El EremitorioOración contemplativa

II. El Monte Tabor. El sentido de Cristo

“En cuanto a fundamentos, nadie puede poner otros que el que ya está puesto, JESUCRISTO” (I Cor 3,11)

Sería sorprendente que Dios trajera un alma al Desierto para “hablarle al corazón”, y no le regalara con alguna de esas visitas inefables que han embriagado a tantos contemplativos. Es preciso dejar ‘la cosa en manos de su liberalidad, y juzgarse “a priori” indigno de todo favor. No se entra en el. Eremitorio para hacer un experimento. Dios está infinitamente por cima de sus consolaciones, y si se le posee es por la caridad; el gusto nada añade a la realidad. Aquél depende de su beneplácitos y no “le forzarás la mano . Conténtate con desear que te una consigo con la mayor intimidad posible en la tierra. Es San Juan de la Cruz el que dice: “El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener grande desnudez, y padecer por el Amado.” Importa mucho que lo entiendas desde los inicios; así te ahorrarás un desengaño, agravado con un error de orientación. La enseñanza auténtica del Monte Tabor no es precisamente la que se suele sacar. Lo esencial para los Apóstoles en este misterio de la Transfiguración no fue tanto el haber entrevisto a Jesús en su gloria, como el haber recibido de labios del mismo Padre la consigna: “Este es mi Hijo muy amado… Escuchadle… Alzando los ojos a nadie vieron, sino a Jesús solo” (Mt 17). Difícil determinar mejor el puesto de Jesús en la vida del Ermitaño: no ver ni oír nada fuera de El.

Lo antes posible, toma conciencia de los lazos que te unen a El. Muchos repiten con San Pablo: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 21), y luego buscan inspiración en otra parte. En el Eremitorio eso sería un despropósito. Desconfía de la sentimentalidad; el Cristo de ‘las revelaciones privadas corre a veces peligro de hacer que desmerezca la verdadera devoción que se le debe. El Evangelio y San Pablo, su Apóstol más apasionado, te darán el imprescindible genuino “sentido de Cristo”.

Para ti, Cristo es más que un canal de vida, mas que un intermediario entre la fuente y tu alma. Es la Fuente misma de las aguas vivas. Escucha su invitación: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba” (Jn 7,37). Antes de dejarte prender de los encantos humanos de Jesús y verde revivir las escenas evangélicas, escudriña la palabra del Padre. Su intérprete más profundo. ¿Qué significa la expresión extraña: “Para mí, la vida es Cristo”?

Ante todo que Cristo es en sí mismo la VIDA, la Vida increada, sustancial, divina. Además, que El es la “vida de todo ser”. Por fin, que es tu vida, ya que no ha venido a este mundo sino para comunicarte la suya.

Es tu vida porque es su causa; te la ha merecido y te la comunica (Rom 6,23; I Jn 2,25).

Lo es también como objeto suyo. Entiende que en el Eremitorio no has de vivir “tu vida” sino la suya. Esto supone una renuncia grande de ti mismo: es la suprema pobreza. Con ello te es dado imitar la de Jesús. Su humanidad no poseía mas personalidad que la del Verbo. “Vivía de Dios”. Tú guardarás tu personalidad humana, pero referirás a Cristo, mediante tu voluntad de unión, todas las actividades de esa persona “divinizada” por la gracia. Así será El tu vida.

Concentra en El tu pensamiento, tu amor, tu esperanza. El tomará efectivamente la dirección de tu vida. Como una madre dice: “Mi hijo es toda mi vida”, debes tú decir: “Jesús es toda mí vida”.

Que en derecho lo sea todo para ti no es una quimera. Lo afirma Dios por San Pablo: “Cristo ha sido hecho para nosotros Sabiduría y Justicia y Santificación y Redención” (I Cor 1,30).

Delante del Señor nada eres sin Jesús. Medita a menudo esta enseñanza del Apóstol; hallarás en ella gran paz. ¿No andas a veces atormentado por las faltas graves o leves que han cavado un abismo o producido una desavenencia entre Dios y tu alma? No habría penitencia capaz de reanudar las relaciones de amistad, si Jesucristo no hubiese de antemano saldado tus deudas. Insiste, como el Apóstol, en el carácter intencionadamente personal de esa mediación; no eres un anónimo en la masa de los redimidos:

“Cristo vino al mundo para salvar a. los pecadores,. de los cuales yo soy el primero. Mas por esto alcancé. misericordia, para que en mí primeramente mostrase Jesucristo su longanimidad y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para la vida eterna” (I Tim I ,15-16).

El Desierto no te pondrá a recaudo de todo desfallecimiento. Tus miserias diarias en nada deben abatirte ni alterar tu alegría. Oye a San Juan, el gran Profeta del Amor: “Hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, aboga- do tenemos ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Y él es propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero” (I Jn 2,1-2). San Juan conocía mejor que nadie el Corazón de Jesús y la eficacia del sacrificio de la Cruz.

Conforme te preserva de una mala tristeza, esta doctrina te precave de una confianza errónea en el valor de tus expiaciones. Este les viene exclusivamente del hecho de que Cristo las asume. En el Eremitorio amar importa más que extenuarse. La Misa ofrecida u oída vale infinitamente más que todas las maceraciones. La Iglesia apela a los méritos de Jesucristo, no a los nuestros.

Toda falta debe despertar en ti el reflejo de un recurso a las satisfacciones del Redentor. No son tus lágrimas las que te lavan, sino la Sangre de Cristo, si bien tienes que llorar la ofensa inferida a Dios. A nadie más que a El debes tu justificación. Dios te tiene por justo no a causa de la exacta conformidad de tu conducta a un Código de leyes, sino por tu adherencia y participación a la Justicia divina. Obra de tal suerte que mirándote Dios vea en ti los rasgos de su Hijo. Tal es la vocación cabal del cristiano: “destinado a reproducir (esa) imagen” (Rom 8,29).

Al imponerte el sayal de los ermitaños se te dijo: “Revístete del hombre nuevo , el que se renueva en orden al conocimiento verdadero, a semejanza de su Creador” (Col 3,10). El mismo Pablo precisa en otro lugar: “Revestíos del Señor Jesucristo” (Rom 13,14). Comprende lo que se te pide.

El Desierto no es el refugio de una personalidad sombría que ha roto con la sociedad cenobítica, con el fin de no lastimar sus aristas vivas. Por muy solo que estés, no puedes zafarte ante ese trabajo de desasimiento total con miras a trasformarte en la semejanza interior con Jesucristo. Progresivamente debes llegar a pensar, a juzgar como El; a amar lo que El ama y como El lo ama; a obrar según las intenciones que fueron las suyas. No se llevará a cabo esa labor sin derribos importantes. A cambio de ello, El podrá vivir en ti, y tú merecerás la complacencia del Padre: no reconoce por hijos sino a los que vivifica el Espíritu de Jesús (Rom 8,14). Es preciso empeñar una voluntad de “desapropiación” incompatible con toda segunda intención de reservar el propio “yo”.

Haz esto y te santificarás. Como la justicia del Ermitaño no es la exacta observancia de un Código de leyes, tampoco su santidad es la práctica concienzuda de un catálogo de virtudes. Sé fiel a la Regla, es un mínimum necesario. Pero no te dejes paralizar por la letra. Jesús obraba con gran amplitud de miras, eso que había venido a perfeccionar la Ley, y a no tener otro alimento que hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34). Lo que te hace justo te hará santo: la imitación perfecta de Jesús, practicar la virtud porque El la practicó y de la manera como El la practicó; por amor del Padre. Tu santidad ha de poseer ese sello filial de amorosa presteza que irradia alegría y deja creer que no te cuesta nada.

En cierto sentido es así. Has hallado tu equilibrio y el equilibrio es generador de paz. Cristo contemplado, amado e imitado ha proyectado la plenitud de su luz sobre el misterio de tu existencia y de su papel en el plan de Dios. Esa es la Sabiduría: el conocimiento del “por qué” y del “cómo”. Jesús es la Verdad (Jn 14,6). El ha pedido y alcanzado para ti el Espíritu de Verdad (Jn 14,16-17) a fin de que seas consagrado en la Verdad” (Jn 17,17).

Jesucristo es toda la Filosofía del Ermitaño. Con el Evangelio y la Cruz sabe más que todos los pensadores. Los mundanos lo toman por un inculto y un simple. “El lenguaje de la cruz, efectivamente, es lo cura para los que se pierden” (I Cor 1, 18). Ojalá sea siempre para ti “poder de Dios”. No te asustes sí a veces le encuentras cierto sabor ajeno al sentido común. Sólo tras largo aprendizaje del sufrir saborearás su fruto. La cruz se ofrece primero como instrumento de suplicio; sólo poco a poco se esclarece con la luz del que la ha transfigurado.

Frecuenta a Jesús sin descanso, ya que es tu Todo. La del Ermitaño es una vida “evangélica”. Muy lógico que se aficione a revivir con la mente y el corazón al Cristo del Evangelio. La metafísica no colma el corazón. Si se dan sentidos espirituales, sentimientos espirituales, también existen emociones espirituales que desorientan a. los psicólogos de escuela, pero que las almas interiores conocen bien. No en vano seguirás al Maestro en todas las idas y venidas de su vida terrestre, devorándolo con los ojos del corazón, contemplando sus actitudes y gestos, sorbiendo sus palabras, comulgando con sus penas y alegrías, orando con El, viviendo como uno de los suyos. De esa intimidad nacerá en ti algo mucho mejor que una simpatía platónica de exegeta. El Ermitaño debe vivir la amistad que le brinda Cristo (Jn 15, 15). Nada hay de novelesco en ese esfuerzo por reconstituir el pasado. Viene legitimado por un principio que vierte a raudales la luz y el gozo en nuestras almas.

Por su ciencia beatífica y su ciencia infusa Jesús sabía ya entonces todo lo tuyo, tus más íntimos pensamientos, los movimientos secretos de tu voluntad buena o mala. El, durante su paso por la tierra, vivía contigo y para ti. Por encima de veinte siglos entras realmente en contacto con Aquel que, de lejos, leía en la conciencia de Natanael (Jn 1,48). De ti depende que Cristo haya estado más consolado y haya padecido menos.

Le conoces mejor que a tus más íntimos amigos. En El ningún recoveco de inquietantes sombras.

La Iglesia, en su Ciclo Litúrgico, repite cada año esa peregrinación a las fuentes de nuestra salud. Síguela y descubrirás a Cristo en sus misterios. Cada uno de ellos trae siempre su gracia que caldea el corazón e ilumina el espíritu. Así Jesús vendrá a ser para ti “Alguien” muy cercano..

Todo é1, con su trascendencia divina, sus amabilidades humanas, su influjo salvador en tu alma, es el que se llega a ti en la Eucaristía y a quien adoras en el sagrario. Y ¿podría el Ermitaño creerse solo en el Desierto? ¿Quién habló de la monotonía desesperante de los días?

Vive esa amistad que decimos. Tiene sus condiciones para que sea consoladora. La primera es ser amistad verdadera, con sus intercambios enriquecedores y reconfortantes. Es más lo que recibes que lo que das. Precisamente el don que el Señor espera de ti es tu “receptividad”. Los encuentros han de ser para ti una necesidad. Las ocasiones son múltiples: los Sacramentos, las visitas a la iglesia, la “lectio divina”, la oración que te sitúa cara a cara con Jesús. Defiende celosamente tu soledad; las entrevistas amicales no consienten un tercero. Tu estar presente a Jesús excluyendo sólo la atención a las personas, sino también el interés impropio por las cosas. Aprende a contentarte con El. Muchos se imaginan haber llegado a este punto, pero se confidencian con el primero que les sale al paso. Jesús está celoso de tu confianza. No hay uno que te comprenda mejor que El, y nadie como El sabe consolar y socorrer. Un sentido de Cristo tan delicado es raro aun en religión. Para el Ermitaño es una necesidad vital, es cuestión de perseverancia y de florida santidad.

Nada lamentarás de cuanto has dejado, el día que Jesús haya ocupado ese primero y exclusivo puesto en tu existencia. Entonces, en verdad, te habrás sentado con él para cenar (Ap 3,20).

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