El EremitorioOración contemplativa

III. El Monte de los Olivos. La santa voluntad de Dios

“Padre…, no se haga mi voluntad, sino la tuya…” (Lc 22,42)

En Getsemaní, la palabra de Jesús que debe fijar tu atención es la que profirió por tres veces durante su agonía: “Padre mío… no sea como yo quiero, sino como Tú” (Mt 26,39).

Aquella adhesión de su voluntad humana a la de Dios ‘le costó sudor de sangre. Sin embargo, toda su vida había profesado gozosamente una sumisión ilimitada, de la que parecía extraer una felicidad radiante.

“Mira que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Heb 10,7).
“Mi alimento es cumplir la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su obra” (Jn 4,34).
“No busco mi voluntad, sino la del que me envió” (Jn 5,30).
“He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado” (Jn 6,38).

En la hora suprema Jesús no se retracta. Pero todo su ser humano no puede menos de estremecerse de angustia ante las exigencias de una voluntad cuya Sabiduría y Santidad son para él evidentes.

El Ermitaño debe con frecuencia acudir a Getsemaní, no tanto para consolar a Jesús, que probablemente no quiso que nuestra simpatía le proporcionase el menor alivio, como para aprender el secreto de la obediencia perfecta a Dios. No todo es encanto en la vida monástica. Bien pesados tenían los Apóstoles los pies y el corazón camino del Huerto de los Olivos pese a la presencia de Jesús.

A lo único que vienes al Eremitorio es a conocer y cumplir la Voluntad de Dios sobre ti. Suplícale como Moisés, que te enseñe sus caminos tan distintos de los nuestros: “Si he hallado gracia a tus ojos, dame a conocer el camino, para que yo, conociéndolo, vea que he hallado gracia .a tus ojos” (Ex 33,13).

Ruego sencillo pero temible. Si Dios lo escucha, entrarás en la vía real de las tribulaciones. Al escalar la montaña nada sabes del porvenir, no tienes proyectos. Dios te ha dicho: “Sube a mí al monte y estáte allí. Te daré unas tablas de piedra… escritas… para (tu) instrucción” (Ex 24,12). Moisés ignoraba el tenor de lo escrito; tú también. La experiencia del pasado te ha familiarizado con los procedimientos del Señor, sin por eso ilustrarte sobre sus designios futuros. “Sube a mí…” Eso es todo lo que sabes y has venido. Tienes que ser todo receptividad, todo disponibilidad. En el mismo instante de la Encarnación, Jesús y María pronunciaban la misma palabra de abandono: “Ecce”… “Heme aquí”. “Mira que vengo a hacer tu Voluntad”. No pasará mucho tiempo sin que adviertas lo amargo que es renunciar a la tuya.

Será puesta a prueba ya desde los primeros pasos. Dabas por descontado que el Desierto era una tierra de austeridades, pero te veías “como onagro salvaje en el Desierto” (Job 39,5) en completa libertad. La primera privación que te impone es cabalmente la de esa libertad. Aunque al principio te parezca lo contrario, ésa es tu gran suerte. La obediencia te pondrá a salvo .de las divagaciones del romanticismo espiritual. El que yerra a la ventura por lugares solitarios está perdido. “Lo primero y lo más imprescindible en el Sahara es un buen guía” (P. de Foucauld). Las ascensiones alpinas exigen la misma seguridad. En la estepa “no se halla camino de ciudad habitada” (Sal 106,4). Dios en persona guiaba a Israel desde la Nube, pero sus órdenes las transmitía Moisés (Núm 9). La Iglesia, sabiamente, no quiere que el Eremitismo escape a la ley común de la obediencia religiosa. Puede que lo lamentes y te venga la tentación de añorar el anacoretismo independiente .para poder moverte a tus anchas y tirar por atajos. Es ilusión frecuente, como frecuente es la desilusión consiguiente. La sumisión en el marco de un Eremitorio es una defensa. Sin género de duda, el Superior es el canal de la voluntad divina. El independiente está a merced de sus ensueños. Corre gran peligro de llamar “divina” a su voluntad “propia”. Acepta alegremente el yugo de la obediencia. Toma tal como está la “ley” que rige el Eremitorio, sancionada con el tiempo y la experiencia.

¿Sufrirás un desengaño? Los hombres y las costumbres ¿serán conformes a tus sueños? ¿Qué valen los sueños? Una sola cosa te importa: la posibilidad de una vida verdaderamente eremítica. Si quieres la paz no cobres interés sino por lo esencial. Lo contingente es siempre variable y siempre deficiente. Lo que te dan lo es; lo que desearías no lo sería menos. El Desierto es la tierra del espejismo, de ese alucinamiento encantador cuyo único defecto es su irrealidad. Sería de lamentar que por unas prácticas sin importancia quedases sin enterarte de los valores de fondo.

Los hebreos podían en unas semanas conquistar a Canán. Murmuraron; el resultado fue que esperaron cuarenta años y ninguno de los murmuradores entró en la tierra del descanso (Núm 14,23-36; Deut 1, 34-40).

Nicodemo con razón se extraña: “¿Cómo puede nacer un hombre ya viejo” (Jn 3,45). Es un problema volver a ser niño. Jesús da la solución: “Es preciso nacer de Arriba” (v. 7), es decir, juzgar las cosas no según la carne, sino según el Espíritu. El ingreso en el Eremitorio es un “test” excelente: desenmascara al hombre. Donde hay dos, cada cual levanta una fachada, se fabrica una personalidad que anda exhibiendo y a la que él mismo toma en serio. El aprecio del otro le interesa y le satisface. El Ermitaño sólo tiene un interlocutor: Dios. ¿Para qué maquillarse? El deber de ser verdadero hace intolerable la soledad a muchos, pero amable a las almas rectas y valientes.

Tus reacciones concretas te harán ver exactamente hasta qué punto eres carne o espíritu; y si eras ya religioso, marcarán el rendimiento real del trabajo cumplido.

Se requiere una larga madurez para rehacerse Aquí la docilidad no es ya la ignorancia temerosa que se confía, es la sabiduría que escoge. La del niño nace del instinto de inseguridad; la del novicio se funda en el Evangelio: “Si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Es más meritoria; el hombre hecho y derecho no puede creer cándidamente y sin pruebas en la superioridad humana de los demás. Reverencia en ellos un poder “vicario” al que sus deficiencias no siempre dignifican, pero que la fe de él mantiene siempre en plena luz. Sé lúcido, pero deferente. La verdad hace libre y conserva un pacífico equilibrio.

Tal sumisión va mucho más lejos de lo que llaman “obediencia religiosa”. Dios ejercerá sobre ti los derechos de un amante celoso y acosará tu alma mientras vea en ella una veleidad de autonomía. No eres ni sabio, ni santo, ni todopoderoso; Dios es todo eso infinitamente. Por la obediencia irás a su encuentro; no hay otro camino.

¿De qué manera esperas unirte a El? Pensando, no. Nuestro entendimiento lo reduce a su medida; los seres no entran en él sino en forma de nociones abstractas. Es desconsolador comprobar lo impotente que es un espíritu, del que estamos tan orgullosos, para captar el verdadero rostro del Dios vivo, y que tengamos que seccionar la inefable naturaleza, o, lo que es lo mismo, deshacerla, para forjarnos la idea aproximada. Nos falta la luz de la gloria.

En frase muy profunda de Saint-Exupéry: “No se ve bien más que con el corazón”. El amor es el que nos une a Dios y el amor se define por la identidad de los quereres: “Idem velle, idem nolle”. Nuestra voluntad, al perderse en la de Dios, le aprehende y abraza en su Ser divino. Dios y su Voluntad es todo uno. La nuestra entonces ha hallado y recorrido a pasos veloces el camino de su Corazón, y desde ese centro contempla sus admirables perfecciones:

“El que acepta mis mandamientos y los guarda es el que me ama; y quien me ama será amado de mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21) no de lejos, desde fuera, antes bien, desde lo interior de nuestra alma, hecha, por la caridad, su morada: “Si alguno me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, vendremos a él y en él haremos nuestra morada”, (ib. 23). Se produce entonces un intercambio sorprendente: Dios, a su vez, hace todas las voluntades de su “esclavo”. A pesar de su ira, no resiste a la oración de Abrahán (Gén 18,23-33), ni a la de Moisés (Ex 32,14). La razón de ello vale para toda alma abandonada: “También a eso que me pides accedo, pues has hallado gracia a mis ojos y te conozco por tu nombre” (Ex 33,17). ¿De dónde esa “gracia”? De la perfecta docilidad de esos grandes siervos de Dios.

Si deseas gozar de la paz del Eremitorio, sé fiel al “deber” de la improvisación. En este marco la voluntad de Dios te será significada al día, al momento. A veces patalearás de impaciencia y de curiosidad por la mañana. Ejercítate en reprimir ese afán de iniciativas tan arraigado en nosotros. Tu necesidad de actuar, de “crear” se verá a menudo, mortificada por la insignificancia de las ocupaciones corrientes, si es que te atreves a mirar como triviales los dos acontecimientos mayores del mundo: la Misa y el Oficio coral.

El Ermitaño recuerda que todo cuanto le prescribe la obediencia es una liturgia, que sus movimientos más ignorados están ordenados a la gloria de Dios. Nada es “profano” en el Yermo: esmérate por no profanar nada con tu falta de espíritu de fe. Tu existencia humilde y escondida, por tu consagración, recibe valor de holocausto y no es ningún engaño el creerte hostia de alabanza, ya que San Pablo te exhorta expresamente a serlo: “Os ruego… que os ofrezcáis como hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rom 12,1). Para ello nada espectacular se te pedirá: “Ya comáis, ya bebáis, o hagáis alguna otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (í Cor 10,31), y hacedlo con la sonrisa en los labios: “Cada uno dé según se ha propuesto en su corazón, no con desagrado o a la fuerza, pues Dios ama a quien da alegremente” (2 Cor 9,7).

La obediencia a Dios es el eje de la Historia de la criatura inteligente. Fue la prueba de los Ángeles, de Adán. La Encarnación y la Redención son actos de obediencia sublime. Hasta el advenimiento de Cristo la Voluntad de Dios y la del Pueblo escogido se han enfrentado. Fácil era prever quién saldría ganando y fue tanto peor para Israel. Sin embargo, sabía lo que perdía: “Si me obedecéis… vosotros seréis mí propiedad entre todos los pueblos… seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 5-6). Dios lamenta esa yana insumisión: “¡Ah, si hubieras atendido .a mis leyes, tu paz sería como un río!” (Is 48, í8). Para entregar a Dios nuestra libertad no necesitamos ya los rayos del Sinaí. Se viene al Yermo por amor y para amar. Una palabra de Jesús te ha de bastar: “Tomad mi yugo sobre vosotros y sed mis discípulos, pues soy humilde y manso de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11 ,29-30). Y aun así tu obediencia estará bajo el signo de Getsemaní. Es improbable que te sea siempre fácil y no te cueste jamás lágrimas. Que tu consentimiento sea sin brusquedad ni rigidez: “Ita Pater…”. “Sí, Padre…” (Mt 11,26). Es una conformidad filial, la única digna de Dios. La obediencia, más que el saldo de una deuda -aunque también lo sea- es una ofrenda cordial.

Ora; la experiencia de los siglos no te ha vuelto juicioso. El someterse, aunque sea a Dios, no te viene de la naturaleza. El bautizado, como cualquier otro, lleva instintos de autócrata, y más de una vocación auténtica a la Tebaida viene a estrellarse contra ese don de sí necesario.

Di muchas veces: “En tus voluntades hallo mis delicias, y no me olvido de tu palabra” (Sal 118,16). “Guíame por la senda de tus mandamientos, que son mi deleite” (v. 35). “Me deleito en tus mandamientos, que es lo que amo (v. 47). “Alzo mis manos a tus mandamientos y medito en tus decretos” (v. 48). “Abro mi boca y aspiro, ávido de tus mandamientos” (v. 131), etc.

Eres “sincero”. ¿Eres “verdadero”? El Desierto te lo revelará, como reveló a los Hebreos su fragilidad. Si vienes huyendo de la sujeción y por unirte con Dios sin trabas por la vía de tu gusto, no perseverarás mucho tiempo, y no precisamente porque pretendan encuadrarte sino por la extinción de las verdaderas luces.

Lo dicho a Saulo vale para el Ermitaño: “Se te dirá lo que debes hacer” (Hech 9). El P. de Foucauid, sin pertenecer a ninguna familia religiosa, obedecía hasta los más pequeños detalles al Abate Huvelin y al Prefecto Apostólico.

Lo dicho quiere decir que tienes que volverte niño. Entonces Dios será para ti una Madre. Cual niño de pecho, olvidadas las horas tormentosas, serás “llevado a la cadera y acariciado sobre las rodillas” (Is 66,12).

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