El peregrino rusoOración contemplativa

El peregrino ruso (capítulo séptimo)

EL PEREGRINO: Mi piadoso amigo, el profesor, y yo no podíamos resistir al deseo de emprender nuestro viaje y, antes de hacerlo, de pasar un momento para deciros un último adiós y pediros que recéis por nosotros.

EL PROFESOR: Sí, nuestro trato íntimo con vos ha significado mucho para nosotros, así como las salutíferas conversaciones sobre cuestiones espirituales de que hemos gozado en vuestra casa, en compañía de vuestros amigos. Guardaremos recuerdo de todo ello en nuestros corazones como prenda de confraternidad y amor cristiano en esa tierra lejana a la que nos vamos prestos.

EL STARETS: Gracias por acordaros de mí. Y, a propósito, ¡cuán oportunamente llegáis! Hay dos viajeros hospedados aquí, un monje moldavo y un eremita que ha vivido en silencio en un bosque durante veinticinco años. Quieren veros. Los llamaré en seguida. Helos aquí.

EL PEREGRINO: ¡Ah, qué bendición es una vida de soledad! ¡Y cuán apropiada para llevar al alma a la unión ininterrumpida con Dios! El bosque silencioso es como un Jardín del Paraíso en el que el delicioso árbol de la vida crece en el corazón devoto del solitario. Si yo tuviera de qué vivir, nada, creo, me apartaría de una vida eremítica.

EL PROFESOR: Todo nos parece particularmente deseable visto desde lejos. Pero todos comprobamos por experiencia que todo lugar, aunque pueda tener sus ventajas, tiene también sus inconvenientes. Ciertamente que si uno es melancólico por temperamento e inclinado al silencio, entonces una vida solitaria es un consuelo. ¡Pero cuántos peligros hay a lo largo de esta vía! La historia de la vida ascética proporciona muchos ejemplos que muestran cómo numerosos solitarios y eremitas, habiéndose privado enteramente de todo trato humano, han incurrido en el engaño a sí mismos y han sido víctimas de profundas seducciones.

EL EREMITA: Me sorprendo de cuán a menudo se oye decir en Rusia, no sólo en casas religiosas, sino incluso entre los laicos temerosos de Dios, que muchos que desean la vida eremítica, o ejercitarse en la práctica de la oración interior, se guardan de seguir esta inclinación por el temor de que las seducciones los pierdan. Empeñados en ello, presentan ejemplos de la conclusión a la que han llegado como argumento tanto para evitar ellos mismos la vida interior, como para desviar también de ella a los demás. En mi opinión, esto proviene de dos causas: bien de la incapacidad de comprender la tarea que hay que realizar y falta de luces espirituales, bien de su propia indiferencia hacia la realización contemplativa y celos de que otros, que están a un nivel bajo en comparación con ellos, puedan dejarles atrás en este conocimiento superior. Es una gran lástima que los que tienen esta convicción no investiguen la enseñanza de los Santos Padres sobre este particular, puesto que éstos enseñan, de forma bien determinante, que no se debe ni temer ni dudar cuando se invoca a Dios. Si algunos han caído, en efecto, en el engaño de sí mismos y en el fanatismo, ello es consecuencia del orgullo, de no tener un maestro y de tomar las apariencias y la imaginación por la realidad. Si tal tiempo de prueba llegase, precisan los Padres, él traería la experiencia y daría una corona de gloria, porque el auxilio de Dios viene con prontitud en protección, cuando tal cosa es permitida. Sed valientes. Yo estoy con vosotros; no temáis, dice Jesucristo. De esto se desprende que sentir miedo e inquietud por la vida interior con el pretexto del riesgo del engaño a uno mismo es cosa vana. Porque la humilde conciencia de los propios pecados, la apertura del alma al maestro de uno y la ausencia de imágenes en la oración son una fuerte y segura defensa contra esas ilusiones tentadoras de las que algunos sienten tanto miedo, y por las que no se aventuran en la actividad espiritual. Y, dicho sea de paso, estos últimos se hallan ellos mismos expuestos a la tentación, como nos recuerdan las sabias palabras de Filoteo el Sinaíta, quien dice así: «Hay muchos monjes que no comprenden la ilusión de sus propias mentes, que sufren a manos de los demonios; es decir, ellos se dan con diligencia a una sola forma de actividad, las buenas obras exteriores, y en cuanto a la actividad espiritual, esto es, la contemplación interior, ellos casi no se preocupan, ya que sobre este punto son ignorantes.» «Incluso si oyen de otros que la gracia obra interiormente en ellos, por celos no lo ven sino como un engaño a sí mismos», declara San Gregorio el Sinaíta.

EL PROFESOR: Permitidme haceros una pregunta. Por supuesto que la conciencia de los propios pecados es conveniente para todo el que pone alguna atención sobre sí mismo. Pero, ¿cómo proceder cuando no se dispone de un maestro que le guía a uno en la vía de la vida interior por experiencia propia, y que, cuando uno le ha abierto a él su corazón, le imparta el conocimiento correcto y fidedigno acerca de la vida espiritual? En este caso, sin duda, ¿no sería mejor no intentar la contemplación que probar por uno mismo sin ningún guía? Además, por mi parte no entiendo con facilidad cómo, si uno se pone en la presencia de Dios, es posible observar una completa ausencia de imágenes. No es natural, ya que nuestra alma o nuestra mente no pueden representarse nada privado de forma, en una absoluta ausencia de imágenes. ¿Y por qué, realmente, cuando el alma está inmersa en Dios, no hemos de representarnos a Jesucristo o a la Santísima Trinidad, por ejemplo?

EL EREMITA: La guía de un maestro o starets con experiencia y conocedor de las cosas espirituales, a quien uno pueda abrir su corazón cada día sin reservas, con confianza y aprovechamiento, y decir sus pensamientos y aquello con lo que uno se ha encontrado en el camino de la educación interior, es la condición primordial para la práctica de la oración del corazón para quien ha emprendido la vía del silencio. Sin embargo, en casos en que sea imposible encontrar uno, los mismos Santos Padres que prescriben esto, hacen una excepción. Nicéforo el Monje da instrucciones claras acerca de ello, de este modo: «Durante la práctica de la actividad interior del corazón se requiere un maestro auténtico y que posea un conocimiento cabal. Si no sabes de ninguno, debes buscarlo con diligencia. Si no lo hallas, entonces, invocando con contrición a Dios por ayuda, saca instrucción y guía de las enseñanzas de los Santos Padres y verifícalas por la Palabra de Dios expuesta en las Sagradas Escrituras.» Aquí uno debe también tomar en consideración el hecho de que el buscador de buena voluntad y celo puede obtener igualmente algo útil como instrucción de la gente corriente. Ya que los Santos Padres nos aseguran asimismo que si con fe y recta intención uno inquiere incluso de un sarraceno, éste puede decir palabras valiosas para nosotros. Si, por otro lado, uno pide instrucción de un Profeta sin fe ni recta intención, entonces ni siquiera éste le dará satisfacción. Vemos un ejemplo de esto en el caso de Macario el Grande, de Egipto, a quien en una ocasión un simple aldeano dio una explicación que puso fin a la angustia que experimentaba.

Por lo que respecta a la ausencia de imágenes, esto es, no usar la imaginación y no aceptar ningún tipo de visión durante la contemplación, sea de luz, o de un ángel, o de Cristo, o de no importa qué santo, y apartarse de todo ensueño, esto, por supuesto, viene ordenado así por Santos Padres experimentados, por esta razón: El poder de la imaginación puede fácilmente encarnar, o por así decirlo, dar vida a las representaciones de la mente, y de este modo los inexpertos pueden ser fácilmente atraídos por estas ficciones, tomarlas por visiones de la gracia y caer en el engaño de sí mismos, a pesar del hecho de que la Sagrada Escritura dice que el propio Satanás puede asumir la forma de un ángel de luz. Y que la mente pueda natural y fácilmente estar en un estado de ausencia de imágenes y mantenerse en él, incluso durante la rememoración de la Presencia de Dios, puede verse en el hecho de que el poder de la imaginación puede presentar perceptiblemente una cosa en un estado de ausencia de imágenes y mantener su dominio sobre una representación así. Así, por ejemplo, la representación de nuestras almas, del aire, cálido o frío. Cuando tienes frío, puedes tener una vívida idea del calor en tu mente, a pesar de que el calor no tiene forma, no es un objeto de la vista, y no se mide por la sensación física de quien se encuentra expuesto al frío. Del mismo modo, también la presencia del espiritual e incomprehensible Ser de Dios puede estar presente en la mente y ser reconocida en el corazón, en una absoluta ausencia de imágenes.

EL PEREGRINO: Durante mis viajes me he tropezado con gente piadosa que buscaba la salvación, que me han contado que temían el tener algo que ver con la vida interior, a la que denunciaban como mera ilusión. A varios de ellos les leí, con algún provecho, la enseñanza de San Gregorio el Sinaíta en la Filocalía. Este dice que «la acción del corazón no puede ser una ilusión (como puede serlo la de la mente), ya que si el enemigo desease trocar el calor del corazón por su propio fuego incontrolado, o trocar el regocijo del corazón por los torpes placeres de los sentidos, el tiempo, la experiencia y el propio sentimiento descubrirían sus astucias y sus ardides, incluso a los que no están muy instruidos.» También he encontrado a otros que, bien desdichadamente, después de haber conocido la vía del silencio y de la oración del corazón, habían dado rienda suelta al desaliento al topar con algún obstáculo o flaqueza culpable, abandonando la actividad interior del corazón que habían conocido.

EL PROFESOR: Sí, y esto es muy natural. Yo mismo he experimentado esto a veces, en ocasiones en que he perdido la serenidad interior o cometido alguna falta. Y puesto que la oración interior del corazón es algo sagrado, y unión con Dios, ¿no es impropio y algo a lo que no hay que osar el traer una cosa sagrada a un corazón pecador, sin haberlo purificado primero por silenciosa penitencia contrita y una adecuada preparación para la comunión con Dios? Es mejor ser mudo ante Dios que ofrecerle las palabras irreflexivas de un corazón que está en la obscuridad y la confusión.

EL MONJE: Es una gran lástima que penséis así. Eso es desconfianza, que es el peor de los pecados y constituye la principal arma del mundo de las tinieblas contra nosotros. La enseñanza de nuestros experimentados Santos Padres sobre esto es muy diferente. Nicetas Stethatos dice que si has caído y te has hundido incluso hasta profundidades diabólicas del mal, aun así no debes desesperar, sino volverte rápidamente a Dios, que Él levantará con presteza tu corazón caído y te dará más fuerza de la que tenías antes. Así pues, después de cada caída y herida culpable del corazón, lo que hay que hacer es colocarlo inmediatamente en la Presencia de Dios para su cura y purificación, de igual modo que las cosas que han resultado infectas, las cuales, si son expuestas durante algún tiempo al poder de los rayos del sol, pierden la agudeza y la fuerza de su infección. Muchos autores espirituales hablan positivamente de este conflicto interior con los enemigos de la salvación, nuestras pasiones. Si recibes heridas mil veces, aun así no debes de ningún modo abandonar la actividad dadora de vida, es decir, la invocación de Jesucristo, quien está presente en nuestros corazones. Nuestras acciones no sólo no deben apartarnos de andar en la Presencia de Dios y de la oración interior, a la vez que producir desasosiego, desaliento y tristeza en nosotros, sino que más bien deben fomentar nuestra pronta vuelta a Dios. El niño que al empezar a andar es conducido por su madre, se vuelve rápidamente a ella y se agarra a ella firmemente cuando tropieza.

EL EREMITA: Yo lo veo de este modo: Es espíritu de desconfianza, y los pensamientos agitados y dubitativos se despiertan con mayor facilidad con la distracción de la mente y el descuido en guardar el silencioso refugio de nuestro yo interior. Los antiguos Padres, en su sabiduría divina, obtuvieron el triunfo sobre el desaliento y recibieron luz interior y fuerza por la confianza en Dios, por el silencio sosegado y la soledad, y nos han dado útiles y sabios consejos: «Siéntate en silencio en tu celda, y ella te lo enseñará todo.»

EL PROFESOR: Tengo tal confianza en vos, que escucho muy complacido vuestro análisis crítico de mis pensamientos acerca del silencio, el cual tenéis en tal aprecio, y de los beneficios de la vida solitaria, que los eremitas tanto aman llevar. Pues esto es lo que yo pienso: Ya que todos, por la ley natural ordenada por el Creador, estamos colocados en necesaria dependencia de los demás y, por lo tanto, todos venimos obligados a ayudarnos mutuamente en la vida, trabajar unos por otros y estar al servicio unos de otros, esta sociabilidad va encaminada al bienestar de la raza humana y muestra el amor por el prójimo. Pero el eremita silencioso, que se ha retirado de la sociedad humana, ¿de qué modo puede, en su inactividad, ser de utilidad a su prójimo, y qué contribución puede hacer al bienestar de la sociedad humana? Él destruye por completo en sí mismo esta ley del Creador que se refiere a la unión de amor por sus iguales, y a la influencia benéfica sobre la comunidad.

EL EREMITA: Puesto que vuestro punto de vista sobre el silencio es incorrecto, la conclusión que obtenéis de él no es válida. Considerémoslo en detalle. Primero: Quien vive en silenciosa soledad no sólo no vive en un estado de inactividad y ocio, sino que está activo en el más alto grado, incluso más que quien participa de la vida en sociedad. Él actúa infatigablemente de acuerdo con lo más elevado de su naturaleza racional: vigila; reflexiona; mantiene su atención sobre el estado y el progreso de su vida interior. Este es el verdadero objetivo del silencio. Y en la medida en que esto contribuye a su propio avance, beneficia a otros para quienes la sumersión sin distracciones dentro de sí mismos, para el desarrollo de su vida interior, es imposible. Pues el que vela en silencio, al comunicar sus experiencias interiores, sea de palabra (en casos excepcionales), sea poniéndolas por escrito, favorece el aprovechamiento espiritual y la salvación de sus hermanos. Y hace más, y ello de naturaleza más elevada, que el bienhechor privado, porque las caridades sentimentales de la gente del mundo están siempre limitadas por el pequeño número de beneficios otorgados, mientras que quien concede beneficios por haber alcanzado interiormente los medios probados y convincentes de perfeccionar la vida espiritual, llega a ser un bienhechor de pueblos enteros. Su experiencia y su enseñanza pasan de generación en generación, como lo vemos nosotros mismos, y de lo que nos venimos valiendo desde los tiempos antiguos hasta hoy. Y esto no difiere en ningún modo del amor cristiano; incluso lo aventaja por sus resultados. Segundo: La influencia benéfica y utilísima sobre su prójimo de quien observa el silencio, no sólo se manifiesta por la comunicación de sus instructivas observaciones sobre la vida interior, sino que el propio ejemplo de su vida retirada beneficia al laico atento, llevándole al conocimiento de sí mismo y despertando en él el sentimiento de reverencia. El hombre que vive en el mundo, oyendo del piadoso solitario, o pasando por la puerta de su eremitorio, siente un impulso hacia la vida espiritual, le viene al recuerdo lo que el hombre puede ser sobre la tierra, que le es posible volver a ese primitivo estado contemplativo en el que salió de las manos de su Creador. El solitario silencioso enseña por su mismo silencio, y por su misma vida beneficia, edifica y persuade de la búsqueda de Dios. Tercero: Este beneficio surge del auténtico silencio, que es iluminado y santificado por la luz de la Gracia. Pero si el silencioso no tuviese estos dones de la Gracia que hacen de él una luz para el mundo, y se hubiese aventurado en la vía del silencio con el propósito de ocultarse de la compañía de sus iguales, como resultado del tedio y la indiferencia, aun así sería de gran beneficio para la comunidad en que viviese, de igual manera que cuando el jardinero corta las ramas secas y estériles y quita las malas hierbas para que el crecimiento de las mejores y más útiles no sea estorbado. Y esto es mucho. Es de provecho general el que el silencioso, con su retiro, elimine las tentaciones que surgirían inevitablemente de su vida poco ejemplar entre la gente, y que serían perjudiciales para la moralidad de su prójimo.

Sobre la importancia del silencio, San Isaac el Sirio se pronuncia así: «Cuando ponemos en un platillo todas las acciones de esta vida y en el otro el silencio, encontramos que éste desequilibra la balanza. No estiméis por igual a los que obran señales y prodigios en el mundo que a los que guardan el silencio con conocimiento. Amad la inactividad del silencio más que la saciedad de los codiciosos de este mundo. Es mejor para vosotros soltaros de las ataduras del pecado que liberar a esclavos de su servidumbre.» Incluso los sabios del mundo han reconocido el valor del silencio. La escuela filosófica de los neoplatónicos, que agrupó a muchos partidarios bajo la guía del filósofo Plotino, desarrolló hasta un alto grado la vida contemplativa, accesible muy particularmente por el silencio. Un autor espiritual dijo que si el Estado fuese perfeccionado al más alto grado en la educación y las costumbres, aun en tal caso sería necesario encontrar hombres para la contemplación, además de las actividades habituales de los ciudadanos, para preservar el espíritu de verdad y. habiéndolo recibido de todos los siglos pasados, conservarlo para las generaciones venideras y entregarlo a la posteridad. Tal suerte de hombres son, en la Iglesia, los eremitas, los solitarios y los anacoretas.

EL PEREGRINO: Pienso que nadie ha estimado tan justamente las excelencias del silencio como San Juan Clímaco. «El silencio, dice, es la fuente de la oración, un retorno de la cautividad del pecado, un desapercibido triunfo en la virtud, una continua ascensión al cielo.» Sí, y el propio Jesucristo, para mostrarnos el provecho y la necesidad de la reclusión en el silencio, dejaba a menudo Su predicación pública y se retiraba a lugares silenciosos para orar y encontrar quietud. Los silenciosos contemplativos son como pilares que sostienen la piedad de la Iglesia por su oración secreta y continua. Incluso en un pasado lejano, vemos a muchos laicos, incluso a reyes y sus cortesanos, visitar a eremitas y a hombres que guardaban el silencio para pedirles que recen por su fortificación y su salvación. De este modo, también, puede el solitario servir a su prójimo y obrar por el aprovechamiento y la felicidad de la sociedad, con su oración retirada.

EL PROFESOR: Aquí tenemos otra vez otra idea que yo no entiendo muy bien. Es costumbre general entre nosotros los cristianos el pedirnos oraciones mutuamente, el querer que otro rece por mí, y el tener especial confianza en un miembro de la Iglesia. ¿No es esto sencillamente una exigencia del amor por sí mismo? ¿No es acaso tan sólo que hemos cogido el hábito de decir lo que hemos oído a otros decir, como una especie de imagen mental, sin reflexión seria alguna? ¿Requiere Dios acaso la intercesión humana, Él, que prevé todo y actúa de acuerdo con Su bendita Providencia y no de acuerdo con nuestros deseos, conociendo y determinándolo antes de que nuestro ruego se haga, tal como dice el Santo Evangelio? ¿Puede acaso la oración de mucha gente ser realmente más fuerte para imponerse a Sus decisiones que la de una sola persona? En este caso Dios haría acepción de personas. ¿Puede realmente salvarme la oración de otra persona, cuando a todos se nos elogia o se nos avergüenza por nuestras propias acciones? Y, por lo tanto, pedir las oraciones de otra persona me parece meramente una piadosa expresión de cortesía espiritual, que muestra signos de humildad y un deseo de complacer por el preferirse unos a otros. Eso es todo.

EL MONJE: Si sólo se tuviesen en cuenta consideraciones exteriores, y con una filosofía elemental, podría ser visto así. Pero el juicio espiritual, bendecido por la luz de la religión y educado por las experiencias de la vida interior, va mucho más al fondo, contempla con más claridad y revela en forma misteriosa algo enteramente distinto de lo que vos habéis expuesto. Para que podamos entenderlo más rápidamente y con mayor claridad, tomemos un ejemplo y luego verifiquémoslo a la luz de la Palabra de Dios. Digamos que un alumno va a un maestro buscando instrucción. Sus débiles capacidades y, lo que es más, su pereza y su falta de concentración le impiden alcanzar ningún éxito en sus estudios, y es puesto en la categoría de los perezosos y de los fracasados. Triste por este motivo, y sin saber qué hacer ni cómo luchar contra sus deficiencias, encuentra a otro alumno, condiscípulo suyo, más capaz que él, más diligente y más afortunado, y le cuenta su problema. El otro se interesa por él, y le sugiere que trabajen juntos. «Trabajemos juntos, dice, y tendremos más entusiasmo, más alegría y mejor resultado». Y así, empiezan a estudiar juntos, compartiendo con el otro lo que uno ha entendido. La materia de su estudio es la misma. ¿Y qué resulta al cabo de varios días? El indiferente se torna diligente; empieza a gustarle su labor; su negligencia se troca en ardor e inteligencia, lo que tiene también un efecto benéfico sobre su carácter y su conducta. Y el inteligente, a su vez, se vuelve más capaz y aplicado. Por esta influencia mutua, ellos obtienen un aprovechamiento común. Y esto es muy natural, ya que el hombre nace en sociedad; desarrolla su comprensión racional a través de los demás; y los hábitos, la educación, las emociones, la acción de la voluntad, todo, en una palabra, lo recibe del ejemplo de sus iguales. Y, por lo tanto, como la vida de los hombres consiste en las relaciones más estrechas y las más fuertes influencias de unos sobre otros, quien vive entre un tipo determinado de gente se acostumbra a su tipo de hábitos, conducta y costumbres. Por consiguiente, el tibio se torna entusiasta; el estúpido, sagaz; el perezoso despierta a la actividad por un vivo interés en sus semejantes. El espíritu puede darse al espíritu, y actuar beneficiosamente sobre otro, y atraerlo a la oración, a la vigilancia. Puede darle ánimos en el desaliento, apartarle del vicio y despertarle a la acción santa. Y es así, ayudándose mutuamente, como ellos pueden volverse más piadosos, más enérgicos espiritualmente, más respetuosos. He aquí el secreto de la oración por los demás, que explica la piadosa costumbre entre los cristianos de rezar unos por otros y de pedir las oraciones del hermano.

Y con esto puede verse que no es que Dios esté complacido, como lo están los grandes de este mundo, por los muchos ruegos e intercesiones, sino que el propio espíritu y poder de la oración purifica y despierta al alma por la que la oración es ofrecida, y la dispone para la unión con Dios. Si la oración mutua de los que viven en la tierra es tan benéfica, del mismo modo podemos deducir que la oración por los desaparecidos es también mutuamente benéfica, a causa del nexo muy estrecho que existe entre el mundo celestial y éste. Es así como las almas de la Iglesia Militante pueden llegar a unirse con las almas de la Iglesia Triunfante, o, lo que es lo mismo, los vivos con los muertos.

Todo lo que he dicho es una argumentación psicológica, pero si abrimos la Sagrada Escritura podemos verificar su verdad. Jesucristo dice al Apóstol San Pedro: He rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Aquí veis que el poder de la oración de Cristo fortifica el espíritu de San Pedro y le da ánimos cuando su fe es probada. Cuando el Apóstol San Pedro estaba en prisión, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. Aquí tenemos revelada la ayuda que la oración fraternal aporta en las circunstancias difíciles de la vida. Pero el precepto más claro acerca de la oración por los demás viene dado por el Apóstol Santiago, de este modo: Confesaos, pues, mutuamente vuestras faltas y orad unos por otros… Mucho puede la oración fervorosa del justo. He aquí la confirmación categórica de la argumentación psicológica de antes. ¿Y qué decir del ejemplo del Apóstol San Pablo, que nos es dado como modelo de la oración por los demás? Un autor observa que este ejemplo del Apóstol San Pablo debería enseñarnos cuán necesaria es la oración por los demás, cuando un podvizhnik tan santo y tan fuerte reconoce su propia necesidad de esta ayuda espiritual. En la Epístola a los Hebreos, él expresa su ruego de este modo: Orad por nosotros. Confiamos en que tenemos buena conciencia y que queremos vivir bien en todo. Cuando consideramos esto, cuán poco razonable nos parece contar sólo con nuestras propias oraciones, cuando un hombre tan santo, tan lleno de gracia, pide en su humildad que las oraciones de los suyos (en este caso, los hebreos) se unan a las suyas. Por tanto, por humildad, simplicidad y unión de amor, no deberíamos rehusar o desdeñar la ayuda de las oraciones aun del más débil de los creyentes, cuando el espíritu clarividente del Apóstol San Pablo no vaciló en ello. Él pide las oraciones de todos por igual, sabiendo que el poder de Dios se hace perfecto en la debilidad. Por consiguiente, puede a veces ser hecho perfecto en aquellos que parecen no ser capaces de rezar sino muy débilmente. Con la fuerza de este ejemplo, reparamos además en que la oración mutua fortalece esa unidad de amor cristiano ordenada por Dios, da testimonio de humildad en el espíritu de quien hace la petición y, por así decirlo, atrae al espíritu del que ora. Así es como se estimula la intercesión mutua.

EL PROFESOR: Vuestro análisis y vuestras pruebas son admirables y exactas, pero sería interesante saber por vos el método y la forma concretos de la oración por los demás. Porque pienso que si la fecundidad y el poder de atracción de la oración dependen de un vivo interés en nuestro prójimo, y particularmente de la influencia constante del espíritu del que reza sobre el del que ha pedido la oración, un estado de alma así podría apartar a uno de la sensación ininterrumpida de la invisible Presencia de Dios, y de la efusión de la propia alma a Dios por sus necesidades. Y si uno recuerda a su prójimo sólo una o dos veces por día en simpatía con él, y pidiendo ayuda a Dios por él, ¿no será esto suficiente para la atracción y el fortalecimiento de su alma? En resumen, querría saber exactamente cómo hay que rezar por los demás.

EL MONJE: La oración que se ofrece a Dios, por el motivo que sea, no debe, ni puede, alejarnos de la sensación de la Presencia de Dios, ya que si es un ofrecimiento hecho a Dios ha de ser, naturalmente, en Su Presencia. En cuanto al método de rezar por los demás, hay que observar que el poder de este tipo de oración consiste en una auténtica simpatía cristiana con nuestro prójimo, y tiene una influencia sobre su alma en la medida de esta simpatía. Por lo tanto, cuando se dé el caso de que pensemos en él, o en el momento fijado para ello, es bueno traer su imagen mental a la Presencia de Dios y ofrecer una oración de la siguiente forma: «Oh, Dios misericordioso, hágase tu voluntad que quiere que todo hombre sea salvo y acceda al conocimiento de la verdad, salva y socorre a Tu siervo X. Toma este deseo mío como un grito de amor, que Tú has mandado.» Normalmente, vos repetiréis estas palabras cuando vuestra alma se sienta movida a ello, o bien podéis rezar el rosario con esta oración. He comprobado por experiencia cuán beneficiosamente actúa esta oración sobre aquel por quien se ofrece.

EL PROFESOR: Vuestras opiniones y vuestros razonamientos, así como la edificante conversación y los pensamientos iluminadores que se desprenden de ellos son de tal naturaleza que me siento obligado a guardarlos en mi memoria, y -a ofreceros toda la reverencia y la gratitud de mi corazón agradecido.

EL PEREGRINO Y EL PROFESOR: Ha llegado la hora de que partamos. Os pedimos de todo corazón vuestras oraciones por nuestro viaje y por nuestro compañerismo.

EL STARETS: El Dios de la paz, que sacó de entre los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, os haga perfectos en todo bien, para hacer su voluntad, cumpliendo en vosotros lo que es grato en su presencia, por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (Heb., XIII, 20-21)



 

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