El EremitorioOración contemplativa

II. El Templo bíblico. La iglesia del Eremitorio

“¡Oh! qué alegría la mía cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor” (Sal 121,1)

Tú buscas a Dios; El también te busca ti. El Eremitorio es su Templo, en el que te esperaba, mejor, hacia el que te atraía. No tiene, afortunadamente, la magnificencia del edificio de Salomón. El Evangelio nos ha enseñado que la mayor riqueza es la pobreza: es el oro del Nuevo Testamento que decora el Sancta Sanctorum donde reside Dios.

Hay aquí más que la gloria luminosa que llenaba el Tabernáculo de la reunión (Ex 40), o el Santuario de Jerusalén. Jesús-Eucaristía mora en él y con Jesús la Trinidad toda. El Desierto es el Palacio del Rey de Reyes.

¿Soñaste jamás que habitarías bajo su techo y serias su comensal? Pon tu atención en el honor debido a la Santa Hostia, más que en el agrado o desagrado del Ceremonial de la Comunidad que se encarga de tributárselo. Los hombres son hombres en todas partes. Jesús los amó y se rodeó de Apóstoles cuya compañía nos hubiera disgustado: Israel no perdonó nada para hacerse odioso. El Señor amó su servicio en el Templo. Lo interesante del Eremitorio no estriba en el encanto de su paraje, sino en la presencia de un Sagrario. Estás aquí en la cumbre del orbe, en el punto de conjunción de la tierra y el cielo. Tu Desierto está más poblado de lo que parece, ya que el Cielo entero en él tiene su morada.

Nada debería serte costoso a cambio del honor que se te hace: “Un día en tus atrios vale más que mil fuera, y prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios a morar en la tienda del impío” (Sal 83,11). En esta perspectiva, las contrariedades pierden mucho de su virulencia. Para los judíos la dicha suprema era visitar el Templo: “¡ Oh qué alegría la mía cuando se me dijo: Vamos a la casa de Yavé.” En ella vives en permanencia, en ella oficias.

Más afortunado que los anacoretas de la Tebaida, el Ermitaño de hoy hace de la Eucaristía el eje de su vida. La iglesia es el centro del Eremitorio; podríamos decir, su justificación. No santificas tú el lugar, es la presencia de Jesús. ¿ Hay alguien que piense en ello al visitar tu soledad? El homenaje del turista da en falso. No te hagas reo de tamaña equivocación. Necesitas, para vivir aquí dignamente, mayor pureza que el Sumo Sacerdote para acceder al Santo de los Santos.

Pensar en la Eucaristía tiene que serte familiar. La reclusión en la celda no te aísla de la iglesia. Los ojos del corazón horadan las paredes y tu alma está imantada hacia el Sagrario. En el Templo era donde Dios daba audiencia a su Pueblo. Mas aquella entrevista no sufre parangón con tus encuentros con Jesús Sacramentado. Puesto en oración ante el altar no velas a un muerto, ni veneras una reliquia. A cada segundo se te dice: “El Maestro está ahí y te llama” (Jn 11,28).

El Maestro, el Salvador, el Amigo, el Consolador, el Confidente, el Doctor, Aquel -el Único- que te enseña y dirige con su propia palabra: “Sólo tenéis un Maestro, el Cristo” (Mt 23,10). Tú mismo lo confiesas: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Dios habita en tu corazón y en tu celda. Así y todo, no puede serte indiferente el acercarte a la Humanidad de Jesús. El es el Evangelio siempre viviente. Ese mismo cuya familiaridad envidias a los Apóstoles. Jamás tendrás ya luces sobre el sentido de las Escrituras sino mediante la Eucaristía: es la Verdad misma de Dios en la “Letra”, en la “Carne” bajo las apariencias del “Pan”. Como otrora, Cristo está ahí enseñando el camino de Dios. Ese “Camino” es El mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Y el Padre ha querido autenticar esa afirmación: “Este es mí Hijo muy amado. Oídle” (Lc 9,35).

¿No te sientes feliz de exponer tus miserias delante de Aquel que aliviaba a los desgraciados durante su vida terrestre, y al que tienes a dos pasos de ti, para ti? ¿Será menor tu fe que la de aquella mujer que codiciaba tocar la orla del manto de Jesús, siendo así que te alimentas de El cada mañana?

El Ermitaño es el hombre de la adoración y de la alabanza. Al confiarte el ministerio de su propia oración, la Iglesia quiere que lo ejerzas delante del Santísimo Sacramento. Ciertos textos sólo ahí adquieren toda su sonoridad: “Tú eres el Rey de la Gloria, ¡oh! Cristo; Tú, el Hijo eterno del Padre” (Te Deum).

Aunque todas las cosas están en El y El lo llena todo, Dios quiso ser adorado especialmente en el Templo. Su presencia en la Hostia consagrada justifica la voluntad de la Iglesia. Nos enseña que ninguna oración es acepta a Dios si no le viene presentada por Jesucristo, el perfecto adorador del Padre, el único que es escuchado, pues según dice San Pablo: “único es el mediador entre Dios y nosotros los hombres, el Cristo Jesús, hombre también El” (1 Tim 2,5).

A la vera de su sagrario pedirás a Dios con mayor instancia se digne oír las súplicas de la Iglesia ya que le son transmitidas “por Jesucristo Nuestro Señor”.

Nuestra Liturgia es una prefiguración de aquella otra, grandiosa, del cielo que nos describe el Apocalipsis (c. 4). El monje que tiende a vivir ya los tiempos futuros debe saborear esa anticipación. Cuanto es mas sobria y despojada de los esplendores terrestres, tanto más invita con instancia a dejar atrás este mundo y adentrarse más en el misterio de la eterna adoración. El Ermitaño ama la desnudez y el silencio de su iglesia. “Silentium tibi laus”. En ningún otro sitio se apodera de él con tanta fuerza la sensación de haber dejado el mundo.

Efectivamente, ahí es donde, jurídicamente, has consumado la ruptura. Al pie de ese Altar hiciste Profesión, subiste las gradas para recibir de Jesús el beso de paz, y la Comunión de su Cuerpo te dio la prenda de tu perseverancia. ¿ Será posible que nunca pienses en ello al ir a la iglesia, o que ese recuerdo no despierte en ti más emoción que el de un contrato en un despacho de notario? En ese lugar y en ese instante fue cuando y donde se realizó la promesa: “Así la traeré y la llevaré al desierto… te desposare conmigo para siempre… en misericordias y piedades… seré tu esposo en fidelidad y tú reconocerás a Yavé” (Os 2,16-22). Que el aire protocolario de un Ritual no te oculte la viviente realidad. Después de la iglesia de tu bautismo, ninguna debe serte tan querida como la de tu Profesión, la que será, sin duda también, la iglesia en que tus restos mortales -restos de una víctima- recibirán la última aspersión de agua bendita.

Defiéndete enérgicamente contra la anquilosis de la rutina. Cada mañana asistes al acontecimiento mas sublime de la jornada del mundo, la Santa Misa. Si eres sacerdote la celebras. El Sacrificio de la Cruz se perpetúa ante tus ojos, y si bien Cristo aquí está glorioso, nada te cuesta evocar la Cena y el Calvario: “Cuantas veces coméis este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor” (1 Cor 11,26).

¿Nada dice esto a tu corazón, siquiera a tu fe? Todo lo que eres en el orden sobrenatural, todo lo que tienes, todo lo que la eternidad te promete, tiene aquí su origen y su garantía: “Hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom 5,10).

Los peregrinos de Jerusalén soñaban con ver degollar animales y levantarse el humo de los holocaustos del Templo. ¿Qué era esa figura al lado de su sublime cumplimiento?

El Ermitaño no debe pasar tedio en la Misa, ni apartar de ella su atención hacia otras devociones. No es un espectáculo, ni siquiera en primer lugar una oración. Es una “acción” sacrificial, en la cual todos, celebrante y asistentes, están implicados. La Iglesia te asigna una función activa que debes asumir. Además de la enseñanza diaria que te dispensa en una selección de lecturas bíblicas, te pide que te unas al sacerdote cuando habla en tu nombre: “Te ofrecemos…, te pedimos…, te presentamos…, te rogamos…, veneramos (Comunicantes)… Esta es la ofrenda que te presentamos nosotros, tus siervos, y, con nosotros, toda tu familia.., te ofrecemos, o te ofrecen ellos mismos (los que nos rodean) este sacrificio de alabanza, para ellos y para todos los suyos (Memento)…

¿Crees te será lícito, sin bochorno, desinteresarte del misterio, en el instante mismo en que te lava de tus pecados, y tributa a Dios, en tu nombre, una gloria de valor infinito? ¿ Qué valen tus pobres oraciones solitarias o tus lecturas edificantes al lado de la gran oración del Esposo y la Esposa aunados en la adoración?

Saca de ahí tus fuerzas, que tu vida de Ermitaño es un sacrificio. No es hacer literatura pía decir que el religioso es una víctima. El simple cristiano lo es por razón misma de su inserción en Cristo crucificado. Hemos venido a hacernos “un mismo ser con Cristo por una muerte semejante a la suya” (Rom 6,5).

¿No te tienta el convertir en una misa ese sacrificio obligado? ¡ Es tan fácil en el marco de tu soledad! Ofrecido como víctima, lo eres por tu Profesión: “Suscipe me…”, “Recíbeme, tómame…” (Sal 118, 116) en cuerpo y alma, entendimiento y voluntad. Consagrado lo estás, en el sentido de que la eficacia de la gracia te configura con Jesucristo hasta el punto de vivir El en ti (Gál 2,20). Debes comulgar a su espíritu, a sus sentimientos, a sus intenciones (Flp 2,5). Así serás una Acción de gracias, un Tedeum viviente. Recuerda que a cada minuto, aquí o allí, la gotita de agua que te representa cae al cáliz para hacerse sangre de Cristo.

La Misa te traerá el pensamiento de la muchedumbre de tus hermanos en Cristo, de los cuales el anacoreta cristiano no puede desolidarizarse.

Ni siquiera en el Eremitorio eres un aislado: la Iglesia que convoca a los solitarios, es para ellos el signo visible de los lazos de gracia que los unen. Literalmente es un hogar de Amor al que todos vienen a caldear su caridad. Cuando veas a tus hermanos postrados en torno al Sagrario, evoca el hermoso ofertorio de la Dedicación que expresa tan bien tu donación y la suya: “Señor, Dios mío, en la rectitud de mi corazón te he hecho todas mis ofrendas voluntarias… y veo ahora con alegría a todo tu pueblo, aquí presente, ofrecerte voluntariamente sus dones” (1 Par 29,17).

Dichoso tú si la obediencia te confía la guarda del Tabernáculo y el cuidado de la Casa del Señor. No tengas por perdido el tiempo que la iglesia roba a la celda; busca tan sólo convertirlo en un servicio del corazón: “¡ Oh qué alegría la mía cuando me han dicho: Vamos a la Casa de Yavé!” (Sal 121,12).

Cuando sales de tu celda al tañido de la campana, detente unos segundos a contemplar el bello conjunto de la modesta iglesia con el Eremitorio acurrucado en su derredor. ¡ Visión de paz! Como los peregrinos del Templo musita alegre: “Por amor de mis hermanos y amigos te deseo la paz. Por amor de la Casa de Yavé, nuestro Dios, te deseo todo bien” (Sal 121,8-9).

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