El EremitorioOración contemplativa

I. El Desierto del Éxodo. Ausencia del mundo

“Condujo a su pueblo por el desierto, porque es eterna su misericordia” (Sal 135.16)

La entrada en el Desierto es siempre un momento solemne. Abandonas el ambiente normal de las relaciones sociales por la incógnita de la soledad. Se empieza por desgarramientos, rupturas, tal vez repudiaciones. No se lleva a cabo sin lágrimas esa universal y definitiva repulsa de cuanto nos era más querido. Lo suyo les costó a los Hebreos dejar Egipto, y lo lamentaron por mucho tiempo. Eso que salían en familia. A ti se te pide la fe y el valor de Abrahán: “Sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que Yo te indicaré… Fuese Abrahán conforme le había dicho Yavé” (Gén 12,14).

No se lee que vacilara o le pesara. Échalo todo por la borda, y pronto. Los miramientos, los aplazamientos sólo harán que sean más costosos unos sacrificios que un día bien tendrás que aceptar, so pena de nunca ser Ermitaño y no poder perseverar. El Dios que te llama a esas renuncias será tu fortaleza. Hizo salir a los judíos de Egipto “in manu forti”.

“Dios no desata, arranca; no doblega, rompe; más que separar rasga y devasta todo”, así habla Bossuet en el 2º sermón de la Asunción.

Más tarde entenderás esta palabra de Dios: “Vosotros mismos habéis visto… cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí” (Ex 19, 4)

No le tomes el peso a tu cruz; se te caería el alma a los pies. Fíate del que, por amor, te recibe tal como eres; sin hacer caso de tu indignidad, y dice: “Voy a seducirle, le llevaré al desierto y le hablaré al corazón…” (Os 2,16-18).

El Desierto, al mismo tiempo, fascina y aterra. Es la tierra de la gran soledad, y el hombre, por instinto, teme el cara a cara consigo mismo. El Ermitaño es un separado efectivo. La esencia del Desierto es la ausencia del hombre; el Desierto puro no tolera ni la vida. El mar de arena, al igual que la cima helada de los montes, es la naturaleza virgen, tal como salió de las manos del Creador, sobre la cual parece posarse aún el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas al comienzo del mundo (Gén 1,2). Las almas ricas sienten el hechizo de esa virginidad del paisaje. El Desierto es puro y purifica; donde no está el hombre, tampoco está el pecado ni el ruido de los negocios terrenales.

La soledad te resultará buena, pero su austeridad te dará en rostro. Dios mismo define el Desierto: “tierra de arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa, tierra por donde no transita nadie y donde nadie fija su morada” (Jer 2,6).

Emparedado dentro de ti mismo, habrá horas en que sentirás la nostalgia de los intercambios humanos, y el Desierto te parecerá horriblemente vacío y absurdo. No has venido en plan de turista, acampas en él como un nómada, sin esperanza de regreso. En esos “combates del Desierto” de que habla San Benito, apenas si tendrás mas apoyo valedero que el de Dios, aun cuando aparente desentenderse. Alguien ha escrito: “El Desierto no sostiene al débil, lo aplasta. El que gusta del esfuerzo y la lucha, ése puede sobrevivir” (P. de Foucauld).

Es la verdad, y da que pensar. Tendrás que aprender a resolver tú solo tus problemas, y sólo te quedará una seguridad: la fe bien templada: Ojalá puedas ser, merced a una oración humilde, de esos atletas “capaces, con la ayuda de Dios, de arrostrar con el solo vigor de tus manos y brazos la lucha contra los vicios de la carne y del espíritu” (Regla de San Benito).

Te gustaba la soledad como descanso, para tomarte un respiro en medio de quehaceres aguantados por el afán de vivir y aguijoneados por la necesidad de producir. En adelante, la soledad es tu medio vital, y nadie espera ya el fruto de tu actividad. Único recurso que te queda: derramar, sin utilidad aparente, sobre loS pies de Jesús, el precioso perfume de tus capacidades humanas. Si consientes en ello, tu recompensa será espléndida.

Defiende los accesos de tu Desierto. ¿De qué te serviría la clausura si dejas a los hombres que te la invadan con la prensa, la correspondencia, las visitas? No olvides que la ausencia del hombre es su característica esencial.

Para ti el Desierto no es un marco, es un estado de alma. Esa es su dificultad radical. El centro de La soledad eres tú en quien la referida ausencia del hombre y de sus vanidades crea una primera zona de silencio. En la estepa sólo se oye un ruido: el gemir del viento. Un refrán árabe dice que es el desierto que llora porque querría ser pradera. Es tu caso, tierra árida y sin agua, que suplica al Señor haga llover su rocío. Fuera del soplo del Espíritu nada se ha de oír. No te dé por poblar ese silencio con recuerdos, imágenes del pasado, curiosidades o distracciones mundanas, sucedáneos de la vida en sociedad. El Desierto no admite componendas; con fuerza brutal obliga a escoger; es la pista inhóspita, el incesante ir adelante con el equipaje más ligero posible, o la muerte. No brinda ni consiente nada que divierta. Lo perderías todo; el diletante mataría al contemplativo. Pronto la tosca monotonía del Eremitorio acabaría por cansarte, y el atractivo del mundo, por ser tu tormento. Languidecerías, como un desarraigado, de sed maligna. Dos veces desdichado, te verías privado del objeto de tus deseos y Dios te dejaría de lado. Sin duda el Desierto es el país de la sed. Lo mismo que a Agar (Gén 21), lo mismo que a Elías camino del Horeb (I Re 19), te ocurrirá pensar que es mejor morirse. No vuelvas atrás, Dios te sustentará.

Esa incomunicación no es cosa fácil; entrenándote con dura ascesis es como llegarás a levantar ese antemural del silencio.

Persevera, trabaja por reducir todas tus facultades a la unidad, a la simplicidad del silencio. No pasará mucho tiempo sin que Dios te visite. Se presentó a Elías en el Horeb al filo de un silencio tal que se hubiese oído el susurro de la más leve brisa. Cuando el Señor quiere levantar un alma basta la contemplación le exige el silencio de todas las facultades y que sólo cuente con El. En cuanto a ti, no te ocupes ya de ti mismo. Cuando des oídos sordos a las quejas de la naturaleza, cuando niegues audiencia a toda inquietud, a todo deseo .que no sea el del amor, cuando seas indiferente sobre tu suerte terrestre, cuando ya casi no pienses de ti ni en bien ni en mal, y no te importe un ardite el juicio de los hombres; cuando, en una palabra, estés habitualmente olvidado de ti mismo, entonces habrás penetrado en el Sancta Sanctorum del silencio, el recinto inviolable del alma donde Dios reside y te convida. DE ti como de Moisés dirá: “él vive permanente en mí casa. Cara a cara hablo con él, y a las claras, no por figuras; y él contempla el semblante de Yavé” (Núm 12,7-8).

Toda la espiritualidad del Desierto se encierra en esta sentencia profunda de San Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (Puntos de amor, 21). ¿Te ocurre pensar que es en ti donde se dice? Audición sublime, ahí está toda la vida eremítica. Has de mostrarte insaciable por escuchar ese Verbo, y nadie si no es el Padre, ni libros ni teólogos, te la puede hacer oír: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le trae” (Jn 6, 44). Esa palabra eterna será tu alimento: la Escritura, la Eucaristía, la contemplación, te la suministrarán. Gustarás ese Maná de Dios (Ex 16). El Espíritu Santo guiará tu alma hacia ella con infinita más suavidad y delicadeza que la nube luminosa (Ex 40,36-38). El te adoctrinará como desde un Sinaí interior, en la ley de los perfectos. Dios pactará contigo la alianza de los desposorios (Ex 19) y te dirá al corazón cómo le agrada la liturgia del amor para la que te tenía reservado. Para aplacar tu sed hará brotar del seno mismo de tu aridez el agua de su gracia, de sus dones, con que podrás beber de la fuente misma de la vida Trinitaria (Núm 20,1-11). En ti se repetirán las antiguas “magnalia Dei”, siempre que te avengas a surcar con arrojo la estepa.

Porque hay que estar siempre en marcha. El Eremitorio no es la Tierra de Promisión; no te es lícito instalarte en él con el confort de unos hábitos acariciados o de una tranquilidad egoísta. El Verbo es tu manjar. Mas también esa Pascua se ha de comer de pie, ceñidos los lomos y el bastón en la mano. Eres un peregrino sin domicilio, sin equipaje, sin seguridad del mañana. Para el hombre que se aventura en el desierto no hay vivienda, hay una pista por la que da prisa por alcanzar “un paisaje del que no se vuelve”. Ese paisaje es Dios mismo visto a cara descubierta, y sólo la muerte nos lo muestra así. El amor debe aguijonearte y quitarte todo posible entusiasmo por fabricarte un refugio cómodo. “Como anhela la cierva las corrientes aguas, así te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios! Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios?” (Sal 41, 2-3).

Sólo El sabe el momento y el camino. No tengas plan de vida, consérvate libre de todo cuanto pueda impedir que Dios te mueva a su gusto. Sabores y sinsabores no entran en cuenta. Has de estar disponible y maleable. El Pueblo Elegido sólo sabía una cosa: avanzaba hacia la Tierra Prometida; desconocía las etapas. En aquel éxodo el Señor se reservaba todas las iniciativas. El pueblo se detenía, reanudaba la marcha, se orientaba sin más señal que la nube a la que seguía a ciegas (Ex 40,36-38). Se te pide un abandono así, que descansa en la fe en la Sabiduría, el Poder y el Amor de tu Padre que está en los cielos.

“Lo sabe todo, lo puede todo y me ama”. Graba esto en el corazón y en la palma de las manos. Moisés canta la maternal solicitud de Dios. A ella debe el ermitaño entregarse. De ti se trata: “Le halló en tierra desierta, en región inculta, entre aullidos de soledad. Le rodeó y le enseñó, le guardó como a la niña de sus ojos. Como el águila que incita a su nidada, revolotea sobre sus polluelos, así El extendió sus alas y los cogió y los llevó sobre sus plumas. Sólo Yavé le guiaba; no estaba con él ningún dios ajeno” (Deut 32,10-12).

Te lo juegas casi todo si vacilas en lanzarte a ese abismo. Si quieres “hacer tu vida”, puede que Dios lo consienta, pero oye su amenaza terrible: “Esconderé (de él) mi rostro, veré cuál será su fin” (ib. 20).

Lo demás se adivina sin dificultad: perecerás de hambre y de sed, en un género de vida que no tolera la mediocridad, y serás un “seglar” bajo el sayal de un ermitaño.

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