El peregrino rusoOración contemplativa

El peregrino ruso (capítulo sexto)

EL PEREGRINO: Tal como os prometí ayer, he pedido a mi respetable compañero de peregrinación, quien dio solaz a mi camino con su plática espiritual y a quien deseabais ver, que me acompañase aquí.

EL STARETS: Será muy agradable para mí, y espero que también para mis respetables visitantes, el veros a ambos y tener la ocasión de oír vuestras experiencias. Tengo aquí conmigo a un venerable skhimnik (1), y a un piadoso sacerdote. Y allí donde dos o tres están reunidos en el nombre de Jesucristo, Él prometió estar presente. Y ahora estamos aquí cinco reunidos en Su nombre, por lo que sin duda Él se dignará derramar sus bendiciones aun con mayor generosidad. Lo que vuestro compañero me contó ayer, querido hermano, acerca de vuestro ardiente apego al Santo Evangelio es muy notable e instructivo, y sería muy interesante conocer de qué modo este grande y bendito secreto os fue revelado.

EL PROFESOR: El Dios amantísimo, que desea que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, me lo reveló por Su gran misericordia de un modo maravilloso y sin intervención humana alguna. Fui profesor durante cinco años, y llevé un tipo de vida de triste disipación, cautivado por la vana filosofía del mundo, y no de acuerdo con Cristo. Quizá habría perecido del todo si no me hubiese sostenido hasta cierto punto el hecho de vivir con mi muy piadosa madre y con mi hermana, una joven muy seria. Un día, mientras iba dando un paseo, me encontré y trabé relación con un joven excelente que dijo ser francés y estudiante, que no hacía mucho que había llegado de París, y que estaba buscando un puesto como preceptor. Me encantó en gran manera su elevado grado de cultura y, como él era extranjero en este país, le invité a mi casa y nos hicimos amigos. En el curso de dos meses, vino a verme con frecuencia. Algunas veces nos íbamos juntos a pasear y a divertirnos, y nos juntábamos con compañías que ya pueden suponer eran muy inmorales. Al fin, vino un día con una invitación para un lugar de este género, y para persuadirme con mayor rapidez se puso a elogiar la particular viveza y agrado de la compañía a la que me invitaba. Después de haber estado hablando de ello un corto rato, me pidió de pronto que saliéramos de mi estudio donde estábamos sentados y nos fuésemos a sentar al salón. Esto me pareció muy extraño. Y le dije que nunca antes había notado en él ningún reparo a permanecer en mi estudio, y que cuál era ahora, le pregunté, la causa de ello. Y añadí que el salón era contiguo a la habitación donde estaban mi madre y mi hermana, y que sería indecoroso por tanto proseguir allí este género de conversación. Insistió con varios pretextos, pero al final declaró abiertamente: «Entre esos libros de la estantería, tienes un ejemplar de los Evangelios. Tengo tal respeto por este libro, que en su presencia me resulta difícil hablar de asuntos vergonzosos. Por favor, sácalo de ahí; luego podremos hablar libremente.» Yo sonreí, frívolo, a sus palabras. Tomando los Evangelios del estante, dije: «Deberías habérmelo dicho mucho antes», y se los tendí, diciendo: «Bueno, tómalos tú mismo y ponlos en cualquier rincón de la habitación.» No le había apenas tocado con los Evangelios, cuando, instantáneamente, se estremeció y desapareció. Esto me confundió hasta tal extremo que, de espanto, caí al suelo sin sentido. Oyendo el ruido, todos los de la casa vinieron corriendo hacia mí, y a lo largo de media hora intentaron en vano que me recobrase. Al fin, cuando volví en mí de nuevo, temblaba de espanto y me sentía absolutamente trastornado, y mis manos y mis pies estaban completamente entumecidos y no podía moverlos. Se llamó al médico, quien diagnosticó parálisis como resultado de algún gran sobresalto o susto. Estuve en cama todo un año después de esto, y aun con las atenciones médicas más cuidadosas no conseguí el menor alivio, de suerte que, en razón de mi enfermedad, parecía que iba a tener que dejar mi puesto. Mi madre, que iba envejeciendo, murió durante este período, y mi hermana se disponía a tomar el hábito, todo lo cual acrecentó mi mal aún más. Tuve un solo consuelo durante este tiempo de enfermedad, y éste fue la lectura del Evangelio, el cual no se apartó de mis manos desde el inicio de la misma. Era como una especie de recuerdo de la cosa maravillosa que me había sucedido. Un día, un monje desconocido vino a verme. Hacía una colecta para su monasterio. Me habló de forma muy persuasiva y me dijo que no debía confiar sólo en las medicinas, que sin la ayuda de Dios serían incapaces de darme ningún alivio, y que debía rogar a Dios y rogar con diligencia para esto precisamente, puesto que la oración es el medio más poderoso para sanar todo mal, tanto corporal como espiritual.

«¿Cómo puedo rezar en este estado, cuando no tengo fuerzas para hacer ningún tipo de inclinación, ni tan sólo puedo levantar la mano para santiguarme?», le respondí, perplejo. A lo que dijo: «Bueno, sea como fuere, rezad de un modo u otro.» Pero no se extendió más en ello, ni me explicó realmente cómo rezar. Cuando mi visitante hubo partido, me parece que casi sin querer me puse a pensar acerca de la oración y acerca de su fuerza y de sus efectos, haciendo memoria de las enseñanzas que yo había recibido sobre conocimientos religiosos mucho tiempo atrás, cuando aún era estudiante. Esto me ocupó muy felizmente y renovó en mi mente el conocimiento en materia de religión, a la par que dio alegría a mi corazón. Al mismo tiempo, empecé a sentir cierto alivio en mi afección. Ya que el libro de los Evangelios estaba continuamente conmigo, tal era mi fe en él como resultado del milagro, y puesto que recordaba también que todos los discursos sobre la oración que había escuchado en conferencias estaban basados en el texto del Evangelio, consideré que lo mejor sería hacer un estudio de la oración y la piedad cristiana a partir únicamente de la enseñanza del Evangelio. Extrayendo laboriosamente su significado, bebí en él como de una abundante fuente, y encontré un método completo para la vida de redención y de la auténtica oración interior. Marqué con reverencia todos los pasajes sobre esta materia, y desde entonces que estoy tratando con ardor de aprender esta divina enseñanza y de ponerla en práctica con todas mis fuerzas, aunque no sin dificultades. Mientras estaba ocupado de esta forma, mi salud mejoró gradualmente y, al fin, como ven, me repuse por completo. Como todavía vivía solo, decidí en agradecimiento a Dios por Su paternal benevolencia, que me había proporcionado el restablecimiento e iluminado mi mente, seguir el ejemplo de mí hermana y el dictado de mi propio corazón, y dedicarme a la vida retirada, a fin de que, libre de entorpecimientos, pudiera acoger y hacer mías aquellas dulces palabras de vida eterna que se me daban en la Palabra de Dios. Heme aquí, pues, en la actualidad, escapando al solitario skit del Monasterio Solovetsky, en el Mar Blanco, que se llama Anzersky, del cual he oído de buena tinta que es un lugar de lo más indicado para la vida contemplativa. Les diré otra cosa, además. El Santo Evangelio me da mucho consuelo en este viaje, vierte abundante luz en mi ineducada mente y aviva mi yerto corazón. Aun así, la verdad es que, a pesar de todo, reconozco francamente mi flaqueza y admito sin reservas que las condiciones para cumplir con la tarea espiritual y alcanzar la salvación, el requisito de la total renuncia a sí mismo, de logros espirituales extraordinarios y de la más profunda humildad que el Evangelio ordena, me asustan por su misma magnitud y en vista también del débil y dañado estado de mi corazón. De modo que me encuentro ahora entre la desesperación y la esperanza. No sé qué será de mí en el futuro.

EL SKHIMNIK: Con una muestra tan evidente de una especial y milagrosa gracia de Dios, y teniendo en cuenta vuestra educación, sería imperdonable no sólo el dar paso a la depresión, sino incluso el admitir en vuestra alma una sombra de duda acerca de la protección y la ayuda de Dios. ¿Sabéis lo que Crisóstomo, el Iluminado de Dios, dice acerca de esto? «Ninguno debería estar abatido», enseña, «y dar la falsa impresión de que los preceptos del Evangelio son imposibles o impracticables. Dios, que ha predestinado la salvación del hombre, no ha impuesto a éste, por descontado, mandamientos con la intención de hacer de él un transgresor a causa de su impracticabilidad. No; sino a fin de que por su santidad y su necesidad para una vida virtuosa, ellos puedan ser una bendición para nosotros, así en esta vida como en la eterna.» Desde luego el cumplimiento regular e inquebrantable de los mandamientos de Dios resulta extraordinariamente difícil para nuestra naturaleza caída y, por lo tanto, la salvación no es fácil de alcanzar, pero la misma Palabra de Dios, que establece los mandamientos, ofrece también no sólo los medios para su pronto cumplimiento sino también consuelo en su ejecución. Si esto queda oculto a primera vista tras un velo de misterio, es pues, sin duda, para hacer que nos apliquemos tanto más a la humildad, y para conducirnos más fácilmente a la unión con Dios al indicar que se recurra directamente a Él en ruego y súplica de Su paternal auxilio. Es ahí donde reside el secreto de la salvación, y no en la confianza en nuestros propios esfuerzos.

EL PEREGRINO: Cómo me gustaría, débil como soy, llegar a conocer ese secreto, de modo que pudiese corregir, hasta cierto punto al menos, mi indolente vida, para gloria de Dios y mi propia salvación.

EL SKHIMNIK: El secreto lo conocéis, querido hermano, por vuestro libro, la Filocalía. Reside en esa oración continua de la que habéis hecho un estudio tan decidido, y en la que os habéis tan ardientemente ocupado y encontrado consuelo.

EL PEREGRINO: Me arrojo a vuestros pies, Reverendo Padre. Por el amor de Dios, permitid que oiga de vuestros labios, para mi bien, acerca de este misterio salvador y acerca de la santa Oración, sobre la cual anhelo escuchar más que ninguna otra cosa y sobre la cual me gusta leer para obtener fuerza y consuelo para mi alma pecadora.

EL SKHIMNIK: No puedo satisfacer vuestro deseo con mis propias opiniones sobre esta elevada materia porque no poseo sino muy poca experiencia de la misma. Pero tengo unas notas escritas muy claramente por un autor espiritual precisamente sobre esta cuestión. Si el resto de los presentes quiere, las traigo en seguida y, con vuestro permiso, puedo leerlas para todos.

TODOS: Tenga la bondad, Reverendo Padre; no nos oculte un conocimiento salvador así.

 

«EL SECRETO DE LA SALVACION REVELADO POR LA ORACION CONTINUA

»¿Cómo salvarse? Esta piadosa cuestión se suscita de forma natural en el espíritu de todo cristiano que se hace cargo de la naturaleza dañada y debilitada del hombre, y de lo que queda de su impulso original hacia la verdad y la virtud. Todo aquel que posee siquiera un mínimo grado de fe en la inmortalidad y en la recompensa en la otra vida, se enfrenta sin querer, al volver sus ojos al cielo, con el pensamiento: “¿Cómo he de salvarme?” Cuando trata de hallar una solución a este problema, inquiere de los sabios e instruidos. Luego, siguiendo su dirección, lee obras edificantes escritas sobre esta cuestión por autores espirituales, y se pone a seguir sin vacilar las verdades y reglas que ha leído y escuchado. Encuentra en todas estas instrucciones que constantemente se le presentan como condiciones necesarias para la salvación una vida piadosa y luchas heroicas contra sí mismo, que han de resultar en una decidida negación de sí. Esto debe llevarle a la ejecución de buenas obras y al constante cumplimiento de las Leyes de Dios, dando testimonio así de una fe firme e inquebrantable. Además, se le predica que todas estas condiciones deben necesariamente ser satisfechas con la mayor humildad y en combinación unas con otras. Puesto que como todas las buenas acciones dependen unas de otras, también deberían apoyarse mutuamente, completarse y fortalecerse entre sí, del mismo modo que los rayos del sol, que sólo revelan su fuerza y encienden la llama cuando son proyectados sobre un solo punto a través de una lente. De otro modo, el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho.

»Además de esto, para inculcar en él la más profunda convicción de la necesidad de esta compleja y unificada virtud, escucha las más encendidas alabanzas a la belleza de la virtud, y oye censurar la vileza y miseria del vicio. Todo esto se le graba en la memoria por las promesas veraces, bien de recompensas sublimes y gozo bien de castigos atroces y desdicha en la vida futura. Este es el particular carácter de la predicación en los tiempos modernos. Guiado de este modo, el que desea ardientemente la salvación se dispone con toda alegría a llevar a cabo lo que ha aprendido, y a experimentar todo lo que ha oído y leído. Pero, ¡ay!, ya al primer paso se da cuenta de que le resulta imposible alcanzar su propósito. Prevé, y lo comprueba incluso por experiencia, que su naturaleza dañada y debilitada va a poderle a las convicciones de su mente; que su libre albedrío está sujeto; que sus inclinaciones son perversas; que su fuerza espiritual no es más que debilidad. Le llega así naturalmente el pensamiento: “¿No ha de poderse hallar algún medio que permita cumplir lo que la Ley de Dios pide, lo que la piedad cristiana exige, y que todos aquellos que han alcanzado la salvación y la santidad hayan utilizado?” Como resultado de esto, y para conciliar en él las exigencias de la razón y la conciencia con la insuficiencia de su fuerza para satisfacerlas, acude una vez más a los que predican sobre la salvación, con la pregunta: “¿Cómo he de salvarme? ¿Cómo se justifica esta incapacidad de satisfacer las condiciones para la salvación? ¿Son acaso los que predican todo lo que he aprendido lo bastante fuertes para cumplir con ellas inquebrantablemente ellos mismos?” “Pide a Dios. Ruega a Dios. Ruega por Su ayuda”, se le dice. “Así, ¿no habría sido más provechoso, concluye el indagador, si para empezar, y siempre en toda circunstancia, hubiera hecho un estudio de la oración como el medio de cumplir con todo lo que la piedad cristiana exige y por el cual se alcanza la salvación?”

»Y así, prosigue por el estudio de la oración: Lee; medita; estudia la enseñanza de aquellos que han escrito sobre el particular. Encuentra en ellos, ciertamente, muchos pensamientos luminosos, conocimientos muy profundos y palabras de una gran fuerza. Uno discurre admirablemente sobre la necesidad de la oración; otro escribe sobre su fuerza, sus efectos benéficos; sobre la oración como deber, o sobre el hecho de que ella exige el celo, la atención, el fervor del corazón, la pureza de la mente, la reconciliación con los enemigos, la humildad, la contricción y el resto de condiciones necesarias. Pero, ¿qué es la oración, en realidad? ¿Cómo se reza verdaderamente? Raramente se encuentra para estas preguntas, primordiales y urgentes como son, una respuesta precisa que pueda ser comprendida por todos, y de este modo, el que pregunta ardientemente sobre la oración se encuentra de nuevo ante un velo de misterio. Como resultado de sus lecturas, se atraiga en su mente un aspecto de la oración que, aunque piadoso, es sólo externo, y llega a la conclusión de que la oración es ir a la iglesia, persignarse, inclinarse, arrodillarse, leer salmos, cánones y acatistas. En general, esta es la idea que se hacen de la oración aquellos que no conocen los escritos de los Santos Padres acerca de la oración interior y la acción contemplativa. Finalmente, sin embargo, el buscador termina por encontrar el libro llamado La Filocalía, en el cual veintiocho Santos Padres exponen en forma comprensible el conocimiento científico de la verdad y de la esencia de la oración del corazón. Esto empieza a descorrer el velo que se alzaba ante el secreto de la salvación y de la oración. Ve que realmente rezar significa dirigir su pensamiento y su memoria sin descanso al recuerdo de Dios, andar en Su divina Presencia, despertar a Su amor por el pensamiento en Él, y unir el Nombre de Dios a la respiración y al latir del corazón. Él es guiado en todo esto por la invocación con los labios del santísimo Nombre de Jesucristo, o por la recitación de la Oración de Jesús, en todo momento, en todo lugar y durante cualquier ocupación, sin descanso. Estas luminosas verdades, al iluminar el espíritu del buscador y abrir ante él el camino hacia el estudio y la realización de la oración, le ayudan a pasar en seguida a poner en práctica estas sabías enseñanzas. Sin embargo, cuando lo intenta, se ve aún sujeto a dificultades hasta que un maestro experimentado le muestra, en el mismo libro, toda la verdad, es decir, que sólo la oración incesante es el medio eficaz para perfeccionar la oración interior y para salvar el alma. Es la frecuencia de la oración lo que constituye el fundamento de todo el método de la actividad salvadora y lo que mantiene su unidad. Como dice Simeón el Nuevo Teólogo, “el que ora sin cesar, une todo lo bueno en esto solo”. Así pues, en orden a exponer la verdad de esta revelación en toda su plenitud, el maestro la desarrolla del siguiente modo:

“Para la salvación del alma es necesaria, ante todo, una fe auténtica. La Sagrada Escritura dice: Sin la fe es imposible agradar a Dios (2). El que no tiene fe será juzgado. Pero se puede ver en la misma Escritura que el hombre no puede alumbrar la fe en su interior, ni tan sólo del tamaño de un grano de mostaza; que la fe no viene de nosotros, sino que es un don de Dios. Es dada por el Espíritu Santo. Siendo esto así, ¿qué hay que hacer? ¿Cómo conciliar la necesidad de la fe en el hombre con la imposibilidad por parte de éste de producirla? El modo de hacerlo es revelado en las mismas Sagradas Escrituras: Pedid y se os dará. Los Apóstoles no podían suscitar por sí mismos la perfección de la fe en su interior, pero rogaban a Jesucristo: Señor: Acrecienta nuestra fe. He aquí un ejemplo de cómo obtener la fe. Muestra que la fe se alcanza por la oración. Para la salvación del alma, además de la fe, son necesarias las buenas obras, ya que la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta. Pues el hombre es juzgado por sus obras, y no por su sola fe. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos… no matarás; no adulterarás; no hurtarás; no levantarás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo. Y hay que guardar todos estos mandamientos a la vez, porque quien observe toda la Ley, pero quebrante un solo precepto, viene a ser reo de todos (3). Así lo enseña el Apóstol Santiago. Y el Apóstol San Pablo dice, describiendo la debilidad del hombre, que por las obras de la Ley nadie será reconocido justo ante Él (4). Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido por esclavo al pecado… Porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo no. En efecto, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… Así pues, yo mismo, que con la mente sirvo a la Ley de Dios, sirvo con la carne a la ley del pecado (5).

»¿Cómo ejecutar las obras prescritas por la Ley de Dios, si el hombre está sin fuerzas y no puede guardar los mandamientos? Él no tiene posibilidades de hacerlo hasta que pide por ello, hasta que reza para ello. Y no tenéis porque no pedís (6); esa es la causa, nos dice el Apóstol. Y el propio Jesucristo dice: Sin mi no podéis hacer nada. Y a propósito de hacerlo con Él, Él nos da esta enseñanza: Permaneced en mí y yo en vosotros… El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto. Pero estar en Él significa sentir continuamente Su presencia, rezar continuamente en Su nombre. Si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo la haré. Así, la posibilidad de hacer buenas obras se alcanza sólo por la oración. Un ejemplo de esto puede verse en el propio San Pablo: Tres veces rezó para vencer la tentación, doblando la rodilla ante Dios Padre, para que Él le diese fuerzas en el hombre interior, y al fin se le ordenó por encima de todo rezar, y rezar continuamente para todo.

»De lo que acaba de decirse se sigue que la entera salvación del hombre depende de la oración, y que por tanto ella es primordial y necesaria, ya que por ella se vivifica la fe y con ella se ejecutan todas las buenas obras. En una palabra, con la oración todo progresa con éxito; sin ella, ningún acto de piedad cristiana puede hacerse. Así pues, la condición de que ha de ser ofrecida incesantemente y en todo momento pertenece exclusivamente a la oración. Pues las otras virtudes cristianas tienen, cada una, su propio tiempo. Pero en el caso de la oración, se nos manda una acción continua, ininterrumpida. Orad sin cesar. Es justo y conveniente rezar siempre, en todo lugar.

»La oración verdadera tiene sus condiciones. Ha de ser ofrecida con una mente y un corazón puros, con ardiente celo, con aplicada atención, con temor y reverencia, con la más profunda humildad. Pero, ¿qué persona concienzuda dejará de admitir que está lejos de llenar estos requisitos; que ofrece su oración más por necesidad, por compulsión, que por inclinación, placer y amor por ella? Acerca de esto, también, la Sagrada Escritura dice que no está en el poder del hombre el guardar firme su espíritu, limpiarlo de pensamientos impuros, porque los pensamientos del hombre son malos desde su juventud, y que sólo Dios da otro corazón y otro espíritu, puesto que el querer y el obrar son de Dios. El mismo Apóstol San Pablo dice: Mi espíritu (es decir, mi voz) ora, pero mi mente queda sin fruto (7). Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene (8) afirma el mismo. De esto se sigue que somos incapaces por nosotros mismos de ofrecer la oración auténtica. Nosotros no podemos en nuestras plegarias revelar sus propiedades esenciales.

»Si tal es la impotencia de todo ser humano, ¿qué hay aún posible para la salvación del alma del lado de la voluntad humana y de su fuerza? El hombre no puede adquirir la fe sin la oración, y lo mismo vale para las buenas obras. Y finalmente, ni siquiera el rezar está dentro de sus posibilidades. ¿Qué le queda, pues, por hacer? ¿Qué le queda para el ejercicio de su libertad y de su fuerza, a fin de que pueda no perecer sino salvarse?

»Cada acción tiene su cualidad, y esta cualidad Dios la ha reservado para Su propia voluntad y don. A fin de que la dependencia del hombre con respecto a Dios, la voluntad de Dios, pueda mostrarse con la mayor claridad y aquél pueda sumirse más profundamente en la humildad, Dios ha asignado a la voluntad y a la fuerza del hombre sólo la cantidad de la oración. Él ha mandado la oración incesante, el rezar siempre, en todo tiempo y en todo lugar. Aquí queda revelado el método secreto para alcanzar la oración verdadera y, al propio tiempo, la fe, el cumplimiento de los mandamientos de Dios y la salvación. Así pues, es la cantidad lo que se asigna al hombre, como su parte; la frecuencia de la oración es cosa suya, y está bajo la competencia de su voluntad. Esto es exactamente lo que los Padres de la Iglesia enseñan. San Macario el Grande dice que en verdad rezar es el don de la gracia. Hesiquio dice que la frecuencia de la oración se convierte en un hábito y se hace una cosa natural, y que sin la frecuente invocación del Nombre de Jesucristo, es imposible purificar el corazón. Los venerables Calixto e Ignacio aconsejan la oración frecuente, continua del Nombre de Jesucristo antes que todas las prácticas ascéticas y las buenas obras, porque la frecuencia lleva incluso la oración imperfecta hasta la perfección. El bienaventurado Diádoco afirma que si un hombre invoca el Nombre de Dios tan a menudo como le sea posible, no caerá en pecado. ¡Qué experiencia y sabiduría hay aquí, y cuán próximas al corazón están estas instrucciones prácticas de los Padres! Con su experiencia y simplicidad arrojan mucha luz sobre los medios de llevar el alma a la perfección. ¡Qué contraste tan marcado con las instrucciones morales de la razón teórica! La razón discurre así: “Haz tal y tal buena acción; ármate de valor; usa tu fuerza de voluntad; persuádete considerando los felices resultados de la virtud, purifica tu mente y tu corazón de sueños mundanos, llena su lugar con meditaciones instructivas, haz el bien, y serás respetado y vivirás en paz; vive en la forma que tu razón y tu conciencia dicten.” Pero ¡ay!, aun con toda su fuerza, todo esto no alcanza su propósito sin la oración frecuente, sin pedir la ayuda de Dios.

»Vayamos ahora a algunas otras enseñanzas de los Padres, y veremos lo que dicen sobre, por ejemplo, purificar el alma. San Juan Clímaco escribe: “Cuando el espíritu esté ensombrecido por pensamientos impuros, pon en fuga al enemigo con la repetición frecuente del Nombre de Jesús. No encontrarás ni en los cielos ni en la tierra arma más poderosa y eficaz que ésta.” San Gregorio el Sinaíta enseña así: “Sabed esto, que nadie puede controlar su mente por sí mismo; así pues, cuando surjan pensamientos impuros invocad el Nombre de Jesucristo a menudo y a intervalos frecuentes, y los pensamientos se aquietarán.” Qué método tan simple y fácil! Con todo, está probado por la experiencia. ¡Qué contraste con el consejo de la razón teórica, que pretende presuntuosamente llegar a la pureza por sus propios esfuerzos!

»Y una vez tomada nota de estas instrucciones basadas en la experiencia de los Santos Padres, llegamos a la verdadera conclusión: Que el método principal, el único, y uno muy fácil de alcanzar la meta de la salvación y de la perfección espiritual es la frecuencia y la ininterrupción de la oración, por débil que sea. Alma cristiana, si no encuentras en ti misma la fuerza de adorar a Dios en espíritu y en verdad, si tu corazón no siente aún el calor y la dulce satisfacción de la oración interior, entonces aporta al sacrificio de la oración lo que puedas, lo que esté dentro de las posibilidades de tu voluntad, lo que esté en tu poder. Familiariza, ante todo, al humilde instrumento de tus labios con la invocación piadosa, frecuente y persistente. Que ellos invoquen el poderoso Nombre de Jesucristo a menudo y sin interrupción. No es un gran esfuerzo, y está dentro de las posibilidades de todo el mundo. Esto es, también, lo que ordena el precepto del Santo Apóstol: Por Él ofrezcamos de continuo a Dios sacrificio de alabanza, esto es, el fruto de los labios que bendicen Su Nombre (9).

»Ciertamente, la frecuencia de la oración crea un hábito y se hace algo natural. Conduce a la mente y al corazón, de tiempo en tiempo, a un estado conveniente. Supongamos que un hombre cumple continuamente este solo mandamiento de Dios acerca de la oración incesante; pues bien, en esta sola cosa los habrá cumplido todos. Porque si ofrece la Oración sin interrupción, en todo momento y en toda circunstancia, invocando en secreto el santísimo Nombre de Jesús (aunque al principio puede que lo haga sin ardor ni celo espirituales, e incluso forzándose a ello), no tendrá tiempo entonces para conversaciones vanas, ni para juzgar a su prójimo, ni para inútiles pérdidas de tiempo en pecaminosos placeres de los sentidos. Todo mal pensamiento suyo encontraría resistencia a su desarrollo. Todo acto culpable que se propusiera no llegaría a realizarse tan fácilmente como con una mente desocupada. El mucho hablar y el hablar vano serian refrenados, y aun enteramente eliminados, y toda falta seria en seguida limpiada del alma por el poder de misericordia de la invocación frecuente del Nombre divino. El ejercicio frecuente de la oración haría que, a menudo, el alma se contuviera de cometer actos pecaminosos, y la llamaría a lo que constituye el ejercicio esencial de su arte, la unión con Dios. ¿Ves ahora cuán importante y necesaria es la cantidad en la oración? La frecuencia de la oración es el único método de conseguir la oración pura y verdadera. Es la mejor y más eficaz preparación a la oración, y el medio más seguro de alcanzar la meta de la oración, y la salvación.

»Para convencerte finalmente de la necesidad y fecundidad de la oración frecuente, advierte: Primero; que todo impulso y todo pensamiento encaminados a la oración son obra del Espíritu Santo y la voz de nuestro ángel custodio; segundo, que el Nombre de Jesucristo invocado en la oración incluye un poder salutífero que existe y actúa por sí mismo, y por lo tanto no debes inquietarte por la imperfección o sequedad de tu oración; aguarda con paciencia el fruto de la invocación frecuente del Nombre divino. No prestes oídos a las insinuaciones insensatas y sin experiencia del mundo vano, de que una invocación tibia, aun cuando sea insistente, es una repetición inútil. ¡No! El poder del Nombre divino y su frecuente invocación darán el fruto a su tiempo. Cierto autor espiritual ha hablado maravillosamente acerca de esto. “Sé, dice, que a muchos supuestos espirituales y sabios filósofos, que buscan por doquier falsas grandezas y prácticas que aparezcan elevadas a los ojos de la razón y del orgullo, el simple ejercicio vocal, pero frecuente, de la oración, les parece algo de poca importancia, una ocupación trivial, una pequeñez incluso. Pero, infelices, se engañan a sí mismos, y olvidan la enseñanza de Jesucristo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (10). Ellos elaboran por sí mismos una especie de ciencia de la oración, sobre las bases inestables de la razón natural. ¿Tenemos necesidad de mucha ciencia, o reflexión, o conocimiento para decir con un corazón puro: Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí? ¡Ah!, alma cristiana, haz de tripas corazón y no silencies la ininterrumpida invocación de tu oración, aun cuando puede que tu llamada salga de un corazón aún en guerra consigo mismo y medio lleno por el mundo. No te preocupes. Sigue adelante con la oración, no dejes que enmudezca, y no te inquietes. Ella se irá purificando a sí misma por la repetición. Nunca dejes que tu memoria olvide esto: Mayor es Quien está en vosotros que quien está en el mundo (11). Dios es mayor que nuestro corazón, y conoce todas las cosas, dice el Apóstol.

»Y así, después de todos estos convincentes argumentos de que la oración frecuente, tan poderosa en toda flaqueza humana, es ciertamente accesible al hombre y depende enteramente de su propia voluntad, decídete a intentarlo, aunque sólo sea por un solo día, al principio. Mantén vigilancia sobre ti mismo, y haz que sea tal la frecuencia de tu oración que, de las veinticuatro horas del día, mucho más tiempo lo pases ocupado con la piadosa invocación del Nombre de Jesucristo, que con otros quehaceres. Y este triunfo de la oración sobre los asuntos mundanales demostrará ciertamente a su tiempo que ese día no habrá sido perdido, sino que habrá procurado para la salvación; que en la balanza del Juicio divino, la oración frecuente pesa más que tus flaquezas y malas acciones y borra los pecados de ese día del libro de registro de la conciencia; que ella coloca tus pies sobre la escalera de la virtud y te da la esperanza de santificación en la otra vida.»

EL PEREGRINO: Os doy las gracias con todo mi corazón, Padre Santo. Con esta lectura habéis llevado dicha a mi alma pecadora. Por el amor de Dios, tened la bondad de permitir que me haga una copia de lo que habéis leído. Puedo hacerlo en una o dos horas. Todo lo que leísteis fue tan hermoso y consolador, y es tan comprensible y claro para mi torpe mente como la Filocalia, en la que los Santos Padres tratan la misma cuestión. Aquí, por ejemplo, Juan de Cárpatos, en la cuarta parte de la Filocalía, dice también que si no tienes la fuerza suficiente para el autodominio o los logros ascéticos, sepas que Dios quiere salvarte por la oración. Pero de qué forma tan hermosa y comprensible está todo esto desarrollado en vuestro cuaderno. Doy las gracias a Dios ante todo, y a vos, por haberme permitido oírlo.

EL PROFESOR: Yo también escuché con gran atención y agrado vuestra lectura, Reverendo Padre. Todo argumento que repose sobre una estricta lógica es una delicia para mí. Pero al propio tiempo, me parece que se hace depender en alto grado la posibilidad de la oración continua de circunstancias que le sean favorables y de una total y tranquila soledad. Porque yo convengo en que la oración frecuente e incesante es un medio único y poderoso de obtener el auxilio de la gracia divina en todo acto de devoción para la santificación del alma, y que está dentro de las posibilidades humanas. Pero este método sólo puede utilizarse si uno se vale de la posibilidad de soledad y calma. Alejándose de las ocupaciones, de las preocupaciones y de las distracciones, uno puede rezar con frecuencia o incluso continuamente. Sólo tiene que luchar entonces contra la pereza o contra el tedio de sus propios pensamientos. Pero si está ligado por deberes y ocupaciones constantes, si se encuentra necesariamente en la ruidosa compañía de la gente, y tiene el vivo deseo de rezar a menudo, no puede realizar este deseo debido a las inevitables distracciones. Por consiguiente, el método de la oración frecuente, puesto que depende de circunstancias favorables, no puede ser usado por todos, ni concierne a todo el mundo.

EL SKHIMNIK: De nada sirve sacar una conclusión de este tipo. Y eso sin mencionar el hecho de que el corazón que ha aprendido la oración interior puede rezar siempre, e invocar el Nombre de Dios sin impedimentos durante cualquier ocupación, sea física o mental, y con cualquier ruido (quienes saben esto, lo saben por experiencia, y quienes lo ignoran deben aprenderlo por adiestramiento gradual). Puede decirse con toda confianza que ninguna distracción exterior puede interrumpir la oración en quien desea rezar, porque el pensamiento secreto del hombre no está sujeto por ningún lazo con el mundo exterior y es enteramente libre en sí mismo. En todo momento puede ser reconocido y dirigido hacia la oración; incluso la propia lengua puede expresar la oración secretamente y sin sonido audible en presencia de mucha gente, y durante ocupaciones externas. Además, nuestros asuntos no son seguramente tan importantes, y nuestra conversación tan interesante, como para que sea imposible encontrar durante los mismos, a veces, el medio de invocar frecuentemente el Nombre de Jesucristo, incluso cuando el espíritu no ha sido aún adiestrado en la oración continua. Aunque, naturalmente, la soledad y la evasión de las distracciones constituyen realmente la condición principal para la oración atenta y continua, deberíamos aun así sentirnos culpables por la rareza de nuestra oración, porque la cantidad y la frecuencia están en la mano de todos, tanto sanos como enfermos. Están bajo la esfera de acción de su voluntad. Pueden encontrarse ejemplos que lo prueban, en aquellos que aunque cargados de obligaciones, deberes, cuidados, preocupaciones y trabajo, no sólo han invocado siempre el divino Nombre de Jesucristo, sino que incluso de este modo aprendieron y alcanzaron la incesante oración interior del corazón. Así el Patriarca Focio, elevado del rango de senador a la dignidad patriarcal, quien gobernando el vasto patriarcado de Constantinopla perseveró continuamente en la invocación del Nombre de Dios, y alcanzó así la oración del corazón que actúa por sí misma. O Calixto, del santo monte Athos, quien aprendió la oración incesante mientras llevaba a cabo su atareada labor de cocinero. O el sencillo Lázaro, quien cargado continuamente de trabajo para la congregación, repetía ininterrumpidamente, en medio de todas sus ruidosas ocupaciones, la Oración de Jesús y se hallaba en paz. Y muchos otros, que han practicado de modo semejante la invocación continua del Nombre de Dios.

Si fuese algo imposible rezar en medio de ocupaciones que implican distracción, o en la compañía de gente, entonces, por supuesto, no se nos habría mandado. San Juan Crisóstomo, en su enseñanza sobre la oración, dice: «Ninguno debería responder que es imposible al hombre ocupado con los cuidados del mundo y que no puede ir a la iglesia el rezar siempre. En todas partes, dondequiera que os encontréis, podéis levantar un altar a Dios en vuestro espíritu por medio de la oración, y por lo tanto es oportuno rezar en vuestro trabajo, de viaje, de pie al mostrador o sentados, en vuestras ocupaciones manuales. En todas partes y en todo lugar es posible rezar y, en efecto, si uno vuelve su atención diligentemente sobre sí mismo, entonces en todas partes encontrará circunstancias apropiadas para la oración, con sólo que esté convencido de que la oración debería constituir su principal ocupación y tener precedencia sobre cualquier otro deber. Y en este caso, uno naturalmente ordenaría sus asuntos con mayor decisión; en la necesaria conversación con otra gente mantendría la brevedad, una tendencia al silencio y una aversión hacia las palabras ociosas; no estaría excesivamente inquieto por las cosas molestas. Y de este modo, hallaría más tiempo para la oración tranquila. Con tal regla de vida, todas sus acciones, por el poder de la invocación del Nombre de Dios, serían coronadas por el éxito y, finalmente, se adiestraría para la piadosa invocación ininterrumpida del Nombre de Jesucristo. Llegaría a saber por experiencia que la frecuencia de la oración, este medio único de salvación, es una posibilidad de la voluntad humana; que es posible rezar a toda hora, en toda circunstancia y en todo lugar, y elevarse fácilmente de la oración vocal frecuente a la oración mental, y de ésta, a la oración del corazón, la cual abre el Reino de Dios dentro de nosotros.»

EL PROFESOR: Admito que sea posible, e incluso fácil, rezar frecuentemente, y aun continuamente, durante ocupaciones mecánicas, ya que el trabajo corporal mecánico no requiere un empleo profundo de la mente o mucha reflexión, y, por lo tanto, mientras lo ejecuto mi mente puede estar inmersa en oración continua, y mis labios seguirla igualmente. Pero si debo ocuparme en algo exclusivamente intelectual, como, por ejemplo, el leer atentamente, o el estudiar con detenimiento una cuestión profunda, o la composición literaria, ¿cómo puedo rezar con mi mente y mis labios en tal caso? Y ya que la oración es, por encima de todo, una acción de la mente, ¿cómo puedo dar a la misma mente, y en el mismo momento, diferentes cosas a hacer?

EL SKHIMNIK: La solución de vuestro problema no es en absoluto difícil, si tomamos en consideración que los que rezan continuamente se dividen en tres clases: Primero, los principiantes; segundo, los que han hecho algún progreso; y tercero, los bien adiestrados. Ahora bien, los principiantes son frecuentemente capaces de experimentar, a veces, un impulso de la mente y del corazón hacia Dios, y de repetir con los labios cortas oraciones, aun ocupados en un trabajo mental. Los que han hecho algún progreso y han conseguido una cierta estabilidad de la mente, son capaces de estar ocupados en meditar o en escribir en la ininterrumpida presencia de Dios, como base de la oración. El siguiente ejemplo lo ilustrará: Imaginad que un monarca severo y exigente os ordenase componer un tratado sobre una cuestión abstrusa en su presencia, a los pies de su trono. A pesar de que pudierais estar absolutamente ocupado en vuestro trabajo, la presencia del rey, que tiene poder sobre vos y que tiene vuestra vida en sus manos, no os permitiría olvidar ni un solo momento que estáis pensando, reflexionando y escribiendo no en soledad, sino en un lugar que exige de vos una reverenda, respeto y compostura particulares. Esta viva sensación de la proximidad del rey expresa muy claramente la posibilidad de estar ocupado en incesante oración interior aun durante el trabajo intelectual. Por lo que respecta a los otros, aquellos que por un hábito prolongado o por la gracia de Dios han progresado en la oración mental hasta alcanzar la oración del corazón, éstos no rompen su oración continua durante profundos ejercicios intelectuales, ni tan siquiera durante el sueño. Como el Muy Sabio nos ha dicho: Yo duermo, pero mi corazón vela (12). Muchos, esto es, los que han conseguido este mecanismo del corazón, adquieren una aptitud tal para invocar el Nombre divino, que él por sí mismo se despierta a la oración, inclina la mente y todo el espíritu a una efusión de oración incesante en cualquier circunstancia que se halle el que ora, y por abstracta e intelectual que sea su ocupación en ese momento.

EL SACERDOTE: Permitidme, Reverendo Padre, que diga lo que pienso. Dadme la oportunidad de decir un par de palabras. Estaba admirablemente indicado en el artículo que leísteis que el único medio de salvación y de alcanzar la perfección es la oración frecuente, de cualquier tipo. Pues bien, yo no entiendo muy bien esto, y me parece así: ¿De qué me serviría rezar e invocar el Nombre de Dios continuamente con mi lengua y mis labios sólo, si no prestase atención a lo que dijera ni lo comprendiese? Esto no sería más que una vana repetición. Su resultado será, tan sólo, que la lengua irá siguiendo con su cháchara y que la mente, obstaculizada en sus meditaciones por esto, verá perjudicada su actividad. Dios no pide palabras, sino una mente atenta y un corazón puro. ¿No sería mejor ofrecer una oración, por corta que fuese, puede incluso que raramente o sólo en determinados momentos, pero con atención, con celo y fervor del corazón, y con la debida comprensión? De otro modo, aunque digáis la oración día y noche, con todo no conseguís pureza de mente y no estáis ejecutando ningún acto de devoción ni obteniendo nada para vuestra salvación. No os apoyáis más que en una charla exterior, y os cansáis y os aburrís, y al final el resultado es que vuestra fe en la oración se enfría completamente, y que abandonáis del todo este infructuoso proceder. Además, la inutilidad de la oración con los labios solos puede verse por lo que nos ha sido revelado en la Sagrada Escritura, como por ejemplo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí (13). No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos (14). Pero en la iglesia prefiero hablar diez palabras con sentido… a decir diez mil palabras en lenguas (15). Todo esto muestra la esterilidad de la oración exterior distraída de la boca.

EL SKHIMNIK: Podría haber algo cierto en vuestro punto de vista si, al consejo de rezar con la boca, no se añadiese la necesidad de que ello sea continuo, si la Oración de Jesús no poseyera una fuerza que actúa por sí misma y no obtuviese, por ella misma, atención y celo como resultado de la continuidad en su ejercicio. Pero como el asunto ahora en cuestión en la frecuencia, la duración y el carácter ininterrumpido de la oración (a pesar de que pueda ser llevada adelante al principio distraídamente o con sequedad), entonces, por este mismo hecho, las conclusiones que equivocadamente sacasteis paran en nada. Investiguemos la cuestión un poco más de cerca. Un autor espiritual, después de argumentar sobre el gran valor y provecho de la oración frecuente expresada en una sola fórmula, dice finalmente: «Mucha gente supuestamente ilustrada considera esta ofrenda frecuente de una sola y misma plegaria como inútil e incluso insignificante, tachándola de mecánica y de ocupación irreflexiva, propia de gente simple. Pero, desgraciadamente, ellos no conocen el secreto que se revela como resultado de este ejercicio mecánico; no saben cómo este culto frecuente de los labios se convierte imperceptiblemente en una auténtica llamada del corazón, penetra en la vida interior, llega a ser un deleite y se vuelve, por así decirlo, natural al alma, dándole luz y sustento, y conduciéndola a la unión con Dios.» Estos críticos me hacen pensar en unos niños pequeños a quienes se les enseñaba el alfabeto y a leer. Cuando se hubieron cansado de ello, exclamaron: «¿No sería cien veces mejor ir de pesca, como papá, que pasar todo el santo día repitiendo sin cesar “a”, “b”, “c”, o haciendo garabatos con un lápiz en una hoja de papel?» El valor de saber leer, y las luces que aporta, que ellos sólo podían conseguir como resultado de este fatigoso estudio memorístico de las letras, era un secreto oculto para ellos. Del mismo modo, la invocación simple y frecuente del Nombre de Dios es un secreto oculto para aquellos que no están convencidos de sus resultados y de su gran valor. Ellos, estimando el acto de fe en función de la fuerza de su propia razón inexperta y miope, olvidan, al hacerlo, que el hombre tiene dos naturalezas, en directa influencia de una sobre otra; que el hombre está compuesto de alma y de cuerpo. ¿Por qué, por ejemplo, cuando deseas purificar tu alma, te ocupas primeramente del cuerpo y lo haces ayunar, privándole de sustento y de alimentos estimulantes? Es, por supuesto, para que no obstaculice o, mejor dicho, para que se vuelva el medio de favorecer la purificación del alma y la iluminación de la mente, de modo que la continua sensación de hambre pueda recordarte tu resolución de buscar la perfección interior y las cosas agradables a Dios, que tan fácilmente olvidas. Y compruebas por experiencia que por el ayuno de tu cuerpo obtienes la purificación de tu mente, la paz de tu corazón, un instrumento para domar tus pasiones y un recordatorio del esfuerzo espiritual. Y así, por medio de cosas exteriores y materiales recibes provecho y ayuda interior y espiritual. Debéis entender lo mismo de la oración frecuente de los labios, que por su larga duración obtiene la oración interior del corazón, y favorece la unión de la mente con Dios. Es vano imaginar que la lengua, fatigada por esta frecuencia y esta estéril falta de comprensión, se verá forzada a abandonar enteramente como inútil este esfuerzo exterior de la oración. ¡No!, la experiencia muestra aquí justo lo contrario. Aquellos que han practicado la oración incesante nos aseguran que lo que sucede es esto: el que ha decidido invocar sin cesar el Nombre de Jesucristo o, lo que es lo mismo, rezar la Oración de Jesús continuamente, encuentra al principio, naturalmente, dificultades, y tiene que luchar contra la pereza. Pero cuanto más tiempo y más duramente se esfuerza en ello, tanto más se familiariza imperceptiblemente con esta tarea, de tal modo que, al final, los labios y la lengua adquieren tal capacidad de moverse por sí mismos, que incluso sin ningún esfuerzo por su parte ellos mismos actúan irresistiblemente y rezan la oración silenciosamente. Al mismo tiempo, el mecanismo de los músculos de la garganta se reeduca de tal modo que al rezar empieza a notar que el decir la oración es una de las propiedades esenciales y perpetuas de sí mismo, e incluso siente, cada vez que se detiene, como si algo le faltase. Y de esto resulta que su mente empieza, a su vez, a doblegarse, a escuchar a esta acción involuntaria de los labios, y resulta avivada por ello a la atención, lo que finalmente se convierte en fuente de delicias para el corazón y auténtica oración. Aquí veis, pues, el efecto verdadero y benéfico de la oración vocal continua o frecuente, exactamente a la inversa de lo que suponen quienes ni la han probado ni comprendido. Acerca de esos pasajes de la Sagrada Escritura que presentasteis en apoyo de vuestra objeción, quedarán explicados si los examinamos adecuadamente. La adoración hipócrita de Dios con la boca, la ostentación en ello o la alabanza falta de sinceridad de la exclamación: «¡Señor, Señor!», fueron puestas de manifiesto por Jesucristo por esta razón, a saber, que la fe de los orgullosos fariseos era cuestión sólo de la boca, y su conciencia no la justificaba en modo alguno ni la confesaban sus corazones. Era a ellos a quienes estas cosas iban dirigidas, y que no se refieren a rezar oraciones, acerca de lo cual Jesucristo dio instrucciones claras, explícitas y precisas. Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer. De modo semejante, cuando el Apóstol San Pablo dice que en la iglesia prefiere cinco palabras dichas con comprensión a una multitud de palabras dichas sin pensar o en una lengua desconocida, él habla de la enseñanza en general, no de la oración en particular, sobre la cual dice con firmeza: Quiero que los hombres oren en todo lugar(16), y suyo es el precepto general: Orad sin cesar. ¿Veis ahora cuán provechosa es la oración frecuente con toda su simplicidad, y qué seria reflexión requiere la comprensión adecuada de la Sagrada Escritura?

EL PEREGRINO: Así es, en verdad, Reverendo Padre. He visto a muchos que, bien simplemente, sin las luces de ninguna instrucción y sin saber siquiera lo que es la atención, ofrecían incesantemente con su boca la Oración de Jesús. Yo les he visto alcanzar el grado en que sus labios y su lengua ya no podían ser contenidos de decir la Oración. Ella les aportaba dicha e iluminación, y de gente débil y negligente hacía podvizhniki y campeones de virtud (17).

EL Skhimnik: La oración conduce al hombre a un nuevo nacimiento, por así decirlo. Su fuerza es tanta, que nada, ningún grado de sufrimiento, puede hacerle frente. Si gustáis, y a manera de adiós, voy a leeros, hermanos, un breve pero interesante artículo que llevo conmigo.

TODOS ELLOS: Escucharemos con el mayor agrado.

 

«SOBRE EL PODER DE LA ORACION

»La oración es tan fuerte, tan poderosa, que se ha podido decir: “Reza, y haz lo que quieras.” La oración te guiará hacia la acción recta y justa. Para agradar a Dios no se necesita más que amor. “Ama, y haz lo que quieras”, dice el bienaventurado Agustín (18), “porque el que ama de veras no puede desear hacer algo que no agrade a aquel a quien ama”. Ya que la oración es la efusión y la actividad del amor, uno puede en verdad decir de modo semejante: “Para la salvación no se necesita más que la oración continua.” “Reza, y haz lo que quieras”, y alcanzarás la meta de la oración. Por ella obtendrás iluminación.

»Para desarrollar más con detalle nuestra comprensión de este asunto, tomemos algunos ejemplos:

»1. “Reza, y piensa lo que quieras”. Tus pensamientos serán purificados por la oración. La oración iluminará tu mente; ella apartará y ahuyentará todos los malos pensamientos. Esto lo asegura San Gregorio el Sinaíta. Si quieres eliminar pensamientos y purificar la mente, su consejo es: “¡Elimínalos con la oración!” Ya que nada como la oración puede controlar los pensamientos. San Juan Climaco dice también a propósito de esto: “Vence a los enemigos que hay en tu mente con el Nombre de Jesús. No hallarás otra arma como ésta.

»2. “Reza, y haz lo que quieras”. Tus actos serán agradables a Dios y útiles y salutíferos para ti. La oración frecuente, sea acerca de lo que sea, no permanece estéril, porque en ella está el poder de la gracia: Y todo el que invocare el Nombre del Señor se salvará. Por ejemplo: Un hombre que había rezado sin resultado y sin devoción, obtuvo por esta oración claridad de entendimiento y una llamada al arrepentimiento. Una muchacha dada a los placeres rezó de vuelta a su casa, y la oración le mostró el camino de la vida virginal y la obediencia a la enseñanza de Jesucristo.

»3. “Reza, y no te afanes mucho en dominar tus pasiones por tus propias fuerzas”. La oración las destruirá en ti. Porque mayor es Quien está en vosotros que quien está en el mundo, dice la Sagrada Escritura. Y San Juan de Cárpatos enseña que si no tienes el don del dominio de ti, no debes afligirte por ello, sino saber que Dios pide de ti diligencia en la oración, y que ella te salvará. El starets de quien se nos dice en el Otechnik (19) que cuando caía en pecado no cedía al desaliento, sino que se entregaba a la oración, y por ella recuperaba su equilibrio, es un caso a propósito.

»4. “Reza, y no temas nada”. No temas infortunios ni desastres. La oración te protegerá y los evitará. Recuerda a San Pedro, quien tenía poca fe y se hundía; a San Pablo, que rezaba en prisión; al monje que por la oración fue liberado de los asaltos de la tentación; a la chica que fue librada de las malas intenciones de un soldado como resultado de la oración; y casos semejantes, que ilustran el poder, la fuerza y la universalidad de la Oración de Jesús.

»5. “Reza de un modo u otro, pero reza siempre y no te inquietes por nada”. Se alegre de espíritu y sosegado. La Oración lo arreglará todo y te instruirá. Recuerda lo que los Santos -Juan Crisóstomo y Marcos el Asceta- dicen acerca del poder de la oración. El primero declara que la oración, incluso ofrecida por nosotros, que estamos llenos de pecado, nos purifica en seguida. El segundo dice: “Rezar de un modo u otro está dentro de nuestras posibilidades, pero rezar con pureza es un don de la Gracia.” Así que ofrece a Dios lo que está en ti poder ofrecer. Dale a Él primero sólo la cantidad (que está en tu poder), y Dios derramará sobre ti fuerza para tu flaqueza. “La oración, puede que seca y distraída, pero continua, creará un hábito y se volverá algo natural, y se transformará en una oración pura, luminosa, apasionada y meritoria.” Hay que notar, por último, que si tu vigilancia en la oración es prolongada, entonces, naturalmente, no tendrás tiempo no ya para cometer acciones pecaminosas, sino ni tan sólo para pensar en ellas.

» ¿Ves ahora qué profundos pensamientos se concentran en esta sabia afirmación: “Ama, y haz lo que quieras”; “reza, y haz lo que quieras”? ¡Qué confortante y consolador es todo esto para el pecador abrumado por sus flaquezas, que gime bajo el fardo de sus pasiones encontradas.

»La oración: he aquí reunida la totalidad de lo que se nos da como medio universal de salvación y de crecimiento del alma en perfección. Sólo eso. Pero cuando se menciona la oración, se añade una condición. Orad sin cesar es el mandato de la Palabra de Dios. Por consiguiente, la oración muestra su más efectivo poder y su fruto cuando es ofrecida a menudo, incesantemente; porque la frecuencia de la oración pertenece sin duda a nuestra voluntad, así como la pureza, el celo y la perfección en la misma son el don de la Gracia.

»Así pues, rezaremos tan a menudo como podamos; consagraremos toda nuestra vida a la oración, aun cuando ésta esté sujeta a distracciones al empezar. Su práctica frecuente nos enseñará la atención; la cantidad conducirá ciertamente a la calidad. “Si quieres aprender a hacer bien alguna cosa, sea la que sea, debes hacerla lo más a menudo posible”, dijo un experimentado autor espiritual.»

EL PROFESOR: Verdaderamente, la oración es algo grande, y la frecuencia ferviente de ella es la llave que abre el tesoro de su gracia. Pero, ¡cuán a menudo descubro en mí mismo un conflicto entre el fervor y la pereza! Qué dichoso me haría el encontrar el medio de obtener la victoria y de convencerme a mí mismo y despertar a la aplicación constante a la oración!

EL SKHIMNIK: Muchos autores espirituales ofrecen numerosos medios basados en un razonamiento lógico para estimular la diligencia en la oración. Te aconsejan, por ejemplo, impregnar tu mente de pensamientos sobre la necesidad, la excelencia y el provecho de la oración para salvar el alma; adquirir la firme convicción de que Dios pide absolutamente de nosotros la oración y que Su Palabra en todas partes lo manda; recordar siempre que si eres perezoso y descuidado en la oración no podrás hacer progresos en los actos de devoción ni en alcanzar la paz y la salvación y, por lo tanto, sufrirás inevitablemente el castigo en esta vida y el tormento en la venidera; alentar tu resolución por el ejemplo de todos los santos que han obtenido la santidad y la salvación por medio de la oración continua.

A pesar de que todos estos métodos tienen su valor, y provienen de una comprensión auténtica, el alma, dada a lo placentero, que está enferma de apatía, aun cuando los haya aceptado y usado, raramente ve su fruto por esta razón: que estas medicinas son amargas para su deteriorado sentido del gusto, y demasiado flojas para su naturaleza profundamente dañada. Porque, ¿qué cristiano hay que no sepa que debe rezar a menudo y con diligencia, que Dios lo pide de él, que somos castigados por nuestra pereza en rezar, que todos los santos han rezado constantemente y con fervor? Sin embargo, ¡cuán raramente da todo este conocimiento buenos resultados! Todo aquel que se observa a sí mismo, ve que justifica bien poco, y en bien raras ocasiones, estos dictados de la razón y de la conciencia, y que, con recuerdo poco frecuente de ellos, vive todo el tiempo de la misma forma mala y perezosa. Y por ello, los Santos Padres, con su experiencia y saber divino, conociendo la flaqueza de la voluntad y el exagerado amor al placer del corazón humano, toman una determinación particular acerca de ello, y por lo que se refiere a esto untan de miel el borde de la taza con la medicina. Ellos muestran el medio más fácil y eficaz de poner fin a la pereza y a la indiferencia en la oración en la esperanza, con ayuda de Dios, de alcanzar con la oración la perfección y la dulce expectativa del amor a Dios.

Ellos te aconsejan meditar tan a menudo como sea posible acerca del estado de tu alma, y leer atentamente lo que los Padres han escrito sobre este particular. Ellos ofrecen la alentadora seguridad de que estos deleites interiores pueden ser alcanzados prontamente y con facilidad en la oración, y dicen cuán deseables han de ser. El gozo profundo, una gran efusión interior de calor y de luz, un entusiasmo indecible, la levedad del corazón, una profunda paz y la propia esencia de la beatitud y del contento son todos ellos resultado de la oración del corazón. Sumergiéndose en reflexiones como ésta, el alma débil y fría se enardece y cobra fuerza, se anima de fervor por la oración y es, por así decirlo, tentada a poner a prueba la práctica de la oración. Como dice San Isaac el Sirio: «El gozo es un acicate para el alma; gozo que resulta de la esperanza que florece en el corazón, y la meditación sobre esta esperanza constituye el bienestar del corazón.» El mismo autor prosigue: «Desde el principio de esta actividad hasta su mismo fin se presupone que hay cierto método y confianza en su culminación, y esto tanto mueve al alma a sentar una base para la tarea como a sacar consuelo de la visión de su meta durante todo el trabajo por alcanzarla.» Del mismo modo, San Hesiquio, después de describir el obstáculo que representa la pereza para la oración, y de quitar ideas falsas acerca de la renovación del fervor por ella, dice por último, abiertamente: «Si no estamos dispuestos a desear el silencio del corazón por ninguna otra razón, entonces que sea por el deleite que el alma experimenta en ello, y por la alegría que aporta.» Se sigue de aquí que este Santo Padre pone la deliciosa sensación de alegría como acicate para la asiduidad en la oración, y del mismo modo Macario el Grande enseña que nuestros esfuerzos espirituales (la oración) deberían ser llevados a cabo con el propósito y en la confianza de que den fruto, esto es, goce a nuestro corazón. Ejemplos claros de la eficacia de este método se encuentran en muchos pasajes de la Filocalía, que contiene descripciones detalladas de los deleites de la oración. Quien lucha contra la flaqueza de la pereza o de la sequedad en la oración debe releerlos tan a menudo como pueda, considerándose a sí mismo, sin embargo, indigno de estos goces y reprochándose siempre su negligencia en la oración.

EL SACERDOTE: ¿No conducirá una meditación así en la persona inexperta a la voluptuosidad espiritual, como llaman los teólogos a esta tendencia del alma, que es ávida de excesivo consuelo y dulzura de la gracia, y no se conforma con ejecutar los actos de devoción por un sentido de la obligación y el deber sin soñar en recompensas?

EL PROFESOR: Pienso que los teólogos, en este caso, previenen contra el exceso o la avidez de felicidad espiritual, y no rechazan enteramente el goce y el consuelo de la virtud. Puesto que si el deseo de recompensa no es la perfección, Dios aun así no ha prohibido al hombre pensar en recompensas y consuelos, e incluso Él mismo usa la idea de recompensa para incitar al hombre a cumplir Sus mandamientos y alcanzar la perfección. Honra a tu padre y a tu madre es el mandamiento, y veis la recompensa ir detrás como aguijón para su cumplimiento, para que seas feliz. Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, y ven y sígueme. Aquí está la exigencia de la perfección, y acto seguido viene la recompensa como incitación a alcanzarla: Y tendrás un tesoro en los cielos. Bienaventurados seréis cuando, aborreciéndoos los hombres, os excomulguen y maldigan, y proscriban vuestro nombre como malo por amor del Hijo del hombre (20). Aquí hay una gran exigencia para un logro espiritual que requiere una excepcional fortaleza del alma y una paciencia inquebrantable. Y por lo tanto, hay para él una gran recompensa y consuelo, que son capaces de suscitar y mantener esta fortaleza excepcional: pues vuestra recompensa será grande en el cielo. Por esta razón, pienso que es necesario cierto deseo de goce en la oración del corazón, y que constituye probablemente el medio de alcanzar diligencia y éxito en ella. Y así, todo esto corrobora sin duda la enseñanza práctica sobre esta materia que acabamos de oír del Padre Skhimnik.

EL SKHIMNIK: Uno de los grandes teólogos -me refiero a San Macario de Egipto- habla del modo más claro sobre esta cuestión. Dice: «Así como cuando plantas una vid dedicas tu atención y tu esfuerzo con el propósito de recoger la vendimia, pues si no fuera así toda tu labor sería estéril, así también en la oración, si no buscas el provecho espiritual, esto es, el amor, la paz, el gozo y lo demás, tu trabajo será inútil. Por lo tanto, debemos cumplir nuestros deberes espirituales (la oración) con el propósito y la esperanza de recoger el fruto, es decir, consuelo y gozo en nuestro corazón.» ¿Veis cuán claramente responde el Santo Padre a esta cuestión acerca de la necesidad del goce en la oración? Y, en realidad, me acaba de venir a la cabeza un punto de vista que leí no hace mucho de un autor de temas espirituales, y que era más o menos que el hecho de que la oración sea natural al hombre es lo que constituye la causa principal de su inclinación hacia ella. Así, el reconocimiento de esta naturalidad puede servir también, en mi opinión, como eficaz medio de avivar la diligencia en la oración, el medio que el profesor busca tan afanosamente.

Permitidme ahora resumir brevemente los puntos sobre los que dirigí la atención en ese cuaderno. Por ejemplo, el autor dice que la razón y la naturaleza conducen al hombre al conocimiento de Dios. La primera investiga el hecho de que no puede haber efecto sin causa, y ascendiendo por la escalera de las cosas tangibles, de la más baja hasta la más alta, llega al fin a la Causa primera, Dios. La segunda exhibe a cada paso su maravilloso saber, su armonía, orden y gradación, y ofrece el material básico para la escalera que conduce de las causas finitas al Infinito. Así, el hombre natural llega naturalmente al conocimiento de Dios. Y por lo tanto, no hay, ni nunca lo ha habido, ningún pueblo, ninguna tribu bárbara sin algún conocimiento de Dios. Como resultado de este conocimiento, el isleño más salvaje, sin ningún impulso del exterior, vuelve por así decirlo involuntariamente su mirada al cielo, cae de rodillas, exhala un suspiro que él no comprende, con ser tan necesario, y tiene la inequívoca sensación de que hay algo que le atrae hacia arriba, algo que le empuja hacia lo desconocido. Esta es la base de la que parten todas las religiones naturales. Es algo muy notable, con respecto a esto, el que, universalmente, la esencia o el alma de toda religión consista en la oración secreta, que se manifiesta en algún tipo de actividad del espíritu y que es claramente una oblación, aunque más o menos deformada por la oscuridad de la tosca comprensión de los pueblos paganos. Cuanto más sorprendente es este hecho a los ojos de la razón, tanto más se nos impone el que descubramos la causa oculta de esta cosa tan maravillosa, que encuentra expresión en una inclinación natural a la oración. La respuesta psicológica a esto no es difícil de hallar. La raíz, la fuente y la fuerza de todas las pasiones y acciones del hombre está en su innato amor por sí mismo. La noción profundamente enraizada y universal de la propia conservación claramente lo confirma. Todo deseo humano, toda empresa, toda acción tiene como propósito la satisfacción del amor por sí mismo, la búsqueda de la propia felicidad. La satisfacción de esta exigencia acompaña al hombre natural a lo largo de toda su vida. Pero el espíritu humano no se contenta sólo con lo que tiene que ver con los sentidos, y el innato amor por sí mismo nunca mitiga su insistencia. Y así, los deseos se multiplican, los esfuerzos por alcanzar la felicidad se intensifican, llenan la imaginación e incitan a los sentimientos a este mismo fin. El flujo de este sentimiento y de este deseo interior es, cuando se desarrolla, el estimulante natural de la oración. Es un requisito del amor por sí mismo, que alcanza su propósito con dificultad. Cuanto menos consigue el hombre natural alcanzar la felicidad y cuanto más lo pretende, tanto más su anhelo crece y tanto más encuentra en la oración una salida para éste. Se dirige en petición de lo que desea a la desconocida Causa de todo ser. Es así como ese innato amor por sí mismo, el principal elemento de la vida, constituye el estímulo fuertemente enraizado a la oración en el hombre natural. El sapientísimo Creador de todas las cosas ha infundido a la naturaleza del hombre la capacidad del amor por sí mismo precisamente como «acicate», para usar la expresión de los Padres, que tire hacia arriba del ser caído del hombre y lo ponga en contacto con las cosas celestiales. ¡Oh!, ¡si el hombre no hubiese deteriorado esta capacidad, si la hubiese mantenido en su excelencia, en contacto con su naturaleza espiritual! Él hubiera dispuesto, entonces, de un poderoso incentivo y de un medio eficaz de conducirle por el camino de la perfección. Pero, ¡ay! ¡Cuán a menudo hace de esta noble capacidad una baja pasión, cuando la hace instrumento de su naturaleza animal!

 

EL STARETS: Os doy las gracias con todo mi corazón, mis queridos visitantes. Vuestra salutífera conversación ha constituido un gran consuelo para mí y enseñado, en mi inexperiencia, muchas cosas de provecho. Que Dios os dé Su gracia en recompensa por vuestro edificante amor.

(Se separan todos.)


NOTAS AL CAPÍTULO VI

1. La skhima es una Orden ascética monacal de la Iglesia Ortodoxa, y un skhimnik es el que forma parte de ella.

2. Heb., XI, 6.

3. Sant., II, 10.

4. Rom., III, 20.

5. Rom., VII.

6. Sant., IV, 2.

7. 1 Cor., XIV, 14.

8. Rom., VIII, 26.

9. Heb., XIII, 15.

10. Mt., XVIII 3.

11. Jn., IV, 4.

12. Cant., V, 2.

13. Mt., XV, 8.

14. Mt. VII 21.

15. 1 Cor., XIV, 19.

16. 1 Tim., II, 8.

17. El original ruso trae aquí una nota que reza: «A finales del siglo pasado murió en la Laura Troitskaya un starets, un lego de ciento ocho años; no sabía leer ni escribir, pero decía la Oración de Jesús incluso durante el sueño, y vivió continuamente como hijo de Dios, con un corazón que suspiraba por Él. Su nombre era Gordi.»

La Laura Troitskaya es el famoso monasterio de la Santísima Trinidad, cerca de Moscú, fundado por San Sergio en el siglo XIV. El papel que desempeñó en la vida religiosa rusa ha sido comparado en algunos aspectos al movimiento cluniacense. La Laura Troitskaya estuvo íntimamente relacionada con la historia de Rusia, y fue el foco del movimiento nacional que expulsó a los polacos y puso al primer Romanov en el trono ruso en 1613.

18. San Agustín. La referencia es a «Dilige, et quod vis fac». Tratado sobre la Primera Epístola de San Juan, Tratado VII, Capítulo X, parágrafo 8, Edición MIGNE, III, p. 2033.

19. Vidas de los Padres, con extractos de sus escritos.

20. Lc., VI, 22.



 

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