El EremitorioOración contemplativa

I. El Templo cósmico. De Dios a la criatura

“Vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1,31)

El Desierto es siempre bello: el océano, la estepa arenosa o rocallosa, la montaña caótica, la selva misteriosa nos imponen el silencio de la admiración. Por instinto, se piensa en el genio sobrehumano que ha derramado tales maravillas, en el esplendor de la fuente luminosa de tales reflejos. No menosprecies lo que Dios ha tenido la fineza de dedicarte:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Así canta el Doctor Místico, San Juan de la Cruz (Can 5, 5).

A lo largo de la Biblia va Dios haciendo desfilar ante nuestros ojos encandilados las obras maestras de su creación; las exhibe con satisfacción como un tapiz tornasolado en un lujo de imágenes que las abrillanta aún más y les da más vida. “Son las aclamaciones de los astros matutinos” (Job 38,7), es el “mar que sale impetuoso del seno” y que él “cerró con puertas (v. 8); son las “nubes como mantillas”, “los densos nublados como pañales” (v. 9); es “la aurora adueñándose de los extremos de la tierra” (v. 12); es “el rayo tonante que se fracciona dejando el espacio salpicado de chispas” (v. 24), la lluvia “derramada de los odres de los cielos cuando se hace una masa el polvo y se pegan uno a otro los terrones (v. 38).

Para el que sabe mirar la tierra es siempre el Paraíso terrenal. “Las criaturas son como un rastro del paso de Dios” (San Juan de la Cruz). Siendo El la belleza infinita, no se ha desdeñado en irradiarla para nosotros y atraer así nuestra atención: “Vio Dios todas las cosas que había hecho y eran muy buenas” (Gén 1,31). “Sí, proclama el autor de la Sabiduría, amas todo cuanto existe y nada aborreces de cuanto has hecho, pues si hubieras odiado algo, no lo habrías hecho” (11 1,25). “Las misericordias de Yavé se posan en todas sus criaturas’ (Sal 144, 9). El universo de lo infinitamente grande, como el de lo infinitamente pequeño rebosa de magnificencias que ningún ojo como no sea el del Creador verá jamás. El mundo es su santuario, y lo quiere ataviado de “potencia y hermosura” (Sal 95,6). Al comienzo, gustaba de “pasearse por el jardín al fresco del día” (Gén 3,8). Era el paisaje en que debía encarnarse y su acción conservadora se esmero con amor, día y noche, en mantener en su frescor el esplendor y encanto de la tierra: “¿Cómo podría subsistir nada si tú no quisieras?” (Sab 11,26).

El Eremitorio te brindará la ventaja de una naturaleza hermosa. Abre los ojos para admirarla, el corazón para agradecerla. La fe te mostrará en ella la infinita hermosura sobrenatural “de la figura de Dios, cuyo mirar viste de hermosura y alegría el mundo y todos los cielos” (San Juan de la Cruz).

Esa será quizá tu única alegría humana que no esté teñida de tristeza. La criatura irracional es la única que no haya decepcionado a su Creador, y que se doblega sin falta ni resistencia a todas sus voluntades. Mírala: con todo su ser canta la gloria de Dios (Sal 18). Bossuet dice: “ella no puede ver, se muestra; no puede adorar, nos inclina a ello; y lo que ella no entiende no consiente que lo ignoremos”. El Ermitaño le presta su corazón y su voz: “Obras todas del Señor, bendecid al Señor” (Dan 3,57).

Mas también sabe escucharla; toda la obra de sus manos habla de El (Sal 18, 1). ¿Por qué cerrar los ojos a la sinfonía de las formas y de los colores, los oídos a la armonía de los sonidos, el olfato al perfume de las flores? Todos ellos te dicen que Dios los ha hecho mensajeros suyos, encargados de alegrar tu destierro (Sal 103,4). Tú mismo lo reconoces en el coro: “De sus moradas manda las aguas sobre los montes, y del fruto de sus obras se sacia la tierra; hace nacer la hierba para los animales y el heno para el servicio del hombre” (Sal 103, 13-14).

¿Temes acaso que la belleza de las cosas te atornille a la tierra? Míralas en contemplativo. Al cristiano se le enseña a descubrir a Dios en su criatura, a verle a su trasluz. Tú, que vas al Señor derecho, ve su obra en El, admírala a través de El. Tu visión interior es la que proyecta su luz sobre la creación, y no ésta la que condiciona esa visión. Los bienaventurados en el cielo no perciben nuestro universo sino en el Creador, y Dios mismo sólo en sí ve lo que está fuera.

Tú que vives ya de la vida futura, no admires nada si no es en la relación que une cada ser con su fuente sabia y amante, con aquella Providencia cuya mano paternal derrama sus bendiciones sobre la creación entera (Sal 144, 16). Dios no se desdeña de ataviarse, en la Escritura, del esplendor de los elementos de nuestro planeta. La luz es el “manto” centelleante con que se arropa; las nubes son su “carro”, y “las alas del viento” su corcel; el trueno, su voz las tinieblas su “velo”.

Inspirando al escritor sagrado, Dios mismo nos coloca en la perspectiva de la más alta estética. El pensamiento sobrenatural expande y despliega hasta el infinito el encanto de las formas, de los colores, de los sonidos, a la manera que el eco, al oído de un amigo, se reviste de las sonoridades del alma de aquel cuya voz repercute.

Jesucristo gustaba de descifrar el sentido divino de la naturaleza, inclinándose hasta sus más humildes maravillas, que tantos otros pisan distraídos: la hierba, vestida por Dios, y las flores de los campos, superiores en magnificencia a las galas de Salomón; la caña que el viento cimbrea, los manantiales que refrescan, los arreboles mañaneros o vespertinos, los campos ondulante de mieses, los senderos pedregosos, el relámpago que rasga el espacio, la luz centelleante. Los animales tan humildes de nuestro contorno familiar le encantan: la gallina que reúne sus polluelos bajo sus alas, los gorriones que Dios alimenta, la cándida paloma, la oveja mansa y dócil… No hay rastro de hermosura que le deje insensible. Pero cada onda que hace vibrar sus facultades estéticas le trae al mismo tiempo el mensaje de su Padre que da a todo un sentido tan personal.

“Yo soy la fuente de agua viva…” (Jn 4,13).
“Yo soy la luz…” (Jn 8,12).
“Yo soy el camino…” (Jn 14,6).
“Yo soy el pan…” (Jn 6,35).
“Yo soy la piedra…” (Mt 21,42).
“Yo soy la puerta (Jn 10,7).
“Yo soy la flor de los campos…” (Cant 2,1).

Con sus reacciones ante la primorosa naturaleza, Jesús nos da la inteligencia de ella y nos sitúa en la óptica en que debemos mirarla. El mismo, “resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad” (Sab 7,26), es el que, con miras a su Encarnación, se ha preparado un templo digno, un marco soberano para la “Figura” que es de la sustancia del Padre. Se comprende que las radiaciones de ese “Rostro” sublime, al rozar las criaturas, las haya dejado “vestidas de su hermosura” (cf. San Juan de la Cruz. Cant V, 5).

No hay ningún mal en que vuelvas a ver en espíritu, sin nostalgia quejumbrosa ni yana cavilación, las bellezas que te ha tocado contemplar. Ahora, más de cerca de Dios, no te resultará difícil lograr que esos cuadros canten el himno de alabanza que quizá entonces no supiste interpretar. Remeda al caminante solitario a quien el oquedal inspiró esta meditación:

“He aquí la hora de la quietud, y de cantar, cara a cara. contigo, la consagración de mi vida en el silencio de este sobreabundante ocio” (Tagore).

Todo nos convida a esas elevaciones:

  • la rama del cerezo en flor: “En el alma unida a Dios siempre es primavera” (Cura de Ars).
  • la sombra de la tarde en el océano: “Lo que sé de mañana es que antes que el sol se levantará la Providencia” (Lacordaire).
  • las cumbres nevadas: “El hombre tiene hambre de altura y de pureza” (Gustave Thibon).
  • el sauce a la orilla del lago que sestea: “Mi paz es la que os doy. No se trata de juzgar, sino de amar” (X…).
  • un rayo de luna en el bosque mecido por la brisa: “Guíame, ¡oh suave luz! en la oscuridad que me cerca. ¡Oh! guíame. La noche es profunda y estoy lejos de mi mansión. Guíame, Señor” (Newman).
  • el agua que fluye por un canal de barro a un pilón de piedra: “La fuente tiene sed de ser bebida” (Nacianceno).
  • la hierba del sendero que vas pisando: /”Señor, a mis pies desnudos /dales un paso largo y puro, /por entre las hierbas que estremecí /para poder llegar a ti” (Marie-Noël).
  • una pista en la nieve: “El Señor ha ensanchado la ruta de mi viaje, y mis pies no vacilan” (Sal 17, 37).
  • el arbusto zarandeado por la borrasca: “Ten misericordia de mí, Señor, pues que soy débil” (Sal 6,3).
  • el fulgor del sol y la claridad de la luna evocan a Jesús, el Sol de justicia, y la Virgen María, vestida de su luz, y con la luna a sus pies (Ap 12,1).

¿Quién formará tu alma a esa respiración sobrenatural? La soledad, la meditación de las Escrituras, el conocimiento amoroso del Cristo de los Evangelios, la oración constante en la atmósfera del Padrenuestro. Esto es más que poesía, aun concediendo que la poesía sea una futilidad para el Ermitaño, que no lo es, ya que se puede definir: el instinto de lo Infinito que resuena en la finitud de las cosas…

Disfrutarás de un jardín; no lo tengas en barbecho. Dios te ha colocado en él como a Adán en el Paraíso, “para cultivarlo” (Gén 2, 15). Ten en cuenta que la celda del Ermitaño es el lugar de las citas con Cristo. Las dos hermanas de Betania, sin duda, adornaban de flores su casita para acoger al Maestro. No tienes por qué privarte de ese inocente gozo. Las flores variopintas son un regalo de los ojos y del corazón. “Yo te planté de la vid más generosa” (Jer 2,21), te susurra tu parra, “¿Qué más podía yo hacer por mí viña, que no hiciera” (Is 5,4). Escucha mis enseñanzas, musita la higuera; el lirio te sugiere a Jesús, la rosa a Maria, y todo tu diminuto predio, el “hortus conclusus” reservado en exclusiva al Esposo.

– Harás lo que el hombre moderno ya no hace: contemplar al Creador atareado en la planificación de la vida, y sentirás mejor, en tu laboreo, cuán a merced estás de la Providencia de la que depende el éxito de tus trabajos.

Una fauna de insectos, de perfiles y coloridos extraños te hará palpar la inagotable fecundidad de la inventiva divina y la prodigalidad de sus dones. El jardín hace amar la celda, y si al Ermitaño no le es licito apegarse al lugar ni a cosa alguna, es menester que experimente que en la celda está en el corazón de su desierto, en el centro de todas sus riquezas.

Abomina del lujo y del confort, pero ama lo bello en todo; es un destello de la luz divina. Es la hermosura de Dios, que en el cielo nos beatificará, dado que es el resplandor de todas sus perfecciones. Lo bello nos inmerge en una especie de éxtasis al dejar en suspenso la algarabía de nuestras actividades internas en el silencio de la admiración, y la admiración confiere a nuestro ser una suerte de eflorescencia plenaria, di hartura calmante que no desea ya nada. Es la esencia misma de la contemplación adoradora.

Tal vez te sea dado no pocas veces, sentado en el umbral de tu celda, como Psichari en el desierto, saludar “el nacimiento del mundo” cuando despunta la aurora. Te embargará aquella religiosa emoción con que Sedia, el Moro de la escolta, le dijo, con los brazos tendidos hacia el Levante: DIOS ES GRANDE Su voz temblaba un poco…, observa el oficial -ninguna otra palabra se dijo aquella mañana.

Sé tú el corifeo de ese concierto de las cosas: “Alabad a Dios en su santuario… Todo cuanto respira alabe al Señor” (Sal 150,5).

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