegos a ejemplo de los fanáticos de la India y de Bukhara, que hinchan sus pulmones y creen tontamente, en cuanto empiezan a sentir cierta sensación en el corazón, que esta sensación natural es una oración dada por el mismo Dios. Hay que orar con toda sencillez, para cumplir los deberes para con Dios; al levantarse, hay que rezar el Padre Nuestro como lo enseña Jesucristo, y ya basta para todo el día. Pero si se repite siempre la misma cosa, hay peligro de volverse loco y de enfermar del corazón.

-No habléis así de este libro santo, pues no son unos monjes griegos cualesquiera quienes lo escribieron, sino unos antiguos y santos personajes que vuestra Iglesia también venera, como Antonio el Grande, Macario el Grande (45) Marcos el Asceta (46), Juan Crisóstomo y otros. Los monjes de la India y de Bukhara han imitado de ellos la técnica de la oración, pero la han desfigurado y echado a perder, según me lo ha contado mi starets. En la Filocalía, todas las enseñanzas están tomadas de la Palabra divina, de la Santa Biblia, en la cual, Jesucristo, al propio tiempo que mandaba rezar el Padre Nuestro, enseñaba que había que orar sin cesar, al decir: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (47); velad y orad (48) permaneced en mí y yo en vosotros (49). Y los Santos Padres, citando el testimonio del Rey David en los Salmos: Gustad y ved cuán bueno es el Señor (50) lo interpretan diciendo que el cristiano debe esforzarse mucho por conocer la dulzura de la oración, que en todo momento debe buscar consuelo en ella y no contentarse con decir una sola vez el Padre Nuestro. Escuchad y os leeré lo que dicen los Padres de aquellos que no ponen cuidado alguno en estudiar la bienhechora oración del corazón. Declaran que los tales cometen un triple pecado; porque: 1º., se ponen en contradicción con las Sagradas Escrituras; 2°., no admiten que exista para el alma un estado superior y perfecto. Contentándose con las virtudes exteriores, permanecen ignorantes del hambre y sed de justicia y se privan de la beatitud de Dios; y 3º., considerando sus virtudes exteriores, a menudo caen en el contentamiento de sí mismos y en la vanidad.

-Muy elevado es eso que has leído, dijo el intendente; pero nosotros, los laicos, ¿cómo podríamos ir por tan alto camino?

-Mirad, voy a leeros cómo muchos hombres de bien han podido, en su estado de laicos, aprender la oración incesante y nunca interrumpida. Abrí la Filocalía en el tratado de Simeón el Nuevo Teólogo sobre el joven Jorge (51), y empecé a leer.

Gustó la lectura al intendente, y me dijo:

-Dame este libro, que lo iré leyendo en mis ratos libres.

-Si queréis, os lo prestaré para un día, pero no para más, pues yo lo leo sin cesar y me es imposible pasar sin él.

-Pero por lo menos podrás copiarme ese pasaje; hazlo y te daré algún dinero.

-No tengo necesidad de vuestro dinero; pero os lo copiaré de muy buena gana, esperando que Dios os dé celo por la oración.

Sin pérdida de tiempo, saqué una copia del pasaje que le había leído. Se lo leyó él a su mujer y ambos lo encontraron muy interesante y hermoso. Desde aquel día, me enviaban a buscar de vez en cuando. Iba yo a su casa con la Filocalía y les hacía alguna lectura, que ellos escuchaban tomando el té. Un día, me hicieron quedar a comer. La mujer del intendente, una muy amable señora de edad, estaba comiendo pescado asado a la parrilla, cuando, de repente, se tragó una espina. A pesar de todos nuestros esfuerzos, nos fue imposible sacársela; la señora sufría mucho de la garganta y al cabo de dos horas hubo de acostarse. Enviaron a buscar al médico, que vivía a treinta verstas de allí, y yo me volví a casa entristecido.

Durante la noche, como yo durmiera con un sueño ligero, oí de repente la voz de mi starets, sin ver a nadie. La voz me dijo:

-Tu patrón te curó a ti, y tú ¿nada puedes hacer por la intendente? Dios nos mandó compadecernos de los males del prójimo.

-De buena gana le ayudaría, pero ¿cómo he de hacerlo? Yo no conozco remedio alguno.

-Esto es lo que has de hacer: esa señora sintió siempre gran repugnancia por el aceite de ricino, cuyo solo olor le produce náuseas. Ve, pues, y dale una buena cucharada de ese aceite; con esto la señora vomitará, la espina saldrá fuera y además el aceite le suavizará la herida de la garganta y sanará.

-¿Y cómo podré yo hacerle tomar el aceite, si tanto horror siente por él?

-Pídele al intendente que la tenga bien por la cabeza, y échale por la fuerza el liquido en la boca.

Me desperté y fui inmediatamente a casa del intendente, a quien le conté todo al detalle. Él me replicó:

-No sé para qué podrá servir tu aceite. Mí esposa tiene ya fiebre y delira, y su cuello está muy inflamado. Mas si quieres probar tu remedio, puedes hacerlo; si el aceite no hace bien alguno, tampoco hará ningún mal.

Echó el intendente aceite de ricino en un vasito, y al fin pudimos conseguir hacérselo tragar. Inmediatamente tuvo un fuerte vómito y echó la espina (52) con un poco de sangre; se sintió mejor y se durmió profundamente.

Al día siguiente, por la mañana, volví para ver cómo iban las cosas, y la encontré con su marido tomando el té; estaba muy admirada de su curación y sobre todo de lo que me había sido dicho en sueños acerca de su repugnancia por el aceite de ricino, porque nunca habían hablado de eso con nadie. En aquel momento llegaba el médico; le contó el intendente cómo había sido curada, y yo le referí cómo me había curado las piernas el campesino. El médico declaró que ninguno de los dos casos tenía nada de sorprendente, pues una fuerza de la naturaleza había intervenido en ambas ocasiones.

-Pero -añadió- los voy a anotar para no olvidarme. -Sacó una pluma de su bolsillo, y escribió algunas líneas en su cuaderno.

Muy pronto corrió el rumor de que yo era adivino, curandero y brujo; de todas partes venían a verme para consultarme, me traían regalos y comenzaron a venerarme como a un santo. Pasada una semana, comencé a reflexionar sobre el caso, y tuve miedo de caer en la vanidad y en la disipación. A la noche siguiente, abandoné la aldea en secreto.

 

LLEGADA A IRKUTSK

Así me vi de nuevo caminando por el camino solitario, y me sentía tan ligero como si de mis hombros hubiera caído una pesada montaña. La oración me consolaba cada vez más. A veces mi corazón hervía en un infinito amor a Jesucristo; y este hervor maravilloso corría en oleadas bienhechoras por todo mi ser. La imagen de Jesucristo estaba tan fuertemente grabada en mi espíritu que, al pensar en los hechos del Evangelio, me parecía como si los contemplase con mis propios ojos. Esto me emocionaba y lloraba de alegría, y en algún momento sentía en mi corazón una felicidad tal que no acierto a describirla. A veces, me quedaba durante tres días lejos de la gente y de las casas, y como en éxtasis me sentía solo en la tierra, yo miserable pecador delante del Dios misericordioso y amigo de los hombres. Esta soledad era mi felicidad, y la dulzura de la oración me resultaba en ella mucho más sensible que viviendo con los hombres.

Llegué por fin a Irkutsk. Después de haberme postrado ante las reliquias de San Inocente, me preguntaba a dónde iría después. No tenía ganas de estar en la ciudad por mucho tiempo, pues era muy populosa. Y así iba caminando y pensando en estas cosas. Encontré, de repente, a un comerciante del país, que me detuvo y me dijo:

-Tú eres un peregrino. ¿Por qué no vienes conmigo a mi casa?

Llegamos a su rica morada. Me preguntó quién era, y yo le conté mi viaje y andanzas. A esto me contestó:

-Tú deberías ir hasta la antigua Jerusalén. Allí hay una santidad tal como no se la encuentra en parte alguna.

-De muy buena gana iría allí -le respondí-; pero la travesía cuesta muy cara y yo no tengo dinero con qué pagarla.

-Si te parece bien, yo te indicaré un medio para hacerlo -dijo el mercader-; el año pasado envié allí a un amigo nuestro.

Yo caí a sus pies, y él me dijo:

-Mira, yo te daré una carta para uno de mis hijos, que está en Odesa y hace el comercio con Constantinopla; allí, en sus oficinas, te pagarán el viaje hasta Jerusalén. No es tan caro como te imaginas.

Estas palabras me llenaron de alegría; di las gracias emocionado a este bienhechor y sobre todo se las di a Dios, que tan paternal amor demostraba hacia mí, pecador empedernido, que ni a Él ni a los demás hacía bien alguno y comía inútilmente el pan ajeno.

Permanecí tres días en casa de este generoso comerciante. Me dio una carta para su hijo y yo me dirigí a Odesa con la esperanza de llegar a la santa ciudad de Jerusalén, pero ignorando si el Señor me permitiría postrarme de hinojos delante de su sepulcro vivificador.


NOTAS AL CAPÍTULO II

1. Inocente (Kulchitski), primer obispo de Irkutsk (1682-1731). Originario de la provincia de Chernigova en la Pequeña Rusia, hizo sus estudios en el colegio de Kiev; fue profesor en la Academia eslavo-greco-latina de Moscú, hieromonje, después superior en la Laura de San Alejandro Nevski en San Petersburgo. Enviado en misión a China con el título de obispo, hubo de pasar casi cinco años en Selenginsk, y en 1727 fue nombrado obispo de Irkutsk. Su lucha contra los abusos, su celo por la mejora de las costumbres, su paciencia, su mansedumbre y su caridad le crearon gran reputación de santidad. Sus reliquias fueron solemnemente expuestas a la veneración de los fieles en 1805, y su fiesta fijada el 26 de noviembre, con el título de pontífice y taumaturgo.

2. Esta historia recuerda un episodio de la vida de San Serafín de Sarov. En el otoño de 1801, estando cortando leña en el bosque, el monje fue atacado por unos ladrones que querían quitarle el dinero. Como les dijera que no tenía nada, le golpearon en la cabeza y le hirieron gravemente. El solitario no quiso dejarse cuidar por los médicos, confiando en el socorro del Señor que le había dado una visión mientras yacía en tierra. Y pidió que no se persiguiera a sus agresores, según las palabras del Evangelio: No temáis a aquellos que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el cuerpo y el alma en la gehena (Mt., X, 28).

3. I Tim., II, 4.

4. I Cor., X, 13.

5. Se trata de un libro publicado por la célebre imprenta de la Laura de Kiev.

6. El alfabeto eslavo tiene treinta y siete letras. Sus caracteres son bastante diferentes de los del alfabeto ruso.

7. Vivió a fines del siglo XIII. Muchas de sus obras están inéditas todavía. Hay en MIGNE (P. G., t. 143, cols. 381-408) muchos de sus escritos ascéticos, una polémica contra los cismáticos y algunos himnos en traducción latina.

8. Prov., XXV, 21.

9. Mt., V, 44.

10. Mt., V, 40.

11. I Pe., III 4.

12. Jn. IV 23.

13. Lc. XVII 21.

14. Rom., VIII, 26.

15. Jn., XV, 4.

16. Prov., XXIII, 26.

17. Rom., XIII, 14 y Gál., III, 27.

18. Cf. Ap., XXII, 17.

19. Cf. Rom., VIII, 15-16.

20. Se trata sin duda de un sermón de Efrén el Sirio, en el cual se describe el Juicio en forma particularmente dramática.

21. De Jerusalén. Sacerdote y exegeta, sin duda del siglo V. Autor de comentarios alegóricos sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento según el método de Orígenes y de los Alejandrinos. El texto al que hace alusión el peregrino se debe a otro monje del mismo nombre, Hesiquio de Batos (siglos VI-VII), discípulo de Juan Clímaco. Se halla en la segunda centuria dedicada a Teódulo, sentencia 7 (Cfr. MIGNE, P. G., t. 93, cols. 1480-1544).

22. Cfr. Gregorio DE NISA, Vie de Moïse, ed. Daniélou, p. 174. «Porque en eso está realmente la perfección; no en abandonar la vida pecadora por miedo del castigo, al modo de los esclavos, no en hacer el bien con la esperanza de la recompensa, sino en temer una sola cosa: perder la amistad divina, y en no estimar sino la única cosa estimable y amable: llegar a ser amigo de Dios.»

23. I Cor., XII, 31.

24. I Tes., V, 19.

25. Cfr. Isaac el Sirio. «El corazón se vuelve como un niño pequeño, y cuando se empieza a rezar, corren las lágrimas.» (Citado por ARSENIEV en Die Religion in Geschichte und Gegenwart, Tubinga, 1927-1931, art. Mystik.)

26. Lc., XVII, 21.

27. Hay aquí una analogía con la división tripartita de la vida espiritual, tal como la define Máximo el Confesor y antes que él Evagrio: «El espíritu que triunfa en la acción corre hacia la prudencia; si triunfa en la contemplación, avanza hacia la ciencia. La primera conduce al que lucha a la distinción de la virtud y del vicio; la segunda conduce al que en ella participe a la ciencia de los seres incorporales y corporales. En cuanto a la gracia del conocimiento de Dios, la obtiene cuando, habiendo atravesado todo lo demás con las alas de la caridad y llegado a Dios, considera con el espíritu la ciencia divina cuanto es posible al hombre.» (MÁXIMO, Centurias sobre la caridad, II, 26. Citado por VILLER, «Aux sources de la spiritualité de saint Maxime», Revue d’Asc. et Mystique, t. XI, abril-julio de 1930, p. 165).

28. Sal., CIV, 24.

29. El rosario, que los religiosos rusos tienen constantemente alrededor de la mano, está formado por un largo cordón de seda o de lana en el cual los nudos hacen las veces de las cuentas de los rosarios occidentales.

30. Rom., VIII, 19-20.

31. Dicho de otro modo un raskolnik, un «viejo-creyente». Hacia mediados del siglo XVII (1652-1658), las reformas emprendidas por el patriarca Nikón dieron origen a un cisma dentro de la Iglesia rusa. Las raskolniki, dirigidos por Avvakum, se separaron de ésta antes que aceptar los cambios. Este cisma fue agravado por los decretos «modernistas» de Pedro el Grande, que instituyó en 1721 un sínodo en lugar del Patriarca, arrebatando así a la Iglesia la independencia que Nikón reclamaba. El cisma dio lugar a la creación de múltiples sectas, entre las que se distinguen dos ramas principales: la de los que conservaron la jerarquía eclesiástica, los popovtsy, y los que la rechazaron desde el principio, los bezpopovtsy o «sin sacerdotes». Entre estos últimos se desarrollaron tendencias a la mística naturalista, o por el contrario al rigor moral de tipo jansenista. Véase a este propósito LEROY-BEAULIEU, L’Empire des Tsars et les Russes, t. III, y sobre todo P. PASCAL, Avvakum et les débuts du Raskol: La crise religieuse au XVII siècle en Russie, Ligugé, 1938, y del mismb autor: La vie de l’Archiprêtre Avvakum écrite par lui-méme, París, 1938.

32. Fundador del monasterio de la Gran Laura del monte Athos. Nacido en Trebizonda hacia el 920, tomó el hábito en el monte Kyminas en Bitinia. Hizo allí vida eremítica, huyendo después al monte Athos para no ser nombrado higúmeno superior (hacia el año 958). Oculto entre los solitarios con el nombre de Doroteo, fue encontrado por su amigo Nicéforo Focas, quien le hizo aceptar, contra su voluntad, una suma de dinero para construir un convento y una iglesia dedicada a la Virgen. Este fue el monasterio de la Laura, el primero del monte Athos. En 963, proclamado emperador Nicéforo Focas, Atanasio huyó a Chipre para escapar de los honores que le reservaba su amigo. Volvió, no obstante, y después de varias disputas con los ermitaños, a los que quería imponer la vida cenobítica, murió en 1003, aplastado, con otros cinco monjes, por la caída de una arcada en el momento de colocarle la clave. Su fiesta se celebra el 5 de julio.

33. Mt., XVI, 26.

34. Su fiesta es celebrada por la Iglesia latina el 17 de julio, y por la griega el 12 de febrero. Probablemente originaria de Bitinia, vivió en el siglo VIII. Su padre, Eugenio, que había entrado en el monasterio al enviudar, no podía soportar vivir separado de su hija. No atreviéndose a manifestarlo al padre abad, hízole creer que se trataba de un hijo. Habiendo sido autorizado a tener a su hijo consigo, vistió a Marina de chico, le dio el nombre de Marino y la instaló en el monasterio. Tenía 17 años cuando su padre murió. Habiéndose quedado en el convento, dio siempre pruebas de una gran piedad. Acosada de haber forzado a una joven, se sometió a una dura penitencia. Solamente después de su muerte pudo descubrirse su identidad. (Cfr. Acta Sanctorum [Bol.], julio, tomo IV, pp. 278-287.)

35. Literalmente: el «centenero» y el «decenero». Elegido por la asamblea comunal, el «centenero» era el agente activo de la policía rural, bajo el control directo del comisario de policía. Estas funciones, que remontan a la Edad Media, no recibieron una definición precisa hasta 1837, año de la fundación de la policía rural. Los «centeneros» tenían bajo sus órdenes a los «deceneros», elegidos igualmente por la asamblea comunal.

36. Akulka es un diminutivo de Akulina, forma popular de Acylina, santa cuya fiesta cae el 7 de abril y el 13 de junio en la Iglesia griega.

37. Se trata de las Instrucciones de San Antonio en 170 capítulos, que abren las Filocalías griega y eslava. Pueden leerse en MIGNE, P. G., t. 40. Son ciertamente apócrifas, lo mismo que los demás escritos atribuidos al iniciador de la vida anacoreta (excepto la carta al abad Teodoro, P. G., t. 40, cols. 1065-1066), y se reducen a un escrito esencialmente estoico con ligeras interpolaciones por una mano cristiana. (Cfr. HAusherr, Orientalia Christiana, t. XXX, 3 de junio de 1933.) Cfr. igualmente: Antoine le Grand, pare des moines. Su vida, por San Atanasio. Traducida y presentada por el padre Benoit Lavaud, Friburgo, 1943.

38. Vivió probablemente en los siglos VII y VIII. A veces se lo menciona como obispo, a veces como monje, y habría vivido en la isla de Cárpatos. Sus obras conocidas comprenden:

1ª. Capitula Consolatoria C ad monachos Indiae (Filocalia, Venecia, 1782, páginas 241-257; MIGNE, P. G., t. 85, cols. 791-812).

2ª. Ad eosdem Capitula physiologico-ascetica CXVI (MIGNE, ibid., cols. 812-826).

3ª. Capitula moralia, etc., reproducidos en MIGNE bajo el nombre de Elías el Ecdico, P. G., t. 127, cols. 1148-1176. Los manuscritos prueban que estos «Capítulos» han de ser atribuidos a Juan de Cárpatos.

39. I Jn., IV, 4.

40. I Cor., X, 13.

41. Llamado también Gregorio Palamas. Véase el cuarto relato, nota 17.

42. Asceta de la escuela de Calixto y de Ignacio Xanthopoulos. Se conoce de él un opúsculo: Sobre la práctica hesicasta, reproducido por MIGNE (P. G., t. 147, cols. 817-825).

43. Prov. XVIII, 19.

44. Es una casita especialmente dispuesta para los baños de vapor en uso en toda Rusia. Para evitar los peligros de incendio se la coloca en un rincón del cercado, bien alejada de los demás edificios.

45. También llamado Macario el Egipcio (300-390), anacoreta durante sesenta años en el desierto. Originario del Alto Egipto, fue sin duda discípulo de San Antonio. De las obras publicadas con su nombre, sólo la carta a los monjes jóvenes (MIGNE, P. G., t. 34, cols. 405.410), conocida desde el siglo V, puede serle atribuida con probabilidad. Las cincuenta homilías que llenan el tomo 34 de la Patrología griega de Migne han suscitado muchas discusiones y generalmente son consideradas como apócrifas. Cfr. STOEFFELS, Die mystiche Theologie Makarius des Aegypters, Bonn, 1908.

46. Conocido también por Marcos el Ermitaño (muerto hacia d año 430), es autor de escritos ascéticos y parece haber vivido a principios del siglo y. Discípulo de San Juan Crisóstomo, fue abad de un monasterio en Ancyra de Galacia (Ankara) y después ermitaño en el desierto de Judea. Escritor de un ascetismo «sobrio y de buena ley», dejó nueve tratados ascéticos, el más conocido de los cuales es el De Lege spirituali, y dos tratados dogmáticos, uno de los cuales está escrito contra los nestorianos. Sus obras están en MIGNE, P. G., tomo 65, cols. 905-1140. Cfr. KUNZE, Marcus Eremita, em neuer Zeuge für das altchristliche Taufbekenntnis, Leipzig, 1895.

47. Mt., XXII, 37.

48. Mc., XIII, 33.

49. Jn., XV, 4.

50. Sal., XXXIV, 9.

51. Este tratado es una Catequesis de San Simeón reproducida en MIGNE, P. G., t. 120, cola. 693-702.

52. Un episodio análogo se encuentra en la vida del arcipreste Avvakum (Pierre PASCAL, op. cit., pp. 205-210). El arcipreste se ahogaba con una espina de pescado, pero su hija Agripina «tomó aliento, y con sus pequeños codos me golpeó en la espalda; saltó un poco de sangre de la garganta y pude respirar».



 

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