En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VII – La espiritualidad en la historia de la Iglesia hasta el siglo XVI (I)

La conversión de San Pablo

La conversión de San Pablo (Murillo)

7.1 S. Pablo y Hechos: la oración de profundidad

Cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4) Pablo de Tarso sistematiza la fe enunciada en los Evangelios acercándola a los pueblos de formación grecorromana y proclamando a Cristo por todo el orbe. Iba de casa en casa, predicando a las familias y dando ejemplo desde pequeñas comunidades más que con grandes discursos públicos o acercamiento a los dirigentes locales. Sus epístolas contienen tanto cuestiones domésticas, con unos destinatarios y fines determinados en cada caso, como explicitaciones de la fe aplicables a todos los tiempos y lugares. Sus cartas, que son los escritos más tempranos sobre la doctrina de Jesús (se piensa que se redactaron hacia el año 50 (1)) tienen la autoridad de fundamentarse en el testimonio directo de los Apóstoles.

En cuanto a la redacción de los Hechos de los Apóstoles, se considera es posterior al evangelio de Lucas y por el mismo autor, y cuando ya no existe la primera generación cristiana. La espera de un inminente fin de los tiempos no presenta ya aquella urgencia que relativizaba muchas cosas. Una de las orientaciones de Hechos es garantizar que la Iglesia está asistida por la Palabra, lo que le permitirá discernir entre los dichos y escritos de los apóstoles y de Pablo cuáles son más adecuadas a cada momento. En el eje de la obra lucana hallamos al Espíritu Santo, que ha presidido la elección de los apóstoles, lazo vivo entre la persona de Jesús y la misión que comienza. La intención de Lucas es clara: señalar que todo lo que Jesús hace y dice es suscitado por este Espíritu, que hace de Jesús la Palabra misma que anuncia y realiza la buena nueva de la gracia de Dios (2). De este Espíritu Jesus mismo dijo que él “tenía que irse para que venga el Paráclito” (Jn 16,7). Otra afirmación central de Lucas es la constatación de que la salvación traída por Cristo se extiende a todo el orbe, trascendiendo al pueblo judío, depositario inicial de las promesas mesiánicas.

Se puede considerar que la Iglesia nació en una atmósfera de oración en Pentecostés, situación en la que los Apóstoles reciben el Espíritu (Hch 2.4). La experiencia de Pentecostés es la experiencia de la vida nueva procedente del Dios de Jesús después de su partida de este mundo. Este íntimo encuentro entre hombres y Dios que depende sólo de Su iniciativa, no es sino la aspiración del orante: dejarse poseer y penetrar por la fuerza de Dios. Tanto Lucas como Pablo han entendido bien el mensaje de Jesús respecto a la oración: si bien es lícita y natural la oración de petición, así como la litúrgica, el fin natural de la actividad orante -o la plenitud de la misma- es la invasión del orante por el Espíritu. En todo el libro de Hechos los apóstoles se destacan como hombres de oración (Hch 9,40; 10,9; 16,25; 28,8), que urgen a los fieles a orar con ellos (20,28, 36; 21,5). La oración siguió siendo la atmósfera natural de la iglesia (2,42; 6,4-6). En el pensamiento de la iglesia la oración quedó íntimamente relacionada con la presencia y el poder del Espíritu (4,31). La oración es, en realidad, un don del Espíritu (1 Co 14,14–16). El creyente ora “en el Espíritu” (Ef. 6,18; Jud 20), de lo que se desprende que la oración es cooperación entre Dios y el creyente desde el momento en que es presentada al Padre, en el nombre del Hijo, por la inspiración del Espíritu Santo que mora en él.

Pablo es un hombre de oración y convencido de la importancia de la oración. Resulta significativo que inmediatamente después de que Cristo se reveló a Pablo en el camino a Damasco se dice de Pablo: Mira, está en oración (Hch 9,11). Pablo destaca como la oración resulta absolutamente esencial para el cristiano (Ro 12,12). Las armas del cristiano (Ef 6,13–17) incluyen estar siempre en oración y súplica y orar en el Espíritu (Ef 6,18). Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios (Rom 8,14). Y exhorta a la oración insistentemente (Fil 4,6; Col 4,2). Pablo señala en Ef, 1,17–18 que el fin de la oración es la recepción del Espíritu y el conocimiento de Dios para que Cristo pueda morar en el orante (Ef, 3, 16-18). Esta “conformación” con Cristo producirá, como individuos y como grupo, la perfección y plenitud en Dios. Si somos hijos de Dios también somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8,15-17). Es singularmente intensa la reflexión sobre el amor que Pablo expone en su carta a los Corintios (1 Cor 13, 1-13).

Existe controversia sobre si la teología de Pablo es antropocéntrica o cristocéntrica. Entre los teólogos protestantes (y especialmente la escuela de Tubinga) es particularmente atractiva la primera hipótesis, puesto que pone de manifiesto la absoluta incapacidad del hombre para salvarse sin la gracia de Dios ni los méritos de Cristo. Sin embargo, la teología católica y algunos teólogos protestantes sostienen que Pablo desarrolla metódicamente en la carta a los Romanos una perspectiva de la salvación que se basa en Cristo, desde su anuncio por los profetas hasta su aparición en el mundo como “segundo Adán” (Rom 5, 14). La acción salvadora de Cristo no se produce de un modo “sustitutivo”, similar al del chivo expiatorio de la fiesta judía de la Expiación (Yom Kippur) sino que obra en el propio hombre que se abre a la Palabra. El hombre es lugar de teofanía (manifestación de Dios) merced a la conversión. Por eso Pablo presenta como fundamental una actitud interior de fe y apertura a Cristo que es el origen de una praxis orientada a la evangelización y a la caridad, que le hace decir: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20).

En los capítulos 7 y 8 de la carta a los Romanos Pablo desarrolla un sutilísimo estudio psicológico del problema del mal en el corazón del hombre y sobre como Cristo mismo nos libera del mal, por la acción del Espíritu: El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (Rom 8, 16) y más adelante revela cómo debemos alcanzar esa liberación: Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26). Pablo nos ha mostrado en estos versículos un camino cierto para la salvación: dejase poseer y abrazar por Cristo, que nos enviará el Espíritu para renovar al hombre viejo. Hay un texto de San Pablo que resalta la idea de encuentro con Dios en uno mismo y que fue particularmente grata a místicos como Eckhart: Ahora bien, Dios… es el que se hizo luz en nuestros corazones para que en nosotros se irradie la gloria de Dios, como brilla en el rostro de Cristo. Con todo, llevamos este tesoro en vasos de barro, para que todos reconozcan la fuerza soberana de Dios y no parezca como cosa nuestra (2 Co 4, 6-7).

Esta catequesis de la oración será bien entendida y seguida por los primeros cristianos, y sistematizada por los Padres de la Iglesia de muy diversas maneras, pero con un idéntico sentido: el de que es Dios quien obra en el orante, transformándolo. En esta búsqueda de la fuerza de Dios se sucederán en la historia de la Iglesia diversos movimientos oracionales y corrientes espirituales que, a pesar de su diversidad en el origen geográfico y ambiente cultural, se caracterizarán por dos actitudes comunes: el Contemptu mundi (huir del mundo) y la práctica de la stabilitas (permanecer en y consigo mismo) como condición para el encuentro con Dios.

Tras una inicial dependencia del judaísmo, ya que sabemos que a finales de los 50 todavía los “nazarenos” iban al templo y ofrecían allí sacrificios (Hch 21,18.), hacia los años 80 se produjo la excomunión de los cristianos del seno del judaísmo. Para evitar su participación litúrgica en la sinagoga, a la oración de las Dieciocho Bendiciones (3) (Sh’monéh Es’réih o Amidá) se le agregó una más, la número doce contra los herejes, llamada birkat haminim, contra los “nazarenos” y minim (renegados). Al mismo tiempo se produce en el reciente cristianismo la escisión activa y la repulsa de la ortodoxia judaica, con la eclosión de la doctrina cristiana en el mundo helenístico, por lo que las formas de expresión y culto se adaptan a la nueva situación. No hay sino que recordar el contencioso entre Pablo y Pedro sobre la imposición de la observancia mosaica en alimentos y circuncisión a los nuevos cristianos (4). Pronto la persecución y el martirio acecha a los cristianos, en algunas épocas con especial crueldad, como en tiempos de Diocleciano. Los primeros cristianos viven inmersos en un ambiente de precariedad y de fervor religioso que favorece la oración. Entre los primeros fieles, se consideraba la oración como fundamental, y algunos vinculan el origen de la “oración de Jesús” u oración del corazón, a la que se ha hecho mención previamente, con los mismos Apóstoles aunque al parecer no es posible encontrarla, con sus características actuales, antes del siglo XIII. Sin embargo, teniendo en cuenta la naturaleza de esta oración, se pueden descubrir sus orígenes en el ambiente de búsqueda de una oración continua que sella intensamente la historia espiritual de los primeros siglos cristianos, particularmente entre los Padres del desierto. La fórmula que, entre diversidad de frases, va imponiéndose con el correr de los años es: Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador (Lc 18,13).


(1) Cf SANCHEZ BOSCH, JA. Escritos paulinos. Verbo Divino. Estella 2002
(2) J. BORREMANS. L’Esprit Saint dans la catéchèse évangélique de Luc, “Lumen Vitae”, 25 103-122, 1970
(3) Es rezada por todo buen judío tres veces al día: de mañana, al mediodía y en la noche, juntamente con otras oraciones.
(4) Debatido en el I concilio de Jerusalén, sobre el año 50. Cf Hch, 15
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