El EremitorioOración contemplativa

III. El Templo crístico. En oración con Jesús

“Retiróse al monte para orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12)

Jesús no es solamente el Señor del Templo, es el Templo mismo: “En El habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9).

Amas la “Casa de Dios”, el edificio ése de piedra que tantas cosas te dice. Es el lugar de las audiencias y de los homenajes públicos. Acostúmbrate a buscar a Dios en Jesús, a orar “por El, en El, con El”.

El Ermitaño que vive en permanente contacto con Nuestro Señor necesita una fe muy viva si no quiere deslizarse hacia la descortesía o la atonía de los sentimientos. Ámale con santa pasión, cree en su bondad, su misericordia, su amistad, pues te la brinda. Advierte, sin embargo, que esa amistad, del orden de la que la gracia establece entre Dios y nuestra alma, nada tiene de común con el compañerismo de los hombres. “Os llamo amigos porque todo lo que oí de mi Padre os lo di a conocer” (Jn 15, 15).

Los Apóstoles lo vieron comiendo y bebiendo, cansado, durmiendo, llorando, abrumado de angustia y mendigando confortación, solazándose con los niños; nunca perdieron el sentido de su sobrecogedora trascendencia, se le acercaban con un respeto teñido de temor: “Apártate de mí, que soy un hombre pecador, Señor” (Lc 5,8). “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 16). San Juan, más familiar que los otros, advierte oportunamente que lo que ha oído, visto, contemplado, lo que han tocado sus manos, era el “Verbo de la Vida” (1 Jn 1, 1).

Escucha cómo Jesús, el “Templo santo del Señor”, declara serlo (Jn 2,19). Es “en El” en quien Dios recibe “todo honor y toda gloria” (Canon). Cuando el Ermitaño está lejos de la iglesia, puede siempre retirarse para hallar a Dios en el Oratorio del Corazón de Jesús, de quien el Templo de los judíos, no menos que nuestras iglesias, son figuras. Orar en El ¡qué felicidad!.

La historia del Templo, en la Biblia, prefigura a Cristo, “Casa del Padre”, residencia del Altísimo, donde Dios, en adelante, nos acoge: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Esa carne se ha hecho la morada de la Divinidad en la tierra. En esa perspectiva, la obra toda de Salomón se esclarece y adquiere proporciones infinitas. Jesús es la clave, es el atrio al que tienen acceso los paganos para hallar a Dios; Jesús, altar de su propio sacrificio, es el altar de los holocaustos; El, el agua viva que purifica, es el mar de bronce; es el “Santo” al que se llegan los sacerdotes; El, la oración encarnada, la alabanza perfecta, es el altar de los perfumes; El, el “pan de vida” de la Eucaristía, es el pan de la proposición; El, la luz del mundo, es el candelero; es el Santo de los Santos, el mismo Dios Encarnado; El, autor de la Ley Antigua y de la Nueva, es el Arca de las Tablas de la Ley; El, cuyo sacerdocio anula y sustituye al de Aarón, es la Vara de Aarón; El, cuya carne alimenta a sus fieles, es el Maná.

Toda la Majestad de Dios Trinidad descansa en El y se hace patente por la gloria de una humanidad cuya esplendorosa santidad se impone, por el ministerio de los ángeles que le sirven, por milagros innumerables. En ese Templo es donde, en adelante, Dios enseña. Jesús es el Verbo, la Palabra auténtica: El que me ha enviado es veraz y lo que he oído de El, eso es lo que yo digo al mundo” (Jn 8,26).

Por El, el Señor perfecciona su Ley: “No he venido a abolir sino a perfeccionar (la Ley y los Profetas)” (Mt 5,17). Por El se revela a nosotros en toda su verdad: la unidad de su Naturaleza y la Trinidad de sus Personas.

En ese Templo es donde sube hacia Dios el único homenaje digno de El. Jesús es el Adorador, el Orante, la Víctima sin mancilla que será acepta y cuya inmolación rescata al mundo, satisface a toda justicia.

Nadie, en adelante, tiene acceso junto al Padre sino por El: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). La Epístola a los Hebreos lo dice magníficamente: “Tenemos seguridad de entrar en el Santuario, por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y viviente que El nos inauguró a través del velo, esto es, de su carne (Heb 10,19-20).

Por apartada que esté tu ermita, siempre, a cualquier hora, puedes penetrar en ese santuario, ese “Tabernáculo del Altísimo”. Más afortunado que el Sumo Sacerdote, tienes siempre abierto el Santo de los Santos, el Corazón de Jesús. No rezarás bien sino ahí. No menos que los Apóstoles, necesitas aprender a orar; sólo Jesús puede enseñártelo.

El Ermitaño tiene una manera privilegiada de hacerlo que estriba en su condición de “religioso”: esta dedicado al culto de Dios. Es el hombre de la Adoración y de la Alabanza. Te imaginas saber adorar. Dios busca adoradores en espíritu y verdad (Jn 4,23); no abundan. La adoración auténtica es difícil al hombre, y debería ser su respiración. Te falta sin duda el sentido profundo de la trascendencia, de la Majestad de Dios y el del abismo de tu nada. Es débil la conciencia que tienes de tu universal dependencia para con el Creador. Quizá incluso la Paternidad de Dios no pasa de ser una fría noción en tu espíritu.

Mira a Jesús frente a su Padre: es el modelo perfecto del Ermitaño. “Por la mañana, de noche aún, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba” (Mc 1,35). “Subió al monte a solas para orar. Caída la tarde, estaba solo allí” (Mt 14,23). “El se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc 5, 16). “Retiróse al monte para orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12). Con el Evangelio en las manos, trata respetuosamente de percibir algún acento de esa oración que sube del Desierto: tiene que ser la tuya.

Jesús contempla las infinitas perfecciones de su Padre, a quien ve cara a cara, y entrega su Corazón al fuego de la caridad. Ahí tienes “la vida eterna” (Jn 17,3) que su Humanidad ha comenzado a vivir aquí abajo en la visión beatífica, y a la que el Ermitaño, por profesión, se compromete a aproximarse lo más posible.

Escucha lo que dice; repítelo después de El para decirlo de veras: “Padre, Yo te he glorificado en la tierra” (Jn 17,4). “Yo te conocí (ib. v. 25). “Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo haré conocer” (v. 26). Las divinas perfecciones que contempla no le dictan más que una palabra por la que pasa todo el éxtasis de su alma, ya que las veía todas deslumbradoras en la unidad e infinitud de Dios: “Padre santo” (Jn 17,11). En ellas lee toda la historia de su sublime vocación: su eterna predestinación: “Tú me amaste antes de la creación del mundo” (Jn 17,24); su unión inefable con el Padre: “Salí del Padre” (Jn 16,28). Ha sido enviado por El sin abandonarlo. Se estremece en sus fibras más recónditas con pensar en su permanencia en el seno del Padre (Jn 1, 18). “Padre, Tú en mí, y Yo en ti” (Jn 17,21). “Estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14, 10). Sabe que es amado infinitamente. ¿Acaso no ha oído dos veces la voz del Padre que desde el cielo proclamaba su tierno amor: “Este es mi Hijo muy amado, en El están todas mis complacencias”? Se pone a pensar en el abismo vertiginoso de las predilecciones divinas, y su corazón vibra de gratitud. Sin una gracia especial no hubiera podido considerar sin desfallecer, la liberalidad divina:

  • su pertenencia al Verbo y su milagroso nacimiento: “Salí del Padre y vine al Mundo” (Jn 16,28).
  • su misión de Jefe de la Humanidad: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos” (Jn 15, 5), liberalidad que le daba a El, y a El solo para comunicarla, la vida que recibiera “en plenitud” (Jn 17,2).
  • su realeza sobre el universo: “Yo soy Rey” (Jn 18,37).

Tiene conciencia hasta de ser el Dueño y dispensador de los tesoros de la divinidad: “Padre…, todo lo tuyo es mío” (Jn 17, 10), incluso del Espíritu Santo que él nos enviará (Jn 16,7). Se ve dando remate a su misión, llevándose consigo al cielo todo su Cuerpo Místico, y cifrando toda su gloria en ese último cumplimiento de la voluntad del Padre: “Quiero que los que me has dado estén también donde Yo esté, para que contemplen mi gloria” (Jn 17,24). En la soledad y el silencio del monte Jesús se repite a si mismo con una emoción que la sencillez de los términos apenas permite vislumbrar: “El Padre ama al Hijo” (Jn 5,20). Y ante ese Amor que le colma, Jesús adora: “El Padre es mayor que Yo” (Jn 14,28).

El Padre es el Señor de Cielos y tierra (Lc 10,21). Frente a esa Majestad Jesús se abaja, San Pablo dirá se anonada” (Flp 2,7). Se entrega por entero a su voluntad santa por onerosa que sea. Tal había sido su primer acto consciente en el instante de la Encarnación: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Heb 10,7). Sabe que le llevará a la muerte; esa muerte El la ama, la quiere porque “por esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda de (su) cuerpo” (Heb 10, 10).

Hasta donde puede bajar baja, tomando la “condición de siervo” (Flp 2,7), y se “humilla aún más obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (y. 8). Ciertamente para salvarnos, pero sobre todo por espíritu de religión, porque su anonadamiento como criatura y criatura perfecta proclama que sólo el ser de Dios es grande y necesario.

En ese Templo Jesús es el Sacerdote y la Víctima que en cada minuto de su existencia ha renovado su oblación: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,34), impaciente por ser inmolado en aras de la soberana Majestad de Dios: “He de recibir un Bautismo; ¡y cómo me angustio hasta que sea consumado!” (Lc 12-50). Sabe que por esa puerta oscura entrará en su gloria, y su amor se exalta al pensar en el Padre que le acogerá para coronarlo: “¡Oh Padre, Yo voy a ti”; “Ahora voy a ti” (Jn 17, 11-13).

Tal era la oración de Jesús en el Desierto, dechado de la tuya. Oración pura, breve en sus fórmulas, pero indefinidamente prolongadas por el eco que despiertan en el alma.

El Ermitaño sólo tiene una oración que responda exactamente a las aspiraciones de su corazón: las tres primeras peticiones del Padre nuestro, sin que le sea menester precisar más de lo que ha querido hacerlo Jesús, para sí como para nosotros. Mantén virgen tu imaginación de la multiplicidad de las preocupaciones apostólicas. El film que vas rodando en tu cabeza y posterga a Dios al trasfondo, en manera alguna valoriza tu intervención. Como Santa Teresita de Lisieux, haz el bien “sin mirar atrás”.

Todo va incluido en el advenimiento del reino de Dios, en el cumplimiento universal de su voluntad, en la glorificación de su nombre por todos; la conversión de un pueblo, de un alma, igual que el éxito en un examen.

A la oración de Jesús no le quites sus dimensiones a escala mundial. La extensión de su objeto en nada disminuye su eficacia. La verdadera caridad repudia el particularismo.

Imita a Jesús; canta las alabanzas de Dios, entrégate a todos sus quereres, déjale reinar sobre tu inteligencia por la fe, sobre tu corazón por la caridad, sobre tus deseos por la esperanza, en unión con Cristo.

Hazlo a través de El. El es el único mediador. Nada es acepto a Dios, ni oración, ni sacrificio, sino pasando por las manos de Jesucristo: “Cuanto pidiereis al Padre, os lo concederá en mi nombre. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis y vuestra alegría será perfecta” (Jn 16,23-24). Sólo El merece ser escuchado, en razón de la perfección de su amor filial (Heb 5,7). Lo serás tú en la medida de tu unión con El.

El Ermitaño que ora con Jesús, con su oración, dilata el corazón a la medida del Salvador. No puede apetecer Maestro más soberano de Oración. Ponte, como El, en presencia de Dios trascendente: no existe otro método para adquirir la humildad. Esa contemplación te sumerge en la verdad y te hace cobrar conciencia de tu nada hasta llorar, y de la grandeza de Dios hasta saltar de gozo…

En el Templo admirable que es el Corazón de Jesús, escucharás un eterno Tedeum: su eco debe llenar el tuyo: “Santo, Santo, es el Señor, Dios de los Ejércitos; llenos están los cielos y la tierra de su gloria…”

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