El EremitorioOración contemplativa

I. El Monte Sinaí. La trascendencia de Dios

“Que se sepa de oriente que todo es nada fuera de mí” (Is 45,6)

El Sinaí es el monte de la Trascendencia de Dios, el carácter divino más desconocido del que el Ermitaño debe ante todo ser testigo de cara al mundo. Recién llegado al Desierto, no te duela aún la carencia del sentido de la trascendencia de Dios. Pronto, al amparo de la soledad, descubrirás en ti el resabio de esa tara contemporánea. El descubrimiento te afligirá, tal vez te espante. El temor de Dios se hace raro. Se peca sin pudor y sin gran pesar. En la misma penitencia diríase que el sacramento desvaloriza la virtud. Cuesta tan poco alcanzar el perdón!

Examina lealmente cómo reaccionas en tus adentros ante las Verdades Eternas, y sabrás dónde vas de esa asignatura. El pecado original, la muerte, el infierno, la Cruz, suenan a cosa antipática, a antigualla. El servicio del prójimo atrae más que el de Dios, y su salvación se enfoca más como beneficio para el hombre que como el triunfo de la gloria de Dios. Incluso la unión con Dios nos tienta más como el coronamiento de nuestra personalidad que como respuesta desinteresada a su llamada. Hemos perdido el sentido de Dios a cambio de un sentido erróneo del hombre, el cual se planta delante del Ser divino, no como una “nada”, sino como un Don “Alguien”, muy digno de que Dios le tenga en cuenta. Extraño seria que esa atmósfera no te haya contaminado. Es una óptica ésa, antagónica de la del monje. Vas a tener que revisar eso.

A todos los amantes de la Sagrada Escritura ha impresionado la insistencia celosa, a veces machacona en las expresiones y los hechos, con que Dios reivindica su trascendencia y subraya el abismo infinito que separa su Ser y sus perfecciones, del ser creado. No fue por juego de niños ni para impresionar a mentalidades primitivas, por lo que se manifestó en el Sinaí con el aparato de una teofanía que no dejaría de apabullamos en pleno siglo xx.

Acude sin descanso a la Biblia para descubrir en ella a Dios tal como se revela a sí mismo. No opongas el Dios de Amor del Nuevo Testamento al Dios del temor del Antiguo; la antítesis es engañosa. No hay sino un Dios que no varía ni se contradice. Lo que era antes de la Encarnación lo sigue siendo. El que ha cambiado es el hombre. Sacando de su evolución cultural cierto aire de seguridad, y tal vez debido a una interpretación equivocada de las condescendencias evangélicas, va tomando para con Dios posturas desenvueltas, descorteses, muy ajenas al espíritu del Magnificat. El hombre de nuestros días, si habla de su nada, lo hace con la punta de los labios; de la “afirmación de su personalidad”, en cambio, a boca llena. Es insolente tanta reivindicación del propio “yo”.

La tradición anacorética en bloque repudia semejante actitud. La compunción es la principal constante del espíritu eremítico, y no se da sin el sentimiento vivísimo de la trascendencia de Dios. Aquel santo temor de si estará uno condenado, es tachado de arcaísmo, como si fuésemos, más que los antiguos, los dueños de nuestro destino eterno, o estuviésemos mas a cubierto. Como si una ofensa hecha a Dios tuviese hoy menos importancia, como si Dios pasase la esponja sobre nuestros pecados sin exigir dolor ni satisfacción.

Desechada la compunción, muy pronto el Yermo te parecerá incoloro, y tu vida, inútil de puro egoísta. No cometas la impertinencia de auparte hasta el mismo plano de Dios. No debe partir de ti el hablarle “cara a cara como un hombre habla con su amigo. Dios era quien así hablaba con Moisés, no Moisés con Dios (Ex 33,11). Cuando el Altísimo deja traslucir algo de su gloria, los más santos tiemblan despavoridos; Moisés, Elías hunden el rostro en los pliegues de su manto; Abrahán queda aterrado, y su conciencia le dice que no es sino tierra y ceniza”; Isaías se cree perdido; los mismos serafines ocultan la faz detrás de sus alas. ¿ Quién puede subsistir delante de Yavé, el Dios Santo? (I Sam, 6,20).

Las amabilidades del Verbo Encarnado no deben hacerte olvidar nunca que Dios es el “Santo”, el “Separado” de toda la creación por su naturaleza misma: su divinidad, su gloria, su santidad. El contemplativo gusta de sobrealimentarse con esos textos inspirados que le ayudan a mantenerse en su puesto, mientras va engrandeciendo en su espíritu y en su corazón al Soberano Señor de todas las cosas, que es también su Padre.

“Soy Yo; Yavé es mi nombre, que no doy mi gloría a ningún otro” (Is 42,8).
“Sed santos, porque Yo, Yavé, soy santo” (Lev 20, 26).
“Yo soy el primero y el último y no hay otro dios fuera de mí” (Is 44,8).
“Yo, Yo soy Yavé… Yo soy Dios desde la eternidad y lo soy por siempre jamás” (Is 43,11-12).

¿Puede alguien quedar frío ante tales exigencias? Todos los libros de la Biblia, sobre todo los Profetas y los Salmos han celebrado esa sobrecogedora Majestad del Dios que se sienta sobre los querubines, ante quien la tierra es presa de vértigo, los pueblos se postran ‘despavoridos (cf. Sal 98, 1-5), las naciones son como “gota de agua en el caldero, como un grano de polvo en la balanza” (Is 40,15).

Majestad que se muestra en los portentos de su omnipotencia, en la obra de la Creación (Is 45,11-12), en los fenómenos terroríficos que acompañan su presencia (Sal 76,17-20).

Jesús no ha aguado el recio colorido de esa grandeza divina, que contemplaba en el cara a cara de la visión beatífica. Se insiste a placer en el carácter filial del temor, pero éste supone de antemano la visión perfectamente nítida de todo cuanto necesariamente nos mantiene en el abismo de nuestra nada por debajo de nuestro Padre de los cielos. No van a ser las afrentas anodinas y ficticias inferidas a tu amor propio las que te hagan humilde. La humillación tiene buena prensa en religión; recibirla con edificación realza nuestro prestigio e hincha los carrillos de nuestra vanidad. Desde dentro es como el Espíritu Santo te despojará de la propia estima, contrastando en su luz la grandeza de Dios y tu bajeza. Quizá llegue al extremo de obligarte a pedir auxilio a la vista de tu abyección: “¡Ay de mí, perdido soy! Soy hombre de impuros labios” (Is 6,5).

Y viene el pecado a deprimirte aun por debajo de tu nada de creatura: “Aun a sus ministros no se confía, aun en sus ángeles halla tacha. Cuánto más en los que habitan moradas de barro y del polvo traen su origen 1, que son aplastados como un gusano, son acabados de la noche a la mañana” (Is 4,17-20). Has de mantener en ti el pesar de haber desagradado al Amor que pródigo se volcaba en ti.

Con todo, trata de no proyectarte sino raras veces en la pantalla de tu reflexión. Dios mismo con todo su incomparable esplendor es quien debe ocupar lo mejor de los pensamientos del Ermitaño. Tu dicha consistirá en no ser nada para que Dios sea todo. Santo Tomás tiene esta sentencia de oro, que parece escrita para los anacoretas: “Suponiendo que no haya en el mundo más que una sola alma que posea a Dios, será bienaventurada aun cuando no tuviera prójimo a quien amar” (1-2,4,8,3). El ser infinito de Dios ante el cual el de la creatura es como inexistente, te dará a conocer que los afectos puestos en ella indebidamente a expensas del Señor te aniquilan abatiéndote hasta su nivel y te incapacitan para unirte al Todo y transformarte en El.

La perfección infinita de Dios junto a la cual todas las perfecciones creadas que son reflejo de aquélla pierden todo su brillo, te irá desasiendo gradualmente de cierta complacencia hedonista y te hará amar la soledad y el silencio donde sólo está El.

La incomprensibilidad e inefabilidad de Dios asentarán en tu alma una quietud profunda, dando muerte a toda curiosidad revoltosa. Si renuncias a los análisis complicados y a la multiplicidad de palabras, entenderás que ni el trabajo del espíritu, ni las visiones, ni las delectaciones extraordinarias te unen a Dios, antes bien la fe simple y desnuda. Y te complacerás en recogerte en un silencio adorador delante del Hogar misterioso de la Vida y del Amor. Preferirás callarte en su presencia, porque está por encima de toda alabanza: no conociéndole en toda su perfección, no podemos alabarle como se merece. El silencio es su alabanza. Job es locuaz con sus amigos; delante de Dios no sabe qué decir: “Pondré mano a mi boca” (Job 40,4).

La suficiencia de Dios, plenitud del Ser, de la perfección, de la santidad, de la vida, de la luz de la felicidad, te colmará de gozo. ¡Su dicha será la tuya! ¡Saber que nada ni nadie puede añadir a la beatitud de Dios, ni turbarla nunca! Nuestras faltas le ofenden, mas en nada le ensombrecen. No es que se entibie nuestra contrición, pero atempera su amargor en el alma amante.

El mundano no puede resignarse a no ser necesario ni útil para Dios. El contemplativo se dilata en ese pensamiento. En verdad, una sola es su alegría: la de Dios mismo. Es su “éxtasis” perpetuo; ya no piensa en mendigar para si mismo una satisfacción distinta. Pide la gracia de alcanzar ese ideal, y el hastío te será imposible en la soledad.

Es la revelación escueta de esa trascendencia la que revoluciona la vida de Moisés. El Sinaí del Ermitaño es el de la zarza ardiendo más bien que el del Decálogo. El misterio de la grandeza de Dios hechiza al solitario, y, lejos de helarlo o aplanarlo, hace brotar de su corazón un grito de entusiasmo, porque se liberó, al fin, de las ilusiones que sobre sí mismo le tenían engañado: “Tú solo el Santo, Tú solo el Señor, Tú solo el Altísimo.” Sin cesar repiten sus labios las aclamaciones del Gloria: “Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos y te damos gracias por tu gloria infinita.” No se harta de pregonar el Todo de Dios, que le sitúa a él en su verdad: la nada, la dependencia total, dando así respuesta a la afirmación divina: “Sépase de levante a occidente que todo es nada fuera de mí.

La espiritualidad moderna ha acentuado la Inmanencia de Dios, la dulzura de sus relaciones de intimidad con el hombre, pero no puede, so pena de caer en error, desconocer las exigencias de su trascendencia. Sólo los espíritus superficiales, ajenos a los verdaderos problemas de la vida interior, pueden imaginarse que la misericordia haya desarmado a la justicia de Dios. La misericordia se ejercita en que, para unir a Sí a un alma, Dios le aplica, ya en esta vida, todos los derechos de la justicia y la sumerge en el fuego purificador de unas pruebas que los teólogos declaran equivalentes a las del Purgatorio. Las purificaciones pasivas de los místicos no son una broma como no lo es el Purgatorio por donde tantos de nosotros tendremos que pasar. Su Santidad no le permite a Dios unir a Sí un alma cargada con la más pequeña deuda. En esto también su misericordia es trascendente; la nuestra cierra los ojos sobre las culpas, la de Dios exige una satisfacción tanto más estricta cuanto más quiere colmar de gloria. El perdón de Dios no es un manto echado sobre nuestras impurezas; todo tiene que ser lavado, restaurado, reintegrado en la inocencia.

El Ermitaño lo sabe y las aprensiones de la naturaleza no son parte a impedirle desear esa prueba de las preferencias divinas.

No entres en el Eremitorio como en un lugar de plácida euforia. Es un crisol. Llamado a la familiaridad del Señor, tienes que desprenderte de esa ganga opaca que lastra tu alma con una tenacidad que no sospechas.

“Purificaré en la hornaza tus escorias y separaré el metal impuro” (Is 1,25).

Este crisol será justamente la Contemplación en su fase de purificación. La experiencia te enseñará hasta qué punto la perseverancia en la oración asidua y prolongada es más costosa que la acción.

La pasividad relativa bajo la mano industriosa de Dios repugna a la naturaleza cuyas facultades se revuelven de impaciencia. Tú, deja obrar a Dios.

Si sintieras más hondo la trascendencia de Dios, el gusto por la contemplación se desarrollaría en ti. Suplícale al Señor te la conceda; para esto has venido. Humildemente dile con Moisés: “Muéstrame tu gloria” (Ex 33,18).

Cuando la Belleza de Dios se descubre al alma toda criatura palidece para ella; el reflejo ya no la seduce cuando la llama se le mete por los ojos: “Ya no será el sol tu lumbrera, ni te alumbrará la luz de la luna. Yavé será tu eterna lumbrera y tu Dios será tu luz” (Is 60, 19).

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